lunes, 30 de junio de 2025

EL ÁRBOL DE LOS ANTEPASADOS

 

Coronoego yace bajo el roble, con el escudo a guisa de almohada. Al día siguiente entrará en Aracilo, su patria, con la victoria colgando del cuello de su caballo: dos cabezas y cuatro manos de enemigos. Será considerado adulto y portentoso guerrero.

         Pero, antes descansa, duerme y abre la mente a los dioses que se comunican con él como es costumbre de la divinidad, mediante los sueños, las redes sociales del panteón cántabro, la "incubatio!

         Será una larga noche en la que el joven guerrero recibirá detallada información de cuanto se avecina. Como futuro jefe de jefes, designado por Lumia que decide los destinos de los hombres, ha de conocer el devenir y los diversos dioses cántabros le informarán pormenorizadamente, uno a uno, durante aquella larga noche, sobre lo que le espera.

         Al comienzo del sueño, las tres diosas: Deva, Epona y Madre Cantabria le hablan de sus antepasados, los enumeran y describen sus hazañas.

«Coronoego se siente abrumado con tanto nombre y referencia a sus antepasados. Ya no distingue a unos de otros, se le entremezclan los clanes y los parentescos; se ha extraviado entre tanta heroicidad. Madre Cantabria se apercibe de lo que le sucede por su gesto de cansancio. Aquello es una pesadilla recurrente, plúmbea, piensa el joven, como las que nacen cuando la sangre pesa.

         Son quizá muchos los antepasados a los que nos hemos referido, ¿verdad?, pregunta la diosa comprensiva, es este un sueño repetitivo, es cierto, porque repetida es la heroicidad de los tuyos, Coronoego, porque deseamos que se renueve también en ti la furia de tus antepasados.

Como la de Marón, que luchó con Aníbal.

Como la de Pintovio, que lo hizo con Asdrúbal; como la de Reburro, que conoció a Catón.

Como la de Amparano que defendió a los vacceos frente a Lúculo.

Como la del bisabuelo Bodo, que vivió en tiempos de Numancia.

Como la de tu abuelo Docio que luchó en Vardulia y estuvo a punto de morir en Calagurris.

Y como la de tu padre Dorulio que se enfrentó a César en Aquitania y que junto con tu tío Malodio, hermano de Turennia, tu madre, del clan de los Amoca, participaron en la batalla de Munda en el bando pompeyano...

         ¿Ves, hijo?, son muchos los que te antecedieron, pero en realidad todos ellos se resumen en un solo guerrero, el que habita en ti, y no te importe no retener quién es quién. Cada uno de ellos es Coronoego. ¿Te parecen suficientes heroicidades?, pues te diré que aún hay más, porque tus antepasados también participaron en muy lejanas contiendas.

Así el padre de Marón del que antes te he hablado, se llamaba Alluvo , y formó parte del contingente cartaginés que tomó la ciudad griega de Selimo, en Sicilia.

Y su padre Maropo, tu octabuelo , se había alistado tiempo atrás en las fuerzas contrarias, las griegas, y participó en la batalla de Hímera, frente a Cartago.

El padre de este, Virato , luchó con Esparta frente a Atenas, y dicen que regresó a la tierra en un barco espartano cuyos tripulantes quedaron todos en nuestras montañas, y que la raza espartana se mezcló con la cántabra,

Y hasta cuentan que el padre de Virato, Ablonno, que sería tu decabuelo , cabalgó  junto al mismísimo Breno y que entró victorioso en Delfos, pero de esto último ni los dioses estamos seguros.

         Todos ellos te precedieron, hijo, todos te esperan en el Sid, allí los podrás conocer, ¿te imaginas las jugosas tertulias en torno a la mesa de Lucobos?, pero yo te aseguro, Coronoego, que no te presentarás en la interminable cena de los dioses con las manos vacías, al contrario, llegarás al otro mundo con tanta gloria como ellos, e incluso más, pues tú serás quien dirija al pueblo cántabro contra sus peores enemigos, esos que vienen desde Tarraco, que ya se acercan, que ya están aquí, que plantarán sus reales en tierra de Turmogos.

         Te aseguro, joven guerrero, que grande es la fama del pueblo cántabro, su ferocidad es conocida en Roma y más allá, en Oriente y en el norte, en Galia y en África, pero, con todo, Augusto, hijo de Julio César, ese contra el que combatiera en Aquitania tu padre, el amínico Dorulio, ha decidido someter a los pueblos de la costa, cántabros y astures, por eso estamos aquí las tres, para avisarte, pero descansa un momento, si puedes, mientras recibes otras visitas, Coronoego, pues esta noche será larga. En fin, hijo, adiós y sigue los consejos que te den los dioses que ya vienen, y que esperan turno para susurrarte el futuro al oído...

         Una nuétaca ha levantado el vuelo, ¿será la Innominada? Las cornejas que ocultan a Deva, a Epona y a Madre Cantabria la siguen. En la lejanía se escucha aún la voz de esta última, cada vez más lejana: Sigue los consejos que esta noche te den los dioses, los dioses, los dioses...». ("Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro", tomo 3, páginas 38.39).  

domingo, 29 de junio de 2025

NOEGOS. LA TRIBU QUE LES FALTA A LAS “GUERRAS CÁNTABRAS” DE LOS CORRALES DE BUELNA

                                         


¿Quienes eran, o pudieron ser los noegos o los ucesios? Vayan dos ideas clave para empezar:

         La  Cantabria Oriental estaba poblada por los cántabros, pero en ningún lugar se especifica qué populus concreto ocupó aquellas tierras. En la ubicación de otros puede haber duda, es el caso de los concanos, pero lo que no admite discusión es que se desconoce por completo quienes vivían en el oriente de Cantabria.

