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domingo, 24 de mayo de 2026

SUEÑOS SIBILINOS


También en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba

de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos al

rey Tarquino. En ellos se detallaba el futuro de la ciudad. Como el rey no

los quiso al elevado precio exigido por la Sibila, esta quemó tres y ofreció

los otros seis al rey, pero sin variar el precio. Como al monarca le seguían

pareciendo caros, ella quemó otros tres y le ofreció los tres últimos tam-

bién a igual precio. Finalmente, Tarquino compró los que quedaban. Tan

famosos libros, en los que se narraba el futuro de la Urbe, se perdieron en

los últimos tiempos del Imperio.


El texto que sigue es también una larga profecía, aunque onírica, en la

que le es relatado al elegido el destino inminente de Cantabria, y su some-

timiento al poder de Roma.


Pero, a diferencia de las predicciones de la Sibila, aquí no hay interme-

diarios, sino que son los mismos dioses quienes toman la palabra y hablan

del devenir. Aquí no hay un monarca destinatario ni un interés crematís-

tico, sino la propia voz de los dioses dirigida al joven que se convertirá

en jefe indiscutido de los pueblos cántabros. Aquí no hay texto, pues los

celtas no gustaban de dejar por escrito ni el pasado, ni el presente, ni el

imaginado futuro, sino sólo humo de voz, sombra de divinidad, prediccio-

nes líquidas que se escurren por los desaguaderos del sueño. Aquí no hay

pasajes crípticos, pues los dioses cántabros hablan con naturalidad a quien

han elegido, pero sí olvido. Un memorioso olvido que, al igual que las pre-

dicciones de Sibila, se hará conciencia en el momento en que sucedan los

hechos previstos. Y, sobre todo, en estas profecías contadas desde un pre-

sente que se desarrolla a las puertas del futuro, el héroe será informado de

la derrota y, al tiempo, de que estará obligado a sacrificarse por su pueblo,

a eso lo invitan los dioses. Le aseguran que, pese a todo, la recompensa por

tanto desvelo será grande.


De conformidad con los conceptos religiosos celtas, en los que la gue-

rra es el eje de la piedad, la triste realidad que se le muestra al héroe, lejos

de arredrarlo y limitar su capacidad de combate, la multiplicará, pues la

voz divina dará certeza a la máxima aspiración de un guerrero celta: la

buena muerte que lo espera —en el caso de Coronoego, la crucifixión en

los altos del Dulla—, y la convicción de que se convertirá en dios y que ca-

balgará por los tiempos de los tiempos al lado de Lucobos en el Sid, y que

será su mano derecha junto a Palaro.


En esta mitología celta no rige el principio de “conócete a ti mismo” ,

escrito en piedra en el templo de Apolo, mentor de la Sibila de Cumas, en

el originario sentido dado por los griegos de “conoce tus limitaciones huma-

nas, no aspires nunca a ser dios y no peques de soberbia, de Hibris”, sino que el

valiente sabe que, tras la muerte en combate, cuando sea llevada su alma en

el pico de las aves al otro mundo, tras la batalla, se reencarnará en un cuer-

po nuevo, y cabalgará, divinizado, al lado de los dioses. Esta apoteosis del

guerrero, del jinete cántabro, astur, celtíbero, no podía ser ni soñada por

sus enemigos, los romanos y los griegos, pues estos se sentían encorsetados

por la obligación moral de ser conscientes de sus limitaciones; sabían que

sólo les esperaba el castigo en caso de que desearan llegar a ser como los

dioses. No era el caso de los astures y los cántabros.


Por eso, el guerrero celta, sabedor de que se transformará en dios tras

una heroica muerte, no se desanima al conocer, de antemano, la derrota

de su pueblo. Por eso Coronoego es informado mediante pesadillas, sobre

un futuro cierto. Los dioses hablarán con claridad de que, tanto él como

los suyos pasarán a formar parte de la divinidad tras la derrota que, en el

fondo, será una victoria. Para recordarle al joven el final feliz de su vida,

en la última parte de la larga noche, la diosa Nabia invitará al futuro

héroe a acompañarla en un viaje al más allá, al Sid, lo que iguala a Coro-

noego con los contados personajes que hicieron su particular viaje a los

infiernos: Hércules, Orfeo, Odiseo y Eneas. Por lo tanto, durante la larga

noche repleta de ensoñaciones, los dioses dirán la verdad de lo que ha de

esperarse: la derrota, pero también mostrarán la otra cara de la misma: la

victoria, pues compensarán al joven de tanta pesadilla con su viaje al Sid

y con la constatación de lo que vendrá: el mundo de la bienaventuranza

en la vida eterna.


