domingo, 1 de noviembre de 2026

Entrega 6.- PARIDORAS DE CADÁVERES

 



PARIDORAS DE CADÁVERES

 

                                            I

 

Tertia Emilia ordenó que se subiera el telón y arreciaron los aplausos. Seguro que Lisístrata triunfaría una vez más, como debía de ser, como lo pedía la historia de entonces y lo pide la de ahora. ¿Y qué es, querida Lisístrata, para lo que nos convocas a las mujeres? ¿Qué cosa? ¿De qué tamaño? Risas entre las espectadoras, miradas pícaras, empujoncitos cariñosos. Grande. ¿Y gorda también? ¡Muy gorda, por Júpiter! Entonces, ¿cómo no estamos aquí ya todas? ¡Sí que estamos, sí que estamos!, dijo una voz casi infantil en el fondo de la sala. La carcajada fue general. Las mujeres de Roma se sentían distendidas. En una esquina, vestida de negro, seria y triste, Lelia, la viuda del legionario Cayo y madre de un superviviente. Con la cabeza apoyada en su hombro, la hija pequeña, Florila, que reía imitando a las demás. Tras ellas, sus otras dos hijas, las dos gemelas, Floronia la vestal y Secunda, rostros de belleza multiplicada al verse juntos. Algunas las miraban de reojo y con envidia. Secunda, que había asistido a muchas representaciones de Lisístrata, acariciaba el oído de su hermana, la aprendiz de sacerdotisa con comentarios y risitas traviesas. Me agrada que hayas traído a la pequeña vestal, Opimia, dice la joven Tertia. Sí, ¿dónde aprender mejor las picardías de la vida que entre buenas amigas?

Una esclava ofreció a la dómina y a la Gran Sacerdotisa sendos vasos de limonada. Qué razón tienes, Opimia, ya ves a Secunda, su hermana, qué espabilada está. Como bien dijiste joven amiga, en el Foro madura la fruta antes que en nuestro templo, y hasta he oído decir que Secunda tiene amores con un muchacho, ¿cómo se llama?, no me viene su nombre, me estoy haciendo vieja…. ¿Te refieres a Cantilio? El mismo, tengo entendido que está en la lista de supervivientes y me ha dicho Lelia, su madre, que Secunda anda muy enamorada... Es cierto, dicen que la cosa va en serio, y a mí me parece estupendo, las de Floronio son muy buenas personas y se merecen algo de felicidad, yo las conozco desde hace poco tiempo pero las considero romanas de una pieza... Ese tal Cantilio es muy amigo de Marco Floronio, ¿verdad? Sí, madre, son inseparables, los llaman los grandes cazadores de elefantes y los tienen por héroes. Todo eso lo sé, Tertia, aunque no me acordaba de su nombre algo había oído sobre su hazaña, pero lo que ahora necesito es que me hables de otro, de un tal Tito, del que se cuentan cosas horribles, dime, ¿quién y qué relación tiene con Secunda?, ¿sabes algo de esto? Pues sí, verás, dicen que es el enemigo natural de Marco y de Cantilio, que incluso se enfrentaron daga en mano el día anterior a la batalla del Ticino... Algo así había oído, querida... Además, te diré madre que  antes de alistarse en el ejército anduvo detrás de Secunda. Por eso, precisamente, me intereso por el personaje, comprenderás que todo lo relacionado con la hermana gemela de mi pupila sea de extremada importancia para mí... Por supuesto, Opimia, te entiendo, verás, se dice que en una ocasión lo corrieron a pedradas el hermano de Secunda y Cantilio porque quiso propasarse con esta. ¡Qué horror!... Lo que oyes, y te diré más, vestal, es un hombre de mal vivir, un ladrón y un proxeneta, además parece que ya ha regresado a Roma, no me preguntes cómo ha logrado zafarse del ejército, y que se dedica a oscuros negocios en las Tabernae… La verdad, Tertia Emilia, me admira todo lo que sabes para ser tan joven. Es cierto, procuro estar enterada, pero sobre todo de lo que les atañe a nuestros clientes, es un gran consejo que me ha dado mi buen padre. Me parece sabio tal proceder, niña, pero los Floronio tienen como patrones a los Postumio, si no estoy mal enterada. Es verdad, madre, pero por poco tiempo, los han tratado muy mal y mi padre va a admitir su candidatura a nuestra clientela, es cosa de días que se integren en la familia. La idea me parece excelente, niña, y me alegro por Lelia y sus hijas, pero sigo admirándome por tu capacidad, Tertia Emilia, pues yo sí que estoy enterada también de cosas, pero de las relacionadas con la gran política, no de las minucias de la vida cotidiana, tan importantes también para circular por esta colmena de Roma, por eso me siento tan agradecida a una joven como tú que me ayuda a abrir los ojos… Cuenta conmigo para tenerte al corriente de todo, vestal. Pues háblame más de ese tal Tito, ¿dices que anduvo detrás de Secunda? Sí, y es muy mala persona, cuentan de él que trafica con todo, desde vino hasta mujeres, y ahora se dedica a engañar a pobres viudas de guerra... Me pregunto, Tertia, cómo consigues tanta información porque una cosa es que quieras saber todo de la gente cercana a los tuyos y otra que, con tu juventud, te enteres de tanto detalle porque, según tengo entendido, no eres aficionada a frecuentar el Foro... Tienes razón, ni paseo con las haraganas de mi edad, ni frecuento sus reuniones y fiestas, pero cuento con los informes que le llegan a mi padre de sus colaboradores y, además, siguiendo su consejo, me he rodeado de personas fieles que tengo repartidas en todos los rincones de Roma y, por supuesto, también redacto informes con lo que ellas me cuentan para mi buen padre. Admirable, hija, llegarás muy lejos... A lo que iba, Opimia, ese Tito persigue a Secunda, pero ella prefiere al tal Cantilio, el amigo de su hermano, un hombre sencillo y valeroso… La gran vestal miró sagaz a la anfitriona, este sería su turno, pues estaba convencida de que la joven matrona tan admirada por todos y tan admirable, tenía también su punto débil: ¿Y tú a quién prefieres, Tertia Emilia? Esta, tomada por sorpresa, se azoró. ¿Quizás a Marco Porcio Catón, que te sigue por el Foro como un perrillo?, ¿ves?, a la Casa de las Vestales también llega alguna que otra noticia... La aficionada al espionaje, muchacha al fin y al cabo, se sobresalta y  lanza reniegos contra el estrafalario personaje que tan pesado se pone en ocasiones con sus intentos de acercamiento. Era un decir, querida, no me hagas caso, pero tengo mis años y sé lo que sé, y percibo que ahora mismo estás algo inquieta, y que miras y remiras por entre el público, ¿acaso deseas que el joven Escipión retorne? Mujer, Opimia, qué cosas tienes... Es que, querida, aseguraría que no te lo quitas con facilidad de la cabeza, y no te ruborices, joven Tertia, que bien sabes que te has quedado sin rival... ¿No pensarás que...? Pienso que el dios de los secretos es Mercurio, el alado que va de aquí para allá y, aunque no lo creas, en alguna ocasión se posa en el tejado de nuestra casa sagrada, y te digo que Sulpicia no es rival para ti, mírala  allí, la pobre, en su rincón sola y triste, y no me extraña con todo lo que me has contado sobre maleficios y desamores. Tertia Emilia mira a la gran vestal con ojos admirados. Es toda una maestra de la observación, aunque a la muchacha tampoco le importa que se conozca su secreto. Publio Cornelio llegará a ser el hombre más notable de la República, y ella sería feliz reforzando su destino y dando hijos suyos al mundo, además, es tan apuesto... Anda, vestal, anda, dice al fin la joven, que ya sé que no se te escapa palabra y que hay que andarse con cuidado al hablar contigo. No te habrás enfadado, ¿verdad? ¿Cómo me voy a enfadar, madre Opimia?, aunque a veces eres más maléfica que Tiberina. En cierto modo, así es, niña, yo tengo mis artes de vieja, pero atendamos a lo que representan en el escenario, querida Tertia, que mucho se ríen todas. Tienes razón, dice la anfitriona y besa a la Opimia con cariño filial. Sabe que su secreto está bien guardado en el corazón de la Gran Sacerdotisa de Vesta.

Hasta ahora os hemos aguantado, queridos hombres, perora Lisístrata, ¿o no es así? Cuántas veces nos contabais lo que habíais pactado y nos dábamos cuenta de que eran bobadas, pero os preguntábamos sumisas, ¿Y la paz, para cuándo?, y vosotros respondíais eso de calla, mujer, eso no es asunto tuyo, y nosotras callábamos, pero luego nos enterábamos de que vuestras nuevas decisiones eran cada vez peores que las anteriores y que la paz se alejaba, y llegábamos a la conclusión de que erais imbéciles… Risas de las espectadoras. Eso que dices es inadmisible, estúpida mujer, chilla el comisario de Atenas. Gritos de reprobación, insultos entre el público. ¡Cállate, mamarracho! Sí, anda, ¡voy a callarme yo llevando tú un velo de mujer en la cabeza, ¡hasta ahí podríamos llegar! Pues toma, desgraciado, toma mi velo y póntelo donde puedas, a la cintura por ejemplo, a ver si te adorna eso que llevas colgando… Grandes risas, aplausos, saltos, bailes, algarabía. Es lo que reclaman, querida, dijo Opimia a Tertia Emilia. Sí, las pobres, mira cómo disfrutan. ¡Desnudémonos también nosotras para que olamos a mujeres irritadas hasta morder! ¿Sabías, Opimia, que hay desalmados que, como te dije antes, hacen fortuna a costa de las pobres viudas? ¿Te refieres al tal Tito? Sí, pero también a otro colega suyo del que es uña y carne, seguro que lo conoces. No sé, hija, tú dirás quién es. Se trata de uno que se las da de literato y que dice ser descendiente de los Fabio, se llama Pictor. El rostro de la gran vestal se oscureció. Ya lo creo que sé quién es, un simple asistente de mala muerte, un bastardo que se atrevió a dar de fustazos a aquella pobre… A Lelia, ¿verdad?, la madre de tu vestal, toda Roma se enteró. De lo que yo me entero ahora, Tertia, es que si el tal Tito es la mitad de malvado que su socio, sería ya un monstruo del Tártaro; ese canalla de Pictor golpeó a Lelia sólo porque deseaba preguntarle si sabía algo de los muertos en la batalla del Ticino. Cierto Opinia, me estremecí al enterarme, un liberto golpeando a una matrona, a una ciudadana. Yo misma le arrebaté la fusta, y debí de haberle cruzado con ella el rostro en el momento, pero pensé que era suficiente con… ¡Una lástima que no lo hicieras, Opimia!… Sí, pero consideré que bastaría con enviarlo a la guerra y, por lo que me dices, pronto ha retornado esa víbora… Y se está haciendo de oro negociando con los patrimonios de las infelices, pignorando por aquí, invirtiendo por allá, adjudicándose bienes en pago de gestiones no realizadas, ya sabes, todos los trucos habituales… Buitres, eso es lo que son.

