domingo, 6 de julio de 2025

LUG Y EL OJÁNCANO. ARQUEOETNOGRAFÍA



Los dioses dejan su huella arqueológica en los estratos de las costumbres humanas, permiten que se vean fugazmente sus rabos entre los  pliegues de los vestidos tradicionales, se aparecen por un instante en los recodos de los relatos transmitidos por la tradición y saludan desde sus esquinas, pueden verse entre el humo del misterio en el lugar elegido para edificar una ermita, en el pasmo que produce un relato que rebosa inocencia.

            En ocasiones, se esconden tanto que se hace preciso levantar las piedras de las convenciones, excavar entre las ideas preconcebidas, tocar la dura roca del pensamiento e inducir, deducir, ponderar, imaginar.

            Los profesionales escrutadores de la huella, los observadores de los recodos del folclore, los examinadores del significado oculto, los que descubren la presencia de las creencias en los vertederos de la costumbre son los especialistas en ARQUEOETNOGRAFÍA.

            Para ellos, en general poco ponderados, las creencias no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

            Los arqueoetnógrafos suelen alimentar sus teorías con los residuos de los más variados datos antropológicos, con los relatos contados a la luz de la lumbre, con el trabajo de los esforzados pesquisidores de lo más añejo, de lo casi extinguido, de la veta que permanece camuflada, esos que dedican su vida al trabajo de campo, con los estudios sobre las creencias y su evolución, con la literatura y con la observación directa del mundo del folclore, al que suelen desnudar de componentes actuales para contemplar el hueso vivo de la vieja creencia.

            Así, es su trabajo el de extraer de la amalgama de la tradición sus significados profundos, como en el caso de la vieja costumbre de «ir a cantones», del valle de Polaciones, que sería una reminiscencia del matrimonio ritual de los cántabros celebrado hace dos mil años cuando regresaban los guerreros de las correrías anuales o de acompañar al ganado en la braña.

            Así, se ha podido observar la relación que existe entre las anjanas y los dioses femeninos de los bosques cantábricos a las que se ha relacionado con Diana. Se ha vinculado la rica mitología céltica sobre las serpientes con restos actuales como el culebre o incluso con advocaciones marianas. Se han buscado las conexiones de misteriosos parajes, como el Pozo Temeo de Polanco, con el dios céltico o precéltico de la oscuridad, Airón.

            Así, de manera transversal, sus estudios han relacionado restos arqueológicos  con formas en extremo estilizadas del folclore y los relatos con el culto al cráneo.

            Así, se ha recuperado la presencia de determinadas diosas olvidadas, como Andate y Coventina.

            Es de reseñar la rigurosa obra de Marina Gurruchaga en todos estos temas, entre otros muchos relacionados con los restos del viejo mito en la vida, en el folclore, en el relato y en la literatura de Cantabria.

            Recientemente, Juan Carlos Cabria, en su obra «Dioses, héroes, mitos y leyendas de Cantabria», ha vinculado a los trasgos con los viejos dioses manes de los romanos.

            Pero, la relación más curiosa, y si queremos más directa, de un personaje mitológico actual y un viejo dios celta, Lug, se debe a Eduardo Peralta Labrador, quien en su obra «Los cántabros antes de Roma» vincula al ojáncano con este dios tan especial del mundo céltico, en su aspecto más terrorífico, el dios guerrero y combatiente, vengativo y receloso, de fuerza ciega y valor demente.

            Ya sabemos que esta deidad, aparte de la función que podríamos considerar guerrera, es transmisora de la cultura, protectora del comercio, señora de la poesía y organizadora, legisladora y regente de la comunidad.

            Pero, de todas sus funciones, hay una que ha sobrevivido en el ojáncano: la furia ciega cuando entra en combate; una pervivencia, además, sorprendentemente intensa, quizá por la labor ejemplarizante con que se utilizó siempre la maldad que vivía en la naturaleza frente al dios cristiano bondadoso, un temor insuperable del cristianismo por todo lo que provenga del pagos, del campo, frente a la creencia nacida en la cives, en la ciudad.

            El resto de las características de Lug no eran negativas, por eso es esta de la ferocidad la más útil para que la cultura dominante, el cristianismo, denigrara a las culturas paganas, anteriores a su irrupción avasalladora en el mundo religioso antiguo. Y ya sabemos que el único camino de las viejas creencias para sobrevivir era el de adaptarse a la ideología exclusiva y excluyente. Esto confiere mayor mérito al residuo cultural que nos regala la figura del ojáncano.

            Es un caso excepcional dentro de la mitología actual que admite pocas dudas, pues los símbolos que unen a ambos personajes, ojáncano y Lug, son evidentes, más que en cualquier otra tradición o pervivencia.

            El ojáncano tiene un solo ojo en la frente. También Lug, y también Odín, tenían un solo ojo, o más bien llevaban uno de los dos tapado por la sencilla razón de que eran tuertos. En ambos casos habían perdido el ojo por alcanzar la sabiduría.

            El dios Lug mostraba una furia ciega cuando se lo irritaba, cuando se lo traicionaba, cuando entraba en combate. Esta misma furia es característica del ojáncano.

            El ojáncano se unta el cuerpo con grasa de oso y de lobo, razón última de la fuerza insuperable del mismo, conferida por los grandes mamíferos de los que obtenía el valor que lo convertía en invencible. Lo mismo hacía el dios Lug.

            El dios Lug iba siempre acompañado de Huguín y Munín, dos cuervos que le informaban de lo que sucedía a lo largo del mundo. También lleva al hombro el ojáncano dos cuervos que, además, cumplen la misma función.

            El ojáncano porta siempre un enorme garrote, arma de sus fechorías, mientras que el dios Lug porta una lanza, la Gaibulca, la ley del pueblo, su gran atributo.

            Todas estas coincidencias hacen del ojáncano la pervivencia directa y actual del dios Lug, que en Cantabria era venerado bajo el nombre de Lucobos, según se puede leer en la estela de Amaya, «A Lucobos, dios de dioses», de Lug y Cobos, Jefe guerrero. Se trata de una deidad pancéltica que, a lo que vemos, ligeramente camuflada, ha llegado hasta nuestros días. Aunque en culturas hermanas, como la vasca, existe también este personaje mitológico ─el tántalo─, su similitud con Lug-Lucobos no llega a tanto detalle como en el resto mitológico llamado ojáncano cántabro.

            Sólo hay que tener ojos para ver la realidad del folclore con mirada diferente, y ese es el trabajo último de los arqueólogos, auténticos detectives de la Historia, según dijo Almagro Gorbea en el encuentro de Gijón de 2014, y de los etnoarqueólogos, esos profesionales que hilvanan los desechos culturales que encuentran en los vertederos estratificados de nuestra sociedad.

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