Por simbolismo, al igual que
la presentación en Los Corrales de Buelna.
"Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro"
es una obra repleta de símbolos y una titánica apuesta. Se apuesta por
reconstruir la mitología para ayudar a levantar la moral de un pueblo
avejentado y abatido, depauperado y, sin embargo, muelle en sus costumbres, en
su concepción del pasado, con un difuso y cada vez más minoritario sentimiento
de identidad.
No son pocos los que prefieren las luminosas y sureñas
sevillanas ─muy dignas por otra parte─, a los briosos cortejos del Pericote o a
las picardías de la jota montañesa a lo ligero y a lo pesado, a la Bailá de
Ibio o a la Vijanera de Silió. Por fortuna, aún resiste el folclore en los
pueblos de Cantabria, en las asociaciones de vecinos, en las jóvenes
agrupaciones de picayos, en las comisiones de fiestas, en los círculos más
profundos de nuestra geografía humana, toda una tragedia para los que pretenden
dividirnos.
Y Adic, la Asociación para la Defensa de los Intereses de
Cantabria fue clave en la construcción de esa identidad.
En 1975 "Cantabria" no existía. Nuestra tierra era
la "Provincia de Santander", como máximo "La Montaña". Sí
había federaciones "cántabras" de remo, ferreterías
"cántabras", orfeones "cántabros" y reminiscencias
significativas de un pasado común a
todos los pueblos de la provincia
santanderina. Pero "Cantabria" no existía. ADIC fue quien puso en
nuestra boca su nombre.
Ni siquiera se sabía ─salvo honrosas minorías─ quiénes eran
Manuel Llano o Adriano García Lomas, pese a que sus obras llevaban largas décadas
publicadas.
La celebración del Día Infantil de Cantabria fue el
pistoletazo de salida para la asunción de la identidad cántabra por dos
generaciones. Allá descubrieron nuestros hijos, y descubrimos nosotros como
padres, lo que eran los ojáncanos, las anjanas, los trentis, los trasgos, las
guajonas.
Luego vino la famosísima obra de Isidro Cicero, el Vindio,
que profundizó en el pasado glorioso de nuestra tierra. Antes de leerles a
nuestros hijos por la noche un capítulo de la obra, hacíamos una lectura
previa, e incluso nos documentábamos con Llano y con García Lomas, por si los
peques nos hacían preguntas. De esta manera entramos nosotros mismos en el
universo mitológico de Cantabria. Dos generaciones cosidas entre sí por el
Vindio.
Tras esta obra señera, vinieron las compilaciones de relatos
de Jesús García Preciado y los entrañables dibujos de Gustavo Cotera.
Estos fueron los pilares literarios y gráficos de la
formación de la identidad cántabra a partir de 1975 porque antes, ya digo, sólo
existía la Provincia de Santander. Y, no olvidemos que toda mitología ha tenido
su basamento en la literatura desde que Homero fue Homero.
Luego, vinieron los EPÍGONOS, los seguidores sin más, los
imitadores. La máquina de las editoriales profundizó en lo que estos autores
habían levantado y se repitieron sus modelos hasta la saciedad. Innumerables
fueron las publicaciones que sacaron a la luz nuevas versiones de lo mismo. Y,
la fuerza, el imponente impulso de esta literatura infantil, genial y muy a
propósito para que los jóvenes se identificasen con su tierra, quedó estancado
durante décadas.
Con «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro»
pretendemos revertir este período de decadencia de la mitología cántabra,
dignificar la historia y convertirla en una fuerza imprescindible para que el cántabro se sienta vinculado a la
tierra, uno con sus hermanos y dispuesto a dar un paso atrás para mejor saltar
la sima del vacío, para que reflexione en el interior del németon sagrado, de
donde luego se levantará, restaurado su ánimo, y afrontará los retos, casi
insuperables, que el futuro le depara.
Por eso presentamos «Cantábrica» en ADIC. La humildad de su
establecimiento se compensará con el calor de sus gentes.
No es «Cantábrica» una obra fulgurante y pasajera, una
estrella fugaz en el mundo literario cántabro. Si lo fuera, preferiríamos
presentarla en la Fundación Botín, en el Hotel Bahía, en el Paraninfo de la
Magdalena, o en una carpa en Farolas, financiada con dinero público para
regodeo del "tontintolín" privado; la optimizaríamos económicamente y,
luego, a otra cosa de mayor relumbrón. Pero, por desgracia para nuestros
bolsillos, no es un producto mercantil, es un negocio ruinoso. La mitología
misma es una ruina, pero de las que permanecen por siglos, un viejo topo que
horada los pilares de la tierra.
«Cantábrica» es una
obra con la que habrá que patear casa por casa, municipio a municipio, que no
quede asociación vecinal sin escuchar este mensaje. Es una carrera de fondo. Un
esfuerzo que, sin duda trasciende a su autor quien, en realidad, nada espera de
la literatura, de la fama y del futuro ─ha vivido lo suficiente como para saber
que sólo se tiene lo que se toca aquí y ahora─ pero que procurará dedicar el
tiempo que le reste a promocionar esta obra que le trasciende, con el tesón del
caracol condenado a recorrer la tierra del Solar Cántabro, el vientre de gasterópodo
pegado al suelo, a la piedra, a la hierba.
Cuando un pueblo se aplica a transformarse y a transformar
la Historia, a afrontar los rudos retos que lo esperan, precisa revestirse del
ropaje de sus antepasados, asumir sus costumbres, desempolvar las hachas,
imitar su lenguaje para, con este disfraz de vejez venerable, sentirse
comunidad, verse identificado con sus vecinos para, todos juntos, transformarse
y transformar la Historia.
La idea es: frente a la globalización despersonalizante, la
identidad que vincula a los humanos entre sí; frente a quienes sólo pretenden
contar con consumidores aislados y débiles, crear lazos con los iguales, con
los idénticos. Eso significa identidad, nada más que eso. ¿Quién podrá contener
a un pueblo que canta, que baila y que comenta junto al fuego, entrelazadas sus
manos, las tradiciones y los relatos del pasado?
El folclore y la mitología son los talleres de costura de
los trajes y divisas que nos permitirán asaltar la historia o, por lo menos,
sobrevivir con dignidad, dejar de ser "homines ad servitutem paratus",
como decía Tito Livio que decía Tiberio al referirse a los mansos senadores de
Roma, lo que significa: "hombres predispuestos a la esclavitud".

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