Los rostros de las dos mujeres se ensombrecieron y contrastaban con la alegría que reinaba entre las espectadoras. Estas se desternillaban de risa porque atenienses y espartanos desfilaban por el escenario con el armamento subido, como burros en remonta, tropezando los lanzones entre sí. Pues sí, no volveremos a abrirnos de piernas para vosotros, gritó Mirrina, la espartana, hasta que no hayáis firmado la paz. Ellos las miraban con ojos babeantes. La verdad, Emilia, son actores extraordinarios. Sí lo son, es la compañía de Poliato. El que hace de Lisístrata es Hermes de Alejandría… A mí me gusta más el que hace de Mirrina, me parece más natural, no sé, más femenino… Ya, ¿verdad?, lo que no entiendo es cómo no podemos nosotras representar también?, ¿no lo haríamos mejor que ellos? Tienes toda la razón, Tertia. Pues mira, ese actor que tanto te ha agradado es un esclavo de mi casa. Es un excelente artista, la verdad. Poliato, en cuanto lo escuchó en una prueba quiso que se lo cediera; yo me he negado, por supuesto, aunque pienso darle la libertad pronto. Me parece muy acertado. Se llama Páculo y es siciliano, pero fíjate en aquella muchacha que recita entre labios la obra, ¿la ves?, observa lo embelesada que está; se la sabe de memoria. Es su hija, Pácula, que representa aún mejor que el padre, pero claro, sólo yo la he podido escuchar, una delicia, Opimia, te lo aseguro. Parece muy bella. Son gente de mi total confianza, los trajimos de Sicilia cuando mi padre estuvo allá de gobernador, pero no quiero darles la libertad todavía, querida, la verdad es que temo por él pues es hijo de un griego que predicaba el culto de Dioniso, y eso no está bien visto en Roma… Tienes razón, Tertia, es una religión que no termina de cuajar en esta tierra. Sin embargo, en la griega Sicilia ha hundido sus raíces... Sólo que entre el pueblo, entre los humildes, ¿verdad? Es cierto, vestal, así es, pero yo he conocido sus ritos porque mi padre quería confraternizar con el pueblo, y te aseguro que lo logró, permitió el culto, incluso lo fomentó y cuando partíamos de Sicilia todos lloraban, todos nos abrazaban, desde el magistrado hasta el más bajo de los ganapanes, hasta los esclavos, y no por casualidad, sino porque el procónsul demostró estar cerca de su pueblo. Pero, niña, es gente peligrosa según cuentan. No hagas caso, eso se ha dicho de todos los cultos que no gustan, que si practican sacrificios humanos, que si delinquen, todo falso. No sé, Tertia, no sé. Es un gran cemento social, querida vestal, y creo que no conviene despreciarlos por ser griegos o por ser pobres, eso es lo que piensa mi buen padre, y lo que pienso yo misma. ¡Por los dioses!, ¡si te escuchara hablar así tu pretendiente Catón! ¡Sería fantástico!, saldría espantado de mi lado, mira, me has dado una buena idea, quizá me lo quitaría de encima con más facilidad. Pues Publio Cornelio Escipión no debe de pensar muy diferente de su amigo... Si se diera el caso, madre, ya me encargaría yo de convencerlo... ¿Si se diera el caso?, ¿qué quieres decir, pequeña?, ¿estás reconociendo lo que me imagino? Bueno, tú ya me vas comprendiendo madre Opimia. Las dos damas ríen de nuevo cogidas de la mano. Pero, sí que es cierto que deseo proteger a mis dos esclavos, al padre y a la hija, Páculo y Pácula. Haces bien, además la muchacha es preciosa. Aunque no tan bella como Secunda o Floronia, por cierto ¿qué tal va el aprendizaje de esta? Pronto me sustituirá, si lo quieren los dioses...

¡Ya han firmado la paz! ¡Ya han firmado la paz! Los bailarines iniciaron una danza trepidante, todos de la mano. Las espectadoras los secundaron, algunas subieron al improvisado escenario. Varios esclavos sacaron tambores. Una mujer de origen gaditano, aprovechó para exhibir su arte alocado, para hipnotizar con el vientre oscilante, lúbrico. Todas aplaudían en corro marcando el ritmo y reían. Es lo que piden estas pobres, Opimia, aunque también necesitamos la victoria, por desgracia no basta con que cierren sus piernas nuestras mujeres, entre otras cosas porque cada vez hay menos hombres. Pues pronto habrá menos aún, noble Tertia, que no han pasado seis meses desde Trebia, y en pocos días saldrá Flaminio al encuentro de Aníbal, ya va la tercera y se reforzará la legión de viudas. ¿Crees que vencerán nuestras armas, noble Opimia? Verás, hija, yo conozco el futuro, pues está escrito en los Libros Sibilinos, pero nada puedo decir de él, salvo que sea interrogada por la autoridad legítima, ¿lo entiendes? ¿Nada de nada puedes contarme? Nada, Tertia, pero veo que es acertada tu elección. ¿Elección de qué? ¿Acaso no has elegido ya a Publio Cornelio Escipión? Ya sé que soy transparente para ti, madre. Eres aún muy joven, pero sí, has acertado, hija, él salvará a Roma. El rostro de Tertia Emilia se iluminó justo en el momento en que Lelia se acercaba para cumplimentarla. Se inclinó ante la anfitriona y quiso tomarle la mano para besársela. Esta se lo impidió y correspondió a su amabilidad asegurando que la concentración de mujeres en el Foro fue un gran ejemplo para todas las matronas de Roma. Se abrazaron llorando.

La noche había caído ya. Las mujeres se retiraban risueñas. La primavera flotaba en el aire. Proserpina, dicen que amante de Dioniso, acababa de abandonar el Hades para embellecer la tierra. El carro de Helios se retiró del horizonte, y se cerraron las tiendas de las Tabernae al norte del Foro, y se cerró también la puerta de la casa de Postumio a la espera del próximo día en el que se repartirían nuevas sportulas raquíticas, pero entre sus clientes ya no estarían ni Lelia ni Secunda. Las matronas de Roma elegirían aquella noche sus mejores túnicas para sacrificar al día siguiente, frente al altar de Quirino, delegadas por el Senado para calmar a los dioses y acallar a las rebeldes. Se evaporaron los humos de las termas, cargados de graves consideraciones. ¿Quién podía pensar que Roma se gobernaba entre masajes y chascarrillos?

Dos semanas después, seis meses tras la derrota en el Trebia, Flaminio, el cónsul del año, sería habilitado para el mando de la tropa por el Senado, y Roma probaría fortuna frente a Aníbal una vez más. El nuevo cónsul  rechazó toda ayuda y vetó la presencia de los Escipiones en su estado mayor. Esta vez el púnico sería derrotado, ¿qué duda cabía?, y nadie podría discutirle la victoria. Pero en los libros custodiados en la Casa de Vesta, a poco que se aplicase con honestidad el arte de la interpretación, estaba escrito que  lo hallarían emboscado en el lago Trasimeno y que la ciudad debía de prepararse para derramar nuevas riadas de lágrimas por sus hijos. ¿Decían también los libros sagrados que las romanas fueron engendradas para parir cadáveres? Esa era la triste realidad.

 


 

 


II

 

La triste realidad se hallaba en la trirreme fantasma que, poco antes, surcara por la noche el cielo. Atravesó el círculo de la luna llena a la vista de los atemorizados romanos. ¿Quién no vio tal prodigio? Contaban que en el templo de la Esperanza, allá por el foro de las hortalizas, cayó un rayo y destrozó la estatua de Juno, y que en Lanuvio un cuervo se sentó sobre la almohada sagrada de Apolo. Como, además, en  Picenum habían llovido piedras, los decenviros consultaron los libros sagrados y dijeron que debía complacerse a Juno con nueve jornadas de oraciones, regalar una corona de laurel de oro a Júpiter, su esposo, y celebrar cenas sagradas a las que debían ser invitadas las estatuas de los dioses. ¡Ay del pueblo al que sus físicos prescriben pócimas tan insípidas como el agua! Pero los avisos de los dioses nunca caen a la tierra en vano y la República también fue derrotada en la tercera batalla contra Aníbal.

