domingo, 25 de octubre de 2026

Entrega 3.-VESTA IRRITADA

 



VESTA IRRITADA

 

I

 

Carga la caballería púnica. Retumba la tierra. Los pies de los soldados republicanos perciben el terremoto y el miedo se les enrosca a las pantorrillas. Marco siente que calza témpanos de hielo, pero el hábito nacido del entrenamiento se impone y las petrificadas extremidades obedecen la orden de avanzar. Cantilio nota cómo la escueta coraza de hierro que sólo le cubre el corazón baila más de la cuenta y le molesta, se la arrancaría, pero no puede romper la formación para ello. Ha debido de atar mal las cinchas. Ya no tiene remedio. A Marco, una oreja se le ha quedado plegada bajo el casco. No los han entrenado para actuar con tanta celeridad. Se pararían de buen grado a arreglar los pequeños desperfectos de sus atuendos, convertidos en insoportables molestias, pero Cantilio solo puede atender al baile ya descarado de la placa de hierro y Marco al casi dolor de la oreja. Tambores, griterío del enemigo. Nuevo juego de órdenes: cambio de dirección, paso de carga. Definitivamente los púnicos vienen a caballo, son muchos, infinitos. Puede que pronto no vuelvan a respirar. Puede que pronto no vuelvan a ver. Puede que se les quiebre para siempre la memoria. Lo peor será sentirse aplastados por el peso de los muertos. Las piernas son columnas, las sandalias plomos, la tierra quiere apropiárselas cada vez que se clavan en ella las puntas de las suelas. ¿Qué harán su madre y sus hermanas si mueren él y el padre en combate?, piensa Marco. ¿Serán capaces de llevar el peso de los negocios? ¿Cómo evitarán que se aprovechen de su ignorancia? Debe sobrevivir, debe seguir respirando, mirando, palpando, oliendo. ¡Retornaré, Madre! También Cantilio mira en su interior hacia Roma y contempla el rostro de Tito requebrando a Secunda, lo ve delante, es el púnico que ataca y el odio se acumula en la punta de su lanza.

Toque de alto. Parada en seco. Órdenes tajantes. La primera línea ha debido de lanzar ya sus jabalinas. Nuevo aviso y es la segunda la que arroja la muerte. La cabeza de la lanza de Marco toca el suelo, preparada, su mano acaricia el mango. Cantilio se imagina los pechos enemigos que atravesará la suya. Las líneas de lanzadores han retrocedido y se colocan tras la última fila. Ellos arrojarán justo cuando el choque sea inminente. Otra línea, otra. Ya queda poco. Marco respira hondo y siente la orina que le resbala por los muslos, ya estaban avisados de que tal cosa sucedería pero ellos se rieron por juzgarlo imposible. Cantilio y él dan los pasos reglamentarios, preparatorios del lanzamiento, pronto llegará su turno. Es ya la novena línea que ha cumplido con su cometido. Ya les toca. Los rebufos de los caballos enemigos que se les echan encima se truecan en agónicos lamentos. Muchos de ellos habrán caído. Deben mirar para apuntar, pero no ven nada. El centurión da la orden. Las lanzas de Marco y de Cantilio han partido paralelas, les duelen los hombros por el esfuerzo del lanzamiento. La pequeña defensa de hierro del pecho de Cantilio, rotas ya las cintas, se desprende y cae; casi tropieza con ella. A la señal del centurión, el manípulo completo da la vuelta y corre hacia la retaguardia. Su hueco será llenado por otros legionarios. Así se recuperarán del esfuerzo del lanzamiento antes del choque y estarán frescos para el contraataque.

 El enemigo ya llega y es la caballería romana la que penetra por el hueco que ha dejado la unidad de Marco y de Cantilio. ¡Los besarían! Ahora es su turno. Ahora verán esos púnicos. Tras la caballería los princeps avanzan a paso de carga hacia la primera línea. Y allí está Cayo, en la segunda fila. Padre e hijo entrecruzan las miradas; es un instante eterno. Marco, Cantilio y los suyos han cumplido con su deber y ahora descansan en formación. Cuando den la orden se lanzarán ellos también al combate. El miedo se ha evaporado tras el primer choque. También les avisaron en los entrenamientos que el pánico se disuelve en cuanto se ve el rostro real al enemigo. Se han convertido en retaguardia. Ahora esperan ansiosos la orden. ¡Ellos salvarán a Roma! La batalla sangra delante envuelta en polvo que apenas permite ver. Muchos caballos salen del cerco del combate, sus jinetes han debido descabalgar. Todos combaten a pie, hombre a hombre. Y llega la señal. Se levantan los estandartes y ellos, gladium y escudo, piernas y cabeza, se lanzan contra el enemigo, grito al viento. Ya no padecen temblor, los pies vuelan calzados con las alas de Mercurio. Ya no sienten palpitaciones en las sienes. Ya no hay protestas de las tripas ni calor húmedo entre las piernas. Estaban avisados: el miedo se secaría y se desprendería de sus ánimos como cae del árbol la fruta madura. Marco y Cantilio avanzan a la cabeza de la tropa. La décima línea de hastatii, es la primera ahora. No han llegado ni a la mitad del camino que les separa de la línea de combate, cuando a sus espaldas estalla el espanto. Salidos de repente de una nube ceniza, montados sobre caballos de furia, guerreros oscuros, ojos como teas, gritos dementes, galope que hace repicar al bombo de la tierra. El manípulo detiene su avance. Se vuelven. Han sido sorprendidos en la retaguardia por los famosos jinetes númidas, seguro que son ellos. Están perdidos. Ha llegado el momento. ¡Adiós, Padre, no he sabido protegerte!... ¡Adiós Secunda, nos veremos en el Asfódelos! Marco es golpeado, su última idea es de pesar por no haber tenido tiempo de protegerse con el escudo. Antes de caer ve cómo Cantilio es golpeado por un jinete. Luego la oscuridad y el silencio.

Marco yace entre cadáveres y estandartes partidos. Percibe el peso de tanto cuerpo roto y la sensación pastosa de la sangre, ajena o propia. Aquellos miembros fríos que lo rodean pertenecían, instantes antes, a lo mejor de la juventud romana. No debe de estar muerto del todo, pues aún puede acordarse de quién es y de dónde está, de Secunda, de su madre, del sabor del vino, del polvo levantado por el ejército de Aníbal, de los rebufos de los caballos enemigos, de la mirada de su padre Cayo, de los regalos de Hércules en las fiestas de Sigilaria cuando era niño. Transcurre el tiempo. Se hace el silencio. Cae la noche. Alguien lo zarandea. Lo despiertan. Frente a él, Cantilio. Abrazo. Llantos. ¿Dónde estamos? Al otro lado del Ticino. ¿Cómo has escapado tú? Haciéndome el muerto. ¿Y mi padre, dónde está? En los Campos Elíseos, Marco, nos saluda desde allí. Otros tres mil de los nuestros lo acompañan… Pero… Sí, compañero, ahora eres tú el paterfamilias. El herido cierra los ojos y se deja caer en el sangrante lecho. Sus sentidos, aún febriles, bosquejan la imagen noble del padre, los ruidos del hogar, el olor a berzas cocidas, el rostro de su madre llorando la pérdida del esposo, e invoca la protección de Vesta.



II

 

Ante los mismos ojos de la diosa Vesta, muy cerca del templo donde se custodia el fuego sagrado, las vociferantes se lanzan sin miramientos sobre la comitiva de Pictor, el ayudante de cuestor, el ambicioso bastardo engendrado por un Fabio en una liberta. Tenía decidido cruzar el Foro camino del destartalado despacho, en las Tabernae. La juventud, almacén de todas las bizarrías, lo impulsaba. Aquella mañana habría de revisar muchas cuentas y calcular sus comisiones. No podía abandonar su trabajo por temor a unas locas vociferantes. Al final de la jornada trazaría varios esquemas para escribir algún día su proyectada gran historia de Roma en cuyas raíces buscaba ensartar los orígenes de su discutida estirpe. El acopio de la máxima cantidad de riqueza posible era garantía de supervivencia, y los aires de literato que escribía en griego, le darían fama de culto y exquisito. Sabía que el baldón de su origen le obligaría a permanecer para siempre en la entresombra ciudadana y que no podría alcanzar jamás mayor altura en su cursus honorum que la de mero ayudante mal pagado de cuestor, lo cual era ya todo un sueño para hombre de su condición. Además, ¿qué información podría darles a aquellas dementes? Estaba seguro de que no lo molestarían. ¿Qué podría saber él de supervivientes o de batallas?, claro que por la blancura de su toga podrían pensar que pertenecía al Senado. La confusión, en el fondo, le agradaba. ¡Él tendrá que respondernos! ¡Eso! ¡Que nos diga qué ha sido de nuestros esposos! ¡Estos haraganes son los que tenían que haber ido a la batalla en lugar de nuestros hijos! Los dos ayudantes del empleado intentaron poner orden, látigo en mano, y abrir camino entre la muchedumbre que los acosaba. Arreciaron los insultos. La nube humana se hizo más densa. Hortalizas podridas y bosta de burro se estrellaron contra la inmaculada toga. Varios rollos de papiro que el contable llevaba bajo el brazo cayeron al suelo y fueron pisoteados. Los látigos amenazaban sin gran convicción a las agresoras. Gritos de estas. Imprecaciones de los hombres. Ida y vuelta de empujones y zarandeos hasta que Pictor —deseoso de demostrar cómo  la chusma merecía ser tratada—, tras arrancar el rebenque de la mano de uno de sus hombres, lo blandió y alcanzó a la mujer más próxima. Todos se aquietaron. El aire pareció rasgarse. Gran sacrilegio. Tan grave como si se hubieran roto los fasces sagrados. Un diminuto riachuelo de sangre se abrió en el rostro de Lelia Cerunia. Unos y otras quedaron paralizados, armas en alto. Pictor fue el primero en reaccionar. Decidió seguir adelante con el castigo. Alejandro habría hecho lo mismo, pensó, un momento de debilidad resultaría fatal para él. Se abalanzó sobre la mujer caída para concluir el ejemplar castigo. La sujetó de los cabellos y azotó su espalda, al tiempo que profería los peores insultos contra ella, del que puta era el más benévolo. Las demás callaron impresionadas por la profanación sufrida por todas en la persona de su cabecilla. El silencio de la masa era reflujo del oleaje antes de lanzarse contra las rocas con la plenitud de su furia: sería descuartizado por las seguidoras de Lelia, el acto final era inevitable. Pero una voz femenina, ronca, autoritaria, profunda, de oráculo inapelable paralizó el brazo de Pictor y, sin duda, salvó su vida: ¿Qué haces, desgraciado? La procesión de las sacerdotisas que cumplían con el sagrado deber de mantener el fuego de Vesta, había salido como cada mañana hacia el templo de la diosa. Opimia, la Gran Vestal, alertada por los gritos e imprecaciones, y por el chillido de su alumna Floronia que había reconocido en la ultrajada a su madre, se desvió de la comitiva por ver lo que sucedía. ¿Qué haces, miserable?, repitió Opimia, te he hecho una pregunta, ¿padeces sordera?, ¿acaso te ha ofendido esta infeliz en tu sacrosanta dignidad? Impedían que acudiera a mi trabajo. ¿Y te has atrevido a tratar así a la esposa de un ciudadano, de Cayo Floronio, cliente de Postumio Albino, hija del caballero Paulo Lelio Crux, madre de una vestal? Yo soy un Fabio, respondió el ayudante de cuestor alzando orgulloso la cabeza. Te conozco de sobra y, Fabio o no, has de reverenciar a la representante de la diosa. La sacerdotisa ordenó al soberbio que agachase la cabeza en señal de respeto. ¡Canalla! gritó sin poder contenerse la joven  vestal Floronia. Antes de inclinarse, la mirada de Pictor, flecha de fuego, se cruzó con las de la Gran Sacerdotisa y su pupila. En ese instante nació el odio que Destino alimentaría, agigantaría y trenzaría con deseos lujuriosos y con iras desbocadas, hasta formar un río de lava que abrasaría con el tiempo a la bella entre las bellas, a Floronia, la que ya se decantaba como sustituta de Opimia. ¿Desconoces que estas matronas han podido perder a sus maridos, a sus hijos, a sus nietos, en la batalla del Ticino?... ¿Balbuceas?.. ¿Tú tampoco sabes nada de eso?, ¿que nada tienes que decir porque nada has oído?... Pero, al menos, estarás enterado de que estas mujeres son romanas, que el dolor las embarga, que habrán hecho locuras y que podrán hacerlas aún mayores en el futuro si nadie les da noticia de sus familiares, pero que son matronas, no esclavas ni libertas como lo fueron tus antepasadas, son los vientres que parieron a la Roma que se ha batido heroicamente contra el púnico… ¿Y tú?, ¿qué haces aquí y no en el campo de batalla?... ¡Anda, ve con los rollos de documentos, con tu orgullo remendado y tu ambición al peor rincón del Tártaro si no te alistas de inmediato en el ejército que ya está formando Sempronio, el segundo cónsul! No tienes nada que oponer, ninguna disculpa te servirá, y sí, claro que puedes hacer lo que desees, pero la diosa Vesta usa mi boca y mi lengua. Sólo te resta atender o desatender su consejo. Eres libre de actuar como te plazca, pero la Diosa no tiene más que una palabra, y, desde este instante, toda Roma sabe lo que espera de ti. ¡Vete ya! ¡Vesta, la guardiana del hogar, ha hablado!


III

 

¡Vesta, la guardiana del hogar, ha hablado por mi boca!, repitió la Gran Vestal vuelta hacia las mujeres,  olvidada del bastardo que se deslizó por la calle pegado al suelo. La sacerdotisa no vio la mirada torva del joven Pictor. El humillado ayudante de cuestor que nunca le perdonaría su sentencia y la inapelable manifestación de la voluntad de la Diosa de que se alistase sin remedio en el ejército que partiría en breve para vengar, en la ribera del Trebia, a las águilas caídas en la del Ticino. ¡Matronas de Roma!, dijo Opimia, yo os entiendo, la diosa Vesta también os comprende, y también los demás dioses que lloran en el Olimpo. Marte está preparando las armas para el próximo encuentro. Belona sangra su odio contra el púnico. Minerva estudia la manera de derrotarlo, de hacerlo desaparecer de la tierra como si nunca hubiese existido. Y todos ellos están con vosotras, hermanas, con vuestro dolor de madres, con vuestra angustia de esposas, con vuestras lágrimas de hijas, por eso, os aseguro que pronto podréis regresar a casa porque antes de que acabe el día un senador leerá desde las Rostra la relación de los caídos y desaparecidos en combate. Os lo prometo porque sois mis hermanas, y yo soy la voz de la diosa Vesta, vuestra madre. La Gran Sacerdotisa abrazó con ternura a la maltratada Lelia, y permitió que su hija Floronia la auxiliara. Luego, les rogó a  la madre y a las dos muchachas, Secunda y Florila, que las siguieran hasta la Casa de las Vestales.

