Ya hemos hablado de la famosa fake de la antigüedad que llamamos covada, cuando el hombre se encamaba nada más parir la esposa y era atendido por esta. La idea no pasa de majadería histórica. Así se expresa el asunto en «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», tomo 1, páginas 41 y 42. con un comentario de Gárate Arriola, personaje nada sospechoso de ser antivasco. Dice así:
«En
Cantabria Adriano García Lomas (García Lomas 1960 y 1999, 355 y ss.) afirma que
fue Lasaga Larreta quien hizo referencia de la costumbre de la Covada entre los
pasiegos, en sus Memorias, publicadas
en 1889, pero en ningún momento este autor torrelaveguense fue testigo directo
de tal hecho. No se olvide que era contemporáneo del debate sobre la covada
pirenaica, que tanto dio que hablar entre los estudiosos vascos, nacida de la
misma cita de Estrabón. En realidad, nunca escritor alguno vio personalmente el
extraño encamamiento del varón. Y es que resulta natural que para vincular a un
pueblo con el pasado heroico de los cántabros, se pretenda buscar apoyo en la
autoridad estraboniana, de manera que si los vascos o los pasiegos practicaron
en tiempos recientes la misma costumbre propia de los cántabros, de la que el
autor griego dejó constancia escrita, esos pueblos habrán de ser considerados
descendientes directos de los antiguos y legendarios combatientes, por eso
convenía esforzarse en la inventiva, comportamiento que no presupone mala
voluntad por parte del cronista, sino mera inocencia o, como máximo, voluntad
patriótica de acercar el ascua a su sardina. En fin, nos preguntamos cómo una
habladuría se ha convertido en una realidad mítica, ¿cómo es posible que tan
extravagante acción de encamarse el padre dando alaridos de parturienta y el
levantarse la mujer tras el parto a servirle haya cobrado carta de naturaleza?
Desde la época de Cristo hasta el siglo XVII, todo el mundo tenía que haber sido medio idiota, tanto en España como en Francia en sus siglos cultos, pues no conocieron tan divertido asunto Marcial, Quintiliano, Séneca, San Paulino, San Isidoro, ni Rodrigo Jiménez de Rada, que era vasco (Gárate Arriola 1975, 19)».

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