domingo, 20 de abril de 2025

CONTRAPORTADA

 


Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» es una epopeya en prosa. En ella se reconstruye la mitología cántabra anterior a la invasión romana en formato literario, a partir de la comparación de mitos, restos arqueológicos y referencias de las fuentes sobre el marco religioso previo a la invasión romana.
Saca de su letargo a los dioses que han dejado rastro en las aras sepulcrales y votivas, da vida a restos mitológicos fosilizados en el folclore, e invoca a seres feéricos cuya voz puede aún escucharse en el silencio del németon sagrado. Se ofrece al lector un mundo mitológico completo, compacto y redondo del pueblo asentado en el Solar Cántabro durante la Edad del Hierro, repartido hoy en varias comunidades autónomas.
Encuadrada en el subgénero de la metapoyesis tolkeniana, «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» pretende ir mucho más allá de una mitología para mero consumo infantil. Busca ser un referente de dignidad, una vitamina para el espíritu libre de quienes aman a su tierra.
Consta la obra de varias piezas interconectadas. La primera, «Céltica Cántabra» (Tomo 1) da cuenta, con criterios técnicos, del porqué de cada inserción divina en la asamblea de los dioses. La segunda , «Los tiempos del Hierro» (Tomo 2), es un recorrido por setenta y un castros estudiados por la arqueología, recreados justo en el instante anterior al conflicto con Roma, en una carambola imaginativa que mezcla todo tipo de mitemas, y que sirve para soldar geografía, mito y costumbres.

En la tercera, «Guerras Cántabras» (Tomo 3), se presenta un relato sobre el mito fundacional de los pueblos de la cordillera, el Bellum Cantabricum et Asturicum, donde los mismos dioses son quienes narran la historia al héroe dormido, incubatio. Por último, la cuarta pieza narrativa consiste en la recreación de una cosmogonía, de una teogonía y de una teomaquia en las que se relacionan los diversos elementos del Panteón Cántabro, mediante unas «Metamorfosis Cántabras» (Tomo 3 también), inspiradas en Ovidio.
Cualquiera que sea la parte por la que se dé comienzo a la lectura de esta obra, el lector contará con un completo sistema de referencias que lo llevarán a las demás partes de la misma. Esa epopeya está diseñada para mostrar los diversos lados de un pasado glorioso y la vitalidad de unos mitos cuyo espíritu aún colea en el tuétano anímico del que lee.

jueves, 17 de abril de 2025

¿QUIÉN ALIMENTA LA MITOLOGÍA?

 

Respondamos la pregunta con un arranque de prosa poética, ese caballo de Troya que lleva el verso de polizonte en el vientre:

La Mitología es una anjana chica, avejentada, nacida entre hogueras conversadoras, alimentada de palabras neolíticas y de gritos paleolíticos, que subsiste por la inercia de la vida.

Una musa, la enésima, hija de Apolo, llamada Literatura, la encuentra aterida por los caminos del tiempo. La alza hasta sus pechos de los que mana la Fantástica, la bienintencionada exageración vital que le sirve a la arruinada criatura de primer alimento, el de choque, el imprescindible para sobrevivir.

Luego, madre amantísima, la musa la conduce al Parnaso donde pone en su boca papillas de teatro, frutas de epopeyas, potitos de novelas, purés de compilaciones, y cura sus dolores de garganta con jarabes de poesía épica y hasta con pastillas líricas le trata los dolores de tripita, esto siempre como último remedio, claro.

Pronto la avejentada ninfa renace, sus pechos se inflan, su cabello se suelta, su carne se desarruga, su sexo se abre, su mirada desborda seducción y sus huesos desparraman juventud con cada movimiento. Renace así, la Mitología.

¿Quién es su madre? ¿Quién puede serlo sino la Literatura, esa Hija Innominada de Apolo cuyo soplo pone alas en las almas para que vuelen directas hacia la libertad?



Aviso: Aunque la poesía a nadie interesa, sino a la BIA, la bastarda inteligencia artificial, se quiere hacer constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA misma, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)


lunes, 14 de abril de 2025

GEOESTRATEGIA DE LAS GUERRAS CÁNTABRAS

 


Según la tercera acepción del DRAE, “mito” significa relato rodeado de extraordinaria admiración y estima. En ese sentido, entiendo que las Guerras Cántabras son un mito para el Solar Cántabro y para la identidad de las gentes que lo habitan.