Os diré, queridas mías, que todos los senadores tienen conocimiento de quiénes fueron los caídos, pues disponen de una relación de supervivientes. Sostienen los grandes hombres que el pueblo debe permanecer ignorante de aquellos hechos, pues muy pronto  tendrá lugar otra batalla, en la que haremos pagar su crimen a los africanos, y juzgan conveniente evitar toda información que pueda provocar el desánimo, pero después de lo que acaba de suceder y de que sepan cuáles son los deseos de la diosa, estoy segura de que muy pronto informarán a las matronas sobre cuántos y quiénes son los caídos. Lelia mira a Opimia con ansiedad. Parece que doy rodeos, ¿verdad Lelia?, en realidad es muy triste lo que tengo que decirte, amiga. El rostro de la matrona se contrajo. Tu esposo, Cayo Floronio ha muerto por defender a Roma. Lelia abrió la boca con desmesura como para tragar el aire que le faltaba, como para expeler el que le sobraba, pulmones inmóviles, fauces abiertas, bocanada de muerte en la vida. No podía llorar, ni hablar, ni respirar. La Gran Vestal golpeó su espalda para que retornase a su ser. Por fin, la matrona recuperó el hálito, cargó los pulmones de aire envenenado y gritó con todas sus fuerzas. Escapó el alarido por la ventana, sobrevoló el templo de Vesta y llegó al Foro, donde fue recogido como propio por las mujeres del campamento. Respondió un coro lúgubre, solidario, premonitorio. Los lamentos pronto atronarían desde todas las esquinas de Roma; estaba escrito en los Libros. Aquel grito era la vanguardia del sufrimiento. Pero Marco vive, añadió la Gran Vestal. El rostro de Lelia se transfiguró y cambió las arrugas del llanto por las de la risa, como mujer a la que, nada más parir, le entregan el fruto de su dolor. Y rió sin pausa ni medida, y lloró sin descanso ni proporción. ¿Y Cantilio?, preguntó Secunda. Vive también. Secunda se abrazó a la madre y participó por simpatía de sus lágrimas y de su risa. También se abrazó a ella la pequeña Florila que no entendía bien cuanto allí acontecía.

Antes de la hora sexta, un joven senador, altivo, enjuto de carnes, huesudo el rostro, enérgica la mirada y sobria la voz, de nombre Marco Porcio Catón, leía desde las Rostra la relación de muertos y desaparecidos en la batalla de Ticino. Tras un ventanal del Palacio de las Vestales, Opimia contemplaba la escena. Sabía que estaba escrito que aquel joven anguloso llegaría a ser, rodado el tiempo, el enemigo natural del joven Publio Cornelio Escipión, el llamado a salvar a Roma del púnico y que a la República le esperaban tiempos de vendavales y miserias, entre los que naufragaría la inicial buena amistad de los dos muchachos, y se cuajarían los nubarrones negros que azotarían a la urbe durante varios siglos: helenistas frente a tradicionalistas; populares frente a aristócratas; el pueblo frente a los poderosos; el sueño del cambio frente a la pesadilla del orden establecido; todos los matices posibles entre los dos polos, todas las combinaciones y peripecias sangrantes, un parir con dolor, una Roma de vientre resentido por las patadas de sus gemelos que pugnan por ver quién de ellos contempla  primero la luz, siempre Rómulo frente a Remo, hermano contra hermano. Tras Catón, el rostro del que sería su eterno rival, Publio Cornelio Escipión, el Joven, héroe del Ticino tras haber salvado la vida de su padre en la retirada; y Opimia, triste por conocer el futuro, expuesto sólo para ella en los libros sibilinos, sabía que Catón ya miraba con recelo y envidia a su amigo de infancia, y que pronto dejarían de soplar entre los alevines de políticos los suaves vientos de levante que hacen volar las hojas de los robles en el otoño.


IV

 

Las manos de las esclavas volaban plantando rizos, aplicando mascaras de arcilla y embadurnando con tintes. Difuminaban los defectos de las dóminas mediante pinzas, repelones y estiramientos, tortura que pocos guerreros escitas podrían soportar. Sólo las lenguas quedaban libres de andamios, y eran usadas con ganas por las clientas. A cambio de tanto sacrificio, los arañazos del tiempo en rostros y cuerpos terminarían por convertirse en virtudes de un día. Ante la magia cosmética se inclinaban los más expertos taumaturgos. Un esclavo nubio se encargaba de rellenar con refresco o con vino aguado las copas de doble asa; otro, macedonio, de ofrecer dulces y fruta a las torturadas matronas y un tercero, corintio, de tocar un arpa que apenas se escuchaba, pues había de competir con la cháchara incesante de las locuaces damas.

La verdad, queridas, cuánto nos arrepentimos por  haber recomendado a la muchacha de los Floronio para vestal, dijo Atilia. Y Sulpicia: pero es la más bella de Roma. Y Atilia: pues mira, mucho menos que tú. La joven se sonrojó; sabía que la anfitriona exageraba. Pues sí, fue mi esposo el que se empeñó en que participara en la selección la mayor de las dos gemelas, y Floronia fue elegida para servir a la Diosa… Sí, claro, la chica es guapa, pero no como para ser seleccionada, lo que pasaba era que aquel año no había candidatas de la nobleza y a mi marido le dio pena de una niña que tendría mucho que rodar por la vida si alguien no lo evitaba. Lástima que su hermana, la tal Secunda, no ingresara también en el Colegio de Vestales… Y Faustina: Tienes razón, mejor le habría ido, la verdad, porque anda volviendo locos a los hombres… Y Manlia: como a esos dos pobres muchachos: Cantilio y Tito… Y Faustina: Es cierto, los dos desgraciados que se han intentado acuchillar en pleno campo de batalla según cuentan, ¿verdad?, ¡qué horror!  Y Atilia: el tal Cantilio parece ser su amante oficial y el otro el escondido, o, al menos eso es lo que se dice por ahí. Y Manlia: claro, la hija es como la madre, una fresca que calienta a los hombres hasta hacerles perder la cabeza, y con eso de que es hermana de una vestal, se peina con las trenzas rituales, como las matronas y las sacerdotisas, toda una vergüenza, queridas. Y Sulpicia: ¡pobres chicos, han muerto tres mil!.... Mira por dónde sale esta ahora. Deja a la muchacha, quizá tenga algún pretendiente entre los legados… ¡Vaya!, ¡se sonroja!, a lo mejor es el guapo hijo de Escipión… ¡Tienes razón, Valeria, se ha puesto como un cangrejo, la pobre! Por cierto, corta Faustina, ahora que nombráis a ese muchacho, os tengo que contar algo muy interesante… ¡Cuenta, cuenta!... Pues que el joven Escipión salvó la vida de su padre. Dicen que un jinete púnico le lanzó un tajo al cónsul y que lo hirió, pero que cuando se disponía a rematarlo, el muchacho se abalanzó sobre el enemigo y acabó con él de un sólo golpe de gladium; no me digáis que no es todo un valiente… La verdad que sí… Mira Sulpicia, ese sería un buen partido para ti, dijo Valeria Fabia.

La chica intentó disimular su azoramiento con un comentario para desviar la mirada de las demás hacia el secreto que la infeliz creía tan bien guardado: ¿Pero, han vuelto ya de la batalla? Sólo lo justo para dar cuenta al Senado, ¿o acaso no sabes que leyeron la relación de muertos desde las Rostra, niña?, pero han vuelto a marchar, pues se rumorea que en poco más de una semana los nuestros entrarán de nuevo en batalla al mando del segundo cónsul, Sempronio, y dicen que han instalado el campamento junto al río Trebia… ¡Que Marte los asista!.... ¡Y Belona!.... ¡Y Minerva! Bueno, ¿pero cómo me encontráis con esta peluca rubia, dijo Atilia? Y Valeria: la verdad, se te ve estupenda, muy rejuvenecida y, mirad queridas, ¿sabéis lo que os digo?, que quizá tengáis razón, ¿por qué no vamos a ponernos guapas? Y Atilia: porque algunas tienen maridos muy austeros, ¿no es el tuyo así, Valeria? Mira, de eso nada, Junio es un hombre íntegro, pero no tacaño si es por donde creo que va tu comentario... Mujer, no quería decir eso... Y, te digo más, Atilia, Junio no es disoluto como otros, como  los Escipiones por ejemplo, que no piensan más que en mujeres, y dirigiéndose a la joven Sulpicia: la verdad, hija, no sé si he hecho bien recomendándote ese partido; serías infeliz, pequeña mía. La joven sentía que su amor era macerado como pulpo en mostrador de pescadería. Las demás matronas, conocedoras de la promiscuidad en las alcobas de la Roma oscura, sabedoras de que algo había entre la gran Valeria Fabia y el joven Escipión, contemplaban entre risas el azoramiento de la inocente muchacha al levantarse del triclinio. Había tropezado con una jarra de refresco que se estrelló contra el suelo. No te apures, mujer, a cualquiera le podría suceder, dijo Atilia, la anfitriona... ¿No ves, guapa, que te acaban de avisar los dioses con tu torpeza?, dijo altanera Valeria y su lengua bífida asestó la estocada mortal: si terminas casándote con Escipión, se te derramará la vida, muchacha, como el vino de esa crátera y, mira, olvida lo que antes te dije porque el augurio es muy claro, lo mejor para ti es que dejes de pensar en ese joven. No hagas caso, chiquita, dijo la vieja Manlia compadecida de la muchacha, lo primero es el amor. Antes tiene que sobrevivir el legado a la nueva batalla, concluyó la ornatriz Faustina, luego Venus lo llevará al lecho que apetezca a la gran diosa, al de nuestra amiga Sulpicia o al que corresponda, ya me entendéis todas, o quizá decida pasarse un rato por la casa de mis chicas, porque tienen unas manos, bueno, ya estáis viendo lo ágiles que son con vuestro pelo, imaginaos si tuvieran otras cositas entre los dedos.

Todas rieron con ganas y miraron, atragantadas por la risa, a la muchacha que estaba a punto de llorar. Valeria se sentía orgullosa del estrago que sus palabras provocaran en los tiernos mofletes de aquel alma rival. Sulpicia, en su inocencia, no podía ni imaginar que su amado estuviera enredado con una vieja, pues como tal veía a Valeria, ni que los comentarios astutos de esta tuvieran la finalidad de enredarla para que delatara sus sentimientos hacia el joven tribuno. Si fuera mi esposo y no supiera si ha muerto, también yo estaría acampada en el Foro, dijo la muchacha entre dientes. Ninguna de las matronas, ahogadas como estaban en un mar de carcajadasrisas, alcanzó a oír sus palabras. En ese momento Sulpicia habría querido predicar su amor a voz en grito para callar a las envidiosas, pero no se atrevía; era muy joven y ellas unas ancianas.



 

V

 

