También en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba
de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos al
rey Tarquino. En ellos se detallaba el futuro de la ciudad. Como el rey no
los quiso al elevado precio exigido por la Sibila, esta quemó tres y ofreció
los otros seis al rey, pero sin variar el precio. Como al monarca le seguían
pareciendo caros, ella quemó otros tres y le ofreció los tres últimos tam-
bién a igual precio. Finalmente, Tarquino compró los que quedaban. Tan
famosos libros, en los que se narraba el futuro de la Urbe, se perdieron en
los últimos tiempos del Imperio.
El texto que sigue es también una larga profecía, aunque onírica, en la
que le es relatado al elegido el destino inminente de Cantabria, y su some-
timiento al poder de Roma.
Pero, a diferencia de las predicciones de la Sibila, aquí no hay interme-
diarios, sino que son los mismos dioses quienes toman la palabra y hablan
del devenir. Aquí no hay un monarca destinatario ni un interés crematís-
tico, sino la propia voz de los dioses dirigida al joven que se convertirá
en jefe indiscutido de los pueblos cántabros. Aquí no hay texto, pues los
celtas no gustaban de dejar por escrito ni el pasado, ni el presente, ni el
imaginado futuro, sino sólo humo de voz, sombra de divinidad, prediccio-
nes líquidas que se escurren por los desaguaderos del sueño. Aquí no hay
pasajes crípticos, pues los dioses cántabros hablan con naturalidad a quien
han elegido, pero sí olvido. Un memorioso olvido que, al igual que las pre-
dicciones de Sibila, se hará conciencia en el momento en que sucedan los
hechos previstos. Y, sobre todo, en estas profecías contadas desde un pre-
sente que se desarrolla a las puertas del futuro, el héroe será informado de
la derrota y, al tiempo, de que estará obligado a sacrificarse por su pueblo,
a eso lo invitan los dioses. Le aseguran que, pese a todo, la recompensa por
tanto desvelo será grande.
De conformidad con los conceptos religiosos celtas, en los que la gue-
rra es el eje de la piedad, la triste realidad que se le muestra al héroe, lejos
de arredrarlo y limitar su capacidad de combate, la multiplicará, pues la
voz divina dará certeza a la máxima aspiración de un guerrero celta: la
buena muerte que lo espera —en el caso de Coronoego, la crucifixión en
los altos del Dulla—, y la convicción de que se convertirá en dios y que ca-
balgará por los tiempos de los tiempos al lado de Lucobos en el Sid, y que
será su mano derecha junto a Palaro.
En esta mitología celta no rige el principio de “conócete a ti mismo” ,
escrito en piedra en el templo de Apolo, mentor de la Sibila de Cumas, en
el originario sentido dado por los griegos de “conoce tus limitaciones huma-
nas, no aspires nunca a ser dios y no peques de soberbia, de Hibris”, sino que el
valiente sabe que, tras la muerte en combate, cuando sea llevada su alma en
el pico de las aves al otro mundo, tras la batalla, se reencarnará en un cuer-
po nuevo, y cabalgará, divinizado, al lado de los dioses. Esta apoteosis del
guerrero, del jinete cántabro, astur, celtíbero, no podía ser ni soñada por
sus enemigos, los romanos y los griegos, pues estos se sentían encorsetados
por la obligación moral de ser conscientes de sus limitaciones; sabían que
sólo les esperaba el castigo en caso de que desearan llegar a ser como los
dioses. No era el caso de los astures y los cántabros.
Por eso, el guerrero celta, sabedor de que se transformará en dios tras
una heroica muerte, no se desanima al conocer, de antemano, la derrota
de su pueblo. Por eso Coronoego es informado mediante pesadillas, sobre
un futuro cierto. Los dioses hablarán con claridad de que, tanto él como
los suyos pasarán a formar parte de la divinidad tras la derrota que, en el
fondo, será una victoria. Para recordarle al joven el final feliz de su vida,
en la última parte de la larga noche, la diosa Nabia invitará al futuro
héroe a acompañarla en un viaje al más allá, al Sid, lo que iguala a Coro-
noego con los contados personajes que hicieron su particular viaje a los
infiernos: Hércules, Orfeo, Odiseo y Eneas. Por lo tanto, durante la larga
noche repleta de ensoñaciones, los dioses dirán la verdad de lo que ha de
esperarse: la derrota, pero también mostrarán la otra cara de la misma: la
victoria, pues compensarán al joven de tanta pesadilla con su viaje al Sid
y con la constatación de lo que vendrá: el mundo de la bienaventuranza
en la vida eterna.
Victoria y derrota, al igual que los principios de luz y oscuridad, son
términos confusos, pues no queda nunca claro quién vencerá al final, aun-
que predicciones hay de que será la Oscuridad quien, en el ocaso de los
tiempos, prevalezca. Por eso, lo importante para el guerrero cántabro no es
la victoria o la derrota, sino la lucha en sí, eje de su religiosidad, gracias a
la cual trascenderá.
Esta manifestación divina se producirá en el marco de lo que se ha
dado en llamar la incubatio, es decir, la comunicación que se produce entre
quien se halla en la tumba del héroe, o el héroe mismo, y la divinidad que
se comunicará con él mediante sueños.
En este sentido Tertuliano advierte de la costumbre céltica de pasar la no-
che en la tumba de los héroes para recibir sueños premonitorios, tanto de
contenido informativo como salutífero (Gurruchaga 2024, 18).
