ENTREACTO
I
En
una tienda de las Tabernae. Despierta la vida en la colmena de
comerciantes protegida por Mercurio. Frente al estrecho establecimiento, entre
la frutería que extiende el toldo sobre la calzada y el taller del alfarero,
una larga cola de mujeres espera a que los extraños comerciantes Pictor y Tito
abran su puesto de pignoraciones. El primero es un reconocido contador que
llegó a convertirse en auxiliar de
cuestor, notable y prestigioso cargo —también se dice que es un gran
escritor—; el segundo no pasa de perito en turbiedades, dagas, prostíbulos y
componendas. Los dos son jóvenes; los dos, taimados; los dos, retorcidos como
troncos de olivo. Gracias a sobornos e inconfesables influencias han logrado
esquivar la leva forzosa para luchar contra Aníbal. Las leyes de la guerra sólo
rigen para gente honrada, para los duros combatientes que hostigan al púnico a
lo largo y ancho de Italia, para hombres como Marco y Cantilio. Baila la
angustia en los rostros de las mujeres que esperan. Ya se los escucha trastear tras el portón. En breve lo
abrirán.
Domus de Postumio al amanecer.
Ceremonia de la salutatio[1]. En
el atrio, sobre una lujosa silla curul, el senador Postumio, hosco el rostro. A
su lado su esposa Atilia, de pie, ademán de estatua. Sentada en un banco su
madre Manlia, cara pétrea, que sostiene en los brazos a Espurio, el pequeño de
la casa. De rodillas, besando la mano del prócer, quien la entrega con la
flojera del distante, una mujer vestida
de negro: Lelia, la viuda de Cayo Floronio, cliente. Tras la madre, Secunda, la
bella joven en la que posan la mirada los tres anfitriones; no en vano es la hermana
gemela de una vestal.
En una tienda de las Tabernae.
¿Quién de vosotras es la primera?, pregunta Tito tras abrir el portón. Una
mujer doblada sobre sí misma, túnica sobre túnica, frío sobre frío, toda de
negro, la cabeza cubierta, se adelanta con unos rollos amorosamente sujetos
entre las manos. Bien, madre Celia, pasa; veo que has traído los documentos,
como te pedí. Tras una mesa repleta de papiros, maneja un ábaco y toma apuntes
en una tablilla el contador Pictor. Cuando entra la mujer se levanta
ceremonioso, hace que tome asiento y le da el pésame por la muerte de su amado
esposo Silvio Ocirrino, centurión. Asegura que lo conoció personalmente, que su
muerte fue heroica, una lástima, pero un honor para la República. Afirma
también que antes de expirar le pidió que se hiciera cargo de sus asuntos en
Roma. Amoroso como un hijo, seca con un níveo trapo las lágrimas en los ojos de
la mujer, al tiempo que toma los documentos temblequeantes de sus manos. Los
examina. Sólo se escuchan los lamentos de la anciana, el desplegarse de los
rollos a medida que Pictor lee, y el ajetreo del amanecer en el exterior. Bien,
dice al fin el contador, esto no está mal, dómina, por el gravamen sobre tu
casa podremos obtener para ti muy buenos sestercios, el negocio es seguro, y
descuida porque la devolución del capital más los intereses será lenta y
tranquila, no te apures, pero dime, ¿precisas ahora un adelanto?... Por
supuesto que sí, madre, te lo daré con gusto, es para mí un deber ayudar a la
familia de mi buen amigo Ocirrino… Claro, claro, anda mujer, toma esta bolsa de
monedas y ve a dar de comer a tus hijos, que tanto lo necesitan… Que sí, madre
Celia, eso mismo digo yo, entre nosotros debemos ayudarnos, ¡ah, si todos
hubieran visto aquella feroz batalla en la que tantos héroes murieron!... Adiós,
y que Juno te acompañe. La vieja embadurna con lágrimas y besos las manos de
Pictor y de Tito, repletas ya de anillos.
Domus de Postumio al amanecer.
Lelia, muerto su esposo Cayo, juzga adquirida la posición de mujer libre y
participa ante su patrón, en lugar del esposo, en la ceremonia de la diaria salutatio. Es consciente de su dignidad
y la inclinación no es acusada, y su beso sobre el dorso de la mano que se le
ofrece, leve. No consta que haya muerto su hijo Marco, el nuevo paterfamilias,
pero no son tiempos para que un senador prescinda de sus clientes por meras
razones formales, por eso Postumio ha hecho una excepción con la desgraciada
Lelia, y ha desoído las fieras razones de su esposa y de su madre en contra de
la presencia de la revoltosa, una indigna matrona que se ha atrevido a levantar
la voz en el Foro contra el Senado. La imagen del patrón que desampara a su
gente no es buena para el prestigio de la domus.
