miércoles, 9 de julio de 2025

LOS AUTRIGONES, COLABORADORES DE ROMA, ¿ERAN VASCOS?


 

Empecemos con polémica, aunque con tono desenfadado para limar aristas. ¡Vamos allá!

         En los tiempos en que los señores romanos se asomaron por los montes cantábricos, los habitantes de lo que llamamos Euskadi, no eran vascos.

         ¿Y dónde estaban los vascos? En el Pirineo, de Navarra hacia Lérida. Eran una extensión del pueblo aquitano, los habitantes de los actuales departamentos vasco franceses, hasta Bayona y algo más al norte. Gentes que dieron buena lata a los romanos, sin duda, pero en tiempos de César y en el marco de la conquista de la Galia. Los cántabros los apoyaron entonces, por supuesto, y, como medida de precaución, lo primero que hizo Augusto en el 27 antes de Cristo, fue someter a los aquitanos, léase vascos, por medio de su general Valerio Mesala Corvino, el abuelo de la fatal Mesalina, que fue esposa de Claudio. Quería evitar un hipotético apoyo de los aquitanos, léase vascos, a los cántabros y astures en la guerra que tenía previsto emprender pocos meses después contra la cordillera septentrional de Hispania.

         ¿Y qué eran los habitantes de Vizcaya, Álava o Guipúzcoa? Pues celtas, aunque moleste, duela y escueza. La Historia es así, una mala pécora que tira por tierra nuestras ansias de eternidad e inmutabilidad, ¿qué le vamos a hacer? A veces pienso que el realismo debería de estar prohibido por decreto.

         Pero, hablemos de los autrigones, los vecinos por el este de los cántabros. ¿En qué se diferenciaban de estos? Pues en lo mismo que los cántabros se diferenciaban de los astures, en nada. Igual lengua (con modismos), igual panteón divino (con variantes de advocaciones), igual cultura material.

         Autrigonia, como Asturia, tenía una pequeña cabeza en el norte, de la Cordillera hacia el mar, y la parte más importante de su cuerpo se desparramaba por la meseta. Por el norte su territorio estaba marcado por los ríos Asón y Nervión, de Castro a Bilbao, serían los encartados, los habitantes de la actual Encarterri y del oriente de la Comunidad Autónoma de Cantabria. Por el sur llegaban hasta la Bureba, el noroeste de Burgos y parte de Álava, es decir, que se extendían en abanico hacia las amplias llanuras.

         Al este de los autrigones estaban los caristios y los várdulos, también celtas y primos hermanos de los cántabros y los astures.

         Pero, ¿cómo es posible que actualmente muchos de estos territorios estén integrados en lo que se ha dado en llamar Euskalherría? Porque dos mil años dan para mucho, para profundas modificaciones poblacionales, para desplazamientos y corrimientos de etnias, para mestizajes, colonizaciones y absorciones.

         Los vascones, ubicados en el pirineo, eran otra etnia más de aquellas tierras, con personalidad propia, es cierto, pues como tales fueron identificados por los historiadores y los geógrafos romanos, pero estaban ubicados en el Pirineo. Allí conservaron, en un régimen de notable aislamiento, su hermoso idioma de tan incierto origen. Y, cuando las correas del imperio romano se aflojaron, hacia los siglos cuarto y quinto, quizá a causa de cierta superpoblación, iniciaron un proceso de desplazamiento hacia el oeste y la meseta, con lo que se produjo la vasquización de los carisios y de los várdulos, también de los autrigones, aunque menos. Curiosamente, hoy día, en el territorio encartado la influencia euskérica, del vascuence, es menor que en otras regiones de Euskalherría. Y, digo más, en ese territorio autrigón se formó el castellano, un idioma koiné, utilitario, que recibió del vasco no sólo infinidad de términos sino, además y sobre todo, su fonética. El acento castellano y vasco es el mismo. Un día pregunté a un si diferenciaba al castellano del vasco cuando hablan por el soniquete o por el acento. Pues no, me dijo, sin conocer ninguno de los dos idiomas ─hablábamos en inglés─ me suenan igual, pero los distingo bien si me fijo, pues el español deja caer alguna palabra que pillo y, si no entiendo ni una sola, es que se trata del vasco, pero sonar, me suenan igual.

         ¿Se quiere ir con lo dicho arriba contra las esencias vascas? De ninguna manera, todo lo contrario. Con el tiempo, la influencia vasca también se hizo sentir en Cantabria, ¿o no somos conscientes de que en el siglo XIX, sin ir más lejos, las costas cántabras, especialmente las villas costeras, fueron "invadidas" fraternalmente por multitud de vascos que llegaron a buscarse una vida mejor en nuestra tierra, especialmente en los puertos? Hasta tal punto fue así que la pervivencia de los apellidos vascos entre cántabros no es hoy día nada desdeñable. Y, para muestra, un botón, mi bisabuela era de Guernika, y se apellidaba Vizcarolasaga, apellido que se ha perdido en Euskalherría y que, sin embargo, permanece en Cantabria, ¿no es admirable?

         Y es que los pueblos, los habitantes quiero decir, no han caído en el mapa desde el cielo y desde tiempos inmemoriales. Al contrario, las gentes se mueven, se entremezclan y, sobre todo, conviven por encima de las políticas. ¿Qué será en el futuro de España y de Euskalherría? No debe importarnos, ni hubo fronteras trazadas por Dios, ni hay divisiones estables entre los pueblos, pese a los milenaristas de uno y otro lado de la muga. Estoy convencido de que en el futuro inmediato y postinmediato, mis descendientes seguirán tomando chiquitos en las Siete Calles de Bilbao y los entrañables pachis ─entre los que se encontraba mi güelu─ vendrán al Sardinero a tirarse unos coles. La Historia será lo que cada uno quiere que sea, pero la vida es así, y la vida es lo real, la comida, los prados, las relaciones humanas, el amor y la muerte, el resto cuentos chinos.

         Dicho lo anterior, que me apetecía soltarlo, ¿qué relación tenían los cántabros con los autrigones? Dependerá de la época. Unos y otros fueron compañeros de armas en las legiones romanas, en las huestes de Aníbal, en cualquier conflicto del Mediterráneo en la segunda edad del hierro, porque tenían por costumbre vivir como mercenarios, aparte del pillaje a que los dos pueblos estaban muy hechos.

         Incluso llegaron a luchar juntos con Sertorio contra Pompeyo. En ocasiones cambiaban de bando por eso de que la paga o el rancho era mejor en uno u otro sitio.

