PARIDORAS
DE CADÁVERES
I
Tertia Emilia ordenó que se
subiera el telón y arreciaron los aplausos. Seguro que Lisístrata triunfaría
una vez más, como debía de ser, como lo pedía la historia de entonces y lo pide
la de ahora. ¿Y qué es, querida
Lisístrata, para lo que nos convocas a las mujeres? ¿Qué cosa? ¿De qué tamaño? Risas
entre las espectadoras, miradas pícaras, empujoncitos cariñosos. Grande. ¿Y gorda también? ¡Muy gorda, por
Júpiter! Entonces, ¿cómo no estamos aquí ya todas? ¡Sí que estamos, sí que
estamos!, dijo una voz casi infantil en el fondo de la sala. La carcajada fue
general. Las mujeres de Roma se sentían distendidas. En una esquina, vestida de
negro, seria y triste, Lelia, la viuda del legionario Cayo y madre de un
superviviente. Con la cabeza apoyada en su hombro, la hija pequeña, Florila,
que reía imitando a las demás. Tras ellas, sus otras dos hijas, las dos
gemelas, Floronia la vestal y Secunda, rostros de belleza multiplicada al verse
juntos. Algunas las miraban de reojo y con envidia. Secunda, que había asistido
a muchas representaciones de Lisístrata, acariciaba el oído de su hermana, la
aprendiz de sacerdotisa con comentarios y risitas traviesas. Me agrada que
hayas traído a la pequeña vestal, Opimia, dice la joven Tertia. Sí, ¿dónde
aprender mejor las picardías de la vida que entre buenas amigas?
Una
esclava ofreció a la dómina y a la Gran Sacerdotisa sendos vasos de limonada.
Qué razón tienes, Opimia, ya ves a Secunda, su hermana, qué espabilada está.
Como bien dijiste joven amiga, en el Foro madura la fruta antes que en nuestro
templo, y hasta he oído decir que Secunda tiene amores con un muchacho, ¿cómo
se llama?, no me viene su nombre, me estoy haciendo vieja…. ¿Te refieres a
Cantilio? El mismo, tengo entendido que está en la lista de supervivientes y me
ha dicho Lelia, su madre, que Secunda anda muy enamorada... Es cierto, dicen
que la cosa va en serio, y a mí me parece estupendo, las de Floronio son muy
buenas personas y se merecen algo de felicidad, yo las conozco desde hace poco
tiempo pero las considero romanas de una pieza... Ese tal Cantilio es muy amigo
de Marco Floronio, ¿verdad? Sí, madre, son inseparables, los llaman los grandes
cazadores de elefantes y los tienen por héroes. Todo eso lo sé, Tertia, aunque
no me acordaba de su nombre algo había oído sobre su hazaña, pero lo que ahora
necesito es que me hables de otro, de un tal Tito, del que se cuentan cosas
horribles, dime, ¿quién y qué relación tiene con Secunda?, ¿sabes algo de esto?
Pues sí, verás, dicen que es el enemigo natural de Marco y de Cantilio, que
incluso se enfrentaron daga en mano el día anterior a la batalla del Ticino...
Algo así había oído, querida... Además, te diré madre que antes de alistarse en el ejército anduvo
detrás de Secunda. Por eso, precisamente, me intereso por el personaje,
comprenderás que todo lo relacionado con la hermana gemela de mi pupila sea de
extremada importancia para mí... Por supuesto, Opimia, te entiendo, verás, se
dice que en una ocasión lo corrieron a pedradas el hermano de Secunda y
Cantilio porque quiso propasarse con esta. ¡Qué horror!... Lo que oyes, y te
diré más, vestal, es un hombre de mal vivir, un ladrón y un proxeneta, además
parece que ya ha regresado a Roma, no me preguntes cómo ha logrado zafarse del
ejército, y que se dedica a oscuros negocios en las Tabernae… La verdad, Tertia
Emilia, me admira todo lo que sabes para ser tan joven. Es cierto, procuro
estar enterada, pero sobre todo de lo que les atañe a nuestros clientes, es un
gran consejo que me ha dado mi buen padre. Me parece sabio tal proceder, niña,
pero los Floronio tienen como patrones a los Postumio, si no estoy mal
enterada. Es verdad, madre, pero por poco tiempo, los han tratado muy mal y mi
padre va a admitir su candidatura a nuestra clientela, es cosa de días que se
integren en la familia. La idea me parece excelente, niña, y me alegro por
Lelia y sus hijas, pero sigo admirándome por tu capacidad, Tertia Emilia, pues
yo sí que estoy enterada también de cosas, pero de las relacionadas con la gran
política, no de las minucias de la vida cotidiana, tan importantes también para
circular por esta colmena de Roma, por eso me siento tan agradecida a una joven
como tú que me ayuda a abrir los ojos… Cuenta conmigo para tenerte al corriente
de todo, vestal. Pues háblame más de ese tal Tito, ¿dices que anduvo detrás de
Secunda? Sí, y es muy mala persona, cuentan de él que trafica con todo, desde
vino hasta mujeres, y ahora se dedica a engañar a pobres viudas de guerra... Me
pregunto, Tertia, cómo consigues tanta información porque una cosa es que
quieras saber todo de la gente cercana a los tuyos y otra que, con tu juventud,
te enteres de tanto detalle porque, según tengo entendido, no eres aficionada a
frecuentar el Foro... Tienes razón, ni paseo con las haraganas de mi edad, ni
frecuento sus reuniones y fiestas, pero cuento con los informes que le llegan a
mi padre de sus colaboradores y, además, siguiendo su consejo, me he rodeado de
personas fieles que tengo repartidas en todos los rincones de Roma y, por