Victoria y derrota, al igual que los principios de luz y oscuridad, son

términos confusos, pues no queda nunca claro quién vencerá al final, aun-

que predicciones hay de que será la Oscuridad quien, en el ocaso de los

tiempos, prevalezca. Por eso, lo importante para el guerrero cántabro no es

la victoria o la derrota, sino la lucha en sí, eje de su religiosidad, gracias a

la cual trascenderá.


Esta manifestación divina se producirá en el marco de lo que se ha

dado en llamar la incubatio, es decir, la comunicación que se produce entre

quien se halla en la tumba del héroe, o el héroe mismo, y la divinidad que

se comunicará con él mediante sueños.


En este sentido Tertuliano advierte de la costumbre céltica de pasar la no-

che en la tumba de los héroes para recibir sueños premonitorios, tanto de  

contenido informativo como salutífero (Gurruchaga 2024, 18).


 

lunes, 25 de agosto de 2025

EL RUGIDO QUE SE HEREDA

  


El sábado 23 de agosto de 2025 estuve por la mañana en Los Corrales de Buelna, en la campa de las Guerras Cántabras, en la presentación de un libro: «Los últimos hijos de Bodo», de David Henales. Es una interesante novela que trata de una cofradía guerrera vadiniense en tiempos del asalto de Roma.

         Aproveché para revisar el escenario de la presentación de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro",  prevista para el viernes 29 a las 7 de la tarde, sus instalaciones y demás por eso de ser precavido, y pude ver el ambiente que se respiraba.

         Era por la mañana. Se dejaba el coche en una amplio prau habilitado como aparcamiento y yendo entre calles se llegaba a la campa de las Guerras, en el Parque Mazarrasa. La gente con la que te cruzabas eran cántabros que llevaban el periódico y el pan para desayunar, romanos y romanas que salían con sus chicos. Todos iban vestidos de diario, con túnicas de andar por casa. Nos dijeron que luego, para los actos se vestirían adecuadamente, con togas, trajes floridos, grecas, peinados de época, etc. Era como estar en la Suburra del Trastíber, pero con edificios modernos. Y, en efecto, a lo largo de la mañana vi a cántabras deslumbrantes y a romanos equipados con todo su esplendor marcial. Y pude constar la amabilidad de la gente, que excedía todas las previsiones. Si preguntabas algo, te respondían varios, te llevaban a otros que sabían más, te mimaban y regalaban.

         Pero lo que más me sorprendieron fueron los niños.

         Desfilaban con la legión y tocaban tambores¸chicos y chicas con caras serias, solemnes, de importancia. Eran seres que se habían transportado en el tiempo, que habían viajado en alas de su imaginación a lo largo de la historia. Sus ojos, sus ademanes manifestaban sus pensamientos, andaban en una nube de ensueño. Otros, más chicos, jugaban con espadas de madera, vestidos como diablos cántabros y duendes romanos, ya llenos de polvo las ropas por haberse revolcado por el suelo. ¡Qué gozada!, ¡qué envidia!, ¡qué pena no tener entre cinco y doce años!

         Esta estampa fue la más impactante: la participación de niños y jóvenes. Porque también estos se esmeraban. Un centurión romano, de penacho atravesado, daba una charla sobre armamento y mostraba cómo había que utilizar el gladium, el efecto defensivo de las armaduras, las condiciones especiales aerodinámicas del pilum, y hasta hicieron una exhibición de lanzamiento contra una paca de paja apoyada en un árbol. ¡Apártense todos, que es peligroso! ¡No, por favor, no se pongan detrás del árbol, que puede suceder una desgracia! Luego vino el lanzamiento, más derrengado que peligroso, pues ninguno de los tres arrojados lanceros acertó, pero luego sacaron los gladium, se cubrieron con los escudos y avanzaron en formato falange hasta llegar a la paca, a la que dejaron acuchillada y hasta descuartizada de tanto como la hendieron con sus temibles espadas. ¡Buen trabajo!, dijo el centurión de penacho atravesado. Estaban felices. Los niños miraban admirados y envidiosos. Los turistas sonrientes y yo admirado de la fuerza de aquella gente corraliega.