¿Qué necesidades tienes, matrona? Todas, patrón, mi casa está silenciosa, mi
despensa vacía, mis camas sin mantas, hasta tengo dificultades para mantener el
fuego de los antepasados… Sabrás, Lelia, que tu esposo no hizo los mejores
negocios en los últimos años. Algo de eso he oído, pero no quiero acudir con
mis propiedades para que las empeñen y luego se las queden esos cazadores de
viudas incautas, prefiero acudir al favor de mi señor natural. Eso te honra,
mujer, y no serás desatendida. El rostro de Manlia adquiere el color del
mármol; Atilia se estira tanto que parece se le vaya a separar de un momento
a otro la cabeza del cuerpo. Por
supuesto que te llevarás hoy la sportula,
y no de escaso peso; ¿has traído a alguien para que te ayude?… ¡Ah!, ya veo,
aquí está tu bella hija Secunda, cada día más hermosa, lástima que el pobre
Floronio no pueda contemplar cómo crece su pequeña, pero no llores, mujer, que
quizá por esta joven venga la solución, al menos en parte. ¡Quién sabe!, podría
entrar al servicio de alguna gran casa. Déjame hacer ciertas gestiones, mujer,
y ya te contaré.
En una tienda de las Tabernae. ¡Que
pase la siguiente!, dice Tito. Otra viuda deposita sobre la mesa de los ábacos
penas y propiedades, lágrimas solidificadas en rollos de papiro. Y tras esta
otra y luego otra, y los documentos que acreditan las transmisiones se
acumulan, y los negocios se trenzan y perfeccionan. Al final de la mañana, los
dos compinches hacen balance de la miseria que administran, del dolor que
gestionan, de los bienes que, en potencia, han acumulado durante la jornada.
Pronto serán ricos si aciertan a jugar bien las cartas, y es cuestión de tiempo
que vuelen hasta su mesa los bienes de la odiada Lelia, imagina Pictor, y hasta
la bella esquiva Secunda se arrojará a sus pies, sueña Tito.
Domus de Postumio al amanecer.
Secunda carga con las dos sportulas
que reciben en casa del patrón, grandes de tamaño, livianas de peso. Postumio
recorre con ojos voraces el contorneado busto de Secunda. Esta percibe su
deseo, ya está acostumbrada a las turbias miradas de los hombres, pero también
capta el odio de Atilia y el desprecio de Manlia. Vamos, hija, debemos llegar
al mercado antes de que se formen
grandes filas. Para poco les darán los ases suplementarios que el patrón ha
puesto en la mano de su cliente, para un par de longanizas quizá; les sabrán a
gloria porque hace tiempo que sólo comen verdura. Despacio. Desean huir de
aquel agobiante lugar, pero la dignidad es lo primero. Despacio. ¡Salve,
patrón! ¡Salve Lelia!, y con la máxima dignidad que les permite su pobreza,
abandonan la soberbia domus.
II
En
una domus rodeada de pinos en las afueras de la ciudad. No se
escucha el ajetreo matutino de los esclavos; salvo por la pareja de jóvenes que
yacen desnudos en un lecho, la casa está vacía. Silencio, penumbra y olor a
aceites. La cabeza de él sobre el hombro de ella. Sollozos poco marciales. La
mujer le acaricia el cabello. El cachorro de los Escipiones y la joven dama
Sulpicia acaban de soportar una noche de decapitados intentos amorosos. En la
pared frontera al lecho, el rostro de un sátiro dibujado en un azulejo. No
pueden percibirlo, pero desde esa imagen burlona, testigo del encuentro, se
extiende por la estancia la sombra de una maldición que se interpone entre los
amantes. En algún lugar cercano, dos hechiceras manejarán sus pócimas,
recitarán sus conjuros, reirán tras la derrota de Príapo. La joven Sulpicia
desenreda con sus dedos el ensortijado cabello negro del guerrero caído. ¿Cómo
ha podido suceder aquello? Los rayos del sol se filtran por el alto ventanal y
un gallo canta en la lejanía. El hombre más viril de Roma descansa sobre el
pecho de la mujer sin haber podido cumplir como debía, vela apagada, mástil
truncado. El derrotado mílite no da crédito a lo sucedido. Tantos días en
campaña esperando el momento de verse con Sulpicia y no ha logrado abrazarla
como Venus desea. ¿No ha dormido hace poco con Publia Osina, la más exigente
ramera de Roma?, ¿no ha hecho saltar de gozo aquella misma tarde a la dama
Pomponia?, ¿no es considerado el mejor amante de la ciudad?, ¿por qué se
malogra su virilidad sólo en el lecho de Sulpicia? Son tres noches seguidas ya
con aquel pesar, ella madura, rebosante, ardiente; él frío, distante, pesaroso.