supuesto, también redacto informes con lo que ellas me cuentan para mi buen
padre. Admirable, hija, llegarás muy lejos... A lo que iba, Opimia, ese Tito
persigue a Secunda, pero ella prefiere al tal Cantilio, el amigo de su hermano,
un hombre sencillo y valeroso… La gran vestal miró sagaz a la anfitriona, este
sería su turno, pues estaba convencida de que la joven matrona tan admirada por
todos y tan admirable, tenía también su punto débil: ¿Y tú a quién prefieres,
Tertia Emilia? Esta, tomada por sorpresa, se azoró. ¿Quizás a Marco Porcio
Catón, que te sigue por el Foro como un perrillo?, ¿ves?, a la Casa de las
Vestales también llega alguna que otra noticia... La aficionada al espionaje,
muchacha al fin y al cabo, se sobresalta y
lanza reniegos contra el estrafalario personaje que tan pesado se pone
en ocasiones con sus intentos de acercamiento. Era un decir, querida, no me
hagas caso, pero tengo mis años y sé lo que sé, y percibo que ahora mismo estás
algo inquieta, y que miras y remiras por entre el público, ¿acaso deseas que el
joven Escipión retorne? Mujer, Opimia, qué cosas tienes... Es que, querida,
aseguraría que no te lo quitas con facilidad de la cabeza, y no te ruborices,
joven Tertia, que bien sabes que te has quedado sin rival... ¿No pensarás
que...? Pienso que el dios de los secretos es Mercurio, el alado que va de aquí
para allá y, aunque no lo creas, en alguna ocasión se posa en el tejado de
nuestra casa sagrada, y te digo que Sulpicia no es rival para ti, mírala allí, la pobre, en su rincón sola y triste, y
no me extraña con todo lo que me has contado sobre maleficios y desamores.
Tertia Emilia mira a la gran vestal con ojos admirados. Es toda una maestra de
la observación, aunque a la muchacha tampoco le importa que se conozca su
secreto. Publio Cornelio llegará a ser el hombre más notable de la República, y
ella sería feliz reforzando su destino y dando hijos suyos al mundo, además, es
tan apuesto... Anda, vestal, anda, dice al fin la joven, que ya sé que no se te
escapa palabra y que hay que andarse con cuidado al hablar contigo. No te
habrás enfadado, ¿verdad? ¿Cómo me voy a enfadar, madre Opimia?, aunque a veces
eres más maléfica que Tiberina. En cierto modo, así es, niña, yo tengo mis
artes de vieja, pero atendamos a lo que representan en el escenario, querida
Tertia, que mucho se ríen todas. Tienes razón, dice la anfitriona y besa a la
Opimia con cariño filial. Sabe que su secreto está bien guardado en el corazón
de la Gran Sacerdotisa de Vesta.
Hasta ahora os hemos aguantado, queridos
hombres, perora Lisístrata, ¿o no es así? Cuántas veces nos contabais lo que
habíais pactado y nos dábamos cuenta de que eran bobadas, pero os preguntábamos
sumisas, ¿Y la paz, para cuándo?, y vosotros respondíais eso de calla, mujer,
eso no es asunto tuyo, y nosotras callábamos, pero luego nos enterábamos de que
vuestras nuevas decisiones eran cada vez peores que las anteriores y que la paz
se alejaba, y llegábamos a la conclusión de que erais imbéciles… Risas
de las espectadoras. Eso que dices es
inadmisible, estúpida mujer, chilla el comisario de Atenas. Gritos de
reprobación, insultos entre el público. ¡Cállate,
mamarracho! Sí, anda, ¡voy a callarme yo llevando tú un velo de mujer en la
cabeza, ¡hasta ahí podríamos llegar! Pues toma, desgraciado, toma mi velo y
póntelo donde puedas, a la cintura por ejemplo, a ver si te adorna eso que
llevas colgando… Grandes risas, aplausos, saltos, bailes, algarabía. Es lo
que reclaman, querida, dijo Opimia a Tertia Emilia. Sí, las pobres, mira cómo
disfrutan. ¡Desnudémonos también nosotras
para que olamos a mujeres irritadas hasta morder! ¿Sabías, Opimia, que hay
desalmados que, como te dije antes, hacen fortuna a costa de las pobres viudas?
¿Te refieres al tal Tito? Sí, pero también a otro colega suyo del que es uña y
carne, seguro que lo conoces. No sé, hija, tú dirás quién es. Se trata de uno
que se las da de literato y que dice ser descendiente de los Fabio, se llama
Pictor. El rostro de la gran vestal se oscureció. Ya lo creo que sé quién es,
un simple asistente de mala muerte, un bastardo que se atrevió a dar de
fustazos a aquella pobre… A Lelia, ¿verdad?, la madre de tu vestal, toda Roma
se enteró. De lo que yo me entero ahora, Tertia, es que si el tal Tito es la
mitad de malvado que su socio, sería ya un monstruo del Tártaro; ese canalla de
Pictor golpeó a Lelia sólo porque deseaba preguntarle si sabía algo de los
muertos en la batalla del Ticino. Cierto Opinia, me estremecí al enterarme, un
liberto golpeando a una matrona, a una ciudadana. Yo misma le arrebaté la
fusta, y debí de haberle cruzado con ella el rostro en el momento, pero pensé
que era suficiente con… ¡Una lástima que no lo hicieras, Opimia!… Sí, pero
consideré que bastaría con enviarlo a la guerra y, por lo que me dices, pronto
ha retornado esa víbora… Y se está haciendo de oro negociando con los
patrimonios de las infelices, pignorando por aquí, invirtiendo por allá,
adjudicándose bienes en pago de gestiones no realizadas, ya sabes, todos los
trucos habituales… Buitres, eso es lo que son.