Mil hombres y mil mujeres corrían alocados por las calles de Roma, hormigas descarriadas. A todos preguntaban, a todos abrazaban, sobre todo hombro se lloraba, en todas las esquinas se detenían en busca de información. ¿Cuántos han muerto esta vez? Quince mil. ¿Dónde ha sido? En el lago Trasimeno. Pero, ¿cómo es posible? Ya ves, Flaminio, el inútil. Si ya se lo veía venir, mucho cuello estirado y poca cabeza sobre él. ¿Pero cuántos han sobrevivido? Todos muertos o hechos prisioneros. ¡Qué me dices! ¡Repítelo otra vez! ¡Yo no me lo creo!… ¡Quince mil!... ¡Mi hijo!, ¿dónde está mi hijo?... ¿Quién puede decirme algo de mi esposo Flebacio, el mejor de los hombres?... Parece que Catón ha informado desde las Rostra que unos mil han conseguido escapar, que andan dispersos por Etruria y que terminarán regresando a Roma, que tengamos paciencia. ¡Pandilla de inútiles! Legiones de llorosas viudas en potencia, probables esposas preñadas de miseria, tristes ancianas de vientres caídos y sangrantes rotos por el esfuerzo de tanto parir para nada, se concentraron en las puertas como bandadas de cuervos. ¿Por qué las castigaban los dioses tan cruelmente?, ¿por qué tal incertidumbre? A todos preguntaban. Pocos respondían. Los viajeros que llegaban a la ciudad intentaban esquivarlas, su abrazo ansioso podría resultar fatal. ¡Cuidaos! Son muchas y no se atienen a razones, aconsejaban los guardias. El Senado no era bien tratado por las bocas de aquellas mujeres  a las que nada les importaba sino saber si verían de nuevo a sus hombres. Las togas blancas que se aventuraban a cruzar la calle eran decoradas con inmundicias, envueltas en insultos, rociadas con polvo del camino. Los carruajes preferían esperar la caída de la noche para atravesar las puertas de la Urbe. ¡Ha sido en el lago Trasimeno! ¡Más de quince mil muertos!... ¡Ay, de mi pequeño Higinio que iba con los hastatii!... ¡Ay de mi amado Delfino, que fue con los princeps! ¡Ay de mi nieto Ambronio, al que llevaron los vélites! Una semana antes, en el Foro Boario, un buey había subido al tercer piso de una ínsula, interrumpió la comida de una familia, destruyó el hogar, aterrorizó a los niños que se acurrucaron en un rincón, y terminó arrojándose por una ventana tras cornear al paterfamilias. Los sacerdotes interpretaron            que urgía purificar la ciudad y sacrificar víctimas mayores. Los libros sagrados parecen hablar, dijeron. Luego se comprobó la realidad de la predicción y lo inocuo del remedio: ¡Quince mil! ¡Quince mil muertos! Sólo mil han escapado de la caballería púnica y de las cadenas…

Lelia se encaramó al pódium de las Rostra, lugar prohibido a las mujeres. Muchas la contemplaban. Muchos hombres también. Estaban irritados y expectantes, brazos crispados que elevaban al cielo los puños impotentes; algunos eran ancianos que antaño vistieron peto de hierro, se tocaron con fríos cascos y se armaron con gladiums afilados, ahora sentían la rabia resbalar por sus labios, no sabían bien contra quién. Los niños lloraban, tampoco sabían por qué, quizá porque percibían el movimiento del suelo bajo sus pies. Entre la multitud la dama Sulpicia se lamentaba, ¿por la desgracia colectiva?, ¿por sus imposibles amores con el joven Escipión, cada vez más lejano? En primera línea, Secunda, la bella, que contemplaba, admirada, el rostro de su madre de cuya boca saltaban las palabras incendiarias. Algo más alejada, una vieja que se escondía bajo una raída túnica, la maléfica Tiberina, buscaba el mejor hueco en los muros cercanos para esconder su cuerpo huesudo, repleto de veneno. Y asomados con cuidado a la terraza de las Tabernae, dos carroñeros que también miraban la escena: Tito y Pictor. ¿Qué consecuencias traería esta nueva derrota para sus negocios de buitres? Quizá una bendición añadida de los dioses, un mar sin fondo de clientas hambrientas, o todo lo contrario con Aníbal a las puertas, ¡quién sabía!...

¿Hasta dónde ha de llevarnos la incuria de nuestros gobernantes?, preguntaba Lelia desde la atalaya que tuvo el atrevimiento de usurpar a los hijos de Júpiter en nombre de una deidad más antigua aún, la diosa que a todos pariera, la que engendra el mundo día a día, la Madre creadora. ¿Tengo que ocupar esta tribuna yo, considerada una inútil, pues soy mujer, para hablar como un magistrado? Eso sólo sucede cuando han dejado de existir hombres, cuando nuestros esposos, amantes, hijos, hermanos y amigos han muerto por la incapacidad de esos que se reúnen para ofrecer a los dioses sacrificios necios. Aplausos, gritos, patadas a las losas del Foro. Pues, hermanas, ya está cumplido el sacrificio de los sacrificios con nuestros hijos muertos en la orilla y en el fondo del lago Trasimeno, ¿qué más se necesita?, ¿ofrecerle a Júpiter una corona de oro?, ¿invitar a comer a la estatua de un dios acomodándola en un triclinio?, ¿sacrificar una paloma, cien palomas, mil palomas a Quirino? ¡Necedades! ¡Los dioses ríen por nuestra estupidez! La multitud rugía y su clamor era viento huracanado. La elocuencia de Minerva se había apoderado de la lengua de Lelia y la usaba como látigo contra los incompetentes magistrados. Los nuestros murieron abandonados por los humanos y por los dioses inmortales. ¿Dónde están estos? ¿Por qué se irritan? ¿No será porque los falsos, esos que nos contemplan escondidos detrás de aquellas columnas, no son capaces de protegernos? ¿A qué tantas leyes, tanta república, si a la hora de la verdad no se respetan nuestras vidas?, ¿y qué otra cosa poseemos los pobres más valiosa que la vida?

Las calles de Roma ardían, incendiadas por las palabras de las mujeres que peroraban desde la varonil tribuna, oratoria nacida del vientre, plagada de sangre menstrual y de vísceras resecas por el sufrimiento. No hubo establecimiento que no sufriera las furias de la multitud,  lametazos de aguas turbias peores que las del Tíber cuando se sublevaba. Ningún togado se libró de insultos, de mujeres que los rodeasen y que hicieran corro a su alrededor sujetas de las manos, plagadas de imprecaciones sus bocas, brazos desgarradores. Algunos cuerpos yacían en el Foro, víctimas tardías en la retaguardia de la batalla del Trasimeno. La dama Sulpicia, asustada, corrió a esconderse en lo más profundo de su domus; hasta el recuerdo del joven Escipión quedó borrado por el miedo. Tito y Pictor, bebedores de sangre de madres, se refugiaron en la oficina de las Tabernae y cerraron con varias cadenas superpuestas. Faustina, la rica ornatriz, mucho sabía del coraje pasajero de las mujeres, y se limitaba a escuchar el trueno de la calle mientras limpiaba los trebejos que acariciarían a las damas más nobles, ya se encargaría ella de predicar las mil verdades sobre aquellas revoltosas que querían trastocar el orden establecido. La dama Valeria se escondió entre los brazos temblorosos de su esposo, Marco Junio, el cual prefería mil veces enfrentarse a las hordas de Aníbal que a la rabia ciega de las masas enfebrecidas; todo pasará, querida, dijo a su atemorizada esposa que pensaba más en el esquivo Escipión, su amor adúltero, y en el castigo mágico que le infligiera, que en el consuelo del viejo marido. Siempre pasa la cólera del pueblo, como los temporales que envía el cielo, querida, ya verás.


 


III

 

¿Qué otra cosa más valiosa que la vida tenemos los pobres?, continuaba la incansable Lelia desde su tribuna, porque, ¿qué es defender la vida?, ¿ordenar, como propuso el pretor Cayo Atilio, que se hagan votos para que la República quedara inmóvil como esculpida en mármol durante diez años más?, ¿imponer una rogativa individual de todos los jóvenes en edad militar en el templo de Hércules? Ya sé que alguno de los que otean tras las columnas pensará que es sacrílego cuanto digo, pero me es igual. Si los dioses han decidido dar la espalda a Roma, ¿para qué puede servir una comilona ritual en la que se invite a sus estatuas? Además, no sé vosotras, hermanas, pero en mi casa no podemos ni ofrecer un pedazo de pan al más humilde de nuestros dioses penates… ¡Que coman los caballeros y los senadores, que pase hambre el pueblo y que los dioses se rían de nuestra estupidez! ¡Eso es lo que pretenden los padres de la patria! ¡Esas son las soluciones que nos ofrecen!... El discurso fue interrumpido por un rumor que  atravesó el Foro. Alguien aseguraba que empezaban a llegar los supervivientes. Las mujeres partieron por cientos hacia la puerta Capena, en la colina del Celio. También vienen por la Esquilina, dijeron otros. El Foro se vació. Como garrapatas se pegaron las romanas a las puertas, pero nadie llegaba. Retornarán, decepcionadas, a la gran asamblea, pero ya será tarde.

Los poderosos, los de siempre, habrán recuperado su derecho ancestral a hablar desde las Rostra al pueblo. ¡Con cuánta facilidad se podía desmantelar un hormiguero por muy rabiosas que estuvieran las hormigas! Los dos Escipiones, padre e hijo, junto con el joven Catón —conocido en toda Roma por ser el único miembro del Senado que caminaba descalzo para mostrar su preferencia por las antiguas costumbres— dominaron la situación tras expulsar a las mujeres del estrado. Pronto se vieron rodeados por mil curiosos ciudadanos: sus amigos incondicionales, las que retornaban decepcionadas y cansadas de otear el horizonte en las puertas de la ciudad, los que salían de sus casas al ver que el orden estaba ya restablecido. Desde la recuperada tribuna, Catón, el joven orador descalzo, escoltado por las capas y armaduras de los dos grandes militares de la República, los Escipiones, relató al pueblo la heroica muerte del gran Flaminio, el general derrotado en el Trasimeno: La verdad de lo sucedido es la siguiente y no otra, decía. Según cuentan los supervivientes a los que acabamos de interrogar, nuestro cónsul destacaba por su armadura y las plumas de su penacho, y era objeto de los más fieros ataques del enemigo. Con agilidad de felino, heridos los brazos y las piernas, Flaminio se multiplicaba por atender a los puntos débiles, por reforzar la moral de sus hombres, por cargar contra los más aguerridos púnicos, por vociferar, por ensartar, por hendir, por machacar, por llamar a gritos a la sorda Victoria. Pero los enemigos se arremolinaban en torno a él como enjambre de abejas enfurecidas. Caían desde lo alto de la colina donde se escondieran traidoramente y lanzaban sus dardos de furia hacia el cónsul. Los camaradas de este hacían todo lo posible por contener a los que buscaban su perdición, pero nada pudieron contra la rabia de un jinete ínsubro. ¡Aquí está el que quiere defender las murallas de Roma, la maldita por los dioses púnicos!, gritó el gigante y arremetió contra la densa masa de los nuestros que defendían a su general, clavó la lanza sobre un valiente que quiso interponerse y, mientras Flaminio luchaba por reforzar el flanco más débil de su torturado ejército, con el mismo lanzón que desgarrara el pecho del triario que lo había defendido, fue atravesado el valiente cónsul. El bárbaro se cebó en su espalda al no atreverse a buscar el rostro del gran romano. Nuestros hombres acuchillaron al asesino con la peor saña, pero Flaminio yacía en el fango. El joven Catón hizo una pausa retórica. Sabía que el pueblo estaba pendiente de sus palabras, que ese patriotismo consolador era muy necesario tras la nunca vista derrota; el auditorio estaba dominado. Por desgracia, ciudadanos de Roma, su cadáver no ha aparecido. Por ahí está, en el éter, protegiendo nuestras murallas con su valor. Y no os quepa duda de que Roma puede perder una batalla, pero nunca la guerra…