Sin duda, se trata de un hecho diferenciador. Si los catalanes, los galeses o los virginianos hubieran dispuesto en su haber histórico de una gesta similar tendríamos, como reza el lugar común, largometrajes, obras de teatro y monografías multimedia sobre el tema para llenar un petrolero.

Cuentan que los romanos movilizaron, al final, diez legiones contra Asturia y Cantabria. Eran tiempos buenos, pues acababan de finalizar las sangrientas guerras civiles y había muchos soldados por cada legua cuadrada de imperio.

Además, Augusto se veía obligado a obtener algún triunfo a título personal, pues hasta entonces fueron sus generales, especialmente Agripa, quienes le pusieron las victorias en bandeja. Algunos quieren hacer creer que ´por este motivo las Guerras Cántabras fueron una pantomima, una nonada, un montaje propagandístico del amo de roma para darse el pote, como decimos en Santander. No nos engañemos, esta es una opinión interesada para minimizar lo cántabro como referente. Lo cierto fue que el gran Augusto intentó ganarse los laureles por estas tierras pero, al final, fue Agripa el que terminó sacándole, una vez más, las castañas del fuego.

Varias fueron las causas de las Guerras Cántabras o Astur Cántabras: el deseo de prestigio de Augusto, que no se niega, pero que no fue la razón fundamental; la necesidad de que la ecúmene romana abarcara toda la Península, como cierre geográfico de las fronteras del imperio, la de no dejar bolsas de resistencia en retaguardia cuando se mirara hacia la inminente conquista de Centro Europa y, sobre todo, la conquista de la costa cantábrica.

¿Por qué la costa cantábrica? Por la voluntad de Augusto de conquistar las Islas Británicas y, sobre todo, Germania. La batalla de Teuteburgo, el 9 de nuestra era, acabó con el sueño de establecer la provincia romana de Germania, pero las Guerras Cántabras tuvieron lugar 35 años antes, cuando Augusto acariciaba tal idea. Para ello, era imprescindible conquistar la costa norte de Hispania. Se dispondría así de un corredor de caboteo hasta la misma Germania, sin necesidad de aventurarse en alta mar por las turbulentas aguas del Golfo de Vizcaya.

La cordillera era importante, sin duda; las posibles minas a explotar, también; pero el movimiento eje, la punta de lanza de la estrategia romana, era el dominio de la costa. Y desembarcaron en Portus Victoriae.

¿Cómo lo hicieron?, ¿usaron una flota romana de guerra radicada en la Galia? Parece ser que no, que tal flota no existía, que seguramente utilizaron cuantos buques hallaron para trasladar su legión o sus dos legiones desde la Aquitania recientemente sometida.

Pero, claro, aquí surge un problema logístico de primer orden, ¿cuántos buques se precisan para cargar toda una legión, o dos?, ¿cómo acumular esos buques en territorios desde los que se pueda embarcar a los soldados y proceder a un desembarco rápido y eficaz?, ¿dónde se embarcarían para caer sobre Portus Victoriae?

Para responder a estas preguntas he utilizado diversos materiales. Uno de ellos es el pedagógico libro —ya casi olvidado—“Cántabros, Origen de un pueblo” escrito por Bolado, Gutiérrez, Hierro y Ocejo y publicado en 2012 por ADIC. Pero, también me he guiado por la obra de Rodríguez Neila “Confidentes de César, los Balbo de Cádiz”, que en su día me dio pie para confeccionar la novela “Cornelia de Gades”.

Por último, me he dedicado a preguntar a los marinos a vela, que no son pocos en Santander y en Santoña, y me han confirmado que para ir de Francia a Galicia bordeando la costa, ha de aprovecharse el nordeste que sopla en verano. El invierno se aprovecha para viajar en sentido contrario, impulsadas las velas por el viento gallego, para ir de La Coruña a Francia. Y me han asegurado que si se quiere navegar en verano en dirección a Francia hay que aprovechar los días de borrasca o la noche en los días de nordeste, pues a última hora deja de soplar y es sustituido por el terral, viento leve que obliga a encender motores; supongo que en la antigüedad obligaba a tirar de remo. ¿Qué quiere esto decir?, que para juntar una flota capaz de embarcar a dos legiones se precisaba tiempo, mucho tiempo. Y ello por las distancias y por las dificultades que los vientos oponían —y oponen— a la navegación cantábrica a vela. Es decir, que los romanos, gentes que planificaban con años de antelación, tenían echado el ojo a la costa astur y cántabra mucho tiempo antes del 26 a.C.