         En  fin, que ni los trasmeranos ni los de Voto, ni los de Soba, hablando en términos actuales, tenían nombre conocido hace 2025 años, pero queda claro que alguno llevaban, porque estar, estaban.

         La segunda idea es que para los romanos era en extremo difícil diferenciar a aquellos pueblos cantábricos, trazar sus límites, ubicarlos y, por supuesto, se hacían un tremendo lío con aquella lengua de guijarros, de manera que incurrían en contradicciones flagrantes cuando describían.

         Así, sabían de la existencia de una ciudad llamada Noega y unos decían que estaba en territorio de los cántabros, otros que en el de los astures, este que en la linde de los unos y de los otros, aquel que cerca de los autrigones. Los romanos eran muy meticulosos, se veían impulsados a poner nombre a todas las cosas, a todos los pueblos que encontraban, pero lo hacían un tanto a bulto y con finalidad ordenancista. Por ejemplo, ¿tenían decidido que fueran dos cuerpos de ejército diferente los que penetraran en la cordillera?, pues dividían el territorio en dos y les daban nombres: cántabros y astures, para que cada unidad (la de Augusto y la de Carisio) dispusieran de territorio con apellidos concretos al que invadir. ¿Que la realidad no cuadraba por completo con su esquema?, pues se modificaba la realidad, ¡hasta ahí podíamos llegar!

         Luego vinieron los historiadores y, para aclarar tales contradicciones, dijeron que como se trataba de una localidad fronteriza, Noega debía de estar a la altura de Ribadesella, o de Villaviciosa y, otros hubo que la situaron en la Campa Torres, de Gijón.

         Sin embargo, lo más probable es que estuviera en las proximidades de Noja. Fijémonos en las similitudes de los términos Noega y Noja.

         Noega, en celta castizo, de raíz indoeuropea significaba Nuevo, y probable sería que hubiera dos ciudades con el mismo nombre: una astur y otra cántabra. Esta duplicidad debía de desorientar grandemente a los geógrafos romanos, que padecían un cierto cretinismo topográfico y seguramente también lingüístico.

         Pero sí, habría dos Noegas: una, la llamada Noecantrum, abreviatura de Noega Cantabrorum, según las referencias que hay al mapa que existía en el pórtico de Vipsania Pola, en Roma, mandado trazar por Agripa.

         La duplicidad de nombres era, y es, del todo normal porque, ¿cuántas ciudades "nuevas" tenemos en América?: Nueva Orleans, Nueva York, Nueva Laredo, la ristra sería interminable. Además, esta  localidad cántabra llevaba el sobrenombre de Ucesia. Se estaría hablando de Noega Ucesia, de los cántabros, para diferenciarla de la Noega de los astures.

         La ubicación de Noega en las inmediaciones de Noja ha sido muy bien descrita en «Los cántabros antes de Roma», de Eduardo Peralta Labrador, páginas 126 y 127.

         Según este autor, «Se ha considerado que Noega Ucesia pudo estar en el área de Noja porque esta se encuentra próxima al cabo Quejo, punto costero sobresaliente, y porque a partir de aquí la costa cantábrica sufre un brusco retroceso que aparece en el mapa de Ptolomeo. Además, en sus alrededores, se ha producido una serie de hallazgos de época romana».

         Lo anterior es muy cierto, pues no hay más que subir a la cima del Cincho, en la que se ha instalado una amplia torre que eleva al visitante sobre la densa vegetación, desde la que se constata este supuesto retroceso que indujo a error a Ptolomeo pues, en efecto, parece como si la costa quebrara bruscamente de orientación.

         Además, también según Peralta, Santoña es el mejor puerto de la costa cántabra, tras el de Santander, y en sus inmediaciones se han hallado abundantes restos romanos, luego no sería descabellado pensar que en ese lugar se hubiera ubicado la ciudad de Noega Ucesia. Además, Ptolomeo señala que «estaba situada en la boca de un gran río, y Santoña está justamente en la desembocadura del Asón».

         Sin duda, la cercanía de Santoña y Noja es notable, sobre todo si se mira el Buciero desde el alto del Cincho. Realmente parece que estuviera a tiro de piedra. Además, concluye este autor, sin Noega en la zona de Noja-Santoña, tendríamos que la parte oriental de Cantabria quedaría vacía de pueblos cántabros constatable, lo que sí estaría en contradicción con lo sostenido por Ptolomeo, según el cual la desembocadura del Asón y las tierras que retrepan hacia la Cordillera estaban pobladas por cántabros.

         Peralta concluye su propuesta con la siguiente idea:

«El territorio dependiente de esta ciudad de Noega empezaría en las orillas orientales de la ciudad de Santander. Al sur de la misma, en el valle de Miera, existe otra localidad llamada Noja, posible testimonio de por dónde llegaba el antiguo territorio de la ciudad de Noega. Tenemos así que el área costera oriental de Cantabria pudo estar poblada por un populus cuya capital era Noega Ucesia. ¿Se trataría de los NOEGOS? El adjetivo Ucesia pudiera ser también de tipo gentilicio, con lo que nos encontraríamos con el populus de los UCESIOS».

