jueves, 4 de septiembre de 2025

LOS PASIEGOS Y LA COVADA



Ya hemos hablado de la famosa fake de la antigüedad que llamamos covada, cuando el hombre se encamaba nada más parir la esposa y era atendido por esta. La idea no pasa de majadería histórica. Así se expresa el asunto en «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», tomo 1, páginas 41 y 42. con un comentario de Gárate Arriola, personaje nada sospechoso de ser antivasco. Dice así:

«En Cantabria Adriano García Lomas (García Lomas 1960 y 1999, 355 y ss.) afirma que fue Lasaga Larreta quien hizo referencia de la costumbre de la Covada entre los pasiegos, en sus Memorias, publicadas en 1889, pero en ningún momento este autor torrelaveguense fue testigo directo de tal hecho. No se olvide que era contemporáneo del debate sobre la covada pirenaica, que tanto dio que hablar entre los estudiosos vascos, nacida de la misma cita de Estrabón. En realidad, nunca escritor alguno vio personalmente el extraño encamamiento del varón. Y es que resulta natural que para vincular a un pueblo con el pasado heroico de los cántabros, se pretenda buscar apoyo en la autoridad estraboniana, de manera que si los vascos o los pasiegos practicaron en tiempos recientes la misma costumbre propia de los cántabros, de la que el autor griego dejó constancia escrita, esos pueblos habrán de ser considerados descendientes directos de los antiguos y legendarios combatientes, por eso convenía esforzarse en la inventiva, comportamiento que no presupone mala voluntad por parte del cronista, sino mera inocencia o, como máximo, voluntad patriótica de acercar el ascua a su sardina. En fin, nos preguntamos cómo una habladuría se ha convertido en una realidad mítica, ¿cómo es posible que tan extravagante acción de encamarse el padre dando alaridos de parturienta y el levantarse la mujer tras el parto a servirle haya cobrado carta de naturaleza?

Desde  la  época  de  Cristo  hasta  el  siglo  XVII,  todo  el  mundo  tenía  que haber sido medio idiota, tanto en España como en Francia en sus siglos cultos, pues  no  conocieron  tan  divertido  asunto  Marcial,  Quintiliano,  Séneca,  San Paulino,  San  Isidoro,  ni  Rodrigo  Jiménez  de  Rada,  que  era  vasco (Gárate Arriola 1975, 19)». 

miércoles, 3 de septiembre de 2025

¿QUÉ EDAD PUEDE ALCANZAR UN DRUIDA?



 Una niña le pregunta a Turo, el druida protagonista de «Tiempos del Hierro» (Tomo 2 de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro, página 35) cuántos años tiene. Él, que quiere hacerse pasar por muy viejo, le cuenta la historia de sus años, para lo que se compara con un tejo. Están en el castro de Amaya, en Herrera de Pisuerga.

«Verás, pequeña, te lo voy a contar de manera que lo entiendas. Un día, tras la fiesta de Elembibios, cuando Lucobos victorioso sobre la Oscuridad reina al fin, en la época en que Eburo obliga a los tejos a fructificar, tomé una pequeña baya roja y la planté en el jardín de mi casa, en Vellica. De ella nació un hermoso tejo. Cuando se hizo algo grande, lo trasplanté al centro de la ciudad y allí creció hasta alcanzar la altura suficiente y la frondosidad precisa para acoger bajo sus ramas a cien guerreros. Luego, el tejo siguió creciendo hasta que sobresalió de las murallas y era visto desde larga distancia, hasta el punto de que Vellica, mi patria, fue conocida como la ciudad del tejo. Pero el árbol, como todo ser vivo, terminó por secarse, ya me entiendes, porque tú también te secarás, niña. Entonces los ancianos que gobernaban cuando el pobre árbol murió, me pidieron que lo cortara, pues lo había sembrado con mis manos, de manera que quedase libre la diosa que vivía en su interior. Eso hice y para no desperdiciar la madera, construí cien barricas para vino, cien para zythos y cien para agua. Pero, tanto se usaron que pese a estar hechas de madera de tejo terminaron por estropearse. Entonces tomé las barricas, o lo que quedaba de ellas e hice otras cien barricas de vino, otras cien de zythos y otras cien de agua, aunque más chicas. Pero estas también terminaron por desaparecer, pues el tiempo todo lo tritura. De ellas quedó sólo el polvo, y, de verdad, pequeña, no puedo decirte dónde ha ido impulsado por el viento, pero te aseguro que yo vi la polvareda que se levantó con lo que fueron barricas chicas, barricas grandes y tejo frondoso, entremezclarse con los cascajos de roca, hojas de roble, cáscaras de bellota y briznas de estrellas, porque todo esto lo vi yo, ¿entiendes ahora lo viejo que soy?»

