En la presentación de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar
Cántabro» en el Castillo de Argüeso, el 24 de octubre de 2025, se empezó
por hablar del neotérmino NEGACIONISMO. Este se definió como el rechazo de la
evidencia o la certeza científica, y se dijo que era un concepto peyorativo y
tendencioso, plagado de fakes y mentiras, como la existencia de gentes que niegan
la evolución o la esfericidad de la tierra, de los que el conferenciante dijo
no haber conocido a ninguno en su ya larga vida, por lo que creía que se
trataba de una mera leyenda urbana, un instrumento para el insulto, para decir
al contrario: eres negacionista, ergo, eres necio entre los necios, algo muy
propio de la cultura del zasca. Y dijo que él no usa jamás esa palabra de la
neolengua orweliana.
Pero
sostuvo que sí existe un pernicioso negacionismo oficial que tiene el objetivo
de transformar la realidad por sistema para imponer discursos que benefician a
las élites, o para ridiculizar la evidencia.
Es
el caso, afirmó, del negacionismo historiográfico, potenciado por las más
elevadas instituciones culturales. Un negacionismo que se caracteriza por la
minusvaloración de las Guerras Cántabras, a las que inserta en una mera
voluntad propagandística de Octavio Augusto; por una ubicación de la contienda
sólo en el Sur de Cantabria, en los grandes Oppida, porque el interior, según
esa corriente seudocientífica aunque oficial, estaba casi deshabitado, o
poblado por salvajes aislados y rudos; por sostener que los únicos civilizados
eran los castros del sur, y más bien poco; por mantener que se produjo un
exterminio definitivo del pueblo cántabro, con lo cual se abona la idea de que
no tuvieron presencia posterior, que fueron un hecho heróico aislado y, por
supuesto, se caracteriza por afirmar que no eran celtas. Todo ello sostenido
desde los despachos, sin que las uñas de los negacionistas institucionales se
manchen con el polvo de los yacimientos.
Con
esto se niega la evidencia científica que, desde hace más de treinta años han
desarrollado los arqueólogos profesionales independientes, según los cuales ―y
lo han demostrado con creces―, las Guerras Cántabras fueron un acontecimiento
bélico único en el mundo romano; se enmarcaron dentro de un complejo sistema
geoestratégico; fue un conflicto en extremo duro, tanto en el sur de Cantabria
como en el norte. Además, ha quedado claro que los cántabros no eran tan
salvajes como la propaganda romana decía ―heredada por los voceros históricos
del imperio― y que los resistentes sobrevivieron, por lo menos hasta el siglo
VII. Decía Joaquín González Echegaray, afirmó, que esta gesta de mantener su
cultura durante siete siglos no fue inferior a la de resistir con el brío que
lo hicieron a las legiones romanas. Además, también queda claro que si no eran
celtas, lo cual está por ver, sí estaban suficientemente celtizados.
Esta
aportación científica que se niega por parte de algunos, está basada en la
Arqueología de Guerra. En especial en la dinámica de combate de las legiones de
Roma, constructoras de los esforzados “Castra aestiva”, campamentos que los legionarios
construían cada día y demolían al siguiente ―en muchas ocasiones para que no
cayeran en manos del enemigo―, pero que han servido para conocer gracias a los
materiales perdidos y abandonados, por dónde fueron, cuántos eran, dónde
encontraron resistencia y hasta cómo se desarrollaron las batallas. Las fuentes
arqueológicas, dijo, han hablado con más fuerza que los textos de los autores
latinos o, por lo menos, con mayor certeza geográfica, cronológica y secuencial.
