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jueves, 31 de julio de 2025

LA CUEVA DE LA DONCELLA


 

La presencia de una mujer salvaje que habita una cueva, al margen del mundo civilizado, es un viejo mitema indoeuropeo que tiene su reflejo en la mitología celta, en la germánica y en la grecorromana.

         Lo llevé al papel en una novela que escribí en 2015 por encargo del Ayuntamiento de Escalante, «SCALA. La leyenda de un pueblo», en colaboración con el escalantino Pedro Sarabia Pellón.

         En ella me enfrenté a un arduo problema técnico: ¿cómo insertar en una novela ochocientos años de historia? ¿sería posible compaginar tan dilatado tiempo narrado con una trama mínimamente coherente? Pues lo fue, gracias a la utilización de personajes intemporales insertados en secuencias históricas. Así, un cura, una bruja y dos caminantes que todo lo observaban y todo lo comentaban ─al estilo de los dos caminantes narigudos de Forges─ aparecen a lo largo de los tiempos como una constante que da coherencia al relato. Ni explico de dónde vienen ni quiénes son estos intemporales, pura fantasía realista inyectada en una narración histórica. El resultado fue satisfactorio y la novela resultó. Una gran experiencia literaria.

         Por desgracia, pasó por entre los pies de los destinatarios como la bola conejo, esa que corre entre los bolos pinados sin tocarlos. Bonito lanzamiento. Hermosa postura del jugador, muy tradicional, muy depurada, pero fue un lanzamiento conejo, no cayó ni un bolo, no se apuntó ni un tanto. En fin, quiero decir que todos llevaron el libro a sus casas, pues era regalado, mas nadie lo leyó.

         Eso sí, el Ayuntamiento puso una placa con un texto de la obra en el paraje donde antaño se levantara el convento de Santa Gadea, muy cerca de mi casa, donde tiene lugar una memorable escena de la obra.

         Allí continúa desde hace años. Es un lugar apartado con el que ni siquiera han dado los vándalos especializados en paneles explicativos. Allí aún pueden apreciarse y tocar las ruinas del convento, a las que se han unido las de mi novela olvidada.

         Pero, a lo que vamos, a la Cueva de la Doncella, que es uno de los relatos del libro. Se trata de la "transcripción" en romance de una leyenda contada por la tradición oral, y recibida de Damián Cubillas de la Sota.

         Cuando sólo contaba catorce años, mi hija Aura Tazón Cubillas, digamos que "tradujo" a romance la bella historia heredada de su güelu y, pasados los años, me la cedió para mi novela. Sólo por este hecho ─pues no quiero ser cansino con las hipotéticas virtudes de la obra, sólo vistas por este cura que nunca ha dicho misa─, «SCALA, la leyenda de un pueblo» habría merecido otro destino menos anónimo, al menos en el pueblo en el que nació, donde sigue siendo una desconocida al día de hoy.

         Desde entonces, desconocidos e hipotéticos lectores, sólo escribo para mí. Si se publica, bien. Si no, también.

         Como decía el poeta: escribo para pasar la vida mientras espero a que llegue la diligencia que me conducirá hacia la nada; junto a mí hay otros que aguardan, como yo, su turno; si mis escritos les aprovechan, será estupendo; y si prefieren jugar al billar o a las cartas, o manejar su móvil sube que sube pantalla, baja que baja dedo, también será estupendo.

         Dice así el poema:

«¿Quién de mi niñuca linda hay que pueda decir algo? Una mañana de enero ladrones se la llevaron.

Tenía ya tres añucos y el cabello colorado, con pequitas en la cara y ojos acaramelados,

con manucas de princesa y una mancha en el costado. Una mañana de enero ladrones se la llevaron.

Recorrimos La Montaña preguntando en todos lados y no había quien pudiera de mi niña decir algo.

A gritos yo la llamaba por los bosques y los prados, por los riscos, las camberas, las marismas y los lagos.

Pero nadie contestaba, nadie se acercó a aliviarnos, nadie hubo que pudiera de mi niña decir algo.

Rezamos todas las noches de todos los largos años que siguieron a ese enero en que se nos la llevaron, rogando al Señor del Cielo que ocurriera algún milagro.