¿Dónde están los antiguos abrazos en los que la joven se abría como granada y
él se apoderaba de su cuerpo como un sátiro indecente del de una ninfa?, ¿qué
le sucede?, ¿será víctima de un maleficio?, mejor estaría corriendo delante de
Aníbal por toda Italia con el ejército derrotado que descalabrándose en el
altar de Cupido. El sol indiscreto acaricia ya el lecho, resbala por la pared y
se detiene en el azulejo, desde donde sonríe la imagen del sátiro. Sulpicia no
se había fijado antes en la extraña representación del dios Luperco, patas de
chivo, rostro lúbrico, mueca socarrona. ¿Estuvo siempre allí? Escipión se
despereza, pesaroso, con ojeras, los ojos enramados, el ademán triste; nada hay
más femenino que un hombre de armas llorando por su perdida reciedumbre. ¿Viste
antes esa imagen, querido?... Desconoce la pareja que, a esa misma hora,
radiante ya el sol, dos mujeres recogen huesos, desclavan muñecos de trapo,
tapan pócimas, guardan en una caja dos cabellos púbicos de Escipión y de su
amante recogidos por esclavos en las termas, y ríen satisfechas por su seguro
triunfo. Una es la despechada dama Valeria Fabia, la gran hembra, la esposa del
viejo Marco Junio, cónsul y censor, rico entre los ricos, primera dama de Roma,
a la que Lucio Cornelio ha desairado por preferir a la joven Sulpicia. La otra
es Tiberina, la más afamada experta en maleficio de Roma. Se palpan los amantes
por última vez, y de nuevo las agujas invisibles se clavan en sus carnes
impidiendo que la alegría de Eros se abra paso en el interior de la
despanzurrada hombría del guerrero. Sin duda he sido víctima de algún
maleficio, querida Sulpicia, dice el joven Escipión, hemos de mantenernos
alerta. Pero, ¿quién puede querer algo tan horrible? ¿Tendrá que ver con ello
ese azulejo, el sátiro que nos mira? Cierto, es nuevo, tienes razón, ¿cómo no
nos dimos cuenta antes?, dice Publio Cornelio, debe de formar parte del
encantamiento. ¡Arranquémoslo, querido, toma tu daga y rómpelo! Y a golpes, el
amante vaciado destroza el azulejo. Pero, ¿quién pudo ser?, ¿tú lo sabes? Sí
Sulpicia, sí que lo sé, la dama Valeria Fabia, la del viejo Marco Junio. ¿Por
qué? No puedo decírtelo, al menos ahora que debes partir al sacrificio ante el
altar de Juno, es una larga historia.
En una colina de Roma. Todas
las mujeres del Palatino y del Celio, del Aventino y del Esquilino, hasta del
Viminal y del Quirinal, parecen estar presentes en la ceremonia. No hay
sacerdotes. Son las grandes damas las que ofician por orden expresa del Senado,
las que han asumido la intermediación entre los hombres y el Olimpo. La dama
Valeria, de la casa Fabia, es quien abre el vientre del cordero que se inmola.
Junto a ella Atilia y Manlia, de la casa de los Postumio, las tres con las
manos ensangrentadas, las tres decididas; algo retirada de las anteriores una
cuarta, la joven Sulpicia, de la casa de los Sulpicios del Aventino; detrás,
las demás mujeres de Roma. Se echa en falta la presencia de la honorable
Tertia, de los Emilios, nobles entre los nobles, hija de Emilio, el padre
generoso que la adora y la consiente, una joven siempre disconforme con todo,
pero con fama de inquebrantable virtud, heredera de la saga de matronas más
honorable de la Urbe; su ausencia es una injuria más para las damas presentes que
la envidian más que odian a Aníbal. En torno al altar de Juno la dama Valeria
hurga en las entrañas del cordero. Manlia y Atilia también tienen las manos
manchadas de sangre. Parecen felices en función tan masculina. Los Arúspices,
únicos hombres presentes, las ayudan a extraer las vísceras, a depositarlas en
bandejas y, expertos, las enseñan a hurgar entre sus pliegues. Sulpicia siente
deseos de vomitar, la mano sobre la boca del estómago. Valeria la mira, sonrisa
fría, hiel en los labios. Pasó la noche en vela, eso es evidente, y sentirá los
intestinos revueltos por la penitencia del amor no satisfecho más que por la
repugnancia ante la sangre de las víctimas inmoladas. El arúspice mayor expone
a la concurrencia las entrañas sin mácula del cordero. Las mujeres prorrumpen
en gritos de júbilo. El púnico será derrotado, anuncian los dioses. Las romanas
se sienten felices por su reconocida importancia. Eso quería el Senado cuando
encomendó que, como excepción, las mujeres atendieran el culto a los dioses, que
las madres de Roma gritaran y se desahogaran en los templos en lugar de hacerlo
en el Foro. Tan notable idea salió de la mente del preclaro joven Marco Porcio
Catón, toda una promesa para la República. Pronto la misma ceremonia se
celebrará en otro altar, en otra colina, ante otra deidad. Terminados los
ritos, Valeria es felicitada por sus compañeras de sacrificio, todas quieren
abrazarla, pero la oficiante se zafa y llega hasta la joven Sulpicia. Esta
intenta evitarla, pero la Gran Sacerdotisa interina la toma del brazo. ¿Qué te
sucede muchacha?, ¿te encuentras mal?, ni que te estuvieran dando arcadas de
preñez, pero bien sé yo, querida que no pueden ser tal cosa, ¿verdad?, otra
será la causa, ¿no es así? Ella no contesta. En fin, ya te lo dije querida, ese
muchacho no te conviene, aunque supongo que asistirás esta tarde a la domus de
Tertia Emilia, va a ofrecer una representación teatral y, según dicen, irá
algún que otro hombre, entre ellos tu querido Escipión, ¿no lo sabías? Sulpicia
no lo puede soportar y sale corriendo del templo, mientras Valeria ríe. ¡Qué
muchachas!, ¡Qué muchachas!, exclama la gran dama dirigiéndose a Atilia y a
Manlia que acaban de acercársele, las manos aún ensangrentadas. Estas asienten
cómplices, miméticas.
