miércoles, 27 de agosto de 2025

VISITANDO EL NÉMETON DE MOROSO Y EL CASTRO DEL CUETO


 

Cuando el viernes 29 de agosto de 2025, a las 12 de la mañana, un grupo de expedicionarios visiten el castro del Cueto, dentro del marco de las actividades de las Guerras Cántabras de Los Corrales de Buelna, que paren un momento en el németon de Moroso y recuerden la siguiente historia que saco de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» ─Tomo 3, "Tiempos del Hierro", capítulo 22, "El Cueto-Moroso. El tiempo se puede parar", página 205─.

         En ella se recogen cinco o seis leyendas indoeuropeas, se sistematizan en la trama y se ubican en el espacio, debidamente cantabrizadas. Les hará sentir la presencia divina en el insuperable németom de Bostronizo.

         Ese mismo día, viernes 29, a las 7 de la tarde, los valientes expedicionarios podrán escucharnos hablar de "Cantábrica" en la Tierra Sagrada de la Campa de Mazarrasa, en Los Corrales.

Dice así la leyenda del Cueto de Moroso:

«El bosque se espesa cuando ya está a la vista el castro del Cueto, alto, orgulloso, redondo como vientre grávido de Deva.

Turo que iniciara el nuevo trayecto con la alegría lógica de quien despierta de una pesadilla, se siente ahora agobiado por sus pensamientos. No entiende cómo cedió a la debilidad frente a la ejecución en el castro de la Atalaya, ¿acaso no es un veterano caminante que lo ha visto todo? Parece ser que no, que aún siente pudor ante el sufrimiento ajeno y vergüenza por la alegría de los demás al contemplarlo. También Hércules camina a trompicones y nada dice durante todo el recorrido, ni siquiera protesta cuando cruza el Bisalia con el druida sobre su lomo.

Es mediodía. Las hojas, que resplandecen de verde, forman un cedazo por el que la luz del sol desparrama claridad entre las sombras. El ara del németon es iluminada por una columna de polvo incandescente que desciende de lo alto, dedo índice de Dis Páter, formada por miles de anárquicas partículas de imprevisible evolución que suben y bajan. Ha llegado al centro del bosque sagrado.

El druida deposita en el altar su bastón y el caldero y se sienta en el suelo, la espalda recta, las piernas cruzadas, en la postura del Nemedo Sediago, del Cernuno que abarca toda la naturaleza, el padre de los bosques. Entorna los ojos y silencia su pensamiento.

Los pájaros lo saludan; las hojas agitadas por la leve brisa se presentan a él; los grillos salen de las cavernas para acariciar sus oídos con cantos monocordes, adormecedores; escucha cómo una ardilla casca una nuez con los dientes, y hasta puede distinguir el hozar de un jabalí en la espesura, allá lejos. Ya no hay pensamiento, ya no hay penas. Casi vegetal como los robles, Turo permite que la sangre —siempre estática— cobre vida y corra por sus venas arriba y abajo, sin pensar, sin agobiarse. Y es la sangre la que, al llegar al cráneo donde se acomoda el alma del sabio, borra con su oleaje el recuerdo de los recientes desvelos. Su mente se sumerge en la de Cernuno que todo lo alcanza, que todo el bosque abarca. Es entonces cuando la percibe.