De nuevo el rumor, y el orador quedó con la palabra en la boca: ¡Llegan por la Lavernalis!, ¡Esta vez es de verdad! ¡Hacia el portón Lavernalis! Lelia y Secunda también se dirigieron a aquel lugar. Vieron a una multitud que bloqueaba la puerta y cargaron sobre ella con el coraje que aún les bullía en el pecho tras haber sido desplazadas con artimañas de las Rostra y pronto alcanzaron la primera fila. Vieron a los heridos recién llegados, examinaron sus rostros uno a uno, hasta que las miradas de madre e hija recayeron en una nariz inconfundible, en un pelo rizoso conocido, en unas orejas pequeñas y muy besadas, en un mentón que en otro tiempo mirara a todos desde lo alto, en unas manos sucias, ensangrentadas, de dedos familiares, en un pecho coronado por dos pequeñas colinas pintadas, las tetillas infantiles que Lelia besara cuando era niño para hacerle cosquillas, chupetones que provocaban la risa nerviosa del pequeño. Era Marco, el hijo perdido. Se abrazaron con los ojos. La madre besaba una y otra vez las manos del guerrero y se embadurnaba el rostro con su sangre seca. Secunda preguntó al hermano por su amado Cantilio, y Marco respondió que él no lo vio morir. Una sombra de esperanza iluminó los ojos de la joven. Cuando los brazos solidarios de los vecinos se dispusieron a llevar al superviviente a la triste casa de los Floronio, un esclavo se acercó con la orden de que Marco fuera trasladado a la domus de sus nuevos patronos: los Emilios.

 


 

IV

 

Hoy, la domus de los Emilios es acariciada por el sol del medio día, como iluminaba este las Rostra tantos años atrás, cuando Lelia tuvo el atrevimiento de asaltarlas, heroicidad tan grande como que una marabunta de hormigas se apodere del mismísimo Olimpo, hogar de los dioses. Con igual fuerza que entonces brilla hoy el sol, y hace relucir el mármol de las estatuas del Foro. Aquel lejano día, tras la derrota del lago Trasímeno, resultó inolvidable para Tertia. Su padre, Paulo Emilio estaba ausente reclutando tropas y ella tuvo el atrevimiento de salir a las calles en cuanto se enteró del revuelo que se estaba formando; la fogosa sangre de los Emilios movía sus piernas hacia el peligro. Bajó acompañada por la joven esclava Pácula Annia, qué bella voz tenía por aquellos tiempos, y por un fuerte esclavo germano que recibió la orden de mantenerse vigilante en todo momento. Iba embozada, con la peor de sus túnicas, con el más humilde de sus peinados, con la más disimulada apariencia, sin maquillar y mal puesta. Pese a tanta precaución temía ser reconocida. Pácula, sin embargo, insistía en que perdiera cuidado, pues parecía una mujer más del pueblo. Se situaron lo más atrás que pudieron entre la masa de romanas llorosas fieles a Lelia. Esta parecía una heroína de Esquilo, una troyana destrozada por la derrota, una sabina orgullosa, una Lucrecia dispuesta al sacrificio, o Eris clamando por la venganza, o una Gorgona que fulminaba con la mirada, o Artemisa dispuesta a lanzar sus justicieros dardos. No recuerda lo que la matrona decía, pero sí que vestía de negro de pies a cabeza, y que su rostro refulgía, que su cuerpo se convulsionaba de indignación y que el fuego se contagiaba a la masa, al auditorio de hojarasca que prendía en llanto, en ira, en el clamor que precede al viento huracanado. Daba la impresión de que los ardores de la irritada Madre Tierra escapaban por alguna resquebrajadura del pavimento. Tertia Emilia tuvo miedo. Pácula Annia tomó su mano. El esclavo germano estaba justo a su espalda, atento; el padre la había ordenado que jamás saliera sin él a la calle. Tenía la impresión de estar en la falda de un volcán a punto de estallar; la tierra temblaba al son de las palabras de Lelia. La noble Tertia no volvería a ser la misma tras escuchar tan extraña soflama, cuyo contenido, sin embargo, no recuerda, un discurso guerrero nacido de las entrañas de una simple mujer, unas palabras que saltaban de vientre a vientre hasta inundar el Foro, hasta hacer tambalear los cimientos de las columnas sobre las que se sostenían los héroes de Roma. Y, al fondo del gentío, escondidos tras las Rostra, los empequeñecidos senadores. ¡Quince mil muertos!, gritaba la oradora, eso sí que lo recuerda. ¡Quince mil muertos!, coreaban quince mil bocas en un rumor telúrico. Y los escondidos senadores, cada vez más chicos. Recuerda Tertia Emilia que, justo bajo el podio de las Rostra un grupo de chiquillos jugaba a pillarse, sin respetar la solemnidad del momento, y entre ellos estaba la pobre Florila, la pequeña que se ha convertido en la mujer buena que vigila su descanso desde aquella silla, con los ojos perdidos en una labor que apenas distingue, la que teje al tacto, silenciosa compañera. Alguna de las presentes los reprendía, pero los diablos volvían al poco con su revoloteo inconsciente. También estaba en la primera fila Secunda, la más admirada de todas por las palabras de piedra que su madre arrojaba desde el sacrosanto lugar reservado a  los varones, pobre muchacha, qué trágico fue su final, como el de tantas de aquellas mujeres valientes. Y esquinados, los padres de la patria al acecho, en una atenta amalgama de temblorosas togas blancas, la espuma de Roma replegada sobre sí misma. ¡Quince mil han muerto en Trasimeno, hermanas!, ¡quince mil! Tertia no lo olvidará, esas fueron las últimas palabras antes de la dispersión general de las oyentes. Se escucharon rumores, cuchicheos entre las filas de mujeres, gritos y un movimiento imprevisto de aquel mar de cabezas cubiertas por el luto, y carreras, y azoramiento, y suspiros, y todas se fueron, y las oradoras quedaron solas en las Rostra. Tertia sintió también ganas de escapar, pero Pácula, que demostró gran madurez, retuvo su mano. Luego se enteró de que alguien había anunciado el falso regreso de los supervivientes del Trasimeno, de que penetraban ya en Roma, un gambito de militares. Entonces, la guardia se apoderó de las Rostra y Lelia fue arrojada con violencia de la misma, y la pequeña masa blanca, la espuma de Roma, las togas senatoriales se inflaron, aumentaron de tamaño, de número y de presencia. Pronto, muchos hombres ocuparon el lugar donde habían permanecido las mujeres, ¿de dónde salían?, y se escuchó la voz inapelable de un joven orador, de aquel Marco Porcio Catón, el pesado que ya llevaba por entonces el torso desnudo, y tras él otro muchacho, Escipión, que contemplaba a la masa por encima de las cabezas, una mirada que se perdía en la lejanía como para distinguir la polvareda de un ejército, y Tertia se imaginó que la buscaban, igual que ella había buscado la suya en aquella representación teatral en su domus días atrás. Era cierta la apreciación de la infeliz Opimia, la Gran Vestal, aquella mirada clara, o que ella consideraba transparente en su imaginación, la sonrojaba. Sus sentimientos resultaban ya inconfundibles. La decisión se iba perfilando, no tendría que buscar más. En ese momento lo decidió, o cree que lo decidió, Publio Cornelio Escipión sería su esposo, y con él poblaría Roma de héroes inmortales. Lo que hace la imaginación, lo traidora que es la memoria, lo difícil que es deslindar entre la realidad y la literatura que una misma fábrica. ¿Literatura?, ¿acaso es imaginación la presencia de ese cuervo que acaba de posarse en la ventana?, ¿acaso es imaginación la certeza de que su hora está ahí, llamando a la puerta? Los que pronto llegarán son los niños, en ellos cifra sus últimas esperanzas. La esperanza, el engañoso mal que quedó retenido en el frasco de Pandora, pero ¡cuánto se retrasan!, ¿no será excesiva la tortura a que se los somete? Acteo de Samos es un buen pedagogo, ella misma lo recomendó a Sempronio; el estudio del griego resulta imprescindible para un romano del que se espere una vida de provecho, ya lo decía su difunto esposo pero, así con todo, ¿no serán demasiadas horas? Los echa en falta, su agua clara; además, son tan parlanchines, todo lo contrario de la pobre Florila que allí está, en lucha constante y silenciosa con su labor, con esa interminable toga de invierno que está cosiendo, dice que es para ella, para la amada dómina Tertia Emilia, para que no pase frío este año, pobre infeliz, qué hermosa le está quedando la mortaja. Pero no siempre fue así, la recuerda como una niña vivaracha, de sonrisa dulce y sin maldad. Solía frecuentar la casa de los Emilio, y su padre le encargaba recados que ella cumplía con gusto. Tertia la hacía carantoñas y le regalaba dulces. Ella con casi veinte años, la pequeña con diez, parecía su hermana menor, y fue, precisamente la frecuente presencia de la niña en su casa lo que dio pie a Tertia para sugerirle al padre la conveniencia de proteger a Lelia, a Secunda y a la pequeña Florila en el ámbito de la familia. Bien sabía Tertia lo mal que eran tratadas por los Postumio, y que poco tendrían estos que decir ante la voluntad Emilia de atraer a aquella familia hacia su clientela. Aquel día de las Rostra, dio orden al esclavo germano de que siguiera a las mujeres. Aquel día, cuando ellas localizaron al herido Marco en una de las puertas de Roma, fueron invitadas a pasar con él a su domus para que en ella se restableciese. Era lo menos que la joven y respetada Tertia, podía hacer por tan valiente familia de mujeres. Y allí está ahora Florila, la única superviviente de la saga. Ha parado la labor y mira hacia la ventana. Seguro que se ha fijado en el cuervo. ¿Te das cuenta, Florila?, ahí está de nuevo. Pero, antes de que la amiga pueda contestar, se escucha una algarabía que se acerca. Son ellos, por fin, su agua clara, su engañosa esperanza, la antorcha de sus últimos días. La estancia se iluminará en cuanto penetren por ella los pequeños Gracos.

