La Mitología de Cantabria como nunca te la han contado... Donde la historia se narra como presente y lo actual como historia. Donde la mitología se relata como religión y la religión como mitología.
domingo, 20 de abril de 2025
CONTRAPORTADA
jueves, 17 de abril de 2025
¿QUIÉN ALIMENTA LA MITOLOGÍA?
lunes, 14 de abril de 2025
GEOESTRATEGIA DE LAS GUERRAS CÁNTABRAS
Según la tercera acepción del DRAE, “mito” significa relato rodeado de extraordinaria admiración y estima. En ese sentido, entiendo que las Guerras Cántabras son un mito para el Solar Cántabro y para la identidad de las gentes que lo habitan.
Sin
duda, se trata de un hecho diferenciador. Si los catalanes, los galeses o los
virginianos hubieran dispuesto en su haber histórico de una gesta similar
tendríamos, como reza el lugar común, largometrajes, obras de teatro y
monografías multimedia sobre el tema para llenar un petrolero.
Cuentan
que los romanos movilizaron, al final, diez legiones contra Asturia y
Cantabria. Eran tiempos buenos, pues acababan de finalizar las sangrientas
guerras civiles y había muchos soldados por cada legua cuadrada de imperio.
Además,
Augusto se veía obligado a obtener algún triunfo a título personal, pues hasta
entonces fueron sus generales, especialmente Agripa, quienes le pusieron las
victorias en bandeja. Algunos quieren hacer creer que ´por este motivo las
Guerras Cántabras fueron una pantomima, una nonada, un montaje propagandístico
del amo de roma para darse el pote, como decimos en Santander. No nos engañemos,
esta es una opinión interesada para minimizar lo cántabro como referente. Lo
cierto fue que el gran Augusto intentó ganarse los laureles por estas tierras
pero, al final, fue Agripa el que terminó sacándole, una vez más, las castañas
del fuego.
Varias
fueron las causas de las Guerras Cántabras o Astur Cántabras: el deseo de prestigio
de Augusto, que no se niega, pero que no fue la razón fundamental; la necesidad
de que la ecúmene romana abarcara toda la Península, como cierre geográfico de
las fronteras del imperio, la de no dejar bolsas de resistencia en retaguardia cuando
se mirara hacia la inminente conquista de Centro Europa y, sobre todo, la
conquista de la costa cantábrica.
¿Por
qué la costa cantábrica? Por la voluntad de Augusto de conquistar las Islas
Británicas y, sobre todo, Germania. La batalla de Teuteburgo, el 9 de nuestra
era, acabó con el sueño de establecer la provincia romana de Germania, pero las
Guerras Cántabras tuvieron lugar 35 años antes, cuando Augusto acariciaba tal
idea. Para ello, era imprescindible conquistar la costa norte de Hispania. Se dispondría
así de un corredor de caboteo hasta la misma Germania, sin necesidad de
aventurarse en alta mar por las turbulentas aguas del Golfo de Vizcaya.
La
cordillera era importante, sin duda; las posibles minas a explotar, también;
pero el movimiento eje, la punta de lanza de la estrategia romana, era el
dominio de la costa. Y desembarcaron en Portus Victoriae.
¿Cómo
lo hicieron?, ¿usaron una flota romana de guerra radicada en la Galia? Parece
ser que no, que tal flota no existía, que seguramente utilizaron cuantos buques
hallaron para trasladar su legión o sus dos legiones desde la Aquitania
recientemente sometida.
Pero,
claro, aquí surge un problema logístico de primer orden, ¿cuántos buques se
precisan para cargar toda una legión, o dos?, ¿cómo acumular esos buques en
territorios desde los que se pueda embarcar a los soldados y proceder a un
desembarco rápido y eficaz?, ¿dónde se embarcarían para caer sobre Portus
Victoriae?
Para
responder a estas preguntas he utilizado diversos materiales. Uno de ellos es el
pedagógico libro —ya casi olvidado—“Cántabros, Origen de un pueblo” escrito por
Bolado, Gutiérrez, Hierro y Ocejo y publicado en 2012 por ADIC. Pero, también
me he guiado por la obra de Rodríguez Neila “Confidentes de César, los Balbo de
Cádiz”, que en su día me dio pie para confeccionar la novela “Cornelia de
Gades”.