         Alguien se ha sentado a su lado. ¿Quién eres, caminante?, le pregunta una voz femenina, ¿o es el trino de un jilguero lo que escucha? Soy Turo el viejo, el que recorre el mundo por orden de Epona, pero, dime, mujer ¿quién eres tú? Soy la que te vio escondido en el cuerpo de salmón que comiera tu madre Dovidena cuando te engendró; soy la punta de tu bastón cuando se clava en la tierra insegura; soy el sol que te acaricia después de la lluvia; soy la sangre de los enemigos que derramaste; soy el cuerpo desmembrado que viste juntar torpemente en la Atalaya; soy tu sombra y la sombra de los árboles; soy la que susurra en tu oído el murmullo del silencio... No digas más, te conozco, pero no puedo nombrarte. Es natural, tampoco los dioses me nombran y eso que todos son hijos míos, porque no tengo nombre ni puedo tenerlo, porque soy la mezcla de los contrarios, porque todo nació de mi seno y a él vuelve, porque soy más que la Tierra, que es mi hija, porque soy más que el mar, que es mi hijo, porque soy más que el cielo, que es mi hijo también, y a ti te conocí cuando te llamabas Viamo, el vástago del aquitano, el abuelo del tatarabuelo de Alio, tu segundo padre, el que pescara el salmón que antes fuera tejo, que antes fuera águila, que antes fuera jabalí, que antes fuera lobo, que antes fuera Viamo, que fue devorado por Dovidena que te engendró y te parió aunque, en realidad, yo te alumbré en mi mente sin mente, y te entregué la sabiduría del lobo, del jabalí, del águila, del tejo y del salmón, Turo, eres mi hechura. Aún así, señora, sigo sin poder nombrarte.

         El druida abre los ojos, gira la cabeza y ve a su lado a una mujer resplandeciente, de difusos contornos, cubierta con un sagum azul en cuya capucha se enmarca un rostro blanco como ese hielo que nunca abandona las cumbres. Ella lo toca. Él se estremece.

Hoy soy yo la que te contará una historia, Turo, dice la Innominada, pero antes he de hacerte un regalo. Le entrega un brillante anillo de oro. Tómalo, es el mismo que llevaba en su dedo cordal Palaro. Verás, eran aquellos tiempos difíciles, cuando el mundo estaba en formación y los pueblos se aliaban junto a los dioses de la Luz o junto a los de la Oscuridad, cuando un día sí y otro también se levantaban montañas y nacían grandes ríos de sus cumbres, cuando se escuchaba a todas horas el atronador grito de Taranis en los valles, cuando los rayos perdidos de Candamo se estrellaban contra los más grandes árboles, cuando se estaba creando el mundo a partir de la lucha feroz de unos contra otros, de todos contra todos. En aquel remoto tiempo, Palaro, al frente de un grupo de aguerridos noegos, estaba en batalla contra un sinfín de caristios y várdulos que apoyaban las armas de Airón. Al lado del héroe combatían también los autrigones amanos, pero en mitad del combate estos últimos se pasaron al enemigo. Fue un grave revés para las fuerzas de Palaro, que vio perder uno a uno a sus compañeros noegos y quedó él solo contra mil adversarios. Todos golpeaban a la vez, todos acometían juntos, todas las falcatas, todas las hachas gritaban su nombre desde los filos sedientos de sangre. Era el final de Palaro, salvo que los dioses decretasen un fin diferente a la muerte. Y esto último es lo que sucedería.

Por el camino que conduce a la batalla, continúa la diosa, se ve llegar a un jinete que cabalga sobre un asno. Es un anciano de pelo blanco y blanca túnica que porta una lanza en la que se reflejan los rayos del sol. Se detienen las acometidas. Palaro deja de defenderse, sus enemigos son estatuas feroces en actitud de ataque, ninguno se mueve. El anciano jinete llega al lado del joven guerrero. Lo abraza cálido, le hace reposar y, durante tres días y tres noches obliga al sol a detenerse en el cielo. Este tiempo no computado es bien aprovechado por el anciano, pues se aplica en curar las heridas del joven guerrero. El arte de aquel ser es de consumado sanador, su voz suave, cálido su tacto, prodigiosas las hierbas que guarda en el zurrón. Su lanza, de cuya punta escapan continuos destellos, está apoyada en una roca. Al tercer día, cuando el guerrero se siente recuperado de las numerosas y casi mortales heridas, mientras sus enemigos permanecen en las actitudes estatuarias de cuando lo atacaran, el anciano le pregunta si lo reconoce. ¿No?, mírame a los ojos, hijo, y lo toma de los  hombros con sus manos enormes, capaces de cualquier tarea. Bajo la mirada de infinito, reconoce Palaro que tiene ante él a su padre, Lucobos, el que lo engendró en el vientre de Apleca, el dios preferido de los dioses, y el dios preferido mío, Turo, a la que llamáis la Innominada.