Pero es que el trabajo de Juan Francisco Rodríguez Neila es también ilustrativo. Dice este profesor cordobés que dos eran los Balbo, tío y sobrino. El más viejo, el tío, Lucio Cornelio Balbo Maior, era el banquero y la mano derecha de Julio César; y que el sobrino, Lucio Cornelio Balbo Minor, era el banquero y la mano derecha de Augusto. Es decir, que estos gaditanos estaban siempre dispuestos a prestar lo que hiciera falta a los dos romanos. Por supuesto, como banqueros fenicios no perdían nunca.

Lo cierto fue que cuando César estaba luchando contra los lusitanos, estos dieron en refugiarse en las Islas Berlangas, en Portugal. ¿Qué hizo Julio? Telefoneó a su amigo Balbo Maior y le pidió que le enviase buques suficientes como para embarcar dos cohortes y asaltar, con ellas, las islas. Y Balbo procedió de mil amores. Y Julio las conquistó.

¿Sería de extrañar que Augusto, para conquistar Cantabria llamase a su amigo Balbo Minor, sobrino del anterior y su fuente de auxilio material y financiero, para que le enviara abundantes mercantes gaditanos que, haciendo escala en Brigantia, La Coruña, llegasen hasta las localidades del Este del Cantábrico, Oiasso y Portus Amanum, para que se embarcasen las legiones que llegarían allí en cuanto quedasen sometidos los aquitanos?

La operación sería de amplio aspecto, pues si César precisó 90 buques mercantes para embarcar dos cohortes, para dos legiones habría que echar la cuenta. Es probable, como dicen los autores de “Cántabros, origen de un pueblo”, que utilizaran también las “naves gálicas”· de los vénetos. En cualquier caso, muchos barcos, mucha planificación, mucha preparación.

¿Y por qué no fueron por tierra siguiendo la costa vasca hasta lo que luego sería Santander? Porque la precisión del ataque, sin sorpresas ni resistencias imprevistas, requería coordinación y sólo por mar podía garantizarse un golpe limpio sobre los resistentes de la Espina del Gállego, Aracilum. La eficacia militar imponía el ataque por mar.

Como sería muy lógico, los cántabros de la costa, que algo esperaban, harían lo posible por hostigar las labores tácticas de los romanos en tierra autrigona, y de ahí sacaron los enemigos el “casus belli” preciso para iniciar el ataque en el 26.

En definitiva, que el esfuerzo estratégico de Roma (preparación de las previstas guerras germánicas), su habilidad táctica (desembarco en P.Victoriae para sorprender a los resistentes del interior), y el empleo de gran número de tropas y de buques lleva a la conclusión de que las Guerras Cántabras no fueron un mero paseo militar, como quieren hacer creer aquellos a los que se les ponen los pelos como escarpias cuando se habla de la capacidad de resistencia indígena —nunca supe por qué—, sino, justo, todo lo contrario.

En “Cantábrica”, como digo, las Guerras Cántabras tienen su apartado en una novela intimista —insertada en el tomo 3—, en la que los dioses le comunican al protagonista, Coronoego, el desarrollo futuro de la contienda. Además, en el tomo 2 —Los Tiempos del Hierro— se tratan los viajes de Turo, druida vellico, por todos los castros de Cantabria —71 paradas y casi 600 páginas—, durante los dos años anteriores al fatídico 26 a.C., con la misión de predicar la unidad y la preparación para la guerra, a imitación del celtibérico Olíndico.

En definitiva, “Cantábrica” es un guiso mitológico, con presencia de los dioses en cada página, pero cocinado en la especial y picante salsa de las Guerras Cántabras.


jueves, 10 de abril de 2025

LAS METAMORFOSIS CÁNTABRAS

 

Quien conozca las Metamorfosis, de Publio Ovidio Nasón, se hará una idea del contenido de esta parte de “Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro”, integrada en el tercer tomo: “Las Metamorfosis Cántabras”.

La obra de Ovidio fue la más influyente recopilación mitológica del mundo clásico. El conocimiento de la mitología grecolatina que se tenía en el Medievo y en el Renacimiento partía y regresaba a Ovidio. Para una cabal idea de esto atendamos al drama de Shakespeare “Tito Andrónico”, en el que Lavinia, una mujer que había sido violada, a la que habían cortado manos y lengua para que no delatara a los perpetradores, exige por señas que se tome el libro escolar de un niño, las Metamorfosis, para señalar en él un pasaje con sus muñones, a fin de que por la semejanza con el caso de Filomena, que en la obra de Ovidio fuera víctima de similar crimen, sus parientes sacaran la referencia de quiénes fueron los agresores.