         Pero en la época de Augusto estaban enfrentados. Los romanos habían colonizado a los autrigones, pero también a los caristios y a los várdulos ─así como Estados Unidos a la Unión Europea─ sobre todo a través de los amanos, que eran autrigones de la costa, los actuales castreños, y a las buenas gentes caristias de Oiasso, Oyarzum. Estos puertos naturales sirvieron, sin duda, como lugares de abastecimiento y de aprovisionamiento de las fuerzas romanas que intervinieron en Cantabria y que acorralaron en pinza a los cántabros en Aracilo. Con el tiempo, la fundación de Flavióbriga y la vieja Oiasso fueron notables municipalidades romanas.

        ¿Cómo podían estar quietos los cántabros noegos, que veían desde el Buciero abastecerse a los romanos varias radas más hacia el este? El romano y sus aliados autrigones, se preparaban para la guerra. ¿Qué iban a hacer los cántabros, sino hostigar esos preparativos? Pues bien, tales escaramuzas de entorpecimiento fueron tomadas por los invasores como "casus belli", pues el derecho romano, entonces como ahora ─no olvidemos que somos sus herederos culturales─ precisaba una razón, un motivo, y si no se encontraba, se pintaba, pero la guerra debía de ser "justa", increíble eufemismo que aún perdura, para que no se enfurruñaran los dioses. Así se escribió la historia. Bueno, la escribieron los vencedores, aunque, aún podemos legítimamente preguntarnos: ¿acabaron del todo las Guerras Cántabras? 

martes, 8 de julio de 2025

MUJERES CÁNTABRAS Y COSUS, DIOS DE LA GUERRA

 


El tema es tan delicado, que prefiero contar una historia y, además, encomendarme a los dioses.

         Oh, Nuétaca, anunciadora de vida y muerte; Oh Erudino el que derrocha inteligencia desde el filo de su espada; Oh Epona, la que conduce a los muertos y sana a los vivos; Oh Sucelo, forjador de lenguas en la fragua de la elocuencia; Oh Lucobos, el que derrocha la furia con una mano y la poesía con la otra; Oh, dioses del Solar Cántabro, a vosotros invoco porque lo que pretendo decir a continuación es palabra desatada, difícil de asumir por muchos, sujeto al mazazo censurador, susceptible a malentendidos y a furias irracionales. Oh, dioses, revestid con ropas invisibles mis argumentos, que se escondan entre la hojarasca de la retórica, y que perforen las almas de quienes tengan oídos para oír y ojos para ver. ¡Digámoslo cantando! Se discutirá menos.

         ¿Volverán sanos, madre Lugna? Volverán a Bérgida para cuando expulses lo que llevas en tus entrañas, Miócula. Tengo miedo, madre. Siempre lo tenemos las mujeres, y te aseguro que no somos las únicas, también los hombres temen. Pero ellos no tienen tiempo para pensar, la guerra los arrastra, Sigideco los protege, saben que siempre vence. Anda, anda, sigue con tu labor, ¿acaso no vences tú también cuando afilas tu falcata, la que fue de tus antepasados?, por cierto, ¿lo has hecho hoy? Sí, madre. Sabes hija que las mujeres vencemos a cualquier enemigo sólo por nuestra presencia en la muralla del castro, siempre nos temen, pero, a ver esa labor, ¿no te has desviado con el hilo?, ¿están bien alineados los contrapesos?, la verdad, me encanta cómo trabajas, cada día se te ve más hábil en el telar, tendrá suerte el guerrero que llevas en el vientre de tener una madre como tú, Miócula. ¿Será niño? Estoy segura, hija, ¿no ves la forma de la barriga? Es verdad... Además, ¿no hiciste lo que te recomendé? ¿El voto a Tuérano, dices, madre, el capaz de mover montañas?, sí que te hice caso, sí, ¿no recuerdas?, hace dos días escondimos el hacha en el santuario, bajo el roble sagrado. Es verdad, querida, todo se me olvida, sobre todo lo reciente, pero tienes razón, estábamos casi todas, e invocamos a Semno, el que concede siempre los dones a sus adoradoras, especialmente a las viejas y yo le recé mucho, sí, ahora me acuerdo. ¿Habrá escuchado el dios, madre? No dudes nunca, hija, porque tú siempre cumples con tu deber, ¿no es cierto? Creo que sí. ¡Ay, querida, qué débil te siento hoy!, a ver, dime, Miócula, ¿oras todos los atardeceres, cuando el sol se pone, a Oenaco, el que rige la asamblea de los guerreros? Sí, madre. ¿Ofreces a Brigo, señor de los contraataques y de la sorpresa el bazo de un animal todos los meses? Nunca se me olvida. ¿Cantas todas las noches a tus otros dos hijos, antes de dormir, las canciones guerreras que te enseñó tu madre? Sí lo hago. ¿Incluso a Anna, la niña? Sí. ¿Sabes que el furor que exige Bodo, el victorioso, la rabia del lobo al desgarrar, sólo puede ser transmitida por las madres?, ¿que la fuerza para dar la muerte está en la leche que sale de tu pecho, blanca como la vida? Lo sé, madre, y procuro transmitir lo que me transmitieron, y el fervor por los dioses y por Cosus, nuestro patrón. ¿También por Lebo, el astuto, el que mira a través del lobo? Ese es mi dios preferido, madre, espero que si un día el enemigo asoma por nuestros bosques, se congele al ver mi mirada, se lo ruego cada noche también a Segato... Haces bien, querida, ese dios ama la tierra y a las mujeres que la defienden, y no admite a impostores, esos que dudan de su palabra y buscan la paz, ¿qué paz desean, qué paz hay sino la de las tumbas?, porque nosotras sabemos, hija, que sólo en la guerra nuestros hombres alcanzarán el Sid. Es cierto, madre Lugna, y nosotras también. Pues si ves todo esto, ¿por qué dudas?, será varón, te lo digo yo, que he adorado a Cosus desde que sangré por primera vez, y te digo más, tu hijo, ese que te patea, será lobo entre los lobos, jefe entre los jefes. ¿Quieres decir que llegará a ser coro? Sí, pequeña, ayer me habló en sueño Coronus y me lo confesó, pero, ¿por qué sonríes así?, ¿no lo crees?, yo te lo aseguro, niña, ¿es que Nuétaca no habla por mi boca?, y te digo más, llegará el día en que verás a tu hijo entrar en Brigantia con muchas cabezas al cuello de su caballo, y las manos del enemigo colgando del cinturón, y lo verás dirigirse con orgullo a la sauna sagrada con los lobos de su camada, y contemplarás cómo le besa la palma de las manos cada uno de ellos, los que morirán si él muere para cabalgar todos juntos en el Sid, y te sentirás orgullosa por haber transmitido el culto a tus hijos, por haber sido una buena madre, por haber afilado sus almas como si fueran espadas... Pero, ¿por qué me miras con cara de pasmo?, ¿acaso no sabías cuanto te digo?, sí  Miócula, pequeña, yo te vi nacer, y te aseguro que nosotras los acunamos, nosotras los amamantamos con leche furiosa, nosotras los animamos antes de entrar en combate, nosotras somos las principales adoradoras de Cosus, señor de la guerra, ¿qué sería de su culto sin  mujeres que transmitieran las historias, sin madres que amamantasen la batalla en los labios de sus hijos, sin nosotras para defender el castro hasta la muerte? Morirían todos sin remedio... Pero, anda, sigue con tu trabajo, que aún no se ha escondido el sol y todavía podemos ver algo, que luego iremos a dar gracias a Cosus Bodo por la victoria que espera a tu hijo, el tercero ya, pero dime, Miócula, ¿afilaste la falcata y aprestaste la lanza, puliste el escudo y ensayaste el disparo?... Ya, claro, me dijiste antes que sí, es que todo lo olvido... No te apures, madre Lugna, te quiero igual, aunque olvides lo que has dicho. Lo que no se me olvidarán nunca son las oraciones al dios guerrero, al fin y al cabo soy su gran custodia. Claro, madre. Anda, hija, recemos a Semno, el Cosus viejo, él me entenderá, deja un momento la tarea, unamos nuestras manos, así, repite conmigo: ¡Oh, Cosus, señor de la guerra, protege a nuestros hombres y las mujeres te rendiremos culto hasta nuestro último aliento!, repite, eso es, sigamos hija, ¡oh, Sigideco, el de lanza vencedora, haz que regresen todos y se tumben agotados por el esfuerzo, pues nosotras los cuidaremos!, ¡oh Tuerano, Cosus de furia, que truequen sus gritos de guerra en susurros amorosos sobre nuestros lechos!, ¡oh Brigo, el Cosus que siempre aprovecha los contraataques, que no se cansen de la sagrada labor que une sus cuerpos con los nuestros, y que su simiente sea dulce como la miel!, ¡oh Segato, el que traza los surcos en la tierra, que esperen en nuestros cuerpos como el arado espera tras llegar hasta el fondo! ¡oh Lebo, el Cosus astuto que conoces el alma de las mujeres, que sus hombres, tras su regreso, cambien de postura de vez en cuando!, esto es todo, así será, hija, Deva lo quiere y no hay más que rezar ni que pedir... Pero, ¿te ríes, Miócula?, ¿es por la última oración?, ¿no crees que sería bueno para nuestros guerreros hacer algo más cuando llegan a casa que estar tumbados, sentados, comiendo, bebiendo zythos o entrenándose?... Anda, anda, nosotras a lo nuestro, te lo dice esta vieja, nosotras a conservar, a alimentar, a transmitir la furia guerrera, no queramos ir más allá, somos las custodias de la tradición, anda, terminemos la labor, pero, espera, la devanadera está mal puesta, ¿no ves?, ahora sí...Venga, terminemos, niña, que aún hay sol en los bardales.