Una buena madrugada mi hombre estaba cazando no muy lejos del convento de la falda de Montehano,

y allí vio que una doncella, sin pudores ni reparos, sin nada que la tapara, feliz se estaba bañando.

El cazador dio un respingo y la joven, como el rayo, escapó rápidamente, perdiéndose entre los charcos.

Mi hombre regresó a casa con el corazón parado. «He visto a la niña», dijo, «la vi por allí, nadando».

Al alba del día siguiente estábamos apostados en el sitio donde dijo que la había divisado. Allí estaba, como dijo, allí se estaba bañando.

Quise acercarme hasta ella y lo hice con cuidado y logré hacerme su amiga y examinar su costado

y comprobar que tenía una mancha en aquél lado. «¡Eres mi niña!», le dije, «¡La que nos habían robado!»

No entendía mis palabras, mas le conmovió mi llanto e invitome a ir con ella hacia el monte, Montehano.

En la boca de una cueva una vieja había esperando. Mi niñuca le dio un beso y le acarició la mano.

Pero entonces, la viejuca me vio llegar a su lado y reconoció a la madre de la que había robado

y chilló muerta de miedo y se refugió, llorando, entre los rojos cabellos de mi niña de veinte años.

Mi hombre llegó de pronto y la arrancó de sus brazos. Mi niñuca, enloquecida, con piedras quiso matarlo, sin saber que era su padre al que estaba apedreando.

Por fin logramos rendirla y al pueblo nos la llevamos. Le pusimos un vestido, la lavamos, la peinamos,

le dimos ricos manjares que nos costaron muy caros, y muchas cosas hicimos para poder festejarlo: que después de tanto tiempo la habíamos encontrado.

Pero mi niña no hablaba y estaba siempre llorando. Ni golosinas, ni dulces, ni música, ni payasos servían para animarla, para hacerla reír un rato.

Mi niñuca no comía más que yerbas y mastranchos y miraba con nostalgia la falda de Montehano.

No pude aguantar más tiempo, y una mañana temprano me la llevé de paseo antes de cantar el gallo.

Y llegamos a la charca aquella en que la encontramos y comencé a desvestirla, fuera encajes, fuera raso, arrancando los botones con el rostro herido en llanto.

La luz regresó a su cara y la color a sus papos y me besó en las mejillas por primera vez en años.

«¡Espíritu libre, corre! ¡Corre de nuevo a su lado, que esa vieja es ya tu madre y yo soy solo un candado!».

Por cierto, el nombre de Escalante procede de «SCALA ANTE PORTUM» "Scala" significa parada, posta, mesón, hospital. Se podría traducir por "Posta, antes de llegar a Puerto (Santoña)": Escalante.

 

Nota. Se recuerda a hipotéticos plagiarios que estas líneas están protegidas por los derechos de autor de la legislación europea, que somos abogados, que no nos cuesta pleitear y que, periódicamente cribamos la red con IA a fin de detectar utilizaciones indebidas de nuestras obras.

miércoles, 26 de marzo de 2025

EL POZO AIRÓN DE ESCALANTE

 


EL POZO AIRÓN DE ESCALANTE

Fue muy agradable descubrir hace unos días que la investigadora Marina Gurruchaga había tratado recientemente el tema del Pozo Airón en un interesante artículo publicado en la revista FolKlore, de la Fundación Joaquín Díaz, bajo el título: «Tremeo, un pozo airón en la Marina de Cantabria» https://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=5164&NUM=516.

En él sostiene que el mundo mágico que rodea el sorprendente paraje del Pozo Tremeo, en Polanco, se corresponde con el ambiente mítico propio de los diversos pozos, ríos y cascadas que con el nombre de Airón se reparten por toda España.

Airón sería un dios celta que se habría adorado en tierras de Celtiberia y la Galia, según los estudios de los profesores Lorrio Alvarado, de la Universidad de Alicante, y Salas Parrilla. Por eso, se podría decir que ese Pozo Tremeo es, de alguna manera, el equivalente en Cantabria de los pozos sagrados y míticos. En definitiva, que reúne el paraje todos los elementos para ser considerado un pozo Airón, salvo, claro está, en el nombre, aunque también Tremeo tiene, según esta autora muy interesantes significaciones.