Es decir, que el dramaturgo inglés introduce un presentismo de su época en el relato teatral: que los niños utilizaban como libro de texto en la escuela las Metamorfosis para aprender latín.

Además, los espectadores de la obra de Shakespeare conocían este relato ovidiano, y otros muchos, como la escena de canibalismo de Licaón y Pélope, y el autor podía jugar con ese conocimiento general para crear magistrales tensiones narrativas. Es decir, que se conocía en profundidad la obra de Ovidio en el Renacimiento.

La primera traducción inglesa data de 1480, de William Caxton, y la primera española de 1540, a cargo de un hombre de Silió, un tal Jorge Bustamante, asunto que yo desconocía hasta hace unos días en que me ilustró César, de la Vijanera. Debo estarle muy agradecido a Deva por el don de que haya llegado a viejo con capacidad para aprender más cada día.

Cuando nace Cervantes, en 1547, las Metamorfosis de Ovidio también en España son el principal referente a la mitología grecolatina. Y, claro, la obra del romano influyó mucho en la de nuestro Príncipe de las Letras, pues publicó su primera novela, La Galatea, casi cincuenta años después de la traducción de Bustamante, y, sobre todo en El Quijote —más de sesenta años después del trabajo del intelectual de Silió— se insertan conocidas escenas ovidianas.

Y ahora pretenden salir a la luz unas “Metamorfosis Cántabras”, en las que se da cuenta de la evolución, relaciones, transformaciones, luchas, amores, traiciones, origen, descendencia, parentescos y peripecias vitales de los dioses cántabros.

No era posible crear, a partir de los restos históricos y arqueológicos, una mitología completa y cerrada del mundo mitológico cántabro sino a partir de una anatomía y una fisiología literarias de las deidades del Solar Cántabro, sin decir quién era cada dios, cuál su ascendencia, cuál su descendencia y cómo se relacionaban los unos con los otros. Una vez confeccionado el puzle, quede ahí para quien desee aprovecharlo en sus creaciones literarias, como punto de referencia siempre superable, como hizo el maestro Tolkien con su obra.

En las Metamorfosis Cántabras se sigue el esquema de Ovidio, en una obra dividida en seis libros: 1. Los primeros dioses; 2. Definitiva creación de las Islas; 3. Sagas divinas y creación del hombre; 4. Candamo, Cosus y Erudino; 5. Las Matres, Lucobos, Cernuno, Nemétona y su descendencia y 6. Teomaquia y Victoria, que terminará con la memorable y verídica “Batalla de los árboles” en los Lagos de Covadonga. Estas Metamorfosis no contendrán toda la mitología del Solar Cántabro, sino que sus relatos serán completados por otros, en profundidad y extensión, narrados en las demás partes de “Cantábrica”, en los viajes de Turo por todos los castros y en las Guerras Cántabras contadas por los dioses.

Estas caseras, ficticias y metapoyéticas Metamorfosis Cántabras tienen su antecedente en El Quijote, pues en una de sus andanzas, el buen manchego se topó con cierto personaje llamado, sin más, Primo —alegórico nombre—, que escribía libros extravagantes y, uno de ellos era Los Metamorfóseos, de invención nueva y rara, a imitación del gran Ovidio, donde se pintaba quién fuera la Giralda de Sevilla y los Toros de Guisando, y todo “con sus alegorías, metáforas y traslaciones, de modo que alegren, suspendan y enseñan a un mismo punto” (Don Quijote, parte II, cap. XII).

         ¡Grande, don Miguel, maestro de maestros! No podías imaginar que alguien diese en la desaforada idea de escribir unas verídicas “Metamorfosis Cántabras” en imitación también de Nasón, ¿cierto? Sin embargo, aquí están las mías, más desquiciadas que burlescas. Esperemos que con esta obra, repleta de metáforas y transposiciones como la del Primo, de imaginación y de delirio narrativo como las del mismo Ovidio, no sólo se alegre al lector, se lo suspenda y enseñe algo de provecho, sino que también haga sentir al cántabro los heroicos latidos de una cultura perdida que se esconde en su genoma, rebelde en  su fondo más recóndito.