Las dos ancianas despiden al carro de Febo que se esconde por poniente. Ha sido un día cargado de recuerdos, rebosante de añoranzas. Están solas. No aúlla ningún perro en la lejanía, ni ha aparecido la mariposa negra para revolotear en torno a la noble cabeza de Tertia Emilia, ni se posó en todo el día el cuervo en la balaustrada y, ni siquiera el gato negro hace acto de presencia; la dómina y Florila, libres de augurios, disfrutan de los tumbados rayos rojizos del atardecer. ¿Y si nos dedicásemos también nosotras a murmurar?, pregunta Florila. No sabríamos hacerlo, querida. Bueno, es todo cuestión de empezar, por ejemplo, yo te hago una pregunta sobre alguien, y tú arrojas por tu boca cuanto te apetezca. Qué graciosa eres a veces, Florila. Ya sé que no soy muy habladora, pero, mira, hoy me apetece cotorrear como hacen muchas, a ver, dime, dómina, ¿quién crees que era más malvado Tito o Pictor? Eran diferentes tipos de maldad y diferentes tipos de hombre, si tal apelativo pudiera dárseles. ¿Qué quieres decir, Tertia? Que Tito era malo por naturaleza, hubiera nacido en la abundancia y maltrataría a los esclavos y a sus mujeres, hubiera nacido cerdo y habría atacado a los demás de la piara, hubiera nacido galo y habría intentado caer sobre Roma. ¿Y Pictor? Este era diferente, pues se hizo malo por su pasión desmedida, ¿recuerdas su nombre completo, Florila? Cómo no, Quinto Fabio Pictor. Eso es, quinto de una camada de siervos de los Fabio, nacido del vientre de una esclava del imbatible pueblo picto, de los hiperbóreos, hijo bastardo de un Fabio, hermano bastardo del gran Fabio Máximo, el Verrucoso, y de la gran Valeria Fabia, la boca torcida que tan mal nos quiso, ¿sabes lo que significó todo esto para Pictor, querida amiga?, pues que al infeliz se le gastó la vida intentando demostrar con su comportamiento que era merecedor del cognomen de los Fabio. Pues si fue como dices, domina, malas compañías se granjeó el hombre, porque el tal Tito, en fin... Sí, pero, mira amiga, ese monstruo era lo que Pictor precisaba, pues sabía ganar dinero, parecía que fabricara las monedas de oro cada noche, y con tal socio, el supuesto Fabio pudo costearse grandes lujos y llamar la atención, y te diré, Florila que ese pecado de soberbia, hibris como dicen los griegos, es el causante del gran mal que derrama a su alrededor quien lo sufre, ¿recuerdas cómo el Senado le encomendó el viaje a Delfos para consultar al oráculo de Apolo? Sí, pero eso fue mucho después de que  coincidieran los dos malvados en la batalla del Trebia... Claro, y después incluso de la de Cannas, cuando el miedo a Aníbal nos atenazaba a todos, Florila, cuando mataron a las infelices vestales... Pobrecitas, dómina... Sí, una desgracia para las mujeres de Roma, pues fue justo tras el asesinato de las sacerdotisas cuando Pictor fue enviado a Delfos en nombre del Senado, ¿no te acuerdas?, el tipo se infló por tan tremendo honor. Relata Tertia Emilia la conocida historia de cómo el bastardo de los Fabio no quiso permitir que el Senado pagase su viaje y el de su séquito, de cómo se lo costeó él mismo; de cómo, al llegar a Delfos, fue recibido por Sexto Rufo, el próxeno que atendía los derechos de los romanos en la ciudad y de cómo el pródigo Pictor, repitiendo a cada ocasión su cognomen Fabio, invitó al funcionario y a doscientos nobles romanos residentes en la ciudad a un lectisternio con Apolo entronado en un triclinio, que también él costeó y cómo, para colmo, compró a dos delegaciones de atenienses y de tebanos su derecho a la premanteia, con lo que la enviada por Roma pudo entrar al templo antes que las locales, y siempre recalcando su Fabio ante nobles, sacerdotes, caballeros y esclavos. Es una historia bien conocida, y Florila asiente como si se la escuchase por primera vez. Fabio se enfrentó sólo a la Pitonisa, según era costumbre de los nobles entre los nobles y, claro, tras todo esto, terminó arruinado, pues gastó en pompa el mal ganado oro junto a su compinche Tito, aunque no sucumbió de repente, sino que el infeliz fue decayendo hasta la inanición, y se vio obligado a hacer trabajos sucios para el Senado, como la redacción falsa de la respuesta dada por los libros sibilinos cuando se los consultó por los terribles hechos de Frosinone, ¿no te acuerdas, Florila? Esta asiente, y la dómina continúa: había nacido en esa ciudad una criatura enorme y, además, hermafrodita, sería el año en que Asdrúbal cruzó también los Alpes, después de Cannas, un enorme y nuevo peligro que amenazaba a la ciudad, era la repetición de la historia, los púnicos a las puertas otra vez, ¿cómo es posible que no te acuerdes? Florila sonríe. Se consultaron los libros, continúa Tertia Emilia, y fue leído el veredicto en el Senado, pero, ¿no te acuerdas de nada de esto?, qué memoria tan mala, mujer, pues sí querida, ordenaron que se encerrara viva a la extraña criatura en una caja y que se la echase al mar, era el precio por salvar a la República de la nueva amenaza, ¿ahora sí?, ¿vas recordando?, pues parece que el texto leído era falso, que no constaba tal cosa en los libros. Cuenta Tertia que lo redactó Pictor pagado por el Senado, posiblemente a instancias de Catón, porque Marco Porcio Catón hacía lo que quería con aquel escritor de un sólo libro, ya sabes, pues Pictor componía desde su temprana juventud una historia de Roma con la que pretendía demostrar su noble ascendencia, tratado que él pensaba perdurable por siglos y que haría justicia a su memoria; la verdad era que el gran censor despreciaba al advenedizo, además este escribía en griego, baldón de los baldones para el romano de torso desnudo y latinidad pura, pero era un tonto útil en manos de Marco Porcio y así, testificó contra las vestales y, años después, contra las bacantes junto con su amigo Tito, e hizo todo lo que se le ordenó antes de arruinarse del todo y terminar procesado y vendido por deudas. La verdad, Tertia, fue triste su historia, por eso digo que los malos sobrevenidos tienen menos suerte que los perversos nacidos de la naturaleza sin artificios ni injertos, como los ajos, más duros que las rocas... Pero, dime Tertia, corta su amiga, ¿quién te contó lo que hizo Pictor en Delfos? Ay, Florila, cómo te gusta tirarme de la lengua, bien sabes que de todo lo que te he contado me enteré en la misma fuente, en Delfos, durante el viaje que realicé con mi esposo para consultar al Oráculo, la mayor aventura de mi vida... ¿Cuándo lo hiciste? ¿Tampoco de eso te acuerdas?, ¡Ay, Florila mía, qué lista eres, y qué bien me haces hablar!, pues verás, al año siguiente de que a Publio Cornelio lo nombraran censor, pero déjame tomar algo, estoy sedienta. Y tras beber casi una crátera entera de agua, Tertia Emilia desgrana sus recuerdos, el tacto del omphalos, la piedra ombligo del mundo entregada por Rea a Urano para que la devorara en lugar de su hijo Zeus; la sensación que nunca la abandonó de beber en las cristalinas aguas de la fuente Castalia, bajo cuyo chorro desearía hoy morir; el templo de Atenea con sus seis columnas de colores, rebosante de luz en su interior; el Tholos redondo con los bellos relieves de la centauromaquia; el teatro con los montes del fondo como escenario; y luego en el santuario, el tesoro de los sifnios, con las cariátides más famosas del mundo; y, al final de su recorrido, el Templo de Apolo con la letra Epsylon grabada en la puerta, la primera de la palabra Ei, el si condicional con que ha de comenzarse cada pregunta dirigida al Dios... Si seré feliz, si triunfará Roma, si venceremos a los macedónicos. Dime, Florila, ¿cómo íbamos en Roma a superar tanta belleza?, ¿cómo comparar nuestros dioses achaparrados con los estilizados de los griegos?, ¿cómo podía haber en nuestra ciudad gentes que se opusieran al progreso, a la cultura, al poder de lo helénico?, de verdad, te aseguro que en aquel viaje me sentí griega. Mi esposo Lucio Cornelio se reía al ver mi rostro maravillado de continuo, y luego en la isla de Delos contemplé el colmo de la belleza: la impresionante Vía Sacra, rodeada de estatuas, el lago, el Oikos, el Artemisón, el Templo de los Atenienses y otro más chico dedicado a Dioniso en el que, por primera vez contemplé la ceremonia de las bacantes en su estado natural y originario, y pasé varios días siendo instruida en los misterios de Orfeo, pero esto te lo he contado muchas veces, anda, Florila, echa más agua a la crátera... Sí, dómina, pero me gusta escucharte, como yo no sé hablar... Pues mira, querida, viendo a las mujeres griegas cumplimentar a Apolo y participar en los misterios que asimilaban el cuerpo etéreo del dios solar con el terrestre de Dioniso, la inteligencia con la pasión, comprendí que ese culto tiene la virtud de armonizar lo público con lo privado, la fuerza de la nobleza y la pasión de lo popular, y viendo todo aquello, creo que cometió un grave error el Senado de Roma al perseguirlo y denostarlo; la sociedad sería más armónica y más justa si las mujeres pudiéramos mostrarnos como somos, desfogarnos de los pesares de la existencia de vez en cuando, y organizar nuestra vida en torno a una religión equilibrada que a nadie amenaza. Es bello lo que dices, dómina. Entonces lo comprendí, Florila; desde aquellos días he procurado apoyar a las infelices bacantes, pobres, qué mal fin tuvieron; por eso también tú conoces los misterios y no me negarás razón, querida amiga. Sí dómina, yo también fui feliz acompañándote, pero respóndeme si quieres a una pregunta... Tú dirás... Hace tiempo que deseaba hacértela... Si no terminas, Florila, mira que eres lenta... Dime, ¿lo comprendió tu esposo? ¿El qué? Las virtudes de los ritos de Dioniso. Bueno, eso ya es otra cosa, pero Escipión no le hacía ascos a cualquier novedad que reforzara su figura pública frente a sus numerosos enemigos... ¿Frente al Senado, quieres decir? Bueno, sólo te diré que las bacantes que según Catón tanto perjudicaban a la República, adoraban a Publio Cornelio, al más popular de los generales de Roma, príncipe del Senado, por eso se las apañaron para quitarnos de en medio antes del brutal ataque contra nuestras amigas. ¿Temerían que con su apoyo se quisiera Escipión convertir en rey, dómina? Bueno, algún demente quizá sí, pero, en fin, Florila, este es tema para cotorrear otro día, ¿no crees? De nuevo esta rellena la crátera vacía. Da sed tanta charla, querida. No me extraña, dómina, pero ¡mira!, ¡mira quién ha llegado! ¿Quién? ¿No la ves?, la mariposa negra. Un recordatorio, Florila, un triste recordatorio, ¡qué fugaz es el tiempo!

 


Entrega 2 MURMURACIONES








 

MURMURACIONES

 

I

 

Llegó por fin el día en el que el paterfamilias Postumio dejaba su cómoda domus romana para acudir al campo y atender sus vastas haciendas. Atilia, la esposa, y Manlia, la madre, se sintieron libres una vez más, y aprovecharon para llenar la casa de risas, de color y de murmuraciones, la sal en la vida para las matronas de su categoría. Las cuatro esclavas de Faustina, la famosa mesonera de Pompeya —dicen que veterana prostituta redimida por el oro en que se convirtió el sudor de su espalda, Faustina la Rica la llamaban, imprescindible en las casas de las más nobles por ser la mejor en el oficio de ornatriz— avanzaban ruidosas por el peristilo hacia las habitaciones de Atilia. 

Tintineaban las bateas de frascos y untes, reían sus portadoras, sonaban las pulseras en las muñecas y las ajorcas en los tobillos, hablaban alegres entre sí, y su dueña las recriminaba con voz de falsete por provocar tal alboroto en una casa honesta. Cada dos calendas el vendaval de la murmuración se apoderaba de la domus Postumia, era un río de fango y chascarrillos en el que convergían regatos de maledicencia provenientes de las siete colinas y de las mil calles de Roma. Faustina era la mejor en desgarrar en tiras finas la piel de todo vecino o vecina que la memoria le pusiera al alcance de su lengua. Sus esclavas, —ornatrices de día, prostitutas de noche—, siempre ruidosas y dicharacheras se disponían a cumplir con el sagrado deber de embellecer a Atilia, la esposa del senador Postumio, a su suegra Manlia y a alguna que otra dama, todas de nobleza más antigua que la mismísima Isla del Tíber. ¡Amiga mía!.... ¡Domina!.... ¿Trajiste la peluca que te encargué? Claro, aquí está y creo que te gustará, y también a tu madre porque también le he traído una... Se va a alegrar, ya verás, pero ven, pasa, que no estaremos solas. Una esclava recibió la orden de que se llevara al pequeño Espurio, hijo del senador, y de que lo entretuviera mientras durasen los trabajos de las ornatrices.

        En la estancia de Atilia, la más iluminada de la casa, esperaban Manlia, la suegra, y otras dos damas. Aquí viene la gran Faustina, dijo Atilia desde la puerta como esclavo griego que anunciara la llegada de un cónsul. La aludida saludó a todas y ordenó con energía a las muchachas que dispusieran sus instrumentos de trabajo en las mesas destinadas a tal fin. ¿Acaso haces milagros con cabellos de rata y con arrugas de higo, gran Faustina?, preguntó la vieja Manlia. La aludida levantó la ceja entre cómica e irónica, mientras se acercaba a la anciana como el escultor que pondera la piedra tosca de la que saldrá una estatua de Venus. Te maravillarás cuando te mires en el espejo, noble Manlia, tú déjame hacer.         Atilia tomó a Faustina por los hombros y la llevó hasta el triclinio en el que reposaban juntas una mujer de mediana edad con aspecto regio, y otra joven. Aquí alguien que no conoces, querida, la gran Valeria Fabia, esposa del senador Marco Junio, y la joven Sulpicia. La maestra de ornatrices casi se quebró con tan escuadrada reverencia frente a la gran dama. ¡Qué placer servirte, Valeria Fabia! ¡No esperaba este honor! He oído hablar mucho de tu belleza, pero… ¿No me digas que has quedado deslumbrada? Pues sí, que pocas mujeres de tu edad pueden lucir un cutis como el tuyo, dijo la ornatriz acercándose hasta tocar, casi, el rostro de la que había llegado a ser cuatro veces consorte consular.

Luego se dirigió a la joven Sulpicia y se deshizo en halagos para su piel, para su pelo, para la caída de pestañas, para sus dientes, para el busto venusino. ¡Bueno, Faustina, menos cháchara y a trabajar!, dijo la anfitriona, y acompañó sus palabras con varias  palmadas, que hoy tienes muchas clientas y al medio día hemos de pasear por el Foro, aunque haga mal tiempo, pues, la verdad ha cambiado mucho, ayer sol, hoy frío, pero mucho, mucho, ¡qué cosas! Bueno, ya sabes, llevaremos las túnicas gruesas, así que arréglanos de manera que al cubrirnos no se nos descomponga el peinado, ¿comprendes,  Faustina? Las nobles matronas se desvistieron y quedaron cubiertas sólo con finas subuculas bajo las que se percibían ondulaciones deseadas o las indeseables,  pieles de pandero o  tablas de amasar harina, vellos como parterres de jardines senatoriales o como selvas frondosas de Germania. Todas miraban con envidia a la joven Sulpicia: ¡quién pudiera lucir ese cuerpo! Los pensamientos de las graves mujeres eran tan transparentes a través de sus rostros que casi se podían escuchar: ¡Yo también era así! ¡Parece que fue ayer! ¡Cómo pasa el tiempo! Las esclavas se repartieron entre las damas y torturaron a placer con máscaras de sebo, lavados hirvientes de cabezas y repelones variados que disponían las cabelleras para el tinte. Un esclavo regulaba de vez en cuando las aberturas de la ventilación subterránea, para que la temperatura no subiera demasiado. Las clientas hicieron mil alabanzas a las dos pelucas rubias que las ornatrices exhibían sobre sendas cabezas de madera.

La vieja Manlia, destinataria de una de ellas preguntó por su origen. Proceden de jóvenes esclavas germanas, respondió Faustina. Pero, ¿de verdad vais a ponéroslas?, inquirió Valeria estirada la cara, prieta la boca, recelosos los ojos, nunca nadie ha llevado esas cosas sobre la cabeza en el Foro, ¿qué pensarán de vosotras?, yo no podría, queridas, me parece como una irreverencia, pues el Foro es para mí, no sé, algo sagrado que...  ¿Sagrado dices?, interrumpió la ornatriz consciente de la tensión que podían provocar los comentarios de la primera dama de Roma, tan cuidadosa de las apariencias, ¿sagrado con las locas que han acampado frente al templo de Cástor y Polux? Esto va de mal en peor, queridas. Roma ya no es lo que era… Y Atilia: ¡Cuenta, cuenta! Y Valeria: Yo algo había oído. Y Manlia: ¿Pero quiénes son esas mujeres?, ¿matronas?, ¿no serán rameras? No, son viudas, dijo la joven Sulpicia. ¡Qué van a ser viudas, muchacha!, replicó Faustina. ¿Pero no ha habido una batalla?, habrán muerto hombres, digo yo. Sí, pero mira, niña, no pasó de una mera escaramuza… ¿Escaramuza?, he oído decir que han muerto tres mil. La muchacha se siente un águila entre gallinas, cisnes de cuello viejo. ¿Tres mil hombres?, bueno, ¿y qué?, no es para ponerse así, quiénes son esas para pedir explicaciones a los senadores?, ¿qué derecho tienen unas simples mujeres para montar un campamento en mitad el Foro?, ya no hay decencia, queridita, ni pizca de decencia, ¡ay, pequeña mía!, no sé dónde parará todo esto; hoy cualquier mujer puede hablar lo que le venga en gana. Alguien tendrá que detenerlas.