Cuando, montado de nuevo en su asno, el dios se fue por donde había venido, todos los enemigos volvieron a su ser, este listo para atacar, el otro dispuesto a cercenar, aquel gritando, el de más allá bufando en feroz acometida con su hacha doble. Pero de todos ellos dio buena cuenta el renacido Palaro. A muchos se les acabó allí mismo la vida, heridos por el hijo de Lucobos, hasta que por fin los atacantes se batieron en retirada. ¿Conocías la historia, Turo? Sí, es la que pretendía contar hoy en aquel castro. Pero no sabrás que antes de retirarse, Lucobos entregó a su hijo el anillo que ahora deposito yo en tu dedo, ¿es así? Cierto, lo desconocía, ¿para qué sirve?

La Innominada, rostro blanquísimo enmarcado en el sagum azul, le contesta que si lo lleva siempre en su dedo le permitirá saber quién miente y quien no, quien es fiel a su propia palabra y quien no, porque cuando se encuentre ante un falsario, ante un mentiroso, ante un alma retorcida que esconda la envidia tras su sonrisa engañosa, el anillo apretará su dedo y lo delatará. De haberlo poseído antes de la batalla, Palaro habría detectado la traición de los autrigones a su debido tiempo. ¿Por qué me lo das, señora? Porque vienen años difíciles, tiempos de guerra en la que todos mienten. Nunca creas a nadie, porque el arte de la guerra es el arte del engaño, ni siquiera creas a los tuyos, especialmente nunca creas a los tuyos y, si pese a todo, tienes dudas sobre la veracidad de lo que te cuentan, espera a que hable el anillo, porque él te dirá la verdad y cuando descubra al mentiroso, apretará tu dedo. Dicho esto, la Innominada desaparece.

En su lugar, queda el trino de los mirlos que despiertan a Turo de su ensoñación y que le avisan de la presencia de gentes más humanas que divinas.

Han bajado del Castro del Cueto a buscarlo. Lo acogen con reverencia y lo conducen hasta el poblado, donde todos compiten entre sí para agasajar al viajero. Es gente tan amable que Turo se deja querer y permanece entre ellos dos semanas, dedicado a contar relatos y a curar lesiones y heridas de mal pronóstico. Cuando, al fin, se ve obligado a seguir su camino, todos lloran. De nuevo tendrán que sacar los enfermos a las encrucijadas para que los caminantes opinen sobre la forma en que puedan ser curados. De nuevo las noches serán solitarias, ayunas de relatos y leyendas bajo la luna.

No lloréis por mi ausencia, les dice Turo cuando se despide, llorad más bien por vosotros y por vuestros hijos, y no perdáis tiempo en vanas preocupaciones, sino preparaos para la guerra, que es inminente. Pero ellos no se hacen cargo, aunque lo intentan, de la imagen del futuro que se aproxima, según les ha avisado el sagrado profeta que los abandona.

Que Erudino te acompañe, le dice el druida del lugar cuando lo ve partir y el anillo aprieta el dedo de Turo. Aquel hombre parece amable, pero es un saco de envidia. ¡Bendita Madre que le hiciera tan extraordinario regalo! Turo se aleja feliz del castro en el que ha hecho tanto bien, por no haber sido objeto de la oculta rabia de su colega, tan colaborador en apariencia, y se encamina hacia la gran barrera, hacia la Sierra de los Hombres que guardan los accesos de la montaña. Adorará a la Innominada y a Erudino en la cima del Dobra. Es probable que alcance los castros de la costa para Elembibios».

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