         Luego, tras una larga y prolífica conversación con mi compañero David Henales y con Ana, su esposa, en la que nos sorprendimos por la gran cantidad de coincidencias en nuestros puntos de vista sobre las Guerras Cántabras, ya en casa, revisé el folleto del programa de fiestas que había tomado en el puesto de información y comprendí todo. Esta gente de Los Corrales trabaja hoy para el futuro. Esto sí que es sostenibilidad.

         El título del cuadernillo, resaltado en amarillo era «EL RUGIDO QUE SE HEREDA» y en el interior jóvenes cántabras que peinaban sus cabellos como bandadas de janas en el río, niños cántabro-romanos haciendo carreras de sacos, niños lictores en el Circo Máximo, niñas augures, niñas con cara de pillas y peinados de fantasía, cubiertas por lujosos sagum de ceremonia, niños vestidos de senadores, niñas vestales, pequeños a los que si quieres conocer sus nombres te contestarán: soy Vadón, hijo de Elanio, de Vadinia.

         Ahí estaba la clave del éxito de la fiesta de las Guerras Cántabras en Los Corrales. Es una celebración fabricada por los mayores no para los niños, pero con la mirada puesta en ellos. Es una celebración en la que los niños y jóvenes decían a sus mayores que no dejarán desiertas ni las calles ni los campos. Es una ventana abierta al pasado, a los gloriosos tiempos que deben ser recordados.

         Claro, claro, es un rugido heredado.

         Un rugido en el que se invita a cada participante a heredar una idea: ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

         Y me alegré, porque el grito de la obra que presentaré el 29 de agosto, viernes, a las 7 en Los Corrales, CANTÁBRICA, LA GRAN EPOPEYA DEL SOLAR CÁNTABRO, tiene la misma finalidad, participa del mismo grito, se sostiene en los mismos pilares:

         ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

miércoles, 30 de julio de 2025

UN VIAJE EN EL TIEMPO A LAS GUERRAS CÁNTABRAS, CON BILLETE DE IDA Y DE VUELTA


 

Cuando el 29 de agosto presente «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» en Los Corrales de Buelna, a eso de las siete de la tarde en pleno foro, quizás regale a los briosos cántabros que adquieran los tres volúmenes mi ya vieja novela CANTABROMAQUIA. No sé, lo estoy pensando. Ya veré. Depende de muchas cosas. Quizá no. Seguramente no. Eso me gustaría, pero, no sé, no sé.

        Lo cierto es que no es fácil ya de encontrar. Fue editada en 2014 por Kattigara ─quizá allí se encuentre aún algún ejemplar─ y tuvo un recorrido corto, como toda mi obra porque, en el fondo, escribo sólo para mí.

        Íñigo Ansola ─que captó a la perfección la idea y la plasmó con acierto en sus dibujos, pues es una obra de colaboración─ y yo la presentamos en su día en Los Corrales de Buelna con cierto temor, pues en ella describíamos cómo serían los actos de las Guerras Cántabras allá por el año del Señor de 2099, muy diferente a la celebración actual, claro, y no sabíamos lo que pensarían los paisanos. Lo cierto fue que la idea cayó bastante bien, quizá por las tochadas que dijimos Íñigo y yo, serios como patatas y, en el fondo, cómicos.

        Que nuestras palabras cayeron bien quedó claro porque nos invitaron a comer un suculento cocido montañés en la carpa de una tribu, no sé si de los concanos o de los plentuisios, pero sí que en la mesa estaban la entonces alcaldesa, Josefina González, su agradable esposo y su bella hija, que no pasaría de quince años y ya fue designada como la Diosa Cantabria aquel año; no recuerdo cómo se llamaba. Fue una agradable sobremesa, toda una inmersión corraliega. Nosotros contribuimos contando historias, pues todos saben cómo soy yo, e Íñigo gasta una vis cómica laredana de alto volumen, pese a su aparente seriedad.

