Largo es el camino, pindias
las cuestas, arriscados los cordales, grandes y pequeños los castros a coronar,
los pueblos que visitar, interminables las historias que narrar y abundantes
los afectados por la modorra mental que sanar. Sacad los enfermos a las
encrucijadas, cántabros nuevos, de manera que en cuanto los divise pueda curarlos
con unas lecturas de "Cantábrica"; no podemos dejar dolientes a
retaguardia, pues la abulia mental es enfermedad penosa, me consta.
Tengo previsto recorrer el Solar Cántabro de alto a bajo, y
eso llevará su tiempo. No queda otro camino. Lo demás son atajos.
Cuando se ha escrito una obra que reúne en sí las virtudes
de lo novedoso, cuando ha sido tocada por la santa originalidad en lo referente
tanto a la forma como al fondo, su futuro es por completo triste, oscuro,
negativo y difuso.
Esto es así porque resulta muy costoso superar el peso de lo
añejo y caduco, porque contra lo nuevo se conjuran en santa jauría la inercia
despersonalizadora, la rabia del conformismo, el desprecio de lo asentado, la
envidia, esa forma tan macabra de admiración y, encima, en esta tierra de
"ucálitos", hay que contar con el "tontintolín" patrio,
término onomatopéyico más que gráfico del sonido que producen las ideas de los
culturetas cuando chocan entre sí en sus patinajes mentales. Quiero decir, en
definitiva, que son muchos los obstáculos a superar.
Las obras perecederas se presentan en el Centro Botín, en el
Hotel Bahía o en la Fundación, en lugares, en fin, donde el aspecto mercantil,
de producto, pueda resaltarse. Para las obras de calidad, en tiempos en los que
el hábito de la lectura no es precisamente un coloso, no cabe más que ir de
puerta en puerta, el ir de pueblo en pueblo. No es sólo un libro lo que se
promociona, es una idea.
Merecerá la pena porque la obra trasciende a su autor. Este
podría dejarla morir en Amazon, como hizo con otras de las suyas a fin de
eliminar de su casa la maldición de las novelas guardadas en el cajón, pero un
dios se le apareció en la cima de Montehano y le dijo que ni se le ocurriera,
que él, como escritor tenía el futuro cantado ─y le hizo una pedorreta en la
cara como explicación complementaria, aunque suficientemente expresiva─, para
concluir diciendo: pero tu obra, santanderino bueno, esa que has parido en tres
tomos durante un lustro, a la edad de nueve años ocho veces, tiene mejor futuro
que tú, lo merece con creces y debes predicarla como un druida viajero, y,
mira, piénsalo, quizá lo seas. Conviértete en personaje, Javier, dijo el dios,
y promociona la obra. El escritor me comentó que sospechaba que aquella
divinidad gritona fuera Erudino, quizá por su acento de Torrelavega.
Como cualquiera puede imaginar, Javier alucinaba en
presencia de aquel ser fulgurante, sin rostro, con cierto tono de mal café y un
sí es no es de cachondeo. Y se le salieron los ojos, casi, de las órbitas al
infeliz, de tan abiertos como los tenía, cuando el dios le dijo, además
insistiendo por tres veces, como suelen hacer todos los dioses cuando no quieren que se les discuta,
que un precepto le imponía para el éxito, a largo plazo, de su misión
apostólica y promocional de los viejos dioses en el presente, y era que nunca
aburriera al auditorio.
Estas fueron sus palabras: nunca aburras al auditorio, Javier; nunca aburras al auditorio, narrador;
nunca aburras al auditorio, druida viajero.
Entendió muy bien el mensaje el escritor. Quería decirle
Erudino que las presentaciones fueran todas diferentes, adaptadas al terreno,
cambiantes, de manera que quien le hubiera oído una vez supiera que a la
segunda tendría sus novedades, y que quien escuchara su discurso cien veces,
esperase la ciento uno. Lo comprendió de forma intuitiva, sin duda Erudino
había tocado su inteligencia, esa que llevaba bajo el sombrero de copa, a veces
tan retráctil como el saludable órgano de un oso viejo tras culminar la faena a
que lo invitara la osa coqueta.
Pero, necesitaré... balbuceó. Sí, ya sé, cortó el dios, un
compañero, pues mira, dijo y señaló hacia un bardal cercano donde se proveía de
hierba fresca un burro africano. Ahí lo tienes. En ese instante el asno rebuznó
y su sonido triturador de ensoñaciones, lo volvió a la realidad. Bajó del monte
e inició, jinete sobre el noble animal, al que llamó Catalán, su andadura
misionera.
En fin, hasta aquí el cuento. Ahora la realidad.
Sepa el respetable público que en la presentación del
miércoles 17 de septiembre, a las 7 en ADIC, haré un discurso por completo
diferente al que hice en Los Corrales de Buelna.
Y sepa que será diferente al que haga en Reinosa, y al que
haga en Cangas, y al que haga en Tresviso, y al que haga en el Sid cuando por
fin llegue allí, donde el sol se pone ─espero que dentro de mucho tiempo─. Y,
si les gustó uno, les gustarán todos los demás. Vayan a Santander aunque ya asistieran
al acto de Los Corrales. Escucharán lo mismo, sí, pero dicho de otra manera.
No se trata de vender un libro, ¡no teman!, sino de
transmitir una idea, además, revolucionaria: ¡Los dioses existen literariamente
hablando! ¡Las Guerras Cántabras aún no han terminado ─dicho sea de forma
metafórica─ porque una rebelión más de esclavos se está preparando entre las
toperas, en el seno oscuro de los robles, en el viento provocado por el
movimiento en las orejas de una liebre, en la gota de leche que no termina de
caer del pezón de una vaca suiza recién ordeñada, en el silencio atronador que
produce en el bosque la hoja del roble que en septiembre cae al suelo.
Por eso, buenas gentes que me seguís, es probable que haga
menos inserciones en Facebook en las semanas que, como esta que empezamos,
tenga a la vista una actuación en un castro, pues habré de preparar bien mis
intervenciones para satisfacer al público que me espera, quizá una persona,
quizá tres y, cuando tal suceda, veréis cómo no se me cae la moral, sino que
diré, como el ilustre antropófago: ¡No importa, mañana venceremos!, y no
concluyo con un "así sea", sino con un "así será".

No hay comentarios:
Publicar un comentario