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jueves, 19 de junio de 2025

LOS PIES DE POMPEYO SON ENORMES



Esta pieza está sacada de mi obra “Cornelia de Gades”, publicada por Pàmies en 1917. César acaba de ser apuñalado. Agoniza como cuenta la historia a los pies de la estatua de su rival Pompeyo. En torno a él los asesinos que no cesan de apuñalarle. He aquí su pensamiento, los últimos instantes de la vida de Julio César:

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«“Los pies de Pompeyo son enormes”, comenta entre dientes ensangrentados el hombre que se cubre con su toga para no ver el rostro de los asesinos. Acaba de apoyarse sobre la peana en la que se alza la gran estatua de su viejo rival. Las puntas de cada puñal transportan al fondo de sus entrañas el odio vengador, interesado, mostrenco, y se   queda allí como un punto frío indeleble, quemante, que se expande por sus entrañas. Los enemigos se toman su tiempo, o al menos eso es lo que le parece a la víctima, como si se dieran la venia los unos a los otros entre puñalada y puñalada. ¿Será aquello la muerte, tan tonta, tan simple, tan silenciosa? “Los pies de Pompeyo son enormes”, insiste. Solo los dioses saben cómo traducirá la Historia estas últimas palabras… ¿Entrará en ella? Nunca tuvo tiempo de pensarlo… Otra puñalada, es de Casca, que repite su furia; su voz resulta inconfundible; la primera vez apenas le ha pinchado, debe de tener miedo, hasta parece que se le hubiera caído el puñal de la mano… ¿Por cuál de sus favores le condena? Esta otra le ha penetrado por el hígado, toda una rasgadura; se le escapan las lágrimas, las últimas, las primeras. Terrible impacto. Siente que la boca se llena de sangre, es dulce como el vinillo del Ponto que le gustaba beber recostado en los dormitorios de ella, su gata asiática, dulce pezón que amamantaría al mundo, Venus Génetrix… ¡Oh, Zeus, solo necesitaba un poco más de tiempo! Otra, otra, otra, frío en el pulmón, en la vejiga, en el estómago… Siente como barras de hielo que le perforasen, cada vez menos dolorosas, cierto, como uñas de cortesana… ¡Su esposa siempre fue muy sabia! ¡Ay, tus predicciones! El hombre extiende más la mano izquierda en busca de agarradero, palpa el talón de Pompeyo, se intenta sujetar a él, clava las uñas en algún desperfecto del mármol, resbala… ¡La corona estaba tan cerca…! ¡Cesarión…! ¡Es tu fin, pequeño competidor de labios ansiosos! Siente cómo las columnas de hielo le penetran por los mismos agujeros, casi, no se esmeran estos asesinos vergonzantes por abrir nuevos caminos en sus carnes… ¡Inútiles! No quiere ver sus rostros, solo escucha las voces destempladas que arrojan inmundicia sobre él; ni siquiera entiende los insultos e imprecaciones… Esta se la ha clavado Casio Longino, seguro, enemigo de siempre. ¿Fue un error tenerlo tan cerca? ¡Ah, si lo hubiera ejecutado a su debido tiempo…! Aunque ¿habría servido para algo? ¡Pompeyo! ¡Qué alto está ahora! Clava aún más las uñas en los diminutos desconchones de la piedra. La cáliga es enorme, el pie también. Cuánto sufriría Magno cuando el eunuco Potino le clavó al suelo como si fuera una mariposa… Esta otra es la peor, de uno que nada dice mientras remeje con furia. Siente el hielo invadir sus entrañas, a la altura del estómago, subiendo pecho arriba, como si quisiera llegar al corazón. El asesino no habla, pero bien sabe de quién se trata. ¿Por qué tú, hijo de Servilia? Nota el moribundo en la furia del atacante algo femenino, quizás la saña, como si clavara el hierro dos veces, una por él, otra por la madre. ¿Por qué tú, hijo de César? ¿Acaso lo sabías? ¿Acaso querías haberlo oído de sus labios? ¿Pagas con hierro el silencio del padre? Sabe bien que es Bruto aunque no lo ve, aunque es el único que al empujar más y más adentro el puñal nada dice; lo reconoce por su respiración agitada, que le sopla en la oreja, es el que más se ha acercado, como si quisiera decirle algo al oído. De los labios del dictador quiere escapar una sola palabra temblona, dubitativa, admirada, pero calla; la Historia se encargará de rellenar su silencio… El moribundo no se resiste. Ahora son los dos brazos los que extiende hacia el enorme pie de Pompeyo, los dedos como sierpes que quisieran escapar de una cárcel, que se estiran, se descoyuntan buscando la salvación en aquel pie inmenso de su enemigo amado. Imagina en lo alto el rostro del de Picenum, la mueca burlona, superior, magnífica; su eterno enemigo, al que hace cosquillas en los pies. ¿Dónde ha quedado la inteligencia proverbial de este hombre ensangrentado? ¿Dónde su arrogancia? ¿Dónde el ariete viril ansiado por toda Roma? ¿Dónde el joven que lloró ante la estatua de Alejandro y que soñó haber violado a su madre Venus en el Herakleion, allá en la lejana Gades? ¡Qué enorme es tu pie, Pompeyo, qué enorme! Si pudiera trepar a ti, el pueblo le salvaría… Dos puñaladas más de sendos rastreros indecisos, ¿serán las últimas?, ¿le dejarán un instante solo para que pueda morir? Respiraría la última bocanada, arrojaría el último chorro de sangre por la boca sin sentir la presencia de esos cobardes; son solo dos los que quedan… Ni lo ha sentido esta vez. Limpian las dagas sobre su toga inmaculada, la que podía haber bordado con una cenefa púrpura. Ya huyen; quizá esos dos últimos sean Vercingetórix y Ariovisto. ¡Quién sabe! El frío se extiende por su interior y se une al de la estatua de Magno formando un todo. En un último latido, la sangre tibia del moribundo trepa hasta sus uñas y escapa por ellas hacia la libertad. Manchado de rojo queda el enorme pie del derrotado en Farsalia, del decapitado en Egipto, del gran enemigo admirable y llorado. El cuerpo del hombre cae lentamente, cubierta aún la cabeza con la toga vergonzante, las garras arañando la piedra, dejando diez regueros con su sangre generosa. En lo alto, Cneo Pompeyo Magno sigue sonriendo sin perder la compostura. A sus pies solo queda un despojo con el alma congelada por tanto odio. ¡Que la tierra te sea leve, Cayo Julio César!».