         Y termina el autor con una inteligente frase relativizadora:

«Sirvan en cualquier caso estas conjeturas para ayudarnos a nombrar al populus que tuvo que ocupar la comarca oriental de Cantabria».

 

         Así las cosas, hace pocos días Miguel Obeso publicó en su perfil de Facebook un mapa de 1695, del autor holandés Van Kaulen, en el que, siguiendo la costa hacia el este, desde el cabo Quejo, es decir, descendiéndola, aparece un grupo de islas cercanas al lugar donde se halla el castro del Cincho ─por cierto, también descubierto por Peralta─ en la marisma de Joyel, que me indujeron a la reflexión.

         A decir verdad, este pensamiento absurdo me rondaba desde hacía años, tras muchas horas pasadas entre el Molino de Santaolaja-La Casa de las Mareas y El Cincho de Soano, y es que bien pudo existir entre aquellos restos de humedal, tan deteriorado por las urbanizaciones, una rada de no despreciable tamaño, cerrada precisamente a la mar abierta por esas islas ─alguna de las cuales subsiste, mientras que el resto está aplastado bajo el cemento─, de manera que justo a los pies del Cincho de Soano, castro grande, auténtico oppidum costero, pudo haber un puerto, entendiendo por tal un mero lugar de acceso a la costa y refugio para embarcaciones. ¿Sería tal castro, el del Cincho, la antigua Ucesia? ¿Sería Santoña, tan cercana, bañada por el Asón, una colonia de esa ciudad, Noega Ucesia, mejor ubicada y con mayores posibilidades?

         La respuesta a esas preguntas, como las pregu

ntas mismas, tiemblan en el aire y se esconde entre la densa vegetación del alto del Cincho de Soano, intocable por razones ecológicas de densidad arbórea, pero también por evidente desidia administrativa, tan espesa en Cantabria como el corazón del Amazonas en tiempos de Orellana.

         En fin, como indicábamos al inicio de este artículo, ¿no tendrían los anteriores argumentos, tan bien avalados por otra parte, prestancia suficiente como para ser la base recreativa de una nueva tribu cántabra de Los Corrales de Buelna: los NOEGOS, o los UCESIOS? Porque, conjetura por conjetura, como casi todo en Historia, la presencia de los noegos en el oriente de Cantabria aclararía cierta confusión en las fuentes sobre los habitantes de esta esquina de nuestra tierra.

jueves, 26 de junio de 2025

EL FIN DEL MUNDO. EL RAGNARÖK CELTA

                                   

Como la creación del mundo, el final del mismo es un misterio en la mitología celta. No así, sin embargo en la germánica.

         Tanto del mundo celta como del germano antiguo sólo tenemos referencias literarias en las Islas. En Irlanda y Gales para lo celta, en Islandia para lo germano. Las variaciones continentales de lo celta y lo germano debían de ser prolijas, variadas o incluso dispares, pero la base común, que nos ha llegado, isleñas y deformadas, es nuestro único punto de referencia.

         Las sagas irlandesas que fueron escritas hacia el siglo X por monjes cristianos nada dijeron al respecto. Sin embargo, las sagas islandesas, que hicieron lo propio con las tradiciones escandinavas sí fueron muy prolijas respecto al fin del mundo, identificado con el Ragnarök. ¿Sería el fin del mundo concebido por los celtas similar al final del mundo germánico? Quizá no, pero sí tendrían algún elemento común en la matriz de lo indoeuropeo.

         Sobre este asunto del fin del mundo germánico y su hipotética conexión con el fin del mundo celta escribe con notable lucidez el profesor Peralta en su obra «Los Cántabros antes de Roma».

         Quizá, la misteriosa frase de la delegación gala frente a Alejandro: «los galos sólo tememos que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas» ─atribuida a Posidonio─ nos dé alguna clave sobre el concepto del fin del mundo de los celtas. Alejandro esperaría que se le contestase que le temían a él, o a sus falanges, o a su poder, pero los galos salieron por peteneras. El gran general comentó que eran un tanto fanfarrones aquellos galos.

         Pero, claro, si vamos más allá de los golpes en el pecho que se querrían dar con tal frase los delegados, podríamos estar ante una interpretación del fin del mundo en miniatura, propia de la cultura celta.

         La idea del cosmos de los celtas era vertical. Arriba estaba el cielo, el lugar de los dioses luminosos. Debajo se encontraba el mundo material, donde ellos vivían y plantaban lechugas y, en el subsuelo, el mundo oscuro, ancestral, mágico. En consecuencia, si el cielo se desplomaba sobre sus cabezas ¿ante qué estaban?, ni más ni menos que ante la caída de los dioses, ante algo similar al Götterdämmerung germano, ante un ocaso de la divinidad, ante un fin del mundo.

         En otras mitologías indoeuropeas, también el cielo se desploma sobre los humanos, como en el Mahabarata a causa de que han sido violadas las leyes del dharma; también en la mitología griega tremendos males se prevén en el caso de que Atlas deje de sostener el cielo sobre sus hombros, y en Persia, en el zoroastrismo se describe una lucha final donde el mundo será renovado por el fuego.