¡Oh, padre don Quijote, dios de la literatura —según Unamuno— que dijiste en español: “Hágase la luz”, procura mover hilos, allá donde estés, para que mi criatura sea más provechosa que la de tu Primo, y que este Ovidio Cántabro sirva para algo!

         En fin, como dice Israel J. Espino, “quiero, lector, que pronto me acompañes en un viaje oscuro hacia la noche antigua. Una noche en la que las únicas luces son las de la luna, las estrellas y el fuego”. ¡Sujetémonos y borremos esquemas para traspasar pronto y con buen pie la puerta del misterio!

AVISO... El anterior texto no pertenece a “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato divulgativo algunos de sus contenidos.

También se quiere hacer constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)

  

miércoles, 9 de abril de 2025

LA TRIPLE MUERTE

 



Eran muy brutos. Seguramente por eso los romanos, nuestros antepasados culturales, estaban convencidos de que debían ser conquistados, para traer la civilización a cambio de llevarse las riquezas, piedrolas más o menos raras, pues Roma —que se sentía víctima de todos por haber llevado durante tanto tiempo el peso de la Humanidad— de algo tenía que vivir.

Sin duda eran muy brutos porque uno de los más consolidados castigos del mundo celta era la triple muerte del condenado. Es decir, que para determinados delitos no bastaba con ejecutar al reo una vez, sino que se requerían tres muertes. Y era normal, pues los dioses exigían cada uno su parte del castigo.

Así, Tautates, más conocido como Tutatis por los asterixófagos, reclamaba que los pulmones del condenado no volvieran a recibir aire, pues lo había contaminado con su comportamiento. Esus exigía beberse la sangre del malvado para alimentar su furia combativa y que aprovechara de algo. Finalmente, Taranis debía de ser satisfecho con su manjar preferido, el humo de la carne chamuscada para compensarlo del hedor del crimen cometido.

Total, que era preciso estrangular al criminal primero, asaetearlo después, para terminar con él chamuscado. El orden del castigo y la modalidad de muerte solía variar.

Con la primera de estas bromas el condenado fallecía, estaba claro, pero era preciso cumplir el rito de las otras dos para que no se enfurruñaran los dioses. Era malo si lo condenaban a ser desangrado primero, claro, un poco fuerte, vamos, como una crucifixión. El que luego, ya fiambre, lo empalaran, lo quemaran metido en un bocadillo de paja o lo estrangularan, al reo no le importaba demasiado, pero el rito era el rito.

Las combinaciones mortales podían ser muy variadas: ahogar en una tinaja, degollar y asar en una parrilla; asaetear, apedrear y arrojar al agua, descuartizamientos, etc., toda un  campo virgen para la imaginación vengativa de la justicia de aquella lejana edad del hierro.

Se trataba, sin embargo, penas aplicables sólo a crímenes un tanto fuertes como la traición o la cobardía en combate. Y eran tres penas porque tres eran los bienes morales conculcados por los grandes delincuentes: el respeto debido a los que tenían mando —violación de la función regente—, el respeto debido a los dioses de la guerra —violación de la función guerrera— y el respeto debido al bienestar de las gentes —violación de la función provisoria—. Porque la sociedad celta estaba dividida en tres estamentos: los reyes o coros los primeros, los guerreros los segundos y, en tercer lugar los artesanos y demás población. Tres eran también las funciones de esos estamentos: la de regencia, la de protección y la de proveer al mantenimiento de la comunidad. Y también tres los grupos sociales: los jefes, los guerreros y los menestrales, que eran los que trabajaban por todos los demás.

Por ejemplo, un político que pactara con una potencia extranjera a cambio de unos dinerillos —y quien dice potencia extranjera y dinerillos puede decir corruptelas varias— podría ser condenado a la triple muerte por violar la autoridad del jefe, por reírse de los guerreros que habían muerto combatiendo contra esos con los que pactaba y por haber quitado el pan de la boca de los pobretes. Bonito, ¿verdad?, triple muerte. Sin duda se lo pensarían antes de aceptar sobres o recompensas inmateriales. ¿Nos enseña algo el pasado? Sin duda, toda leyenda esconde su moraleja.

 Pero sí, fue la de la triple muerte una costumbre arraigada en todo el mundo celta, en Celtiberia en particular y en el Solar Cántabro también por estar este integrado en el ámbito general celtíbero, bien a título de celtas o de celtizados.

