Los
dioses dejan su huella arqueológica en los estratos de las costumbres humanas, permiten
que se vean fugazmente sus rabos entre los
pliegues de los vestidos tradicionales, se aparecen por un instante en
los recodos de los relatos transmitidos por la tradición y saludan desde sus
esquinas, pueden verse entre el humo del misterio en el lugar elegido para edificar
una ermita, en el pasmo que produce un relato que rebosa inocencia.
En ocasiones, se esconden tanto que
se hace preciso levantar las piedras de las convenciones, excavar entre las
ideas preconcebidas, tocar la dura roca del pensamiento e inducir, deducir,
ponderar, imaginar.
Los profesionales escrutadores de la
huella, los observadores de los recodos del folclore, los examinadores del
significado oculto, los que descubren la presencia de las creencias en los
vertederos de la costumbre son los especialistas en ARQUEOETNOGRAFÍA.
Para ellos, en general poco
ponderados, las creencias no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.
Los arqueoetnógrafos suelen
alimentar sus teorías con los residuos de los más variados datos
antropológicos, con los relatos contados a la luz de la lumbre, con el trabajo de
los esforzados pesquisidores de lo más añejo, de lo casi extinguido, de la veta
que permanece camuflada, esos que dedican su vida al trabajo de campo, con los
estudios sobre las creencias y su evolución, con la literatura y con la
observación directa del mundo del folclore, al que suelen desnudar de
componentes actuales para contemplar el hueso vivo de la vieja creencia.
Así, es su trabajo el de extraer de
la amalgama de la tradición sus significados profundos, como en el caso de la
vieja costumbre de «ir a cantones», del valle de Polaciones, que sería una
reminiscencia del matrimonio ritual de los cántabros celebrado hace dos mil
años cuando regresaban los guerreros de las correrías anuales o de acompañar al
ganado en la braña.
Así, se ha podido observar la
relación que existe entre las anjanas y los dioses femeninos de los bosques
cantábricos a las que se ha relacionado con Diana. Se ha vinculado la rica
mitología céltica sobre las serpientes con restos actuales como el culebre o
incluso con advocaciones marianas. Se han buscado las conexiones de misteriosos
parajes, como el Pozo Temeo de Polanco, con el dios céltico o precéltico de la
oscuridad, Airón.
Así, de manera transversal, sus
estudios han relacionado restos arqueológicos con formas en extremo estilizadas del folclore
y los relatos con el culto al cráneo.
Así, se ha recuperado la presencia
de determinadas diosas olvidadas, como Andate y Coventina.
Es de reseñar la rigurosa obra de
Marina Gurruchaga en todos estos temas, entre otros muchos relacionados con los
restos del viejo mito en la vida, en el folclore, en el relato y en la
literatura de Cantabria.
Recientemente, Juan Carlos Cabria,
en su obra «Dioses, héroes, mitos y leyendas de Cantabria», ha vinculado a los
trasgos con los viejos dioses manes de los romanos.
Pero, la relación más curiosa, y si
queremos más directa, de un personaje mitológico actual y un viejo dios celta,
Lug, se debe a Eduardo Peralta Labrador, quien en su obra «Los cántabros antes
de Roma» vincula al ojáncano con este dios tan especial del mundo céltico, en
su aspecto más terrorífico, el dios guerrero y combatiente, vengativo y
receloso, de fuerza ciega y valor demente.
Ya sabemos que esta deidad, aparte
de la función que podríamos considerar guerrera, es transmisora de la cultura,
protectora del comercio, señora de la poesía y organizadora, legisladora y
regente de la comunidad.
Pero, de todas sus funciones, hay
una que ha sobrevivido en el ojáncano: la furia ciega cuando entra en combate;
una pervivencia, además, sorprendentemente intensa, quizá por la labor
ejemplarizante con que se utilizó siempre la maldad que vivía en la naturaleza
frente al dios cristiano bondadoso, un temor insuperable del cristianismo por
todo lo que provenga del pagos, del
campo, frente a la creencia nacida en la cives,
en la ciudad.
El resto de las características de
Lug no eran negativas, por eso es esta de la ferocidad la más útil para que la
cultura dominante, el cristianismo, denigrara a las culturas paganas, anteriores
a su irrupción avasalladora en el mundo religioso antiguo. Y ya sabemos que el
único camino de las viejas creencias para sobrevivir era el de adaptarse a la
ideología exclusiva y excluyente. Esto confiere mayor mérito al residuo
cultural que nos regala la figura del ojáncano.
Es un caso excepcional dentro de la
mitología actual que admite pocas dudas, pues los símbolos que unen a ambos
personajes, ojáncano y Lug, son evidentes, más que en cualquier otra tradición
o pervivencia.
El ojáncano tiene un solo ojo en la
frente. También Lug, y también Odín, tenían un solo ojo, o más bien llevaban
uno de los dos tapado por la sencilla razón de que eran tuertos. En ambos casos
habían perdido el ojo por alcanzar la sabiduría.
El dios Lug mostraba una furia ciega
cuando se lo irritaba, cuando se lo traicionaba, cuando entraba en combate.
Esta misma furia es característica del ojáncano.
El ojáncano se unta el cuerpo con
grasa de oso y de lobo, razón última de la fuerza insuperable del mismo,
conferida por los grandes mamíferos de los que obtenía el valor que lo
convertía en invencible. Lo mismo hacía el dios Lug.
El dios Lug iba siempre acompañado
de Huguín y Munín, dos cuervos que le informaban de lo que sucedía a lo largo
del mundo. También lleva al hombro el ojáncano dos cuervos que, además, cumplen
la misma función.
El ojáncano porta siempre un enorme
garrote, arma de sus fechorías, mientras que el dios Lug porta una lanza, la
Gaibulca, la ley del pueblo, su gran atributo.
Todas estas coincidencias hacen del
ojáncano la pervivencia directa y actual del dios Lug, que en Cantabria era
venerado bajo el nombre de Lucobos, según se puede leer en la estela de Amaya,
«A Lucobos, dios de dioses», de Lug y Cobos, Jefe guerrero. Se trata de una
deidad pancéltica que, a lo que vemos, ligeramente camuflada, ha llegado hasta
nuestros días. Aunque en culturas hermanas, como la vasca, existe también este
personaje mitológico ─el tántalo─, su similitud con Lug-Lucobos no llega a
tanto detalle como en el resto mitológico llamado ojáncano cántabro.
Sólo hay que tener ojos para ver la
realidad del folclore con mirada diferente, y ese es el trabajo último de los
arqueólogos, auténticos detectives de la Historia, según dijo Almagro Gorbea en
el encuentro de Gijón de 2014, y de los etnoarqueólogos, esos profesionales que
hilvanan los desechos culturales que encuentran en los vertederos
estratificados de nuestra sociedad.

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