         Es decir, que la frase "los galos sólo tememos que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas" es algo más que una baladronada racial frente al prepotente Alejandro; se trataría de una expresión que delataría un concepto de fin cósmico en miniatura.

         El cielo se desplomará por el fuego o por el agua, por la destrucción humana o por cataclismos, por la guerra y por el resquebrajamiento natural de la tierra. Se trataría de un fin de ciclo, tras el que todo volvería a renacer. Algún dios sobreviviría, e incluso una pareja de humanos, como en la mitología germánica, Lif y Lifthrasir, que se escondieron en el bosque sagrado, en la espesura del árbol del Ygnasil.

         Para los celtas, la lucha entre la Luz y la Oscuridad es eterna. Primero fue la Oscuridad, luego la Luz que se comportó como un elemento intruso dentro del orden caótico de las cosas, por eso siempre estarán en pugna los dos elementos: el oscuro y el luminoso. Esta lucha se manifiesta en los ciclos anuales en los que suceden los meses luminosos a los meses oscuros, en el combate que se desarrolla en los cielos entre los dioses de la oscuridad y los de la luz, con la Gran Cabalgada de Lug. Es un combate que continúa más allá de la muerte individual, más allá de los pueblos, una lucha que no tiene término si no es en el fin de los tiempos, con el triunfo de la Oscuridad.

         Incluso en la vida cotidiana se manifiesta a cada instante entre los Hijos de la Luz que buscan participar en la creación innovando, produciendo, generando nuevas ideas, y los Hijos de la Oscuridad, que se mueven por inercia, y  sólo dejándose resbalar se aprovechan de lo creado por sus archienemigos sin causa: los hijos de la Luz.

         Similitudes y diferencias entre la escatología germánica y la céltica aparte, no deja de ser curiosa la génesis de los conceptos mitológicos y cómo la literatura dibuja directamente la mitología.

         Así, sobre Gunther, o Gundaharius, rey de los Burgundios, inspirador de uno de los personajes más importantes del Sigfrido, del Anillo de los Nibelungos, nos hablan las crónicas del siglo V, especialmente las referidas por Prosper de Aquitania, Hydacio y Jorganes.

         Luego, Wagner, tomando elementos de la mitología escandinava, y de la historia el caso de Gunther, personaje real, compone, en un marco pangermánico, el Anillo de los Nibelungos, donde se resume, compendia y sistematiza en un todo actualizado, en el siglo XIX, la mitología germánica. Se puede decir que esta ha sido creada, en realidad, por la literatura.

         Eso se hizo en Alemania, se creó la mitología germánica, se le puso banda sonora y cinta de película.

         A la mitología céltica, le faltó un Wagner y un ambiente cultural, identitario pancéltico, que sí tuvo el emergente nacionalismo alemán. Si un francés, un inglés o un celtíbero hubieran sacado del olvido las viejas sagas isleñas y las hubiese puesto en relación lógica con algún hecho histórico continental, las hubiese dado formato musical y literario, tendríamos también fin del mundo céltico, como lo tenemos germano.

         La literatura es, pues, la madre del mito.

         Por eso digo que la mitología no se crea, sino que se va creando a golpes de genialidad literaria con Homeros, Virgilios, Wágneres, Tolkienes.

         Por eso sostengo que se parecen tanto la mitología y el folclore, porque este también es un concepto abierto, una acumulación por arrastre de la esencia vital de los antepasados.

         Por eso afirmo que los tiempos que se aproximan exigirán, frente a la globalización, la máxima individualización de los mensajes tradicionales, la recuperación de lo escondido, el nuevo impulso a lo que se tiene, lo multicolor a lo monocromo.

         Por eso, la mitología y el folclore son los trajes naturales que debe vestirse quien quiera sobrevivir al siglo XXI y crear, quién sabe, un mundo nuevo tras el fuego y el agua.



miércoles, 25 de junio de 2025

EL GRAN CASTRO DE EL CINCHO DE SANTILLANA DEL MAR


 

¿Quién dijo que los grandes castros, los llamados oppida, sólo se situaban en el sur de Cantabria? Lino Mantecón Calleja y Javier Marcos Martínez, arqueólogos profesionales, han demostrado lo contrario.

         En tamaño, el castro del Cincho, en el barrio de Yuso de la villa de Santillana del Mar, con sus casi cuatro hectáreas, es el sexto en tamaño del Solar Cántabro, tras Ulaña, La Maza, Monte Bernorio, Camesa Rebolledo, Amaya y Monte Cildá.

         Con imposibles medios económicos, estos arqueólogos han hecho un primoroso trabajo, respaldado sin duda por el Ayuntamiento de Santillana, pero por pocas instituciones más. El resultado de su labor ha sido mostrado al público, entre otros lugares profesionales menos accesibles, en una publicación de ADIC, dentro de la obra «Cantabria, nuevas evidencias arqueológicas», bajo el título «Descubriendo el castro protohistórico costero de El Cincho (Barrio de Yuso, Santillana del Mar)», en 2016, once años ya.

         ¿Qué no se podría hallar en ese castro, si la miseria investigadora no fuese el aire de determinadas covachuelas de la administración responsable del patrimonio y de los «think tanks» de la alta docencia cántabra?

         Quién sabe, quizá las jubilaciones en una u otra institución terminen por generar un viento científico con capacidad para rolar a favor de los intereses del patrimonio cántabro en lo tocante a la inabarcable y riquísima Edad del Hierro, aunque ya se sabe cómo termina el refrán: sueños de hombre pobre..., en fin.