lunes, 7 de julio de 2025

TRASGOS, MANES, LARES Y ROMANIZACIÓN

 



Hablar de estos seres, los trasgos, nos obliga a hacerlo también de la romanización.

         Cuando se dice que los pueblos del norte fueron deficientemente romanizados no se quiere afirmar que la cultura romana se posara sobre ellos como un leve barniz incapaz de tapar las reminiscencias del pasado, aunque alguno lo haya querido ver así para resaltar cierta tendencia al milenarismo: ni los romanos fueron capaces de conquistarnos, somos los primitivos, los eternos habitantes de las montañas, dicen. Es una manera de pensar legítima, cada uno puede engañarse como mejor sepa y mejor le venga en gana.

         En realidad, la romanización fue tardía más que deficiente, pero intensa. Además, se produjo de manera irregular a lo largo de la Cornisa Cantábrica. Así, los vascos fueron los primeros romanizados, como lo demuestra la muy temprana presencia del tejido urbano romano en su territorio. La mayor resistencia de las costumbres indígenas se produjo en la parte central de la cordillera: Asturia y Cantabria.

         En estos territorios pervivieron los antiguos dioses  durante el nada despreciable período de siete siglos. Esta es una gesta aún más importante que la de la resistencia al imperio de los pueblos de la Cordillera, la pervivencia de sus costumbres.

         Pero, terminaron por caer en el mundo romano, y no de manera suave y delicada, con un mero toque superficial de romanización, sino que se convirtieron en la quintaesencia de lo romano; la auténtica presencia del viejo imperio se concentró en el norte de la península. ¿Acaso no hemos oído hablar de la Reconquista, se acepte o no la palabra, como ilustrativa de un período histórico?

         Hay una vieja reserva mental, digamos que ideológica, a desvincular lo cristiano de lo romano. Los cántabros y los astures fueron, a partir de la llegada de los árabes, en el siglo VII, los más cristianos entre los cristianos, los bárbaros entre los bárbaros que acabaron con la sofisticada cultura musulmana del sur. Eran cristianos, sí, se dice, al tiempo que se sostiene que no estaban suficientemente romanizados. Esta diferenciación, como en otra entrada sostendremos, es la base de la celtofobia, pero no es ese el tema de este artículo.

         Con la llegada de los árabes, la romanización, es decir, la cristianización de los pueblos del norte, que para mí son términos sinónimos, fue completa, omnipresente y dominante.

         Los cántabros y los astures se vieron abocados a una guerra sin fin, a la que no hicieron ascos, pero no contra los musulmanes, sino más bien contra los cristianos traidores del arzobispado de Toledo, colaboracionistas con los invasores. Esta actitud ultracristiana y ultrarromana, fue hábilmente fomentada por los carismáticos misioneros cristianos como San Millán, como los priscilianistas, irreductibles todos contra los deslavazados cristianos del sur.