 


Entrega 5.- ENTREACTO




ENTREACTO

 

I

 

En una tienda de las Tabernae. Despierta la vida en la colmena de comerciantes protegida por Mercurio. Frente al estrecho establecimiento, entre la frutería que extiende el toldo sobre la calzada y el taller del alfarero, una larga cola de mujeres espera a que los extraños comerciantes Pictor y Tito abran su puesto de pignoraciones. El primero es un reconocido contador que llegó a convertirse en auxiliar de  cuestor, notable y prestigioso cargo —también se dice que es un gran escritor—; el segundo no pasa de perito en turbiedades, dagas, prostíbulos y componendas. Los dos son jóvenes; los dos, taimados; los dos, retorcidos como troncos de olivo. Gracias a sobornos e inconfesables influencias han logrado esquivar la leva forzosa para luchar contra Aníbal. Las leyes de la guerra sólo rigen para gente honrada, para los duros combatientes que hostigan al púnico a lo largo y ancho de Italia, para hombres como Marco y Cantilio. Baila la angustia en los rostros de las mujeres que esperan. Ya se los  escucha trastear tras el portón. En breve lo abrirán.

Domus de Postumio al amanecer. Ceremonia de la salutatio[1]. En el atrio, sobre una lujosa silla curul, el senador Postumio, hosco el rostro. A su lado su esposa Atilia, de pie, ademán de estatua. Sentada en un banco su madre Manlia, cara pétrea, que sostiene en los brazos a Espurio, el pequeño de la casa. De rodillas, besando la mano del prócer, quien la entrega con la flojera del distante, una  mujer vestida de negro: Lelia, la viuda de Cayo Floronio, cliente. Tras la madre, Secunda, la bella joven en la que posan la mirada los tres anfitriones; no en vano es la hermana gemela de una vestal.

En una tienda de las Tabernae. ¿Quién de vosotras es la primera?, pregunta Tito tras abrir el portón. Una mujer doblada sobre sí misma, túnica sobre túnica, frío sobre frío, toda de negro, la cabeza cubierta, se adelanta con unos rollos amorosamente sujetos entre las manos. Bien, madre Celia, pasa; veo que has traído los documentos, como te pedí. Tras una mesa repleta de papiros, maneja un ábaco y toma apuntes en una tablilla el contador Pictor. Cuando entra la mujer se levanta ceremonioso, hace que tome asiento y le da el pésame por la muerte de su amado esposo Silvio Ocirrino, centurión. Asegura que lo conoció personalmente, que su muerte fue heroica, una lástima, pero un honor para la República. Afirma también que antes de expirar le pidió que se hiciera cargo de sus asuntos en Roma. Amoroso como un hijo, seca con un níveo trapo las lágrimas en los ojos de la mujer, al tiempo que toma los documentos temblequeantes de sus manos. Los examina. Sólo se escuchan los lamentos de la anciana, el desplegarse de los rollos a medida que Pictor lee, y el ajetreo del amanecer en el exterior. Bien, dice al fin el contador, esto no está mal, dómina, por el gravamen sobre tu casa podremos obtener para ti muy buenos sestercios, el negocio es seguro, y descuida porque la devolución del capital más los intereses será lenta y tranquila, no te apures, pero dime, ¿precisas ahora un adelanto?... Por supuesto que sí, madre, te lo daré con gusto, es para mí un deber ayudar a la familia de mi buen amigo Ocirrino… Claro, claro, anda mujer, toma esta bolsa de monedas y ve a dar de comer a tus hijos, que tanto lo necesitan… Que sí, madre Celia, eso mismo digo yo, entre nosotros debemos ayudarnos, ¡ah, si todos hubieran visto aquella feroz batalla en la que tantos héroes murieron!... Adiós, y que Juno te acompañe. La vieja embadurna con lágrimas y besos las manos de Pictor y de Tito, repletas ya de anillos.

Domus de Postumio al amanecer. Lelia, muerto su esposo Cayo, juzga adquirida la posición de mujer libre y participa ante su patrón, en lugar del esposo, en la ceremonia de la diaria salutatio. Es consciente de su dignidad y la inclinación no es acusada, y su beso sobre el dorso de la mano que se le ofrece, leve. No consta que haya muerto su hijo Marco, el nuevo paterfamilias, pero no son tiempos para que un senador prescinda de sus clientes por meras razones formales, por eso Postumio ha hecho una excepción con la desgraciada Lelia, y ha desoído las fieras razones de su esposa y de su madre en contra de la presencia de la revoltosa, una indigna matrona que se ha atrevido a levantar la voz en el Foro contra el Senado. La imagen del patrón que desampara a su gente no es buena para el prestigio de la domus. ¿Qué necesidades tienes, matrona? Todas, patrón, mi casa está silenciosa, mi despensa vacía, mis camas sin mantas, hasta tengo dificultades para mantener el fuego de los antepasados… Sabrás, Lelia, que tu esposo no hizo los mejores negocios en los últimos años. Algo de eso he oído, pero no quiero acudir con mis propiedades para que las empeñen y luego se las queden esos cazadores de viudas incautas, prefiero acudir al favor de mi señor natural. Eso te honra, mujer, y no serás desatendida. El rostro de Manlia adquiere el color del mármol; Atilia se estira tanto que parece se le vaya a separar de un momento a  otro la cabeza del cuerpo. Por supuesto que te llevarás hoy la sportula, y no de escaso peso; ¿has traído a alguien para que te ayude?… ¡Ah!, ya veo, aquí está tu bella hija Secunda, cada día más hermosa, lástima que el pobre Floronio no pueda contemplar cómo crece su pequeña, pero no llores, mujer, que quizá por esta joven venga la solución, al menos en parte. ¡Quién sabe!, podría entrar al servicio de alguna gran casa. Déjame hacer ciertas gestiones, mujer, y ya te contaré.       

En una tienda de las Tabernae. ¡Que pase la siguiente!, dice Tito. Otra viuda deposita sobre la mesa de los ábacos penas y propiedades, lágrimas solidificadas en rollos de papiro. Y tras esta otra y luego otra, y los documentos que acreditan las transmisiones se acumulan, y los negocios se trenzan y perfeccionan. Al final de la mañana, los dos compinches hacen balance de la miseria que administran, del dolor que gestionan, de los bienes que, en potencia, han acumulado durante la jornada. Pronto serán ricos si aciertan a jugar bien las cartas, y es cuestión de tiempo que vuelen hasta su mesa los bienes de la odiada Lelia, imagina Pictor, y hasta la bella esquiva Secunda se arrojará a sus pies, sueña Tito.

Domus de Postumio al amanecer. Secunda carga con las dos sportulas que reciben en casa del patrón, grandes de tamaño, livianas de peso. Postumio recorre con ojos voraces el contorneado busto de Secunda. Esta percibe su deseo, ya está acostumbrada a las turbias miradas de los hombres, pero también capta el odio de Atilia y el desprecio de Manlia. Vamos, hija, debemos llegar al mercado antes de  que se formen grandes filas. Para poco les darán los ases suplementarios que el patrón ha puesto en la mano de su cliente, para un par de longanizas quizá; les sabrán a gloria porque hace tiempo que sólo comen verdura. Despacio. Desean huir de aquel agobiante lugar, pero la dignidad es lo primero. Despacio. ¡Salve, patrón! ¡Salve Lelia!, y con la máxima dignidad que les permite su pobreza, abandonan la soberbia domus.



 

II

 

En una domus rodeada de pinos en las afueras de la ciudad. No se escucha el ajetreo matutino de los esclavos; salvo por la pareja de jóvenes que yacen desnudos en un lecho, la casa está vacía. Silencio, penumbra y olor a aceites. La cabeza de él sobre el hombro de ella. Sollozos poco marciales. La mujer le acaricia el cabello. El cachorro de los Escipiones y la joven dama Sulpicia acaban de soportar una noche de decapitados intentos amorosos. En la pared frontera al lecho, el rostro de un sátiro dibujado en un azulejo. No pueden percibirlo, pero desde esa imagen burlona, testigo del encuentro, se extiende por la estancia la sombra de una maldición que se interpone entre los amantes. En algún lugar cercano, dos hechiceras manejarán sus pócimas, recitarán sus conjuros, reirán tras la derrota de Príapo. La joven Sulpicia desenreda con sus dedos el ensortijado cabello negro del guerrero caído. ¿Cómo ha podido suceder aquello? Los rayos del sol se filtran por el alto ventanal y un gallo canta en la lejanía. El hombre más viril de Roma descansa sobre el pecho de la mujer sin haber podido cumplir como debía, vela apagada, mástil truncado. El derrotado mílite no da crédito a lo sucedido. Tantos días en campaña esperando el momento de verse con Sulpicia y no ha logrado abrazarla como Venus desea. ¿No ha dormido hace poco con Publia Osina, la más exigente ramera de Roma?, ¿no ha hecho saltar de gozo aquella misma tarde a la dama Pomponia?, ¿no es considerado el mejor amante de la ciudad?, ¿por qué se malogra su virilidad sólo en el lecho de Sulpicia? Son tres noches seguidas ya con aquel pesar, ella madura, rebosante, ardiente; él frío, distante, pesaroso. ¿Dónde están los antiguos abrazos en los que la joven se abría como granada y él se apoderaba de su cuerpo como un sátiro indecente del de una ninfa?, ¿qué le sucede?, ¿será víctima de un maleficio?, mejor estaría corriendo delante de Aníbal por toda Italia con el ejército derrotado que descalabrándose en el altar de Cupido. El sol indiscreto acaricia ya el lecho, resbala por la pared y se detiene en el azulejo, desde donde sonríe la imagen del sátiro. Sulpicia no se había fijado antes en la extraña representación del dios Luperco, patas de chivo, rostro lúbrico, mueca socarrona. ¿Estuvo siempre allí? Escipión se despereza, pesaroso, con ojeras, los ojos enramados, el ademán triste; nada hay más femenino que un hombre de armas llorando por su perdida reciedumbre. ¿Viste antes esa imagen, querido?... Desconoce la pareja que, a esa misma hora, radiante ya el sol, dos mujeres recogen huesos, desclavan muñecos de trapo, tapan pócimas, guardan en una caja dos cabellos púbicos de Escipión y de su amante recogidos por esclavos en las termas, y ríen satisfechas por su seguro triunfo. Una es la despechada dama Valeria Fabia, la gran hembra, la esposa del viejo Marco Junio, cónsul y censor, rico entre los ricos, primera dama de Roma, a la que Lucio Cornelio ha desairado por preferir a la joven Sulpicia. La otra es Tiberina, la más afamada experta en maleficio de Roma. Se palpan los amantes por última vez, y de nuevo las agujas invisibles se clavan en sus carnes impidiendo que la alegría de Eros se abra paso en el interior de la despanzurrada hombría del guerrero. Sin duda he sido víctima de algún maleficio, querida Sulpicia, dice el joven Escipión, hemos de mantenernos alerta. Pero, ¿quién puede querer algo tan horrible? ¿Tendrá que ver con ello ese azulejo, el sátiro que nos mira? Cierto, es nuevo, tienes razón, ¿cómo no nos dimos cuenta antes?, dice Publio Cornelio, debe de formar parte del encantamiento. ¡Arranquémoslo, querido, toma tu daga y rómpelo! Y a golpes, el amante vaciado destroza el azulejo. Pero, ¿quién pudo ser?, ¿tú lo sabes? Sí Sulpicia, sí que lo sé, la dama Valeria Fabia, la del viejo Marco Junio. ¿Por qué? No puedo decírtelo, al menos ahora que debes partir al sacrificio ante el altar de Juno, es una larga historia.  