         Como es lógico, el protagonista de «Tiempos del Hierro» (Tomo 2 de Cantábrica), llega a ese castro desde la Sierra de los Hombres, en el macizo de El Dobra, después de haber visitado todos los del cordal Saja Besaya y los del sur del Solar Cántabro, con su prédica a favor de la resistencia unida frente a Roma y su inevitable e inminente invasión. Todo un Olíndico de las Guerras Cántabras.

         Ha pasado, primero por el castro aledaño de Visbere, Vispieres, donde ha encontrado a una matrona que recuerda a la "Viejuca" y ha curado el asma de un pequeño con todo un alarde de conocimientos práctricos sobre medicina. Llega al castro grande de El Cincho, justo en la gran fiesta de Elembibios, dedicada a Lucobos, dios de dioses, la que en otras latitudes llaman Lugnasad.

         En ese gran castro, Turo asistirá a la enorme feria, la Oenac, en la que se festeja la creación del mismo con el relato de la historia de la cofradía guerrera que lo fundó, en un marco de licantropía sagrada; será testigo de los pactos matrimoniales y de la ceremonia básica del matrimonio; podrá ver desde dentro la estructura del castro, con sus características murallas triples y la gran cueva interior, donde se reunirá con los druidas locales para tratar el inminente problema de los romanos y discutirá con ellos sobre druidismo; también será testigo de una escena en la que se recrea el mitema celta del rejuvenecimiento acelerado, y contemplará la transformación de un ser muy parecido al del mito cántabro de la Viejuca de Vispieres; describirá el matrimonio sagrado, el "ierosgamós" para obtener la soberanía; tratará sobre las ventajas de la propiedad colectiva de los montes, dentro del marco de una leyenda equiparable a la de Atlas, así como el uso de las manzanas milagrosas, mitema céltico de amplia extensión; también describirá pormenorizadamente la  fiesta con su bullicio, sus juegos y todo lo que hace grande una asamblea de pueblos de aquellos tiempos, una romería en honor a la creación de la ciudad y el recuerdo de la fundación de Apleca, San Vicente, por parte de Lucobos en honor a su nodriza y, cómo no, describirá los efectos de las pócimas de los druidas locales y no se olvidará de citar de continuo a los dioses,  sus implicaciones en la vida humana, su genealogía y la creación del mundo; también el personaje se permitirá analizar un escudo ceremonial que, milenios después sería descubierto por los arqueólogos y reconstruido, todo ello dentro de un marco literario trenzado y empaquetado en una unidad narrativa.

         En definitiva, cada entrada de «Los Tiempos del Hierro» ─y son 71─ es, en mayor o menor medida, una coctelera en la que se destilan en un ambiente geográfico e histórico determinado, multitud de elementos culturales y mitemas propios de los cántabros, pero también de las culturas célticas e indoeuropeas circundantes, en una maraca narrativa cohesionada y debidamente cantabrizada. 

          Es el único medio que se me ha ocurrido para ofrecer una información global, plena, completa, barroca y exuberante sobre la mitología, las costumbres y la historia de Cantabria. Algo que no se puede lograr fuera de la literatura. Para ello no basta con una novela histórica, sin más, con una relación de cuentos, con un nuevo ensayo de mitología, es precisa una caja de herramientas completa, un visor caleidoscópico. Por eso, no puedo publicarlo por partes. Por eso saldrán tres libros, toda una locura. Por eso tardo tanto. Por eso soy tan pesado con estas entradas. Porque, amigos, las catedrales no se construyen en un día. De todas formas, ya tiene la obra calzadas las espuelas para subirse al caballo de  Epona.       

lunes, 23 de junio de 2025

CREACIÓN DE IRLANDA - CREACIÓN DE CANTABRIA


Ya hemos hablado de la inexistencia de una leyenda céltica sobre la creación del mundo y sus causas (Ver entrada «Cosmogonía y teogonía celtas»), pero de lo que no cabe duda es de que en las leyendas irlandesas sí que se ofrece un relato sobre cómo se construye Irlanda, Eire, la tierra del los héroes.

         Los cronistas cristianos permitieron la supervivencia de estas leyendas al incluirlas en sus escritos ─debían de ser tan populares en el siglo XII que no se podían permitir ignorarlas─, e incluso se las apañaron para que fueran consideradas edificantes, desde el punto de vista de su religión, y para que estuvieran ordenadas dentro del marco cronológico del relato bíblico. Así y todo, sobrevivieron, que no es poco.

         Sin embargo, estos cronistas ─druidas reciclados en monjes─ quitaron el sonido al portento, que seguramente sería consustancial a los formatos más primitivos de la leyenda, e hicieron que los dioses, a medida que avanzaban por el territorio llano en enfrentamiento con los habitantes originarios, los horribles "fomoré", hicieran surgir valles, eliminaran montañas y obligaran a los ríos a surcar las llanadas con finalidades prácticas, agrícolas, de utilización del terreno, un comportamiento divino bien alejado del capricho de la divinidad por formar el paisaje de Irlanda a voluntad.

         A esta tendencia de naturalizar la mitología en lo práctico y lo histórico se llama «evemerismo», por Evémero de Mesene, el primero que sostuvo que los antiguos dioses eran meros personajes históricos divinizados; luego llegaría en Roma Ennio con la misma tesis y, mucho después, Voltaire ahondaría en igual idea, a fin de justificar su racionalismo antirreligioso y, consecuentemente contramitológico.