De hecho, el primero que nos habla de ese tipo de ejecuciones es un hispano, Lucano, sobrinísimo de Séneca. Pero es que también afirma que en su tiempo estaba aún vigente la costumbre el bueno de Lactancio, romano del siglo quinto, cristiano entre los cristianos; e incluso en  la Edad Media subsistía este tipo de ejecuciones, como lo demuestra la obra “El hijo del rey Alcaraz”, del Libro del Buen Amor, cuyo protagonista murió varias veces con extrema crueldad. Hasta en el santoral hay recuerdos de benditos de Dios a los que les hicieron de todo los malvados paganos, como el caso de Santa Marina, mártir de Bayona.

También la arqueología ha tenido este tema entre sus manos y sus piquetas. Así, ya en el siglo XIX aparecieron en turberas de Inglaterra y de Alemania paisanos arrojados a las aguas y triplemente muertos, como el hombre de Lindow, cerca de Mánchester, quien primero recibió varios golpes fuertes con un hacha que le rompieron el cráneo; después, fue estrangulado con un cordel de tripa por medio de un nudo corredizo apretado al cuello y, a continuación, recibió una herida incisiva, probablemente con un cuchillo, a modo de degüello, para, finalmente, ser arrojado al agua de la turbera. Este desgraciado debía de ser miembro de la nobleza a juzgar por lo bien cuidadas que tenía las uñas de las manos.

En fin, era un rito ancestral de los señores celtas y, seguramente pancéltico. Sobre este asunto trabaja con buena letra el profesor Martín Almagro Gorbea en su obra “El rito de la triple muerte en la Hispania céltica”.

En “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro” este tipo de ejecuciones aparece en varios apartados: en un sacrificio llevado a cabo en el Castro Pepín, al que  cambiamos el nombre por el de Castro de la Atalaya, más literario, y en otras escenas de Guerras Cántabras, como cuando un destacamento romano que iba a cobrar su impuesto en trigo terminó con todos sus miembros colgaditos de los árboles y con las plantas de los pies abiertas para dar de beber a Deva... ¡Qué brutos!

¿O no?, ¿o eran historias de romanos para justificar la entrada a saco en tierras de bárbaros a fin de arramblar con todo lo utilizable?, ¿propaganda de guerra, como en la actualidad, como la consolidada tendencia a la ficción periodística que se inició con la fake de Timisoara, en Rumanía, novedoso mecanismo justificativo de la guerra, auténticos “casus belli” mediáticos?

¡Vaya usted a saber! Lo cierto es que Lucano, Lactancio y el Arciprestre hablaban de ello y en tiempos tirando ya a cercanos, cuando se suponía que todos estos celtas, portadores de calzones como decía algún romano chistoso, estaban ya cristianizados como dios manda... En fin, misterios de la historia y de los ritos que en “Cantábrica” recreamos.

 

AVISO... El anterior texto no pertenece a “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato divulgativo algunos de sus contenidos.

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martes, 8 de abril de 2025

LA CONSTRUCCIÓN DEL MITO


¿Cuándo, por qué, cómo nacen las leyendas?, ¿de qué ideas se nutren?, ¿dónde van a parar cuando mueren?, ¿en qué se transforman? A todas estas preguntas conviene responder cuando se intenta escribir una obra completa y cerrada, reconstructiva, sobre mitología como es «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro». A tal fin me habría venido muy bien haber descubierto antes de terminar mi catedral gótico-mitológica un libro titulado «El Hombre Pez de Liérganes. Una leyenda cántabra», de Marín Sánchez González.

Lo habría incluido en mi bibliografía, sin duda, pero, en fin, más vale tarde que nunca. No me atrajo desde el estante de la librería porque el título, la portada y el hojeo del mismo, con tanta profusión de ilustraciones me sugería que era uno más de divulgación, compilatorio, escrito por algún bienintencionado estudioso y, la verdad, tenía en mi paladar el buen sabor de la novela del malogrado José Antonio Abella, «El hombre pez», modelo de buena literatura, que no quería borrar.

Pero, al fin, la obra de Marín me cayó en las manos y rompió todos mis prejuicios. No era sólo una compilación, sino la interpretación definitiva, el estudio más meticuloso sobre la leyenda de Liérganes y, sobre todo, la recreación de cómo se construye un mito.

En definitiva, el libro concluía con una idea: una leyenda no es soluble en las aguas del punto de vista científico. Y yo añadiría: el mito se rige por una lógica diferente a la de lo real, la ficcional. La ficción es para este autor, tal y como se presenta en la versión popular, un patrimonio irrenunciable y no discutible, en fin, que hay que entenderla tal y como nos ha llegado.