En una colina de Roma. Todas las mujeres del Palatino y del Celio, del Aventino y del Esquilino, hasta del Viminal y del Quirinal, parecen estar presentes en la ceremonia. No hay sacerdotes. Son las grandes damas las que ofician por orden expresa del Senado, las que han asumido la intermediación entre los hombres y el Olimpo. La dama Valeria, de la casa Fabia, es quien abre el vientre del cordero que se inmola. Junto a ella Atilia y Manlia, de la casa de los Postumio, las tres con las manos ensangrentadas, las tres decididas; algo retirada de las anteriores una cuarta, la joven Sulpicia, de la casa de los Sulpicios del Aventino; detrás, las demás mujeres de Roma. Se echa en falta la presencia de la honorable Tertia, de los Emilios, nobles entre los nobles, hija de Emilio, el padre generoso que la adora y la consiente, una joven siempre disconforme con todo, pero con fama de inquebrantable virtud, heredera de la saga de matronas más honorable de la Urbe; su ausencia es una injuria más para las damas presentes que la envidian más que odian a Aníbal. En torno al altar de Juno la dama Valeria hurga en las entrañas del cordero. Manlia y Atilia también tienen las manos manchadas de sangre. Parecen felices en función tan masculina. Los Arúspices, únicos hombres presentes, las ayudan a extraer las vísceras, a depositarlas en bandejas y, expertos, las enseñan a hurgar entre sus pliegues. Sulpicia siente deseos de vomitar, la mano sobre la boca del estómago. Valeria la mira, sonrisa fría, hiel en los labios. Pasó la noche en vela, eso es evidente, y sentirá los intestinos revueltos por la penitencia del amor no satisfecho más que por la repugnancia ante la sangre de las víctimas inmoladas. El arúspice mayor expone a la concurrencia las entrañas sin mácula del cordero. Las mujeres prorrumpen en gritos de júbilo. El púnico será derrotado, anuncian los dioses. Las romanas se sienten felices por su reconocida importancia. Eso quería el Senado cuando encomendó que, como excepción, las mujeres atendieran el culto a los dioses, que las madres de Roma gritaran y se desahogaran en los templos en lugar de hacerlo en el Foro. Tan notable idea salió de la mente del preclaro joven Marco Porcio Catón, toda una promesa para la República. Pronto la misma ceremonia se celebrará en otro altar, en otra colina, ante otra deidad. Terminados los ritos, Valeria es felicitada por sus compañeras de sacrificio, todas quieren abrazarla, pero la oficiante se zafa y llega hasta la joven Sulpicia. Esta intenta evitarla, pero la Gran Sacerdotisa interina la toma del brazo. ¿Qué te sucede muchacha?, ¿te encuentras mal?, ni que te estuvieran dando arcadas de preñez, pero bien sé yo, querida que no pueden ser tal cosa, ¿verdad?, otra será la causa, ¿no es así? Ella no contesta. En fin, ya te lo dije querida, ese muchacho no te conviene, aunque supongo que asistirás esta tarde a la domus de Tertia Emilia, va a ofrecer una representación teatral y, según dicen, irá algún que otro hombre, entre ellos tu querido Escipión, ¿no lo sabías? Sulpicia no lo puede soportar y sale corriendo del templo, mientras Valeria ríe. ¡Qué muchachas!, ¡Qué muchachas!, exclama la gran dama dirigiéndose a Atilia y a Manlia que acaban de acercársele, las manos aún ensangrentadas. Estas asienten cómplices, miméticas.



 

III

 

Termas, a la caída de la tarde. Las emanaciones salutíferas llenan la estancia. Varios hombres charlan en silencio entre vapores. Se distinguen en la turbiedad del ambiente la panza prominente del cónsul Flaminio, la enjuta figura del viejo Escipión, la triste faz del derrotado Sempronio y la adusta de Máximo. Más al fondo, los cuerpos musculosos de los jóvenes Marco Porcio Catón y  Publio Cornelio Escipión, las grandes promesas de la República. Todos callan y piensan. Comentan naderías y calculan. En sus mentes la amenaza púnica. ¿Quién podría imaginar que entre aquellas paredes húmedas, entre la nubosidad del aire caliente, acuoso, la espuma del Senado traza las grandes líneas del futuro? Envueltos en los vahos que emanan de la piscina, los nobles senadores, raspador en mano, se auxilian, silenciosos, en la limpieza de sus pieles. Sempronio pasa el raspador por la espalda desnuda del que fuera su colega de consulado, el viejo Escipión. Flaminio, actual cónsul, limpia a su vez la de Máximo, futuro cónsul. Al fondo, los dos jóvenes, Catón y Escipión, permanecen en silencio contemplando cómo mana el sudor de sus cuerpos en goterones cada vez más pesados que resbalan hasta las baldosas del suelo; son muchas las jornadas pasadas juntos entre juegos, entrenamientos y devaneos amorosos; algunos los consideran inseparables, como hermanos. El joven Catón, tiene extraviada su mirada en las aguas de la piscina, y calcula complejos movimientos; su mente conspiradora nunca se detiene. Aún no se ha interpuesto entre ellos más que una diminuta sombra de celos: Catón envidia a Escipión porque este ha entrado dos veces en combate y él aún ninguna. Escipión el Joven, embebido en su silencio, piensa en el lecho derrotado, y su mente vuela lejos, hasta los hombres que siguen conteniendo a Aníbal como pueden por bosques y montañas, unos héroes, como aquellos dos embadurnados de sangre de pies a cabeza capaces de matar ellos solos a un elefante y que llegaron los últimos frente a las murallas de Plasentia. ¿Qué derecho tiene él a revolcarse entre almohadones y placeres mientras ellos luchan? No permitió el padre que se quedara con sus soldados y quizá por eso ha sido castigado por los dioses en el lecho de Sulpicia… ¡Sulpicia!, quizá luego podrá verla en la domus de Tertia Emilia, donde dicen que se representará una obra de teatro. ¿Realmente desea verla?, ¿no buscará sólo el desquite para su honor? Rumores de conversaciones atenuadas por los ecos y el chapoteo de algunos bañistas en la piscina de la estancia de al lado son los únicos sonidos. ¿En qué piensas, Publio Cornelio?, pregunta Catón. ¿En qué va a ser?, en guerras y en mujeres, responde aquel con forzada sonrisa que pretende ocultar su desazón, pero termina contándole al amigo su problema. Este asegura que todos conocen en Roma lo que le ha sucedido en el lecho, que la tal Valeria Fabia ha tenido algo que ver y que no se entiende cómo Marco Junio sigue tan ciego con los devaneos de su esposa. Me vengaré, Marco Porcio, te juro que me vengaré de esa ramera antes de que su esposo le clave la daga, dice el corrido amante y confiesa al amigo que tras asearse acudirá a la domus de Tertia Emilia, que allí encontrará a Sulpicia y que intentará concertar una nueva cita. Yo que tú, amigo, me olvidaría de la bruja de Valeria y, te digo más, dejaría a esa Sulpicia, he oído decir que es una muchacha taciturna, callada cuando le conviene pero demasiado habladora en el fondo, como todas y, además, muy calculadora, te haría la vida imposible, créeme. No sé, quizá tengas razón. Un esclavo se acerca a los dos hombres para cambiar las toallas con que se secan el sudor. Pero, atento, Publio Cornelio, tengo que decirte otra cosa, verás, si acudes a la domus de los Emilios ten cuidado, pues hay allí unos ojos que sólo con mirar una vez devoran a los hombres, unos ojos que pueden tentarte. No entiendo, amigo. Quiero decir que la anfitriona, Tertia Emilia, es una sirena que a todos encanta, quizá por lo inaccesible que siempre fueron las mujeres de su familia. No me interesa, Marco Porcio, que me imagino por dónde vas. Me agrada oírte decir eso, y sí, tienes razón llevo tiempo preparando las escalas para trepar a esa muralla. Ven entonces conmigo a su casa, parece que van a representar una obra de teatro. Sí, Lisístrata, una vergüenza griega, una desfachatez impropia de tan pura matrona, por eso no acudiré. No hay flor sin espinas, querido Catón, pero tranquilo camarada, no tocaré tu huerto. Gracias, amigo mío,  me fío más de tu palabra que de un testamento, el honor es la única virtud que puede detener ese ariete que llevas colgando, dice Marco Porcio y golpea, amigable, los genitales del amigo. Este da un respingo y lo insulta. Espero que no se te escape ese animal y haga de las suyas delante de mi amada, y tranquilo hombre, todas las romanas lo tienen por invencible. Hay un amago de fraternal pelea entre los dos jóvenes, pero pronto se calman, están demasiado preocupados para juegos. En serio, Publio Cornelio, no me levantes la pieza. Tranquilo, Marco Porcio, ya  he dicho que no me interesa. Es que, amigo mío, no encuentro mujer que mejor cuadre con el viejo modelo de matrona romana que necesito como compañera; Tertia es ideal. Está claro que te conviene, Marco, tú también eres un puro, un Rómulo reencarnado, ¿verdad?, ¿es cierto que piensas ir descalzo y con el torso desnudo toda tu vida como era uso entre nuestros antepasados? No deberías usar ese tono tan guasón conmigo, ya me conoces y estate seguro de que lo haré, caminaré descalzo, pero no estoy chiflado como alguno supone, ¡qué hacer!, por eso mismo la necesito, es una mujer  fantástica, la esposa ideal, aunque ese gusto que tiene por lo helénico, no sé... ¡Vaya, hombre, Marco!, ¿haciendo ascos de un dulce porque lleva un toque de canela oriental? Los dos muchachos ríen y se abrazan. Pronto el Destino armará sus manos y se lanzarán uno contra el otro, así consta en los libros sibilinos, pero aún no ha hablado el dios de lo inevitable.