Los
rostros de las dos mujeres se ensombrecieron y contrastaban con la alegría que
reinaba entre las espectadoras. Estas se desternillaban de risa porque
atenienses y espartanos desfilaban por el escenario con el armamento subido,
como burros en remonta, tropezando los lanzones entre sí. Pues sí, no volveremos a abrirnos de piernas para vosotros, gritó
Mirrina, la espartana, hasta que no hayáis firmado la paz. Ellos las miraban
con ojos babeantes. La verdad, Emilia, son actores extraordinarios. Sí lo
son, es la compañía de Poliato. El que hace de Lisístrata es Hermes de
Alejandría… A mí me gusta más el que hace de Mirrina, me parece más natural, no
sé, más femenino… Ya, ¿verdad?, lo que no entiendo es cómo no podemos nosotras
representar también?, ¿no lo haríamos mejor que ellos? Tienes toda la razón,
Tertia. Pues mira, ese actor que tanto te ha agradado es un esclavo de mi casa.
Es un excelente artista, la verdad. Poliato, en cuanto lo escuchó en una prueba
quiso que se lo cediera; yo me he negado, por supuesto, aunque pienso darle la
libertad pronto. Me parece muy acertado. Se llama Páculo y es siciliano, pero
fíjate en aquella muchacha que recita entre labios la obra, ¿la ves?, observa
lo embelesada que está; se la sabe de memoria. Es su hija, Pácula, que
representa aún mejor que el padre, pero claro, sólo yo la he podido escuchar,
una delicia, Opimia, te lo aseguro. Parece muy bella. Son gente de mi total
confianza, los trajimos de Sicilia cuando mi padre estuvo allá de gobernador,
pero no quiero darles la libertad todavía, querida, la verdad es que temo por
él pues es hijo de un griego que predicaba el culto de Dioniso, y eso no está
bien visto en Roma… Tienes razón, Tertia, es una religión que no termina de
cuajar en esta tierra. Sin embargo, en la griega Sicilia ha hundido sus
raíces... Sólo que entre el pueblo, entre los humildes, ¿verdad? Es cierto,
vestal, así es, pero yo he conocido sus ritos porque mi padre quería
confraternizar con el pueblo, y te aseguro que lo logró, permitió el culto,
incluso lo fomentó y cuando partíamos de Sicilia todos lloraban, todos nos
abrazaban, desde el magistrado hasta el más bajo de los ganapanes, hasta los
esclavos, y no por casualidad, sino porque el procónsul demostró estar cerca de
su pueblo. Pero, niña, es gente peligrosa según cuentan. No hagas caso, eso se
ha dicho de todos los cultos que no gustan, que si practican sacrificios
humanos, que si delinquen, todo falso. No sé, Tertia, no sé. Es un gran cemento
social, querida vestal, y creo que no conviene despreciarlos por ser griegos o
por ser pobres, eso es lo que piensa mi buen padre, y lo que pienso yo misma.
¡Por los dioses!, ¡si te escuchara hablar así tu pretendiente Catón! ¡Sería
fantástico!, saldría espantado de mi lado, mira, me has dado una buena idea,
quizá me lo quitaría de encima con más facilidad. Pues Publio Cornelio Escipión
no debe de pensar muy diferente de su amigo... Si se diera el caso, madre, ya
me encargaría yo de convencerlo... ¿Si se diera el caso?, ¿qué quieres decir,
pequeña?, ¿estás reconociendo lo que me imagino? Bueno, tú ya me vas
comprendiendo madre Opimia. Las dos damas ríen de nuevo cogidas de la mano.
Pero, sí que es cierto que deseo proteger a mis dos esclavos, al padre y a la
hija, Páculo y Pácula. Haces bien, además la muchacha es preciosa. Aunque no
tan bella como Secunda o Floronia, por cierto ¿qué tal va el aprendizaje de
esta? Pronto me sustituirá, si lo quieren los dioses...
