El sábado 23 de agosto de
2025 estuve por la mañana en Los Corrales de Buelna, en la campa de las Guerras
Cántabras, en la presentación de un libro: «Los últimos hijos de Bodo», de
David Henales. Es una interesante novela que trata de una cofradía guerrera
vadiniense en tiempos del asalto de Roma.
Aproveché para revisar el escenario de la presentación de
"Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro", prevista para el viernes 29 a las 7 de la
tarde, sus instalaciones y demás por eso de ser precavido, y pude ver el
ambiente que se respiraba.
Era por la mañana. Se dejaba el coche en una amplio prau
habilitado como aparcamiento y yendo entre calles se llegaba a la campa de las
Guerras, en el Parque Mazarrasa. La gente con la que te cruzabas eran cántabros
que llevaban el periódico y el pan para desayunar, romanos y romanas que salían
con sus chicos. Todos iban vestidos de diario, con túnicas de andar por casa.
Nos dijeron que luego, para los actos se vestirían adecuadamente, con togas,
trajes floridos, grecas, peinados de época, etc. Era como estar en la Suburra
del Trastíber, pero con edificios modernos. Y, en efecto, a lo largo de la
mañana vi a cántabras deslumbrantes y a romanos equipados con todo su esplendor
marcial. Y pude constar la amabilidad de la gente, que excedía todas las previsiones.
Si preguntabas algo, te respondían varios, te llevaban a otros que sabían más,
te mimaban y regalaban.
Pero lo que más me sorprendieron fueron los niños.
Desfilaban con la legión y tocaban tambores¸chicos y chicas
con caras serias, solemnes, de importancia. Eran seres que se habían
transportado en el tiempo, que habían viajado en alas de su imaginación a lo
largo de la historia. Sus ojos, sus ademanes manifestaban sus pensamientos,
andaban en una nube de ensueño. Otros, más chicos, jugaban con espadas de
madera, vestidos como diablos cántabros y duendes romanos, ya llenos de polvo
las ropas por haberse revolcado por el suelo. ¡Qué gozada!, ¡qué envidia!, ¡qué
pena no tener entre cinco y doce años!
Esta estampa fue la más impactante: la participación de
niños y jóvenes. Porque también estos se esmeraban. Un centurión romano, de
penacho atravesado, daba una charla sobre armamento y mostraba cómo había que
utilizar el gladium, el efecto defensivo de las armaduras, las condiciones
especiales aerodinámicas del pilum, y hasta hicieron una exhibición de
lanzamiento contra una paca de paja apoyada en un árbol. ¡Apártense todos, que
es peligroso! ¡No, por favor, no se pongan detrás del árbol, que puede suceder
una desgracia! Luego vino el lanzamiento, más derrengado que peligroso, pues
ninguno de los tres arrojados lanceros acertó, pero luego sacaron los gladium,
se cubrieron con los escudos y avanzaron en formato falange hasta llegar a la
paca, a la que dejaron acuchillada y hasta descuartizada de tanto como la
hendieron con sus temibles espadas. ¡Buen trabajo!, dijo el centurión de
penacho atravesado. Estaban felices. Los niños miraban admirados y envidiosos.
Los turistas sonrientes y yo admirado de la fuerza de aquella gente corraliega.
Luego, tras una larga y prolífica conversación con mi
compañero David Henales y con Ana, su esposa, en la que nos sorprendimos por la
gran cantidad de coincidencias en nuestros puntos de vista sobre las Guerras
Cántabras, ya en casa, revisé el folleto del programa de fiestas que había
tomado en el puesto de información y comprendí todo. Esta gente de Los Corrales
trabaja hoy para el futuro. Esto sí que es sostenibilidad.
El título del cuadernillo, resaltado en amarillo era «EL
RUGIDO QUE SE HEREDA» y en el interior jóvenes cántabras que peinaban sus
cabellos como bandadas de janas en el río, niños cántabro-romanos haciendo
carreras de sacos, niños lictores en el Circo Máximo, niñas augures, niñas con
cara de pillas y peinados de fantasía, cubiertas por lujosos sagum de
ceremonia, niños vestidos de senadores, niñas vestales, pequeños a los que si
quieres conocer sus nombres te contestarán: soy Vadón, hijo de Elanio, de
Vadinia.
Ahí estaba la clave del éxito de la fiesta de las Guerras
Cántabras en Los Corrales. Es una celebración fabricada por los mayores no para
los niños, pero con la mirada puesta en ellos. Es una celebración en la que los
niños y jóvenes decían a sus mayores que no dejarán desiertas ni las calles ni
los campos. Es una ventana abierta al pasado, a los gloriosos tiempos que deben
ser recordados.
Claro, claro, es un rugido heredado.
Un rugido en el que se invita a cada participante a heredar
una idea: ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!
Y me alegré, porque el grito de la obra que presentaré el 29
de agosto, viernes, a las 7 en Los Corrales, CANTÁBRICA, LA GRAN EPOPEYA DEL
SOLAR CÁNTABRO, tiene la misma finalidad, participa del mismo grito, se
sostiene en los mismos pilares:
¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

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