II

 

Pocos días antes, en la ribera del Ticino había llegado la hora de la verdad para el ejército consular. Pueden olerse las axilas al enemigo. Los tramposos púnicos inician el avance antes de que la formación romana esté completada. El cónsul Escipión se pregunta cómo Aníbal ha podido engañar a las vanguardias de oteadores respecto a la distancia de los dos ejércitos. Con aquel sorpresivo movimiento les obliga a moverse con una celeridad a la que sus hombres no están acostumbrados. Atruenan las tubas. Órdenes trompeteras de los tribunos a los centuriones, y aflautadas de estos a la tropa, gritos como latigazos para los más lentos, qué mala consejera militar es la sorpresa. Los combatientes se sitúan, mal que bien, en sus puestos: los vélites y demás unidades de infantería al frente, la caballería detrás. Al fondo, el retumbar de los jinetes enemigos que ya llegan. Crece la angustia. Los legionarios se sitúan al fin, los cuadros se completan. Suenan nerviosos los tambores, atruenan quebradas las voces de mando, pies acelerados, armas que caen, manos temblorosas que las recogen. El cónsul Escipión sabe que ha perdido la iniciativa de la batalla antes de empezar, que la sorpresa ha quebrado la moral de la tropa. Recuerda los recientes presagios: el lobo que días atrás se colara en su campamento,  las abejas que tuvieron el capricho de construir su enjambre frente al pretorio, el hígado corrompido del toro sacrificial que ocultó a sus hombres con la complicidad de los augures. ¿Se estarían cumpliendo las advertencias divinas? Tras las líneas y sobre un pequeño otero, el alto mando. El viejo Escipión y su hijo Publio Cornelio se distinguen por el brillo de los pectorales, por los majestuosos penachos rojos agitados por el viento, por su actitud hierática. El ejército enemigo levanta una nube de polvo que se confunde con las del cielo. Parece estar formado exclusivamente por caballería. El general romano comprende que han cometido un error estratégico, pues la infantería pesada y lo más granado de la caballería romana quedó en el Ródano bajo el mando de su hermano Cneo Escipión con la finalidad de cortar el suministro de Aníbal a través de los Pirineos, unas unidades que tan necesarias le serían en este mal trago en que se encuentra. No esperaban que los púnicos fueran capaces de concluir la travesía de la ciclópea cordillera. Está claro, el lobo extranjero de dientes afilados, se ha colado en el corral de la vieja loba romana.

Marco y Cantilio han encontrado su posición en la última fila del manípulo. Sólo los legionarios de la novena y la décima línea están bien armados. Los de las siete primeras portan meras jabalinas. Cantilio piensa en Secunda, quizá no vuelva a verla y recuerda la línea de su nariz recta, la tersura de su piel en torno a los labios, su sonrisa benévola. Marco está decidido a lograr que su padre se sienta orgulloso de él, y también Lelia, su madre, ¿qué diría la buena mujer al verlo ahora acelerado, ajustándose con torpeza la liviana armadura, mero redondel solar a la altura del esternón, temblando la hebilla del barboquejo entre los dedos que no terminan de ajustar el casco bajo la mandíbula, intentando frenar el castañeteo en los dientes que batanean por su cuenta? Si las tubas dejasen de berrear, se escucharía el batido dentario de la legión. Reventarán las mandíbulas si no se ordena de una vez la carga. ¿Y Floronia? ¿Estaría su hermana vestal rezando, ofreciendo sacrificios por él? Y Secunda, la gemela, ¿dedicaría alguna gota de pensamiento al hermano, del río amoroso destinado a Cantilio? Los pitidos que no cesan, un escudo que se cae, el pomo del gladium frío, secas las bocas, afiebrados los ojos, heladas las espaldas. Si lo que se les echa encima es caballería no podrán contar su historia a nadie, pero habrá alguno que sobreviva, ¿por qué no ellos? Marco reza a los dioses manes la oración tantas veces repetida en casa; nunca lo han abandonado. Cantilio se encomienda a Venus, a la que se imagina con el cuerpo de Secunda y a los dioses griegos de la patria lucana de sus antepasados.

Orden de firmes. La legión ha logrado aquietar los movimientos acelerados. Marco y Cantilio son ya estatuas. En el fondo del cuadro, el creciente estruendo de la caballería enemiga que se aproxima. Al frente de las filas romanas un jinete. Es el cónsul, el viejo Publio Cornelio Escipión, que se dirige a sus tropas con una arenga que  contribuya a neutralizar su horror. Desde su puesto apenas entienden las aceleradas palabras que les llegan sueltas, imperiosas, como dardos dirigidos a sus conciencias: Roma, muerte digna, todos, Senado y pueblo romano, gloria, dioses, heroísmo, mujeres e hijos, por, para, muerte, porque, tierra… Tras la breve pero ardiente arenga estalla, al fin, el grito que tanto necesitan. Se desahogan y chocan las lanzas contra los escudos. ¡Que duelan los dedos!, ¡no importa! Aún hay esperanza, piensa el general al escuchar el alarido guerrero que sus desnudas palabras han arrancado de las gargantas aprisionadas por una mano invisible. Cien tambores retumbantes, amenazantes, acompañan a la ola salvaje, al grito de la legión y, muy cerca ya, el eco que lo devuelve: son los púnicos que llegan. Al frente del manípulo de Marco y Cantilio, el signífero eleva el estandarte, insignia de gloria, y su visión envuelta en las entrecortadas palabras del general, que aún tiemblan en el aire, les traen el recuerdo de su hogar, del olor a coles cocidas, a casa, a madre, a hermanas. Las bocas que se llenan del jugo de los recuerdos, las gargantas que, pasmadas, se niegan a pasar saliva y esta que se derrama por las comisuras de los labios. Ganas de orinar, ganas de defecar, de escapar, pero la ronca tuba que acompaña al signífero ordena el avance, ¿pretenderá avisar para que Cancerbero abra las puertas del Hades y se los trague a todos? La tierra se resquebraja, golpeada su sagrada piel por miles de sandalias ferradas. Grande es el estruendo.


III

 

Grande era el estruendo. Todas hablaban a la vez: ¿Dónde está la dignidad de las matronas? Hay que aguantar, amigas, aguantar como buenas mujeres de Roma… Como hicieron nuestras madres y nuestras abuelas… Por supuesto que siempre hubo batallas, y siempre las habrá… Y muertos, claro...

Se pisaban las palabras, los rostros embadurnados de mejunjes, los pelos erizados por los fijadores y los tintes. ¿Sabéis quién es la cabecilla?, preguntó Faustina a la ofendida concurrencia. Y Atilia: no me digas que es… La mismita, querida, Lelia la de Floronio vuestro cliente. Pero, ¿cómo pudo llegar a rebajarse así? A mí me parecía una mujer sensata. Pues ya ves. Si es que ya se veía venir. ¿Sabéis que ayer se  presentó en la salutatio matutina de mi marido? Pero, ¿qué me dices? Lo que oyes. ¡Menudo atrevimiento! No  sabía que fuera su familia cliente de la vuestra, querida Atilia. Pues sí, Valeria, como bien ha dicho Faustina, lo son, bueno, te confieso que un poco los tenemos entre los nuestros por pena, ¡han caído tan bajo!, pero todos los días están aquí, para llevarse la sportula de comidita bien jugosa… Y la joven Sulpicia: ¿pero no han ido el padre y su hijo a la guerra? ¿Sí? Entonces, ¿no es como si estuviera viuda?, y, si no me equivoco, las viudas sí que son recibidas en las salutatio de la familia en la que se las tiene por clientes, ¿o no? Eso no puede ser, niña, que viuda no es, al menos hasta que se sepa si Cayo ha muerto o no, y lo que no puede permitirse es que una mujer sin autorización del marido se presente en la ceremonia diaria de la clientela, así, por las buenas, pero claro, mi hijo, el pobre, el pobrecito, que no puede ser más bueno, la admitió, claro que yo le hice una seña y, al final él la trató con gran desdén, era lo que se merecía, y es que, ¿qué queréis que os diga?, mi pequeño Postumio siempre me ha respetado... Y Atilia: yo también le hice señas para que reaccionara, no pienses que fuiste la única, madre, tenía que actuar como lo que es, como mi marido, el paterfamilias. Y Manlia: bueno, sea como sea las despidió displicente y rudo, pese a que él es de natural amable con todos, ¡menos mal! porque, mirad, si no hubiera tenido esa actitud, os juro que me habría muerto de vergüenza. No me extraña Manlia, pero para vergüenza de verdad la que están haciendo pasar esas mujeres a todos los que atraviesan el Foro. Faustina sacudió varias veces la mano que enristraba un peine. Era la señal, ahora contaría algo de sustancia. ¿Sabíais que insultaron a los senadores? ¿Es posible? ¿Y sabíais qué los pobres tuvieron que escabullirse por las esquinas para que aquellas locas no los apedrearan?  ¡Qué espanto! ¿Y sabíais que esas tipejas hasta se llevan a los niños de pecho para no tener que quedarse en sus casas a darles de mamar? ¡Qué horror! ¡Qué bochorno! ¡Esto no puede seguir así! Pienso que, a lo mejor, sólo pretenden enterarse de lo que ha pasado con sus maridos y con sus hijos, aportó al jugoso debate Sulpicia, a la que una desazón muy diferente a la sufrida por las murmuradoras le oprimía el pecho. Y Valeria: Lo que quieras, pero esas no son formas.

La muchacha se removió inquieta bajo los dedos de la ornatriz que le rizaba el flequillo. ¿Qué deben hacer, según tú?, dijo sin poderse contener, furiosa, ¿esperar a que regresen de la guerra y, entre tanto, morirse de hambre?... ¡Ay, dama Sulpicia! Aún eres muy niña,  replicó Faustina, si una mujer queda viuda ha de ser como una estatua, tiene que esperar sin decir nada, sin derramar una lágrima, algo muy diferente a lo que hacen esas locas, que gritan y se tiran de los pelos antes de saber si ya son viudas o no. Mientras la ornatriz se defendía de los argumentos de la muchacha, miraba a las demás mujeres en busca de aquiescencia, y la recibía cumplida en movimientos de cabeza, risas irónicas de conformidad y expresiones de asentimiento: ¡qué razón tienes! ¡Ay las jóvenes, las jóvenes! ¡Una vergüenza! ¡Cómo ha cambiado el mundo! Sulpicia hizo un gesto de dolor pues la ornatriz, como para que no la interrumpiera más, tironeaba con fuerza de su pelo con la disculpa de desenredarlo. En fin, queridas, ¡Ay, si yo os contara!... ¡Cuenta, Faustina!, ¡cuenta!... Pues veréis, los Floronio están arruinados.  Y Atilia: eso no es nada nuevo, ya lo había dicho yo. Y Faustina: pero, ¿por qué están en la pura miseria?... ¡Cuenta!, ¡cuenta!... Pues veréis, yo les presto dinero por medio de esa mala pécora de Lelia, como hago con otras muchas… Pero tú eres mujer, ¿cómo es eso de que prestas dinero?.. Bueno, verás Valeria, yo tenía mucho guardado, ¿verdad?, no sé cómo decirlo… Si te entendemos Faustina… Trabajé como una burra en Pompeya, esto ya lo conocéis… ¡Claro que lo conocemos! Tus negocios eran famosos y sí, trabajaste como una burra de esas, tienes razón, ya me entiendes, pero no mujer, sigue, no te enfades, si aquí todas nos conocemos y no nos asustamos de nada, anda sigue... Bueno, bueno, lo cierto es que tenía con qué y le presté mucho dinero a Lelia… Pues ella dijo a mi esposo que nada sabía de los negocios del marido, replicó Atilia. De lo del esposo no sé, pero sí que la muy ladrona recibió en su mano, una a una, las moneditas que le presté… En definitiva, que debían mucho dinero, a mí y a toda Roma, ¿por qué creéis que se alistaron Cayo y su hijo en el ejército consular antes de ser llamados por el Senado? ¿Para que no lo apresaran puede ser? Claro, mujer, para no ser condenado por deudas. ¡No me lo puedo creer! Pues créetelo, es la pura verdad, y ahora, ¡fíjate!, la mujer dándoselas de desgraciada delante del Senado, cuando el marido es un criminal que a punto ha estado de ser vendido como esclavo a los acreedores… ¡Qué vergüenza!... Pero… ¡Ay! ¡Cuidado! Me estás tirando mucho del pelo, esclava… ¡Me entran ganas de desollarte viva!… ¡Perdona dómina!…

 


 

IV

 

