SINOPSIS
Tras la batalla de Ticino, (328
a.C), las mujeres de Roma se rebelaron porque no recibían información sobre los
fallecidos en combate. Ocuparon el Foro con un improvisado campamento,
hostigaron al Senado y disertaron desde las Rostra, lugar reservado para los
hombres. Las romanas incrementaron sus protestas antibelicistas batalla tras
batalla, hasta que la lucha culminó en la dura represión, con Aníbal a las
puertas, en la que más como sacrificio humano que por otra razón, fueron
ajusticiadas dos vestales, con lo que el Senado logró frenar las protestas.
Esta fase represiva culminó en la publicación de la humillante Lex Oppia contra
el lujo, con la que se pretendía poner en su sitio a las revoltosas. Pasados
diecisiete años, ya finalizada la segunda guerra púnica, las matronas se
lanzaron de nuevo a la calle para exigir la derogación de dicha ley. Se sentían
empoderadas porque la muerte en combate de muchos paterfamilias, les había
facilitado una amplia libertad al poder manejar sus patrimonios sin tutela
masculina. En esta segunda rebelión, las mujeres de Roma organizaron scraches, manifestaciones,
concentraciones, e incluso actos de violencia callejera, tumultum, que terminaron con la victoria del movimiento al lograr
la derogación de la oprobiosa ley. Sin embargo, el reflujo represivo sería
imparable y en extremo sangriento, pues se dictó el Senatusconsultum contra las bacantes, seguidoras del dios Baco, a
las que se acusó de pretender apoderarse de la República, y fueron ejecutadas
miles de ellas junto con los hombres que las apoyaban, tenidos como afeminados.
Muchas murieron a mano de sus propios padres y esposos por delegación del
Senado.
Como
sucede en todas las revoluciones que nacen a consecuencia de una guerra, los
poderosos temían más a las fuerzas transformadoras, el poder femenino en este
caso, que al enemigo mismo: eran las rebeldes más peligrosas que Aníbal para
los senadores de Roma.
Estas
revueltas supusieron el preludio de las guerras sociales que caracterizaron el
final de la República, y que provocaron el advenimiento del Principado con
Augusto. Aquí se narra la epopeya de aquellas heroicas mujeres, rabiosas hasta
el delirio. Tras la revolución de las matronas romanas, la mitad de la Humanidad, la femenina, vivió
en los márgenes de la Historia hasta el advenimiento de las sufragistas
inglesas.
MÁS
TEMIBLES QUE ANÍBAL
Javier
Tazón
Más temibles que Aníbal
©Javier Tazón Ruescas, 2021
jtazonruescas@gmail.com
http://nuevanovelahistoricatazon.blogspot.com/
ISBN 978-84-09-32171
Dep. Leg. DL SA 371-202
Portada y maquetación:
Maiki Niky Design (Rosa Ceballos)
www.maikinikydesign.es
Registro de la Propiedad Intelectual Nº 00/2018/2078
El 17 de
octubre del año 186 a.C., hace dos mil doscientos años, el Senado publicaba el
edicto de persecución contra las bacanales. ¿Cómo había llegado Roma a adoptar
esa decisión? ¿En qué ambiente social toma cuerpo una determinación tan brutal
como para someter a feroz purga una manifestación religiosa?
Pedro Ángel Fernández
Vega
Corrupta Roma
(Esfera de los libros,
2015)
El
pilar, cimiento y pedagogía de todo poder, por la profundidad histórica que lo
torna fundacional y por la actualización constante de su estructura, es el
patriarcado.
Rita Segato
La
guerra contra las mujeres. (Traficantes de sueños, 2016)
Dioniso es tu soberano,
no la ciudad de Tebas.
Eurípides.
Las Bacantes.
A las
hijas rebeldes de Líber, de Dioniso, de Baco, del dios que viene, el que asoma
desde el fondo de sus entrañas, y que traerá la libertad definitiva al género
humano.
REBELDES
EN EL FORO
I
Un primer proyectil acertó al
senador, otro lo siguió y luego otro. Mancillada quedó la toga albina, de
pliegues sonoros. Poco le quedaba al
hombre de la soberbia con que, instantes
antes, se dirigiera a las mujeres concentradas en el Foro. Aún resonaban las
palabras que acababa de pronunciar: vuestro comportamiento, matronas, es
indigno de unas romanas; en lugar de andar preguntando por batallas y
resultados, cosa que no os interesa, por vivos o por muertos, deberíais estar
en casa, el lugar que corresponde a las hembras honradas, atendiendo a la prole
y rezando a los dioses manes para que os devuelvan con bien a vuestros hijos y
esposos; ¿cuándo se ha visto que las mujeres ocupen el Foro y se suban a las
Rostra?; este acoso al Senado es reprobable; ¿qué queréis, sucias?, ¿acaso
estáis en celo?…
El
tercer impacto le había acertado en el rostro. El hombre, atónito, se palpaba
como para comprobar la naturaleza de la inmundicia que resbalaba hacia la boca:
era bosta fresca de caballo. Dos esclavos atendían al agredido orador e
intentaban ponerlo a resguardo en el interior del templo de Cástor y Polux donde
se reunía el Senado para debatir sobre el desastre de la batalla del Ticino.
Varios senadores, soberbios los ademanes, salieron con intención de restaurar
el orden. Uno de ellos, rojo de furia, puños en alto, sustituyó al alcanzado
por la contundencia de los cagajones, pero sólo pudo pronunciar con poderosa
voz la palabra sacrilegio, antes de
recibir en la boca el premio a su arrojo. ¡Toma, perro! Otro proyectil lo
alcanzó en la frente. Qué olor, qué sabor, qué resbaladiza la certera puntería
de la masa. Los gritos e insultos de las mujeres se agigantaron: ¡sois unos
desgraciados! ¡Decidnos de una vez qué ha sido de nuestros esposos y de
nuestros hijos! Se entrecruzaron las voces justicieras: ¡No os tenemos miedo!
¿Por qué no habéis ido vosotros a combatir en lugar de ellos, cobardes? ¡No
sois padres de la patria, sois sus carniceros!
Treparon
las injurias unas sobre otras: ¡Este Foro es de Roma, y nosotras somos romanas!