III
Termas,
a la caída de la tarde. Las emanaciones salutíferas llenan la
estancia. Varios hombres charlan en silencio entre vapores. Se distinguen en la
turbiedad del ambiente la panza prominente del cónsul Flaminio, la enjuta
figura del viejo Escipión, la triste faz del derrotado Sempronio y la adusta de
Máximo. Más al fondo, los cuerpos musculosos de los jóvenes Marco Porcio Catón
y Publio Cornelio Escipión, las grandes
promesas de la República. Todos callan y piensan. Comentan naderías y calculan.
En sus mentes la amenaza púnica. ¿Quién podría imaginar que entre aquellas
paredes húmedas, entre la nubosidad del aire caliente, acuoso, la espuma del
Senado traza las grandes líneas del futuro? Envueltos en los vahos que emanan
de la piscina, los nobles senadores, raspador en mano, se auxilian,
silenciosos, en la limpieza de sus pieles. Sempronio pasa el raspador por la
espalda desnuda del que fuera su colega de consulado, el viejo Escipión.
Flaminio, actual cónsul, limpia a su vez la de Máximo, futuro cónsul. Al fondo,
los dos jóvenes, Catón y Escipión, permanecen en silencio contemplando cómo
mana el sudor de sus cuerpos en goterones cada vez más pesados que resbalan
hasta las baldosas del suelo; son muchas las jornadas pasadas juntos entre
juegos, entrenamientos y devaneos amorosos; algunos los consideran
inseparables, como hermanos. El joven Catón, tiene extraviada su mirada en las
aguas de la piscina, y calcula complejos movimientos; su mente conspiradora
nunca se detiene. Aún no se ha interpuesto entre ellos más que una diminuta
sombra de celos: Catón envidia a Escipión porque este ha entrado dos veces en
combate y él aún ninguna. Escipión el Joven, embebido en su silencio, piensa en
el lecho derrotado, y su mente vuela lejos, hasta los hombres que siguen conteniendo
a Aníbal como pueden por bosques y montañas, unos héroes, como aquellos dos
embadurnados de sangre de pies a cabeza capaces de matar ellos solos a un
elefante y que llegaron los últimos frente a las murallas de Plasentia. ¿Qué
derecho tiene él a revolcarse entre almohadones y placeres mientras ellos
luchan? No permitió el padre que se quedara con sus soldados y quizá por eso ha
sido castigado por los dioses en el lecho de Sulpicia… ¡Sulpicia!, quizá luego
podrá verla en la domus de Tertia
Emilia, donde dicen que se representará una obra de teatro. ¿Realmente desea
verla?, ¿no buscará sólo el desquite para su honor? Rumores de conversaciones
atenuadas por los ecos y el chapoteo de algunos bañistas en la piscina de la
estancia de al lado son los únicos sonidos. ¿En qué piensas, Publio Cornelio?,
pregunta Catón. ¿En qué va a ser?, en guerras y en mujeres, responde aquel con
forzada sonrisa que pretende ocultar su desazón, pero termina contándole al
amigo su problema. Este asegura que todos conocen en Roma lo que le ha sucedido
en el lecho, que la tal Valeria Fabia ha tenido algo que ver y que no se
entiende cómo Marco Junio sigue tan ciego con los devaneos de su esposa. Me
vengaré, Marco Porcio, te juro que me vengaré de esa ramera antes de que su esposo
le clave la daga, dice el corrido amante y confiesa al amigo que tras asearse
acudirá a la domus de Tertia Emilia,
que allí encontrará a Sulpicia y que intentará concertar una nueva cita. Yo que
tú, amigo, me olvidaría de la bruja de Valeria y, te digo más, dejaría a esa
Sulpicia, he oído decir que es una muchacha taciturna, callada cuando le conviene
pero demasiado habladora en el fondo, como todas y, además, muy calculadora, te
haría la vida imposible, créeme. No sé, quizá tengas razón. Un esclavo se acerca
a los dos hombres para cambiar las toallas con que se secan el sudor. Pero,
atento, Publio Cornelio, tengo que decirte otra cosa, verás, si acudes a la
domus de los Emilios ten cuidado, pues hay allí unos ojos que sólo con mirar
una vez devoran a los hombres, unos ojos que pueden tentarte. No entiendo,
amigo. Quiero decir que la anfitriona, Tertia Emilia, es una sirena que a todos
encanta, quizá por lo inaccesible que siempre fueron las mujeres de su familia.