No piden perdón Tiberio y Cayo cuando, más de medio siglo después, inconscientes de que existió un pasado anterior a su breve presencia en el mundo, se abalanzaron sobre la abuela enferma. Acuden a recibir su ración de besos. Cuando Tertia acaricia sus mejillas calla el hígado, se detienen los retortijones, se esfuman los pellizcos que el mal le propina desde las entrañas. Serán grandes generales, como su padre, como su abuelo, como sus bisabuelos. Vamos, niños dejad en paz a madre. Ay, Cornelia, Cornelia, si supieras lo bien que me vienen, no me canso de repetirlo. Tertia Emilia los mira y, a través de sus rostros tiernos contempla el de sus antepasados, los bisabuelos Publio Cornelio Escipión el Viejo y Paulo Emilio; se les parecen. Ellos también están llamados a cambiar el rumbo de la nave republicana, Tertia lo sabe. Trescientos años antes, Roma había sido destruida por los galos, una turba bárbara que arrasó, mató y violó a su antojo, pero la ciudad supo reaccionar y formó una milicia capaz de enfrentarse a cualquier invasor por fuerte que fuera; tal humillación no volvería a repetirse. ¿Dónde radicaba la energía de la nueva organización militar? Escipión el Viejo, su suegro, sostenía que la clave de su eficacia radicaba en la formación en falange, copiada de los griegos del sur de Italia, aunque modificada, más móvil y manejable, capaz de fraccionarse en grupos independientes, en manípulos, y en adaptarse a todos los terrenos, además, decían Escipión y su padre Emilio que los ciudadanos, constituidos en milicia, sustituyeron la fuerza bruta por la repetición y la disciplina, y que con estas armas fueron capaces de someter a todas las ciudades italianas. Pero, llegó un momento en que el viento de la Historia sopló en una nueva dirección, y todos habrían de adaptarse, soltar velas, mover drizas, cambiar rumbos, y aquellos pequeños serían también pilotos de la nave en que todos viajaban: la República. Estos hijos tuyos, Cornelia, están llamados a hacer grandes cosas. Lo sé madre, eso dicen los arúspices, eso has sostenido tú siempre. Pues no lo olvides pequeña, en una ocasión apareció por el norte un enemigo temible... Y aquí cuenta Tertia la archisabida historia de Aníbal, el lobo que se coló en el campamento romano, el que hizo modificar todos los conceptos estratégicos, políticos, civiles y militares, el que abrió los tiempos a una nueva era... Como la que tus dos pequeños inaugurarán, Cornelia, abrirán la Historia, leerán en sus entrañas y dirán lo que nadie se atreviera jamás a decir. Recuerda Tertia que aquel viejo enemigo, Aníbal, era temible pues su ejército también estaba organizado al estilo griego, pero con la flexibilidad y la velocidad de la caballería nubia y la fuerza de acometida de los enormes paquidermos. Los ojos de los pequeños no pueden estar más abiertos, les encantan las historias de elefantes, esos monstruos guerreros que sólo pueden imaginar. La abuela ya no distingue si habla o piensa. Estos hechos eran novedosos y nos obligaron a reorganizar nuestras técnicas de combate, aunque los nuestros tardaron en verlo, mucha sangre fue la que hubo de correr hasta que aprendimos la lección. Escipión, su suegro, sin embargo, aseguraba que constató el peligro justo antes de la batalla del Ticino, cuando abrió las vísceras de aquel toro, negras, podridas, malolientes y, de acuerdo con los arúspices, calló ante el ejército y mintió pero, qué iba a hacer, ¿enviar emisarios a la caballería de Majón, que ya venía a todo galope contra ellos para citarlos en otro día más propicio?, no eran los púnicos gentes dadas a las tradicionales cortesías de la guerra. Además, el presagio del lobo que días antes había penetrado en el campamento romano y que hirió a varios legionarios que pretendieron sujetarlo, era un claro aviso de los dioses. El Destino había escrito el futuro de Roma, y Escipión el Viejo lo sabía, como lo sabía también el padre de Tertia, Paulo Emilio. Hijas mías, dice esta, en Roma siempre hubo dos tipos de hombres: los que piensan y los que se encorajinan, los que usan la inteligencia y los que usan sus arietes y sus atributos, esas cosas que les cuelgan como badajos, y no os riáis, y menos vosotros dos, bobos, que no entendéis nada, y embadurna de besos los rostros de los chicos. Ay, Tertia, creo que también existen dos clases de mujeres... Sí, Florila, tienes toda la razón: las que se dicen pudorosas y sensatas pero abren sus bocas para soltar veneno contra las demás, y las que son decentes de verdad porque ignoran el ocio, y conocen el valor de la vida... Mirad, queridas, creo que en aquellos tiempos de tanto cambio, cuando nos conocimos, Florila, algunas, muy pocas pero poderosas y desaprensivas, emponzoñaban con su aliento la ciudad... Por eso olía tan mal la cloaca Máxima, no había pensado en ello... No me hagas reír Florila; otras sin embargo, las más, hacían resurgir el genio de la vieja Roma, eran depositarias de la furia de las diosas antiguas, estaban incendiadas por el fuego de las Erinias, las deidades que no permiten la impiedad. Tu madre Lelia y sus seguidoras eran grandes matronas. Tertia Emilia, lo vio desde el primer momento, aunque era muy joven, y las admiraba porque se rebelaban contra la iniquidad. De ellas se podía decir lo que estaba escrito en ese monumento mortuorio de la Vía Apia que tanto llamó su atención... ¿Ese cuya inscripción siempre te paras a leer, dómina? El mismo, y me lo sé de memoria: Viajero, tengo que decirte algo, detente y lee. Esta es la horrible tumba de una bella mujer. Sus padres le pusieron Claudia por nombre. Amó a su esposo con todo su corazón. Trajo al mundo dos hijos, a uno lo deja en la tierra, y al otro bajo ella. Su conversación era amable y sus modales correctos. Llevaba la casa, tejía la lana. He dicho. Sigue tu camino. ¿No es bello este texto, Cornelia?, pues eso es para una romana el ser púdica y decente, pero, al tiempo, tiene el deber de gritar con todo el vientre cuando es víctima de la injusticia, y tal cosa hicieron Lelia y las suyas, justo lo contrario de las horribles Atilia y Manlia, anfitrionas de la maldad, y Valeria, la gran dama esposa de cónsul y de censor, y hasta la joven Sulpicia que, al final, torció su inocencia rebozándose en el odio que predicaban aquellas harpías. Eran las víboras de Roma, y no supieron ver la grandeza de ser mujer y de ser romana a la vez... Madre, te estás irritando demasiado. Yo la comprendo, Cornelia, dice Florila, era muy chica cuando los acontecimientos del foro, pero pronto me enteré de la inmundicia que las desaprensivas arrojaban sobre nosotras, sobre nuestra familia, y también sobre la vuestra, pequeña Cornelia, pues os envidiaban y envidiaban a tu madre, quien, aquí donde la ves, era por aquel entonces, con sus breves diecinueve años, una dómina respetada por todos como si fuera una diosa... Sí, Tertia, es la verdad no puedes negarlo, toda Roma te apreciaba, como apreciaron a tu madre y a tu abuela, puras como vestales desde la infancia, y a ti te tenían como la reencarnación misma de Lucrecia, ¿no se suicidó esta tras ser ultrajada por Tarquino?, sin embargo, ya veis, su arrojo dio fruto pues tras su muerte se implantó la República, ¿o no fue como digo?, claro que sí, y en vuestra familia las mujeres eran ejemplares desde hacía muchas generaciones, toda Roma lo sabía, dómina, erais casi sagradas, representabais al genius de la ciudad, ¿o me lo vas a negar?, ¿cómo podía pensar tanta gente igual, de dónde sacaron tus antepasadas tal prestigio?, pues no sé cómo ni cuándo surgió, pero es innegable, ¿verdad?, y por eso no se atrevían contigo las indignas, pero sí con nosotras, las infelices de los Floronio, y si yo me libré fue porque no pasaba de los diez años, a todos los demás los trituraron las ruedas de molino de aquellas bocas... Bueno, bueno, queridas, yo no soy tan enérgica como Lucrecia, pero tendréis que hacerme caso y callar un poco... Tienes razón, hija... Claro que sí, madre, en ocasiones los recuerdos son malos para la salud, sobre todo cuando os ponéis de acuerdo las dos para que os torturen, a ti te va a doler más el vientre, ya verás, y tú, Florila, perderás más vista con esa rabia que te nace desde tan abajo, porque mira que eres callada, y lo que hablas cuando te encorajinas... Sí, Cornelia, niña, de muy adentro se me escapa, es como un volcán, no lo puedo remediar. También para mí es muy difícil contenerme, hija, sólo estos dos pequeños romanos me calman, ¿verdad niños míos?, ¿verdad que os gusta escuchar a vuestra abuela, y a la abuela Florila, aunque no sepáis de qué hablamos?, pero sí, Cornelia, creo que tienes razón, me ha vuelto la sed y estoy cansada, sería feliz si lloviera y el cielo se abriese en toda su anchura, me pondría debajo desnuda y con la boca bien abierta y me dejaría morir. ¡No digas esas cosas, madre! La joven sostiene la nuca de la anciana, e inclina la crátera de agua hacia sus labios. Puedo yo sola. Mejor que te sujete por si se derrama. Yo soy la que me derramo sobre la tierra.

 

domingo, 18 de octubre de 2026

Entrega 1 "Rebeldes en el Foro". MAS TEMIBLES QUE ANÍBAL

 




SINOPSIS

 

Tras la batalla de Ticino, (328 a.C), las mujeres de Roma se rebelaron porque no recibían información sobre los fallecidos en combate. Ocuparon el Foro con un improvisado campamento, hostigaron al Senado y disertaron desde las Rostra, lugar reservado para los hombres. Las romanas incrementaron sus protestas antibelicistas batalla tras batalla, hasta que la lucha culminó en la dura represión, con Aníbal a las puertas, en la que más como sacrificio humano que por otra razón, fueron ajusticiadas dos vestales, con lo que el Senado logró frenar las protestas. Esta fase represiva culminó en la publicación de la humillante Lex Oppia contra el lujo, con la que se pretendía poner en su sitio a las revoltosas. Pasados diecisiete años, ya finalizada la segunda guerra púnica, las matronas se lanzaron de nuevo a la calle para exigir la derogación de dicha ley. Se sentían empoderadas porque la muerte en combate de muchos paterfamilias, les había facilitado una amplia libertad al poder manejar sus patrimonios sin tutela masculina. En esta segunda rebelión, las mujeres de Roma organizaron scraches, manifestaciones, concentraciones, e incluso actos de violencia callejera, tumultum, que terminaron con la victoria del movimiento al lograr la derogación de la oprobiosa ley. Sin embargo, el reflujo represivo sería imparable y en extremo sangriento, pues se dictó el Senatusconsultum contra las bacantes, seguidoras del dios Baco, a las que se acusó de pretender apoderarse de la República, y fueron ejecutadas miles de ellas junto con los hombres que las apoyaban, tenidos como afeminados. Muchas murieron a mano de sus propios padres y esposos por delegación del Senado.

Como sucede en todas las revoluciones que nacen a consecuencia de una guerra, los poderosos temían más a las fuerzas transformadoras, el poder femenino en este caso, que al enemigo mismo: eran las rebeldes más peligrosas que Aníbal para los senadores de Roma.

Estas revueltas supusieron el preludio de las guerras sociales que caracterizaron el final de la República, y que provocaron el advenimiento del Principado con Augusto. Aquí se narra la epopeya de aquellas heroicas mujeres, rabiosas hasta el delirio. Tras la revolución de las matronas romanas,  la mitad de la Humanidad, la femenina, vivió en los márgenes de la Historia hasta el advenimiento de las sufragistas inglesas.

 


MÁS TEMIBLES QUE ANÍBAL

 

Javier Tazón

 


Más temibles que Aníbal

©Javier Tazón Ruescas, 2021

jtazonruescas@gmail.com

http://nuevanovelahistoricatazon.blogspot.com/

ISBN 978-84-09-32171

Dep. Leg. DL SA 371-202

Portada y maquetación:

Maiki Niky Design (Rosa Ceballos)

www.maikinikydesign.es

Registro de la Propiedad Intelectual Nº 00/2018/2078


 

 

El 17 de octubre del año 186 a.C., hace dos mil doscientos años, el Senado publicaba el edicto de persecución contra las bacanales. ¿Cómo había llegado Roma a adoptar esa decisión? ¿En qué ambiente social toma cuerpo una determinación tan brutal como para someter a feroz purga una manifestación religiosa?

Pedro Ángel Fernández Vega

Corrupta Roma

(Esfera de los libros, 2015)

El pilar, cimiento y pedagogía de todo poder, por la profundidad histórica que lo torna fundacional y por la actualización constante de su estructura, es el patriarcado.

Rita Segato

La guerra contra las mujeres. (Traficantes de sueños, 2016)

 

Dioniso es tu soberano, no la ciudad de Tebas.

Eurípides.

Las Bacantes.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

A las hijas rebeldes de Líber, de Dioniso, de Baco, del dios que viene, el que asoma desde el fondo de sus entrañas, y que traerá la libertad definitiva al género humano.



REBELDES EN EL FORO

 

 

I

 

Un primer proyectil acertó al senador, otro lo siguió y luego otro. Mancillada quedó la toga albina, de pliegues  sonoros. Poco le quedaba al hombre de la soberbia  con que, instantes antes, se dirigiera a las mujeres concentradas en el Foro. Aún resonaban las palabras que acababa de pronunciar: vuestro comportamiento, matronas, es indigno de unas romanas; en lugar de andar preguntando por batallas y resultados, cosa que no os interesa, por vivos o por muertos, deberíais estar en casa, el lugar que corresponde a las hembras honradas, atendiendo a la prole y rezando a los dioses manes para que os devuelvan con bien a vuestros hijos y esposos; ¿cuándo se ha visto que las mujeres ocupen el Foro y se suban a las Rostra?; este acoso al Senado es reprobable; ¿qué queréis, sucias?, ¿acaso estáis en celo?…

El tercer impacto le había acertado en el rostro. El hombre, atónito, se palpaba como para comprobar la naturaleza de la inmundicia que resbalaba hacia la boca: era bosta fresca de caballo. Dos esclavos atendían al agredido orador e intentaban ponerlo a resguardo en el interior del templo de Cástor y Polux donde se reunía el Senado para debatir sobre el desastre de la batalla del Ticino. Varios senadores, soberbios los ademanes, salieron con intención de restaurar el orden. Uno de ellos, rojo de furia, puños en alto, sustituyó al alcanzado por la contundencia de los cagajones, pero sólo pudo pronunciar con poderosa voz la palabra sacrilegio,  antes de recibir en la boca el premio a su arrojo. ¡Toma, perro! Otro proyectil lo alcanzó en la frente. Qué olor, qué sabor, qué resbaladiza la certera puntería de la masa. Los gritos e insultos de las mujeres se agigantaron: ¡sois unos desgraciados! ¡Decidnos de una vez qué ha sido de nuestros esposos y de nuestros hijos! Se entrecruzaron las voces justicieras: ¡No os tenemos miedo! ¿Por qué no habéis ido vosotros a combatir en lugar de ellos, cobardes? ¡No sois padres de la patria, sois sus carniceros!