         No fue tanto la llegada de visigodos, refugiados en las montañas, el pilar de la reconquista, sino las prédicas incendiarias de los constantes misioneros. Estos, con un formato carismático de la religión y con sus capacidades taumatúrgicas ─tan cercanas a las concepciones espirituales del pueblo celta─ soliviantaron el espíritu guerrero de los montañeses, el pilar de la llamada reconquista. Dieron motivo y finalidad a su capacidad guerrera, pues ofrecieron a las belicosas gentes de las montañas un incombustible motivo para la guerra: la religión, la religión cristiana, la religión romana. Fueron, pues, romanizados al ciento por ciento. Es muy interesante el tratamiento que da a este tema Joaquín González Echegaray en su obra «Cantabria en la transición al medievo, los siglos oscuros IV a IX».

         Era imprescindible empezar hablando de la romanización si queríamos hablar de los trasgos. Y ello porque durante los siete siglos en los que pervivió la cultura religiosa de los primitivos pueblos del norte, la romanización penetró paulatinamente. Hubo un pico, un momento de inflexión, que fue la invasión musulmana en el siglo VII, pero antes fue considerable la presencia romana, aunque no masiva. Esta se masificó y adquirió el papel de cultura dominante, cristiana, a la llegada del islam.

         Lo primero que sorprende, en este irregular proceso de aculturación, es la utilización del latín en las inscripciones votivas dedicadas por indígenas a ciertos dioses romanos, a los manes.

         Este mestizaje cultural fue muy temprano. Los cántabros y los astures no tenían una grafía propia, sino que tomaban prestada la ibérica, como también hacían los celtíberos, pero pronto, tras la invasión, adoptaron el latín para grabar las inscripciones en las tumbas y en las aras votivas.

         Joaquín González Echegaray, en «Los Cántabros», nos ofrece una recopilación de gran interés, con la que podemos ver una visión de conjunto de todas estas inscripciones en el Solar Cántabro.

         Así, en un ara hallada en Corao, Cangas, se decía: «A los dioses manes, de Antonio Paterno, hijo de Arreno, vadiniense...». Otra también hallada en Cangas, decía: «Monumento a los dioses Manes, Antonio Flaco, vadiniense, le eligió a su esposa Terencia, de los aroniaecivorum, de cuarenta y un años». Otra también de Corao: «Monumento a los dioses manes. Terencio Bodeggum, vadiniense, se lo dedicó a su querida madre Voccareca, de ochenta y un años» (Los Cántabros, apéndice I, página 199-200).

         ¿Quiénes eran estos que dedicaban aras a los dioses manes? Sin duda cántabros romanizados como lo indicaban sus nombres y dedicaban las inscripciones a sus parientes con denominaciones indígenas , y con referencias a gentilidades también cántabras o astures. Muy probablemente se tratara de militares al servicio de Roma que al regreso a su tierra, tras las interminables campañas, hacían un homenaje a sus mayores.

         ¿Quiénes eran los dioses manes? ¿Los dioses romanos del hogar a los que se rendía culto? Más bien se trataría de dioses cántabros que perdieron su nombre en beneficio de los dioses romanos. Sabido era el desmesurado culto de los romanos a estas deidades familiares. Sin duda existirían otros tantos y equivalentes dioses cántabros que cumplirían similar función.

         Sin duda, también, estos populares dioses cántabros y astures subsistirían de alguna manera en las tradiciones que han llegado hasta el presente.

         Si se hace un análisis de todos los seres mitológicos que sobrevivieron tras las montañas en los campos de Asturias y Cantabria, los más sospechosos de ser una mixtificación rebajada de aquellas deidades son los trasgos, seres diminutos y omnipresentes en la cultura popular que, además, deben su nombre al término latino transgredii, transgresores.

         Ya sabemos de la tendencia irresistible de la dominación cristiana de rebajar a las deidades que no podían sustituir, dado su enraizamiento en la cultura popular, a la condición de meros personajes de los bosques, igual que se apropiaron de las festividades paganas. La gran diferencia entre romanos paganos y romanos cristianos (padres estos de la romanización) radicaba en la permisividad de los primeros con las costumbres de los pueblos que conquistaban y el radicalismo excluyente de los segundos. Sobre este tema, es interesante la obra de Juan Carlos Cabria, «Dioses, héroes, mitos y leyendas de Cantabria».

         Por lo tanto, tendríamos que en el Solar Cántabro y en Asturia se adoraría a los dioses manes, los trasgos de los antepasados, los directamente vinculados con la familia, los muertos de casa, los trasgos familiares. Pero también a los lares, los fundadores de los clanes, de las gentilidades, de los pueblos, trasgos fundadores, los héroes deificado. Y también a los penates, los trasgos de los almacenes, los custodios de las cocinas, los que, pasado el tiempo, los siglos, los milenios, terminaron dedicándose a tirar los trastos de la alacena al suelo: ¿qué ha sido ese ruido? Nada, déjalo, habrá sido un trasgo.

domingo, 6 de julio de 2025

LUG Y EL OJÁNCANO. ARQUEOETNOGRAFÍA



Los dioses dejan su huella arqueológica en los estratos de las costumbres humanas, permiten que se vean fugazmente sus rabos entre los  pliegues de los vestidos tradicionales, se aparecen por un instante en los recodos de los relatos transmitidos por la tradición y saludan desde sus esquinas, pueden verse entre el humo del misterio en el lugar elegido para edificar una ermita, en el pasmo que produce un relato que rebosa inocencia.

            En ocasiones, se esconden tanto que se hace preciso levantar las piedras de las convenciones, excavar entre las ideas preconcebidas, tocar la dura roca del pensamiento e inducir, deducir, ponderar, imaginar.

            Los profesionales escrutadores de la huella, los observadores de los recodos del folclore, los examinadores del significado oculto, los que descubren la presencia de las creencias en los vertederos de la costumbre son los especialistas en ARQUEOETNOGRAFÍA.

            Para ellos, en general poco ponderados, las creencias no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

            Los arqueoetnógrafos suelen alimentar sus teorías con los residuos de los más variados datos antropológicos, con los relatos contados a la luz de la lumbre, con el trabajo de los esforzados pesquisidores de lo más añejo, de lo casi extinguido, de la veta que permanece camuflada, esos que dedican su vida al trabajo de campo, con los estudios sobre las creencias y su evolución, con la literatura y con la observación directa del mundo del folclore, al que suelen desnudar de componentes actuales para contemplar el hueso vivo de la vieja creencia.

            Así, es su trabajo el de extraer de la amalgama de la tradición sus significados profundos, como en el caso de la vieja costumbre de «ir a cantones», del valle de Polaciones, que sería una reminiscencia del matrimonio ritual de los cántabros celebrado hace dos mil años cuando regresaban los guerreros de las correrías anuales o de acompañar al ganado en la braña.