¡Ya han firmado la paz! ¡Ya han firmado la
paz! Los bailarines iniciaron una danza trepidante, todos de la
mano. Las espectadoras los secundaron, algunas subieron al improvisado
escenario. Varios esclavos sacaron tambores. Una mujer de origen gaditano,
aprovechó para exhibir su arte alocado, para hipnotizar con el vientre
oscilante, lúbrico. Todas aplaudían en corro marcando el ritmo y reían. Es lo
que piden estas pobres, Opimia, aunque también necesitamos la victoria, por
desgracia no basta con que cierren sus piernas nuestras mujeres, entre otras
cosas porque cada vez hay menos hombres. Pues pronto habrá menos aún, noble
Tertia, que no han pasado seis meses desde Trebia, y en pocos días saldrá
Flaminio al encuentro de Aníbal, ya va la tercera y se reforzará la legión de
viudas. ¿Crees que vencerán nuestras armas, noble Opimia? Verás, hija, yo
conozco el futuro, pues está escrito en los Libros Sibilinos, pero nada puedo
decir de él, salvo que sea interrogada por la autoridad legítima, ¿lo
entiendes? ¿Nada de nada puedes contarme? Nada, Tertia, pero veo que es
acertada tu elección. ¿Elección de qué? ¿Acaso no has elegido ya a Publio
Cornelio Escipión? Ya sé que soy transparente para ti, madre. Eres aún muy
joven, pero sí, has acertado, hija, él salvará a Roma. El rostro de Tertia
Emilia se iluminó justo en el momento en que Lelia se acercaba para
cumplimentarla. Se inclinó ante la anfitriona y quiso tomarle la mano para
besársela. Esta se lo impidió y correspondió a su amabilidad asegurando que la
concentración de mujeres en el Foro fue un gran ejemplo para todas las matronas
de Roma. Se abrazaron llorando.
La
noche había caído ya. Las mujeres se retiraban risueñas. La primavera flotaba
en el aire. Proserpina, dicen que amante de Dioniso, acababa de abandonar el
Hades para embellecer la tierra. El carro de Helios se retiró del horizonte, y
se cerraron las tiendas de las Tabernae al norte del Foro, y se cerró también
la puerta de la casa de Postumio a la espera del próximo día en el que se
repartirían nuevas sportulas raquíticas,
pero entre sus clientes ya no estarían ni Lelia ni Secunda. Las matronas de
Roma elegirían aquella noche sus mejores túnicas para sacrificar al día
siguiente, frente al altar de Quirino, delegadas por el Senado para calmar a
los dioses y acallar a las rebeldes. Se evaporaron los humos de las termas,
cargados de graves consideraciones. ¿Quién podía pensar que Roma se gobernaba
entre masajes y chascarrillos?
Dos
semanas después, seis meses tras la derrota en el Trebia, Flaminio, el cónsul
del año, sería habilitado para el mando de la tropa por el Senado, y Roma
probaría fortuna frente a Aníbal una vez más. El nuevo cónsul rechazó toda ayuda y vetó la presencia de los
Escipiones en su estado mayor. Esta vez el púnico sería derrotado, ¿qué duda
cabía?, y nadie podría discutirle la victoria. Pero en los libros custodiados
en la Casa de Vesta, a poco que se aplicase con honestidad el arte de la
interpretación, estaba escrito que lo
hallarían emboscado en el lago Trasimeno y que la ciudad debía de prepararse
para derramar nuevas riadas de lágrimas por sus hijos. ¿Decían también los
libros sagrados que las romanas fueron engendradas para parir cadáveres? Esa
era la triste realidad.
II
La triste realidad se hallaba
en la trirreme fantasma que, poco antes, surcara por la noche el cielo.
Atravesó el círculo de la luna llena a la vista de los atemorizados romanos.
¿Quién no vio tal prodigio? Contaban que en el templo de la Esperanza, allá por
el foro de las hortalizas, cayó un rayo y destrozó la estatua de Juno, y que en
Lanuvio un cuervo se sentó sobre la almohada sagrada de Apolo. Como, además,
en Picenum habían llovido piedras, los decenviros consultaron los libros
sagrados y dijeron que debía complacerse a Juno con nueve jornadas de
oraciones, regalar una corona de laurel de oro a Júpiter, su esposo, y celebrar
cenas sagradas a las que debían ser invitadas las estatuas de los dioses. ¡Ay
del pueblo al que sus físicos prescriben pócimas tan insípidas como el agua!
Pero los avisos de los dioses nunca caen a la tierra en vano y la República
también fue derrotada en la tercera batalla contra Aníbal.
Mil
hombres y mil mujeres corrían alocados por las calles de Roma, hormigas
descarriadas. A todos preguntaban, a todos abrazaban, sobre todo hombro se
lloraba, en todas las esquinas se detenían en busca de información. ¿Cuántos
han muerto esta vez? Quince mil. ¿Dónde ha sido? En el lago Trasimeno. Pero,
¿cómo es posible? Ya ves, Flaminio, el inútil. Si ya se lo veía venir, mucho
cuello estirado y poca cabeza sobre él. ¿Pero cuántos han sobrevivido? Todos
muertos o hechos prisioneros. ¡Qué me dices! ¡Repítelo otra vez! ¡Yo no me lo
creo!… ¡Quince mil!... ¡Mi hijo!, ¿dónde está mi hijo?... ¿Quién puede decirme
algo de mi esposo Flebacio, el mejor de los hombres?... Parece que Catón ha
informado desde las Rostra que unos mil han conseguido escapar, que andan dispersos
por Etruria y que terminarán regresando a Roma, que tengamos paciencia.