Treparon las injurias unas sobre otras: ¡Este Foro es de Roma, y nosotras somos romanas! ¡Nosotras os hemos parido a todos!, ¡inútiles! ¡Nosotras somos Roma! Se fundieron las voces en un grito común. ¡Vesta es nuestra madre, tú eres el sacrílego! ¡Hemos perdido la vergüenza, claro que sí! Las falanges de proyectiles se alinearon en las manos de aquellas furias, cayeron como hordas galas sobre la nívea toga del valiente y se introdujeron en su boca abierta, desmesurada para pronunciar el anatema. El sonido pegajoso de los impactos, rebotó en los espíritus de los anonadados patricios que desde la puerta del templo observaban, acobardados, el motín. ¡Toma!, ¡toma sacrilegio! El intrépido orador, blanco de las iras de las mujeres, también hubo de retirarse. Su varonil voz se trocó en maullido aterrado. Pasarían del millar y ya ascendían la escalinata presidida por las estatuas de los Dióscuros. Los senadores y sus criados corrieron con la valentía arrugada hacia el interior del templo. ¿Cómo se atrevían esas perdidas a molestar al sacrosanto colegio senatorial justo cuando la pezuña del caballo de Aníbal golpeaba las puertas de Roma? ¡Qué vergüenza! Las enajenadas, seguro que poseídas por el dios Baco, el irracional, el opuesto al viril Apolo, parecían decididas a penetrar en el edificio. Por fortuna, sólo alcanzaron a aporrear los portones cerrados justo a tiempo. Mil aldabas retumbaron al unísono. Silencio estremecido en el interior. Pasmo helado en los rostros de los hombres escondidos. Los gritos de las mujeres se clavaban, como dardos de jinetes medos, en la centenaria puerta del templo más antiguo de Roma.  

Lelia fue la primera en gritar que no se moverían de allí hasta que se presentase ante ellas algún honorable, algún cónsul, algún magistrado menor, un tribuno, un mero cuestor, el que quisieran, para informarles de si sus esposos, padres e hijos, se contaban o no entre los supervivientes. ¿Por qué se empecinaban en no darles razón de ello? ¿Qué significaba aquel silencio? Seguro que todos han perecido, hermanas, se decían, dos legiones destruidas, ¡es horrible! No se explica, si no, por qué nos tratan así. No se atreven a decírnoslo, eso es seguro. Claro, porque nos tienen miedo. ¡Mejor, que nos teman! ¡Cómo no vamos a preocuparnos por los nuestros! ¿Tan difícil será contar la verdad? Es cierto, si nos dijeran lo que queremos, nos iríamos sin más a llorar a nuestras casas. Como zumbido de avispas recorrían estos comentarios, las ya densas filas  de las concentradas. ¡Hermanas! No nos moveremos de aquí, exhortó Lelia a las presentes. Resistiremos su menosprecio como Cocles resistió a los etruscos sobre el puente del Sublicio, ¡aposentémonos en el Foro, que también es nuestro! Todas la aplaudieron. En menos tiempo del que tardaron en encender una hoguera para calentar gachas, montaron el campamento protegido por una empalizada invisible, trenzada de temores suspiros y esperanzas. Se sirvieron de vejerías traídas de sus casas: pequeñas lonas  prestadas por algún comerciante, postes que hacían malos equilibrios clavados entre las rotas losas, cuerdas usadas. Era un tinglado en forma de tela de araña afianzado con maromas sujetas a las estatuas del Foro. Nadie tuvo valor para oponerse a la decisión de las mujeres: ni los senadores, ni la guardia urbana, ni magistrado alguno. La noche fue larga, pero las concentradas se sentían animosas, fundidas en su dolor. Los senadores, aplazada la reunión, salían por grupos del templo de los Gemelos. Avanzadillas de mujeres los acosaban con improperios. Las togas blancas, iluminadas por la luz de la luna llena, se escurrían veloces por las esquinas del Foro, temerosas quizá de una violación. El mundo se había vuelto del revés.

   Compartían las mujeres cánticos y marmitas. Hasta se permitieron la risa, ¿qué mejor medicina en tiempos de adversidad? Me gustaría ver cómo se lo cuentan a sus esposas, decía una. ¿De dónde vienes, Licinio, con esa toga llena de porquería?,  añadía otra con voz afectada. ¿Has estado jugando con tus amiguitos otra vez? Y otra afectando irritación: ¿Cómo que han sido las mujeres?, ¿qué mujeres?, ¿matronas?, ¿qué matronas? Reían imaginándose los celos de las patricias: Yo sí que te voy a dar a ti matrona, Visanio. Esta noche te vas con esas frescas, que yo cerraré las piernas pero que muy bien cerradas…Estallaban las risas. Con cánticos y danzas calentaban la espera, estrechaban lazos, atenuaban miedos, unían corazones. Pero la noche era larga y fueron calmándose los ánimos poco a poco. Cada una se acomodó donde pudo para acariciar sus temores, reconfortadas por la cercanía de las hermanas de sufrimiento, acunadas por el jaleo de las pocas que aún seguían charlando, riendo o llorando. De vez en cuando el duermevela se veía interrumpido por el llanto de algún pequeño que reclamaba su ración de pecho, pues muchas no habían tenido más remedio que llevar a sus bebés al improvisado campamento. Lelia las miraba y reflexionaba sobre las consecuencias de la nunca vista acción que estaban protagonizando. Se había convertido en cabecilla de un grupo de rebeldes, además mujeres, crimen sobre crimen. Pero tenían la razón y su comportamiento era proporcional a la injusticia que sufrían. Las matronas que la acompañaban no eran leprosas. Los pequeños que dormían pegados a los pechos de sus madres y cubiertos con mantas apolilladas no eran crías de animales. ¿Por qué los senadores se sentían con derecho a maltratarlas?

Lelia Paulina—esposa de Cayo Floronio, de la unidad de princeps, y madre de Marco, de la unidad de hastatii—, desconocía si sus dos hombres yacían en el campo de batalla del Ticino. Sólo quería tener noticia de ellos. No ofendían al Senado con sus llantos, ¿por qué no respetaban a su vez aquellos graves patricios el dolor de las matronas? Cuatro hijos parió y sólo uno era varón. Las otras tres estaban condenadas al sufrimiento reservado por los dioses para las mujeres; dos eran gemelas, Floronia y Secunda; la pequeña no pasaba de diez años, Florila. La madre, que al día siguiente sería considerada por toda Roma como una réproba, no se quejaba de su suerte, grabada en la piedra del Destino para todas las romanas, pero no entendía que su justa demanda provocara tanta aversión entre los padres de la patria. ¿Por qué no se les satisfacía con amabilidad? Las mujeres no exigían cariño, ni comprensión, sino sólo la mera cortesía debida entre vecinos. A su lado, la pequeña Florila dormía con la placidez que sólo permite la infancia. Claro que levantarían el campamento y regresarían a sus casas si fuesen debidamente informadas, ¿era eso tanto pedir? ¿Qué harían ella y sus hijas de haber muerto Cayo y Marco en combate? Nadie estaría obligado a mantenerlas.  Las despensas parecían más que terciadas ya, ¿cuánto tiempo resistirían?

Junto a la hoguera, una que mecía a un niño en los brazos murmuraba incansable sobre las grandes damas. Por fortuna, Floronia, hija de Lelia, la gemela que naciera en primer lugar, fue consagrada desde su infancia al servicio de Vesta, una boca menos, una plegaria permanente por la familia ante el altar más importante de Roma. Fue una consagración tan milagrosa como la belleza misma de las dos gemelas, pues Floronia accedió a la sagrada congregación en ausencia de mejor candidata; se comentaba que los augures habían detectado ciertos signos de inequívoca desgracia para la que fuera elegida y que por esa razón ninguna hija de las grandes familias se presentó como postulante, pero los Floronio no temían, pues en su domus siempre ardía el fuego frente al altar de la madre Vesta, quien no permitiría que le sucediera mal alguno a la muchacha. La gran vestal, Opimia, había informado a la madre de que la pequeña sacerdotisa encomendaba su familia a la diosa cada mañana, tras avivar el fuego sagrado. ¿Y Secunda?, ¿qué haría la gemela de la vestal si hubiera muerto su amado  Cantilio, alistado también en el ejército derrotado del cónsul Escipión? Amado, sí, pues a la madre no se le escapaba la dirección de las miradas cruzadas entre los dos jóvenes y conocía la naturaleza de esa brisa que soplaba en torno al corazón de la hija. ¿Quedaría algún hombre vivo en Roma? ¿Cómo evitaría la amenaza de indeseables como Tito, perro en celo que durante tantos días rondara la casa tiempo atrás? ¡Era tan bella! ¿Quién podría defenderla como Marco y Cantilio cuando pusieron en fuga, a pedradas, al canalla?

Casi todas las voces habían cesado. El crepitar de las llamas era acompañado por algún leve ronquido. Las más pensaban con los ojos cerrados y daban vueltas y revueltas a sus preocupaciones. ¿Las echarían de aquel lugar al día siguiente? ¿Las encerrarían? ¿Más dolor? ¡Qué importaba eso ya!  Lelia apenas podía contener su llanto: ¡oh, Cayo, esposo!, ¿qué te han hecho? ¡Oh, Marco, hijo mío, aún recuerdo tus labios ansiosos de bebé colgados de mi!, ¿qué tierra llenará ahora tu boca? ¿Sabrían las soberbias esposas de los patricios si sus hombres o sus hijos habían muerto en la batalla?  Seguro que a ellas el Senado las habría tratado con delicadeza e informado de inmediato sobre la suerte corrida por los suyos. Las únicas indignas parecían ser las matronas pobres; a ellas se las podía desairar y despreciar sin reparar en agravios. Un tímido resplandor que se extendía ya por el monte Palatino anunciaba al sol que pronto treparía a los tejados de las mansiones y de los templos que lo coronaban. El calendario estaba muy avanzado y  el astro dios, agotado por arrastrar tan larga cola de días, parecía tener dificultades para conducir aquel carro hasta la cima del monte, pero no fallaría a las mujeres que esperaban ansiosas los rayos que calmarían su destemplanza. El invierno del año quinientos treinta y seis desde la fundación de la Urbe se presentaba benévolo. Más de trescientos de República en los que no se lograra aplacar el olor a podrido que invadía el Foro cuando el Tíber venía escaso de agua.

Como para compensar por tanta hediondez, el amanecer regalaba el espectáculo del incendio del tejado de la Concordia con llamas de juguete. En su frontis se acababan de posar dos parejas de cuervos, ¡muy mal augurio!; como tampoco era buen presagio el olor nauseabundo que al amanecer resultaba insoportable, ¿se estarían abriendo las puertas del Hades? Según Lelia, seguro que si Aníbal se enterara preferiría no conquistar Roma, o quizá tuvieran suerte los romanos y el cartaginés terminaría por levantar el suelo y arreglar las alcantarillas de la Cloaca Máxima, casi trescientos años ya oliendo a podrido. ¿Tendría que llegar un nuevo Tarquino, una testa coronada o un general extranjero sólo para ejecutar tan cívica tarea? ¡Qué pensamientos! ¿A qué olería su casa cuando estuvieran vacías las despensas? ¿Sería mucho pedir que  Concordia, la buena diosa del hogar y del matrimonio, se apiadara de ella y de sus hijas Floronia, Secunda y Florila? El arrebol que iluminaba ya el tejado de la casa de las Vestales era una promesa de calor para los huesos de aquellas mujeres, resentidos por partos, resentidos por interminables sesiones de lavado en el Tíber, resentidos de portar capazos sobre las cabezas, resentidos por la vigilancia de las marmitas de hambre, huesos resentidos por la vida y la desesperanza al ver que nada cambiaba, resentidos por la incertidumbre. ¿Qué habría sucedido en el río Ticino?

 



II

 

Pocos días antes, en la ribera del Ticino, los mílites de la República distraían su inquietud haciendo rodar los dados.

¡Voy al seis! ¿Alguien más apuesta? Yo, otros dos ases. ¡Los subo con uno! Marco y Cantilio, inseparables amigos —grande y musculoso el primero, ojos de águila; bajo y curtido el segundo, ojos inexpresivos—, estrenaban armas. Los veteranos aseguraban que el peor momento de cualquier batalla es aquel en el que no se ve el rostro del enemigo, cuando sólo lo puedes imaginar, pero también garantizaban que al tenerlo cara a cara, los resortes aprendidos durante los entrenamientos en el campo de Marte se imponían y el pánico se esfumaba, decían que en ese momento sólo se tenía una idea: vencer para acabar lo antes posible. Los otros seis compañeros del contubernio de hastatii en el que se hallaban integrados eran también novatos, ocho jóvenes desgarbados que compartían tienda, hoguera y miedo. Apenas cenaron, apenas bebían, apenas hablaban. Jugar a los dados era el mejor ejercicio para disimular el terror que sentían. Los arrojaban con brío y hacían ademán de reír. Aparentaban que nada les importaba más que ganar la partida. Tres unos, dos doses. ¡Vuelve a tirar! ¡Un seis, un cuatro, tres cincos, yo gano y Marco se va! ¡Cuatro unos y un dos para Cantilio, otro fuera del juego! ¡Hoy no es vuestra noche, amigos!

Marco y Cantilio se retiraron del juego y se acercaron a la hoguera para calentarse. Esporádicas canciones aquí y allá rompían el monótono crepitar de las llamas. En la lejanía aullaban los lobos. El invierno estaba encima, pero aún no se notaba su rigor. En cuclillas frente al fuego, los dos amigos contemplaban la espléndida fiesta de un contubernio cercano integrado por veteranos. A diferencia del contubernio de novatos, en aquel otro corría el vino, se entonaban canciones, brincaban baladronadas, danzaban cicatrices, salían a relucir sempiternas historias entre falsas y verídicas, se hablaba de las mujeres que desventrarían al día siguiente: galas o púnicas, blancas o negras, hermosas u horribles, putas o vírgenes, daba igual, eran siempre la más sabrosa parte del botín. ¿Cuántas acompañarían a los cartagineses?, ¿habría para todos? Uno de los legionarios gritaba más que el resto, bebía más que todos y agitaba los brazos, de pie, mirando de continuo hacia la hoguera en que Marco y Cantilio se calentaban. ¿Has visto a aquel? Es difícil no fijarse en él, Marco. Mucho mira hacia nosotros, ¿será capaz de venir a provocarnos? No me extrañaría, amigo. ¡Valiente cabrón!, ¿has visto el armamento que lleva, Cantilio?, el correspondiente a la mejor unidad, la de los princeps. Pastorear putas da para mucho, compañero; vamos a tener problemas con él. Ya nos dijo mi padre que le había visto, pero que él procuraba rehuirlo. Sí, pero esta noche está muy bebido. O se hace el borracho. Yo tengo la daga a mano, Marco. Sujétala fuerte porque aquí viene, ¿no te decía? ¡Estemos alerta!