No me interesa, Marco Porcio, que me imagino por dónde vas. Me agrada oírte
decir eso, y sí, tienes razón llevo tiempo preparando las escalas para trepar a
esa muralla. Ven entonces conmigo a su casa, parece que van a representar una
obra de teatro. Sí, Lisístrata, una vergüenza griega, una desfachatez impropia
de tan pura matrona, por eso no acudiré. No hay flor sin espinas, querido
Catón, pero tranquilo camarada, no tocaré tu huerto. Gracias, amigo mío, me fío más de tu palabra que de un
testamento, el honor es la única virtud que puede detener ese ariete que llevas
colgando, dice Marco Porcio y golpea, amigable, los genitales del amigo. Este
da un respingo y lo insulta. Espero que no se te escape ese animal y haga de
las suyas delante de mi amada, y tranquilo hombre, todas las romanas lo tienen
por invencible. Hay un amago de fraternal pelea entre los dos jóvenes, pero
pronto se calman, están demasiado preocupados para juegos. En serio, Publio
Cornelio, no me levantes la pieza. Tranquilo, Marco Porcio, ya he dicho que no me interesa. Es que, amigo mío,
no encuentro mujer que mejor cuadre con el viejo modelo de matrona romana que
necesito como compañera; Tertia es ideal. Está claro que te conviene, Marco, tú
también eres un puro, un Rómulo reencarnado, ¿verdad?, ¿es cierto que piensas
ir descalzo y con el torso desnudo toda tu vida como era uso entre nuestros
antepasados? No deberías usar ese tono tan guasón conmigo, ya me conoces y
estate seguro de que lo haré, caminaré descalzo, pero no estoy chiflado como
alguno supone, ¡qué hacer!, por eso mismo la necesito, es una mujer fantástica, la esposa ideal, aunque ese gusto
que tiene por lo helénico, no sé... ¡Vaya, hombre, Marco!, ¿haciendo ascos de
un dulce porque lleva un toque de canela oriental? Los dos muchachos ríen y se
abrazan. Pronto el Destino armará sus manos y se lanzarán uno contra el otro,
así consta en los libros sibilinos, pero aún no ha hablado el dios de lo
inevitable.
Domus Emilia. El
paterfamilias se ha ausentado para que la hija, Tertia, pueda hacer su voluntad
sin cortapisas. Las mujeres se agolpan en la amplia estancia donde se
representará la obra de teatro Lisístrata, de Eurípides. Muchas damas asisten,
otras son mujeres del pueblo. Entre las primeras la joven Sulpicia; entre las
segundas Lelia y su bella Secunda; también asiste, regocijada, su hija menor,
la sacerdotisa Floronia, acompañada por la gran vestal Opimia. Risas y alegría.
La anfitriona, por todas reconocida como personificación de la virtud femenina
en la Urbe pese a su juventud, ha resuelto acoger en su casa la función que el
Senado había prohibido representar en el teatro desmontable del Foro. No son
pocos los manteos negros de viudas y los ojos llorosos. Tertia Emilia sufre por
aquellas mujeres; comparte su dolor sólo con mirarlas; se representa los
sufrimientos del parto que aún desconoce, los lamentos por la muerte del hijo
amado que aún ignora, los desgarros por la ausencia que aún no la han quebrado,
y mira a las dolientes con amor de hija. Quizá por esa mirada suya cálida y
profunda todas la respeten, todas la admiren, todas la ponderen, pese a su
juventud, nacida de una larga saga de matronas intachables que se pierde en la
memoria de Tiberio, el dios del río Tíber, auténticas vestales profanas que
personifican a Roma. Tras la cortina que hace las veces de telón, se escucha el
movimiento acelerado de los cómicos. Tanto necesitan reír las mujeres de Roma
como respirar.
Termas. Todos callan. Todos
piensan. Hemos hecho bien enviando a las mujeres para que cumplimenten a los
dioses, dice por fin Flaminio, al menos vendrán contentas a casa esta noche. O
todo lo contrario, añade el viejo Escipión, las veréis rebosantes de orgullo divino,
y tendréis que acudir al lecho de alguna esclava. Mi hermana Valeria Fabia será
la más feliz de todas, dice Máximo, parece que ha ejercido de suma sacerdotisa.
