Conversación
entre un profesor de técnica literaria y un aspirante a alumno:
O se tiene, o no se tiene. Mira,
querido amigo, puede que en este taller literario no encuentres lo que buscas,
siempre que aspires a que te enseñemos a escribir, pues eso dependerá de tus
condiciones, de lo que lleves en la mochila no sólo en función de tus
conocimientos, sino, sobre todo, en función de tus capacidades... No le
entiendo señor. Verás, quiero decir que unos sirven y otros no, como los pimientos de Padrón. Sigo sin
entenderle, si tengo voluntad de aprender, ¿no podré por falta de cualidades?
No es cuestión de voluntad, querido alumno, sino de realidad. ¿Si no fueras
capaz de distinguir los colores, si no tuvieses medios para captar tonalidades,
si las figuraciones espaciales no cupieran en tu mente, ¿podrías ser pintor?
Hombre, pues no. De la misma manera, si tu oído es de cartón y no puedes
distinguir entre dos voces, o entre el sonido de un violín y una guitarra y
apenas diferenciases entre un do y un re, ¿serías capaz de componer una música
diferente a "los patitos dicen pío, pío, pío" tras varios años de
estudio? Pues, caramba, vaya ejemplo me pone usted, pero, vamos a ver, ¿es que
me cree incapaz de escribir? No sé, eso dependerá de la intuición literaria de
que disponga... Vamos a ver, señor Maestro Ciruela, ¿por qué cree usted que no
tengo eso que dice? ¡Póngame a prueba! Bueno, vamos, y disculpe que le haya contrariado. Verá, el ejercicio test
es muy sencillo... Nada, nada, lo que sea, dispare... Pues verá, aquí tiene un
texto básico escrito en tercera persona y pasado, ¿lo ve? Por supuesto, no
estoy ciego. Vale, pues se trata de que lo tome y lo lea en voz alta, pero
cambiando lo cambiable y, sobre la marcha lo traduzca a primera persona y
presente... Pues empiezo, dice así... Oiga, se me está trabando... ¡Hombre, don
Ciruela, esto es fácil, pero lleva su tiempo! No, no, mire, está usted dudando,
no lo hace de corrido y vacila. Es normal, no estoy acostumbrado a... Pues si
no puede leer de corrido y traducir un texto de tercera persona y pasado a
primera y presente, con soltura, como si leyese el cuento de Caperucita, no
tiene usted intuición literaria y jamás podrá escribir, como aquel que lleva un
madero por oído, que jamás podrá componer, ¿lo entiende? Claro que lo entiendo,
¡váyase usted a la mierda! Pero, hombre, no se ponga así, quizá carezca usted de
intuición, pero estos conocimientos le vendrán bien en funciones diferentes,.
como crítico literario por ejemplo... Pero, qué hace, a dónde va, escuche, no
se marche, ¿no comprende que uno que tenga oído de botella puede ser un buen
profesor de música? ¡No, no lo entiendo!... Pero si usted puede llegar a
catedrático de literatura de instituto... ¡Que deje, que no me agarre mientras
me pongo la gabardina!... O, incluso de universidad.... ¿Callará de una vez?...
Vale, pero, venga aquí... ¡hablemos!, ¿dónde va usted?... Portazo.
¡Mierda, mierda, mierda! ¡Siempre me
sucede igual! ¿No podría enjaular de una maldita vez mi sinceridad? ¿es que no
aprenderé nunca a ser práctico?
Aquel profesor de escritura creativa
era demasiado sincero. Así le fue, que hubo de cerrar la academia y dedicarse a
enseñar a los niños modernos, digitalizados, el juego de las canicas. Era casi el
mismo oficio y también fracasó.
Por fortuna, encontró una buena
esquina en una iglesia, y para hacer pis
echaba mano de los bares de los alrededores, hasta que le impidieron acceder a
ellos porque contrataron a un guarda jurado de complexión goriliana, con lo que
hubo de exponerse en una minúscula esquina a la vista de todo el que no
desviara la mirada, pero sobrevivió. Para comer la Cocina Económica nunca le
falló, y para dormir el Albergue municipal para transeúntes resultaba más que
cómodo.
Eso sí, el Maestro Ciruela tenía una
intuición literaria como pocos. Eso lo aseguro yo, que he conocido a muchos,
pero que a muchos escritores.
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