         H.D`Arbois de Jubainville, en «El ciclo mitológico irlandés», se expresa así al respecto:

En tiempos de Partolón, el número de llanuras se elevó de uno a cuatro. La única llanura que existía en Irlanda se llamaba Sen Mag, "la vieja llanura". Cuando llegaron Partolón y sus compañeros, en ella no crecía raíz ni rama de árbol. La versión evemerista de dicha leyenda que ha llegado hasta nosotros cuenta que los hijos de Partolón desmontaron terrenos hasta formar otras tres llanuras: sin embargo, estamos seguros que el texto primitivo de aquella se refería  a la formación de las mismas como un fenómeno espontáneo y milagroso.

         Según este autor, en el Libro de Leinster, página 5, columna 2, líneas 26-27, se habla de tales hechos y se dice que las llanuras "fueron golpeadas", por los hijos de Partolón, "Ro-Slechta". "En poco tiempo, su agradable progenitura golpeó llanuras...", "Ro slechta maige a mor-chail..." y se viene a preguntar si no existiría otra expresión más racional que el "golpear" de una vez, de un simple tajo de voluntad divina, para referirse a la labor hormiguita de los hijos de Partolón aplanando cordilleras o acumulando tierra para formarlas. ¿No suena este "golpear" a varita mágica?

         Sin embargo, la voluntad constructora de la geografía, modeladora, propia de los grandes dioses creadores celtas, se describía en relación con su avance en el territorio a conquistar y con su lucha contra el enemigo, es decir, que se estaba ante una, digamos, "creación topográfica estratégica". No levantaban los dioses montañas por capricho, sino para contener al enemigo; los valles no se apisonarían sino para facilitar las cargas de caballería.

         Los dioses construyeron la Irlanda actual a golpe de conjuro y en el marco de la lucha dialéctica contra los eternos pobladores primitivos, los representantes de la Oscuridad en las crónicas, los "fomoré" ─"fomouros", los llamamos nosotros─ los que se opusieron a la agresiva penetración de los indoeuropeos.

         Y, en Cantabria tenemos un brillante antecedente de esta narrativa, antes de que la misma idea cuajara en «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», y es «Cantabria, tierra de leyendas», de Marcos Pereda.

         Este autor, sostiene que en los tiempos primitivos, Cantabria era un páramo yermo, "llanada sin principio ni fin donde nada crecía. No había rebollos, ni castaños, tampoco hayas o arces. Ningún árbol. Ni siquiera montañas, tampoco ríos..." (Página 20)

         Pero, entonces, se produjo la magia de la Diosa, el "¡hágase!", la palabra creadora, el comportamiento creador:

Entonces la Diosa levantó su mano derecha, y después la izquierda. Apoyó ambas en la tierra plana de Cantabria, hundió uñas hasta donde se guardan los tesoros más inencontrables, y empezó a rasgar el tejido del mundo. Al llegar a la costa había creado valles y montañas. Vio que aquello era hermoso y lloró de felicidad... Ahuecó la palma, tomó allí parte de su llanto, y fue dejándolo caer por aquello que acababa de surgir. Y nacen así los ríos de Cantabria, que corren sin tregua, haciendo cascadas y rumores, porque tienen ganas de volver al mar donde resucitó la Diosa. Y como el Río del Olvido seguía mamando perezoso y putrefacto, la Diosa cubrió sus fuentes con cachucos de roca que pellizcaba por precipicios. En la cima puso enorme, casi rectangular (¿una roca?), para que todos supieran que allí empezó y acabó, en un tiempo extraño, Cantabria.

         En «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» se sigue y sostiene esta línea creadora del topos ─aparte de que también se da una visión completa de la creación del mundo todo en "Las Metamorfosis Cántabras", del tomo III─. Se sostiene, decimos, la intervención de los dioses en la modulación de la orografía cántabra y astur, aunque siempre en relación con la guerra, con la teomaquia, el combate de los dioses. Esta lucha eterna entre la Luz y la Oscuridad es el motor, el leimotiv último para una geografía tan abrupta como la de Cantabria y Asturia.

         En cierto modo, se retorna a una fórmula evemerista, pues se justifica la creación del retorcido territorio norteño por razones lógicas, militares en este caso, más que caprichosas aunque, eso sí, mágicas y fantásticas, como la misma creación del mundo, a la que tampoco ocultamos y que surge desde la Oscuridad misma (Libro primero de las "Metamorfosis Cántabras"). 


domingo, 22 de junio de 2025

GUAJONAS Y JANAS NEGRAS

 



No todas las hadas fueron buenas. Tampoco todas las janas o anjanas. La palabra "hada" proviene de "fata", "fatum", "hado", "destino", y se refiere a los personajes del bosque variopintos y femeninos que hacían el bien o el mal a los caminantes. Así, en la mitología inglesa, existen las "fairies", unas hadas de pésima hechura de las que conviene esconderse.

         Diferente es que, con el tiempo, la literatura se haya nutrido de personajes que recuerdan a las ninfas y diosas menores, y el término "hada" haya pasado a rodearse de una aureola positiva. Así, estas nuevas "hamadríades" que vivían en los troncos de los árboles; estas "melíades", especializadas en los fresnos; estas "oréadas", que transitan por las cimas; todas estas seguidoras del séquito de Diana ─quizás esté relacionado también este término con el de Jana─... Todos estos seres femeninos, decimos, vírgenes y bondadosos, se transformaron en "hadas", en "janas", en "anjanas".