¡Pandilla de inútiles! Legiones de llorosas viudas en potencia, probables
esposas preñadas de miseria, tristes ancianas de vientres caídos y sangrantes
rotos por el esfuerzo de tanto parir para nada, se concentraron en las puertas
como bandadas de cuervos. ¿Por qué las castigaban los dioses tan cruelmente?,
¿por qué tal incertidumbre? A todos preguntaban. Pocos respondían. Los viajeros
que llegaban a la ciudad intentaban esquivarlas, su abrazo ansioso podría
resultar fatal. ¡Cuidaos! Son muchas y no se atienen a razones, aconsejaban los
guardias. El Senado no era bien tratado por las bocas de aquellas mujeres a las que nada les importaba sino saber si
verían de nuevo a sus hombres. Las togas blancas que se aventuraban a cruzar la
calle eran decoradas con inmundicias, envueltas en insultos, rociadas con polvo
del camino. Los carruajes preferían esperar la caída de la noche para atravesar
las puertas de la Urbe. ¡Ha sido en el lago Trasimeno! ¡Más de quince mil
muertos!... ¡Ay, de mi pequeño Higinio que iba con los hastatii!... ¡Ay de mi amado Delfino, que fue con los princeps! ¡Ay de mi nieto Ambronio, al
que llevaron los vélites! Una semana
antes, en el Foro Boario, un buey había subido al tercer piso de una ínsula,
interrumpió la comida de una familia, destruyó el hogar, aterrorizó a los niños
que se acurrucaron en un rincón, y terminó arrojándose por una ventana tras
cornear al paterfamilias. Los sacerdotes interpretaron que urgía purificar la ciudad y sacrificar víctimas
mayores. Los libros sagrados parecen hablar, dijeron. Luego se comprobó la
realidad de la predicción y lo inocuo del remedio: ¡Quince mil! ¡Quince mil
muertos! Sólo mil han escapado de la caballería púnica y de las cadenas…
Lelia
se encaramó al pódium de las Rostra, lugar prohibido a las mujeres. Muchas la
contemplaban. Muchos hombres también. Estaban irritados y expectantes, brazos
crispados que elevaban al cielo los puños impotentes; algunos eran ancianos que
antaño vistieron peto de hierro, se tocaron con fríos cascos y se armaron con gladiums afilados, ahora sentían la
rabia resbalar por sus labios, no sabían bien contra quién. Los niños lloraban,
tampoco sabían por qué, quizá porque percibían el movimiento del suelo bajo sus
pies. Entre la multitud la dama Sulpicia se lamentaba, ¿por la desgracia
colectiva?, ¿por sus imposibles amores con el joven Escipión, cada vez más
lejano? En primera línea, Secunda, la bella, que contemplaba, admirada, el
rostro de su madre de cuya boca saltaban las palabras incendiarias. Algo más
alejada, una vieja que se escondía bajo una raída túnica, la maléfica Tiberina,
buscaba el mejor hueco en los muros cercanos para esconder su cuerpo huesudo,
repleto de veneno. Y asomados con cuidado a la terraza de las Tabernae, dos
carroñeros que también miraban la escena: Tito y Pictor. ¿Qué consecuencias
traería esta nueva derrota para sus negocios de buitres? Quizá una bendición
añadida de los dioses, un mar sin fondo de clientas hambrientas, o todo lo contrario
con Aníbal a las puertas, ¡quién sabía!...
¿Hasta
dónde ha de llevarnos la incuria de nuestros gobernantes?, preguntaba Lelia
desde la atalaya que tuvo el atrevimiento de usurpar a los hijos de Júpiter en
nombre de una deidad más antigua aún, la diosa que a todos pariera, la que
engendra el mundo día a día, la Madre creadora. ¿Tengo que ocupar esta tribuna
yo, considerada una inútil, pues soy mujer, para hablar como un magistrado? Eso
sólo sucede cuando han dejado de existir hombres, cuando nuestros esposos,
amantes, hijos, hermanos y amigos han muerto por la incapacidad de esos que se
reúnen para ofrecer a los dioses sacrificios necios. Aplausos, gritos, patadas
a las losas del Foro. Pues, hermanas, ya está cumplido el sacrificio de los
sacrificios con nuestros hijos muertos en la orilla y en el fondo del lago
Trasimeno, ¿qué más se necesita?, ¿ofrecerle a Júpiter una corona de oro?,
¿invitar a comer a la estatua de un dios acomodándola en un triclinio?,
¿sacrificar una paloma, cien palomas, mil palomas a Quirino? ¡Necedades! ¡Los
dioses ríen por nuestra estupidez! La multitud rugía y su clamor era viento
huracanado. La elocuencia de Minerva se había apoderado de la lengua de Lelia y
la usaba como látigo contra los incompetentes magistrados. Los nuestros
murieron abandonados por los humanos y por los dioses inmortales. ¿Dónde están
estos? ¿Por qué se irritan? ¿No será porque los falsos, esos que nos contemplan
escondidos detrás de aquellas columnas, no son capaces de protegernos? ¿A qué
tantas leyes, tanta república, si a la hora de la verdad no se respetan
nuestras vidas?, ¿y qué otra cosa poseemos los pobres más valiosa que la vida?