        Cantabromaquia, como su título indica, es una historia de guerras entre cántabros, todo un cisco en el que, en el marco de las Guerras Cántabras de Los Corrales, intervienen romanos y cántabros de verdad llegados a través de un túnel temporal, mafias rusas, acróbatas cretenses, colaboradores, legados, poetas desterrados, se desatan amoríos intertemporales y, lo que es más notable, se descubre el origen de los pasiegos.

        Comienza con el lanzamiento de una nave del tiempo desde Barreda, donde décadas atrás estuvo la fábrica de Solvay, el Cabo Cañaveral cántabro, en la que viajan dos científicos, Luisa Campos, jefa de la operación, hembra de escultural cuerpo y de espantoso rostro, aunque buena persona y sobre todo sabia, y Miliuco Cobo, ingeniero pasiego, todo un manitas, que termina enamorado de una antepasada.

        ¡Santo susto se llevaron los cántabros antiguos al ver aquella nave, cuyos airbags de aterrizaje rebotaron varias veces antes de caer justo sobre las pallozas del castro! ¡La que se armó!

        Pero, no es sólo un viaje al pasado. Es también un viaje al presente desde el pasado, pues un jefe cántabro colaborador de Roma, Ambatus, y un centurión romano de origen germano, Ancanus, terminan viajando al presente y descendiendo del transportador intertemporal en la Rampa de Puertochico. ¿Se imaginan el cisco?

        Pues de eso trata Cantabromaquia, una novela en la que no se deja hueso sano a los bienpensantes, aunque tampoco los malpensantes se van de rositas.

        Crítica histórico-política, risa, cachondeo y mala, muy mala baba.

        Vayan como muestra el primero y el último párrafos de esta novela  titulada CANTABROMAQUIA... ¿Cantabro qué?... "Maquia", como "Batracomiomaquia", de "machia" en griego, que significa "lucha", "batalla":

Primero.- «Los pasillos de la Consejería de Fomento y Actividades Creativas parecen canales de un hormiguero que se haya quedado sin techo: los empleados suben y bajan, agitan brazos llamándose a gritos o transmitiendo órdenes, cruzan en grupos de paso decidido de un despacho a otro, corren; se tronchan los tacones femeninos no fabricados para semejante presión; con las prisas, a los conserjes se les abren los cartapacios de documentos mal cerrados que llevan al servicio de reprografía. En la Sala Central de Control, aún no abierta a los notables, los pitifláuticos soniquetes de los teléfonos móviles se dan de tortas con los campanazos de los modelos góndola que funcionan a las mil maravillas, pese a haber sido subidos del almacén y rehabilitados con prisas. Técnicos de bata blanca inspeccionan los complejos dispositivos de retransmisión, que no pueden fallar en día tan señalado».

Último.- «Por eso, amable lector, debes desechar las bastardas teorías en las que se hace provenir a la raza pasiega de los moros sirios abandonados en la cordillera, castigados por Almanzor a vivir en los confines del mundo; o esa otra de que en aquellos montes se escondió la perdida tribu de Israel. No, todo eso no son más que paparruchas. Nuestra explicación es mucho más sencilla: que sus padres fundadores, nacieron en el hogaño o se pasearon por allí por mor de su curiosidad, y que luego, retornaron al antaño o llegaron a él de primeras, para pasar en las anfractuosidades de la cordillera cantábrica el resto de sus vidas. No sabemos si esto se entiende, pero seguro que intuirán la causa por la que nunca se puede saber con completa certeza si un pasiego está entrando o está saliendo, si va o viene porque… ¿Cuántos recovecos tendrán el tiempo y la vida?... Hombre, pues depende…»

lunes, 14 de abril de 2025

GEOESTRATEGIA DE LAS GUERRAS CÁNTABRAS

 


Según la tercera acepción del DRAE, “mito” significa relato rodeado de extraordinaria admiración y estima. En ese sentido, entiendo que las Guerras Cántabras son un mito para el Solar Cántabro y para la identidad de las gentes que lo habitan.

Sin duda, se trata de un hecho diferenciador. Si los catalanes, los galeses o los virginianos hubieran dispuesto en su haber histórico de una gesta similar tendríamos, como reza el lugar común, largometrajes, obras de teatro y monografías multimedia sobre el tema para llenar un petrolero.