Vino
luego una interesante exposición sobre cómo se desarrollaron las fases del
conflicto, la importancia de la guerra cantábrica en comparación con la guerra
de la Galia de César, la geoestrategia de Augusto, que pretendía mover pieza en
Cantabria para, luego, con la espalda marítima cubierta, poder invadir Germania
tomada entre dos fuegos: el terrestre y el marítimo. Se habló de la semejanza
entre la guerra del Vietnam para los americanos y las Guerras Cántabras para
los romanos; sobre las tres columnas que penetraron en Cantabria en la campaña
del 26 antes de Cristo; sobre la resistencia que encontraron; sobre la toma de
los castros del poblado Valle del Híjar y sobre la dura lucha en la Cantabria
ultramontana, de las Peñas al Mar.
Luego
se trató el concepto de Epopeya y el de Espacio Épico, se distinguió entre
ficción histórica actual y drama antiguo. Se definió, en fin, el espacio
narrativo de “Cantábrica”, con una minuciosa exposición del contenido de la
trilogía, con especial subrayado de los 19 capítulos dedicados al Sur de
Cantabria, dentro de los cuales, diez se correspondían al Valle del Híjar, el
entorno del Castillo de Argüeso.
Por
último se comparó el enfoque ya tradicional desde hace treinta años de la
mitología de Cantabria, basada en una literatura meramente infantil y no
comprometida, con el dado por los vascos a su mitología ―de fundamentos técnicos
e historiográficos no superiores a los cántabros―, con una vinculación
coordinada, ordenada y sistematizada entre el mito y la historia. Mientras en
Cantabria se ha hablado durante tanto tiempo de anjanucas graciosas,
ojancanitos buenos y trasgus traviesos, en el País Vasco se ha enfocado la
mitología en torno a temas como la fundación del Señorío de Vizcaya, con Jaún
Zuría a la cabeza, las leyendas fundacionales de Aitor, la vinculación de la
diosa madre, Amalur, con la casa de Haro y una presencia al máximo nivel
institucional y cultural, como es la Universidad del País Vasco, donde hasta se
trabajan líneas doctorales con tales materias.
Se
propugnó la superación de la mitología infantil y no comprometida de Cantabria,
tan a gusto de determinadas castas, por una mitología adulta, completa,
redonda, cerrada, con base científica, vinculada al folclore y que persiguera
la afirmación de la identidad cántabra. Vamos con cien años de retraso con respecto
a los vecinos vascos, que no tienen más mérito histórico y arqueológico que nosotros,
sostuvo.
Pero
no una identidad inventada, creada y generada para negar la singularidad de los
demás. Se trataría de una identidad no nacida para imponerse, sino como lugar
de encuentro para una oposición eficaz a los procesos disolventes de la
globalización.
A
diferencia de otras mitologías, recreadas como sacadas de los caseríos de hace
dos mil años como si se tratara de realidades míticas actuales, la mitología
que se propugna en “Cantábrica” es meramente literaria, basada en la
fantástica, una lógica diferente a la científica, ni peor ni mejor, sólo
diferente. Este aspecto de tratado LITERARIO de mitología, fue subrayado por el
autor desde el comienzo mismo de la charla.
Al
final del encuentro, este conoció a una persona que se presentó como fundadora
del poblado cántabro de Argüeso, la cual manifestó su completo acuerdo con las
tesis planteadas. El autor le preguntó por cuál creía que fuera la razón de la
minusvaloración de lo cántabro por parte de determinadas instituciones. No cabe
duda, respondió aquella persona, para que no se forme una identidad colectiva
que ensalce el heroísmo de los antepasados.
Tanto
el autor como los editores quedaron muy agradecidos a las personas que se
desplazaron hasta tan remoto lugar de Cantabria desde Santander y desde Argoños,
aparte de la masiva presencia de aguerridos reinosanos y reinosanas.
Todos
saben ya, a estas alturas, que esta presentación de “Cantábrica” será
irrepetible en contenido y en forma. Por eso se reseña aquí, para que quede
constancia. Por eso se va formando ya un grupo de gentes que nos siguen. Por
eso insistimos tanto y pateamos los caminos de Cantabria con esta obra que es
más que una trilogía: es un mensaje para los tiempos futuros e inminentes.