 

martes, 2 de septiembre de 2025

¿POR QUÉ PRESENTAR LA OBRA EN ADIC?

 


 

Por simbolismo, al igual que la presentación en Los Corrales de Buelna.

         "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro" es una obra repleta de símbolos y una titánica apuesta. Se apuesta por reconstruir la mitología para ayudar a levantar la moral de un pueblo avejentado y abatido, depauperado y, sin embargo, muelle en sus costumbres, en su concepción del pasado, con un difuso y cada vez más minoritario sentimiento de identidad.

         No son pocos los que prefieren las luminosas y sureñas sevillanas ─muy dignas por otra parte─, a los briosos cortejos del Pericote o a las picardías de la jota montañesa a lo ligero y a lo pesado, a la Bailá de Ibio o a la Vijanera de Silió. Por fortuna, aún resiste el folclore en los pueblos de Cantabria, en las asociaciones de vecinos, en las jóvenes agrupaciones de picayos, en las comisiones de fiestas, en los círculos más profundos de nuestra geografía humana, toda una tragedia para los que pretenden dividirnos.

         Y Adic, la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria fue clave en la construcción de esa identidad.

         En 1975 "Cantabria" no existía. Nuestra tierra era la "Provincia de Santander", como máximo "La Montaña". Sí había federaciones "cántabras" de remo, ferreterías "cántabras", orfeones "cántabros" y reminiscencias significativas de un pasado  común a todos  los pueblos de la provincia santanderina. Pero "Cantabria" no existía. ADIC fue quien puso en nuestra boca su nombre.

         Ni siquiera se sabía ─salvo honrosas minorías─ quiénes eran Manuel Llano o Adriano García Lomas, pese a que sus obras llevaban largas décadas publicadas.

         La celebración del Día Infantil de Cantabria fue el pistoletazo de salida para la asunción de la identidad cántabra por dos generaciones. Allá descubrieron nuestros hijos, y descubrimos nosotros como padres, lo que eran los ojáncanos, las anjanas, los trentis, los trasgos, las guajonas.

         Luego vino la famosísima obra de Isidro Cicero, el Vindio, que profundizó en el pasado glorioso de nuestra tierra. Antes de leerles a nuestros hijos por la noche un capítulo de la obra, hacíamos una lectura previa, e incluso nos documentábamos con Llano y con García Lomas, por si los peques nos hacían preguntas. De esta manera entramos nosotros mismos en el universo mitológico de Cantabria. Dos generaciones cosidas entre sí por el Vindio.

         Tras esta obra señera, vinieron las compilaciones de relatos de Jesús García Preciado y los entrañables dibujos de Gustavo Cotera.

         Estos fueron los pilares literarios y gráficos de la formación de la identidad cántabra a partir de 1975 porque antes, ya digo, sólo existía la Provincia de Santander. Y, no olvidemos que toda mitología ha tenido su basamento en la literatura desde que Homero fue Homero.

         Luego, vinieron los EPÍGONOS, los seguidores sin más, los imitadores. La máquina de las editoriales profundizó en lo que estos autores habían levantado y se repitieron sus modelos hasta la saciedad. Innumerables fueron las publicaciones que sacaron a la luz nuevas versiones de lo mismo. Y, la fuerza, el imponente impulso de esta literatura infantil, genial y muy a propósito para que los jóvenes se identificasen con su tierra, quedó estancado durante décadas.

         Con «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» pretendemos revertir este período de decadencia de la mitología cántabra, dignificar la historia y convertirla en una fuerza imprescindible para  que el cántabro se sienta vinculado a la tierra, uno con sus hermanos y dispuesto a dar un paso atrás para mejor saltar la sima del vacío, para que reflexione en el interior del németon sagrado, de donde luego se levantará, restaurado su ánimo, y afrontará los retos, casi insuperables, que el futuro le depara.

         Por eso presentamos «Cantábrica» en ADIC. La humildad de su establecimiento se compensará con el calor de sus gentes.