¡Nosotras os hemos parido a todos!, ¡inútiles! ¡Nosotras somos Roma! Se
fundieron las voces en un grito común. ¡Vesta es nuestra madre, tú eres el
sacrílego! ¡Hemos perdido la vergüenza, claro que sí! Las falanges de
proyectiles se alinearon en las manos de aquellas furias, cayeron como hordas
galas sobre la nívea toga del valiente y se introdujeron en su boca abierta,
desmesurada para pronunciar el anatema. El sonido pegajoso de los impactos,
rebotó en los espíritus de los anonadados patricios que desde la puerta del
templo observaban, acobardados, el motín. ¡Toma!, ¡toma sacrilegio! El intrépido
orador, blanco de las iras de las mujeres, también hubo de retirarse. Su
varonil voz se trocó en maullido aterrado. Pasarían del millar y ya ascendían
la escalinata presidida por las estatuas de los Dióscuros. Los senadores y sus
criados corrieron con la valentía arrugada hacia el interior del templo. ¿Cómo
se atrevían esas perdidas a molestar al sacrosanto colegio senatorial justo
cuando la pezuña del caballo de Aníbal golpeaba las puertas de Roma? ¡Qué
vergüenza! Las enajenadas, seguro que poseídas por el dios Baco, el irracional,
el opuesto al viril Apolo, parecían decididas a penetrar en el edificio. Por
fortuna, sólo alcanzaron a aporrear los portones cerrados justo a tiempo. Mil
aldabas retumbaron al unísono. Silencio estremecido en el interior. Pasmo
helado en los rostros de los hombres escondidos. Los gritos de las mujeres se
clavaban, como dardos de jinetes medos, en la centenaria puerta del templo más
antiguo de Roma.
Lelia
fue la primera en gritar que no se moverían de allí hasta que se presentase
ante ellas algún honorable, algún cónsul, algún magistrado menor, un tribuno,
un mero cuestor, el que quisieran, para informarles de si sus esposos, padres e
hijos, se contaban o no entre los supervivientes. ¿Por qué se empecinaban en no
darles razón de ello? ¿Qué significaba aquel silencio? Seguro que todos han
perecido, hermanas, se decían, dos legiones destruidas, ¡es horrible! No se
explica, si no, por qué nos tratan así. No se atreven a decírnoslo, eso es
seguro. Claro, porque nos tienen miedo. ¡Mejor, que nos teman! ¡Cómo no vamos a
preocuparnos por los nuestros! ¿Tan difícil será contar la verdad? Es cierto,
si nos dijeran lo que queremos, nos iríamos sin más a llorar a nuestras casas.
Como zumbido de avispas recorrían estos comentarios, las ya densas filas de las concentradas. ¡Hermanas! No nos
moveremos de aquí, exhortó Lelia a las presentes. Resistiremos su menosprecio
como Cocles resistió a los etruscos sobre el puente del Sublicio,
¡aposentémonos en el Foro, que también es nuestro! Todas la aplaudieron. En
menos tiempo del que tardaron en encender una hoguera para calentar gachas,
montaron el campamento protegido por una empalizada invisible, trenzada de
temores suspiros y esperanzas. Se sirvieron de vejerías traídas de sus casas:
pequeñas lonas prestadas por algún
comerciante, postes que hacían malos equilibrios clavados entre las rotas losas,
cuerdas usadas. Era un tinglado en forma de tela de araña afianzado con maromas
sujetas a las estatuas del Foro. Nadie tuvo valor para oponerse a la decisión
de las mujeres: ni los senadores, ni la guardia urbana, ni magistrado alguno.
La noche fue larga, pero las concentradas se sentían animosas, fundidas en su
dolor. Los senadores, aplazada la reunión, salían por grupos del templo de los
Gemelos. Avanzadillas de mujeres los acosaban con improperios. Las togas
blancas, iluminadas por la luz de la luna llena, se escurrían veloces por las
esquinas del Foro, temerosas quizá de una violación. El mundo se había vuelto
del revés.
Compartían
las mujeres cánticos y marmitas. Hasta se permitieron la risa, ¿qué mejor
medicina en tiempos de adversidad? Me gustaría ver cómo se lo cuentan a sus
esposas, decía una. ¿De dónde vienes, Licinio, con esa toga llena de porquería?,
añadía otra con voz afectada. ¿Has
estado jugando con tus amiguitos otra vez? Y otra afectando irritación: ¿Cómo
que han sido las mujeres?, ¿qué mujeres?, ¿matronas?, ¿qué matronas? Reían
imaginándose los celos de las patricias: Yo sí que te voy a dar a ti matrona,
Visanio. Esta noche te vas con esas frescas, que yo cerraré las piernas pero
que muy bien cerradas…Estallaban las risas. Con cánticos y danzas calentaban la
espera, estrechaban lazos, atenuaban miedos, unían corazones. Pero la noche era
larga y fueron calmándose los ánimos poco a poco. Cada una se acomodó donde
pudo para acariciar sus temores, reconfortadas por la cercanía de las hermanas
de sufrimiento, acunadas por el jaleo de las pocas que aún seguían charlando,
riendo o llorando. De vez en cuando el duermevela se veía interrumpido por el
llanto de algún pequeño que reclamaba su ración de pecho, pues muchas no habían
tenido más remedio que llevar a sus bebés al improvisado campamento. Lelia las
miraba y reflexionaba sobre las consecuencias de la nunca vista acción que
estaban protagonizando. Se había convertido en cabecilla de un grupo de
rebeldes, además mujeres, crimen sobre crimen. Pero tenían la razón y su
comportamiento era proporcional a la injusticia que sufrían. Las matronas que
la acompañaban no eran leprosas. Los pequeños que dormían pegados a los pechos
de sus madres y cubiertos con mantas apolilladas no eran crías de animales.
¿Por qué los senadores se sentían con derecho a maltratarlas?
Lelia Paulina—esposa
de Cayo Floronio, de la unidad de princeps,
y madre de Marco, de la unidad de hastatii—,
desconocía si sus dos hombres yacían en el campo de batalla del Ticino.
Sólo quería tener noticia de ellos. No ofendían al Senado con sus llantos, ¿por
qué no respetaban a su vez aquellos graves patricios el dolor de las matronas?
Cuatro hijos parió y sólo uno era varón. Las otras tres estaban condenadas al
sufrimiento reservado por los dioses para las mujeres; dos eran gemelas,
Floronia y Secunda; la pequeña no pasaba de diez años, Florila. La madre, que
al día siguiente sería considerada por toda Roma como una réproba, no se
quejaba de su suerte, grabada en la piedra del Destino para todas las romanas,
pero no entendía que su justa demanda provocara tanta aversión entre los padres
de la patria. ¿Por qué no se les satisfacía con amabilidad? Las mujeres no
exigían cariño, ni comprensión, sino sólo la mera cortesía debida entre vecinos.