        Tito, espigado como una lanza, huesudo como un cadáver, huérfano de pelo y con una sandía por cabeza, se acercaba a trompicones a la hoguera de los dos amigos. Estos se preparaban para recibirlo. Una vez más el enfrentamiento con aquel pendenciero sería inevitable. Los dos sabían cómo se las gastaba su adversario y que una de sus estratagemas era la de fingir estar borracho para, con tal disculpa, soltar la lengua y provocar, aparte de que con sus aparentemente torpes movimientos los contrarios se confiaban más de lo conveniente. Recordaban cómo, dos meses atrás, los provocara con las mismas artimañas en las termas y cómo los tres fueron expulsados del establecimiento por pendencieros. ¿Qué nos cuentan nuestros novatos?, dijo Tito en cuanto estuvo frente a ellos. Los amigos permanecían en cuclillas, silenciosos y tensos. ¿No oléis un poquito a mierda?, dijo el recién llegado dándoles la espalda y dirigiéndose a los que jugaban a los dados. Pero no, claro, no va por vosotros, sino por esos dos. ¿Sabéis que yo me he llevado al catre a la hermana de ese?, y señaló a Marco. ¡Qué hembra! ¡No os lo podéis imaginar! Era toda una furia y tenía la cara de vestal, sí, de vestal pura y virgen, sólo apariencia, claro, pues la moza es puta y reputa, y volviéndose a Cantilio: ¿verdad que es cierto?, ¿tú también la has probado? El aludido permanecía inmóvil, víbora amenazada. Tito echó un trago de la jarra que llevaba en la mano; se tambaleó. Marco y Cantilio no terminaban de responder a su provocación, sólo lo miraban con resuelta frialdad. Tito, con voz cada vez más pastosa y torpe, lanzó otra andanada de injurias: dicen que vas a casarte con ella, amigo Cantilio, pues ya puedes estar preparado, porque es una gran ramera y hasta hace algún trabajito para mí, ¿no lo sabías? Otro trago. De nuevo inestabilidad. A punto estuvo de caer sobre el fuego. Uno de los que jugaban a los dados se incorporó, lo sujetó e hizo señas a Cantilio para que tuviera en cuenta que estaba muy borracho. El provocador rechazó los brazos conciliadores. Pero no te apures, continuó, porque yo pagaré siempre bien, que entre colegas ya se sabe, la puta de mi compadre es mi puta... ¡Venga! ¡Echa un trago, Cantilio! ¡No me lo desprecies! ¡Por  el coño de Secunda, tu futura esposa! Los compañeros de contubernio se apartaron. El borracho había llegado demasiado lejos con su bravata. El enfrentamiento era inevitable. Cantilio se levantó con el puñal en la mano. Tito arrojó la crátera de vino y sacó el suyo. Marco también se incorporó. Cantilio le rogó que se apartase, que le dejara a él acabar con el enemigo común. El fanfarrón rió y afianzó los pies, súbitamente sobrio. Las dagas cortaron el aire con sus fintas  hasta que los dos hombres se sujetaron las manos, forcejearon y Cantilio terminó cayendo zancadilleado por Tito, experto en peleas de esquina. Este logró acaballarse sobre el novato. Secunda es una puta, ¿escuchas?, una puta de las peores dijo el agresor justo cuando el brazo del muchacho terminó por ceder y el filo del arma se apoyaba ya en su cuello. Marco se disponía a arrojarse contra Tito, pero no fue necesario. De las sombras surgió un gigante que había presenciado la escena, alguien que propinó una contundente patada a Tito.  Este rodó por el suelo y, sin tiempo para reaccionar, sintió el gladium del recién llegado sobre la garganta. El centurión del manípulo vigilaba desde hacía días el comportamiento de aquel legionario camorrista que se las daba de veterano. Ordenó su arresto y reclusión en el carromato disciplinario y sentenció, sin posibilidad de apelación, que Tito no participaría ni en el combate del día siguiente, ni en el reparto del botín. Y vosotros dos, dijo dirigiéndose a Cantilio y a Marco, preparaos para descargar vuestra furia mañana en el combate, ¿entendido? ¡Que no vuelva a veros enzarzados en otra pelea!... ¡Venga, se ha terminado la representación! ¡Todos a vuestras tiendas y a descansar, que mañana nos las veremos con animales peores que este hijo de mala madre!, y  dirigiéndose a sus auxiliares:  ¡lleváoslo de una vez!, ¡no quiero volver a verlo!, y ponedle grilletes; así recordará mejor que en la legión la furia debe guardarse siempre para el enemigo.

Sólo uno de los espectadores no se retiró, un componente de la unidad de los princeps. Se acercó a Cantilio y lo abrazó. Era Cayo Floronio, padre de Secunda y de Marco. Colocó sus dos manos en los hombros del joven y lo miró de frente. A partir de hoy te considero mi hijo, Cantilio. Gracias, Cayo. ¿Cuento con vosotros dos para darle su merecido a ese mal nacido cuando todo esto acabe? Los  jóvenes asintieron. Supe por mi esposa, Cantilio, que ayudaste a mi hijo a ahuyentar a ese canalla hace varios meses, cuando intentó asaltar a Secunda en la fuente. Era mi deber, Cayo. Además, nuestros dioses lares hacen su labor, añadió Marco, no abandonan a la familia. Eso es cierto, hijos, pero Secunda es demasiado bella y ya sabéis que la hermosura resulta peligrosa, los lobos la huelen a distancia. Es bellísima, afirmó Cantilio iluminado el rostro por el recuerdo. Mi hija precisa a su lado un hombre fuerte como tú, Cantilio, aparte de su hermano que siempre la ha defendido... También yo permaneceré siempre a su lado. Los dos hombres entrechocaron sus brazos. Acababan de firmar un trato; el futuro de Secunda estaba asegurado. En fin, hijos, olvidad este incidente y descansad, que mañana será un gran día. No te dejaremos mal, padre. Me bastará con que consigáis que la unidad de los princeps no tenga que entrar en combate. Ya sabéis que somos unos vejestorios. Los tres se abrazaron y se despidieron. Los del contubernio continuaron con su partida de dados.

Marco y Cantilio, aún conmovidos por cuanto sucediera, se tumbaron uno al lado del otro, los ojos perdidos en el firmamento estrellado. Los demás compañeros les pasaron un pellejo de vino que ellos estrujaron por turnos cuanto pudieron. ¿Lograrían dormir antes del alba? ¿Conciliaría algún legionario el sueño aquella noche? Todos fueron testigos de cómo un lobo se había introducido hacía días en el campamento, de cómo fue perseguido, de cómo hirió a varios que lo acorralaron y, de cómo, finalmente, logró escapar. Todos se enteraron, aunque los mandos pretendieron ocultarlo, del veredicto dado por los augures: que aquel lobo era Aníbal, y que el campamento representaba a Roma misma. ¿Quién no sabía que, un enjambre de abejas se posó frente a la tienda del pretorio, y que construyó allí su colmena? También trataron de ocultar el dictamen de los sacerdotes, pero se extendió entre la tropa la certeza de que la colmena representaba a los cartagineses y que el pretorio era también Roma. ¿Perderían la batalla?, ¿Roma humillada por unos bárbaros? Muy rápidos fueron los sacerdotes cuando aseguraron que las entrañas del toro sacrificado esa misma mañana estaban limpias de mácula; algún veterano, sin embargo, sostenía que el hígado y el estómago eran negros, y que los expertos oficiantes ocultaron los despojos para que no se enterasen los soldados. Pero la noche avanzaba, y era preciso ahuyentar tan oscuros pensamientos. ¿De qué servía preocuparse más? El Destino diría su última palabra al día siguiente. Marco, te aseguro que  estoy decidido a regresar con vida… Así me gusta, Cantilio, y yo volveré contigo pero, ¡brindemos ahora por Secunda, tu futura esposa!, dijo el amigo y dio un fuerte apretón al pellejo. Cambió este de mano… ¡Por Secunda, tu bella hermana! Y corrió la sangre de Baco por sus gargantas, y se aquietaron los pensamientos, y algo pudieron dormir antes de que los clarines de Marte atronasen en el aire levantado por Aurora, la diosa Eos, la que precede a la luz de la mañana.



III

 

La mañana era fría en el Foro de Roma. Febo parecía reacio a calentar las espaldas de las mujeres. Muchas manos se extendían hacia la fogata comunitaria, entre ellas las de Secunda, la hermosa hija de Lelia, que había corrido junto a la madre en cuanto se enteró del cerco al Senado. Todos sus hijos se parecían a ella cuando era joven, en especial las gemelas Floronia y Secunda, aunque la nariz era de los Floronio, un pegote que a los pobres les descendía recto desde la frente como una lanza puntiaguda y que, pasados los años terminaría en porra boca abajo, como la aldaba de su padre, aunque a la madre le gustaba. ¡Menos mal!, solía decir el pobre Cayo cuando alguien se lo hacía notar, si no llega a ser por ese detalle no sé qué hubieran pensado los vecinos, y reía con ganas. ¡Ay querido!, ¿dónde estarás ahora? Eran felices a su modo hasta que padre e hijo se integraron en la fuerza del viejo Escipión. Decían que Cayo acumulaba muchas deudas y que por eso se las apañó para ser admitido en el ejército antes de que fuera llamado a él. Lelia no estaba segura de que tal fuera la causa, al menos nada le dijo el esposo antes de partir, ¿no querría preocuparla?, ¿o era porque pensaba que no lo iba a comprender?, ¿que era tonta por ser mujer?, ¿acaso no hay mujeres listas como linces? Qué bien hizo en no aceptar el dinero que le ofrecía en préstamo esa furcia de Faustina, la pompeyana; los hombres no deben enterarse de los pactos entre nosotras, decía, e insistía en que tomara su dinero, pero la matrona huía cada vez que la veía acercarse, la horrorizaban las monedas mal sudadas; de haberlo tomado, sin duda ahora estaría ya llamando a su puerta para reclamar capital e intereses, ¡qué lista Faustina, la muy puta!, ¿era ella tonta?, menos mal que no tanto como Cayo creía, aunque sí, boba por necesitarle hasta la demencia, no podía evitarlo. ¿Qué haría si sus dos hombres hubiesen partido ya hacia el Hades?, ¿cómo sobrevivir? Además, sus espíritus vagarían sin poder cruzar la Laguna al no haber sido honrados los cuerpos como está prescrito. Lelia rezó entre dientes a Cástor y a Polux: ¡protegedlos, nobles gemelos, vosotros que ayudasteis a Roma en la batalla de Ancio! Pero, ¿quién era Lelia para implorar remedios sólo para la miseria de su familia? No, decididamente no podía quejarse. Tenía una hija vestal. Era toda una aristócrata del sufrimiento.

Muy cerca se veía emerger la casa de las vestales entre árboles frondosos y, junto a esta, el templo de la diosa en el que pronto la pequeña Floronia avivaría con sus manos el fuego sagrado. Era un edificio pequeño, redondo, casi vacío. Lelia lo sabía porque una vez lo vio por dentro cuando era niña. Solo lo habitaba una viejísima estatua de Minerva, la diosa invitada de Vesta, era de madera y tenía el rostro ajado. Según decían la trajeron a Roma desde la vieja Troya; era una hermosa talla cuyas facciones olvidara, pero que recordó al  contemplar las caritas de sus dos gemelas, Floronia y Secunda, arrugadas tras el parto. Nada más había en el templo salvo el pebetero del fuego sagrado que ardía en el centro y despedía temblorosas llamas azules y anaranjadas que parecían hablar; Vesta no tenía rostro, era sólo fuego, como el amor que ella sentía por sus hijos. Quizá luego, cuando al medio día saliese la procesión para avivar la sacrosanta llama, podría ver a la niña… ¿Qué le contarían sobre el comportamiento de su madre en el Foro? Opimia, la Gran Vestal, parecía una mujer comprensiva y estaba dando a su hija una educación esmerada, ¡qué gran privilegio! Debía de estarle agradecida a  Postumio por su gestión para que la chica ingresara en el colegio de las vestales! Era su patrón hombre que parecía apreciarlos, aunque algo vio siempre Lelia en él que no le gustaba, quizá una sombra de indecencia en el fondo de sus ojos, y así se lo dijo en muchas ocasiones a su esposo, pero este se reía de tanta desconfianza. Descendía Postumio del famoso general al que ayudaron los divinos gemelos en la guerra contra los etruscos. Él fue quien aconsejó a Cayo que propusiera a la pequeña Floronia como candidata a sacerdotisa; eso daría gran prestigio a las dos familias, le dijo, a la tuya y a la mía. Aseguraba que era un año propicio, que sabía de buena fuente que no habría candidata de familias patricias, por lo que sería ocasión para alguna joven plebeya. Tu hija es bella e inteligente, dijo, además, yo la apoyaré, no lo dudes querido Cayo. No, definitivamente, a Lelia no le gustaba la mirada de su patrón. ¿Qué pensaría ahora el gran Postumio? ¿También él habría llegado a su casa con la toga sucia?, ¿la recibiría como cliente en la salutatio diaria para darle la sportula, tan raquítica, tan tacaña? No le importaría a Lelia ser cliente de alguna casa en cuyos miembros pudiera confiar. Es cierto que el cicatero Postumio hizo mucho por ellos en otros tiempos, aunque también le movía el prestigio de ser patrón de una vestal, quizá Gran Vestal en un futuro, pero al día de hoy las ignora, no las trata nada bien y, a partir de mañana peor, cuando toda Roma sepa que ella ha instigado a las mujeres a rebelarse, incluso puede que ni se digne recibirla. ¡Cuánto mejor estaría su familia como cliente de los Emilios! La joven Tertia siempre la saludó con amabilidad, y ha oído contar maravillas de esa muchacha, tan joven y ya considerada como una gran matrona, ejemplo de mesura y de pudor, envidiada por todas. ¡Qué bella cuando atraviesa el foro con su séquito! De su rostro no se desprende soberbia, al contrario, parece acariciar con la mirada. De un ser así no puede provenir nada malo. Todo estará por ver, pues en cuanto amanezca Lelia será considerada una réproba, ¡atreverse a insultar a los padres de la patria! ¡Sacrilegio! Eso decía aquel desgraciado senador. Sacrilegio es lo que ellos cometen con las madres de Roma; ellas son el genius de la ciudad, imágenes vivas de su neuma intangible.