Las
calles de Roma ardían, incendiadas por las palabras de las mujeres que
peroraban desde la varonil tribuna, oratoria nacida del vientre, plagada de
sangre menstrual y de vísceras resecas por el sufrimiento. No hubo
establecimiento que no sufriera las furias de la multitud, lametazos de aguas turbias peores que las del
Tíber cuando se sublevaba. Ningún togado se libró de insultos, de mujeres que
los rodeasen y que hicieran corro a su alrededor sujetas de las manos, plagadas
de imprecaciones sus bocas, brazos desgarradores. Algunos cuerpos yacían en el
Foro, víctimas tardías en la retaguardia de la batalla del Trasimeno. La dama
Sulpicia, asustada, corrió a esconderse en lo más profundo de su domus; hasta el recuerdo del joven
Escipión quedó borrado por el miedo. Tito y Pictor, bebedores de sangre de
madres, se refugiaron en la oficina de las Tabernae y cerraron con varias
cadenas superpuestas. Faustina, la rica ornatriz,
mucho sabía del coraje pasajero de las mujeres, y se limitaba a escuchar el
trueno de la calle mientras limpiaba los trebejos que acariciarían a las damas
más nobles, ya se encargaría ella de predicar las mil verdades sobre aquellas
revoltosas que querían trastocar el orden establecido. La dama Valeria se
escondió entre los brazos temblorosos de su esposo, Marco Junio, el cual
prefería mil veces enfrentarse a las hordas de Aníbal que a la rabia ciega de
las masas enfebrecidas; todo pasará, querida, dijo a su atemorizada esposa que
pensaba más en el esquivo Escipión, su amor adúltero, y en el castigo mágico
que le infligiera, que en el consuelo del viejo marido. Siempre pasa la cólera
del pueblo, como los temporales que envía el cielo, querida, ya verás.
III
¿Qué otra cosa más valiosa que
la vida tenemos los pobres?, continuaba la incansable Lelia desde su tribuna,
porque, ¿qué es defender la vida?, ¿ordenar, como propuso el pretor Cayo
Atilio, que se hagan votos para que la República quedara inmóvil como esculpida
en mármol durante diez años más?, ¿imponer una rogativa individual de todos los
jóvenes en edad militar en el templo de Hércules? Ya sé que alguno de los que
otean tras las columnas pensará que es sacrílego cuanto digo, pero me es igual.
Si los dioses han decidido dar la espalda a Roma, ¿para qué puede servir una
comilona ritual en la que se invite a sus estatuas? Además, no sé vosotras,
hermanas, pero en mi casa no podemos ni ofrecer un pedazo de pan al más humilde
de nuestros dioses penates… ¡Que coman los caballeros y los senadores, que pase
hambre el pueblo y que los dioses se rían de nuestra estupidez! ¡Eso es lo que
pretenden los padres de la patria! ¡Esas son las soluciones que nos ofrecen!...
El discurso fue interrumpido por un rumor que
atravesó el Foro. Alguien aseguraba que empezaban a llegar los
supervivientes. Las mujeres partieron por cientos hacia la puerta Capena, en la
colina del Celio. También vienen por la Esquilina, dijeron otros. El Foro se
vació. Como garrapatas se pegaron las romanas a las puertas, pero nadie
llegaba. Retornarán, decepcionadas, a la gran asamblea, pero ya será tarde.
Los
poderosos, los de siempre, habrán recuperado su derecho ancestral a hablar
desde las Rostra al pueblo. ¡Con cuánta facilidad se podía desmantelar un
hormiguero por muy rabiosas que estuvieran las hormigas! Los dos Escipiones,
padre e hijo, junto con el joven Catón —conocido en toda Roma por ser el único
miembro del Senado que caminaba descalzo para mostrar su preferencia por las
antiguas costumbres— dominaron la situación tras expulsar a las mujeres del
estrado. Pronto se vieron rodeados por mil curiosos ciudadanos: sus amigos
incondicionales, las que retornaban decepcionadas y cansadas de otear el
horizonte en las puertas de la ciudad, los que salían de sus casas al ver que
el orden estaba ya restablecido. Desde la recuperada tribuna, Catón, el joven orador
descalzo, escoltado por las capas y armaduras de los dos grandes militares de
la República, los Escipiones, relató al pueblo la heroica muerte del gran
Flaminio, el general derrotado en el Trasimeno: La verdad de lo sucedido es la
siguiente y no otra, decía. Según cuentan los supervivientes a los que acabamos
de interrogar, nuestro cónsul destacaba por su armadura y las plumas de su
penacho, y era objeto de los más fieros ataques del enemigo. Con agilidad de
felino, heridos los brazos y las piernas, Flaminio se multiplicaba por atender
a los puntos débiles, por reforzar la moral de sus hombres, por cargar contra
los más aguerridos púnicos, por vociferar, por ensartar, por hendir, por
machacar, por llamar a gritos a la sorda Victoria. Pero los enemigos se
arremolinaban en torno a él como enjambre de abejas enfurecidas. Caían desde lo
alto de la colina donde se escondieran traidoramente y lanzaban sus dardos de
furia hacia el cónsul. Los camaradas de este hacían todo lo posible por
contener a los que buscaban su perdición, pero nada pudieron contra la rabia de
un jinete ínsubro. ¡Aquí está el que quiere defender las murallas de Roma, la
maldita por los dioses púnicos!, gritó el gigante y arremetió contra la densa
masa de los nuestros que defendían a su general, clavó la lanza sobre un
valiente que quiso interponerse y, mientras Flaminio luchaba por reforzar el
flanco más débil de su torturado ejército, con el mismo lanzón que desgarrara
el pecho del triario que lo había defendido, fue atravesado el valiente cónsul.