            Comienza la obra con la descripción del “paisaje” en cuyo marco surge el mito; en concreto, con la historia de las fundiciones de Liérganes, apartado cuya sistemática atrapa y hace ver al lector el envoltorio del problema interpretativo porque, a la postre, “la historia del Hombre Pez es la historia de un debate”, en un marco espacial y temporal.

            Acto seguido analiza de manera pormenorizada a los autores que han escrito sobre el Hombre Pez y diferencia entre los que ofrecen su visión escéptico-científica —que varía a través de los siglos—, y los que aportan la versión popular. Feijoo frente a Fernando del Hoyo respectivamente como base y modelo de los que siguen. Entre estos me sorprendió la obra y la vida de José María Herrán, admirable desconocido para mí, y la clara visión de Montserrat Cubría.

            Esta autora, tal y como la presenta Marín, sostiene que la versión popular del mito debe de entenderse en el marco propio de la construcción de la identidad popular, que surge en tiempos de auge de su industria construida en torno a la forja y que el mito del hombre pez constituye un claro patrimonio inmaterial del pueblo de Liérganes, leyenda a la que la invasión turística general y del pueblo en particular, por desgracia, también le ha llegado.

            A este respecto, en la página 143, se inserta una fotografía del hombre pez convertido en tritón, con barba, rostro de cómic y cola de pez, instalado en las proximidades del casco viejo del pueblo, una muestra de la “vulgarización” turística del mito promovida por las autoridades de manera un tanto irreflexiva. Me sorprendió, poco antes de leer este trabajo, la fila de turistas que se sacaban fotos junto al muñeco infantiloide, modelo de promoción deseada, no se sabe para qué.

            Termina la obra con un meticuloso estudio sobre los mitemas indoeuropeos insertados en la leyenda del hombre pez: maldición materna, metamorfosis, noche de San Juan, etc., todo un tratado. También es de reseñar la calidad de muchas de las imágenes artísticas insertadas, no pocas de Cotera, y las básicas, creadas exprofeso para la obra por Víctor García.

            Según he podido concluir tras la lectura de este sorprendente ensayo, el mito nunca admitirá una lectura racional pues esta iría contra su esencia. Lo que es falso para unos, fruto de la superstición, será identitario, racial y doméstico, íntimo para otros. La versión científica deviene en absurda cuando recae en el mito. La versión pupular, sin embargo, se mueve dentro del mundo paralelo de lo ficcional. Y la ficción le da un valor añadido diferente.

            El mito surge siempre en algún rincón de la realidad histórica. Francisco de la Vega existió. Pero, a partir de ahí, la narrativa popular inserta datos por acumulación “ciertos de toda certeza”, mitemas guardados en el baúl de los recuerdos ancestrales, enriquecimientos de trama y ratificaciones de veracidad capaces de despistar al más pintado de los investigadores.

En el caso del hombre pez de Liérganes, estos entraron al trapo de la impostura mitológica y escribieron ríos de tinta sobre la verosimilitud del relato, sin percatarse de que la distancia que separa la realidad de la ficción es cósmica. Los mundos de ambos niveles son paralelos y se tocan sólo en una estrecha playa de la realidad: la existencia incontestable de Francisco de la Vega.

            Ese nivel ficcional es el que constituye el patrimonio inmaterial de un pueblo. ¿Seremos capaces algún día de valorar la ficción por lo que vale, por el mundo que recrea, fondo del río cargado de cantos rodados, de elementos de arrastre?, ¿o tendremos que vivir siempre en torno al rabia-chincha infantil de “te lo estás inventando”? Y no digo que quien no acepta el mito tal y como es carezca de imaginación, sino que piensa a un nivel lógico, mientras que el mito, como la literatura metapoyética que crea los mitos, lo hace a un nivel ficcional.

            Y, desengañémonos, la lógica de la ficción nada tiene que ver con la lógica científica. La ficción no es un concepto operativo, constatable e identificable en la realidad. Los mitos, bien lo sabemos, no van a caminar por la calle, pero existen con toda su plenitud en el mundo ficcional. Y este ámbito es el que integra el patrimonio inmaterial de un pueblo. ¿Acaso no existe don Quijote? ¡Tan real es como Miguel de Cervantes, lo juro!