Cuentan que los romanos movilizaron, al final, diez legiones contra Asturia y Cantabria. Eran tiempos buenos, pues acababan de finalizar las sangrientas guerras civiles y había muchos soldados por cada legua cuadrada de imperio.

Además, Augusto se veía obligado a obtener algún triunfo a título personal, pues hasta entonces fueron sus generales, especialmente Agripa, quienes le pusieron las victorias en bandeja. Algunos quieren hacer creer que ´por este motivo las Guerras Cántabras fueron una pantomima, una nonada, un montaje propagandístico del amo de roma para darse el pote, como decimos en Santander. No nos engañemos, esta es una opinión interesada para minimizar lo cántabro como referente. Lo cierto fue que el gran Augusto intentó ganarse los laureles por estas tierras pero, al final, fue Agripa el que terminó sacándole, una vez más, las castañas del fuego.

Varias fueron las causas de las Guerras Cántabras o Astur Cántabras: el deseo de prestigio de Augusto, que no se niega, pero que no fue la razón fundamental; la necesidad de que la ecúmene romana abarcara toda la Península, como cierre geográfico de las fronteras del imperio, la de no dejar bolsas de resistencia en retaguardia cuando se mirara hacia la inminente conquista de Centro Europa y, sobre todo, la conquista de la costa cantábrica.

¿Por qué la costa cantábrica? Por la voluntad de Augusto de conquistar las Islas Británicas y, sobre todo, Germania. La batalla de Teuteburgo, el 9 de nuestra era, acabó con el sueño de establecer la provincia romana de Germania, pero las Guerras Cántabras tuvieron lugar 35 años antes, cuando Augusto acariciaba tal idea. Para ello, era imprescindible conquistar la costa norte de Hispania. Se dispondría así de un corredor de caboteo hasta la misma Germania, sin necesidad de aventurarse en alta mar por las turbulentas aguas del Golfo de Vizcaya.

La cordillera era importante, sin duda; las posibles minas a explotar, también; pero el movimiento eje, la punta de lanza de la estrategia romana, era el dominio de la costa. Y desembarcaron en Portus Victoriae.

¿Cómo lo hicieron?, ¿usaron una flota romana de guerra radicada en la Galia? Parece ser que no, que tal flota no existía, que seguramente utilizaron cuantos buques hallaron para trasladar su legión o sus dos legiones desde la Aquitania recientemente sometida.

Pero, claro, aquí surge un problema logístico de primer orden, ¿cuántos buques se precisan para cargar toda una legión, o dos?, ¿cómo acumular esos buques en territorios desde los que se pueda embarcar a los soldados y proceder a un desembarco rápido y eficaz?, ¿dónde se embarcarían para caer sobre Portus Victoriae?

Para responder a estas preguntas he utilizado diversos materiales. Uno de ellos es el pedagógico libro —ya casi olvidado—“Cántabros, Origen de un pueblo” escrito por Bolado, Gutiérrez, Hierro y Ocejo y publicado en 2012 por ADIC. Pero, también me he guiado por la obra de Rodríguez Neila “Confidentes de César, los Balbo de Cádiz”, que en su día me dio pie para confeccionar la novela “Cornelia de Gades”.

Por último, me he dedicado a preguntar a los marinos a vela, que no son pocos en Santander y en Santoña, y me han confirmado que para ir de Francia a Galicia bordeando la costa, ha de aprovecharse el nordeste que sopla en verano. El invierno se aprovecha para viajar en sentido contrario, impulsadas las velas por el viento gallego, para ir de La Coruña a Francia. Y me han asegurado que si se quiere navegar en verano en dirección a Francia hay que aprovechar los días de borrasca o la noche en los días de nordeste, pues a última hora deja de soplar y es sustituido por el terral, viento leve que obliga a encender motores; supongo que en la antigüedad obligaba a tirar de remo. ¿Qué quiere esto decir?, que para juntar una flota capaz de embarcar a dos legiones se precisaba tiempo, mucho tiempo. Y ello por las distancias y por las dificultades que los vientos oponían —y oponen— a la navegación cantábrica a vela. Es decir, que los romanos, gentes que planificaban con años de antelación, tenían echado el ojo a la costa astur y cántabra mucho tiempo antes del 26 a.C.