         No es «Cantábrica» una obra fulgurante y pasajera, una estrella fugaz en el mundo literario cántabro. Si lo fuera, preferiríamos presentarla en la Fundación Botín, en el Hotel Bahía, en el Paraninfo de la Magdalena, o en una carpa en Farolas, financiada con dinero público para regodeo del "tontintolín" privado; la optimizaríamos económicamente y, luego, a otra cosa de mayor relumbrón. Pero, por desgracia para nuestros bolsillos, no es un producto mercantil, es un negocio ruinoso. La mitología misma es una ruina, pero de las que permanecen por siglos, un viejo topo que horada los pilares de la tierra.

           «Cantábrica» es una obra con la que habrá que patear casa por casa, municipio a municipio, que no quede asociación vecinal sin escuchar este mensaje. Es una carrera de fondo. Un esfuerzo que, sin duda trasciende a su autor quien, en realidad, nada espera de la literatura, de la fama y del futuro ─ha vivido lo suficiente como para saber que sólo se tiene lo que se toca aquí y ahora─ pero que procurará dedicar el tiempo que le reste a promocionar esta obra que le trasciende, con el tesón del caracol condenado a recorrer la tierra del Solar Cántabro, el vientre de gasterópodo pegado al suelo, a la piedra, a la hierba.

         Cuando un pueblo se aplica a transformarse y a transformar la Historia, a afrontar los rudos retos que lo esperan, precisa revestirse del ropaje de sus antepasados, asumir sus costumbres, desempolvar las hachas, imitar su lenguaje para, con este disfraz de vejez venerable, sentirse comunidad, verse identificado con sus vecinos para, todos juntos, transformarse y transformar la Historia.

         La idea es: frente a la globalización despersonalizante, la identidad que vincula a los humanos entre sí; frente a quienes sólo pretenden contar con consumidores aislados y débiles, crear lazos con los iguales, con los idénticos. Eso significa identidad, nada más que eso. ¿Quién podrá contener a un pueblo que canta, que baila y que comenta junto al fuego, entrelazadas sus manos, las tradiciones y los relatos del pasado?

         El folclore y la mitología son los talleres de costura de los trajes y divisas que nos permitirán asaltar la historia o, por lo menos, sobrevivir con dignidad, dejar de ser "homines ad servitutem paratus", como decía Tito Livio que decía Tiberio al referirse a los mansos senadores de Roma, lo que significa: "hombres predispuestos a la esclavitud".       

lunes, 1 de septiembre de 2025

LICÁNTROPOS

 


 

En el Tomo 3 de Cantábrica, «Guerras Cantabras y Metamorfosis», el protagonista es sometido a una dura prueba. Ha de hermanarse con el lobo, al que se enfrentará en completa actitud de inmovilidad. Se inserta un párrafo del primer capítulo de la novela «Guerras Cántabras», en la que los dioses comunican al joven cuál será el futuro personal y el de su patria y le describen, fase a fase el desarrollo, en una narración de futuro de la contienda contra Roma.

«La carrera de la jauría es un río de aguas aulladoras que se desparrama sobre el claro del bosque, el németon sagrado. Brotó de la Luna llena cuando esta, recién nacida, tocó por un instante la línea del horizonte, ya se ha dicho. ¿Acabarán con el joven en la noche misma de la ceremonia de su iniciación? Qué orgullosa se sentiría su madre de poder verlo inmóvil, vacío de miedo, en el centro del bosque sagrado a la espera de la dentellada fatal.

Fatal porque nadie los detendrá... Ya llegan... ¿Quién podrá enfrentarse a los hijos recién paridos por la Luna? Ya caen... ¿Por qué el muchacho permanece impasible? Ya muerden... ¿Será Coronoego el nuevo Cernuno, el nuevo Nemedo Sediago que sigue sentado en el claro del bosque, en la quietud en donde habitan los dioses mientras sopla la tormenta, mientras gritan su nombre los ladridos, mientras sangran los colmillos ansiosos de su cuello?... Ya percibe las acezantes respiraciones en su espalda, y ni se mueve... Ya percibe el brillo lunar de los colmillos... ¿Asombrosa su sensibilidad?... ¿Se volverá?, ¿gritará?, ¿huirá?... Ni un movimiento. Es una roca humana, ¿cómo es posible?, ¿cuándo creció y se convirtió en héroe?»