Por
último, me he dedicado a preguntar a los marinos a vela, que no son pocos en
Santander y en Santoña, y me han confirmado que para ir de Francia a Galicia
bordeando la costa, ha de aprovecharse el nordeste que sopla en verano. El
invierno se aprovecha para viajar en sentido contrario, impulsadas las velas
por el viento gallego, para ir de La Coruña a Francia. Y me han asegurado que
si se quiere navegar en verano en dirección a Francia hay que aprovechar los
días de borrasca o la noche en los días de nordeste, pues a última hora deja de
soplar y es sustituido por el terral, viento leve que obliga a encender
motores; supongo que en la antigüedad obligaba a tirar de remo. ¿Qué quiere
esto decir?, que para juntar una flota capaz de embarcar a dos legiones se
precisaba tiempo, mucho tiempo. Y ello por las distancias y por las
dificultades que los vientos oponían —y oponen— a la navegación cantábrica a
vela. Es decir, que los romanos, gentes que planificaban con años de
antelación, tenían echado el ojo a la costa astur y cántabra mucho tiempo antes
del 26 a.C.
Pero
es que el trabajo de Juan Francisco Rodríguez Neila es también ilustrativo.
Dice este profesor cordobés que dos eran los Balbo, tío y sobrino. El más
viejo, el tío, Lucio Cornelio Balbo Maior, era el banquero y la mano derecha de
Julio César; y que el sobrino, Lucio Cornelio Balbo Minor, era el banquero y la
mano derecha de Augusto. Es decir, que estos gaditanos estaban siempre
dispuestos a prestar lo que hiciera falta a los dos romanos. Por supuesto, como
banqueros fenicios no perdían nunca.
Lo
cierto fue que cuando César estaba luchando contra los lusitanos, estos dieron en
refugiarse en las Islas Berlangas, en Portugal. ¿Qué hizo Julio? Telefoneó a su
amigo Balbo Maior y le pidió que le enviase buques suficientes como para
embarcar dos cohortes y asaltar, con ellas, las islas. Y Balbo procedió de mil
amores. Y Julio las conquistó.
¿Sería
de extrañar que Augusto, para conquistar Cantabria llamase a su amigo Balbo
Minor, sobrino del anterior y su fuente de auxilio material y financiero, para
que le enviara abundantes mercantes gaditanos que, haciendo escala en
Brigantia, La Coruña, llegasen hasta las localidades del Este del Cantábrico,
Oiasso y Portus Amanum, para que se embarcasen las legiones que llegarían allí
en cuanto quedasen sometidos los aquitanos?
La
operación sería de amplio aspecto, pues si César precisó 90 buques mercantes
para embarcar dos cohortes, para dos legiones habría que echar la cuenta. Es
probable, como dicen los autores de “Cántabros, origen de un pueblo”, que utilizaran
también las “naves gálicas”· de los vénetos. En cualquier caso, muchos barcos,
mucha planificación, mucha preparación.
¿Y
por qué no fueron por tierra siguiendo la costa vasca hasta lo que luego sería
Santander? Porque la precisión del ataque, sin sorpresas ni resistencias
imprevistas, requería coordinación y sólo por mar podía garantizarse un golpe
limpio sobre los resistentes de la Espina del Gállego, Aracilum. La eficacia
militar imponía el ataque por mar.
Como
sería muy lógico, los cántabros de la costa, que algo esperaban, harían lo
posible por hostigar las labores tácticas de los romanos en tierra autrigona, y
de ahí sacaron los enemigos el “casus belli” preciso para iniciar el ataque en el
26.
En
definitiva, que el esfuerzo estratégico de Roma (preparación de las previstas
guerras germánicas), su habilidad táctica (desembarco en P.Victoriae para
sorprender a los resistentes del interior), y el empleo de gran número de
tropas y de buques lleva a la conclusión de que las Guerras Cántabras no fueron
un mero paseo militar, como quieren hacer creer aquellos a los que se les ponen
los pelos como escarpias cuando se habla de la capacidad de resistencia
indígena —nunca supe por qué—, sino, justo, todo lo contrario.
En
“Cantábrica”, como digo, las Guerras Cántabras tienen su apartado en una novela
intimista —insertada en el tomo 3—, en la que los dioses le comunican al
protagonista, Coronoego, el desarrollo futuro de la contienda. Además, en el
tomo 2 —Los Tiempos del Hierro— se tratan los viajes de Turo, druida vellico,
por todos los castros de Cantabria —71 paradas y casi 600 páginas—, durante los
dos años anteriores al fatídico 26 a.C., con la misión de predicar la unidad y
la preparación para la guerra, a imitación del celtibérico Olíndico.
En
definitiva, “Cantábrica” es un guiso mitológico, con presencia de los dioses en
cada página, pero cocinado en la especial y picante salsa de las Guerras
Cántabras.
jueves, 10 de abril de 2025
LAS METAMORFOSIS CÁNTABRAS
Quien conozca las Metamorfosis, de Publio Ovidio Nasón, se
hará una idea del contenido de esta parte de “Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro”, integrada en el
tercer tomo: “Las Metamorfosis
Cántabras”.
La
obra de Ovidio fue la más influyente recopilación mitológica del mundo clásico.
El conocimiento de la mitología grecolatina que se tenía en el Medievo y en el
Renacimiento partía y regresaba a Ovidio. Para una cabal idea de esto atendamos
al drama de Shakespeare “Tito Andrónico”,
en el que Lavinia, una mujer que había sido violada, a la que habían
cortado manos y lengua para que no delatara a los perpetradores, exige por
señas que se tome el libro escolar de un niño, las Metamorfosis, para señalar
en él un pasaje con sus muñones, a fin de que por la semejanza con el caso de
Filomena, que en la obra de Ovidio fuera víctima de similar crimen, sus
parientes sacaran la referencia de quiénes fueron los agresores.
Es
decir, que el dramaturgo inglés introduce un presentismo de su época en el
relato teatral: que los niños utilizaban como libro de texto en la escuela las
Metamorfosis para aprender latín.
Además,
los espectadores de la obra de Shakespeare conocían este relato ovidiano, y
otros muchos, como la escena de canibalismo de Licaón y Pélope, y el autor
podía jugar con ese conocimiento general para crear magistrales tensiones
narrativas. Es decir, que se conocía en profundidad la obra de Ovidio en el
Renacimiento.
La
primera traducción inglesa data de 1480, de William Caxton, y la primera
española de 1540, a cargo de un hombre de Silió, un tal Jorge Bustamante,
asunto que yo desconocía hasta hace unos días en que me ilustró César, de la
Vijanera. Debo estarle muy agradecido a Deva por el don de que haya llegado a
viejo con capacidad para aprender más cada día.
Cuando
nace Cervantes, en 1547, las Metamorfosis de Ovidio también en España son el
principal referente a la mitología grecolatina. Y, claro, la obra del romano influyó
mucho en la de nuestro Príncipe de las Letras, pues publicó su primera novela,
La Galatea, casi cincuenta años después de la traducción de Bustamante, y,
sobre todo en El Quijote —más de sesenta años después del trabajo del
intelectual de Silió— se insertan conocidas escenas ovidianas.
Y
ahora pretenden salir a la luz unas “Metamorfosis
Cántabras”, en las que se da cuenta de la evolución, relaciones,
transformaciones, luchas, amores, traiciones, origen, descendencia, parentescos
y peripecias vitales de los dioses cántabros.
No
era posible crear, a partir de los restos históricos y arqueológicos, una
mitología completa y cerrada del mundo mitológico cántabro sino a partir de una
anatomía y una fisiología literarias de las deidades del Solar Cántabro, sin
decir quién era cada dios, cuál su ascendencia, cuál su descendencia y cómo se
relacionaban los unos con los otros. Una vez confeccionado el puzle, quede ahí
para quien desee aprovecharlo en sus creaciones literarias, como punto de
referencia siempre superable, como hizo el maestro Tolkien con su obra.
En las
Metamorfosis Cántabras se sigue el esquema de Ovidio, en una obra dividida en
seis libros: 1. Los primeros dioses; 2. Definitiva creación de las Islas; 3.
Sagas divinas y creación del hombre; 4. Candamo, Cosus y Erudino; 5. Las
Matres, Lucobos, Cernuno, Nemétona y su descendencia y 6. Teomaquia y Victoria,
que terminará con la memorable y verídica “Batalla de los árboles” en los Lagos
de Covadonga. Estas Metamorfosis no contendrán toda la mitología del Solar Cántabro,
sino que sus relatos serán completados por otros, en profundidad y extensión, narrados
en las demás partes de “Cantábrica”, en los viajes de Turo por todos los
castros y en las Guerras Cántabras contadas por los dioses.
Estas
caseras, ficticias y metapoyéticas Metamorfosis Cántabras tienen su antecedente
en El Quijote, pues en una de sus andanzas, el buen manchego se topó con cierto
personaje llamado, sin más, Primo —alegórico nombre—, que escribía libros extravagantes
y, uno de ellos era Los Metamorfóseos, de invención nueva y rara, a imitación del
gran Ovidio, donde se pintaba quién fuera la Giralda de Sevilla y los Toros de
Guisando, y todo “con sus alegorías,
metáforas y traslaciones, de modo que alegren, suspendan y enseñan a un mismo
punto” (Don Quijote, parte II, cap. XII).
¡Grande, don Miguel, maestro de maestros! No podías imaginar
que alguien diese en la desaforada idea de escribir unas verídicas “Metamorfosis
Cántabras” en imitación también de Nasón, ¿cierto? Sin embargo, aquí están las
mías, más desquiciadas que burlescas. Esperemos que con esta obra, repleta de
metáforas y transposiciones como la del Primo, de imaginación y de delirio
narrativo como las del mismo Ovidio, no sólo se alegre al lector, se lo
suspenda y enseñe algo de provecho, sino que también haga sentir al cántabro
los heroicos latidos de una cultura perdida que se esconde en su genoma,
rebelde en su fondo más recóndito.
¡Oh,
padre don Quijote, dios de la literatura —según Unamuno— que dijiste en
español: “Hágase la luz”, procura mover hilos, allá donde estés, para que mi
criatura sea más provechosa que la de tu Primo, y que este Ovidio Cántabro sirva
para algo!
En fin,
como dice Israel J. Espino, “quiero,
lector, que pronto me acompañes en un viaje oscuro hacia la noche antigua. Una
noche en la que las únicas luces son las de la luna, las estrellas y el fuego”.
¡Sujetémonos y borremos esquemas para traspasar pronto y con buen pie la puerta
del misterio!
AVISO... El anterior texto
no pertenece a “Cantábrica. La Gran
Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato
divulgativo algunos de sus contenidos.
También se quiere hacer
constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que
periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar
plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen
en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a
terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el
expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)
miércoles, 9 de abril de 2025
LA TRIPLE MUERTE
Eran muy brutos. Seguramente por eso los romanos, nuestros antepasados culturales, estaban convencidos de que debían ser conquistados, para traer la civilización a cambio de llevarse las riquezas, piedrolas más o menos raras, pues Roma —que se sentía víctima de todos por haber llevado durante tanto tiempo el peso de la Humanidad— de algo tenía que vivir.
Sin
duda eran muy brutos porque uno de los más consolidados castigos del mundo
celta era la triple muerte del condenado. Es decir, que para determinados
delitos no bastaba con ejecutar al reo una vez, sino que se requerían tres
muertes. Y era normal, pues los dioses exigían cada uno su parte del castigo.
Así,
Tautates, más conocido como Tutatis por los asterixófagos, reclamaba que los
pulmones del condenado no volvieran a recibir aire, pues lo había contaminado
con su comportamiento. Esus exigía beberse la sangre del malvado para alimentar
su furia combativa y que aprovechara de algo. Finalmente, Taranis debía de ser
satisfecho con su manjar preferido, el humo de la carne chamuscada para
compensarlo del hedor del crimen cometido.
Total,
que era preciso estrangular al criminal primero, asaetearlo después, para
terminar con él chamuscado. El orden del castigo y la modalidad de muerte solía
variar.
Con
la primera de estas bromas el condenado fallecía, estaba claro, pero era
preciso cumplir el rito de las otras dos para que no se enfurruñaran los
dioses. Era malo si lo condenaban a ser desangrado primero, claro, un poco
fuerte, vamos, como una crucifixión. El que luego, ya fiambre, lo empalaran, lo
quemaran metido en un bocadillo de paja o lo estrangularan, al reo no le
importaba demasiado, pero el rito era el rito.
Las
combinaciones mortales podían ser muy variadas: ahogar en una tinaja, degollar
y asar en una parrilla; asaetear, apedrear y arrojar al agua, descuartizamientos,
etc., toda un campo virgen para la
imaginación vengativa de la justicia de aquella lejana edad del hierro.
Se trataba,
sin embargo, penas aplicables sólo a crímenes un tanto fuertes como la traición
o la cobardía en combate. Y eran tres penas porque tres eran los bienes morales
conculcados por los grandes delincuentes: el respeto debido a los que tenían
mando —violación de la función regente—, el respeto debido a los dioses de la
guerra —violación de la función guerrera— y el respeto debido al bienestar de
las gentes —violación de la función provisoria—. Porque la sociedad celta
estaba dividida en tres estamentos: los reyes o coros los primeros, los
guerreros los segundos y, en tercer lugar los artesanos y demás población. Tres
eran también las funciones de esos estamentos: la de regencia, la de protección
y la de proveer al mantenimiento de la comunidad. Y también tres los grupos
sociales: los jefes, los guerreros y los menestrales, que eran los que trabajaban
por todos los demás.
Por
ejemplo, un político que pactara con una potencia extranjera a cambio de unos
dinerillos —y quien dice potencia extranjera y dinerillos puede decir
corruptelas varias— podría ser condenado a la triple muerte por violar la
autoridad del jefe, por reírse de los guerreros que habían muerto combatiendo
contra esos con los que pactaba y por haber quitado el pan de la boca de los pobretes.
Bonito, ¿verdad?, triple muerte. Sin duda se lo pensarían antes de aceptar
sobres o recompensas inmateriales. ¿Nos enseña algo el pasado? Sin duda, toda leyenda
esconde su moraleja.
Pero sí, fue la de la triple muerte una
costumbre arraigada en todo el mundo celta, en Celtiberia en particular y en el
Solar Cántabro también por estar este integrado en el ámbito general celtíbero,
bien a título de celtas o de celtizados.
De
hecho, el primero que nos habla de ese tipo de ejecuciones es un hispano,
Lucano, sobrinísimo de Séneca. Pero es que también afirma que en su tiempo
estaba aún vigente la costumbre el bueno de Lactancio, romano del siglo quinto,
cristiano entre los cristianos; e incluso en
la Edad Media subsistía este tipo de ejecuciones, como lo demuestra la
obra “El hijo del rey Alcaraz”, del Libro del Buen Amor, cuyo protagonista
murió varias veces con extrema crueldad. Hasta en el santoral hay recuerdos de benditos
de Dios a los que les hicieron de todo los malvados paganos, como el caso de
Santa Marina, mártir de Bayona.
También
la arqueología ha tenido este tema entre sus manos y sus piquetas. Así, ya en
el siglo XIX aparecieron en turberas de Inglaterra y de Alemania paisanos
arrojados a las aguas y triplemente muertos, como el hombre de Lindow, cerca de
Mánchester, quien primero recibió varios golpes fuertes con un hacha que le
rompieron el cráneo; después, fue estrangulado con un cordel de tripa por medio
de un nudo corredizo apretado al cuello y, a continuación, recibió una herida
incisiva, probablemente con un cuchillo, a modo de degüello, para, finalmente,
ser arrojado al agua de la turbera. Este desgraciado debía de ser miembro de la
nobleza a juzgar por lo bien cuidadas que tenía las uñas de las manos.
En
fin, era un rito ancestral de los señores celtas y, seguramente pancéltico. Sobre
este asunto trabaja con buena letra el profesor Martín Almagro Gorbea en su obra
“El rito de la triple muerte en la Hispania céltica”.
En
“Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro” este tipo de ejecuciones
aparece en varios apartados: en un sacrificio llevado a cabo en el Castro
Pepín, al que cambiamos el nombre por el
de Castro de la Atalaya, más literario, y en otras escenas de Guerras
Cántabras, como cuando un destacamento romano que iba a cobrar su impuesto en
trigo terminó con todos sus miembros colgaditos de los árboles y con las
plantas de los pies abiertas para dar de beber a Deva... ¡Qué brutos!
¿O
no?, ¿o eran historias de romanos para justificar la entrada a saco en tierras
de bárbaros a fin de arramblar con todo lo utilizable?, ¿propaganda de guerra,
como en la actualidad, como la consolidada tendencia a la ficción periodística que
se inició con la fake de Timisoara,
en Rumanía, novedoso mecanismo justificativo de la guerra, auténticos “casus
belli” mediáticos?
¡Vaya
usted a saber! Lo cierto es que Lucano, Lactancio y el Arciprestre hablaban de
ello y en tiempos tirando ya a cercanos, cuando se suponía que todos estos
celtas, portadores de calzones como decía algún romano chistoso, estaban ya
cristianizados como dios manda... En fin, misterios de la historia y de los
ritos que en “Cantábrica” recreamos.
AVISO... El anterior texto
no pertenece a “Cantábrica. La Gran
Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato
divulgativo algunos de sus contenidos.
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periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar
plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen
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terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el
expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)
martes, 8 de abril de 2025
LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO

¿Cuándo, por qué, cómo nacen las leyendas?, ¿de qué ideas se nutren?, ¿dónde van a parar cuando mueren?, ¿en qué se transforman? A todas estas preguntas conviene responder cuando se intenta escribir una obra completa y cerrada, reconstructiva, sobre mitología como es «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro». A tal fin me habría venido muy bien haber descubierto antes de terminar mi catedral gótico-mitológica un libro titulado «El Hombre Pez de Liérganes. Una leyenda cántabra», de Marín Sánchez González.
Lo
habría incluido en mi bibliografía, sin duda, pero, en fin, más vale tarde que
nunca. No me atrajo desde el estante de la librería porque el título, la
portada y el hojeo del mismo, con tanta profusión de ilustraciones me sugería
que era uno más de divulgación, compilatorio, escrito por algún
bienintencionado estudioso y, la verdad, tenía en mi paladar el buen sabor de
la novela del malogrado José Antonio Abella, «El hombre pez», modelo de buena
literatura, que no quería borrar.
Pero,
al fin, la obra de Marín me cayó en las manos y rompió todos mis prejuicios. No
era sólo una compilación, sino la interpretación definitiva, el estudio más
meticuloso sobre la leyenda de Liérganes y, sobre todo, la recreación de cómo
se construye un mito.
En
definitiva, el libro concluía con una idea: una leyenda no es soluble en las
aguas del punto de vista científico. Y yo añadiría: el mito se rige por una
lógica diferente a la de lo real, la ficcional. La ficción es para este autor,
tal y como se presenta en la versión popular, un patrimonio irrenunciable y no
discutible, en fin, que hay que entenderla tal y como nos ha llegado.
Comienza la obra con la descripción del “paisaje” en cuyo
marco surge el mito; en concreto, con la historia de las fundiciones de
Liérganes, apartado cuya sistemática atrapa y hace ver al lector el envoltorio
del problema interpretativo porque, a la postre, “la historia del Hombre Pez es
la historia de un debate”, en un marco espacial y temporal.
Acto seguido analiza de manera pormenorizada a los
autores que han escrito sobre el Hombre Pez y diferencia entre los que ofrecen
su visión escéptico-científica —que varía a través de los siglos—, y los que
aportan la versión popular. Feijoo frente a Fernando del Hoyo respectivamente
como base y modelo de los que siguen. Entre estos me sorprendió la obra y la
vida de José María Herrán, admirable desconocido para mí, y la clara visión de
Montserrat Cubría.
Esta autora, tal y como la presenta Marín, sostiene que
la versión popular del mito debe de entenderse en el marco propio de la
construcción de la identidad popular, que surge en tiempos de auge de su
industria construida en torno a la forja y que el mito del hombre pez constituye
un claro patrimonio inmaterial del pueblo de Liérganes, leyenda a la que la invasión
turística general y del pueblo en particular, por desgracia, también le ha
llegado.
A este respecto, en la página 143, se inserta una
fotografía del hombre pez convertido en tritón, con barba, rostro de cómic y
cola de pez, instalado en las proximidades del casco viejo del pueblo, una
muestra de la “vulgarización” turística del mito promovida por las autoridades
de manera un tanto irreflexiva. Me sorprendió, poco antes de leer este trabajo,
la fila de turistas que se sacaban fotos junto al muñeco infantiloide, modelo
de promoción deseada, no se sabe para qué.
Termina la obra con un meticuloso estudio sobre los
mitemas indoeuropeos insertados en la leyenda del hombre pez: maldición
materna, metamorfosis, noche de San Juan, etc., todo un tratado. También es de
reseñar la calidad de muchas de las imágenes artísticas insertadas, no pocas de
Cotera, y las básicas, creadas exprofeso para la obra por Víctor García.
Según he podido concluir tras la lectura de este
sorprendente ensayo, el mito nunca admitirá una lectura racional pues esta iría
contra su esencia. Lo que es falso para unos, fruto de la superstición, será
identitario, racial y doméstico, íntimo para otros. La versión científica
deviene en absurda cuando recae en el mito. La versión pupular, sin embargo, se
mueve dentro del mundo paralelo de lo ficcional. Y la ficción le da un valor
añadido diferente.
El mito surge siempre en algún rincón de la realidad
histórica. Francisco de la Vega existió. Pero, a partir de ahí, la narrativa
popular inserta datos por acumulación “ciertos de toda certeza”, mitemas
guardados en el baúl de los recuerdos ancestrales, enriquecimientos de trama y ratificaciones
de veracidad capaces de despistar al más pintado de los investigadores.
En
el caso del hombre pez de Liérganes, estos entraron al trapo de la impostura
mitológica y escribieron ríos de tinta sobre la verosimilitud del relato, sin
percatarse de que la distancia que separa la realidad de la ficción es cósmica.
Los mundos de ambos niveles son paralelos y se tocan sólo en una estrecha playa
de la realidad: la existencia incontestable de Francisco de la Vega.
Ese nivel ficcional es el que constituye el patrimonio
inmaterial de un pueblo. ¿Seremos capaces algún día de valorar la ficción por
lo que vale, por el mundo que recrea, fondo del río cargado de cantos rodados,
de elementos de arrastre?, ¿o tendremos que vivir siempre en torno al
rabia-chincha infantil de “te lo estás inventando”? Y no digo que quien no
acepta el mito tal y como es carezca de imaginación, sino que piensa a un nivel
lógico, mientras que el mito, como la literatura metapoyética que crea los
mitos, lo hace a un nivel ficcional.
Y, desengañémonos, la lógica de la ficción nada tiene que
ver con la lógica científica. La ficción no es un concepto operativo, constatable
e identificable en la realidad. Los mitos, bien lo sabemos, no van a caminar
por la calle, pero existen con toda su plenitud en el mundo ficcional. Y este
ámbito es el que integra el patrimonio inmaterial de un pueblo. ¿Acaso no
existe don Quijote? ¡Tan real es como Miguel de Cervantes, lo juro!
NOTA. este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón Abogados/1555 Col.Ab.Cantabria).
miércoles, 2 de abril de 2025
LA VIJANERA, BANDA MUSICAL DE “CANTÁBRICA”
Desde que estoy componiendo «Cantábrica» suelo ir a Silió de incógnito. Digo de incógnito porque voy solo. ¿Dónde está padre? ¡Ay, juca!, hoy es primer domingo del año, ¿no?... ¡No me digas que ha ido otra vez!... Sí, hija, sí, allí está, en la Vijanera, dice que se inspira. Pues no lo entiendo, madre, la verdad, con el follón de gente que hay... Oye, este hombre está cada vez peor, ¿no?... ¡Ya te digo, niña, ya te digo!
Pero sí, la verdad es que me inspira esa magnífica fiesta. Es la banda musical de mi obra. Allí me puedo sumergir en el estruendo vivo de los personajes de «Cantábrica», en el retumbar del pasado remoto, en el salto recio de los zarrramacos que pisan la tierra para despertarla, para recordarle que se espera el resurgir de las flores y el parto de las yeguas. Allí cruzo la mirada con la hierba viviente, con los trapajeros, con el gorila húngaro, con el oso, y me dicen sin palabras que existen, que mis personajes viven en algún lugar todo el año, pero que en la Vijanera bajan del Sid para que yo los vea y sepa que no han muerto.
Y yo lo
creo, porque los dioses de Cantabria no tienen imagen, flotan en sus
existencias difusas de deidades supernumerarias, y en la Vijanera se dejan ver
entre miles de turistas y fisgones por aquel que tenga los ojos abiertos, los
oídos listos y el alma presta. ¡Aquí estamos, Javier!, me dicen, ¿quién ha
dicho que hemos muerto hace más de mil años?
Además, siempre me sucede
algo divertido. Uno de estos años, por ejemplo, creo que en 2024, cansado de
tanto barullo y de tanta gente, me senté en un murio tras el cual había un
prado, bien abajo. Llevaba el paraguas colgado a la espalda, no me acordé de él
y cayó al verde. ¡Madre, cómo sacarlo! Pasó por allí un tipo que me quiso
ayudar con el suyo, por ver si alcanzaba su mango a trincar el del mío, y los
dos nos colocamos barrigas sobre el murio a intentar levantarlo, pero nada.
En esa postura le dije que
si pasase el hombre toro y nos viera de tal guisa no sabría decir lo que nos
haría, porque poco antes observé cómo un minotauro vijanero mochaba hasta las
paredes. Nos reímos, pero nos levantamos por si acaso, pues nunca se sabe si unos
recios cantabrones de pro podrían resistir un ataque sorpresivo por la
retaguardia.
Yo, valiente, bajé a por el
paraguas no sé cómo, la verdad, y subí, tampoco recuerdo de qué manera, pero sí
que el amigo y su esposa me ayudaron. Cuando alcancé la carretera con mi
paraguas recuperado al fin, les dije: ¡gracias, samaritanos!, pero claro, eran mucho
más jóvenes que yo y no debían conocer la parábola del buen samaritano, ese que
ayudó a un prójimo sin saber quién era y Dios se lo agradeció como si le
hubiera ayudado a él mismo; total que me contestaron: bueno, no, no somos de
ahí, sino de algo más lejos. ¿Qué entenderían?, ¿que Samaría estaba por Bilbao?
Al rato, me pasó un tipo al
lado, el cual llevaba también una máquina de fotos y disparaba contra todo, y
me dijo —yo no lo conocía—, que venía detrás nada menos que Cristina García
Rodero. ¿Quién sería esa, quién sería el fotógrafo? Yo le dije: ¡pero qué me
dices! Él contestó: lo que oyes, en carne y hueso. Yo repliqué: ¡joder, hay
gente pató!, pero, la verdad, ese nombre no me decía nada.
Luego me enteré de que era
una famosa fotógrafa a nivel nacional, especializada en eventos populares.
Seguro que el día menos pensado me la encontraría en la Feria de la Sidra en
Escalante, o en la fiesta de la entronización del dios Airón, natural también
de la Villa.
Bueno, esto es todo, que
ando muy liado corrigiendo pruebas y más pruebas de maquetación, todo un
viacrucis. ¿Cómo he podido escribir tanto, preguntas?... Porque padezco de
grafomanía, amigo, una enfermedad mental no catalogada o, al menos, un síntoma
rarito que tira a sospechoso de algún desarreglo hombros arriba.
Entrega 6.- PARIDORAS DE CADÁVERES
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