            Así, se ha podido observar la relación que existe entre las anjanas y los dioses femeninos de los bosques cantábricos a las que se ha relacionado con Diana. Se ha vinculado la rica mitología céltica sobre las serpientes con restos actuales como el culebre o incluso con advocaciones marianas. Se han buscado las conexiones de misteriosos parajes, como el Pozo Temeo de Polanco, con el dios céltico o precéltico de la oscuridad, Airón.

            Así, de manera transversal, sus estudios han relacionado restos arqueológicos  con formas en extremo estilizadas del folclore y los relatos con el culto al cráneo.

            Así, se ha recuperado la presencia de determinadas diosas olvidadas, como Andate y Coventina.

            Es de reseñar la rigurosa obra de Marina Gurruchaga en todos estos temas, entre otros muchos relacionados con los restos del viejo mito en la vida, en el folclore, en el relato y en la literatura de Cantabria.

            Recientemente, Juan Carlos Cabria, en su obra «Dioses, héroes, mitos y leyendas de Cantabria», ha vinculado a los trasgos con los viejos dioses manes de los romanos.

            Pero, la relación más curiosa, y si queremos más directa, de un personaje mitológico actual y un viejo dios celta, Lug, se debe a Eduardo Peralta Labrador, quien en su obra «Los cántabros antes de Roma» vincula al ojáncano con este dios tan especial del mundo céltico, en su aspecto más terrorífico, el dios guerrero y combatiente, vengativo y receloso, de fuerza ciega y valor demente.

            Ya sabemos que esta deidad, aparte de la función que podríamos considerar guerrera, es transmisora de la cultura, protectora del comercio, señora de la poesía y organizadora, legisladora y regente de la comunidad.

            Pero, de todas sus funciones, hay una que ha sobrevivido en el ojáncano: la furia ciega cuando entra en combate; una pervivencia, además, sorprendentemente intensa, quizá por la labor ejemplarizante con que se utilizó siempre la maldad que vivía en la naturaleza frente al dios cristiano bondadoso, un temor insuperable del cristianismo por todo lo que provenga del pagos, del campo, frente a la creencia nacida en la cives, en la ciudad.

            El resto de las características de Lug no eran negativas, por eso es esta de la ferocidad la más útil para que la cultura dominante, el cristianismo, denigrara a las culturas paganas, anteriores a su irrupción avasalladora en el mundo religioso antiguo. Y ya sabemos que el único camino de las viejas creencias para sobrevivir era el de adaptarse a la ideología exclusiva y excluyente. Esto confiere mayor mérito al residuo cultural que nos regala la figura del ojáncano.

            Es un caso excepcional dentro de la mitología actual que admite pocas dudas, pues los símbolos que unen a ambos personajes, ojáncano y Lug, son evidentes, más que en cualquier otra tradición o pervivencia.

            El ojáncano tiene un solo ojo en la frente. También Lug, y también Odín, tenían un solo ojo, o más bien llevaban uno de los dos tapado por la sencilla razón de que eran tuertos. En ambos casos habían perdido el ojo por alcanzar la sabiduría.

            El dios Lug mostraba una furia ciega cuando se lo irritaba, cuando se lo traicionaba, cuando entraba en combate. Esta misma furia es característica del ojáncano.

            El ojáncano se unta el cuerpo con grasa de oso y de lobo, razón última de la fuerza insuperable del mismo, conferida por los grandes mamíferos de los que obtenía el valor que lo convertía en invencible. Lo mismo hacía el dios Lug.

            El dios Lug iba siempre acompañado de Huguín y Munín, dos cuervos que le informaban de lo que sucedía a lo largo del mundo. También lleva al hombro el ojáncano dos cuervos que, además, cumplen la misma función.

            El ojáncano porta siempre un enorme garrote, arma de sus fechorías, mientras que el dios Lug porta una lanza, la Gaibulca, la ley del pueblo, su gran atributo.

            Todas estas coincidencias hacen del ojáncano la pervivencia directa y actual del dios Lug, que en Cantabria era venerado bajo el nombre de Lucobos, según se puede leer en la estela de Amaya, «A Lucobos, dios de dioses», de Lug y Cobos, Jefe guerrero. Se trata de una deidad pancéltica que, a lo que vemos, ligeramente camuflada, ha llegado hasta nuestros días. Aunque en culturas hermanas, como la vasca, existe también este personaje mitológico ─el tántalo─, su similitud con Lug-Lucobos no llega a tanto detalle como en el resto mitológico llamado ojáncano cántabro.

            Sólo hay que tener ojos para ver la realidad del folclore con mirada diferente, y ese es el trabajo último de los arqueólogos, auténticos detectives de la Historia, según dijo Almagro Gorbea en el encuentro de Gijón de 2014, y de los etnoarqueólogos, esos profesionales que hilvanan los desechos culturales que encuentran en los vertederos estratificados de nuestra sociedad.

jueves, 3 de julio de 2025

¿DESCENDIÓ EL HÉROE DE LOS CÁNTABROS A LOS INFIERNOS?

 

 

Todo héroe mitológico que se precie ha descendido en alguna ocasión a los infiernos. Y la mitología cántabra no será una excepción. Así, el Jefe Joven, al que podríamos llamar general de la insurrección contra Roma en las Guerras Cántabras ―mito de los mitos estas de la identidad del pueblo― también lo hizo. (Cantábrica, tomo 3, «Guerras Cántabras», “Nuétaca y Lumia, por el camino del Sid!”, pg. 145).

            Así, Odiseo, aconsejado por la diosa Circe, desciende a los infiernos para hablar con el adivino Tiresias, único que puede indicarle los peligros que le acechan en su viaje de retorno, y la manera de evitarlos.

            Así, Orfeo, bajó al Hades para rescatar a su difunta amada Eurídice, y con su música cameló al señor de lo oscuro y a su esposa, hasta el punto de que le permitieron llevársela, a condición de que no mirara para atrás cuando saliera. Por desgracia, preocupado por ella, volvió la cabeza y, en ese instante, la infeliz fue tragada de nuevo por las tinieblas

            Así, Eneas viajó también al Hades para pedir consejo a su padre Anquises sobre cómo conquistar la tierra del Lacio. Allí pudo contemplar, como en una película, el futuro glorioso que esperaba a su descendencia.