Sin embargo, en la Marina de Cantabria SÍ QUE EXISTE un paraje denominado POZO AIRÓN.  Se encuentra en Rincón de Baranda, en Escalante. El riachuelo comienza en una cascada de gran belleza cuando lleva agua a la que en el lugar se llama EL SALTO DEL AGUA. A poco de nacer se sumerge, ya a la altura del camino vecinal, para volver a aparecer en un paraje que se llama POZO AIRÓN, donde el Ayuntamiento dispone de dispositivos de bombeo, pues de sus aguas se nutren los barrios circundantes. Se trata de unas instalaciones muy antiguas.  No es como el Tremeo, aunque quizá lo fuera en su tiempo, pero ha quedado en pie su denominación y su funcionalidad.

A partir de ahí, este arroyo se extiende por toda la llanada de Escalante hasta desembocar en la mar, en plena marisma. Es un río local que, según los tramos, tiene diversas denominaciones. En el primero, hasta la iglesia, se llama RÍO AIRÓN, en la iglesia toma el de Río Concejo y en su desembocadura Río Molino, aunque en los archivos municipales figura el conjunto como RÍO AIRÓN. 

No existe en su contorno cúmulo de leyendas luctuosas y oscuras, como en el caso del Pozo Tremeo, pues nadie se ha ahogado en sus inmediaciones. El único hecho reseñable en torno a él es que cerca de su nacimiento fue escondida la Virgen de la Cama cuando la villa fue invadida por las mesnadas corsarias del Arzobispo de Burdeos en el siglo XVII. En el folclore hay también una tonada popular, compuesta por Nobel Sámano, Salutación a Escalante, en donde aparece, al estribillo, este río. En cualquier caso, desde tiempo inmemorial se conocen estos parajes como AIRÓN (pozo o río), y está documentado como tal en los archivos administrativos del Ayuntamiento de Escalante y de la Confederación Hidrográfica. Los nuevos topógrafos, los de Google Maps, han dado en llamar al lugar Pozeirún, pero como Pozo Airón figura en todos los archivos y en la memoria del pueblo.

Recientemente, el Ayuntamiento de Escalante —regido por Francisco Sarabia, historiador local— ha realizado un informe técnico-histórico sobre este paraje tan nítido de la topografía menor de Cantabria y se lo ha remitido al Profesor Lorrio Alvarado de la Universidad de Alicante para que lo tenga en cuenta a la hora de reeditar su obra, de manera que figure Escalante en la cartografía de distribución geográfica de los diversos pozos, ríos y lagunas que llevan el nombre de Airón a lo largo de España, Portugal y Francia, en caso de que sean reeditados sus trabajos.  También ha enviado esos informes a la Universidad de Cantabria y a diversas instituciones regionales vinculadas con el folclore y la historia de la región, como ADIC y la Asociación Guerras Cántabras (Asesoría histórica, Lino Mantecón).

Airón es, pues, un dios céltico o precéltico, pues entre otros restos, se ha hallado un ara votiva a este deo Aironis en Uclés, en un paraje denominado Pozo Airón, según los profesores Lorrio Alvarado y Salas Parrilla. En Francia se han encontrado, incluso, restos de sacrificios humanos en cuevas del mismo nombre. Hasta una localidad gala recibe el nombre de Airón.

Estamos, pues, como he dicho en otro lugar, ante el decimotercer dios de la primitiva Cantabria, Airón, que, además, reúne todos los requisitos para deducir que su función en el panteón cántabro, fue la de señor de las tinieblas, de la Oscuridad.

Como es lógico, en «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro», de próxima aparición en tres tomos —composición literaria y épica—, este dios Airón, señor de las grutas y de lo escondido, ocupará un lugar privilegiado al frente de las fuerzas oscuras, opuestas a las luminosas en la mitología dualista celta, de la que sin duda participarían los cántabros del Segundo Hierro.

Por supuesto, nos hemos ofrecido a la profesora Marina Gurruchaga para proporcionarle toda la información de que disponemos sobre el tema, pues es la persona adecuada para el estudio de este presunto dios Airón cántabro, como lo demuestra el documentado y exhaustivo artículo sobre el “Tremeo, un pozo airón en la Marina de Cantabria”.

 

 


SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...