A Floronia se la tenía por la niña más hermosa de Roma, eso era cierto, pero igual a ella era su hermana gemela, Secunda. ¡Ah,  hermosos Cástor y Polux!, rezó en silencio Lelia, ¡proteged a mis pequeñas, idénticas entre sí, como idénticos sois vosotros! ¡Vosotros que ostentáis la corona alternativa de príncipes del Olimpo y príncipes del Hades! Bien sabéis que sólo me quedan las muchachas, y la mirada de la madre recayó sobre la hija que acababa de iniciar un himno a Vesta. El resto de las mujeres se unió al canto. La contemplaban con reverencia, espejo de la hermana sacerdotisa, y pensaban que algo de sagrado tenía la belleza de la joven, quince años ya. Dormidita bajo una manta, junto a la hermana, la más pequeña, Florila, de diez, qué linda, con los gatitos recién nacidos siempre a su lado. Juno sólo había concedido a su tercera hija el don de la bondad que adornaba la vejez de la madre con racimos de abrazos y besos, abundantes como flores en primavera, pero quizá fuera mejor así, pues la escasa belleza no atraería a lobos como Tito. ¿Qué podrían hacer contra esa alimaña tres mujeres solas? ¿Cómo se protegerían? ¡Ay, si faltasen del hogar su esposo y su hijo!

Los ojos de Lelia, sangrantes de incertidumbre, se deslizaron entre las mujeres que le hacían coro a Secunda. Los rayos del sol iluminaban ya, al fondo del Foro, la tarima de las Rostra, y el frontis del gran templo de la Concordia se iluminaba poco a poco. Las canturías de las mujeres se entrelazaban con los tímidos golpes de los vendedores que desperezaban sus negocios en el cercano mercado de las Tabernae. El traqueteo en las losas de un carro devolvía al mundo a las últimas matronas dormidas. Decidieron iniciar el día con plegarias a Vesta: ¡Oh, hija de Saturno, haz que nuestros hombres regresen al fuego del hogar!... ¡Oh, diosa sin cuerpo, llama eterna, que nuestros maridos calienten los lechos que les pertenecen! El sol terminó por desperezarse, y la sombra de la casa de las vestales se irguió sobre el campamento de las matronas. La voz de Secunda destacada sobre las demás, sobrevoló junto a los graznidos de los milanos, los tejados de los templos: ¡Oh Vesta, te prometemos venir en el mes de junio, descalzas, ante tu templo si nos los devuelves sanos y salvos! ¡Qué bella es también!, pensó Lelia, ¿de qué parte de sus entrañas han podido sacar las dos hijas tanta belleza?, quizá fuera excesiva, en especial para Secunda y esto la preocupaba, ¿cómo no darse cuenta de las miradas de Postumio, su patrón, por ejemplo? Era una razón más para pensar en dejar su clientela y acercarse a la casa de la joven Tertia Emilia, la hija del noble Paulo Emilio, gran matrona pese a su juventud. 

Las mujeres observaron cómo, proveniente de las calles que lindan con el templo de Saturno, cruzaba el Foro uno que por su vestimenta, apostura y por ir acompañado de dos recios esclavos, parecía un magistrado. ¡Es Pictor! ¿El cuestor? Bueno, no sé si será cuestor. Con toga camina. Sí, pero no pertenece al Senado, sólo escribe historias y hace cuentas. ¡Es Pictor y parece que pasa deprisa! Sí, es como si también nos esquivara. De nada le servirá. Irá a su despacho, tras las Tabernae. ¡Pictor, detente! ¡Tienes que contarnos! ¡No aceleres, desgraciado, espera! Habrá pensado que porque es tan poca cosa, el último de los empleados de la Curia, nadie le pedirá explicaciones. ¡Pues apañado va! No hay otro. Además, menuda importancia se da con esos legajos bajo el brazo y la barbilla bien levantada. Tiene andares de gallo. ¡Pues ese gallito tendrá que respondernos! ¡Adelante, mujeres! ¡Rodeémoslo! ¡Que no escape!     Los tres hombres se detuvieron ante una muralla de imprecaciones e insultos. Una urraca pasó graznando por encima de sus cabezas. Aunque el orgulloso Pictor no sintiera temor alguno, era un pésimo augurio.

 


 

IV

 

¿De qué puede ser augurio el aullido del perro en la lejanía, tan nítido? Tertia Emilia siente un escalofrío. Aquella rebelión de las mujeres queda muy atrás en el tiempo, pero presente aún en su memoria, ¿habrá sucedido ayer? Durante más de cincuenta y cinco años, la diosa Proserpina retornó una tras otra primavera a la tierra desde el inframundo para regenerarla. Otras tantas veces, el dios Apolo se retiró cada invierno a las brumas de los Hiperbóreos. Las veletas giraron alocadas. El sol hizo resbalar a la oscuridad mil veces por los relojes. El agua en las clepsidras subió y bajó en oleajes diminutos e incesantes. La sombra de la estatua de Junio Bruto dibujó su círculo en el Foro día tras día, y estos se sucedieron rápidos como pestañeos de enamorados, acelerados como los latidos del corazón en una mosca. Cincuenta y cinco años o más. Qué poca cosa es la vida humana, una mota de polvo en el desierto. Muy atrás queda la batalla de Ticino, más de medio siglo, y las que la siguieron, y la humillación de las mujeres, pero también, en cierto modo, su victoria. El sol y la luna se turnaron innumerables veces desde que asomara el lobo púnico en el campamento romano. Lluvias y vientos, granizos y brisas, canículas y bonanzas se sucedieron sobre la domus de Tertia Emilia en el Palatino desde los gloriosos días en que Lelia plantó su campamento rebelde frente al Senado. Qué vieja se siente ya, qué cansada Tertia Emilia, la matrona de Roma, la esposa de Escipión, la madre de Cornelia la menor, la abuela de los diminutos Graco. Durante todo ese tiempo, las Parcas acabaron con todos menos con dos que parecen eternos: Tertia Emilia, con setenta y cuatro años de arrugas en el rostro y el peso de tanto augurio en el alma es la última, pero también es último otro romano noble, nacido como ella en el año en que fueron cónsules Tito Manlio Torcuato y Cayo Atilio Bulbo, el año en que fueran sometidos los sardos, el año en que se cerraron las puertas del templo de Juno, pues se alcanzó la paz, ausente de Roma desde los tiempos de Numa; ese otro noble romano, nacido entre tan memorables señales, es Marco Porcio Catón, el Viejo, el que aún ejerce como censor, el que aún camina por el foro con el pecho descubierto, al estilo de los antiguos, y descalzo, rebosante de vitalidad pese a su edad, cómo se nota que no ha parido, que ha volado sin serias preocupaciones durante toda su vida, como jugando, mariposa volátil, ¿qué diría si leyera su pensamiento y se enterase de tal comparación?... La mariposa, ¿qué significará para los dioses el hecho de que esa mariposa negra haya regresado?, ¿no podrían ser más claros? Ahí está, rondando el lecho, hasta intenta posarse sobre su cabeza. Por fortuna, Florila, que siempre vigila, es rápida en apartarla, sería el peor de los presagios, indicaría que Helios no tendría tiempo de recorrer una vez más el firmamento antes de que llegase el fin de la matrona, ni Selene a mostrar sus cuernos en el horizonte de la noche, aunque Tertia está ya preparada, percibe cercano el final. Florila, la pobre, también sobrevive, es casi una niña en comparación con ella, siempre lo fue, en las últimas calendas cumplió sesenta y cuatro, nueve años menos, casi nada. Allí está como siempre, a su lado, luchando con el sopor que terminará por adormilarla. Hace nueve años Tertia Emilia aún controlaba los pagos y los cobros de su domus, las contratas y la dirección de obras y proyectos. Ahora se le ha inflado el vientre que engorda y engorda, y las piernas inmensas, de elefante, que le impiden andar, y la sed, esa maldita sed abrasadora. Florila ha ideado un dispositivo de poleas con cuerdas, y una crátera cuelga siempre del techo, a la altura de su cabeza, la enferma no tiene más que sujetarla, inclinarla y verter su contenido en la boca. Cuando se acaba el líquido, su amiga lo repone, aunque no con la celeridad que la enferma desearía. El médico Silófanes es un bendito de Esculapio, asegura que la sed no se le pasará nunca, y le permite beber cuanto desee, aunque eso es peor augurio que el del cuervo que se posa cada mañana en la balaustrada de la habitación, que le anuncia la llegada de Morte, de Atropos, la que corta los hilos, la arrugada parca ejecutora de los  designios de Destino. En ocasiones la voz de los dioses es tan clara como la del niño que pide pan a su madre. Florila y ella son las únicas que quedan de esa época, y Catón, claro, el incombustible, el envidiado. A todos los demás se los perdió de vista en las puertas del Hades. Murió Lelia, la auténtica madre de Roma. Tertia Emilia no se siente madre de nadie, salvo de su pequeña Cornelia la menor que pronto llegará a visitarla con sus pequeños Tiberio y Cayo; sus otros hijos apenas la ven, apenas los ve, e incluso le cuesta recordar cómo son sus rostros, o lo que es peor, cómo se preocupó por ellos, cómo los sintió, como los amó. Pero Lelia hizo que a Roma le doliera el útero eterno, raspó las cicatrices de mil, de millones de partos, fue una protegida de los dioses, la voz tronante de Venus, de Minerva, de Gea, de Vesta, de todas al tiempo unidas en el grito justiciero que salía de su garganta, pero murió. Como murió Cayo Floronio, su esposo, defendiendo a la República en el Ticino. Como murió muchos años después Marco, el guerrero, tan lejos de la Urbe, absorbido por la floresta de tierras bárbaras. Como murió Floronia, la vestal acusada de cometer incesto, pobre infeliz. Como murió Secunda, su hermana gemela, víctima del sacrilegio de Tito y de Pictor, pero estos también murieron, alcanzados por la venganza del dios que Viene, de Baco, de Dioniso, de Líber. Como murió Cantilio, bajo el garrote de la vil calumnia. Como murió Opimia, la Gran Sacerdotisa, que burló con valor el enterramiento en vida cortándose las venas. Como murió Escipión el Viejo, el cónsul derrotado en Ticino, padre de mi Publio Cornelio, su Africano. Como murió este, su esposo, con el que tantas noches recorriera los cielos, arrasado por la pena de una vida fracasada en lo más alto de la gloria. Como murió Aníbal, casi al tiempo de su vencedor, ¿se habrían puesto de acuerdo?, ¿coincidirían en que el mundo no merecía sus presencias? Sólo quedan ella y Florila, compañera de los viejos tiempos. Florila, la buena asistenta, la amiga que le dedicó su vida, la pequeña feúcha de diez años que acompañaba a su madre Lelia durante el plante de las mujeres en el Foro. Allí está, velándola adormilada, la cabeza se le cae a esta hora del medio día, no lo puede remediar, ¡Ay mi Florila!, ¿qué hará esta amiga tuya si retorna la mariposa? Sobre su regazo, la labor, y la cabecita rizosa de la esclava de siete años que tiene la misión de evitar que a la cegata matrona se le escape la costura, se le tuerzan los hilos, se le quiebre el pulso; también dormidita, la infeliz, como su dueña. Procurará no hacer ruido al beber, pues las poleas del dispositivo chirrían, es más, no beberá para no despertarlas. La medicina recetada es fuerte y aún continúa su efecto, aunque piensa que por dentro la está matando. Dicen que la traen de Trapisonda y que su componente básico se llama opio. Qué mala su enfermedad, el conocido como mal de Prometeo, pero qué buena la decisión de despedir al anterior médico, el famoso Arcagato, sangrador, sajador, hurgador, garrafal artesano, pese a todo lo que su esposo lo apoyó por ser el primer maestro griego en instalarse en Roma. Por mucho que le insistíamos, nunca cedió en su gusto por la sangre. Silófanes, sin embargo, responde a la bondad medicinal de Hipócrates, y para él cuando la que corta los hilos viene, nada pueden hacer los médicos salvo paliar el dolor, y la medicina que le proporciona es fuerte, aunque ya empieza todo de nuevo, el hígado ha despertado y saluda a la matrona, pronto se le extenderá el pellizco por el cuerpo hasta retorcerlo como trapo de lavandera, y la sed horrible, le gustaría zambullirse en el Tíber y no tornar a salir, reventar pero con el estómago lleno de agua, con la garganta a remojo, con la lengua bailando en su frescor. Un gato negro aparece de repente en un rincón de la habitación, dobla una esquina y se esconde de nuevo, sigiloso, de qué será augurio esta vez, ¡ay, los dioses! La niña se ha movido. Florila se despierta agitada, le puede doler el cuello por la mala postura. ¿Qué decías dómina?, me he debido de quedar dormida. Me preguntaba, querida amiga qué puede augurar un gato negro que aparece y desaparece. No sé, dómina, dice mientras rellena la crátera y da varias palmadas para que acudan los esclavos con la medicina. No lo sé, pero cuando era una niña y mi madre me llevó al Foro, allá por los tiempos del Ticino, tenía conmigo toda una camada de gatitos negros que hacían mis delicias, serían más de diez, es decir, que a mí no pueden asustarme, y Secunda, la pobre, también jugaba con ellos... Pues no tuvieron mucha suerte aquellas buenas matronas, la verdad. Cierto, dómina, y de mis hermanas, ¿qué te voy a contar?, pero, ¿sabes?, los más chicos olían a leche y yo me los llevaba a las narices de dos en dos, me cabía cada uno en un puño, olían como a queso fresco, y lo hacía para contrarrestar el horrible hedor de la Cloaca Máxima. Llegan los esclavos con la medicina y tras ellos risas y alboroto, son los diminutos Tiberio y Cayo, a los que en Roma llaman los pequeños Graco, y la voz cantarina de su hija que los riñe, ¡Ay, su Cornelia!, sólo pide a Hécate que estén los tres presentes cuando muera. Cuánto te envidio, dómina, dice Florila, qué nietos tan bellos. Pero, mujer, también yo te envidio a ti que nunca pariste, y no parir es desconocer la complicación de los hombres y de la familia... Sí, pero, sin embargo... Nada, nada, no me envidies porque los pequeños te quieren también como si fueses otra abuela. Llegan, saltan sobre el lecho, Cornelia impone silencio, ¿no veis que estáis en la habitación de una enferma? Déjalos, mujer, son adorables, cuando ellos están presentes no preciso beber, son mi agua cristalina, la que saboreé en la fuente Castalia, allá en Delfos... Tocaste Grecia, dómina, ¿ves?, por eso también te envidio. No la toqué, Florila, la tragué, bebí la Hélade toda.

 


Entrega 3.-VESTA IRRITADA

  VESTA IRRITADA   I   Carga la caballería púnica. Retumba la tierra. Los pies de los soldados republicanos perciben el terremoto ...