A su lado, la pequeña Florila dormía con la placidez que sólo permite la
infancia. Claro que levantarían el campamento y regresarían a sus casas si
fuesen debidamente informadas, ¿era eso tanto pedir? ¿Qué harían ella y sus
hijas de haber muerto Cayo y Marco en combate? Nadie estaría obligado a
mantenerlas. Las despensas parecían más
que terciadas ya, ¿cuánto tiempo resistirían?
Junto a
la hoguera, una que mecía a un niño en los brazos murmuraba incansable sobre
las grandes damas. Por fortuna, Floronia, hija de Lelia, la gemela que naciera
en primer lugar, fue consagrada desde su infancia al servicio de Vesta, una
boca menos, una plegaria permanente por la familia ante el altar más importante
de Roma. Fue una consagración tan milagrosa como la belleza misma de las dos
gemelas, pues Floronia accedió a la sagrada congregación en ausencia de mejor
candidata; se comentaba que los augures habían detectado ciertos signos de
inequívoca desgracia para la que fuera elegida y que por esa razón ninguna hija
de las grandes familias se presentó como postulante, pero los Floronio no
temían, pues en su domus siempre
ardía el fuego frente al altar de la madre Vesta, quien no permitiría que le
sucediera mal alguno a la muchacha. La gran vestal, Opimia, había informado a la
madre de que la pequeña sacerdotisa encomendaba su familia a la diosa cada
mañana, tras avivar el fuego sagrado. ¿Y Secunda?, ¿qué haría la gemela de la
vestal si hubiera muerto su amado
Cantilio, alistado también en el ejército derrotado del cónsul Escipión?
Amado, sí, pues a la madre no se le escapaba la dirección de las miradas
cruzadas entre los dos jóvenes y conocía la naturaleza de esa brisa que soplaba
en torno al corazón de la hija. ¿Quedaría algún hombre vivo en Roma? ¿Cómo
evitaría la amenaza de indeseables como Tito, perro en celo que durante tantos
días rondara la casa tiempo atrás? ¡Era tan bella! ¿Quién podría defenderla
como Marco y Cantilio cuando pusieron en fuga, a pedradas, al canalla?
Casi
todas las voces habían cesado. El crepitar de las llamas era acompañado por
algún leve ronquido. Las más pensaban con los ojos cerrados y daban vueltas y
revueltas a sus preocupaciones. ¿Las echarían de aquel lugar al día siguiente?
¿Las encerrarían? ¿Más dolor? ¡Qué importaba eso ya! Lelia apenas podía contener su llanto: ¡oh,
Cayo, esposo!, ¿qué te han hecho? ¡Oh, Marco, hijo mío, aún recuerdo tus labios
ansiosos de bebé colgados de mi!, ¿qué tierra llenará ahora tu boca? ¿Sabrían
las soberbias esposas de los patricios si sus hombres o sus hijos habían muerto
en la batalla? Seguro que a ellas el
Senado las habría tratado con delicadeza e informado de inmediato sobre la
suerte corrida por los suyos. Las únicas indignas parecían ser las matronas
pobres; a ellas se las podía desairar y despreciar sin reparar en agravios. Un
tímido resplandor que se extendía ya por el monte Palatino anunciaba al sol que
pronto treparía a los tejados de las mansiones y de los templos que lo
coronaban. El calendario estaba muy avanzado y el astro dios, agotado por arrastrar tan larga
cola de días, parecía tener dificultades para conducir aquel carro hasta la
cima del monte, pero no fallaría a las mujeres que esperaban ansiosas los rayos
que calmarían su destemplanza. El invierno del año quinientos treinta y seis
desde la fundación de la Urbe se presentaba benévolo. Más de trescientos de
República en los que no se lograra aplacar el olor a podrido que invadía el
Foro cuando el Tíber venía escaso de agua.
Como
para compensar por tanta hediondez, el amanecer regalaba el espectáculo del
incendio del tejado de la Concordia con llamas de juguete. En su frontis se
acababan de posar dos parejas de cuervos, ¡muy mal augurio!; como tampoco era
buen presagio el olor nauseabundo que al amanecer resultaba insoportable, ¿se
estarían abriendo las puertas del Hades? Según Lelia, seguro que si Aníbal se
enterara preferiría no conquistar Roma, o quizá tuvieran suerte los romanos y
el cartaginés terminaría por levantar el suelo y arreglar las alcantarillas de
la Cloaca Máxima, casi trescientos años ya oliendo a podrido. ¿Tendría que
llegar un nuevo Tarquino, una testa coronada o un general extranjero sólo para
ejecutar tan cívica tarea? ¡Qué pensamientos! ¿A qué olería su casa cuando
estuvieran vacías las despensas? ¿Sería mucho pedir que Concordia, la buena diosa del hogar y del
matrimonio, se apiadara de ella y de sus hijas Floronia, Secunda y Florila? El
arrebol que iluminaba ya el tejado de la casa de las Vestales era una promesa
de calor para los huesos de aquellas mujeres, resentidos por partos, resentidos
por interminables sesiones de lavado en el Tíber, resentidos de portar capazos
sobre las cabezas, resentidos por la vigilancia de las marmitas de hambre,
huesos resentidos por la vida y la desesperanza al ver que nada cambiaba,
resentidos por la incertidumbre. ¿Qué habría sucedido en el río Ticino?
II
Pocos días antes, en la ribera
del Ticino, los mílites de la República distraían su inquietud haciendo rodar
los dados.
¡Voy al
seis! ¿Alguien más apuesta? Yo, otros dos ases. ¡Los subo con uno! Marco y Cantilio,
inseparables amigos —grande y musculoso el primero, ojos de águila; bajo y
curtido el segundo, ojos inexpresivos—, estrenaban armas. Los veteranos
aseguraban que el peor momento de cualquier batalla es aquel en el que no se ve
el rostro del enemigo, cuando sólo lo puedes imaginar, pero también
garantizaban que al tenerlo cara a cara, los resortes aprendidos durante los
entrenamientos en el campo de Marte se imponían y el pánico se esfumaba, decían
que en ese momento sólo se tenía una idea: vencer para acabar lo antes posible.
Los otros seis compañeros del contubernio de hastatii en el que se hallaban integrados eran también novatos,
ocho jóvenes desgarbados que compartían tienda, hoguera y miedo. Apenas cenaron,
apenas bebían, apenas hablaban. Jugar a los dados era el mejor ejercicio para disimular
el terror que sentían. Los arrojaban con brío y hacían ademán de reír.