Todo un regalo para el pobre Marco Junio, dice Flaminio. Es cierto, amigos,
responde Máximo, esta noche descansará sin los agobios fogosos de su esposa.
Los Fabio, querido Máximo, sois gente de sangre caliente, añade Escipión el
Viejo. Bueno, nuestra madre parió fuego y hielo, y a mí me tocó de lo segundo,
qué le vamos a hacer, pero sí, tenéis razón, mirad al pobre Marco Junio en la
piscina caliente, ¿no os parece que su cara rebosa felicidad? Es natural, dice
Escipión, a su edad dormir bien es un regalo de Apolo. Ríen discretos aquellos
graves senadores, no exentos, a lo que se ve del vicio tan femenino de la
murmuración. Al fondo, el joven Escipión le comenta a Catón que pronto se
olvidarán todos de que la idea de implicar a las mujeres en los cultos salió
del segundo y que los mayores hicieron
suya tal iniciativa. La memoria de la República es frágil, querido amigo,
responde Catón resignado. Pero las derrotas están ahí, y esas no se olvidan
fácilmente. Cierto, Escipión, tu padre fracasó, Sempronio fracasó también.
Ahora le toca a Flaminio salvar a Roma pero, ¿no crees que la Victoria sea
deidad que se entiende más con jóvenes que con viejos? Seguro, pero hemos de
aguardar nuestro turno. Alejandro no esperó. Alejandro no era romano, amigo
Escipión, responde Catón, nosotros no somos griegos. Y entre los veteranos:
Debemos detener a Aníbal cueste lo que cueste, llega a gritar Flaminio a sus
reposados amigos. Yo no estoy tan seguro de que sea aconsejable una batalla
frontal, responde también enérgico Máximo. Es la discusión de siempre, dice
Escipión al fondo a su joven amigo Catón. Y entre los mayores: el pueblo lo
pide, un enfrentamiento definitivo es lo que se necesita porque, ¿desde cuándo
los romanos esperamos y mareamos al enemigo como propone Máximo? De grandes
convicciones rabiosas como la tuya, Flaminio, están talladas las columnas del
Tártaro, replica el aludido. Y en el rincón de los jóvenes: tienes razón
Escipión, comenta Catón, es la discusión de siempre… Y en el rincón de los
veteranos: Pues yo estoy dispuesto a derrotarlo si el Senado me da el mando. Lo
tienes, Flaminio, eres el cónsul... Noto ironía en tu tono, Máximo, ¿es que tú
no atacarías? La victoria no es sólo cuestión de decisión y voluntad… Pues,
¿qué más hace falta según tú? Inteligencia, responde seco el interpelado. Y
prudencia, añade Escipión el Viejo. Y entre los jóvenes: siempre están igual,
dice el cachorro de la familia de los Escipiones. Pronto nos tocará a nosotros
tomar las riendas, amigo, seguro que lo haremos mejor. ¡Que Minerva te oiga!
Escipión el joven se despide de su amigo y de los graves senadores, el teatro
lo espera. ¡Ah, la juventud y las citas amorosas!, comenta Flaminio al verlo
retirarse. ¡Quién pudiera!, se queja Máximo.
Domus Emilia. ¿Por
qué no acudiste a los sacrificios a Juno esta mañana, Tertia?, pregunta la
vestal mayor Opimia a la joven Emilia mientras las espectadoras se acomodan
donde pueden para contemplar aquella ansiada representación en la que las
hembras, que no los varones, son protagonistas de una gesta sin precedentes en
la vieja Atenas, unidas contra el necio furor guerrero de sus hombres. No lo
puedo remediar, querida Opimia, yo estoy más cerca del pueblo que de esas
empingorotadas matronas que contaminan el ara de los dioses con sus lenguas de
víbora, y no comprendo, vestal, cómo el Senado ha permitido que pongan sus
manos sobre sagrado, dice la anfitriona y señala a la Gran Sacerdotisa el
rostro doliente de Lelia, la viuda de Cayo, la madre del soldado Marco que aún
sigue con las unidades que hostigan a Aníbal por Italia, la mujer que ha de
ajustar su vida a la magra sportula
que le entrega cada mañana su patrón Postumio, la que ha sido capaz de agitar a
las angustiadas matronas de Roma y hacer que se planten con sus quejas en el
Foro, la madre de Floronia, alumna de la Gran Vestal. Esas mujeres son Roma,
Opimia, y no aquellas blasfemas. Tienes razón, Tertia Emilia, por tu juventud
habla la sabiduría que has heredado de tu madre y de tu abuela, tienes toda la
razón... Y no, muchacha, no digas que exagero, alabarte sin sentido sería
indigno de mi cargo... ¡Ay, vestal!, estas pobres mujeres precisan más de
fiestas que de rezos y sacrificios. Cierto, joven amiga, bastante ofrenda hacen
a diario con su sufrimiento. La vestal se acomoda los pliegues de la lujosa
túnica y toma entre las suyas una mano de la joven. Bendito por Talía sea tu
honorable padre que permite estas distracciones... ¡Míralas!, madre, mira qué
