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lunes, 17 de marzo de 2025

NEMÉTONA Y ADRIANO GARCÍA LOMAS

 



No deja de ser curiosa la inserción del maestro de Iguña, en su famosa obra «Mitología y Supersticiones de Cantabria», de un EPÍLOGO en el que se introduce la figura de una hembra bravía “hermana de NEMÉTONA, la diosa celta de los bosques”, afirma alegórico quizá por no atreverse a dar nombre a su criatura. Crea el maestro un mito en torno al Pico Jano, personificación y representante para el autor de todos los montes singulares de Cantabria, y en él hace vivir y morir a su diosa, ejemplo de mujer guerrera y de divinidad protectora de la naturaleza. No le da nombre, aunque el de Nemétona, la diana cazadora celta, sobreflota todo el relato.

Sale al paso esta creación, dice el autor, al hecho de la importancia dada a Corocotta y a Laro “citados por los historiadores de las guerras cántabras como leyenda de oro”, y a que de las aventuras de una reina salvaje, “exaltación de las cualidades de su sexo” nada se ha dicho. Por eso, para contraponer las virtudes guerreras femeninas a las virtudes guerreras de los mitos de que tanto se ha hablado, surge en la mente de don Adriano esta idea de la mujer poderosa, “que él, por lo que vale prohija”, dice, introducida en el epílogo de «Mitología y Supersticiones de Cantabria», donde es creada de principio a fin.

Es decir, que por una razón o por otra —no somos nadie para juzgar a nuestro respetado Adriano—, el compilador vio preciso cerrar un libro en extremo positivista, concreto, descriptivo y metódico, seguidor de todos los cánones de la ciencia etnológica, y lo hizo mediante una ficción literaria, es decir que creó mitología a partir de la literatura. A esto se llama mitopoyesis, importante subgénero literario del que Tolkien es el máximo representante actual. (En la antigüedad fueron numerosos los autores griegos y romanos que tal hicieron, Silio Itálico con la Púnica entre ellos).

Y decimos que no deja de ser curiosa la extravagante inserción, cuando el mismo autor introdujo la duda sobre algunas de las creaciones de Manuel Llano por estar inspiradas, precisamente, en una visión poética del mundo rural.

En apoyo de Llano y de sus criaturas —otra gran creación mitopoyética—, han salido al paso, en muchas ocasiones, los relatos de Jesús García Preciado, compilador y divulgador de la mitología Cántabra, según me ha indicado con acierto un amigo que ha visto en YouTube una reseña sobre el prólogo de “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, y que detectó la ausencia en él de una referencia a Preciado.

Isidro Cicero, Gustavo Cotera y el mencionado Jesús García Preciado pusieron los cimientos para la asunción de la mitología cántabra en el imaginario colectivo. Fue una segunda generación de artistas divulgadores de la papilla mítica con la que se alimentó la imaginación de nuestros hijos... Y la nuestra —confesémoslo— noche tras noche leyéndoles el Vindio, atractivos relatos sacados de la tierra e imágenes mitológicas, ante las que se quedaban, nos quedábamos, extasiados.

Tenemos así, una primera generación de escritores FUNDACIONALES, forjadores de mitología, compuesta por Llano y García Lomas; y una segunda, de escritores y artistas DIVULGADORES, integrada por Cicero, Cotera y García Preciado.

Todos ellos crearon, en cierto modo, mitología a partir de su literatura y su arte, pero fue Adriano García Lomas, con su epílogo sobre Nemétona —permítasenos ponerle este nombre a su “invento”— en su memorable obra «Mitos y Supersticiones de Cantabria», quien de manera por completo metapoyética, tolkeniana, puso el primer pilar de una Mitología Global de Cantabria.

