lunes, 25 de agosto de 2025

EL RUGIDO QUE SE HEREDA

  


El sábado 23 de agosto de 2025 estuve por la mañana en Los Corrales de Buelna, en la campa de las Guerras Cántabras, en la presentación de un libro: «Los últimos hijos de Bodo», de David Henales. Es una interesante novela que trata de una cofradía guerrera vadiniense en tiempos del asalto de Roma.

         Aproveché para revisar el escenario de la presentación de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro",  prevista para el viernes 29 a las 7 de la tarde, sus instalaciones y demás por eso de ser precavido, y pude ver el ambiente que se respiraba.

         Era por la mañana. Se dejaba el coche en una amplio prau habilitado como aparcamiento y yendo entre calles se llegaba a la campa de las Guerras, en el Parque Mazarrasa. La gente con la que te cruzabas eran cántabros que llevaban el periódico y el pan para desayunar, romanos y romanas que salían con sus chicos. Todos iban vestidos de diario, con túnicas de andar por casa. Nos dijeron que luego, para los actos se vestirían adecuadamente, con togas, trajes floridos, grecas, peinados de época, etc. Era como estar en la Suburra del Trastíber, pero con edificios modernos. Y, en efecto, a lo largo de la mañana vi a cántabras deslumbrantes y a romanos equipados con todo su esplendor marcial. Y pude constar la amabilidad de la gente, que excedía todas las previsiones. Si preguntabas algo, te respondían varios, te llevaban a otros que sabían más, te mimaban y regalaban.

         Pero lo que más me sorprendieron fueron los niños.

         Desfilaban con la legión y tocaban tambores¸chicos y chicas con caras serias, solemnes, de importancia. Eran seres que se habían transportado en el tiempo, que habían viajado en alas de su imaginación a lo largo de la historia. Sus ojos, sus ademanes manifestaban sus pensamientos, andaban en una nube de ensueño. Otros, más chicos, jugaban con espadas de madera, vestidos como diablos cántabros y duendes romanos, ya llenos de polvo las ropas por haberse revolcado por el suelo. ¡Qué gozada!, ¡qué envidia!, ¡qué pena no tener entre cinco y doce años!

         Esta estampa fue la más impactante: la participación de niños y jóvenes. Porque también estos se esmeraban. Un centurión romano, de penacho atravesado, daba una charla sobre armamento y mostraba cómo había que utilizar el gladium, el efecto defensivo de las armaduras, las condiciones especiales aerodinámicas del pilum, y hasta hicieron una exhibición de lanzamiento contra una paca de paja apoyada en un árbol. ¡Apártense todos, que es peligroso! ¡No, por favor, no se pongan detrás del árbol, que puede suceder una desgracia! Luego vino el lanzamiento, más derrengado que peligroso, pues ninguno de los tres arrojados lanceros acertó, pero luego sacaron los gladium, se cubrieron con los escudos y avanzaron en formato falange hasta llegar a la paca, a la que dejaron acuchillada y hasta descuartizada de tanto como la hendieron con sus temibles espadas. ¡Buen trabajo!, dijo el centurión de penacho atravesado. Estaban felices. Los niños miraban admirados y envidiosos. Los turistas sonrientes y yo admirado de la fuerza de aquella gente corraliega.

         Luego, tras una larga y prolífica conversación con mi compañero David Henales y con Ana, su esposa, en la que nos sorprendimos por la gran cantidad de coincidencias en nuestros puntos de vista sobre las Guerras Cántabras, ya en casa, revisé el folleto del programa de fiestas que había tomado en el puesto de información y comprendí todo. Esta gente de Los Corrales trabaja hoy para el futuro. Esto sí que es sostenibilidad.

         El título del cuadernillo, resaltado en amarillo era «EL RUGIDO QUE SE HEREDA» y en el interior jóvenes cántabras que peinaban sus cabellos como bandadas de janas en el río, niños cántabro-romanos haciendo carreras de sacos, niños lictores en el Circo Máximo, niñas augures, niñas con cara de pillas y peinados de fantasía, cubiertas por lujosos sagum de ceremonia, niños vestidos de senadores, niñas vestales, pequeños a los que si quieres conocer sus nombres te contestarán: soy Vadón, hijo de Elanio, de Vadinia.

         Ahí estaba la clave del éxito de la fiesta de las Guerras Cántabras en Los Corrales. Es una celebración fabricada por los mayores no para los niños, pero con la mirada puesta en ellos. Es una celebración en la que los niños y jóvenes decían a sus mayores que no dejarán desiertas ni las calles ni los campos. Es una ventana abierta al pasado, a los gloriosos tiempos que deben ser recordados.

         Claro, claro, es un rugido heredado.

         Un rugido en el que se invita a cada participante a heredar una idea: ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

         Y me alegré, porque el grito de la obra que presentaré el 29 de agosto, viernes, a las 7 en Los Corrales, CANTÁBRICA, LA GRAN EPOPEYA DEL SOLAR CÁNTABRO, tiene la misma finalidad, participa del mismo grito, se sostiene en los mismos pilares:

         ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

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