Domus Emilia. El paterfamilias se ha ausentado para que la hija, Tertia, pueda hacer su voluntad sin cortapisas. Las mujeres se agolpan en la amplia estancia donde se representará la obra de teatro Lisístrata, de Eurípides. Muchas damas asisten, otras son mujeres del pueblo. Entre las primeras la joven Sulpicia; entre las segundas Lelia y su bella Secunda; también asiste, regocijada, su hija menor, la sacerdotisa Floronia, acompañada por la gran vestal Opimia. Risas y alegría. La anfitriona, por todas reconocida como personificación de la virtud femenina en la Urbe pese a su juventud, ha resuelto acoger en su casa la función que el Senado había prohibido representar en el teatro desmontable del Foro. No son pocos los manteos negros de viudas y los ojos llorosos. Tertia Emilia sufre por aquellas mujeres; comparte su dolor sólo con mirarlas; se representa los sufrimientos del parto que aún desconoce, los lamentos por la muerte del hijo amado que aún ignora, los desgarros por la ausencia que aún no la han quebrado, y mira a las dolientes con amor de hija. Quizá por esa mirada suya cálida y profunda todas la respeten, todas la admiren, todas la ponderen, pese a su juventud, nacida de una larga saga de matronas intachables que se pierde en la memoria de Tiberio, el dios del río Tíber, auténticas vestales profanas que personifican a Roma. Tras la cortina que hace las veces de telón, se escucha el movimiento acelerado de los cómicos. Tanto necesitan reír las mujeres de Roma como respirar.

Termas. Todos callan. Todos piensan. Hemos hecho bien enviando a las mujeres para que cumplimenten a los dioses, dice por fin Flaminio, al menos vendrán contentas a casa esta noche. O todo lo contrario, añade el viejo Escipión, las veréis rebosantes de orgullo divino, y tendréis que acudir al lecho de alguna esclava. Mi hermana Valeria Fabia será la más feliz de todas, dice Máximo, parece que ha ejercido de suma sacerdotisa. Todo un regalo para el pobre Marco Junio, dice Flaminio. Es cierto, amigos, responde Máximo, esta noche descansará sin los agobios fogosos de su esposa. Los Fabio, querido Máximo, sois gente de sangre caliente, añade Escipión el Viejo. Bueno, nuestra madre parió fuego y hielo, y a mí me tocó de lo segundo, qué le vamos a hacer, pero sí, tenéis razón, mirad al pobre Marco Junio en la piscina caliente, ¿no os parece que su cara rebosa felicidad? Es natural, dice Escipión, a su edad dormir bien es un regalo de Apolo. Ríen discretos aquellos graves senadores, no exentos, a lo que se ve del vicio tan femenino de la murmuración. Al fondo, el joven Escipión le comenta a Catón que pronto se olvidarán todos de que la idea de implicar a las mujeres en los cultos salió del segundo y que los mayores  hicieron suya tal iniciativa. La memoria de la República es frágil, querido amigo, responde Catón resignado. Pero las derrotas están ahí, y esas no se olvidan fácilmente. Cierto, Escipión, tu padre fracasó, Sempronio fracasó también. Ahora le toca a Flaminio salvar a Roma pero, ¿no crees que la Victoria sea deidad que se entiende más con jóvenes que con viejos? Seguro, pero hemos de aguardar nuestro turno. Alejandro no esperó. Alejandro no era romano, amigo Escipión, responde Catón, nosotros no somos griegos. Y entre los veteranos: Debemos detener a Aníbal cueste lo que cueste, llega a gritar Flaminio a sus reposados amigos. Yo no estoy tan seguro de que sea aconsejable una batalla frontal, responde también enérgico Máximo. Es la discusión de siempre, dice Escipión al fondo a su joven amigo Catón. Y entre los mayores: el pueblo lo pide, un enfrentamiento definitivo es lo que se necesita porque, ¿desde cuándo los romanos esperamos y mareamos al enemigo como propone Máximo? De grandes convicciones rabiosas como la tuya, Flaminio, están talladas las columnas del Tártaro, replica el aludido. Y en el rincón de los jóvenes: tienes razón Escipión, comenta Catón, es la discusión de siempre… Y en el rincón de los veteranos: Pues yo estoy dispuesto a derrotarlo si el Senado me da el mando. Lo tienes, Flaminio, eres el cónsul... Noto ironía en tu tono, Máximo, ¿es que tú no atacarías? La victoria no es sólo cuestión de decisión y voluntad… Pues, ¿qué más hace falta según tú? Inteligencia, responde seco el interpelado. Y prudencia, añade Escipión el Viejo. Y entre los jóvenes: siempre están igual, dice el cachorro de la familia de los Escipiones. Pronto nos tocará a nosotros tomar las riendas, amigo, seguro que lo haremos mejor. ¡Que Minerva te oiga! Escipión el joven se despide de su amigo y de los graves senadores, el teatro lo espera. ¡Ah, la juventud y las citas amorosas!, comenta Flaminio al verlo retirarse. ¡Quién pudiera!, se queja Máximo.

Domus Emilia. ¿Por qué no acudiste a los sacrificios a Juno esta mañana, Tertia?, pregunta la vestal mayor Opimia a la joven Emilia mientras las espectadoras se acomodan donde pueden para contemplar aquella ansiada representación en la que las hembras, que no los varones, son protagonistas de una gesta sin precedentes en la vieja Atenas, unidas contra el necio furor guerrero de sus hombres. No lo puedo remediar, querida Opimia, yo estoy más cerca del pueblo que de esas empingorotadas matronas que contaminan el ara de los dioses con sus lenguas de víbora, y no comprendo, vestal, cómo el Senado ha permitido que pongan sus manos sobre sagrado, dice la anfitriona y señala a la Gran Sacerdotisa el rostro doliente de Lelia, la viuda de Cayo, la madre del soldado Marco que aún sigue con las unidades que hostigan a Aníbal por Italia, la mujer que ha de ajustar su vida a la magra sportula que le entrega cada mañana su patrón Postumio, la que ha sido capaz de agitar a las angustiadas matronas de Roma y hacer que se planten con sus quejas en el Foro, la madre de Floronia, alumna de la Gran Vestal. Esas mujeres son Roma, Opimia, y no aquellas blasfemas. Tienes razón, Tertia Emilia, por tu juventud habla la sabiduría que has heredado de tu madre y de tu abuela, tienes toda la razón... Y no, muchacha, no digas que exagero, alabarte sin sentido sería indigno de mi cargo... ¡Ay, vestal!, estas pobres mujeres precisan más de fiestas que de rezos y sacrificios. Cierto, joven amiga, bastante ofrenda hacen a diario con su sufrimiento. La vestal se acomoda los pliegues de la lujosa túnica y toma entre las suyas una mano de la joven. Bendito por Talía sea tu honorable padre que permite estas distracciones... ¡Míralas!, madre, mira qué caras de felicidad tienen las pobres; en este instante sus penas las han abandonado. Sí, hija, esperan reír. Pero dime, Opimia, ¿crees que el Senado ha hecho mal prohibiendo la representación en el Foro? Creo que sí, querida, lo han hecho por miedo, pero la verdad es que no sé a qué temen, y también creo que tú has actuado con discreción, pese a tu juventud, al traer la función a esta casa con el permiso del paterfamilias, claro, qué tesoro es disfrutar de un padre tan complaciente. La joven anfitriona mueve una mano como para quitar importancia a tan halagadoras palabras. Cuentas con todo mi apoyo y el de mi institución, muchacha, y te doy gracias en nombre de todas las romanas,  eres gran alivio para sus desgracias, ¿sabes?, nos une el ser mujeres, hija mía, hijas preferidas de Vesta… Sí, pero te diré, querida sacerdotisa que hay algunas romanas que son más bien machudas, habría que ver si tienen pelos en ese sitio... ¿En ese sitio?... Sí, en las tetas... ¡Por Apolo, criatura!, ¡qué lenguaje! En algo tengo que mostrar mi edad, ¿no crees?, y no te asustes vestal porque, ¿qué quieres que te diga?, esos viejos reptiles deben de tener arrugada el alma, y mucho más arrugado lo que yo te cuente, ya me entiendes… Las dos grandes damas, muestrario de juventud y madurez, ríen y contagian a las mujeres que tienen alrededor. También algún hombre ha acudido al improvisado teatro, le hace ver la anfitriona a Opimia. Sí, claro, por allí veo al joven Escipión, y ya me he dado cuenta de que no le quitas el ojo de encima... ¡Por Apolo Délfico, vestal, qué cosas tienes! Yo sé lo que me digo. No creo que sepas, madre, por qué ha dejado las termas a hora tan temprana para mezclarse con tanta mujer... Tú me dirás la razón, Tertia. Pero, Opimia, ¿no te has enterado?, pues verás, sucede que ha defraudado a Valeria, la esposa de  Marco Junio... ¿Defraudado?, ¿qué quieres decir?, esa dama es un dechado de virtud… ¡Ay, vestal, vestal!, que la joven soy yo, ¡quita esa venda de tus ojos!, Valeria es más ramera que la ornatriz Faustina... ¡Pero qué dices, criatura!... Anda, madre, no pongas esa cara, el muchacho la ha despreciado porque prefiere a la joven Sulpicia, mira, allí está sentada, al fondo, lo cual es muy natural, ¿no crees?, por eso ha venido a nuestro teatrillo, por ver si ella aún le hace caso, y dicen que la gran Valeria Fabia le ha lanzado un maleficio. La joven se regocija en los apuros de la seria sacerdotisa, tan alejada del mundo pese a vivir en el centro de Roma, además, ha logrado desviar la sagacidad de la veterana vestal sobre la atracción que siente por el joven militar, ¿será tan transparente su sentimiento? Veo que estás muy sorprendida, Opimia, pues te diré más, Valeria ha usado de artes maléficas para separar a los amantes, con la ayuda de esa nefasta Tiberina, ya ves, la noticia circula por toda Roma, aunque comprendo que muchas informaciones no lleguen a la casa de las Vestales… Eso es lo que pasa, por ello siempre he dicho que deberíamos vernos con mayor frecuencia tú y yo, querida, y no me ofende que piensen que aprendo de ti, de una joven que podría ser mi hermana menor o incluso mi hija… Te comprendo, Opimia, y creo que cuchichear en el buen sentido siempre será instructivo para una sacerdotisa... Eso mismo digo yo, niña... En el Foro las mujeres aprendemos este arte desde muy jóvenes. Lo que no se puede permitir, queridita, es que gentes tan encumbradas se dediquen al rastrero crimen del maleficium, creo que debo comunicárselo al Pontifex Maximus... No te molestes, vestal, seguro que ya está enterado, además, tan mala práctica es inevitable hoy día, con Roma invadida por tanto refugiado de Italia. Quizá tengas razón Tertia, pero, ¡mira!, ¡mira!, Escipión también se ha levantado y parece que se retira, y ella ni lo ha mirado; ¿te has dado cuenta? Desde luego, Opimia, te fijas en todo... Y también noto que te has sonrojado de nuevo, hija... ¡Qué cosas tienes, madre!... ¡Ay, pequeña!, la agudeza de tus palabras no puede ocultar por completo tu juventud, y te diré que sabré poco del mundo pues vivo alejada de él, pero mi mente es tan vieja como los libros sibilinos que consulto a diario... Dime, hija, ¿he acertado un poquito? ¿Por qué negarlo madre?, responde la muchacha con la mejor de sus sonrisas y bajando la mirada, tu dardo ha dado en el blanco. Te agradezco la sinceridad, niña. Las dos mujeres se besan. Las espectadoras aplauden rítmicamente para que empiece por fin la función.