Aparentaban que nada les importaba más que ganar la partida. Tres unos, dos
doses. ¡Vuelve a tirar! ¡Un seis, un cuatro, tres cincos, yo gano y Marco se
va! ¡Cuatro unos y un dos para Cantilio, otro fuera del juego! ¡Hoy no es
vuestra noche, amigos!
Marco y
Cantilio se retiraron del juego y se acercaron a la hoguera para calentarse.
Esporádicas canciones aquí y allá rompían el monótono crepitar de las llamas.
En la lejanía aullaban los lobos. El invierno estaba encima, pero aún no se
notaba su rigor. En cuclillas frente al fuego, los dos amigos contemplaban la
espléndida fiesta de un contubernio cercano integrado por veteranos. A
diferencia del contubernio de novatos, en aquel otro corría el vino, se
entonaban canciones, brincaban baladronadas, danzaban cicatrices, salían a
relucir sempiternas historias entre falsas y verídicas, se hablaba de las
mujeres que desventrarían al día siguiente: galas o púnicas, blancas o negras,
hermosas u horribles, putas o vírgenes, daba igual, eran siempre la más sabrosa
parte del botín. ¿Cuántas acompañarían a los cartagineses?, ¿habría para todos?
Uno de los legionarios gritaba más que el resto, bebía más que todos y agitaba
los brazos, de pie, mirando de continuo hacia la hoguera en que Marco y
Cantilio se calentaban. ¿Has visto a aquel? Es difícil no fijarse en él, Marco.
Mucho mira hacia nosotros, ¿será capaz de venir a provocarnos? No me
extrañaría, amigo. ¡Valiente cabrón!, ¿has visto el armamento que lleva,
Cantilio?, el correspondiente a la mejor unidad, la de los princeps. Pastorear putas da para mucho, compañero; vamos a tener
problemas con él. Ya nos dijo mi padre que le había visto, pero que él
procuraba rehuirlo. Sí, pero esta noche está muy bebido. O se hace el borracho.
Yo tengo la daga a mano, Marco. Sujétala fuerte porque aquí viene, ¿no te
decía? ¡Estemos alerta!
Tito,
espigado como una lanza, huesudo como un cadáver, huérfano de pelo y con una
sandía por cabeza, se acercaba a trompicones a la hoguera de los dos amigos.
Estos se preparaban para recibirlo. Una vez más el enfrentamiento con aquel
pendenciero sería inevitable. Los dos sabían cómo se las gastaba su adversario
y que una de sus estratagemas era la de fingir estar borracho para, con tal
disculpa, soltar la lengua y provocar, aparte de que con sus aparentemente
torpes movimientos los contrarios se confiaban más de lo conveniente.
Recordaban cómo, dos meses atrás, los provocara con las mismas artimañas en las
termas y cómo los tres fueron expulsados del establecimiento por pendencieros.
¿Qué nos cuentan nuestros novatos?, dijo Tito en cuanto estuvo frente a ellos. Los
amigos permanecían en cuclillas, silenciosos y tensos. ¿No oléis un poquito a
mierda?, dijo el recién llegado dándoles la espalda y dirigiéndose a los que
jugaban a los dados. Pero no, claro, no va por vosotros, sino por esos dos.
¿Sabéis que yo me he llevado al catre a la hermana de ese?, y señaló a Marco.
¡Qué hembra! ¡No os lo podéis imaginar! Era toda una furia y tenía la cara de
vestal, sí, de vestal pura y virgen, sólo apariencia, claro, pues la moza es
puta y reputa, y volviéndose a Cantilio: ¿verdad que es cierto?, ¿tú también la
has probado? El aludido permanecía inmóvil, víbora amenazada. Tito echó un
trago de la jarra que llevaba en la mano; se tambaleó. Marco y Cantilio no
terminaban de responder a su provocación, sólo lo miraban con resuelta frialdad.
Tito, con voz cada vez más pastosa y torpe, lanzó otra andanada de injurias: dicen
que vas a casarte con ella, amigo Cantilio, pues ya puedes estar preparado,
porque es una gran ramera y hasta hace algún trabajito para mí, ¿no lo sabías?
Otro trago. De nuevo inestabilidad. A punto estuvo de caer sobre el fuego. Uno
de los que jugaban a los dados se incorporó, lo sujetó e hizo señas a Cantilio
para que tuviera en cuenta que estaba muy borracho. El provocador rechazó los
brazos conciliadores. Pero no te apures, continuó, porque yo pagaré siempre
bien, que entre colegas ya se sabe, la puta de mi compadre es mi puta...
¡Venga! ¡Echa un trago, Cantilio! ¡No me lo desprecies! ¡Por el coño de Secunda, tu futura esposa! Los compañeros
de contubernio se apartaron. El borracho había llegado demasiado lejos con su
bravata. El enfrentamiento era inevitable. Cantilio se levantó con el puñal en
la mano. Tito arrojó la crátera de vino y sacó el suyo. Marco también se
incorporó. Cantilio le rogó que se apartase, que le dejara a él acabar con el
enemigo común. El fanfarrón rió y afianzó los pies, súbitamente sobrio. Las dagas
cortaron el aire con sus fintas hasta
que los dos hombres se sujetaron las manos, forcejearon y Cantilio terminó cayendo
zancadilleado por Tito, experto en peleas de esquina. Este logró acaballarse
sobre el novato. Secunda es una puta, ¿escuchas?, una puta de las peores dijo
el agresor justo cuando el brazo del muchacho terminó por ceder y el filo del
arma se apoyaba ya en su cuello. Marco se disponía a arrojarse contra Tito,
pero no fue necesario. De las sombras surgió un gigante que había presenciado
la escena, alguien que propinó una contundente patada a Tito. Este rodó por el suelo y, sin tiempo para
reaccionar, sintió el gladium del
recién llegado sobre la garganta. El centurión del manípulo vigilaba desde
hacía días el comportamiento de aquel legionario camorrista que se las daba de
veterano. Ordenó su arresto y reclusión en el carromato disciplinario y
sentenció, sin posibilidad de apelación, que Tito no participaría ni en el
combate del día siguiente, ni en el reparto del botín. Y vosotros dos, dijo
dirigiéndose a Cantilio y a Marco, preparaos para descargar vuestra furia
mañana en el combate, ¿entendido? ¡Que no vuelva a veros enzarzados en otra
pelea!... ¡Venga, se ha terminado la representación! ¡Todos a vuestras tiendas
y a descansar, que mañana nos las veremos con animales peores que este hijo de
mala madre!, y dirigiéndose a sus
auxiliares: ¡lleváoslo de una vez!, ¡no
quiero volver a verlo!, y ponedle grilletes; así recordará mejor que en la
legión la furia debe guardarse siempre para el enemigo.
Sólo uno
de los espectadores no se retiró, un componente de la unidad de los princeps. Se acercó a Cantilio y lo
abrazó. Era Cayo Floronio, padre de Secunda y de Marco. Colocó sus dos manos en
los hombros del joven y lo miró de frente. A partir de hoy te considero mi
hijo, Cantilio. Gracias, Cayo. ¿Cuento con vosotros dos para darle su merecido
a ese mal nacido cuando todo esto acabe? Los
jóvenes asintieron. Supe por mi esposa, Cantilio, que ayudaste a mi hijo
a ahuyentar a ese canalla hace varios meses, cuando intentó asaltar a Secunda
en la fuente. Era mi deber, Cayo. Además, nuestros dioses lares hacen su labor,
añadió Marco, no abandonan a la familia. Eso es cierto, hijos, pero Secunda es
demasiado bella y ya sabéis que la hermosura resulta peligrosa, los lobos la
huelen a distancia. Es bellísima, afirmó Cantilio iluminado el rostro por el
recuerdo. Mi hija precisa a su lado un hombre fuerte como tú, Cantilio, aparte
de su hermano que siempre la ha defendido... También yo permaneceré siempre a
su lado. Los dos hombres entrechocaron sus brazos. Acababan de firmar un trato;
el futuro de Secunda estaba asegurado. En fin, hijos, olvidad este incidente y
descansad, que mañana será un gran día. No te dejaremos mal, padre. Me bastará
con que consigáis que la unidad de los princeps
no tenga que entrar en combate. Ya sabéis que somos unos vejestorios. Los tres
se abrazaron y se despidieron. Los del contubernio continuaron con su partida
de dados.
Marco y
Cantilio, aún conmovidos por cuanto sucediera, se tumbaron uno al lado del
otro, los ojos perdidos en el firmamento estrellado. Los demás compañeros les
pasaron un pellejo de vino que ellos estrujaron por turnos cuanto pudieron. ¿Lograrían
dormir antes del alba? ¿Conciliaría algún legionario el sueño aquella noche?
Todos fueron testigos de cómo un lobo se había introducido hacía días en el
campamento, de cómo fue perseguido, de cómo hirió a varios que lo acorralaron
y, de cómo, finalmente, logró escapar. Todos se enteraron, aunque los mandos
pretendieron ocultarlo, del veredicto dado por los augures: que aquel lobo era
Aníbal, y que el campamento representaba a Roma misma. ¿Quién no sabía que, un
enjambre de abejas se posó frente a la tienda del pretorio, y que construyó
allí su colmena? También trataron de ocultar el dictamen de los sacerdotes,
pero se extendió entre la tropa la certeza de que la colmena representaba a los
cartagineses y que el pretorio era también Roma. ¿Perderían la batalla?, ¿Roma
humillada por unos bárbaros? Muy rápidos fueron los sacerdotes cuando
aseguraron que las entrañas del toro sacrificado esa misma mañana estaban
limpias de mácula; algún veterano, sin embargo, sostenía que el hígado y el
estómago eran negros, y que los expertos oficiantes ocultaron los despojos para
que no se enterasen los soldados. Pero la noche avanzaba, y era preciso
ahuyentar tan oscuros pensamientos. ¿De qué servía preocuparse más? El Destino
diría su última palabra al día siguiente. Marco, te aseguro que estoy decidido a regresar con vida… Así me
gusta, Cantilio, y yo volveré contigo pero, ¡brindemos ahora por Secunda, tu
futura esposa!, dijo el amigo y dio un fuerte apretón al pellejo. Cambió este
de mano… ¡Por Secunda, tu bella hermana! Y corrió la sangre de Baco por sus
gargantas, y se aquietaron los pensamientos, y algo pudieron dormir antes de
que los clarines de Marte atronasen en el aire levantado por Aurora, la diosa
Eos, la que precede a la luz de la mañana.
III
La mañana era fría en el Foro de
Roma. Febo parecía reacio a calentar las espaldas de las mujeres. Muchas manos
se extendían hacia la fogata comunitaria, entre ellas las de Secunda, la hermosa
hija de Lelia, que había corrido junto a la madre en cuanto se enteró del cerco
al Senado. Todos sus hijos se parecían a ella cuando era joven, en especial las
gemelas Floronia y Secunda, aunque la nariz era de los Floronio, un pegote que
a los pobres les descendía recto desde la frente como una lanza puntiaguda y
que, pasados los años terminaría en porra boca abajo, como la aldaba de su
padre, aunque a la madre le gustaba. ¡Menos mal!, solía decir el pobre Cayo cuando
alguien se lo hacía notar, si no llega a ser por ese detalle no sé qué hubieran
pensado los vecinos, y reía con ganas. ¡Ay querido!, ¿dónde estarás ahora? Eran
felices a su modo hasta que padre e hijo se integraron en la fuerza del viejo
Escipión. Decían que Cayo acumulaba muchas deudas y que por eso se las apañó
para ser admitido en el ejército antes de que fuera llamado a él. Lelia no
estaba segura de que tal fuera la causa, al menos nada le dijo el esposo antes
de partir, ¿no querría preocuparla?, ¿o era porque pensaba que no lo iba a
comprender?, ¿que era tonta por ser mujer?, ¿acaso no hay mujeres listas como
linces? Qué bien hizo en no aceptar el dinero que le ofrecía en préstamo esa
furcia de Faustina, la pompeyana; los hombres no deben enterarse de los pactos
entre nosotras, decía, e insistía en que tomara su dinero, pero la matrona huía
cada vez que la veía acercarse, la horrorizaban las monedas mal sudadas; de
haberlo tomado, sin duda ahora estaría ya llamando a su puerta para reclamar
capital e intereses, ¡qué lista Faustina, la muy puta!, ¿era ella tonta?, menos
mal que no tanto como Cayo creía, aunque sí, boba por necesitarle hasta la
demencia, no podía evitarlo. ¿Qué haría si sus dos hombres hubiesen partido ya
hacia el Hades?, ¿cómo sobrevivir? Además, sus espíritus vagarían sin poder
cruzar la Laguna al no haber sido honrados los cuerpos como está prescrito. Lelia
rezó entre dientes a Cástor y a Polux: ¡protegedlos, nobles gemelos, vosotros
que ayudasteis a Roma en la batalla de Ancio! Pero, ¿quién era Lelia para
implorar remedios sólo para la miseria de su familia? No, decididamente no
podía quejarse. Tenía una hija vestal. Era toda una aristócrata del
sufrimiento.
Muy
cerca se veía emerger la casa de las vestales entre árboles frondosos y, junto
a esta, el templo de la diosa en el que pronto la pequeña Floronia avivaría con
sus manos el fuego sagrado. Era un edificio pequeño, redondo, casi vacío. Lelia
lo sabía porque una vez lo vio por dentro cuando era niña. Solo lo habitaba una
viejísima estatua de Minerva, la diosa invitada de Vesta, era de madera y tenía
el rostro ajado. Según decían la trajeron a Roma desde la vieja Troya; era una hermosa
talla cuyas facciones olvidara, pero que recordó al contemplar las caritas de sus dos gemelas,
Floronia y Secunda, arrugadas tras el parto. Nada más había en el templo salvo el
pebetero del fuego sagrado que ardía en el centro y despedía temblorosas llamas
azules y anaranjadas que parecían hablar; Vesta no tenía rostro, era sólo
fuego, como el amor que ella sentía por sus hijos. Quizá luego, cuando al medio
día saliese la procesión para avivar la sacrosanta llama, podría ver a la niña…
¿Qué le contarían sobre el comportamiento de su madre en el Foro? Opimia, la
Gran Vestal, parecía una mujer comprensiva y estaba dando a su hija una
educación esmerada, ¡qué gran privilegio! Debía de estarle agradecida a Postumio por su gestión para que la chica
ingresara en el colegio de las vestales! Era su patrón hombre que parecía
apreciarlos, aunque algo vio siempre Lelia en él que no le gustaba, quizá una
sombra de indecencia en el fondo de sus ojos, y así se lo dijo en muchas
ocasiones a su esposo, pero este se reía de tanta desconfianza. Descendía
Postumio del famoso general al que ayudaron los divinos gemelos en la guerra
contra los etruscos. Él fue quien aconsejó a Cayo que propusiera a la pequeña
Floronia como candidata a sacerdotisa; eso daría gran prestigio a las dos
familias, le dijo, a la tuya y a la mía. Aseguraba que era un año propicio, que
sabía de buena fuente que no habría candidata de familias patricias, por lo que
sería ocasión para alguna joven plebeya. Tu hija es bella e inteligente, dijo,
además, yo la apoyaré, no lo dudes querido Cayo. No, definitivamente, a Lelia
no le gustaba la mirada de su patrón. ¿Qué pensaría ahora el gran Postumio? ¿También
él habría llegado a su casa con la toga sucia?, ¿la recibiría como cliente en
la salutatio diaria para darle la sportula, tan raquítica, tan tacaña? No
le importaría a Lelia ser cliente de alguna casa en cuyos miembros pudiera
confiar. Es cierto que el cicatero Postumio hizo mucho por ellos en otros
tiempos, aunque también le movía el prestigio de ser patrón de una vestal,
quizá Gran Vestal en un futuro, pero al día de hoy las ignora, no las trata
nada bien y, a partir de mañana peor, cuando toda Roma sepa que ella ha
instigado a las mujeres a rebelarse, incluso puede que ni se digne recibirla.
¡Cuánto mejor estaría su familia como cliente de los Emilios! La joven Tertia siempre
la saludó con amabilidad, y ha oído contar maravillas de esa muchacha, tan
joven y ya considerada como una gran matrona, ejemplo de mesura y de pudor,
envidiada por todas. ¡Qué bella cuando atraviesa el foro con su séquito! De su
rostro no se desprende soberbia, al contrario, parece acariciar con la mirada.
De un ser así no puede provenir nada malo. Todo estará por ver, pues en cuanto
amanezca Lelia será considerada una réproba, ¡atreverse a insultar a los padres
de la patria! ¡Sacrilegio! Eso decía aquel desgraciado senador. Sacrilegio es
lo que ellos cometen con las madres de Roma; ellas son el genius de la ciudad, imágenes vivas de su neuma intangible.
A
Floronia se la tenía por la niña más hermosa de Roma, eso era cierto, pero igual
a ella era su hermana gemela, Secunda. ¡Ah,
hermosos Cástor y Polux!, rezó en silencio Lelia, ¡proteged a mis
pequeñas, idénticas entre sí, como idénticos sois vosotros! ¡Vosotros que
ostentáis la corona alternativa de príncipes del Olimpo y príncipes del Hades!
Bien sabéis que sólo me quedan las muchachas, y la mirada de la madre recayó
sobre la hija que acababa de iniciar un himno a Vesta. El resto de las mujeres
se unió al canto. La contemplaban con reverencia, espejo de la hermana
sacerdotisa, y pensaban que algo de sagrado tenía la belleza de la joven,
quince años ya. Dormidita bajo una manta, junto a la hermana, la más pequeña,
Florila, de diez, qué linda, con los gatitos recién nacidos siempre a su lado.
Juno sólo había concedido a su tercera hija el don de la bondad que adornaba la
vejez de la madre con racimos de abrazos y besos, abundantes como flores en
primavera, pero quizá fuera mejor así, pues la escasa belleza no atraería a
lobos como Tito. ¿Qué podrían hacer contra esa alimaña tres mujeres solas?
¿Cómo se protegerían? ¡Ay, si faltasen del hogar su esposo y su hijo!
Los ojos
de Lelia, sangrantes de incertidumbre, se deslizaron entre las mujeres que le
hacían coro a Secunda. Los rayos del sol iluminaban ya, al fondo del Foro, la
tarima de las Rostra, y el frontis del gran templo de la Concordia se iluminaba
poco a poco. Las canturías de las mujeres se entrelazaban con los tímidos
golpes de los vendedores que desperezaban sus negocios en el cercano mercado de
las Tabernae. El traqueteo en las losas de un carro devolvía al mundo a las
últimas matronas dormidas. Decidieron iniciar el día con plegarias a Vesta:
¡Oh, hija de Saturno, haz que nuestros hombres regresen al fuego del hogar!...
¡Oh, diosa sin cuerpo, llama eterna, que nuestros maridos calienten los lechos
que les pertenecen! El sol terminó por desperezarse, y la sombra de la casa de
las vestales se irguió sobre el campamento de las matronas. La voz de Secunda destacada
sobre las demás, sobrevoló junto a los graznidos de los milanos, los tejados de
los templos: ¡Oh Vesta, te prometemos venir en el mes de junio, descalzas, ante
tu templo si nos los devuelves sanos y salvos! ¡Qué bella es también!, pensó
Lelia, ¿de qué parte de sus entrañas han podido sacar las dos hijas tanta
belleza?, quizá fuera excesiva, en especial para Secunda y esto la preocupaba,
¿cómo no darse cuenta de las miradas de Postumio, su patrón, por ejemplo? Era
una razón más para pensar en dejar su clientela y acercarse a la casa de la
joven Tertia Emilia, la hija del noble Paulo Emilio, gran matrona pese a su
juventud.
Las
mujeres observaron cómo, proveniente de las calles que lindan con el templo de
Saturno, cruzaba el Foro uno que por su vestimenta, apostura y por ir
acompañado de dos recios esclavos, parecía un magistrado. ¡Es Pictor! ¿El
cuestor? Bueno, no sé si será cuestor. Con toga camina. Sí, pero no pertenece
al Senado, sólo escribe historias y hace cuentas. ¡Es Pictor y parece que pasa
deprisa! Sí, es como si también nos esquivara. De nada le servirá. Irá a su
despacho, tras las Tabernae. ¡Pictor, detente! ¡Tienes que contarnos! ¡No
aceleres, desgraciado, espera! Habrá pensado que porque es tan poca cosa, el
último de los empleados de la Curia, nadie le pedirá explicaciones. ¡Pues
apañado va! No hay otro. Además, menuda importancia se da con esos legajos bajo
el brazo y la barbilla bien levantada. Tiene andares de gallo. ¡Pues ese
gallito tendrá que respondernos! ¡Adelante, mujeres! ¡Rodeémoslo! ¡Que no
escape! Los tres hombres se detuvieron
ante una muralla de imprecaciones e insultos. Una urraca pasó graznando por
encima de sus cabezas. Aunque el orgulloso Pictor no sintiera temor alguno, era
un pésimo augurio.
IV
¿De qué puede ser augurio el
aullido del perro en la lejanía, tan nítido? Tertia Emilia siente un
escalofrío. Aquella rebelión de las mujeres queda muy atrás en el tiempo, pero
presente aún en su memoria, ¿habrá sucedido ayer? Durante más de cincuenta y cinco
años, la diosa Proserpina retornó una tras otra primavera a la tierra desde el
inframundo para regenerarla. Otras tantas veces, el dios Apolo se retiró cada
invierno a las brumas de los Hiperbóreos. Las veletas giraron alocadas. El sol
hizo resbalar a la oscuridad mil veces por los relojes. El agua en las
clepsidras subió y bajó en oleajes diminutos e incesantes. La sombra de la
estatua de Junio Bruto dibujó su círculo en el Foro día tras día, y estos se
sucedieron rápidos como pestañeos de enamorados, acelerados como los latidos
del corazón en una mosca. Cincuenta y cinco años o más. Qué poca cosa es la
vida humana, una mota de polvo en el desierto. Muy atrás queda la batalla de
Ticino, más de medio siglo, y las que la siguieron, y la humillación de las
mujeres, pero también, en cierto modo, su victoria. El sol y la luna se
turnaron innumerables veces desde que asomara el lobo púnico en el campamento
romano. Lluvias y vientos, granizos y brisas, canículas y bonanzas se
sucedieron sobre la domus de Tertia
Emilia en el Palatino desde los gloriosos días en que Lelia plantó su
campamento rebelde frente al Senado. Qué vieja se siente ya, qué cansada Tertia
Emilia, la matrona de Roma, la esposa de Escipión, la madre de Cornelia la
menor, la abuela de los diminutos Graco. Durante todo ese tiempo, las Parcas
acabaron con todos menos con dos que parecen eternos: Tertia Emilia, con
setenta y cuatro años de arrugas en el rostro y el peso de tanto augurio en el
alma es la última, pero también es último otro romano noble, nacido como ella
en el año en que fueron cónsules Tito Manlio Torcuato y Cayo Atilio Bulbo, el
año en que fueran sometidos los sardos, el año en que se cerraron las puertas
del templo de Juno, pues se alcanzó la paz, ausente de Roma desde los tiempos de
Numa; ese otro noble romano, nacido entre tan memorables señales, es Marco
Porcio Catón, el Viejo, el que aún ejerce como censor, el que aún camina por el
foro con el pecho descubierto, al estilo de los antiguos, y descalzo, rebosante
de vitalidad pese a su edad, cómo se nota que no ha parido, que ha volado sin
serias preocupaciones durante toda su vida, como jugando, mariposa volátil,
¿qué diría si leyera su pensamiento y se enterase de tal comparación?... La
mariposa, ¿qué significará para los dioses el hecho de que esa mariposa negra
haya regresado?, ¿no podrían ser más claros? Ahí está, rondando el lecho, hasta
intenta posarse sobre su cabeza. Por fortuna, Florila, que siempre vigila, es
rápida en apartarla, sería el peor de los presagios, indicaría que Helios no
tendría tiempo de recorrer una vez más el firmamento antes de que llegase el
fin de la matrona, ni Selene a mostrar sus cuernos en el horizonte de la noche,
aunque Tertia está ya preparada, percibe cercano el final. Florila, la pobre,
también sobrevive, es casi una niña en comparación con ella, siempre lo fue, en
las últimas calendas cumplió sesenta y cuatro, nueve años menos, casi nada.