            Y también en el Renacimiento, Dante visitó el infierno,  el purgatorio y el paraíso. Pretendía expiar sus  culpas y comprender la naturaleza íntima del pecado y del mal

            En el mundo de ultratumba celta, sin embargo, no existe un infierno en el que las almas penen. Tampoco un Asfódelos, donde las almas vegetan en el más absoluto aburrimiento. Cuentan, por el contrario, con el SID, un territorio igual que el de la tierra, pero en otra dimensión. Allí terminan, tarde o temprano, todas las almas, y no se trata de un lugar de expiación o de recompensa. Todos se reencarnarán en nuevos cuerpos y se dedicarán a lo que más les gustaba a nuestros antepasados, comer, holgar y zanganear, además de combatir por toda la eternidad.

            Por lo tanto, un viaje al Sid en forma de expiación, de purga, de búsqueda, de arrepentimiento y de reflexión sobre la muerte no suena a muy celta que digamos. Estos tenían otra idea del más allá, como hemos dicho en algna ocasión.

            El viaje del héroe cántabro tiene lugar, patrocinado por los dioses, y dentro del mundo onírico, incubatio, para animar, para incentivar al guerrero de guerreros, a aquel sobre el que recaerá la responsabilidad de dirigir a su pueblo frente a Roma. Coronoego, sabedor del futuro que le espera, ha de conocer también el premio en el otro mundo.

            Por eso, se embarca en el viaje con dos deidades: Nuétaca, la lechuza que anuncia la muerte y Lumia, la deidad cántabra que cumple funciones de¸de hado y de sibila en la mitología de Cantábrica. Cabalga a lo mos de Rudiobus, el caballo de Erudino, junto con Lumia que cambia de fisonomía (joven, madura, vieja, joven de nuevo) a medida que avanza el viaje.

            Durante el largo recorrido se cruza con almas errantes y con otras que llevan su misma dirección. Llegan al río donde se produce el proceso del olvido; contemplan a los buitres que transportan en sus picos, clase preferente, a los muertos en combate; alcanzan la mar, a Caravia, donde se embarcan en buques de cristal camino del Sid. Ya a las puertas del Paraíso, se admiran ante los elevados farallones y la alta muralla. Allí ven las tres puertas del otro mundo y, tras ellas, contemplan la felicidad que proporcionan las bien abastecidas mesas, en una romería permanente, y ascienden a la acrópolis donde habita Lug, Lucobos, con los guerreros muertos en combate. Recibe el joven Coronoego consejos directos del dios de dioses y contempla la formación de la Gran Cabalgada, además de hablar con sus jóvenes antepasados, hasta su décimo abuelo, todos héroes. A continuación, parte feliz para la tierra, para el despertar, sabedor del glorioso futuro que le espera, convencido de que morirá a manos del enemigo, pero cantando.

            De entre todos estos pasajes, se transcribe a continuación uno de los más sorprendentes: la reencarnación de los niños muertos (Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro, Guerras Cántabras, pgs. 153-154). Dice así:

 

«Por una penetran los hombres, esa del medio, responde la anciana de cansada voz. Por la de la izquierda, las mujeres y por la de la derecha los niños muertos antes de nacer, al nacer o a poco de nacer, también los que no tuvieron tiempo de despertar a la vida, fallecidos en los primeros años. Algunos de estos son llevados, envueltos en pañales, por las madres que perecieron al alumbrarlos, otros por druidas del séquito de Nabia y los más crecidos por su propio pie. Todas estas almas de hombres, mujeres y niños se reencarnarán en cuerpos  similares a los que tuvieron en vida, pero por completo nuevos. Revivirán en cuerpos ya hechos pero no gastados, florecientes de vida, porque en el Sid sólo está permitida la juventud y la frescura. Los hombres viejos se verán jóvenes musculosos, las mujeres ancianas podrán tocar su busto y admirar sus caderas, los niños crecerán en un instante hasta convertirse en muchachos de largos cabellos y en muchachas de bello torso, con el aspecto que habrían tenido de no haber sido truncadas sus breves existencias por la muerte. Esto sucederá uno a uno, porque una a una se abrirán las puertas para que penetren los peregrinos... Pero, ven, Coronoego, contemplemos desde la otra parte de la muralla estas maravillosas metamorfosis.

Sigue el guerrero a las diosas y, traspasadas las puertas que se abren con ceremonia a su paso, ve Coronoego cómo sobre cada alma que penetra por los portones, se derrama el nuevo cuerpo como un argayo del desfiladero. Y ve el visitante una lengua de fuego que se posa sobre el amasijo que forman el alma con el cuerpo. Es el hálito enviado por la Innominada y, al instante, se funden los dos elementos en un nuevo ser. El joven es testigo —oh, magia de los dioses— de cómo el que fuera difunto queda aturdido por el choque, pero pronto abre los ojos nuevos ante la vida que se le regala,  comprende que no volverá a morir y que tiene por delante toda una eternidad sin corrupción y sin recuerdos que lo lastren, y exhibirá la más amplia sonrisa, la más plena incomparable con las que adornaron su rostro en la vida anterior. El plentuisio no sale de su asombro. Las diosas contemplan risueñas su rostro de niño alucinado por la magia, como cuando vio a la madre confeccionarle su primer muñeco de trapo. Lo que más le sorprende es la transformación de los pequeños; los cuerpos que les corresponden se inflan de vida y pasan por todos los estadios de la existencia, pues se dejan ver infantes, jóvenes y, por fin adultos. Una vez culminada la gran metamorfosis, varios druidas del séquito de Nabia entregan sus armas a quienes las portaron en vida,  las enterradas con ellos o las guardadas en el fondo de los lagos.

Tras los portones, una gran explanada en la que se agolpan los antepasados de los visitantes. Los que más llaman la atención de estos son los nuevos cuerpos de los niños muertos, ahora con cuerpos de adultos en la plenitud de la juventud, que abren los ojos por primera vez, ciegos casi ante el colorido que los acoge. ¿A quién se parece? ¡Es igual que su padre! ¡Tiene la misma mirada de su madre! ¡Y el busto de su tía!, ¡qué bella es!, ¡qué fuerte parece! Prolongados son los abrazos de bienvenida y los besos ansiosos que nadie espera ya recibir tras la muerte, hermosos los reencuentros sin rencores, pues todos los veteranos muertos y los muertos recientes han sido víctimas del saludable olvido que todo rencor cura, que toda ofensa lava. Se reanudarán las vidas desde el punto en que las dejaron. Ricos seguirán siendo los ricos, pobres los pobres, siervos unos, señores otros, pero ni uno de ellos sentirá en su nueva naturaleza la menor desconfianza hacia los demás. ¡Ah, el olvido!»

lunes, 30 de junio de 2025

LA GUERRA DE MONTAÑA

 


 

En este tema hay que diferenciar la guerra de montaña como técnica de combate y la arqueología de guerra como nuevo enfoque de la investigación arqueológica.