 

IV

 

Por fin, hacia el amanecer, el sueño penetra en la mente de la vieja Tertia Emilia quien, montada sobre el alado Hipnos, viaja al pasado. Entre algodones oníricos, la visita el rostro grande, tierno y mofletudo de la desventurada vestal Opimia, y logra que se relaje su espíritu torturado por la vigilia. Qué inocente era la gran mujer, pobre infeliz. La contempla en su mejor momento, durante la memorable representación de Lisístrata en su domus, ella joven y engreída, la sacerdotisa madura e inexperta en los recovecos más groseros de la vida. Cómo relaja a la anciana la sonrisa de aquella buena mujer, pero poco dura la refrescante imagen, pues esa serpiente que la devora por dentro ha tenido a bien morderle las entrañas para saludar al nuevo día, y el rostro armónico de la gran vestal se trueca en horrible mueca ensangrentada. Tertia, acompasado su recuerdo con el dolor, contempla cómo el sagrado cuerpo sin vida de la madre de Roma yace en las escalinatas del templo de la Diosa, trágico fue su destino. Los ojos de Tertia están abiertos, espantados por la horrible visión, cuando entra en la habitación la fiel Florila acompañada de las esclavas que la asearán, y con las que la traen la medicina y el magro desayuno, un simple queso fresco de cabra. Su amiga la besa en la frente y percibe su temperatura elevada, la calentura ya no se le bajará ni con paños ni con caldos de ortigas. Pronto llegará el médico. Cuando los ritos del amanecer se han completado, Florila se aplica en su cegata labor cotidiana. La pequeña esclava coloca las agujas en las manos de la eterna compañera de Tertia y vigila para que no se le escapen los puntos. Te diré,  dómina, que poco antes de que despertases tuvimos visita. ¿Algún encargado, algún mensajero? No, que va, alguien que vino a visitarte. ¿A mí?, ¿quién puede interesarse por una vieja moribunda? Ay, querida Tertia, todos en Roma te aprecian. Ya será menos. Desde bien joven eras considerada como el genius de la ciudad, como la presencia viva de la piedad de nuestras mujeres. ¡Ay, Florila!, ¿no te has enterado aún de que era título heredado de mi madre y de mi abuela?, ¿que yo nada hice para merecerlo? Lo que quieras, pero todos te amaban, nunca nadie dudó de ti. Ya sé, mujer, pero ¿me dirás de una vez quién ha venido a visitar a la gran matrona que ya no puede ni controlar su vientre? Era Catón. Nada responde Tertia. Cierra los ojos y recuerda aquella mañana en el Foro. Ella iba en un palanquín, acompañada de su séquito, como de costumbre; Marco Porcio Catón caminaba descalzo y con el torso desnudo, también como de costumbre, aunque en su juventud tenía el hombre de qué enorgullecerse, pues sus músculos eran perfectos, su torso digno de Hermes, su apostura pretendía evocar la imagen que todos tenían de Rómulo. Sabía que era atractivo, qué duda cabe, pero ella nunca le hizo caso pues ya para entonces Publio Cornelio Escipión era el inevitable héroe con el que se desposaría, con el que deseaba engendrar la sangre nueva que salvaría a la República, el destino escrito por los dioses resultaba insoslayable. Tuvo que optar entre Aquiles y Agamenón, y optó por el primero, el mirmidón que humillaría el atrevimiento de los púnicos. El orador dio el alto a su comitiva como edil curul que controlara un cargamento de harina. Se dirigió a ella con ademán serio y con la palabra certera, ejemplar, pilum arrojado por el centurión del manípulo. Durante meses había estado rondando el momento oportuno para abordarla, pero Tertia siempre lo evitó, de manera que, obsesionado con la idea de conseguirla, se atrevió a dirigirle la palabra en mitad del Foro. Estaba claro que aunque se adornara con la musculatura de Heracles y con la lengua de Demóstenes, era un rematado imbécil. Habló de Roma, de la pudicitia, de la nobilitas, de la dignitas, de la auctóritas, del mos maiorum, y dijo que todas estas virtudes estaban en ella, pero también en él, que por separado eran dignas en ambos casos, pero que juntas, que unidas en un compromiso de vida, se multiplicarían en lugar de sumarse y que, en fin, le estaba proponiendo matrimonio como solían hacer los antiguos, decía, hablando con la rudeza del latín primigenio, sin adornos, sin flores ni artificios orientales. Ella calló, admirada por la impertinencia, ¿acaso había dado pie para tales expectativas? No era escasa la intrepidez del más puro de Roma. Ante el silencio admirado de Tertia, el orador añadió que la integridad del hombre se cohonesta con la pureza de la mujer. La joven, sin responder palabra, dio orden a los esclavos de seguir su camino. Vio entonces cómo se derrumbaron las montañas musculares del héroe aqueo, cómo se desinflaron los brazos poderosos, cómo se ahuecaron las facciones áticas y se mostró el trasfondo de calavera que siempre lo acompañó en su madurez. ¿Qué esperaría de ella?, ¿que se derritiera ante sus palabras de fuego? Ni adiós le dijo. ¿Desconocería aquel senador, el hombre más enterado de Roma, que Publio Cornelio se le había adelantado?, ¿sería aquella una acción desesperada para recuperar lo que creía suyo?, ¿una reacción ante la supuesta traición del amigo de infancia? A Tertia Emilia poco le importaban las razones de  comportamiento tan desmedido, y lo dejó con la hermosa palabra en la boca, con los grandilocuentes adjetivos alicaídos, con el honor del gladiador derrotado en la arena, con el sorprendido rostro del esclavo emasculado por el amo cruel. No tornó a mostrarse ante ella hasta pasados los años, cuando Publio Cornelio lo invitó a su casa con motivo de una celebración oficial. Está convencida de que en aquel encuentro, allá por sus tempranas juventudes, antes de que se casara con Escipión, se halla el origen de la enemistad eterna entre su esposo y el senador más íntegro de Roma, el censor, el que tanto mal hiciera a su familia. ¿Por qué crees que quiere verme, Florila? Aseguran que está enfermo, dómina, que sufre graves jaquecas. ¿Soy  yo médico acaso? Quizá el mal lo tenga en la conciencia. Bueno, en tal caso, él es muy puro y podrá sacrificar buenos corderos a Esculapio para que lo sane... No seas tan cruel, Tertia, ¿qué te cuesta recibirlo? Pero, ¿sigue ahí? Desde antes del amanecer. Pues que se vaya por donde ha venido, que lance a los cuatro vientos esa frase suya de que Cartago debe de ser destruida, a ver si Quirino se apiada de él, pero dime, ¿crees que tendrá los dolores a causa de su mala conciencia? No sé si la conciencia puede doler, dómina, pero sí su cabeza, aseguran que sufre mucho, y que en varias ocasiones se ha desplomado a causa del mal en plena sesión del Senado. Pues mira, se lo merece, lo estará castigando Dioniso por todo cuanto hizo contra sus mujeres, ¿acaso no te acuerdas de cómo se portó el senador descalzo con tu familia, Florila? Ya casi no, si te digo la verdad, soy tan vieja, querida amiga, que el amor y el odio se han ido por el desagüe de los años. Eres muy sabia, Florila, pero yo no puedo perdonar tan fácilmente, dile que se vaya y no vuelva, que mi hijo Lucio, el paterfamilias, no está en casa y que es indecorosa su presencia en ella. Se hará lo que ordenas, dómina. Ya se levanta Florila para cumplir la orden, cuando la enferma añade: al menos de momento, porque quizá Dioniso le conceda una última oportunidad para arrepentirse de sus crímenes, pero esto no se lo digas. ¿Por qué crees tal cosa, dómina? Porque los demás culpables fueron castigados mucho antes, mientras que a él, Eleuterio, amo del vino y de la venganza, le ha permitido una larga vida, ¿quién puede adivinar lo que prepara el Dios que siempre sorprende? Si tú lo dices... Eso, al menos, aprendimos tú y yo en sus Misterios, ¿lo has olvidado, Florila?

 



[1] Todos los días, el patrón recibía a sus clientes, tomaba nota de sus peticiones y les entregaba un regalo en especie, la sportula. La clientela fue el antecedente romano de la dependencia feudal medieval.



Entrega 6.- PARIDORAS DE CADÁVERES

  PARIDORAS DE CADÁVERES                                                I   Tertia Emilia ordenó que se subiera el telón y arrecia...