Pero es que el trabajo de Juan Francisco Rodríguez Neila es también ilustrativo. Dice este profesor cordobés que dos eran los Balbo, tío y sobrino. El más viejo, el tío, Lucio Cornelio Balbo Maior, era el banquero y la mano derecha de Julio César; y que el sobrino, Lucio Cornelio Balbo Minor, era el banquero y la mano derecha de Augusto. Es decir, que estos gaditanos estaban siempre dispuestos a prestar lo que hiciera falta a los dos romanos. Por supuesto, como banqueros fenicios no perdían nunca.

Lo cierto fue que cuando César estaba luchando contra los lusitanos, estos dieron en refugiarse en las Islas Berlangas, en Portugal. ¿Qué hizo Julio? Telefoneó a su amigo Balbo Maior y le pidió que le enviase buques suficientes como para embarcar dos cohortes y asaltar, con ellas, las islas. Y Balbo procedió de mil amores. Y Julio las conquistó.

¿Sería de extrañar que Augusto, para conquistar Cantabria llamase a su amigo Balbo Minor, sobrino del anterior y su fuente de auxilio material y financiero, para que le enviara abundantes mercantes gaditanos que, haciendo escala en Brigantia, La Coruña, llegasen hasta las localidades del Este del Cantábrico, Oiasso y Portus Amanum, para que se embarcasen las legiones que llegarían allí en cuanto quedasen sometidos los aquitanos?

La operación sería de amplio aspecto, pues si César precisó 90 buques mercantes para embarcar dos cohortes, para dos legiones habría que echar la cuenta. Es probable, como dicen los autores de “Cántabros, origen de un pueblo”, que utilizaran también las “naves gálicas”· de los vénetos. En cualquier caso, muchos barcos, mucha planificación, mucha preparación.

¿Y por qué no fueron por tierra siguiendo la costa vasca hasta lo que luego sería Santander? Porque la precisión del ataque, sin sorpresas ni resistencias imprevistas, requería coordinación y sólo por mar podía garantizarse un golpe limpio sobre los resistentes de la Espina del Gállego, Aracilum. La eficacia militar imponía el ataque por mar.

Como sería muy lógico, los cántabros de la costa, que algo esperaban, harían lo posible por hostigar las labores tácticas de los romanos en tierra autrigona, y de ahí sacaron los enemigos el “casus belli” preciso para iniciar el ataque en el 26.

En definitiva, que el esfuerzo estratégico de Roma (preparación de las previstas guerras germánicas), su habilidad táctica (desembarco en P.Victoriae para sorprender a los resistentes del interior), y el empleo de gran número de tropas y de buques lleva a la conclusión de que las Guerras Cántabras no fueron un mero paseo militar, como quieren hacer creer aquellos a los que se les ponen los pelos como escarpias cuando se habla de la capacidad de resistencia indígena —nunca supe por qué—, sino, justo, todo lo contrario.

En “Cantábrica”, como digo, las Guerras Cántabras tienen su apartado en una novela intimista —insertada en el tomo 3—, en la que los dioses le comunican al protagonista, Coronoego, el desarrollo futuro de la contienda. Además, en el tomo 2 —Los Tiempos del Hierro— se tratan los viajes de Turo, druida vellico, por todos los castros de Cantabria —71 paradas y casi 600 páginas—, durante los dos años anteriores al fatídico 26 a.C., con la misión de predicar la unidad y la preparación para la guerra, a imitación del celtibérico Olíndico.

En definitiva, “Cantábrica” es un guiso mitológico, con presencia de los dioses en cada página, pero cocinado en la especial y picante salsa de las Guerras Cántabras.


martes, 25 de febrero de 2025

CANTÁBRICA. CINCO AÑOS DESPUÉS

                                

         

Han pasado cinco años desde mi última aparición pública con la novela La Estirpe de Velarde. Desde entonces ha llovido el cielo cuanto ha querido, más bien poco; han corrido las nubes despepitadas por encima de nuestras cabezas; los vientos han rugido al doblar las esquinas de los bosques y al trabarse en las espadañas de las iglesias; la Historia se ha acelerado en un carrusel fuera de control, y las hojas del calendario han caído no cada minuto, sino cada segundo.