            Los romanos eran excelentes militares. Conquistaron el mundo. Conocían muy bien los secretos de la guerra de montaña.

            En un país montañoso resulta evidente que es aventurado atravesar los valles boscosos y umbríos, donde las emboscadas serían un peligro permanente. En su lugar, avanzaban por las cumbreras, por los caminos de alta montaña, de cima en cima, de manera que evitaban recodos peligrosos, tenían al enemigo siempre a la vista y eran dueños de la altura, la posición más fuerte posible.

            Esta técnica de combate la ensayaron con intensidad los romanos en sus luchas contra los galos de los Alpes, una constante amenaza para Roma desde que la Urbe fuera asaltada por Breno.

            Cuando Augusto llegó a Cantabria, iba acompañado por un experto en este tipo de combates: Cayo Antistio Veto. Este no era un general cualquiera, sino un consular ─pues había sido cónsul junto con Augusto en el 30 a.n.e.─ y tenía el cargo de legado en la Hispania Citerior con categoría de procónsul. No era casual que Antistio acompañase a Augusto en la campaña contra cántabros y astures, pues en el año 35 había derrotado a los salassos, montañeses del valle de Aosta, en el territorio que hoy es la parte más occidental de la Italia septentrional. Esto lo acreditaba como experimentado combatiente de alta montaña.

            El plan de Augusto consistía en que los ejércitos de las dos provincias de Hispania, el de la Citerior bajo su mando ─con Antistio como lugarteniente─ y el de la Lusitania, bajo el mando de su legado Publio Carisio, atacasen a la vez, uno a los cántabros, el otro a los astures. La parte de la guerra tradicional, con la toma de las plazas fuertes enemigas, correría a cargo del mismo Augusto, en el frente este, y, una vez en la cima, serían las habilidades de Antistio las que llevarían a la victoria.

            Pero una cosa era lo previsto y otra lo que sucedió. A Augusto le costó vencer a los cántabros y a Carisio a los astures. El gran hombre terminó por abandonar, enfermo de asco y miedo al rayo del Júpiter cántabro, y dejó la dirección de la campaña en manos de Antistio. Por su parte, Carisio, logró vencer a los astures en Lancia, aunque más que por mérito propio, por la traición de los brigaecinos.

            En definitiva, llegó el momento en que Antistio Veto descendió hacia la costa por el cordal del Escudo y Publio Carisio lo hizo por el cordal que, sorprendentemente, aún lleva su nombre, la Carisa. Antistio venció en Aracillum, probablemente Espina del Gállego, gracias al apoyo de las legiones desembarcadas en lo que luego fue Portus Victorie, y Carisio derrotó a los astures poco después, gracias al apoyo de Cayo Furnio, que sustituiría a Antistio Veto.

            Hasta aquí la guerra, sus operaciones y la habilidad de los romanos en el combate de alta montaña. Pero, pasan los años, pasan los siglos y se olvida el cómo y el porqué de la victoria romana sobre cántabros y astures. Los historiadores, poco formados en las técnicas militares del ejército romano, centran sus estudios en las fuentes latinas.

            Y, así las cosas, hacia los años sesenta del siglo XX se desarrolló en Francia toda una teoría arqueológica que se basaba en el descubrimiento de los castros galos y los campamentos romanos por medio de la localización aérea. Fueron muchos los campamentos romanos descubiertos y, como los imperiales eran meticulosos y ordenancistas en extremo, las dimensiones de los aquellos y su estructura ofrecían un certero conocimiento sobre el número de efectivos implicados en la lucha y, además, como los campamentos eran móviles, castra aestiva, levantados a medida que la unidad romana avanzaba en territorio enemigo, se conocieron las líneas de penetración romana. Había nacido la arqueología de guerra.

            Esta novedosa visión de la investigación arqueológica llegó a España, a Cantabria y a Asturias de la mano de un santanderino que obtuvo el doctorado en La Sorbona, por lo que bebió de las mismas fuentes que crearon este método de investigación: el profesor Eduardo Peralta Labrador. Tras muchos vuelos y fotografías aéreas, descubrió que bajo la epidermis verde de Cantabria se hallaba un libro abierto que contaba con detalle la historia de las Guerras Cántabras, que la reformulaba y completaba los datos parciales y escuetos de las fuentes. Fueron innumerables los castros y los campamentos romanos descubiertos. Y, sobre todo, se concluyó que los romanos conquistaron Cantabria tras penetrar por el cordal del Escudo, y Asturia tras penetrar por el cordal de La Carisa. Su obra «Los Cántabros antes de Roma», de 2003 dejó constancia de estos descubrimientos y de su rompedora teoría que, sin lugar a dudas ─y pese a quien pese─ transformó la historiografía moderna.

LOS HIJOS DE LA OSCURIDAD, CON ALGUNOS EJEMPLOS ACTUALES

 



 

En la teomaquia de Grecia ─el combate de los dioses─ se enfrentan los Olímpicos con los Titanes. El motivo fue la rebelión de los hijos de Cronos, dirigidos por Zeus, contra su padre.

         Cronos miraba con ojos torcidos a su descendencia, pues bien sabía que sería derrocado por uno de sus hijos.

         Lo sabía porque eso mismo había hecho él con su padre Urano. A este no le gustaba que Gea, su esposa se dedicara a parir como una loca y yacía con ella, pero no la dejaba alumbrar.

         Como fácilmente se entenderá, la señora estaba un tanto prieta y puso a los hijos que vivían en su vientre en contra de su padre, de manera que el más decidido, Cronos, tomó una hoz y cuando el padre entró con una parte de su cuerpo en el de la madre, él, ni corto ni perezoso, le cercenó eso que nos podemos imaginar. ¡Uy, qué dolor!

         Total que salieron en tromba del vientre de la madre los hijos enfurecidos. Cronos derrotó a Urano y se apoderó del cielo.

         Por eso, cuando fue mayorcito desconfiaba de sus propios hijos, de manera que en cuanto su esposa Tethis paría, el tío se zampaba al recién nacido, por si acaso.

         A la madre no le gustaba tal comportamiento paterno, como es lógico, y cuando nació su último hijo, Zeus, se las apañó para que no fuera devorado por el papá y, a tal fin colocó en su lugar una gran piedra y escondió a la criatura en la isla de Creta.