 

domingo, 31 de agosto de 2025

EN LOS CORRALES SE MANIFESTARON LOS DIOSES

 


 

Fue un acto divertido. La presentación de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro" se celebró en la Carpa de Protocolo de Las Guerras Cántabras el 29 de agosto de 2025. Javier Tazón hablaba por primera vez en público después de cinco años, el tiempo que le llevó escribir la obra llamada a revolucionar la mitología de Cantabria.

         Tras las típicas incidencias con los artilugios audiovisuales, que si falta el puerto de no sé qué, que si el mando no tiene pilas, que a ver cómo nos manejamos con el Power Point y todas esas zarandajas inevitables, que se solucionaron gracias al buen hacer de los técnicos de la organización, inspirados sin duda por Erudino, comenzó la charla.      

         El reducido espacio se llenó, se petó casi, como dicen ahora porque, además de lo atractivo del tema, empezó a llover y, claro, algunos prefirieron asubiarse; además, el orador peroraba como un senador romano.

         Estaban, pues, presentes el escritor, la Editorial Epona, una representante de la Asociación de Guerras Cántabras, el público sentado en bancos corridos y los dioses que flotaban en el éter, según pronto verificamos. El hecho de enviar la lluvia para rellenar no fue mala operación de la Innominada.

         Pero, es que, en mitad de la charla, algún Trenti invisible, de esos que ayudan en el bosque a Obelégino y a Casinus, saboteó uno de los bancos, este perdió estabilidad y, de repente, todos los que estaban sentados en él cayeron de espaldas. ¡Como lo oyes, lector! Patas arriba. Se los vio caer como a cámara lenta , ahora estaban las cabezas atentas y fieles a lo que se decía, ahora eran los pies levantados que pateaban.

         Buen trompazo, pero nadie se hizo daño. Este fue el cuarto milagro, obra sin duda de Cabuniégino, el dios sanador que quiso gastar una broma, quizá porque viera al orador algo tenso, pues desde hacía cinco años no dirigía la palabra al público y, a partir del gracioso hecho en el que no se produjo ninguna desgracia, todo fue sobre ruedas y la magia de la oratoria cayó como nieve mansa sobre el auditorio. Se despertó el cuentacuentos que había en el viejo escritor.

         Pero, la intervención divina no acabó ahí pues, por megafonía anunciaron que se había extraviado una perrita que respondía por el nombre de Deva. ¡Qué casualidad, como la diosa creadora! Se hizo el comentario y se siguió con el relato de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro", y resulta que, al cabo de un tiempo, justo en el momento en que una de las imágenes del Power Point reflejaba una escena de varios cántabros en asamblea,  en medio de ellos apareció una perrita, justo en el momento en que por los altavoces se volvía a decir que se comunicaba la aparición de la perdida Deva. No es que pasara de callejear al retablo, pues la imagen había sido diseñada de antemano con perrita incluida, pero no deja de ser curiosa la casualidad.

         Podrá decirse que todo esto son coincidencias, que Erudino, la Innominada, Obelégino, Casinus, los Trenti, Cabuniégino y Deva no existen, que son invención humana y, ahora, encima, meros personajes literarios, y que estos no tienen virtualidad, que no son operativos. Lo que se quiera, pero el ambiente mágico estaba ahí.

         Además, por lo que me dijo la buena gente de la Editorial Epona, las ventas no estuvieron mal, y lo que es más importante, con tendencia del público a adquirir la trilogía completa, más que por tomos separados. ¿Un nuevo milagro, esta vez de la diosa Salus Coventina? No es imposible, ¡qué hacer!  

         En fin, después de cinco años, la vieja locomotora vuelve a mover las bielas. Ya el tren avanza con lentitud y deja atrás el andén.

         "Gratias agamus diis, qui non sunt, sed adsunt cum opus est" (Salustio. De Vita Deorum III, 25), lo que en román paladino significa: "Demos gracias a los dioses, que no existen, pero están cuando se los necesita".

         Los Corrales, parada obligada por protocolo sentimental. Ahora, la próxima estación: "Santander".

jueves, 28 de agosto de 2025

DESDE MONTEHANO ME MIRABAN LOS DIOSES


 

La fotografía que se presenta en comentarios es Montehano, el monte del Fano, el Monte del Santuario, tomada ayer, 28 de agosto de 2025 desde el mirador de La Lastra, en Escalante. Obsérvese la sequía.

         Obsérvese también cómo en el último tercio del monte cambia la tonalidad de la vegetación. Hay una línea horizontal que permite distinguir, hacia abajo, la plantación de eucaliptos y, hacia arriba la vegetación autóctona. A esa línea la llaman los lugareños el Zuncho. Quizá la cima se respetó por la dificultad de superar con maquinaria pesada la mole de piedra, quizá porque aquel accidente natural no fuera, en el fondo, tan natural, esto no se ha estudiado.

         Lo cierto es que Montehano es, con claridad, un "castro de corona", abundante en tierras hoy asturianas, antaño de cántabros que habitaban el oriente de Asturias. Eran castros defendidos a media altura por una protección natural o por una muralla, y en la cima por un pequeño muro. En la cumbre de Montehano, al día de hoy, existen las ruinas de un castillo medieval, construido, quizá, sobre una estructura castreña preexistente.

         Si se mira Montehano desde el castro del Cincho de Soano ─también con referencias a monte sagrado, So (debajo) Ano, Hano, Fano, santuario─, se ve como un espectacular grano en el centro de las Marismas de Santoña, porque Montehano fue, hasta tiempos muy recientes una isla.

         Fácil es comprender que los viejos cántabros lo usasen más como templo al aire libre, como santuario, como németon que como emplazamiento defensivo. Sería un hogar de dioses, un pequeño Olimpo, la casa de la divinidad, el lugar de exposición de cadáveres para que fueran aprovechados por los buitres leonados del cercano monte Candina ─de Candamo─, que aún hoy se ven sobrevolar Escalante.

         ¡Hay tanto por descubrir entre las ruinas del castillo medieval! Quizá algún día en que las gentes sean más razonables la ciencia asaltará este arcano de la antigüedad.

         Eso, respecto a la historia de Montehano. Ahora mi propia historia. Hace casi cincuenta años, llegué por primera vez a Escalante. Perseguía la voz de una joven. Me encontré sólo, desorientado y sentado en una piedra, en un prau frente a Montehano. Llovía morrina. Miraba al monte y me preguntaba, ¿qué demonios hago yo aquí? Y el monte miraba mis diecisiete primaveras con actitud guasona, pero nada decía.

         Pasados los años, unos veintisiete, me construí una casa frente a Montehano. Por las mañanas, pues siempre fui de mucho madrugar, me miraba el Monte y yo le miraba a él. Y me preguntaba lo mismo, ¿pero qué hago yo, un santanderino, aquí? Pero el monte nada decía.

         Más de treinta años después de construirme la casa, toda una vida ya, abro la ventana de mi habitación y lo primero que veo es Montehano, hoy tapado por los robles que planté diminutos, pero que han crecido y son grandes, enormes. El monte, tras ellos, está presente, al menos yo lo siento ahí, palpitante; los árboles son una avanzadilla de la divinidad que me vigila de cerca, estoy seguro. Y sigo con la misma pregunta: ¿es posible que no sepa lo que hago aquí?

         La verdad sea dicha, no puedo engañarme por más tiempo. Sé bien lo que pretenden los dioses, esos que callan desde la cima del monte, desde la copa de los robles. Y lo sé porque ellos, en sueños, que es como se comunican, me lo han dicho en multitud de ocasiones. Otra cosa es que yo no quiera reconocerlo: Estás aquí, me aseguran, para hacer que Epona cabalgue de nuevo, para lograr que Lucobos organice la vida de los hombres, para dar a Candamo nueva voz, para que Deva, Dana, Briguit, la Innominada, salte de su río e inunde la tierra. Por eso estás aquí, dicen. Yo callo, ¿qué puedo responder?

         Hoy, 29 de agosto de 2025, en unas horas, tras cinco años de silencio, presentaré "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro" en Los Corrales de Buelna. Aún es de noche. Abro la ventana. Montehano me mira y calla, yo lo miro a través de las copas de mis robles. No hablamos, sólo nos contemplamos. No hace falta más. Nos entendemos. He aceptado mi destino.  

         Con seguridad, pensarán que estoy loco al escribir esto, y no andarían descaminados. Algo de anormalidad hay en todo ello, pero es que los que escribimos no estamos sanos; una pizca de demencia, como mínimo, hay en cada uno de nosotros. Sólo quienes no escriben tienen la cabeza bien puesta sobre los hombros. Sólo los enfermos escribimos.

         El mismo Dios, cuando creó el mundo, estaba enfermo de soledad. Y para mí, que lo hizo mal, muy mal y, encima, adrede. ¿Qué pretendía? ¿Cabe alguna duda?, entretenerse con los desesperados saltos de las criaturas cuando pretendían evitar las brasas de la injusticia, de la enfermedad y de la muerte sin saber, las infelices, que estaban predestinadas a sucumbir entre ellas. La cruel divinidad regó con carbones incandescentes los rincones de su mundo, y los camufló entre flores de belleza y olor exuberante. ¡Qué brincos los de las pobres criaturas al descubrirlas, al abrasarse los pies descalzos con ellos! Eso sí que era todo un espectáculo, una diversión digna de una deidad ociosa.

         Yo, como Tolkien, también he creado un mundo aparte, diferente, divino, y espero haberlo hecho mejor que Dios pues, aunque trastornado y todo ─como cualquier escritor─ no tengo tan mala baba como el divino demiurgo. Y sé que, dicho lo anterior, incurro en pecado de "hibris", de soberbia, y que me encontraré, como pago, una piedra negra a la vuelta de cualquier rosa. ¡Ay, demiurgo cruel, demiurgo cruel! Mis dioses son más razonables que tú, como de aquí a la Cochinchina, ida y vuelta. Dicho sea con todos los respetos, y sin ánimo de ofender, pero ofendiendo una miaja.

 

miércoles, 27 de agosto de 2025

VISITANDO EL NÉMETON DE MOROSO Y EL CASTRO DEL CUETO


 

Cuando el viernes 29 de agosto de 2025, a las 12 de la mañana, un grupo de expedicionarios visiten el castro del Cueto, dentro del marco de las actividades de las Guerras Cántabras de Los Corrales de Buelna, que paren un momento en el németon de Moroso y recuerden la siguiente historia que saco de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» ─Tomo 3, "Tiempos del Hierro", capítulo 22, "El Cueto-Moroso. El tiempo se puede parar", página 205─.

         En ella se recogen cinco o seis leyendas indoeuropeas, se sistematizan en la trama y se ubican en el espacio, debidamente cantabrizadas. Les hará sentir la presencia divina en el insuperable németom de Bostronizo.

         Ese mismo día, viernes 29, a las 7 de la tarde, los valientes expedicionarios podrán escucharnos hablar de "Cantábrica" en la Tierra Sagrada de la Campa de Mazarrasa, en Los Corrales.

Dice así la leyenda del Cueto de Moroso:

«El bosque se espesa cuando ya está a la vista el castro del Cueto, alto, orgulloso, redondo como vientre grávido de Deva.

Turo que iniciara el nuevo trayecto con la alegría lógica de quien despierta de una pesadilla, se siente ahora agobiado por sus pensamientos. No entiende cómo cedió a la debilidad frente a la ejecución en el castro de la Atalaya, ¿acaso no es un veterano caminante que lo ha visto todo? Parece ser que no, que aún siente pudor ante el sufrimiento ajeno y vergüenza por la alegría de los demás al contemplarlo. También Hércules camina a trompicones y nada dice durante todo el recorrido, ni siquiera protesta cuando cruza el Bisalia con el druida sobre su lomo.

Es mediodía. Las hojas, que resplandecen de verde, forman un cedazo por el que la luz del sol desparrama claridad entre las sombras. El ara del németon es iluminada por una columna de polvo incandescente que desciende de lo alto, dedo índice de Dis Páter, formada por miles de anárquicas partículas de imprevisible evolución que suben y bajan. Ha llegado al centro del bosque sagrado.

El druida deposita en el altar su bastón y el caldero y se sienta en el suelo, la espalda recta, las piernas cruzadas, en la postura del Nemedo Sediago, del Cernuno que abarca toda la naturaleza, el padre de los bosques. Entorna los ojos y silencia su pensamiento.

Los pájaros lo saludan; las hojas agitadas por la leve brisa se presentan a él; los grillos salen de las cavernas para acariciar sus oídos con cantos monocordes, adormecedores; escucha cómo una ardilla casca una nuez con los dientes, y hasta puede distinguir el hozar de un jabalí en la espesura, allá lejos. Ya no hay pensamiento, ya no hay penas. Casi vegetal como los robles, Turo permite que la sangre —siempre estática— cobre vida y corra por sus venas arriba y abajo, sin pensar, sin agobiarse. Y es la sangre la que, al llegar al cráneo donde se acomoda el alma del sabio, borra con su oleaje el recuerdo de los recientes desvelos. Su mente se sumerge en la de Cernuno que todo lo alcanza, que todo el bosque abarca. Es entonces cuando la percibe.

         Alguien se ha sentado a su lado. ¿Quién eres, caminante?, le pregunta una voz femenina, ¿o es el trino de un jilguero lo que escucha? Soy Turo el viejo, el que recorre el mundo por orden de Epona, pero, dime, mujer ¿quién eres tú? Soy la que te vio escondido en el cuerpo de salmón que comiera tu madre Dovidena cuando te engendró; soy la punta de tu bastón cuando se clava en la tierra insegura; soy el sol que te acaricia después de la lluvia; soy la sangre de los enemigos que derramaste; soy el cuerpo desmembrado que viste juntar torpemente en la Atalaya; soy tu sombra y la sombra de los árboles; soy la que susurra en tu oído el murmullo del silencio... No digas más, te conozco, pero no puedo nombrarte. Es natural, tampoco los dioses me nombran y eso que todos son hijos míos, porque no tengo nombre ni puedo tenerlo, porque soy la mezcla de los contrarios, porque todo nació de mi seno y a él vuelve, porque soy más que la Tierra, que es mi hija, porque soy más que el mar, que es mi hijo, porque soy más que el cielo, que es mi hijo también, y a ti te conocí cuando te llamabas Viamo, el vástago del aquitano, el abuelo del tatarabuelo de Alio, tu segundo padre, el que pescara el salmón que antes fuera tejo, que antes fuera águila, que antes fuera jabalí, que antes fuera lobo, que antes fuera Viamo, que fue devorado por Dovidena que te engendró y te parió aunque, en realidad, yo te alumbré en mi mente sin mente, y te entregué la sabiduría del lobo, del jabalí, del águila, del tejo y del salmón, Turo, eres mi hechura. Aún así, señora, sigo sin poder nombrarte.

         El druida abre los ojos, gira la cabeza y ve a su lado a una mujer resplandeciente, de difusos contornos, cubierta con un sagum azul en cuya capucha se enmarca un rostro blanco como ese hielo que nunca abandona las cumbres. Ella lo toca. Él se estremece.

Hoy soy yo la que te contará una historia, Turo, dice la Innominada, pero antes he de hacerte un regalo. Le entrega un brillante anillo de oro. Tómalo, es el mismo que llevaba en su dedo cordal Palaro. Verás, eran aquellos tiempos difíciles, cuando el mundo estaba en formación y los pueblos se aliaban junto a los dioses de la Luz o junto a los de la Oscuridad, cuando un día sí y otro también se levantaban montañas y nacían grandes ríos de sus cumbres, cuando se escuchaba a todas horas el atronador grito de Taranis en los valles, cuando los rayos perdidos de Candamo se estrellaban contra los más grandes árboles, cuando se estaba creando el mundo a partir de la lucha feroz de unos contra otros, de todos contra todos. En aquel remoto tiempo, Palaro, al frente de un grupo de aguerridos noegos, estaba en batalla contra un sinfín de caristios y várdulos que apoyaban las armas de Airón. Al lado del héroe combatían también los autrigones amanos, pero en mitad del combate estos últimos se pasaron al enemigo. Fue un grave revés para las fuerzas de Palaro, que vio perder uno a uno a sus compañeros noegos y quedó él solo contra mil adversarios. Todos golpeaban a la vez, todos acometían juntos, todas las falcatas, todas las hachas gritaban su nombre desde los filos sedientos de sangre. Era el final de Palaro, salvo que los dioses decretasen un fin diferente a la muerte. Y esto último es lo que sucedería.

Por el camino que conduce a la batalla, continúa la diosa, se ve llegar a un jinete que cabalga sobre un asno. Es un anciano de pelo blanco y blanca túnica que porta una lanza en la que se reflejan los rayos del sol. Se detienen las acometidas. Palaro deja de defenderse, sus enemigos son estatuas feroces en actitud de ataque, ninguno se mueve. El anciano jinete llega al lado del joven guerrero. Lo abraza cálido, le hace reposar y, durante tres días y tres noches obliga al sol a detenerse en el cielo. Este tiempo no computado es bien aprovechado por el anciano, pues se aplica en curar las heridas del joven guerrero. El arte de aquel ser es de consumado sanador, su voz suave, cálido su tacto, prodigiosas las hierbas que guarda en el zurrón. Su lanza, de cuya punta escapan continuos destellos, está apoyada en una roca. Al tercer día, cuando el guerrero se siente recuperado de las numerosas y casi mortales heridas, mientras sus enemigos permanecen en las actitudes estatuarias de cuando lo atacaran, el anciano le pregunta si lo reconoce. ¿No?, mírame a los ojos, hijo, y lo toma de los  hombros con sus manos enormes, capaces de cualquier tarea. Bajo la mirada de infinito, reconoce Palaro que tiene ante él a su padre, Lucobos, el que lo engendró en el vientre de Apleca, el dios preferido de los dioses, y el dios preferido mío, Turo, a la que llamáis la Innominada.

Cuando, montado de nuevo en su asno, el dios se fue por donde había venido, todos los enemigos volvieron a su ser, este listo para atacar, el otro dispuesto a cercenar, aquel gritando, el de más allá bufando en feroz acometida con su hacha doble. Pero de todos ellos dio buena cuenta el renacido Palaro. A muchos se les acabó allí mismo la vida, heridos por el hijo de Lucobos, hasta que por fin los atacantes se batieron en retirada. ¿Conocías la historia, Turo? Sí, es la que pretendía contar hoy en aquel castro. Pero no sabrás que antes de retirarse, Lucobos entregó a su hijo el anillo que ahora deposito yo en tu dedo, ¿es así? Cierto, lo desconocía, ¿para qué sirve?

La Innominada, rostro blanquísimo enmarcado en el sagum azul, le contesta que si lo lleva siempre en su dedo le permitirá saber quién miente y quien no, quien es fiel a su propia palabra y quien no, porque cuando se encuentre ante un falsario, ante un mentiroso, ante un alma retorcida que esconda la envidia tras su sonrisa engañosa, el anillo apretará su dedo y lo delatará. De haberlo poseído antes de la batalla, Palaro habría detectado la traición de los autrigones a su debido tiempo. ¿Por qué me lo das, señora? Porque vienen años difíciles, tiempos de guerra en la que todos mienten. Nunca creas a nadie, porque el arte de la guerra es el arte del engaño, ni siquiera creas a los tuyos, especialmente nunca creas a los tuyos y, si pese a todo, tienes dudas sobre la veracidad de lo que te cuentan, espera a que hable el anillo, porque él te dirá la verdad y cuando descubra al mentiroso, apretará tu dedo. Dicho esto, la Innominada desaparece.

En su lugar, queda el trino de los mirlos que despiertan a Turo de su ensoñación y que le avisan de la presencia de gentes más humanas que divinas.

Han bajado del Castro del Cueto a buscarlo. Lo acogen con reverencia y lo conducen hasta el poblado, donde todos compiten entre sí para agasajar al viajero. Es gente tan amable que Turo se deja querer y permanece entre ellos dos semanas, dedicado a contar relatos y a curar lesiones y heridas de mal pronóstico. Cuando, al fin, se ve obligado a seguir su camino, todos lloran. De nuevo tendrán que sacar los enfermos a las encrucijadas para que los caminantes opinen sobre la forma en que puedan ser curados. De nuevo las noches serán solitarias, ayunas de relatos y leyendas bajo la luna.

No lloréis por mi ausencia, les dice Turo cuando se despide, llorad más bien por vosotros y por vuestros hijos, y no perdáis tiempo en vanas preocupaciones, sino preparaos para la guerra, que es inminente. Pero ellos no se hacen cargo, aunque lo intentan, de la imagen del futuro que se aproxima, según les ha avisado el sagrado profeta que los abandona.

Que Erudino te acompañe, le dice el druida del lugar cuando lo ve partir y el anillo aprieta el dedo de Turo. Aquel hombre parece amable, pero es un saco de envidia. ¡Bendita Madre que le hiciera tan extraordinario regalo! Turo se aleja feliz del castro en el que ha hecho tanto bien, por no haber sido objeto de la oculta rabia de su colega, tan colaborador en apariencia, y se encamina hacia la gran barrera, hacia la Sierra de los Hombres que guardan los accesos de la montaña. Adorará a la Innominada y a Erudino en la cima del Dobra. Es probable que alcance los castros de la costa para Elembibios».

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...