NOTA. este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón Abogados/1555 Col.Ab.Cantabria). 

miércoles, 2 de abril de 2025

LA VIJANERA, BANDA MUSICAL DE “CANTÁBRICA”

 


Desde que estoy componiendo «Cantábrica» suelo ir a Silió de incógnito. Digo de incógnito porque voy solo. ¿Dónde está padre? ¡Ay, juca!, hoy es primer domingo del año, ¿no?... ¡No me digas que ha ido otra vez!... Sí, hija, sí, allí está, en la Vijanera, dice que se inspira. Pues no lo entiendo, madre, la verdad, con el follón de gente que hay... Oye, este hombre está cada vez peor, ¿no?... ¡Ya te digo, niña, ya te digo!

Pero sí, la verdad es que me inspira esa magnífica fiesta. Es la banda musical de mi obra. Allí me puedo sumergir en el estruendo vivo de los personajes de «Cantábrica», en el retumbar del pasado remoto, en el salto recio de los zarrramacos que pisan la tierra para despertarla, para recordarle que se espera el resurgir de las flores y el parto de las yeguas. Allí cruzo la mirada con la hierba viviente, con los trapajeros, con el gorila húngaro, con el oso, y me dicen sin palabras que existen, que mis personajes viven en algún lugar todo el año, pero que en la Vijanera bajan del Sid para que yo los vea y sepa que no han muerto. 

Y yo lo creo, porque los dioses de Cantabria no tienen imagen, flotan en sus existencias difusas de deidades supernumerarias, y en la Vijanera se dejan ver entre miles de turistas y fisgones por aquel que tenga los ojos abiertos, los oídos listos y el alma presta. ¡Aquí estamos, Javier!, me dicen, ¿quién ha dicho que hemos muerto hace más de mil años?

Además, siempre me sucede algo divertido. Uno de estos años, por ejemplo, creo que en 2024, cansado de tanto barullo y de tanta gente, me senté en un murio tras el cual había un prado, bien abajo. Llevaba el paraguas colgado a la espalda, no me acordé de él y cayó al verde. ¡Madre, cómo sacarlo! Pasó por allí un tipo que me quiso ayudar con el suyo, por ver si alcanzaba su mango a trincar el del mío, y los dos nos colocamos barrigas sobre el murio a intentar levantarlo, pero nada.

En esa postura le dije que si pasase el hombre toro y nos viera de tal guisa no sabría decir lo que nos haría, porque poco antes observé cómo un minotauro vijanero mochaba hasta las paredes. Nos reímos, pero nos levantamos por si acaso, pues nunca se sabe si unos recios cantabrones de pro podrían resistir un ataque sorpresivo por la retaguardia.

Yo, valiente, bajé a por el paraguas no sé cómo, la verdad, y subí, tampoco recuerdo de qué manera, pero sí que el amigo y su esposa me ayudaron. Cuando alcancé la carretera con mi paraguas recuperado al fin, les dije: ¡gracias, samaritanos!, pero claro, eran mucho más jóvenes que yo y no debían conocer la parábola del buen samaritano, ese que ayudó a un prójimo sin saber quién era y Dios se lo agradeció como si le hubiera ayudado a él mismo; total que me contestaron: bueno, no, no somos de ahí, sino de algo más lejos. ¿Qué entenderían?, ¿que Samaría estaba por Bilbao?

Al rato, me pasó un tipo al lado, el cual llevaba también una máquina de fotos y disparaba contra todo, y me dijo —yo no lo conocía—, que venía detrás nada menos que Cristina García Rodero. ¿Quién sería esa, quién sería el fotógrafo? Yo le dije: ¡pero qué me dices! Él contestó: lo que oyes, en carne y hueso. Yo repliqué: ¡joder, hay gente pató!, pero, la verdad, ese nombre no me decía nada.

Luego me enteré de que era una famosa fotógrafa a nivel nacional, especializada en eventos populares. Seguro que el día menos pensado me la encontraría en la Feria de la Sidra en Escalante, o en la fiesta de la entronización del dios Airón, natural también de la Villa.

Bueno, esto es todo, que ando muy liado corrigiendo pruebas y más pruebas de maquetación, todo un viacrucis. ¿Cómo he podido escribir tanto, preguntas?... Porque padezco de grafomanía, amigo, una enfermedad mental no catalogada o, al menos, un síntoma rarito que tira a sospechoso de algún desarreglo hombros arriba.


Entrega 6.- PARIDORAS DE CADÁVERES

  PARIDORAS DE CADÁVERES                                                I   Tertia Emilia ordenó que se subiera el telón y arrecia...