Tolkien no escribía para sí
mismo, no se guardaba su creación, no la cerraba bajo candados de
"copyright", sino que la puso a disposición del público. Manifestó en
múltiples ocasiones que sus personajes estaban ahí, viviendo en el éter, para
uso de cuantos escritores precisaran un cuerpo mitológico en sus obras.
Cualquiera podría usar los elfos, e insertarlos en las historias que crease.
Esa era su ambición, que su obra, especialmente el
Silmarilión, se convirtiera en el libro que faltaba en la cultura céltica de
las Islas. Los galeses poseían el Mabinogión, los irlandeses el Lebal Gabala,
el Libro de las Invasiones, pero los ingleses nada tenían, ni una triste
crónica. Por eso Tolkien sacó de la nada este Silmarilión, el cual brotó de
principio a fin de su fértil imaginación. Por eso aspiraba a que fuera un
referente para los nuevos creadores. Si un escritor podía entresacar una
leyenda del Mabinogión o del Lebal Gabala, ¿por qué no obtener materiales del
libro de mitología inglesa, el Silmarilión, por él creado, pese a que fuera
fruto de la literatura, como por otra parte lo es toda mitología?
No afirmaba el autor inglés que permitía que lo plagiasen,
sino que ponía sus ideas a disposición de todos. El plagio radica en la copia
global del fondo y de la forma, especialmente de la forma. Si usted copia mi
texto me plagia, pero las ideas, una vez vertidas en el caudal de la
literatura, son apropiables por cualquiera. De lo contrario, las letras no
avanzarían, ni el pensamiento original, ni siquiera la ciencia, y quizá esta
menos que cualquier otra actividad intelectual humana.
Escribimos siempre sobre imaginaciones de otros, sobre un
magma literario incandescente que reside en las calderas de nuestros interiores;
los escritos de los demás son el humus del que se alimenta nuestra creatividad.
Un caso cercano es el vasco. Cuando José Miguel Barandiarán
publicó su famoso Diccionario Ilustrado de Mitología Vasca, en el que recogía
las leyendas que, supuestamente, había tomado de la tradición oral, caserío a
caserío, hizo una recomendación a sus lectores y a todos los escritores que en
el futuro trataran aquel tema: que escribieran lo que quisieran, que lo basasen
en su obra si lo deseaban, pero que mantuvieran el hilo conductor argumental de
las leyendas, tal y como él había reflejado en su obra, de manera que se creara
un cuerpo de relatos canónico que fuera referente de la mitología vasca.
Lo cierto fue que así lo hicieron todos los escritores
vascos ─como siguiendo una consigna paterna─, y hoy día, las dispersas informaciones
mitológicas obtenidas de la tradición oral mediante el trabajo de campo del
entusiasta sacerdote, insertadas en el Diccionario, son ejes mitológicos
consolidados, y hasta se estudian como verdades consagradas en la Universidad
del País Vasco, donde se llega a recrear toda una "teología
académica" en torno a la Diosa, a Andramari.
Tendremos que suponer, lo cual cuesta bastante a nuestro
raciocinio, que las bellas estampas del Diccionario fueron sacadas sin
elaboración compiladora y sistematizadora e incluso creadora, de Barandiarán y
de su equipo, porque entendemos que toda mitología tiene su origen en la
literatura, y que el sustrato de transmisión oral es disperso, débil y descohesionado,
por lo que precisa unificación, fuerza y cohesión para su desarrollo, lo que no puede lograrse sin la intervención
creadora, activa y literaria del compilador. Pero, en fin, muertos los comunicadores
del trabajo de campo, por mucho que en él se les cite con nombres y apellidos,
sólo queda la palabra de los compiladores, ¡y es tan tentador crear toda una
mitología y decir que se ha sacado del mismo campo, del carro tirado por bueyes
desbordante de heno, del robledal parlante, de la fuente mágica! Tal trabajo
complementador sería comprensible, muy humano y llevado a cabo sin mala
intención, por supuesto. Esto no quiere decir que dudemos de la palabra de
Barandiarán, autoridad de autoridades, ¡estaría bueno!
En "Cantábrica, la Gran Enciclopedia del Solar
Cántabro", sin tanta ambición como los vascos y sin la maestría de
Tolkien, también se pretende ofrecer al escritor un catálogo de leyendas, de
fundamentos mitológicos, una cosmogonía, una teogonía y una teomaquia, un
relato completo y cerrado que pueden utilizar en sus obras como fondo
mitológico común y como elemento de ambientación.
La ambientación en una novela histórica es un elemento
narrativo de gran importancia. Si queremos escribir una escena medieval con
lenguaje moderno, debemos tener en cuenta que el hombre de aquellos tiempos era
profundamente religioso, y la religión ha de estar presente en frases, en
leyendas de fondo, en formas de expresión. El cristianismo nos ofrece todo un
catálogo de materiales lingüísticos y conceptuales que, en boca de los
personajes, generarán un ambiente adecuado. La religión es una parte importante
del atrezo de una obra literaria.
Por eso, "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar
Cántabro" ofrece a los escritores un completo panorama mitológico de la
sociedad cántabra de los tiempos del Hierro. Podríamos decir que es un manual a
disposición de los escritores. Se siguen así los pasos de Tolkien y de
Barandiarán, casi nada.
Claro, que siempre será de agradecer una mención, una nota a
pie de página, un agradecimiento, una referencia a este autor y a su obra,
aunque sea leve y como de pasada, pues cede sus ideas a la comunidad, lo que es
decir poco, pues si son valiosas serán tomadas con o sin su consentimiento, es
ley literaria ineludible.
Y, ya que vamos a presentar esta obra en Los Corrales de
Buelna, vista la extraordinaria labor que la Asociación de Guerras Cántabras ha
desarrollado durante los últimos 25 años, la cual no es estática ni mucho
menos, sino que evoluciona en espiral, conviene avisar de que la mayor parte de
los relatos que en "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro"
se insertan, SON REPRESENTABLES EN FORMATO DE PIEZA TEATRAL.
Son cientos de nuevas leyendas cántabras obtenidas de la
mitología comparada, de mitemas compartidos con otros pueblos celtibéricos, de
relatos fantásticos y mitológicos que pueden servir en su gran representación
de las Guerras.
Imaginemos que las tribus cántabras de Los Corrales acuerden
que cada una interprete una pieza teatral inspirada en "Cantábrica".
Se trataría de obras cortas y sencillas, de contenido mitológico. Son tantas
las piezas que se ofrecen en los tres tomos de la obra, que se tendría para
varios años, sin repeticiones. Al tiempo, los romanos podrían representar,
legión a legión, elementos de la rica mitología grecolatina.
Un diseño teatral de esos cortos, sería fácilmente
representable por niños y jóvenes, con lo que se dispondría de una novedad
renovable año a año, un aliciente más para la participación ciudadana, un baño
de experiencia teatral ─la primera de las manifestaciones literarias─ y un
enriquecimiento del festejo.
Esta idea bien puede ser una bobada. En tal caso, téngase
por no puesta, aunque por expresarla nada se pierde, quién sabe, quizá sirva
para algo. Quedo con mi "Cantábrica" a disposición de los
organizadores de Guerras para lo que deseen en este sentido.
Nos vemos en Los Corrales el viernes 29 a las 7 de la tarde,
donde presentaremos "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro".

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