Durante este tiempo un monstruo literario ha cobrado forma, con exasperante lentitud de caracol pero con paso firme, babeante, rasposo entre los árboles de mi casa junto al mar, en Escalante, donde ha vivido recluido este asendereado hijo de su patria, de su matria, el lugar pequeño donde nació su padre, donde nació su madre, aunque eso sí, te garantizo que he enristrado la pluma como una falcata día a día, mes a mes, año a año.

Por entre mis robles, mis encinas, mis saúcos y mis manzanos, fábrica de placeres bien tirados en el borde del vaso, se perfiló una idea nacida quizá del rayo de luz caído del cabello de una anjana: crear un instrumento literario que hiciera sentir a los habitantes actuales de la Vieja Cantabria, los que hoy pueblan el antiguo Solar Cántabro, la historia y la mitología en un mismo escalofrío. ¿Acaso no es necesario ánimo para los tiempos que corren y para los que se avecinan? ¿De dónde sacar fuerza, sino de la historia arraigada en nuestra memoria, y del mito escondido en lo más profundo del recuerdo ancestral de todo un pueblo? ¿Por qué no parar en el inseguro altozano de hoy y mirar hacia atrás con embeleso para luego dirigir la mirada hacia adelante y erguir la cabeza de cara al futuro tan oscuro como boca de lobo? ¿No parece razonable sacar del pasado los ingredientes de una pastilla que levante el ánimo a un pueblo predispuesto, según sus actos demuestran, a la esclavitud?, ¿acaso no fue libre en su día, el más orgulloso, el que mayor fuerza opuso al imperio de los imperios?

Y así, entre las preguntas impertinentes, las lluvias, los vientos, las hojas del calendario que pavimentan el suelo, los robles, las encinas, los saúcos, las higueras, las salgueras y los tejos que viven en mi casa, en Juecos, nació el monstruo literario al que di por nombre «Cantábrica», y al que apellidé «La Gran Epopeya del Solar Cántabro», un ente que asoma ahora al mundo de la literatura, cinco años después, envuelto en un estatuto de ficción tan real como los troncos de los árboles, como las cuevas de los topos, como las telas de las arañas, como el suspiro de las cigarras cuando hacen el amor.

«Cantábrica» está ya con las espuelas calzadas, dispuesta a montar y a acudir a tus manos, lector que aún te sientas en un cómodo sillón, enciendes un flexo, pones música de fondo, quizá de clavicordio, te sirves un destilado al dente y abres tu libro para escuchar con los ojos las palabras vivas, pese a tanta moribundia como te rodea, de quienes escribieron sin pensar en ti, pero para ti.

Poco queda ya para que esto suceda, quizá unos pocos meses. Permite que peine a la criatura, así comparecerá limpia y aseada ante tu docta afición. Será sólo un instante. Verás qué hermosa es y qué momentos de placer, de angustia, de miedo, de fervor te proporciona, pero sobre todo te garantizo que abrirá la espita de las reflexiones sobre el pasado y, en especial, sobre el futuro que viene, que viene, que ya está aquí.

Gracias por tu paciencia, amigo, amiga a quien no conozco ni deseo conocer, pero para quien escribo con todo el arte que cabe en mi pluma. Comprobarás pronto que mi palabra es barroca, sí; tirando a rizada, de acuerdo; angulosa, vale; afiladilla, no te digo que no... ¿Qué le vamos a hacer?, ¿o prefieres que hable burdo para dar gusto al pobre, al despistado, al que desea sólo entretenerse tras una jornada de oprobio, antes de ser vencido por el sueño? No, querido lector, para eso están la tele, las pelis, los comentarios de los paisas en las redes sociales y el tontintolín académico  de tertulianos omniscientes si lo que pretende es que se le acaricie el oído con un remedo de cultura de hoja de lata. Lo que te ofrezco es otra cosa. Quiero que reflexiones sobre lo que fuiste y lo que eres, y que, en todo caso, sientas el abrazo de Madre Cantabria cuando subas a la cima de uno de nuestros montes, el diminuto jisquíu de los trasgos cuando pases bajo la rama del roble que se inclina sobre el camino, el grito de Lucobos en el pico del cuervo que avisa al resto de los habitantes del bosque de tu presencia.

«Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro» ya va de camino. Estate atento. Pronto llamará a tu puerta..

            En Juecos, Escalante, a 26 de febrero de 2025

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...