         Pero, las hadas malas también existen en el bosque y fuera de él. Podríamos decir que tienen más movilidad que las janas, que las anjanas, pues se mezclan entre los humanos, son invisibles y están siempre presentes en la vida cotidiana, husmean entre lo telúrico, no por etéreo, menos real que lo tangible. Son las "guaxas", las "guajas", las "guajonas".

         Estos seres tienen la mala costumbre de intentar condicionar las vidas humanas. Como su natural es malvado, no tienen inconveniente en mantener relaciones sexuales con los que antaño llamaban sátiros y que en las mitologías celtas pasaron a ser los "fomoré" ─"fomouros" en «Cantábrica»─, o con los dioses negros, los "Gentiles", en la mitología vasca.

         Como es lógico, el fruto de esos amores es deforme y endeble, enfermizo y sin color, incluso puede que le falte algún miembro. Es decir, que vienen al mundo algo tullidos, como parece lógico si sus padres son los "fomouros", los "mouros". Por eso, las guajonas buscan la manera de cambiar a sus criaturas por las humanas. Por eso, ha de tenerse especial cuidado en los partos. Por eso, los ritos deben llevarse con mucho rigor durante el alumbramiento. Porque, ha de saberse que es en ese momento cuando son más peligrosas, cuando pueden apoderarse de la criatura humana y dejar en su lugar a una deforme.

         Ese es el origen de los tullidos de nacimiento, y ahí podría radicar la leyenda de los sacrificios de niños con defectos en las culturas célticas y germánicas.

         Los hijos de las guajonas, ya mayores, son enviados al mundo de los humanos con sus rostros cetrinos por haber sido alimentados con leche de araña, para descubrir secretos de los parientes de sangre y llevárselos a sus malvadas madres raptoras. Esa es la razón por la que, salvadas las leyes genéricas de hospitalidad, ha de desconfiarse de los viajeros con aspecto desapacible o sospechoso.

         En los partos están siempre presentes, por eso conviene pasar una vela o una antorcha, con cierta frecuencia, cerca del cuerpo de la parturienta, especialmente por las piernas, con cuidado para no lastimarla, pero de continuo, pues ahí se suelen apostar las malvadas guajonas para ver lo que viene al mundo y si puede servirles.

         Por eso, es preciso que las armas del padre estén a los pies del lecho, para que las pérfidas sepan que hay un guerrero en la casa, y quizá de ahí, como reflejo fraudulento, haya nacido la leyenda del encamamiento del varón, la covada.

         Si en la criatura recién nacida se observan defectos orgánicos, es probable que se haya llevado a cabo el cambiazo. Por eso, es preciso desatarle la lengua, pues los hijos de las guajonas son en extremo precoces.

         Se cuecen, por ejemplo, cáscaras de huevo en agua, lo que carece de sentido y, como ellos ─igual que sus madres─ son en extremo curiosos, preguntarán. En ese caso, ya se sabe que es hijo de guajona y puede ser llevado al bosque y abandonado en él, pues sus madres, viendo el fracaso de su plan, acudirán a amamantarlo, momento en que pueden ser capturadas.

         Por cierto, las guajonas son fáciles de descubrir, pues los ratones suelen esconderse bajo sus enaguas, donde encuentran siempre protección y excelentes aromas.

         No deja de ser curiosa la relación de costumbres célticas que perduraban en el campo hacia 1914, según la obra del francés PABLO SEBILLOT, "El paganismo contemporáneo en los pueblos celto-latinos", de donde se ha hallado inspiración para las anteriores referencias. Por desgracia es una obra olvidada y difícil de conseguir. Tras leerla se llega a una conclusión: el paganismo estaba aún presente, y mucho, en tiempos de nuestras bisabuelas, de nuestras tatarabuelas. Y, por cierto, nada se dice en ella de la controvertida costumbre de "la covada", que, como ya he dicho en otro lugar, era más bien una "fake" de la antigüedad.

jueves, 19 de junio de 2025

LOS PIES DE POMPEYO SON ENORMES



Esta pieza está sacada de mi obra “Cornelia de Gades”, publicada por Pàmies en 1917. César acaba de ser apuñalado. Agoniza como cuenta la historia a los pies de la estatua de su rival Pompeyo. En torno a él los asesinos que no cesan de apuñalarle. He aquí su pensamiento, los últimos instantes de la vida de Julio César:

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«“Los pies de Pompeyo son enormes”, comenta entre dientes ensangrentados el hombre que se cubre con su toga para no ver el rostro de los asesinos. Acaba de apoyarse sobre la peana en la que se alza la gran estatua de su viejo rival. Las puntas de cada puñal transportan al fondo de sus entrañas el odio vengador, interesado, mostrenco, y se   queda allí como un punto frío indeleble, quemante, que se expande por sus entrañas. Los enemigos se toman su tiempo, o al menos eso es lo que le parece a la víctima, como si se dieran la venia los unos a los otros entre puñalada y puñalada. ¿Será aquello la muerte, tan tonta, tan simple, tan silenciosa? “Los pies de Pompeyo son enormes”, insiste. Solo los dioses saben cómo traducirá la Historia estas últimas palabras… ¿Entrará en ella? Nunca tuvo tiempo de pensarlo… Otra puñalada, es de Casca, que repite su furia; su voz resulta inconfundible; la primera vez apenas le ha pinchado, debe de tener miedo, hasta parece que se le hubiera caído el puñal de la mano… ¿Por cuál de sus favores le condena? Esta otra le ha penetrado por el hígado, toda una rasgadura; se le escapan las lágrimas, las últimas, las primeras. Terrible impacto. Siente que la boca se llena de sangre, es dulce como el vinillo del Ponto que le gustaba beber recostado en los dormitorios de ella, su gata asiática, dulce pezón que amamantaría al mundo, Venus Génetrix… ¡Oh, Zeus, solo necesitaba un poco más de tiempo! Otra, otra, otra, frío en el pulmón, en la vejiga, en el estómago… Siente como barras de hielo que le perforasen, cada vez menos dolorosas, cierto, como uñas de cortesana… ¡Su esposa siempre fue muy sabia! ¡Ay, tus predicciones! El hombre extiende más la mano izquierda en busca de agarradero, palpa el talón de Pompeyo, se intenta sujetar a él, clava las uñas en algún desperfecto del mármol, resbala… ¡La corona estaba tan cerca…! ¡Cesarión…! ¡Es tu fin, pequeño competidor de labios ansiosos! Siente cómo las columnas de hielo le penetran por los mismos agujeros, casi, no se esmeran estos asesinos vergonzantes por abrir nuevos caminos en sus carnes… ¡Inútiles! No quiere ver sus rostros, solo escucha las voces destempladas que arrojan inmundicia sobre él; ni siquiera entiende los insultos e imprecaciones… Esta se la ha clavado Casio Longino, seguro, enemigo de siempre. ¿Fue un error tenerlo tan cerca? ¡Ah, si lo hubiera ejecutado a su debido tiempo…! Aunque ¿habría servido para algo? ¡Pompeyo! ¡Qué alto está ahora! Clava aún más las uñas en los diminutos desconchones de la piedra. La cáliga es enorme, el pie también. Cuánto sufriría Magno cuando el eunuco Potino le clavó al suelo como si fuera una mariposa… Esta otra es la peor, de uno que nada dice mientras remeje con furia. Siente el hielo invadir sus entrañas, a la altura del estómago, subiendo pecho arriba, como si quisiera llegar al corazón. El asesino no habla, pero bien sabe de quién se trata. ¿Por qué tú, hijo de Servilia? Nota el moribundo en la furia del atacante algo femenino, quizás la saña, como si clavara el hierro dos veces, una por él, otra por la madre. ¿Por qué tú, hijo de César? ¿Acaso lo sabías? ¿Acaso querías haberlo oído de sus labios? ¿Pagas con hierro el silencio del padre? Sabe bien que es Bruto aunque no lo ve, aunque es el único que al empujar más y más adentro el puñal nada dice; lo reconoce por su respiración agitada, que le sopla en la oreja, es el que más se ha acercado, como si quisiera decirle algo al oído. De los labios del dictador quiere escapar una sola palabra temblona, dubitativa, admirada, pero calla; la Historia se encargará de rellenar su silencio… El moribundo no se resiste. Ahora son los dos brazos los que extiende hacia el enorme pie de Pompeyo, los dedos como sierpes que quisieran escapar de una cárcel, que se estiran, se descoyuntan buscando la salvación en aquel pie inmenso de su enemigo amado. Imagina en lo alto el rostro del de Picenum, la mueca burlona, superior, magnífica; su eterno enemigo, al que hace cosquillas en los pies. ¿Dónde ha quedado la inteligencia proverbial de este hombre ensangrentado? ¿Dónde su arrogancia? ¿Dónde el ariete viril ansiado por toda Roma? ¿Dónde el joven que lloró ante la estatua de Alejandro y que soñó haber violado a su madre Venus en el Herakleion, allá en la lejana Gades? ¡Qué enorme es tu pie, Pompeyo, qué enorme! Si pudiera trepar a ti, el pueblo le salvaría… Dos puñaladas más de sendos rastreros indecisos, ¿serán las últimas?, ¿le dejarán un instante solo para que pueda morir? Respiraría la última bocanada, arrojaría el último chorro de sangre por la boca sin sentir la presencia de esos cobardes; son solo dos los que quedan… Ni lo ha sentido esta vez. Limpian las dagas sobre su toga inmaculada, la que podía haber bordado con una cenefa púrpura. Ya huyen; quizá esos dos últimos sean Vercingetórix y Ariovisto. ¡Quién sabe! El frío se extiende por su interior y se une al de la estatua de Magno formando un todo. En un último latido, la sangre tibia del moribundo trepa hasta sus uñas y escapa por ellas hacia la libertad. Manchado de rojo queda el enorme pie del derrotado en Farsalia, del decapitado en Egipto, del gran enemigo admirable y llorado. El cuerpo del hombre cae lentamente, cubierta aún la cabeza con la toga vergonzante, las garras arañando la piedra, dejando diez regueros con su sangre generosa. En lo alto, Cneo Pompeyo Magno sigue sonriendo sin perder la compostura. A sus pies solo queda un despojo con el alma congelada por tanto odio. ¡Que la tierra te sea leve, Cayo Julio César!».


SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...