caras de felicidad tienen las pobres; en este instante sus penas las han
abandonado. Sí, hija, esperan reír. Pero dime, Opimia, ¿crees que el Senado ha
hecho mal prohibiendo la representación en el Foro? Creo que sí, querida, lo
han hecho por miedo, pero la verdad es que no sé a qué temen, y también creo
que tú has actuado con discreción, pese a tu juventud, al traer la función a
esta casa con el permiso del paterfamilias, claro, qué tesoro es disfrutar de
un padre tan complaciente. La joven anfitriona mueve una mano como para quitar
importancia a tan halagadoras palabras. Cuentas con todo mi apoyo y el de mi
institución, muchacha, y te doy gracias en nombre de todas las romanas, eres gran alivio para sus desgracias,
¿sabes?, nos une el ser mujeres, hija mía, hijas preferidas de Vesta… Sí, pero
te diré, querida sacerdotisa que hay algunas romanas que son más bien machudas,
habría que ver si tienen pelos en ese sitio... ¿En ese sitio?... Sí, en las
tetas... ¡Por Apolo, criatura!, ¡qué lenguaje! En algo tengo que mostrar mi
edad, ¿no crees?, y no te asustes vestal porque, ¿qué quieres que te diga?,
esos viejos reptiles deben de tener arrugada el alma, y mucho más arrugado lo
que yo te cuente, ya me entiendes… Las dos grandes damas, muestrario de
juventud y madurez, ríen y contagian a las mujeres que tienen alrededor. También
algún hombre ha acudido al improvisado teatro, le hace ver la anfitriona a
Opimia. Sí, claro, por allí veo al joven Escipión, y ya me he dado cuenta de
que no le quitas el ojo de encima... ¡Por Apolo Délfico, vestal, qué cosas
tienes! Yo sé lo que me digo. No creo que sepas, madre, por qué ha dejado las
termas a hora tan temprana para mezclarse con tanta mujer... Tú me dirás la
razón, Tertia. Pero, Opimia, ¿no te has enterado?, pues verás, sucede que ha
defraudado a Valeria, la esposa de Marco
Junio... ¿Defraudado?, ¿qué quieres decir?, esa dama es un dechado de virtud…
¡Ay, vestal, vestal!, que la joven soy yo, ¡quita esa venda de tus ojos!,
Valeria es más ramera que la ornatriz
Faustina... ¡Pero qué dices, criatura!... Anda, madre, no pongas esa cara, el
muchacho la ha despreciado porque prefiere a la joven Sulpicia, mira, allí está
sentada, al fondo, lo cual es muy natural, ¿no crees?, por eso ha venido a
nuestro teatrillo, por ver si ella aún le hace caso, y dicen que la gran
Valeria Fabia le ha lanzado un maleficio. La joven se regocija en los apuros de
la seria sacerdotisa, tan alejada del mundo pese a vivir en el centro de Roma,
además, ha logrado desviar la sagacidad de la veterana vestal sobre la
atracción que siente por el joven militar, ¿será tan transparente su
sentimiento? Veo que estás muy sorprendida, Opimia, pues te diré más, Valeria
ha usado de artes maléficas para separar a los amantes, con la ayuda de esa
nefasta Tiberina, ya ves, la noticia circula por toda Roma, aunque comprendo
que muchas informaciones no lleguen a la casa de las Vestales… Eso es lo que
pasa, por ello siempre he dicho que deberíamos vernos con mayor frecuencia tú y
yo, querida, y no me ofende que piensen que aprendo de ti, de una joven que
podría ser mi hermana menor o incluso mi hija… Te comprendo, Opimia, y creo que
cuchichear en el buen sentido siempre será instructivo para una sacerdotisa...
Eso mismo digo yo, niña... En el Foro las mujeres aprendemos este arte desde
muy jóvenes. Lo que no se puede permitir, queridita, es que gentes tan
encumbradas se dediquen al rastrero crimen del maleficium, creo que debo comunicárselo al Pontifex Maximus... No
te molestes, vestal, seguro que ya está enterado, además, tan mala práctica es
inevitable hoy día, con Roma invadida por tanto refugiado de Italia. Quizá
tengas razón Tertia, pero, ¡mira!, ¡mira!, Escipión también se ha levantado y
parece que se retira, y ella ni lo ha mirado; ¿te has dado cuenta? Desde luego,
Opimia, te fijas en todo... Y también noto que te has sonrojado de nuevo,
hija... ¡Qué cosas tienes, madre!... ¡Ay, pequeña!, la agudeza de tus palabras
no puede ocultar por completo tu juventud, y te diré que sabré poco del mundo
pues vivo alejada de él, pero mi mente es tan vieja como los libros sibilinos
que consulto a diario... Dime, hija, ¿he acertado un poquito? ¿Por qué negarlo
madre?, responde la muchacha con la mejor de sus sonrisas y bajando la mirada,
tu dardo ha dado en el blanco. Te agradezco la sinceridad, niña. Las dos
mujeres se besan. Las espectadoras aplauden rítmicamente para que empiece por
fin la función.
