La fotografía que se presenta en comentarios es Montehano, el monte del Fano, el Monte del Santuario, tomada ayer, 28 de agosto de 2025 desde el mirador de La Lastra, en Escalante. Obsérvese la sequía.
Obsérvese también cómo en el último
tercio del monte cambia la tonalidad de la vegetación. Hay una línea horizontal
que permite distinguir, hacia abajo, la plantación de eucaliptos y, hacia
arriba la vegetación autóctona. A esa línea la llaman los lugareños el Zuncho.
Quizá la cima se respetó por la dificultad de superar con maquinaria pesada la
mole de piedra, quizá porque aquel accidente natural no fuera, en el fondo, tan
natural, esto no se ha estudiado.
Lo cierto es que Montehano es, con
claridad, un "castro de corona", abundante en tierras hoy asturianas,
antaño de cántabros que habitaban el oriente de Asturias. Eran castros
defendidos a media altura por una protección natural o por una muralla, y en la
cima por un pequeño muro. En la cumbre de Montehano, al día de hoy, existen las
ruinas de un castillo medieval, construido, quizá, sobre una estructura castreña
preexistente.
Si se mira Montehano desde el castro
del Cincho de Soano ─también con referencias a monte sagrado, So (debajo) Ano,
Hano, Fano, santuario─, se ve como un espectacular grano en el centro de las
Marismas de Santoña, porque Montehano fue, hasta tiempos muy recientes una
isla.
Fácil es comprender que los viejos
cántabros lo usasen más como templo al aire libre, como santuario, como németon
que como emplazamiento defensivo. Sería un hogar de dioses, un pequeño Olimpo,
la casa de la divinidad, el lugar de exposición de cadáveres para que fueran
aprovechados por los buitres leonados del cercano monte Candina ─de Candamo─,
que aún hoy se ven sobrevolar Escalante.
¡Hay tanto por descubrir entre las
ruinas del castillo medieval! Quizá algún día en que las gentes sean más
razonables la ciencia asaltará este arcano de la antigüedad.
Eso, respecto a la historia de
Montehano. Ahora mi propia historia. Hace casi cincuenta años, llegué por
primera vez a Escalante. Perseguía la voz de una joven. Me encontré sólo,
desorientado y sentado en una piedra, en un prau frente a Montehano. Llovía
morrina. Miraba al monte y me preguntaba, ¿qué demonios hago yo aquí? Y el monte
miraba mis diecisiete primaveras con actitud guasona, pero nada decía.
Pasados los años, unos veintisiete, me
construí una casa frente a Montehano. Por las mañanas, pues siempre fui de
mucho madrugar, me miraba el Monte y yo le miraba a él. Y me preguntaba lo
mismo, ¿pero qué hago yo, un santanderino, aquí? Pero el monte nada decía.
Más de treinta años después de
construirme la casa, toda una vida ya, abro la ventana de mi habitación y lo
primero que veo es Montehano, hoy tapado por los robles que planté diminutos,
pero que han crecido y son grandes, enormes. El monte, tras ellos, está
presente, al menos yo lo siento ahí, palpitante; los árboles son una
avanzadilla de la divinidad que me vigila de cerca, estoy seguro. Y sigo con la
misma pregunta: ¿es posible que no sepa lo que hago aquí?
La verdad sea dicha, no puedo engañarme
por más tiempo. Sé bien lo que pretenden los dioses, esos que callan desde la
cima del monte, desde la copa de los robles. Y lo sé porque ellos, en sueños,
que es como se comunican, me lo han dicho en multitud de ocasiones. Otra cosa
es que yo no quiera reconocerlo: Estás aquí, me aseguran, para hacer que Epona
cabalgue de nuevo, para lograr que Lucobos organice la vida de los hombres,
para dar a Candamo nueva voz, para que Deva, Dana, Briguit, la Innominada,
salte de su río e inunde la tierra. Por eso estás aquí, dicen. Yo callo, ¿qué
puedo responder?
Hoy, 29 de agosto de 2025, en unas
horas, tras cinco años de silencio, presentaré "Cantábrica, la Gran
Epopeya del Solar Cántabro" en Los Corrales de Buelna. Aún es de noche.
Abro la ventana. Montehano me mira y calla, yo lo miro a través de las copas de
mis robles. No hablamos, sólo nos contemplamos. No hace falta más. Nos
entendemos. He aceptado mi destino.
Con seguridad, pensarán que estoy loco
al escribir esto, y no andarían descaminados. Algo de anormalidad hay en todo
ello, pero es que los que escribimos no estamos sanos; una pizca de demencia,
como mínimo, hay en cada uno de nosotros. Sólo quienes no escriben tienen la
cabeza bien puesta sobre los hombros. Sólo los enfermos escribimos.
El mismo Dios, cuando creó el mundo,
estaba enfermo de soledad. Y para mí, que lo hizo mal, muy mal y, encima, adrede.
¿Qué pretendía? ¿Cabe alguna duda?, entretenerse con los desesperados saltos de
las criaturas cuando pretendían evitar las brasas de la injusticia, de la enfermedad
y de la muerte sin saber, las infelices, que estaban predestinadas a sucumbir
entre ellas. La cruel divinidad regó con carbones incandescentes los rincones de
su mundo, y los camufló entre flores de belleza y olor exuberante. ¡Qué brincos
los de las pobres criaturas al descubrirlas, al abrasarse los pies descalzos
con ellos! Eso sí que era todo un espectáculo, una diversión digna de una
deidad ociosa.
Yo, como Tolkien, también he creado un
mundo aparte, diferente, divino, y espero haberlo hecho mejor que Dios pues,
aunque trastornado y todo ─como cualquier escritor─ no tengo tan mala baba como
el divino demiurgo. Y sé que, dicho lo anterior, incurro en pecado de
"hibris", de soberbia, y que me encontraré, como pago, una piedra
negra a la vuelta de cualquier rosa. ¡Ay, demiurgo cruel, demiurgo cruel! Mis
dioses son más razonables que tú, como de aquí a la Cochinchina, ida y vuelta.
Dicho sea con todos los respetos, y sin ánimo de ofender, pero ofendiendo una
miaja.
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