El tiempo, que nunca se detiene, ha hecho sonar una campana de alarma: los años que vienen, los tres tercios de siglo que quedan por delante, piden, exigen superar el marco infantil de la mitología cántabra —tan provechoso hasta ahora—. Llegado es el momento de que los dioses viejos, de nombres retorcidos y en desuso, pugnen por salir al trabajoso, atrafagado y estéril escenario de la Cantabria actual. ¿Podrán ellos colaborar en levantar la moral de nuestro pueblo, independientemente del origen de sus componentes, de su sexo, de su raza, de su condición, sean o no descendientes directos o indirectos de los viejísimos cántabros indómitos, asunto  que no parece realmente operativo, salvo que se logre levantar los faldones a los ángeles para conocer su sexo y así catalogarlos?, ¿será provechoso para la moral de las gentes del Solar Cántabro este nuevo enfoque de la mitología?... El tiempo lo dirá.

jueves, 13 de marzo de 2025

LOS SOLDADOS DE LA OSCURIDAD

 

En la mitología celta irlandesa, los FOMORÉ o FOMORIANOS son los seres contrahechos que formaban parte de las fuerzas del mal, de la Oscuridad, anteriores a la llegada de todos los invasores (Partolón, Firbolg,  Tuatas, Milesios...). Estas personificaciones del miedo tienen que estar presentes, necesariamente, en una reconstrucción mitopoyética de la mitología cántabra, por eso son importantes personajes en «Cantábrica», sólo que les daré el nombre de FOMOUROS, jugando con el elemento irlandés y con el concepto difuso de MOURO, propio de Cantabria, Asturias y Galicia. La literatura tiene una gran ventaja sobre la historia y la ciencia: la posible y obligada adaptación de conceptos y términos.

Estos seres de la Oscuridad, junto con otros de mayor cuantía pero también ctónicos, me han dado mucha guerra en la composición de la Epopeya. Además, hay que tener en cuenta que la asignación de nombres a los personajes divinos es uno de los más difíciles problemas de la metamitología, la reconstrucción literaria cerrada a partir de escasos elementos preexistentes.

Si encontrar nombre adecuado para estos soldados de número de los ejércitos del mal, los FOMOUROS, era difícil, el concepto también se las traía. Por fortuna, contaba con Manuel Llano y con su obra «Retablo Infantil», capítulo “Miedo” (Obras completas, edición de 1967, pg. 84), donde se ilustra el componente terrorífico en la memoria colectiva que el poeta plasma a la perfección. Este terror difuso y contrahecho subyace en la mente de los niños, paleolítico de toda mitología, rebosante de miedos casi instintivos. Así describe el maestro a estas pesadillas del mal:

«Mitos de humo, de neblina oscura, como sombras de hombres gordos en las paredes de la cocina. Unos tenían los dientes azules, la frente de color de ladrillo, el pecho lleno de púas cárdenas, las manos en forma de rastrillo con pinos de hierro relumbrantes en las puntas. Otro, todo negro como hocico de vaca, tenía la cabeza de lobo y el cuerpo de persona.  Otro enseñaba sus colmillos verdes, sus grandes orejas cenicientas, su cuello encarnado y ancho... Unos tenían los ojos muy grandes, del color de oliva negra, unas melenas rojas, unas manos redondas, sin dedos, del color de las piedras del camino. Otros usaban unas barbas como de yerbas secas, en las que se guarecían unos pájaros blancos cuyos picotazos traían la desgracia, el dolor, la mala suerte de toda la vida. Mitos rechonchos, de cara colorada, con la nariz grande y corva, los pies de cabra, los ojos de águila, vestidos de yedra, de rozo, de juncos secos... Mitos altos y flacos, con ojos de gato montés, cara de chivo, desnudos, amarillos, negros».

Como se suele decir, el gran poeta carmoniego me quitó la descripción de la pluma — casi mejor porque yo nunca habría alcanzado su calidad—. Esos son, en fin, los FOMOUROS de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», seres malos de toda maldad, deformes, auténticos Frankenstein de imposible arquitectura, habitantes de las profundidades. Desempeñan la función de conectores con el terror atávico a lo contrahecho que amenaza en la sombra, el gran pavor indefinido. Precisamente para combatirlo se inventó la literatura, pues esta cumple una labor apotropaica, de vacuna preventiva contra el miedo, como si dijéramos.

Y, ya que hablamos de invenciones literarias —yo prefiero decir trasposiciones literarias—, Adriano García Lomas fue el primer escritor cántabro que aportó una reconstrucción mitopoyética de la diana cántabra, Nemétona, al final de Mitos y Supersticiones de Cantabria, trabajo que ha pasado inadvertido para los amantes de la mitología cántabra, pero  sobre esto ya insertaré algo el lunes.

 

 


SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...