Allí está como siempre, a su lado, luchando con el sopor que terminará por
adormilarla. Hace nueve años Tertia Emilia aún controlaba los pagos y los
cobros de su domus, las contratas y
la dirección de obras y proyectos. Ahora se le ha inflado el vientre que
engorda y engorda, y las piernas inmensas, de elefante, que le impiden andar, y
la sed, esa maldita sed abrasadora. Florila ha ideado un dispositivo de poleas
con cuerdas, y una crátera cuelga siempre del techo, a la altura de su cabeza,
la enferma no tiene más que sujetarla, inclinarla y verter su contenido en la
boca. Cuando se acaba el líquido, su amiga lo repone, aunque no con la
celeridad que la enferma desearía. El médico Silófanes es un bendito de
Esculapio, asegura que la sed no se le pasará nunca, y le permite beber cuanto
desee, aunque eso es peor augurio que el del cuervo que se posa cada mañana en
la balaustrada de la habitación, que le anuncia la llegada de Morte, de
Atropos, la que corta los hilos, la arrugada parca ejecutora de los designios de Destino. En ocasiones la voz de
los dioses es tan clara como la del niño que pide pan a su madre. Florila y
ella son las únicas que quedan de esa época, y Catón, claro, el incombustible,
el envidiado. A todos los demás se los perdió de vista en las puertas del
Hades. Murió Lelia, la auténtica madre de Roma. Tertia Emilia no se siente
madre de nadie, salvo de su pequeña Cornelia la menor que pronto llegará a
visitarla con sus pequeños Tiberio y Cayo; sus otros hijos apenas la ven,
apenas los ve, e incluso le cuesta recordar cómo son sus rostros, o lo que es
peor, cómo se preocupó por ellos, cómo los sintió, como los amó. Pero Lelia
hizo que a Roma le doliera el útero eterno, raspó las cicatrices de mil, de
millones de partos, fue una protegida de los dioses, la voz tronante de Venus,
de Minerva, de Gea, de Vesta, de todas al tiempo unidas en el grito justiciero
que salía de su garganta, pero murió. Como murió Cayo Floronio, su esposo,
defendiendo a la República en el Ticino. Como murió muchos años después Marco,
el guerrero, tan lejos de la Urbe, absorbido por la floresta de tierras
bárbaras. Como murió Floronia, la vestal acusada de cometer incesto, pobre
infeliz. Como murió Secunda, su hermana gemela, víctima del sacrilegio de Tito
y de Pictor, pero estos también murieron, alcanzados por la venganza del dios
que Viene, de Baco, de Dioniso, de Líber. Como murió Cantilio, bajo el garrote
de la vil calumnia. Como murió Opimia, la Gran Sacerdotisa, que burló con valor
el enterramiento en vida cortándose las venas. Como murió Escipión el Viejo, el
cónsul derrotado en Ticino, padre de mi Publio Cornelio, su Africano. Como
murió este, su esposo, con el que tantas noches recorriera los cielos, arrasado
por la pena de una vida fracasada en lo más alto de la gloria. Como murió
Aníbal, casi al tiempo de su vencedor, ¿se habrían puesto de acuerdo?,
¿coincidirían en que el mundo no merecía sus presencias? Sólo quedan ella y
Florila, compañera de los viejos tiempos. Florila, la buena asistenta, la amiga
que le dedicó su vida, la pequeña feúcha de diez años que acompañaba a su madre
Lelia durante el plante de las mujeres en el Foro. Allí está, velándola
adormilada, la cabeza se le cae a esta hora del medio día, no lo puede
remediar, ¡Ay mi Florila!, ¿qué hará esta amiga tuya si retorna la mariposa?
Sobre su regazo, la labor, y la cabecita rizosa de la esclava de siete años que
tiene la misión de evitar que a la cegata matrona se le escape la costura, se
le tuerzan los hilos, se le quiebre el pulso; también dormidita, la infeliz,
como su dueña. Procurará no hacer ruido al beber, pues las poleas del
dispositivo chirrían, es más, no beberá para no despertarlas. La medicina
recetada es fuerte y aún continúa su efecto, aunque piensa que por dentro la
está matando. Dicen que la traen de Trapisonda y que su componente básico se
llama opio. Qué mala su enfermedad, el conocido como mal de Prometeo, pero qué
buena la decisión de despedir al anterior médico, el famoso Arcagato,
sangrador, sajador, hurgador, garrafal artesano, pese a todo lo que su esposo
lo apoyó por ser el primer maestro griego en instalarse en Roma. Por mucho que
le insistíamos, nunca cedió en su gusto por la sangre. Silófanes, sin embargo,
responde a la bondad medicinal de Hipócrates, y para él cuando la que corta los
hilos viene, nada pueden hacer los médicos salvo paliar el dolor, y la medicina
que le proporciona es fuerte, aunque ya empieza todo de nuevo, el hígado ha
despertado y saluda a la matrona, pronto se le extenderá el pellizco por el
cuerpo hasta retorcerlo como trapo de lavandera, y la sed horrible, le gustaría
zambullirse en el Tíber y no tornar a salir, reventar pero con el estómago
lleno de agua, con la garganta a remojo, con la lengua bailando en su frescor.
Un gato negro aparece de repente en un rincón de la habitación, dobla una
esquina y se esconde de nuevo, sigiloso, de qué será augurio esta vez, ¡ay, los
dioses! La niña se ha movido. Florila se despierta agitada, le puede doler el
cuello por la mala postura. ¿Qué decías dómina?, me he debido de quedar
dormida. Me preguntaba, querida amiga qué puede augurar un gato negro que
aparece y desaparece. No sé, dómina, dice mientras rellena la crátera y da
varias palmadas para que acudan los esclavos con la medicina. No lo sé, pero
cuando era una niña y mi madre me llevó al Foro, allá por los tiempos del
Ticino, tenía conmigo toda una camada de gatitos negros que hacían mis
delicias, serían más de diez, es decir, que a mí no pueden asustarme, y
Secunda, la pobre, también jugaba con ellos... Pues no tuvieron mucha suerte
aquellas buenas matronas, la verdad. Cierto, dómina, y de mis hermanas, ¿qué te
voy a contar?, pero, ¿sabes?, los más chicos olían a leche y yo me los llevaba
a las narices de dos en dos, me cabía cada uno en un puño, olían como a queso
fresco, y lo hacía para contrarrestar el horrible hedor de la Cloaca Máxima.
Llegan los esclavos con la medicina y tras ellos risas y alboroto, son los
diminutos Tiberio y Cayo, a los que en Roma llaman los pequeños Graco, y la voz
cantarina de su hija que los riñe, ¡Ay, su Cornelia!, sólo pide a Hécate que
estén los tres presentes cuando muera. Cuánto te envidio, dómina, dice Florila,
qué nietos tan bellos. Pero, mujer, también yo te envidio a ti que nunca
pariste, y no parir es desconocer la complicación de los hombres y de la
familia... Sí, pero, sin embargo... Nada, nada, no me envidies porque los
pequeños te quieren también como si fueses otra abuela. Llegan, saltan sobre el
lecho, Cornelia impone silencio, ¿no veis que estáis en la habitación de una
enferma? Déjalos, mujer, son adorables, cuando ellos están presentes no preciso
beber, son mi agua cristalina, la que saboreé en la fuente Castalia, allá en
Delfos... Tocaste Grecia, dómina, ¿ves?, por eso también te envidio. No la
toqué, Florila, la tragué, bebí la Hélade toda.