El bárbaro se cebó en su espalda al no atreverse a buscar el rostro del gran
romano. Nuestros hombres acuchillaron al asesino con la peor saña, pero
Flaminio yacía en el fango. El joven Catón hizo una pausa retórica. Sabía que
el pueblo estaba pendiente de sus palabras, que ese patriotismo consolador era
muy necesario tras la nunca vista derrota; el auditorio estaba dominado. Por
desgracia, ciudadanos de Roma, su cadáver no ha aparecido. Por ahí está, en el
éter, protegiendo nuestras murallas con su valor. Y no os quepa duda de que
Roma puede perder una batalla, pero nunca la guerra…
De
nuevo el rumor, y el orador quedó con la palabra en la boca: ¡Llegan por la
Lavernalis!, ¡Esta vez es de verdad! ¡Hacia el portón Lavernalis! Lelia y
Secunda también se dirigieron a aquel lugar. Vieron a una multitud que
bloqueaba la puerta y cargaron sobre ella con el coraje que aún les bullía en
el pecho tras haber sido desplazadas con artimañas de las Rostra y pronto
alcanzaron la primera fila. Vieron a los heridos recién llegados, examinaron
sus rostros uno a uno, hasta que las miradas de madre e hija recayeron en una
nariz inconfundible, en un pelo rizoso conocido, en unas orejas pequeñas y muy
besadas, en un mentón que en otro tiempo mirara a todos desde lo alto, en unas
manos sucias, ensangrentadas, de dedos familiares, en un pecho coronado por dos
pequeñas colinas pintadas, las tetillas infantiles que Lelia besara cuando era
niño para hacerle cosquillas, chupetones que provocaban la risa nerviosa del
pequeño. Era Marco, el hijo perdido. Se abrazaron con los ojos. La madre besaba
una y otra vez las manos del guerrero y se embadurnaba el rostro con su sangre
seca. Secunda preguntó al hermano por su amado Cantilio, y Marco respondió que
él no lo vio morir. Una sombra de esperanza iluminó los ojos de la joven.
Cuando los brazos solidarios de los vecinos se dispusieron a llevar al
superviviente a la triste casa de los Floronio, un esclavo se acercó con la
orden de que Marco fuera trasladado a la domus
de sus nuevos patronos: los Emilios.
IV
Hoy, la domus de los Emilios es acariciada por el sol del medio día, como
iluminaba este las Rostra tantos años atrás, cuando Lelia tuvo el atrevimiento
de asaltarlas, heroicidad tan grande como que una marabunta de hormigas se
apodere del mismísimo Olimpo, hogar de los dioses. Con igual fuerza que
entonces brilla hoy el sol, y hace relucir el mármol de las estatuas del Foro.
Aquel lejano día, tras la derrota del lago Trasímeno, resultó inolvidable para
Tertia. Su padre, Paulo Emilio estaba ausente reclutando tropas y ella tuvo el
atrevimiento de salir a las calles en cuanto se enteró del revuelo que se
estaba formando; la fogosa sangre de los Emilios movía sus piernas hacia el
peligro. Bajó acompañada por la joven esclava Pácula Annia, qué bella voz tenía
por aquellos tiempos, y por un fuerte esclavo germano que recibió la orden de
mantenerse vigilante en todo momento. Iba embozada, con la peor de sus túnicas,
con el más humilde de sus peinados, con la más disimulada apariencia, sin
maquillar y mal puesta. Pese a tanta precaución temía ser reconocida. Pácula,
sin embargo, insistía en que perdiera cuidado, pues parecía una mujer más del
pueblo. Se situaron lo más atrás que pudieron entre la masa de romanas llorosas
fieles a Lelia. Esta parecía una heroína de Esquilo, una troyana destrozada por
la derrota, una sabina orgullosa, una Lucrecia dispuesta al sacrificio, o Eris
clamando por la venganza, o una Gorgona que fulminaba con la mirada, o Artemisa
dispuesta a lanzar sus justicieros dardos. No recuerda lo que la matrona decía,
pero sí que vestía de negro de pies a cabeza, y que su rostro refulgía, que su
cuerpo se convulsionaba de indignación y que el fuego se contagiaba a la masa,
al auditorio de hojarasca que prendía en llanto, en ira, en el clamor que precede
al viento huracanado. Daba la impresión de que los ardores de la irritada Madre
Tierra escapaban por alguna resquebrajadura del pavimento. Tertia Emilia tuvo
miedo. Pácula Annia tomó su mano. El esclavo germano estaba justo a su espalda,
atento; el padre la había ordenado que jamás saliera sin él a la calle. Tenía
la impresión de estar en la falda de un volcán a punto de estallar; la tierra
temblaba al son de las palabras de Lelia. La noble Tertia no volvería a ser la
misma tras escuchar tan extraña soflama, cuyo contenido, sin embargo, no
recuerda, un discurso guerrero nacido de las entrañas de una simple mujer, unas
palabras que saltaban de vientre a vientre hasta inundar el Foro, hasta hacer
tambalear los cimientos de las columnas sobre las que se sostenían los héroes
de Roma. Y, al fondo del gentío, escondidos tras las Rostra, los empequeñecidos
senadores. ¡Quince mil muertos!, gritaba la oradora, eso sí que lo recuerda.
