miércoles, 16 de julio de 2025

¿SOBREVIVIERON LOS CÁNTABROS A LAS GUERRAS CÁNTABRAS?

                                    

Hay quienes responden a la pregunta con un no categórico: los cántabros no sobrevivieron al enfrentamiento con Roma. Estos mismos  sostienen que la única resistencia que se opuso a las legiones estuvo en la vertiente sur de la cordillera, que en los valles del norte apenas hubo combates. También suelen considerar que los habitantes de la cordillera hacia el mar eran unos cántabros raritos, más tirando a vascos, especialmente en la zona oriental, del Besaya hacia naciente, con un régimen social matriarcal, opuesto al patriarcal propio de los indoeuropeos ─es decir, celtas─ que habitaban los valles occidentales, del Besaya hacia Asturias. Por último, estos teóricos consideran que las Guerras Cántabras fueron más ficticias que reales, una pantomima de la propaganda imperial de Augusto.

         Con estas teorías ─suelen presentarse como paquete integrado─ se desautorizan aquellas voces que proclaman el celtismo de los antiguos cántabros, pues habría una Cantabria celta, patriarcal, de corte indoeuropeo, la lindante con la actual Asturias, otra matriarcal, vascoide, la del oriente y una tercera evolucionada y auténtica, también de corte celta, la del sur, la que hoy pertenece a tierras castellanas, la auténtica resistente. Es decir, que lo celta quedaría más bien difuminado en el conjunto de esta Cantabria dividida.

         Con la idea de que los únicos que hicieron frente a Roma fueron los del sur, queda deslegitimada la resistencia global de los cántabros, y al rebajar la importancia militar del avatar histórico, justificado como mera acción de propaganda augustea, se atempera la consideración tradicional del enfrentamiento como un hito histórico de los montaraces pueblos de la Cornisa.

         Por último, al sostenerse que los cántabros fueron todos exterminados por la imparable maquinaria militar romana, se rompe la hipotética continuidad de este pueblo a lo largo de la Historia.

         Si eran pocos y, encima, estaban divididos; si las guerras no fueron tan importantes; si en la cordillera hacia el mar no hubo resistencia; si los cántabros eran más vascos matriarcales que otra cosa y si fueron todos exterminados, ¿qué justificación tiene hablar hoy de Cantabria, llenar la boca con este nombre de tanta evocación, reivindicarse continuadores, herederos, descendientes de los antiguos combatientes?

         Tras retener las anteriores ideas, situémonos en los años setenta del siglo XX. Comienza el régimen postfranquista de las autonomías. Se dan dos opciones políticas: Cantabria autónoma y Cantabria integrada en Castilla. Esta segunda opción quedaba como más española, más continuista, menos peligrosa.

         La primera alternativa era impulsada por ADIC, Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria. La segunda respondía a los planteamientos de ACECA, la Asociación de Cantabria en Castilla.

         ¿De cuál de las dos organizaciones serían propias las ideas que minimizaban lo cántabro: cántabro-vascos, despoblamiento, resistencia sólo en las tierras castellanas, división, escasa importancia militar del conflicto y exterminio de los resistentes? Salta a la vista, de la ACECA, la Asociación de Cantabria en Castilla. Ese era su paquete ideológico integrado.

         Lo curioso es que su discurso ha permanecido latente en un sector de la población que desconfía de lo celta, que añora otros tiempos menos cantabrizados, que prefiere los bailes por sevillanas a las jotas montañesas, pues les dan más seguridad, los faralaes les parecen más españoles, más patrióticos. Las jotas, los pericotes, los pitos y las gaitas son eso: toda una gaita peligrosa.

         Una de las obras más documentadas sobre este tema es la de Manuel Alegría "Historia de ADIC", en la que se investigan estas posturas políticas en los turbulentos años setenta del siglo pasado, pero que es de recomendable lectura hoy día, tras este largo desfile de años y décadas.

         Lo cierto es que, en relación con el tema que hoy nos ocupa, la respuesta a si los cántabros sobrevivieron al empuje de las legiones romanas, hemos de decir que sí. De lo contrario, no se explicarían ciertos fenómenos históricos indiscutibles.

         La religión arcaica se mantuvo durante setecientos años tras las Guerras Cántabras, hasta la llegada de los inmigrantes cristianos de la meseta tras la invasión musulmana.

         ¿Quiénes adoraban, si no, a Erudino en la cima del Dobra, cuyo ara data del siglo tercero, creo recordar, después de Cristo? ¿Quiénes dejaron en las lápidas y aras sus nombres prerromanos, todas datadas en los siglos posteriores a las Guerras Cántabras? ¿No fueron exterminados? ¿Quiénes erigieron las grandes estelas discoideas, que si no fueron posteriores a las Guerras, sí se tallaron al filo de las mismas o en los años que siguieron?

         En cierto modo, es muy difícil exterminar a todo un pueblo. Lo fue en la antigüedad y lo es en el presente. Además, estas comunidades indígenas eran  valiosas para el mantenimiento de la tierra, por eso fueron bajados a los valles por Augusto, y como mano de obra en las minas. Eliminarlos físicamente habría sido antieconómico.

         Pero es que, además, del mismo relato histórico, de la secuencia de las Guerras, con intervención alternativa de los pueblos cántabros en el enfrentamiento con Roma se deduce: primero, que el nivel de unidad y de organización del bando cántabro no fue desdeñable, habida cuenta del tiempo que mantuvieron en jaque al poderoso ejército romano que, según está documentado, intervino en el enfrentamiento, pues con una población y una superficie cien veces inferior a la de la Galia, resistieron  diez años, mientras que a César le costó sólo dos dominar la Galia toda. No estaban, pues, tan desunidos como alguno pretende hacer creer.

         Segundo, la unidad de los populii cántabros no fue completa, como lo demuestran las crónicas latinas, en las que se hace referencia a que en las diversas rebeliones cántabras, de aquel Vietnam para Roma que fueron las Guerras, intervinieron unos pueblos en unas, otros en otras. Es decir, que la resistencia cántabra, aun siendo fuerte y con cierto nivel de unidad, no fue absoluta.

         En otras palabras, y aquí va un jarro de agua para los montaraces, hubo colaboracionistas entre los cántabros, si tal nombre pudiera aplicarse a unos paisanos del Segundo Hierro, y los amigos de Roma no suelen ser exterminados. ¿Cómo se explica, si no, la presencia de cántabros con el cargo propio de la administración romana, el de Princeps Cantabrorum, algún siglo después?

         No nos quepa duda, igual que entre los astures, los brigaetinos trabajaron con eficacia a favor de Roma en Lancia, entre los cántabros hubo también colaboracionistas, aunque desconocemos los nombres de sus pueblos. Ya hablamos hace tiempo de ello cuando dibujamos la controvertida y dudosa figura de Corocotta. Pensar lo contrario sería ir contra la naturaleza misma de las cosas. Y, claro, los colaboracionistas, por lo menos, no fueron exterminados.

         ¿Acaso no participaron después de las Guerras los cántabros en las legiones romanas? ¿Qué cántabros si fueron exterminados? ¿No se habla del estandarte Cantabrum como signo de la caballería romana? Esta incontrovertible realidad histórica es poco compatible con el exterminio.

         Y es que, repetimos la idea, la aniquilación de todo un pueblo es factible, sí, ejemplos hay en la Historia, cierto, incluso César, el magnánimo Julio, las armó pardas en la Galia, pero, claro, pasar por el filo a muchos es trabajoso, cansado, requiere gran preparación y notable logística macabra.

         Muestras tenemos en la historia y, sobre todo en el presente inmediato y televisivo, que avalan esta idea.



martes, 15 de julio de 2025

RAZÓN ÚLTIMA DE LA CELTOFOBIA

 

La celtofobia es una actitud irracional frente a lo celta, mantenida por un sector de la población ideologizado. Su contrario es la celtofilia, tan irracional como el anterior.

         No hablaremos de amebismo en ambos casos porque tras una y otra postura, barricadas casi, no sólo se apostan gentes del común, sino gloriosos académicos, y sería una actitud prepotente por nuestra parte la descalificación de todos ellos.

         Sí hay que hablar de ideologización. Las ideologías son paquetes cerrados de interpretaciones. Se está con los colores del equipo propio aunque pierda. Sostendré las posturas del partido al que voto, o en el que milito, por muy irracionales que parezcan, pues son mis chicos. Los colores ideológicos no son compatibles con los daltónicos, el que disienta en lo más mínimo será excluido de la ideología en cuestión. Se trata de proporcionar al adepto argumentarios completos y cerrados, parlamentos prefabricados,  discursos acrisolados por el uso partidista que no admiten discusión. Son programas de comportamiento cerrado e indiscutibles. Una ideología resuelve todas las dudas de sus programados desde un punto de vista angular: el suyo excluyente.

         En este sentido, la celtofilia es el fleco irracional de una ideología concreta, y la celtofobia de su contraria.

         La celtofilia es más fácil de analizar. Cuando se echa mano de sus argumentos es para acentuar el milenarismo. Se busca en los celtas el paraíso perdido, la raza anterior a los tiempos de la que reivindicarse, una presencia atemporal que, en el fondo, permanece inmutable. No hace falta decir quiénes piensan así.

         En la celtofobia, actitud contraria, sostenida con virulencia por los otros, sí conviene detenerse porque la construcción de su andamiaje es, en cierto modo, paradójica. Salvo en el mundo del galleguismo, movimiento nacionalista centrífugo al que se opone el nacionalismo contrapuesto, centrípeto, no existe mucho peligro de que los celtas constituyan un ente separatista, mínimamente coherente. Sin embargo, lo celta pone los pelos de punta a los celtófobos. ¿Por qué razón?        

         Para mí que ello se debe a que lo celta cuestiona, por su propia existencia, la trabajosa construcción de la nación española.

         España no existió desde siempre, sino que fue creada por liberales y conservadores  del siglo XIX, en un trabajo conjunto, contrapuesto pero enriquecedor, equiparable a los procesos de formación de los estados modernos de toda Europa tras las guerras napoleónicas. En estas murieron los estados patrimoniales y nacieron las naciones tal y como las conocemos hoy, entes ficticios, titulares de derechos, incluso el de la vida de sus hijos, que puede ser exigida. Antes se moría por el rey, hoy por la patria, que puede reclamarnos nuestra única posesión: la existencia. Esto conviene recordarlo cuando los descerebrados intelectuales y corifeos, los sofistas mediáticos y los políticos uncidos al cocinu, hablan alegres de la guerra, de Europa y de sacrificios.

         La posmodernidad y el capitalismo depredador y agreste, el liberalismo de los tiempos modernos tienden a la disolución de los estados en el mercado, pero eso es otro asunto. Lo que nos interesa retener es que todas las patrias se fraguaron en el siglo XIX, y la española también. Igual que hoy día todas las banderas han sido fabricadas en China.

         Lo celta es, en definitiva, un garbanzo negro en la construcción de esa España tan trabajosamente diseñada, una piedra que impide cerrar bien la puerta, una china en el zapato, un concepto del que hay que desembarazarse por sistema, por coherencia, por precaución.

         En la celtofobia, en el fondo, se halla, por ejemplo, la razón última, inconsciente e irracional por la que muchos municipios potencian y subvencionan expresiones culturales foráneas ─como las ferias de abril en medios tan alejados como el Cantábrico─ en lugar de invertir en lo propio. Es instintivo. Un baile por bulerías les suena más español que una jota a lo ligero o a lo pesado.

         La historia nos cuenta que los primeros resistentes contra los romanos fueron los pueblos de Iberia. Viriato fue un pastor lusitano. Los saguntinos, unos iberos rebeldes. Los numantinos, la quintaesencia de la resistencia de los pueblos prerromanos contra el imperio.           En mis tiempos de estudiante, los celtíberos eran la mezcla de los celtas y de los íberos, según la escuela, bien ilustrado el proceso de mezcolanza en la enciclopedia Álvarez. Tuve que llegar a la edad adulta para enterarme de que celtíberos era la manera que tenían los romanos de denominar a los celtas de iberia. Las guerras cántabras, por ejemplo, fueron unas completas desconocidas en todos los planes de estudios anteriores a la construcción del llamado estado de las autonomías.

         Y es que, en la construcción de España se distinguía muy bien entre romanos malos y romanos buenos, entre paganos y cristianos. Los iberos y también los celtas ─a los que no se podía barrer y esconder bajo la alfombra histórica─ fueron los auténticos patriotas de los primeros tiempos, los auténticos españoles que se lo pusieron difícil a los romanos. Pero, claro, no a los romanos cristianos de los que descendemos, sino a  los malos, a los paganos.

         Luego se cristianizaron, pero no los celtas, sino los celtíberos ─mezcla sempiterna, hispánica, de celtas e iberos, aquellos disueltos en estos─, porque, para la construcción de España todos los ladrillos han de recubrirse con el revestimiento imprescindible de la cristianización.

         Y aquí viene a pelo una anécdota acaecida en Escalante tras la guerra civil. Montehano era aún una isla que estaba separada del continente por una estrecha carretera y por un puente llamado romano, en el paraje de Rodiles. Cuando se destruyó el antiquísimo puente para aprovechar sus piedras en la construcción, una paisana que pasaba por allí increpó a los obreros: pero, hijos, cómo tiráis eso, ¿no veis que lo construyeron los romanos? Pues señora, le contestaron ellos, lo que construyeron los romanos, lo tiramos los cristianos.

         Es decir, que según la educación transmisora de lo español, asimilada hasta por unos obreros de la construcción, los romanos y los cristianos eran dos cosas diferentes. Los romanos, los malos de la película, se encontraron con la resistencia de los protoespañoles, los prerromanos, los iberos, y también los celtas, aunque estos en su condición más de celtíberos que de otra cosa, que viene a significar “celta”, aunque el término queda suficientemente diluido, a entender de los diseñadores de la patria española.

         Los visigodos, germanos rubios y con ojos azules, eran también superespañoles, pues se convirtieron al cristianismo. Y, por supuesto, el caudillo que se rebeló contra los moros era un noble visigodo que llegó a Cantabria y a Asturia y levantó a los montañeses contra el infiel. Cantabria y Asturia, entes de dudosa cristianización, fueron sustituidas en tiempos muy tempranos por la cristianísima Asturias, que englobaba a ambas.

         Sacar ahora a relucir lo celta, sostener que los lusitanos y los gallegos fueron celtas ─o preceltas, que aún es peor─, y que también pertenecían a esas gentes los numantinos, los cántabros, los astures, los vacceos, los turmogos, los arévacos y demás pueblos que se opusieron a Roma, distorsiona el relato tan trabajosamente levantado sobre la construcción de España en el siglo XIX. Incluso cuando se dice que los descendientes más puros de los celtas son los aragoneses, pues en su territorio se asentaron los inmigrantes galos a los que llamaron celtíberos ochocientos años antes que los romanos, a los puristas se les ponen los pelos de punta.

         No es que un hipotético nacionalismo celta preocupe en demasía a los nacionalistas españoles, más allá del caso de Galicia, pero, por sí o por no, siempre conviene desconfiar de todos cuantos sostienen la reivindicación de un pasado celta.         

         ¡Ha costado tanto construir la patria española!              

         Y, en este edificio levantado ladrillo a ladrillo, discurso a discurso, pintura patriótica tras pintura patriótica, educaciones primaria, secundaria y universitaria bien hilvanadas a lo largo del tiempo, melodías de lo hispánico, himnos y Covadongas, en este andamiaje tan complejo, decimos, que se encuentre agazapada entre los muros una burbuja de aire como lo celta, un pegote de cemento incendiario infiltrado entre el ladrillaje, puede ser peligroso. ¡Que no nos toquen el punto flaco estos celtistas! ¡Hay que acabar con ellos!, aunque sea "ad cautelam".

         Para profundizar en este tema, recomiendo la obra de Tomás Pérez Vejo «España imaginada». Trata sobre la construcción del concepto colectivo de lo español a partir de la pintura patriótica del siglo XIX.

         Es curioso este autor, un completo desconocido en Cantabria, pese a que en Méjico es toda una autoridad. Y digo curioso, porque es lebaniego, de reconocido prestigio e hijo de la legendaria panderetera lebaniega Lines Vejo. En fin, no todos los cántabros son reconocidos en su tierra. Aunque, en realidad, e este académico mejicano le debe de importar un bledo que se lo pondere o no en nuestra tierruca chiquita, en nuestro mundo diminuto como una lenteja, aunque eso sí, repleta de hierro, como  pedúnculo de mazajón. Pero no nos engañemos, no pasamos de grano en las arenas de la Historia. 

lunes, 14 de julio de 2025

¡NO IMPORTA! ¡MAÑANA VENCEREMOS!

 


 

Esta entrada no va de romanos, pero casi. Va de cántabros romanizados del presente, esos que miran el calendario y ven la fecha de hoy, quince de julio de 2025 y tienen los pies en el Solar Cántabro, gentes del aquí y el ahora, esos que miran por la ventana y ven las calles llenas de invasores: el miedo, la culpa y el engaño, las tres columnas que penetran por nuestros valles y que nos sorprenderán por la retaguardia a poco que nos despistemos.

    «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» Es esta una frase habitual de un personaje histórico que ya estuvo presente en mi obra, en mi malhadada novela  «La Estirpe de Velarde». Así decía en el apéndice de la misma donde relacionaba a los personajes, en la dramatis personae:

Menéndez de Luarca y Queipo de llano, Rafael Tomás.- Obispo de Santander, presidente de la Junta de Defensa, Regente de Cantabria. Tenía la costumbre de pasearse por la ciudad, e incluso de decir misa armado con dos grandes pistolones. Organizó el Armamento Cántabro, al que proveyó de meras municiones místicas y terminó en desastrosa aventura por la que Santander pudo haber sido castigada con el saqueo. Cuando regresó del exilio acusó a don Bonifacio Rodríguez de la Guerra, alcalde que salvó a la ciudad del desastre, de afrancesamiento.

         Este peculiar personaje vivía en Maliaño, hasta donde por aquellos tiempos llegaba la mar, y solía ir a Santander en barca. Era fácil verlo llegar como un profeta bíblico, en la proa de la misma, cara al viento y con los pistolones en la cintura. Lo cierto fue que, para bien o para mal, organizó una unidad militar a la que dio el arcaico nombre de Armamento Cántabro y, por primera vez en la Historia, desde tiempo de los visigodos, Cantabria fue una unidad política con total independencia, donde incluso se llegó a emitir moneda.

         Pasado el tiempo, el hombre huyó como Dios manda, pues era preciso ponerse a salvo, ¡faltaría más! Pasado más tiempo, regresó a recoger el fruto de su postureo antifrancés y echó en cara al alcalde de Santander no se sabe qué comportamiento antipatriótico, pese a que era de dominio público que salvó a la ciudad tres veces de ser arrasada de entendimiento con los también descerebrados franceses. Curioso este alcalde olvidado que no tiene ni una calle en la capital, don Bonifacio Rodríguez, quien, encima, era de Torrelavega, ¡le manda! Pudo, sin embargo, demostrar que había sido fiel.

         El Pistolones demostró que se había dejado llevar por su pasión histórica. Se vio a sí mismo como un Pelayo redivivo y quiso en Lantueno enfrentarse al ejército francés, el más potente y adiestrado de Europa, con voluntarios cántabros que salieron a escape del campo de batalla al primer cañonazo. Luego, llegaron los gabachos a Santander y ordenaron la destrucción de la ciudad, algo que Bonifacio logró evitar a costa de su patrimonio personal, pues los generales franceses, todos jovencísimos y dispuestos, como los antiguos legados romanos a enriquecerse, eran capaces de vender sus banderas por una buena bolsa de pelucones contantes y sonantes.

         Lo cierto fue que este Rafael Menéndez de Luarca, convencido de que era la reencarnación moderna del resistente montañés don Pelayo, rey cántabro de Cangas, no lo tuvo fácil y, siguiendo la tónica de los tiempos, recibía en el exilio la noticia de esta o aquella derrota de las armas españolas, que se producían cada dos por tres y que se remontaba una sobre las espaldas de la anterior, hasta que, finalmente advino la victoria. Siempre que le llegaban con una mala nueva comentaba eso de «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» Y lo cierto fue que se venció, se expulsó al francés tras una sangrienta guerra civil que estirada, alargada e interminable, llegó hasta nuestros días y aún colea.

         Esa frase, «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» sin embargo, con independencia del fervor o la repulsión que pueda arrancar de cada uno de nosotros la figura del esperpéntico personaje que la inventó, es una sentencia acertada y, si me permiten, genial.

         Podía haber sido pronunciada por los resistentes del Solar Cántabro contra los invasores romanos. Y, en cualquier caso, resumiría la contumaz capacidad de rebeldía del pueblo cántabro.

         Quizá, pienso ─procurando no ofender a nadie─ haya llegado el momento de sacarla del cajón de la Historia y elevarla a la categoría de consigna, en unos tiempos en los que la población está envejecida, en unos tiempos en los que el miedo al futuro es el rey y las falacias se columpian entre las ondas invisibles del aire, en unos tiempos en los que las derrotas de los de siempre se suceden una tras otra, en unos tiempos marcados por el marchamo del sentimiento de culpa, podría servir para algo la esperanza, quizá irracional, lo admitimos, en la victoria final. Dicen que la esperanza es el  único mal que no escapó del ánfora de Pandora cuando esta la abrió por curiosidad. ¡Vaya usted a saber!

         Pero, sí, quizá sea el momento de exhibirla de nuevo, porque la esperanza en la victoria, sea o no viable, es un laxante contra el pavor al futuro que agarrota nuestras entrañas, una garantía de equilibrio mental contra las tres legiones que penetran en cuña por los montes de Cantabria en el presente, como hace dos mil veinticinco años, sus águilas al viento: el miedo, el engaño y la culpa,

         La voluntad de resistencia de los pueblos que ocupan hoy el Solar Cántabro, bien podría resumirse en esa frase lapidaria y pertinaz: «¡No importa!, ¡mañana venceremos!». Quizá las Guerras Cántabras aún no hayan terminado.

         Y, para ir haciendo boca, vaya un poema a los inevitables resistentes de la Cordillera, a quienes protagonizarán pronto una nueva rebelión de esclavos sin Espartacos que los dirijan, un poema fabricado en cuartetos encadenados terminados en serventesio doble por la insigne poeta conocida como La Tocha de Sierrapando, incluido en la «Coda Poética» de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», tomo tercero, página 364.

 

QUE REVIENTEN DE MIEDO

 

Esos que nada poseen,

nadas que mal se amontonan,

son quienes más hoy padecen

pánicos que los devoran

 

Sólo mal humo retienen.

No esperan ninguna gloria,

ni estandartes ni placeres,

y hasta a los dioses ignoran

 

Son los que pierden, que pierden.

Son los que lloran, que lloran.

Son los que sueñan que sienten

mal hambre en maldita hora.

 

Y desunidos se mueven,

y hasta compasión imploran.

¡Que juntos todos revienten!

Grita el dueño de la Historia.

 

Pero en la tarde se siente

la energía poderosa

de una luz menguada, tenue,

que en pregunta se transforma:

 

¿Cómo encarrilar las penas

hacia flagrantes victorias?

Sólo un camino hallaremos:

Recitar todas las coplas,

 

celebrar cien mil concejos

con quienes sufren y lloran,

recuperar los anhelos

que cayeron por la borda.

 

Vamos a unir los cabellos

y a trenzar nuestras neuronas

con cintas de anudar versos

nacidos entre amapolas

 

Diseñemos los cimientos

de una patria acogedora.

En cada mano los dedos

alas son de aves cantoras,

pluma y coraza los pechos,

picos de águila las bocas.

La Tocha de Sierrapando

 

         Porque, a fin de cuentas, la verdad es que, pese a quien pese, con paciencia de viejos topos que habitan en el subsuelo, siempre diremos cuando nos venga la noticia de alguna derrota de nuestro estandarte, el Cántabrum: «¡No importa!, ¡mañana venceremos!».

 

Notas a los plagiarios: Somos abogados, seguimos nuestros escritos en las redes esquina a esquina gracias a la IA, y pleitear no nos cuesta dinero. ¿Hay que decir más?

 

domingo, 13 de julio de 2025

CUEVA DE LA BUSTA. VIAJE A LA SEMILLA

 



También se llama Cueva del Linar, y está en el municipio de Alfoz de Lloredo. El topónimo de Busta es romano y procede de "bos", buey, con lo que vendría a significar el lugar donde pacen los bueyes: la Sel de los Bueyes.

         La Cueva de la Busta permitirá al caminante de «Tiempos del Hierro», segundo tomo de «Cantábrica» viajar al principio de los principios, viajar a cuando era feto, viajar a cuando era embrión, viajar a cuando era una mera idea, una simple hipótesis entre las sombras de Platón.

         En ella se han hecho muchas búsquedas arqueológicas, se han hallado abundantes objetos, se han detectado figuras rupestres, se la ha catalogado como lugar de culto, como németom desde tiempo inmemorial, y todo ello sin dinero.

         Es uno de los hipotéticos grandes tesoros monumentales de Cantabria que desde principios del siglo XX mueren de risa en el olvido oficial, ese limbo de dimensiones inabarcables donde descansa nuestro patrimonio en un sueño eterno, expuesto a hurtos de furtivos, a la voracidad de la maleza y a los excrementos de los honorables seres que los habitan.

         Triste es siempre el monocultivo. Triste el favor que ha hecho a la arqueología la presencia arrolladora de Altamira, único referente al que mira la oficialidad que vive de grandes batallas del pasado y que siguen dando sus frutos en forma de riadas de euros procedentes del turismo interminable, fuente monocorde de ingresos. ¿Qué le vamos a hacer?, dinero llama a dinero, visitas llaman a investigación, que no investigación a visitas, comida para hoy, hambre para mañana, inmediatismo salvador de los sillones de terciopelo donde reposan los más acomodaticios de los traseros hechos a cojines de plumas: los de nuestros burócratas, políticos y demás paniaguados, todo sea dicho con los debidos respetos, con las máximas precauciones, extremando la delicadeza y, por supuesto, sin ánimo de ofender, pero ofendiendo con justa causa.

         No es mala voluntad, es desidia. No es un plan preconcebido de tirar por la borda nuestro patrimonio por prodigalidad meditada y medida, ¡qué hacer!, no es eso, se trata de mera inercia, el gran  motor que impulsa el mundo. Hasta la tierra se mueve por inercia, si no, se detendría. Algún día, cuando me jubile de la jubilación, escribiré un ensayo sobre este tema tan poco trabajado: la historia de la Humanidad no es la historia de la lucha de clases, sino la historia de la inercia, gigante que todo lo devora, oscuridad de las oscuridades, en permanente lucha con su contraria: la diligencia aislada, musculosa pero fabricada en formato de minorías que se abren paso hacia la libertad a trompicones.

         Merece la pena visitar la meritoria página Regio Cantabrorum en su entrada "Cueva del Linar". Recomiendo su lectura en este artículo, y que se haga en todos los sentidos de la rosa de los vientos. Pocos trabajos sobre la Vieja Cantabria son tan exhaustivos y perfeccionistas como el realizado por Miguel López Cadavieco en su blog.

(regiocantabrorum.es/publicaciones/cueva_del_linar")

         Allí se da cumplida cuenta de lo que en este espacio sagrado inmemorial se ha hecho y de lo que no se ha hecho, cuándo, quién y cómo. Uno de sus párrafos dice así:

«El segundo grupo, en la galería izquierda,  es algo totalmente excepcional: se trata de la representación de dos vulvas de gran tamaño (aunque el paso de una persona es angosto) aprovechando dos formaciones naturales. Estas aberturas han sido trabajadas mediante pequeñas roturas, pulido y rebaje de diferentes zonas. Incluso posee gruesos grabados en todo su contorno emulando el vello púbico. No ha sido posible establecer paralelos sobre este conjunto, si bien la intencionalidad en la talla  y manufactura de las vulvas es clara».

         Es, sin duda un lugar sagrado: en lo más profundo de una cueva, dos vulvas consecutivas. ¿Puede alguien dudar de que en ese espacio hubieron de darse ritos relacionados con la tierra, la generación, la creación, la vida y la muerte? ¿Puede existir un lugar en Cantabria de mejor acomodo para los ritos de los druidas cántabros, más chamanes, herederos de la tradición esteparia y precelta, que sacerdotes organizados?

Como es lógico, nuestra Epopeya se ha apropiado del santuario y lo ha integrado en su trama. Aparece en el capítulo penúltimo, el setenta, y en ese profundo németom se aclara el misterio del anillo ─no puede haber libro de leyendas celtas sin anillo─, el perdón divino que se encuentra en el viaje de retorno al útero materno, la sustitución del personaje en la labor de predicar la guerra contra el invasor que viene y, en fin, el cumplimiento del destino en la unión del principio y el fin, las dos esquinas de la divinidad que se doblan sobre sí mismas.

         No es la primera vez que se trata en literatura este proceso de retorno al seno de la Madre. Ya lo hizo Alejo Carpentier en su memorable relato "El viaje a la semilla".

         En esta obra del inmortal cubano se narra la vida de don Marcial, pero al revés. Se empieza en el momento de su muerte y, párrafo a párrafo se retrocede por su madurez, por su juventud, por su infancia, por su nacimiento y por la época en que fue feto, semilla.

         Ya utilicé este recurso en mi malhadada novela «La Estirpe de Velarde», en la que me sirvió para elevar a la estratosfera estilística el final del relato. Gran broche del que quedé muy satisfecho. Ser discípulo de Carpentier en este y en otros muchos aspectos, es un honor.

         También aquí, en «Cantábrica», se retorna al recurso porque la existencia de esas dos vulvas llama a gritos al viaje de retorno. Por lo tanto, en el capítulo setenta, penúltimo de «Tiempos del Hierro», segundo tomo de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», hallaremos ritos chamánicos, leyendas celtas, y literatura en estado puro, con la que se da solución a la penitencia del protagonista, Turo, que recorre cada rincón del Solar Cántabro repartiendo leyendas en todos y cada uno de los castros, labor extenuante de él, mi personaje, y mía, para dotar a nuestro fondo de relatos míticos de un arsenal novedoso, copioso y exhaustivo de leyendas, sacadas de la mitología comparada, que bien pudieron tener presencia en los duros, añorados y olvidados "Tiempos del Hierro".

 

jueves, 10 de julio de 2025

VIVOS Y MUERTOS MEZCLADOS EN SAMONIOS

 



En el mundo celta, los muertos tienen la costumbre de caminar por la calle, al igual que los vivos, y de sentarse a sus mesas. Pero, en Samonios, mucho más.

         ¿Qué es el Samonios?, la festividad que marca el comienzo del año celta, a principio de noviembre, la fecha en la que se abre el tiempo de la Oscuridad, y que durará hasta la llegada de la primavera, en el mes de Giamonios, a principios de mayo, cuando la Luz vence y da comienzo la parte luminosa del año.

         Julio César se admiró, y lo dejó escrito en su crónica sobre la Guerra de la Galia, de que los galos contaran los días desde el comienzo de la noche, y los años desde el otoño, siendo noviembre el primero de sus meses, de que dijeran que al principio fue la Oscuridad, de la que nació la Luz. Le faltó afirmar en su memorable obra eso de: ¡están locos estos galos!

         Es probable que el lector se sienta más familiarizado con otros nombres, los irlandeses Samaín, para el Samonios ─noviembre─ y Beltaine, para el Giamonios ─mayo─. Sobre todo, el Samaín, el mes de noviembre, festividad que gusta mucho a los amigos del comercio y que con el nombre de Halloween arrasa en los escaparates para dar comienzo no al año, sino a la longaniza de fiestas mercantiles que penetran no se sabe cómo en nuestros bolsillos y los rascan todos los otoños.

         Para denominar a los meses celtas, yo prefiero utilizar los términos del calendario de Coligny, hallado en Francia, y que datan del siglo II de nuestra era: Samonios para noviembre, Giamonios para mayo. Y esto es así porque también eran los nombres que constan en el németon al aire libre de Peñalva de Villastar, en Teruel, dedicado al dios Lug, justo en el extremo del mundo celtibérico, lo que supone que esta denominación de los meses celtas estaba en vigor también en Celtiberia, y Cantabria, se quiera o no, era un territorio empapado en la cultura celta.

         El mundo del celtismo folclórico, o el mundo del comercio que sustenta el Halloween, parten de una idea confusa del Samonios, de la festividad de Todos los Santos, la hacen infantil y simpática, con disfraces y risitas de niños llamando a las puertas, por cierto, en ocasiones desesperantes con eso de pedir caramelitos.

         Sin embargo, el sentido original de la fiesta de Samonios era guerrero. Se trataba de la gran festividad de los combatientes, de la cabalgata de Lug que se aprestaba para atravesar los légamos de los tiempos turbios, en lucha permanente contra la Oscuridad. Era una festividad sangrienta y brutal que en nada se parecía a la ñoñez que predomina en el Halloween y en el Samaín ─que nunca sabré cómo se escribe─ de los celtitas neopaganos, que en muchos lugares de nuestra Celtiberia se han puesto de moda, especialmente en Galicia y Asturias, donde se ven obligados a reivindicarse de lo celta y eligen y celebran, como si fueran fiestas de toda la vida, mamarrachadas folclóricas importadas.

         No, el Samonios era otra cosa, una fiesta de pocas risas, en la que predominaba el ambiente guerrero, los timbales, los cárnix de combate, las borracheras rituales, las danzas frenéticas de los que se preparaban para la lucha interminable del año oscuro. Era la fiesta de las cofradías combatientes, de los soldurios, de los guerreros de élite.

         Se trataba de una festividad en la que las fronteras entre lo real palpable y lo real telúrico e invisible se difuminaban.  Por eso, los muertos, que habitualmente vivían mezclados con los humanos, se hacían más visibles, más presentes.

         Esta celebración fue cristianizada en la fiesta de Todos los Santos, pues en el mundo pagano de raigambre indoeuropea, no sólo celta, resultaba difícil su eliminación de la masa de creencias populares si no se lograba a través de la apropiación cristiana de la misma. Lo cierto fue que se respetaron con relativa fidelidad estas tradiciones celtas, pues se le dio al evento un tono lúgubre y de reflexión sobre la vida y la muerte, sobre la Luz y la Oscuridad, y se puso a los difuntos ─que para los celtas eran el eje festivo ─ en el centro de la celebración. Hay que reconocer que no lo hicieron mal estos apropiadores compulsivos que fueron los romanos cristianos.

         Dos mil años llevamos, casi, celebrando Todos los Santos, fiesta de pelambrera celta por excelencia, para que ahora vengan descerebrados celtoides que descubren el Mediterráneo y reivindican tradiciones foráneas que camuflan como auténticas, como recuperadas. ¿Recuperadas de qué?, ¿de la noche de los tiempos?, ¿de hace dos mil años? ¡Ay, gallegos que celebráis fiestas extravagantes en aras de  tradiciones dormidas en la más añeja y perdida antigüedad! ¡Ay, asturianos que seguís sus pasos y queréis recuperar ─le manda─ algo que nunca fue en vuestra tierra, los samaínes multimilenarios! ¡Ay, cántabros que seguís a los asturianos y deseáis, también, tener vuestra parte en el pastel recuperando festividades añejas y habláis del pasado de hace dos mil años como si fuera una tradición recuperada de vuestros abuelos! ¿A quién queréis engañar? Convertís vuestros deseos en realidades y las argumentáis, y las pintáis, y las recreáis y las queréis imponer a todos... Y, claro, encontráis quien os escuche, especialmente munícipes tan descerebrados como vosotros que lo único que quieren es fiesta, fiesta y fiesta para atraer más turistas. Es una lástima, pero he de deciros que lo real, lo que tenemos, nuestra tradición bimilenaria es la fiesta de Todos los Santos, mucho más celta que vuestros inventos. Aunque, claro, lo nuevo y tocho resulta siempre más vendible.

         Cierto es que a elementos del Samonios, integrados en Todos los Santos, se olvidaron, como la iluminación de las calzadas a los parientes que aún no tienen claro si han muerto o no. Tales tradiciones se han perdido, y son dignas de ser recuperadas. No otra cosa es la colocación de calabazas iluminadas en las casas, o por los caminos del cementerio, de manera que los difuntos puedan orientarse hacia sus domicilios cuando salgan de las tumbas. Esas tradiciones sí que son reivindicables, pero no copiando a los anglosajones como papagayos o pronunciando el español a la manera inglesa, como uno que yo me sé en las Azores.

         Dado el anterior discurso, que me ha relajado porque tenía ganas de soltarlo, pasemos al Samonios.

           En Samonios se descorre el velo entre lo real y lo telúrico, porque para los celtas lo palpable es visible, pero hay otras realidades no contantes y sonantes (difuntos, janas, trasgos, mil seres del bosque y dioses) tan reales como lo visible, que en tiempos de Samonio se pueden percibir.

Aún hoy día, en ambientes populares, se constata en todo el mundo celta (Galicia, Asturias, Cantabria, Bretaña, Aragón) que los muertos pululan por las calles, por los dichos, por las tradiciones junto a los vivos, y la literatura se ha hecho eco de esta idea. Así, es recomendable la magnífica obra de Álvaro Cunqueiro, «Las crónicas del sochantre», escrita por un gallego y ambientada en Bretaña, en la que la mezcolanza de vivos y muertos alcanza lo sublime. Trata de un personaje vivo, secuestrado por la Santa Compaña que es imprescindible para que los fallecidos celebren la misa negra. Un mundo de muertos y vivos entrelazados que merece la pena degustar, especialmente si se encuentra una versión en galego, que se lee bien y se mastica mejor.

         En fin, desde esta plataforma abogo por un Samonios celta, integrado en la no menos celta festividad de Todos los Santos, nuestra tradición. Y, conste que esto lo sostiene un ateo, aunque ateo católico, como me gusta calificarme.

       Pido perdón para los que hayan sido ofendidos en su sensibilidad hipercelta por estas palabras, quizá lesivas para sus creencias regurgitadas tras dos mil años de tradición romana. ¡Vivir para ver!, dirán, ¡No me toquéis el Samaín, o Samahín o como se diga, que me remonto!, gritarán, ¡porque con esa actitud hipercrítica estáis poniendo en duda mi superceltismo y el sagrado samahín celtoide!, y concluirán: ¡estaría bueno que no pudiera yo imaginarme la realidad como me dé la real gana! Y, eso mismo digo yo: ¡Vivir para ver!, ¿por qué no recuperar ritos más ancestrales aún, los de los cazadores neolíticos de Altamira?, eso sí que sería atractivo para el turista. En fin, así nos luce el pelo.


miércoles, 9 de julio de 2025

LOS AUTRIGONES, COLABORADORES DE ROMA, ¿ERAN VASCOS?


 

Empecemos con polémica, aunque con tono desenfadado para limar aristas. ¡Vamos allá!

         En los tiempos en que los señores romanos se asomaron por los montes cantábricos, los habitantes de lo que llamamos Euskadi, no eran vascos.

         ¿Y dónde estaban los vascos? En el Pirineo, de Navarra hacia Lérida. Eran una extensión del pueblo aquitano, los habitantes de los actuales departamentos vasco franceses, hasta Bayona y algo más al norte. Gentes que dieron buena lata a los romanos, sin duda, pero en tiempos de César y en el marco de la conquista de la Galia. Los cántabros los apoyaron entonces, por supuesto, y, como medida de precaución, lo primero que hizo Augusto en el 27 antes de Cristo, fue someter a los aquitanos, léase vascos, por medio de su general Valerio Mesala Corvino, el abuelo de la fatal Mesalina, que fue esposa de Claudio. Quería evitar un hipotético apoyo de los aquitanos, léase vascos, a los cántabros y astures en la guerra que tenía previsto emprender pocos meses después contra la cordillera septentrional de Hispania.

         ¿Y qué eran los habitantes de Vizcaya, Álava o Guipúzcoa? Pues celtas, aunque moleste, duela y escueza. La Historia es así, una mala pécora que tira por tierra nuestras ansias de eternidad e inmutabilidad, ¿qué le vamos a hacer? A veces pienso que el realismo debería de estar prohibido por decreto.

         Pero, hablemos de los autrigones, los vecinos por el este de los cántabros. ¿En qué se diferenciaban de estos? Pues en lo mismo que los cántabros se diferenciaban de los astures, en nada. Igual lengua (con modismos), igual panteón divino (con variantes de advocaciones), igual cultura material.

         Autrigonia, como Asturia, tenía una pequeña cabeza en el norte, de la Cordillera hacia el mar, y la parte más importante de su cuerpo se desparramaba por la meseta. Por el norte su territorio estaba marcado por los ríos Asón y Nervión, de Castro a Bilbao, serían los encartados, los habitantes de la actual Encarterri y del oriente de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Por el sur llegaban hasta la Bureba, el noroeste de Burgos y parte de Álava, es decir, que se extendían en abanico hacia las amplias llanuras.

         Al este de los autrigones estaban los caristios y los várdulos, también celtas y primos hermanos de los cántabros y los astures.

         Pero, ¿cómo es posible que actualmente muchos de estos territorios estén integrados en lo que se ha dado en llamar Euskalherría? Porque dos mil años dan para mucho, para profundas modificaciones poblacionales, para desplazamientos y corrimientos de etnias, para mestizajes, colonizaciones y absorciones.

         Los vascones, ubicados en el pirineo, eran otra etnia más de aquellas tierras, con personalidad propia, es cierto, pues como tales fueron identificados por los historiadores y los geógrafos romanos, pero estaban ubicados en el Pirineo. Allí conservaron, en un régimen de notable aislamiento, su hermoso idioma de tan incierto origen. Y, cuando las correas del imperio romano se aflojaron, hacia los siglos cuarto y quinto, quizá a causa de cierta superpoblación, iniciaron un proceso de desplazamiento hacia el oeste y la meseta, con lo que se produjo la vasquización de los carisios y de los várdulos, también de los autrigones, aunque menos. Curiosamente, hoy día, en el territorio encartado la influencia euskérica, del vascuence, es menor que en otras regiones de Euskalherría. Y, digo más, en ese territorio autrigón se formó el castellano, un idioma koiné, utilitario, que recibió del vasco no sólo infinidad de términos sino, además y sobre todo, su fonética. El acento castellano y vasco es el mismo. Un día pregunté a un si diferenciaba al castellano del vasco cuando hablan por el soniquete o por el acento. Pues no, me dijo, sin conocer ninguno de los dos idiomas ─hablábamos en inglés─ me suenan igual, pero los distingo bien si me fijo, pues el español deja caer alguna palabra que pillo y, si no entiendo ni una sola, es que se trata del vasco, pero sonar, me suenan igual.

         ¿Se quiere ir con lo dicho arriba contra las esencias vascas? De ninguna manera, todo lo contrario. Con el tiempo, la influencia vasca también se hizo sentir en Cantabria, ¿o no somos conscientes de que en el siglo XIX, sin ir más lejos, las costas cántabras, especialmente las villas costeras, fueron "invadidas" fraternalmente por multitud de vascos que llegaron a buscarse una vida mejor en nuestra tierra, especialmente en los puertos? Hasta tal punto fue así que la pervivencia de los apellidos vascos entre cántabros no es hoy día nada desdeñable. Y, para muestra, un botón, mi bisabuela era de Guernika, y se apellidaba Vizcarolasaga, apellido que se ha perdido en Euskalherría y que, sin embargo, permanece en Cantabria, ¿no es admirable?

         Y es que los pueblos, los habitantes quiero decir, no han caído en el mapa desde el cielo y desde tiempos inmemoriales. Al contrario, las gentes se mueven, se entremezclan y, sobre todo, conviven por encima de las políticas. ¿Qué será en el futuro de España y de Euskalherría? No debe importarnos, ni hubo fronteras trazadas por Dios, ni hay divisiones estables entre los pueblos, pese a los milenaristas de uno y otro lado de la muga. Estoy convencido de que en el futuro inmediato y postinmediato, mis descendientes seguirán tomando chiquitos en las Siete Calles de Bilbao y los entrañables pachis ─entre los que se encontraba mi güelu─ vendrán al Sardinero a tirarse unos coles. La Historia será lo que cada uno quiere que sea, pero la vida es así, y la vida es lo real, la comida, los prados, las relaciones humanas, el amor y la muerte, el resto cuentos chinos.

         Dicho lo anterior, que me apetecía soltarlo, ¿qué relación tenían los cántabros con los autrigones? Dependerá de la época. Unos y otros fueron compañeros de armas en las legiones romanas, en las huestes de Aníbal, en cualquier conflicto del Mediterráneo en la segunda edad del hierro, porque tenían por costumbre vivir como mercenarios, aparte del pillaje a que los dos pueblos estaban muy hechos.

         Incluso llegaron a luchar juntos con Sertorio contra Pompeyo. En ocasiones cambiaban de bando por eso de que la paga o el rancho era mejor en uno u otro sitio.

         Pero en la época de Augusto estaban enfrentados. Los romanos habían colonizado a los autrigones, pero también a los caristios y a los várdulos ─así como Estados Unidos a la Unión Europea─ sobre todo a través de los amanos, que eran autrigones de la costa, los actuales castreños, y a las buenas gentes caristias de Oiasso, Oyarzum. Estos puertos naturales sirvieron, sin duda, como lugares de abastecimiento y de aprovisionamiento de las fuerzas romanas que intervinieron en Cantabria y que acorralaron en pinza a los cántabros en Aracilo. Con el tiempo, la fundación de Flavióbriga y la vieja Oiasso fueron notables municipalidades romanas.

        ¿Cómo podían estar quietos los cántabros noegos, que veían desde el Buciero abastecerse a los romanos varias radas más hacia el este? El romano y sus aliados autrigones, se preparaban para la guerra. ¿Qué iban a hacer los cántabros, sino hostigar esos preparativos? Pues bien, tales escaramuzas de entorpecimiento fueron tomadas por los invasores como "casus belli", pues el derecho romano, entonces como ahora ─no olvidemos que somos sus herederos culturales─ precisaba una razón, un motivo, y si no se encontraba, se pintaba, pero la guerra debía de ser "justa", increíble eufemismo que aún perdura, para que no se enfurruñaran los dioses. Así se escribió la historia. Bueno, la escribieron los vencedores, aunque, aún podemos legítimamente preguntarnos: ¿acabaron del todo las Guerras Cántabras? 

martes, 8 de julio de 2025

MUJERES CÁNTABRAS Y COSUS, DIOS DE LA GUERRA

 


El tema es tan delicado, que prefiero contar una historia y, además, encomendarme a los dioses.

         Oh, Nuétaca, anunciadora de vida y muerte; Oh Erudino el que derrocha inteligencia desde el filo de su espada; Oh Epona, la que conduce a los muertos y sana a los vivos; Oh Sucelo, forjador de lenguas en la fragua de la elocuencia; Oh Lucobos, el que derrocha la furia con una mano y la poesía con la otra; Oh, dioses del Solar Cántabro, a vosotros invoco porque lo que pretendo decir a continuación es palabra desatada, difícil de asumir por muchos, sujeto al mazazo censurador, susceptible a malentendidos y a furias irracionales. Oh, dioses, revestid con ropas invisibles mis argumentos, que se escondan entre la hojarasca de la retórica, y que perforen las almas de quienes tengan oídos para oír y ojos para ver. ¡Digámoslo cantando! Se discutirá menos.

         ¿Volverán sanos, madre Lugna? Volverán a Bérgida para cuando expulses lo que llevas en tus entrañas, Miócula. Tengo miedo, madre. Siempre lo tenemos las mujeres, y te aseguro que no somos las únicas, también los hombres temen. Pero ellos no tienen tiempo para pensar, la guerra los arrastra, Sigideco los protege, saben que siempre vence. Anda, anda, sigue con tu labor, ¿acaso no vences tú también cuando afilas tu falcata, la que fue de tus antepasados?, por cierto, ¿lo has hecho hoy? Sí, madre. Sabes hija que las mujeres vencemos a cualquier enemigo sólo por nuestra presencia en la muralla del castro, siempre nos temen, pero, a ver esa labor, ¿no te has desviado con el hilo?, ¿están bien alineados los contrapesos?, la verdad, me encanta cómo trabajas, cada día se te ve más hábil en el telar, tendrá suerte el guerrero que llevas en el vientre de tener una madre como tú, Miócula. ¿Será niño? Estoy segura, hija, ¿no ves la forma de la barriga? Es verdad... Además, ¿no hiciste lo que te recomendé? ¿El voto a Tuérano, dices, madre, el capaz de mover montañas?, sí que te hice caso, sí, ¿no recuerdas?, hace dos días escondimos el hacha en el santuario, bajo el roble sagrado. Es verdad, querida, todo se me olvida, sobre todo lo reciente, pero tienes razón, estábamos casi todas, e invocamos a Semno, el que concede siempre los dones a sus adoradoras, especialmente a las viejas y yo le recé mucho, sí, ahora me acuerdo. ¿Habrá escuchado el dios, madre? No dudes nunca, hija, porque tú siempre cumples con tu deber, ¿no es cierto? Creo que sí. ¡Ay, querida, qué débil te siento hoy!, a ver, dime, Miócula, ¿oras todos los atardeceres, cuando el sol se pone, a Oenaco, el que rige la asamblea de los guerreros? Sí, madre. ¿Ofreces a Brigo, señor de los contraataques y de la sorpresa el bazo de un animal todos los meses? Nunca se me olvida. ¿Cantas todas las noches a tus otros dos hijos, antes de dormir, las canciones guerreras que te enseñó tu madre? Sí lo hago. ¿Incluso a Anna, la niña? Sí. ¿Sabes que el furor que exige Bodo, el victorioso, la rabia del lobo al desgarrar, sólo puede ser transmitida por las madres?, ¿que la fuerza para dar la muerte está en la leche que sale de tu pecho, blanca como la vida? Lo sé, madre, y procuro transmitir lo que me transmitieron, y el fervor por los dioses y por Cosus, nuestro patrón. ¿También por Lebo, el astuto, el que mira a través del lobo? Ese es mi dios preferido, madre, espero que si un día el enemigo asoma por nuestros bosques, se congele al ver mi mirada, se lo ruego cada noche también a Segato... Haces bien, querida, ese dios ama la tierra y a las mujeres que la defienden, y no admite a impostores, esos que dudan de su palabra y buscan la paz, ¿qué paz desean, qué paz hay sino la de las tumbas?, porque nosotras sabemos, hija, que sólo en la guerra nuestros hombres alcanzarán el Sid. Es cierto, madre Lugna, y nosotras también. Pues si ves todo esto, ¿por qué dudas?, será varón, te lo digo yo, que he adorado a Cosus desde que sangré por primera vez, y te digo más, tu hijo, ese que te patea, será lobo entre los lobos, jefe entre los jefes. ¿Quieres decir que llegará a ser coro? Sí, pequeña, ayer me habló en sueño Coronus y me lo confesó, pero, ¿por qué sonríes así?, ¿no lo crees?, yo te lo aseguro, niña, ¿es que Nuétaca no habla por mi boca?, y te digo más, llegará el día en que verás a tu hijo entrar en Brigantia con muchas cabezas al cuello de su caballo, y las manos del enemigo colgando del cinturón, y lo verás dirigirse con orgullo a la sauna sagrada con los lobos de su camada, y contemplarás cómo le besa la palma de las manos cada uno de ellos, los que morirán si él muere para cabalgar todos juntos en el Sid, y te sentirás orgullosa por haber transmitido el culto a tus hijos, por haber sido una buena madre, por haber afilado sus almas como si fueran espadas... Pero, ¿por qué me miras con cara de pasmo?, ¿acaso no sabías cuanto te digo?, sí  Miócula, pequeña, yo te vi nacer, y te aseguro que nosotras los acunamos, nosotras los amamantamos con leche furiosa, nosotras los animamos antes de entrar en combate, nosotras somos las principales adoradoras de Cosus, señor de la guerra, ¿qué sería de su culto sin  mujeres que transmitieran las historias, sin madres que amamantasen la batalla en los labios de sus hijos, sin nosotras para defender el castro hasta la muerte? Morirían todos sin remedio... Pero, anda, sigue con tu trabajo, que aún no se ha escondido el sol y todavía podemos ver algo, que luego iremos a dar gracias a Cosus Bodo por la victoria que espera a tu hijo, el tercero ya, pero dime, Miócula, ¿afilaste la falcata y aprestaste la lanza, puliste el escudo y ensayaste el disparo?... Ya, claro, me dijiste antes que sí, es que todo lo olvido... No te apures, madre Lugna, te quiero igual, aunque olvides lo que has dicho. Lo que no se me olvidarán nunca son las oraciones al dios guerrero, al fin y al cabo soy su gran custodia. Claro, madre. Anda, hija, recemos a Semno, el Cosus viejo, él me entenderá, deja un momento la tarea, unamos nuestras manos, así, repite conmigo: ¡Oh, Cosus, señor de la guerra, protege a nuestros hombres y las mujeres te rendiremos culto hasta nuestro último aliento!, repite, eso es, sigamos hija, ¡oh, Sigideco, el de lanza vencedora, haz que regresen todos y se tumben agotados por el esfuerzo, pues nosotras los cuidaremos!, ¡oh Tuerano, Cosus de furia, que truequen sus gritos de guerra en susurros amorosos sobre nuestros lechos!, ¡oh Brigo, el Cosus que siempre aprovecha los contraataques, que no se cansen de la sagrada labor que une sus cuerpos con los nuestros, y que su simiente sea dulce como la miel!, ¡oh Segato, el que traza los surcos en la tierra, que esperen en nuestros cuerpos como el arado espera tras llegar hasta el fondo! ¡oh Lebo, el Cosus astuto que conoces el alma de las mujeres, que sus hombres, tras su regreso, cambien de postura de vez en cuando!, esto es todo, así será, hija, Deva lo quiere y no hay más que rezar ni que pedir... Pero, ¿te ríes, Miócula?, ¿es por la última oración?, ¿no crees que sería bueno para nuestros guerreros hacer algo más cuando llegan a casa que estar tumbados, sentados, comiendo, bebiendo zythos o entrenándose?... Anda, anda, nosotras a lo nuestro, te lo dice esta vieja, nosotras a conservar, a alimentar, a transmitir la furia guerrera, no queramos ir más allá, somos las custodias de la tradición, anda, terminemos la labor, pero, espera, la devanadera está mal puesta, ¿no ves?, ahora sí...Venga, terminemos, niña, que aún hay sol en los bardales.

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...