martes, 12 de agosto de 2025

¡SANTANDER, LA MARINERA! ¡OH, SANTANDER, MI SANTANDER! CANCIÓN EN PROSA PARA CHEMA PUENTE


 

Ahí estás, mi tierra, mi patria, mi mesa, mi lecho, y aquí, mi pluma que te dibuja al amanecer, como hice tantas alboradas. Ahora, mientras aguardo a que se desate el viento del nordeste que inflará mis velas y me conducirá al oscuro horizonte del futuro, vuelvo hacia ti mi mirada y espero sobre tu cuerpo de leche, como el amante vaciado de vida. ¿Merece tu belleza tanto esfuerzo?, ¿habré idealizado tus contornos?, ¿es tu rostro el de la madre muerta?, ¿quién eres tú, amada, que me has olvidado, como si no existiera? En fin, escribo sobre ti por si alguien puede aprovechar mi experiencia, ¡oh bella, oh cruel, oh espantada e invadida que abortas a tus hijos! ¡Oh Santander, mi Santander!

         En el prodigioso 2017 me publicaron la novela "Santander, la marinera".

         El título me dio problemas con un paisano muy querido, el que inventó la bella canción de igual nombre, Chema Puente, y con sus amigos de Cueto, que con él se solidarizaron por mero compañerismo mimético.

         Ni él ni ellos leyeron la obra, en la que la alabanza a la canción era constante, en la que ponía letra de prosa y músculo poético al himno oficioso de Santander. Si lo hubieran hecho, habrían concluido que era la literatura de fondo que le iba a la canción, como banda en prosa a sus sones, pues son dos ciudades las que describo, la moderna, sosa, aventada, ficticia, uniforme, cafetera, playera, abotagada de tanta gente, pija y pobre de espíritu frente a otra, la arcaica, la abarrotada de chispa, la dicharachera, la cantarina, la popular, la pescadora, la marinera en fin.

         Desconocían ─no tenían por qué saberlo─ que no es plagio utilizar en una obra literaria el título de una canción, o viceversa. Pero, menos en este caso, cuando el motivo de la utilización del popular título tiene la finalidad de, precisamente, ponderarlo, como se indica con cuidado en el exergo de la obra, en el prólogo, en el epílogo y en no pocos pasajes interiores.

         Él y ellos, por desgracia, pensaron que mi intención era aprovecharme del tirón de su obra para lucrarme. Lo que hace desconocer a las personas. ¿Yo, a mi edad, 64 años entonces, pensando en hacerme rico con el sudor y esfuerzo de la fuerza creativa de Chema? ¡Ridículo! ¿No era del género tonto pensar que un don nadie se enriquecería con una obra literaria por aquel entonces?, ¿es que habíamos nacido anteayer? ¡Cuánta imaginación! ¡Ah, si hubieran leído la novela, habrían palpitado con ella!, ¡que se lo digan los que ya la han disfrutado!

         Hace muchos años, tantos que ni en la memoria de los más viejos entre los viejos se guarda la música, hubo una canción que identificaba a Santander, popular, muy similar a la de Puente en su fuerza y empuje. Se titulaba «Voy cargado de tabaco» y fue compuesta no se sabe por quién, pero se cantaba en el bar La Cátedra, de la calle del Medio de Santander hacia finales del siglo XIX. La música se perdió, pero la letra fue recuperada por Esteban Polidura, el periodista callealtero, en los años veinte. Es decir, la literatura salvó el contenido de una canción. Con el tiempo, en el único y exclusivo arranque musical de mi vida, creé la música ─en plan casero y chapucero, claro─, un familiar saxofonista le dio forma acústica y un coro trasmerano la interpretó cien años después de su nacimiento. Humilde éxito, sí, pero indicativo de que música y  literatura se compenetran.

         «¡Has ofendido a uno de nuestros más ilustres paisanos!», sentenciaron los de Cueto, y aplicaron la pena sin dilación: «por eso no queremos que presentes ningún libro en nuestra asociación».

         Cuando recibí el correo electrónico, se amontonaron en mi boca juramentos de bucanero, blasfemias de picador de mina, improperios de pescatera, todo el raquerismo natural guardado por generaciones genéticas en mi ADN,  pero me contuve y callé, y no contesté por respeto a Chema, al que apreciaba, al que no conocía mucho, pero con el que pasé una jornada inolvidable en el pueblo de Escalante, acunada la tristeza por culines de sidra y sones de rabel.

         Ellos, los acólitos, fueron los que me remontaron con su actitud falsamente solidaria y, sobre todo imprudente e inquisitorial. ¿A quién se le ocurre condenar una obra al fuego sin leerla? Hasta el cura y el barbero del Quijote hojeaban los libros de caballería antes de arrojarlos a la hoguera.

         A mí, como santanderino, la canción «Santander, la marinera» me estremeció siempre de la punta del dedo gordo del pie hasta la coronilla. Y, cuando él se marchó, de repente, quedé más triste que los demás. Y fui el primero en ponerme el pañuelo colorado y marchar a las estatuas de los raqueros, y condené la estupidez pija del Ayuntamiento de Santander al no aprobar la oficialidad de su obra como himno de la ciudad, y saldré de nuevo a defender nuestra canción cuando sea preciso, porque habla de nuestra identidad que a nadie pertenece y pertenece a todos, como mi  misma novela, como su obra eterna, paridas ambas en idéntico molde aunque de diferentes padres... Pero, ¡qué desencuentro!, ¡qué tristeza!

         Se marchó sin leer mi novela en la que lo citaba en cada esquina, en la que el salitre se olía cada vez que se volteaba una página, en la que las motoras de los Diez Hermanos runflaban  en pleno agosto con las descripciones, en las que el agua de los raquerillos salpicaba a cada palabra cuando se daban coles de cabeza.

         «¡Oh Santander, mi Santander!», también podría haberla titulado así. A los pijos les habría gustado, seguro, les habría sonado a Walt Whitman, muy como terrible de la muerte, ¿verdad?

         Pero no, quise hacerte un homenaje, Chema Puente, y no podrá nadie evitar que se me enramen los ojos cada vez que escuche la canción de un amigo que me negó el saludo. ¡Qué tristeza al marcharte, qué tristeza! Cuando suena, quedo siempre como un patán sensiblero, pero es sólo porque lo soy. Cuando hay que llorar, se llora, y este es uno de esos momentos. Se me enraman los ojos mientras escribo. Por fortuna, tengo dedos muy rápidos y no se me corta el hilo narrativo.

         En fin, Chema, espéranos allí ─como dejó escrito en una lápida un poeta de Escalante─, en aquella esquina del espacio y del tiempo en la que se cruzan los vientos. No recuerdo las palabras exactas, pero tú me entiendes. En la oscuridad no hay luz, en el silencio no hay palabras, en el frío no hay calor, pero sin luz, sin palabras y sin calor, seguro que encontraremos un momento para charlar y para echar pelillos de calavera a la mar.

         En fin, iba a escribir de técnica literaria, de cómo compuse «Santander, la Marinera», pero se me fue la pluma por lo sentimental. Qué cosa, setentón como soy y no puedo contener las eyaculaciones de mi propia pluma que, cuando se pone, me coloca a cien.

         Otro día hablaré de los trucos que esconde la novela, que no son pocos.

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