         El padre, que no era del todo exquisito en eso de sabores, ni se enteró. Con el tiempo, el niño se convirtió en un gran dios, provocó una guerra feroz contra su padre, y lo derrocó.

         A esta guerra se llamó Teomaquia, el combate de los dioses y en ella participaron dos tipos de deidades, unos en un bando, otros en otro: los olímpicos y los titanes. Estos fueron derrotados.

         En la mitología celta, que tenía el mismo origen indoeuropeo que la griega, también se daba una guerra entre dioses, una teomaquia. Pero era una guerra un tanto diferente. Los pueblos celtas no sufrían los mismos problemas patrimoniales que los griegos.

         Se planteaba entre la Luz y la Oscuridad. En principio fue siempre la Oscuridad y de ella surgió la Luz. En el fondo, también la griega era un enfrentamiento entre olímpicos luminosos y titanes surgidos de la tierra, ctónicos.

         Pero, claro, esto de la Luz era un incordio para la anarquía reinante en el mundo de la Oscuridad, donde no había reglas. La inercia de lo descompuesto se opuso siempre al ordenancismo.

         Esta inercia que se manifestaba en todos los aspectos de la vida conducía al enfrentamiento entre los que se dejaban llevar y los que creaban, entre la Oscuridad y la Luz. Además era una guerra que duraría hasta el fin de los tiempos, no como la griega, que comenzó en un momento mítico, se desarrolló antes de la historia y terminó con el triunfo de los olímpicos.

         En el caso celta, el final será el triunfo de la Oscuridad frente a la Luz. Lo creado por esta será destruido por el agua y el fuego (Ragnarök germano), los dioses morirán y los humanos también, aunque no todos, por lo que la lucha comenzará en un nuevo ciclo.

         En la mitología griega, los dioses se dividen en dos bandos, como decimos, de manera que tanto los titanes como los olímpicos son deidades supremas, equiparables, con fuerzas similares.

         En la céltica, a falta ─como ya hemos dicho en múltiples ocasiones─ de crónicas que respeten los mitos en su formato originario, nos debemos conformar con las referencias de las crónicas medievales.

         En estas, aparecen los fomoré o fomorianos, que, en realidad son los habitantes originarios de Irlanda, enfrentados a todas las oleadas de invasores, incluidos los dioses, siempre llegados de fuera. Se trata de unos seres que no parecen humanos del todo, deformes, que están al servicio de los grandes señores de la guerra que representan a la Oscuridad. Por lo tanto, tendríamos dos tipos de dioses de la Oscuridad: los jefes y los soldados, los nobles y los siervos, los inteligentes y la fuerza bruta.

         Los dioses oscuros que se recrean en el Panteón Cántabro propuesto en Cantabrica son también de dos tipos: los soldados, los no humanos, los extraños, equivalentes a los fomoré irlandeses, a los que llamaremos "fomouros", habida cuenta de las referencias a los indefinidos seres mitológicos que existen en los relatos de la Cornisa Cantábrica (Asturias, Cantabria, Galicia): los mouros.

         Pero, también se dispondrá de generales oscuros, inteligentes, auténticos dioses capaces de enfrentarse a los luminosos, que serán los "gentiles". Tomamos el término de la mitología vasca, los "gentilak", seres extraños, habitantes residuales de un mundo ya perdido.

         Este recurso es imprescindible para la integración de la trama, como también lo es la inserción del Señor de la Oscuridad, para el que sí tenemos en Cantabria un referente mitológico nítido: el dios Airón, citado por la toponimia menor de Trasmiera y considerado por los estudiosos como dios celta de las tinieblas y las simas.

         Todos estos dioses, oscuros y luminosos, con sus diversas oscilaciones, cambios de bando, relaciones, parentescos, nacimientos, hijos, emparejamientos, odios, celos, peripecias, luchas, maniobras, mitos, transformaciones, milagros y andanzas son dibujados en la parte titulada "Metamorfosis Cántabras", integrada en el tercer tomo de Cantábrica.

         En resumen, las fuerzas de la oscuridad tendrán, a lo largo de los tiempos, dos tipos de componentes: los fomouros y los gentiles.

         Los primeros coinciden con los fomoré de la mitología irlandesa, y los segundos con sus homónimos de la mitología vasca.

         Unos son proyectos mal ejecutados y desechados por las fuerzas de la luz, arrojados al caos y aprovechados por las inercias que buscan la descomposición, son abortos, fetos, seres monstruosos o imposibles.

         Los gentiles sin embargo, hijos de Airón y de Ataecina, son gigantes y tan inteligentes como los dioses de la luz, y tan potentes como ellos. Serán los que dirijan a las fuerzas oscuras contra quienes han construido las Islas y pretenden extender el prototipo de territorio modelo a la tierra exterior.

         En definitiva, esta lucha entre la Luz y la Oscuridad, si bien se mira, tiene sus reflejos en el mundo que nos ha tocado vivir.

         Si nos fijamos, constataremos la existencia de dos tipos de personas ─según yo entiendo por ser viejo─: las que crean y las que se aprovechan de lo creado por otros. Labor de los creadores es la de romper los moldes en un enfrentamiento dialéctico y consciente con la realidad, es decir, se ven obligados a iluminar lo que los rodea.

         Otros, sin embargo, viven y se alimentan del mundo luminoso creado por los que llevan dentro la iniciativa del demiurgo; no crean, sino que absorben; no generan, copian. Para la labor de los Hijos de la Luz, es imprescindible llevar la iniciativa y modificar lo existente, no otra cosa significa la palabra poiesis, de la que proviene el término poesía.

         Sin embargo, para los Hijos de la Oscuridad basta con dejarse llevar mientras se suben al carrusel; su fuerza creativa no existe, para ellos sólo vale la inercia de lo oscuro.

         Ejemplos de lo anterior hay muchos: así, ciertos arqueólogos que crean, descubren, los detectives de la Historia, son los Hijos de la Luz, frente a los que se levanta un muro de inercia institucional y de envidia: la de los Hijos de la Oscuridad.

         Cuando los luminosos desaparezcan, los oscuros se apropiarán de sus teorías, las firmarán como propias y, probablemente, pasarán a las crónicas de los grandes descubrimientos históricos. Es cuestión de tiempo. Quebrar la inercia es labor de dioses.

         Disculpen esta digresión, pero entiéndase que se escribe en el ámbito metafórico, porque en la mente de este autor no se asientan dioses, reyes ni tribunos, pues es ateo entre los ateos, eso sí, de un ateísmo católico y cristiano, faltaría más.

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...