martes, 22 de abril de 2025

¿DRUIDAS CELTÍBEROS, CÁNTABROS O ASTURES?

 


 

El primero de los nuestros que dejó referencia escrita sobre los druidas fue Julio César en su memorable obra De Bello Gallico. Le sorprendieron porque parecían gentes raritas esos señores del roble.

Eran sacerdotes con gran poder entre los galos, constituidos en una especie de iglesia altamente jerarquizada y con especial amor por el oscurantismo. Sus enseñanzas no eran rastreables, pues nunca las transcribían al entender que la escritura perjudicaba la memoria, y no contaban todo lo que sabían sino a sus discípulos; al pueblo lo justo y recortado, por si acaso.

Además, conocían el griego, pues pese a su animadversión a los textos escritos, cuando tomaban la pluma usaban ese idioma, el inglés de la época. Y, claro, quienes conocen una lengua, sin duda están al corriente también de la cultura que lo acompaña como la concha al caracol. Vamos, que no sólo sabrían griego, sino que conocerían la obra del mismísimo Homero.

En definitiva, estos druidas eran chamanes indoeuropeos evolucionados, cultivados y, seguramente, dueños de grandes arcas repletas de conocimiento. Todo esto le llamó grandemente la atención a César.

Las notas recogidas por Julio eran referidas a Las Galias, pero nos consta de la existencia de estos druidas en las Islas, en Inglaterra y en Irlanda porque fueron perseguidos hasta esos rincones del mundo. Otro emperador se encargó de ello, Claudio, el magnífico cojo y tartamudo tan bien moldeado por Graves. Acorraló y exterminó a los rebeldes en la isla de Man, donde se refugiaran.

A los romanos les molestaban muchas cosas de los druidas: primero su enorme poder sobre la población, pero también su comportamiento un tanto insolente.

Cuentan que estos sacerdotes tenían gran sabiduría y labia, y que se valían de artefactos mágicos para convencer, como por ejemplo las llamadas piedras de serpiente, según nos relata Lucano. Eran estas una especie de frutos de textura recia en los que se agazapaban mil serpientes, piezas que convertidas en artilugios por procedimientos mágicos, tenían la virtud de que quien los llevara en la mano mientras hablaba, resultase todo un campeón de la oratoria y podría manejar a su antojo a todo un tribunal o a cualquier auditorio.

Un día descubrieron que un druida estaba dejando embobados a los jueces de un pleito en el que era parte y le sacaron de debajo del sagum la mano, en la que escondía uno de esos huevos. Claudio ordenó su ejecución. Ahí se inició la persecución a los druidas.