¡Quince mil muertos!, coreaban quince mil bocas en un rumor telúrico. Y los
escondidos senadores, cada vez más chicos. Recuerda Tertia Emilia que, justo
bajo el podio de las Rostra un grupo de chiquillos jugaba a pillarse, sin
respetar la solemnidad del momento, y entre ellos estaba la pobre Florila, la
pequeña que se ha convertido en la mujer buena que vigila su descanso desde
aquella silla, con los ojos perdidos en una labor que apenas distingue, la que
teje al tacto, silenciosa compañera. Alguna de las presentes los reprendía,
pero los diablos volvían al poco con su revoloteo inconsciente. También estaba
en la primera fila Secunda, la más admirada de todas por las palabras de piedra
que su madre arrojaba desde el sacrosanto lugar reservado a los varones, pobre muchacha, qué trágico fue
su final, como el de tantas de aquellas mujeres valientes. Y esquinados, los
padres de la patria al acecho, en una atenta amalgama de temblorosas togas
blancas, la espuma de Roma replegada sobre sí misma. ¡Quince mil han muerto en
Trasimeno, hermanas!, ¡quince mil! Tertia no lo olvidará, esas fueron las
últimas palabras antes de la dispersión general de las oyentes. Se escucharon
rumores, cuchicheos entre las filas de mujeres, gritos y un movimiento
imprevisto de aquel mar de cabezas cubiertas por el luto, y carreras, y
azoramiento, y suspiros, y todas se fueron, y las oradoras quedaron solas en
las Rostra. Tertia sintió también ganas de escapar, pero Pácula, que demostró
gran madurez, retuvo su mano. Luego se enteró de que alguien había anunciado el
falso regreso de los supervivientes del Trasimeno, de que penetraban ya en
Roma, un gambito de militares. Entonces, la guardia se apoderó de las Rostra y
Lelia fue arrojada con violencia de la misma, y la pequeña masa blanca, la
espuma de Roma, las togas senatoriales se inflaron, aumentaron de tamaño, de
número y de presencia. Pronto, muchos hombres ocuparon el lugar donde habían
permanecido las mujeres, ¿de dónde salían?, y se escuchó la voz inapelable de
un joven orador, de aquel Marco Porcio Catón, el pesado que ya llevaba por
entonces el torso desnudo, y tras él otro muchacho, Escipión, que contemplaba a
la masa por encima de las cabezas, una mirada que se perdía en la lejanía como
para distinguir la polvareda de un ejército, y Tertia se imaginó que la
buscaban, igual que ella había buscado la suya en aquella representación
teatral en su domus días atrás. Era
cierta la apreciación de la infeliz Opimia, la Gran Vestal, aquella mirada
clara, o que ella consideraba transparente en su imaginación, la sonrojaba. Sus
sentimientos resultaban ya inconfundibles. La decisión se iba perfilando, no
tendría que buscar más. En ese momento lo decidió, o cree que lo decidió,
Publio Cornelio Escipión sería su esposo, y con él poblaría Roma de héroes
inmortales. Lo que hace la imaginación, lo traidora que es la memoria, lo
difícil que es deslindar entre la realidad y la literatura que una misma
fábrica. ¿Literatura?, ¿acaso es imaginación la presencia de ese cuervo que
acaba de posarse en la ventana?, ¿acaso es imaginación la certeza de que su
hora está ahí, llamando a la puerta? Los que pronto llegarán son los niños, en
ellos cifra sus últimas esperanzas. La esperanza, el engañoso mal que quedó
retenido en el frasco de Pandora, pero ¡cuánto se retrasan!, ¿no será excesiva
la tortura a que se los somete? Acteo de Samos es un buen pedagogo, ella misma
lo recomendó a Sempronio; el estudio del griego resulta imprescindible para un
romano del que se espere una vida de provecho, ya lo decía su difunto esposo
pero, así con todo, ¿no serán demasiadas horas? Los echa en falta, su agua clara;
además, son tan parlanchines, todo lo contrario de la pobre Florila que allí
está, en lucha constante y silenciosa con su labor, con esa interminable toga
de invierno que está cosiendo, dice que es para ella, para la amada dómina
Tertia Emilia, para que no pase frío este año, pobre infeliz, qué hermosa le
está quedando la mortaja. Pero no siempre fue así, la recuerda como una niña
vivaracha, de sonrisa dulce y sin maldad. Solía frecuentar la casa de los
Emilio, y su padre le encargaba recados que ella cumplía con gusto. Tertia la
hacía carantoñas y le regalaba dulces. Ella con casi veinte años, la pequeña
con diez, parecía su hermana menor, y fue, precisamente la frecuente presencia
de la niña en su casa lo que dio pie a Tertia para sugerirle al padre la conveniencia
de proteger a Lelia, a Secunda y a la pequeña Florila en el ámbito de la
familia. Bien sabía Tertia lo mal que eran tratadas por los Postumio, y que
poco tendrían estos que decir ante la voluntad Emilia de atraer a aquella
familia hacia su clientela. Aquel día de las Rostra, dio orden al esclavo
germano de que siguiera a las mujeres. Aquel día, cuando ellas localizaron al
herido Marco en una de las puertas de Roma, fueron invitadas a pasar con él a
su domus para que en ella se
restableciese. Era lo menos que la joven y respetada Tertia, podía hacer por
tan valiente familia de mujeres. Y allí está ahora Florila, la única
superviviente de la saga. Ha parado la labor y mira hacia la ventana. Seguro
que se ha fijado en el cuervo. ¿Te das cuenta, Florila?, ahí está de nuevo.
Pero, antes de que la amiga pueda contestar, se escucha una algarabía que se
acerca. Son ellos, por fin, su agua clara, su engañosa esperanza, la antorcha
de sus últimos días. La estancia se iluminará en cuanto penetren por ella los
pequeños Gracos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario