martes, 2 de septiembre de 2025

¿POR QUÉ PRESENTAR LA OBRA EN ADIC?

 


 

Por simbolismo, al igual que la presentación en Los Corrales de Buelna.

         "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro" es una obra repleta de símbolos y una titánica apuesta. Se apuesta por reconstruir la mitología para ayudar a levantar la moral de un pueblo avejentado y abatido, depauperado y, sin embargo, muelle en sus costumbres, en su concepción del pasado, con un difuso y cada vez más minoritario sentimiento de identidad.

         No son pocos los que prefieren las luminosas y sureñas sevillanas ─muy dignas por otra parte─, a los briosos cortejos del Pericote o a las picardías de la jota montañesa a lo ligero y a lo pesado, a la Bailá de Ibio o a la Vijanera de Silió. Por fortuna, aún resiste el folclore en los pueblos de Cantabria, en las asociaciones de vecinos, en las jóvenes agrupaciones de picayos, en las comisiones de fiestas, en los círculos más profundos de nuestra geografía humana, toda una tragedia para los que pretenden dividirnos.

         Y Adic, la Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria fue clave en la construcción de esa identidad.

         En 1975 "Cantabria" no existía. Nuestra tierra era la "Provincia de Santander", como máximo "La Montaña". Sí había federaciones "cántabras" de remo, ferreterías "cántabras", orfeones "cántabros" y reminiscencias significativas de un pasado  común a todos  los pueblos de la provincia santanderina. Pero "Cantabria" no existía. ADIC fue quien puso en nuestra boca su nombre.

         Ni siquiera se sabía ─salvo honrosas minorías─ quiénes eran Manuel Llano o Adriano García Lomas, pese a que sus obras llevaban largas décadas publicadas.

         La celebración del Día Infantil de Cantabria fue el pistoletazo de salida para la asunción de la identidad cántabra por dos generaciones. Allá descubrieron nuestros hijos, y descubrimos nosotros como padres, lo que eran los ojáncanos, las anjanas, los trentis, los trasgos, las guajonas.

         Luego vino la famosísima obra de Isidro Cicero, el Vindio, que profundizó en el pasado glorioso de nuestra tierra. Antes de leerles a nuestros hijos por la noche un capítulo de la obra, hacíamos una lectura previa, e incluso nos documentábamos con Llano y con García Lomas, por si los peques nos hacían preguntas. De esta manera entramos nosotros mismos en el universo mitológico de Cantabria. Dos generaciones cosidas entre sí por el Vindio.

         Tras esta obra señera, vinieron las compilaciones de relatos de Jesús García Preciado y los entrañables dibujos de Gustavo Cotera.

         Estos fueron los pilares literarios y gráficos de la formación de la identidad cántabra a partir de 1975 porque antes, ya digo, sólo existía la Provincia de Santander. Y, no olvidemos que toda mitología ha tenido su basamento en la literatura desde que Homero fue Homero.

         Luego, vinieron los EPÍGONOS, los seguidores sin más, los imitadores. La máquina de las editoriales profundizó en lo que estos autores habían levantado y se repitieron sus modelos hasta la saciedad. Innumerables fueron las publicaciones que sacaron a la luz nuevas versiones de lo mismo. Y, la fuerza, el imponente impulso de esta literatura infantil, genial y muy a propósito para que los jóvenes se identificasen con su tierra, quedó estancado durante décadas.

         Con «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» pretendemos revertir este período de decadencia de la mitología cántabra, dignificar la historia y convertirla en una fuerza imprescindible para  que el cántabro se sienta vinculado a la tierra, uno con sus hermanos y dispuesto a dar un paso atrás para mejor saltar la sima del vacío, para que reflexione en el interior del németon sagrado, de donde luego se levantará, restaurado su ánimo, y afrontará los retos, casi insuperables, que el futuro le depara.

         Por eso presentamos «Cantábrica» en ADIC. La humildad de su establecimiento se compensará con el calor de sus gentes.

         No es «Cantábrica» una obra fulgurante y pasajera, una estrella fugaz en el mundo literario cántabro. Si lo fuera, preferiríamos presentarla en la Fundación Botín, en el Hotel Bahía, en el Paraninfo de la Magdalena, o en una carpa en Farolas, financiada con dinero público para regodeo del "tontintolín" privado; la optimizaríamos económicamente y, luego, a otra cosa de mayor relumbrón. Pero, por desgracia para nuestros bolsillos, no es un producto mercantil, es un negocio ruinoso. La mitología misma es una ruina, pero de las que permanecen por siglos, un viejo topo que horada los pilares de la tierra.

           «Cantábrica» es una obra con la que habrá que patear casa por casa, municipio a municipio, que no quede asociación vecinal sin escuchar este mensaje. Es una carrera de fondo. Un esfuerzo que, sin duda trasciende a su autor quien, en realidad, nada espera de la literatura, de la fama y del futuro ─ha vivido lo suficiente como para saber que sólo se tiene lo que se toca aquí y ahora─ pero que procurará dedicar el tiempo que le reste a promocionar esta obra que le trasciende, con el tesón del caracol condenado a recorrer la tierra del Solar Cántabro, el vientre de gasterópodo pegado al suelo, a la piedra, a la hierba.

         Cuando un pueblo se aplica a transformarse y a transformar la Historia, a afrontar los rudos retos que lo esperan, precisa revestirse del ropaje de sus antepasados, asumir sus costumbres, desempolvar las hachas, imitar su lenguaje para, con este disfraz de vejez venerable, sentirse comunidad, verse identificado con sus vecinos para, todos juntos, transformarse y transformar la Historia.

         La idea es: frente a la globalización despersonalizante, la identidad que vincula a los humanos entre sí; frente a quienes sólo pretenden contar con consumidores aislados y débiles, crear lazos con los iguales, con los idénticos. Eso significa identidad, nada más que eso. ¿Quién podrá contener a un pueblo que canta, que baila y que comenta junto al fuego, entrelazadas sus manos, las tradiciones y los relatos del pasado?

         El folclore y la mitología son los talleres de costura de los trajes y divisas que nos permitirán asaltar la historia o, por lo menos, sobrevivir con dignidad, dejar de ser "homines ad servitutem paratus", como decía Tito Livio que decía Tiberio al referirse a los mansos senadores de Roma, lo que significa: "hombres predispuestos a la esclavitud".       

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