Yo no sé si será lo mismo, pero en una ocasión vi un extraño fruto colgado de un roble en mi casa. No daba crédito a lo que veía —ya se sabe lo aficionado que soy a las manzanas y a la sidra— porque aquello era una manzana de mediano tamaño nacida de un roble. Lo estudié, lo investigué y me enteré de que esos frutos de roble resultaban ser meros nidos de avispitas diminutas que apelotonadas viven apeguñadas en ellos en la fase de larva, y sí, ciertamente parecen manzanas. Se llaman quejigos.

Digresiones aparte, de la doctrina druídica, no nos queda más que una frase transmitida por Diógenes Laercio, en la que se concentra el ideal de vida de los druidas: “Adorar a los dioses, no hacer nada indigno y ejercitar el valor”. Cuánto debían de saber los tíos y cómo se llevaron sus secretos a la tumba... ¡Le manda!

Pero, ya aquí, de vuelta a esta tierra de garbanzos, cabe hacernos una malévola pregunta, ¿hubo en alguna ocasión druidas entre los celtíberos? Y por extensión, cabe preguntarse: ¿hubo druidas entre los cántabros y los astures y entre los pueblos circundantes, habida cuenta de su cultura celta o celtizada? No se han encontrado restos documentados parece ser la respuesta. ¿Eso quiere decir que no los hubo? No, sólo que no se han hallado  aún, que es muy diferente. Porque la tierra escupe poco a poco sus digestiones históricas y la arqueología hace lo que puede, nunca milagros, aunque a veces algunos descubrimientos lo parezcan, como los de la Espina del Gállego y de La Loma.

Se tiene, sin embargo, la sospecha de que algo parecido a druidas tuvo que haber. Por ejemplo, en Peñalva de Villastar, en una esquina de la Celtiberia, existió un santuario dedicado al dios Lug que debían de gestionar sacerdotes, quizá una familia concreta de ellos, los Turos, ¿no suena la relación de este nombre con Teruel? Turo viene a significar fuerte, de dura corteza, recio, poderoso... ¿como el roble?

También hay algún santuario lusitano que, seguramente, estaría regentado por una casta sacerdotal, como el de San Miguel de la Mota, dedicado al dios Endivélico, donde se atendía a los enfermos y a los que allí acudían en busca de oráculos.

Por último, se tiene el ejemplo del jefe celta Olíndico, propagandista y organizador del levantamiento de los celtíberos contra Roma, que recorría los castros predicando algo parecido a una guerra santa frente el imperio y que se sacrificó, al estilo druida, entrando sólo en un campamento romano para ejecutar a su comandante, señal generalizada para el levantamiento.

Sobre este asunto es aconsejable la lectura de Eduardo Peralta (los Cántabros antes de Roma, páginas 252-253), la de Carlos Jordán (El topónimo Teruel) y la de Francisco Beltrán (Epigrafía de Peñalva de Villastar), a los que este humilde divulgador y poeta épico sigue como mejor puede y sabe.

En definitiva, que algo habría, un chamán en cada pueblo por lo menos, y que estos estuvieran organizados bien podría ser, y que tras ellos existiera un colegio familiar, el de los Turos por ejemplo, pues también, y que constituirían el núcleo ideológico de la resistencia contra Roma, más que probable.

De lo que no cabe duda es del papel que muchos de estos sacerdotes del roble desempeñaron en la transmisión de las leyendas de los últimos pueblos célticos, los irlandeses y los galeses, las cuales fueron compiladas —trabajo meritorio y digno de agradecer—, además de modificadas, trafulcadas y hechas cuadrar a martillazos con la Biblia por monjes cristianos que, según Arbois de Jubainville eran druidas reciclados en brazos del cristianismo: la rosa y la espina, la luz y la sombra, la preservación de las leyendas y, al tiempo, la aculturación. ¡Qué le vamos a hacer!

En Cantábrica se habla de druidas, pues el término es altamente literario, conocido por cualquier lector y suficientemente significativo de la imagen de estos sacerdotes celtibéricos. Además, el protagonista del segundo tomo es Turo, un druida itinerante que al estilo de Olíndico, recorre los castros —todos los que en la actualidad se han excavado, de ahí las más de quinientas páginas del segundo tomo de Cantábrica—, y los recorre, digo, durante los años inmediatamente anteriores a las Guerras Cántabras para predicar la necesaria unidad frente al portentoso enemigo que se les echaba encima, para contar historias y para sanar a los enfermos.

         En fin, esto es todo por hoy, buena gente del Solar Cántabro sedienta de mitología.


AVISO... El anterior texto no pertenece a “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato divulgativo algunos de sus contenidos.

También se quiere hacer constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)

 


SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...