IV
Por fin, hacia el amanecer, el
sueño penetra en la mente de la vieja Tertia Emilia quien, montada sobre el
alado Hipnos, viaja al pasado. Entre algodones oníricos, la visita el rostro
grande, tierno y mofletudo de la desventurada vestal Opimia, y logra que se
relaje su espíritu torturado por la vigilia. Qué inocente era la gran mujer,
pobre infeliz. La contempla en su mejor momento, durante la memorable
representación de Lisístrata en su domus,
ella joven y engreída, la sacerdotisa madura e inexperta en los recovecos más
groseros de la vida. Cómo relaja a la anciana la sonrisa de aquella buena
mujer, pero poco dura la refrescante imagen, pues esa serpiente que la devora
por dentro ha tenido a bien morderle las entrañas para saludar al nuevo día, y
el rostro armónico de la gran vestal se trueca en horrible mueca ensangrentada.
Tertia, acompasado su recuerdo con el dolor, contempla cómo el sagrado cuerpo
sin vida de la madre de Roma yace en las escalinatas del templo de la Diosa,
trágico fue su destino. Los ojos de Tertia están abiertos, espantados por la
horrible visión, cuando entra en la habitación la fiel Florila acompañada de
las esclavas que la asearán, y con las que la traen la medicina y el magro
desayuno, un simple queso fresco de cabra. Su amiga la besa en la frente y
percibe su temperatura elevada, la calentura ya no se le bajará ni con paños ni
con caldos de ortigas. Pronto llegará el médico. Cuando los ritos del amanecer
se han completado, Florila se aplica en su cegata labor cotidiana. La pequeña
esclava coloca las agujas en las manos de la eterna compañera de Tertia y
vigila para que no se le escapen los puntos. Te diré, dómina, que poco antes de que despertases
tuvimos visita. ¿Algún encargado, algún mensajero? No, que va, alguien que vino
a visitarte. ¿A mí?, ¿quién puede interesarse por una vieja moribunda? Ay,
querida Tertia, todos en Roma te aprecian. Ya será menos. Desde bien joven eras
considerada como el genius de la
ciudad, como la presencia viva de la piedad de nuestras mujeres. ¡Ay, Florila!,
¿no te has enterado aún de que era título heredado de mi madre y de mi abuela?,
¿que yo nada hice para merecerlo? Lo que quieras, pero todos te amaban, nunca
nadie dudó de ti. Ya sé, mujer, pero ¿me dirás de una vez quién ha venido a
visitar a la gran matrona que ya no puede ni controlar su vientre? Era Catón.
Nada responde Tertia. Cierra los ojos y recuerda aquella mañana en el Foro.
Ella iba en un palanquín, acompañada de su séquito, como de costumbre; Marco
Porcio Catón caminaba descalzo y con el torso desnudo, también como de
costumbre, aunque en su juventud tenía el hombre de qué enorgullecerse, pues
sus músculos eran perfectos, su torso digno de Hermes, su apostura pretendía
evocar la imagen que todos tenían de Rómulo. Sabía que era atractivo, qué duda
cabe, pero ella nunca le hizo caso pues ya para entonces Publio Cornelio
Escipión era el inevitable héroe con el que se desposaría, con el que deseaba
engendrar la sangre nueva que salvaría a la República, el destino escrito por
los dioses resultaba insoslayable. Tuvo que optar entre Aquiles y Agamenón, y
optó por el primero, el mirmidón que humillaría el atrevimiento de los púnicos.
El orador dio el alto a su comitiva como edil curul que controlara un
cargamento de harina. Se dirigió a ella con ademán serio y con la palabra
certera, ejemplar, pilum arrojado por
el centurión del manípulo. Durante meses había estado rondando el momento
oportuno para abordarla, pero Tertia siempre lo evitó, de manera que,
obsesionado con la idea de conseguirla, se atrevió a dirigirle la palabra en
mitad del Foro. Estaba claro que aunque se adornara con la musculatura de
Heracles y con la lengua de Demóstenes, era un rematado imbécil. Habló de Roma,
de la pudicitia, de la nobilitas, de la dignitas, de la auctóritas,
del mos maiorum, y dijo que todas
estas virtudes estaban en ella, pero también en él, que por separado eran
dignas en ambos casos, pero que juntas, que unidas en un compromiso de vida, se
multiplicarían en lugar de sumarse y que, en fin, le estaba proponiendo matrimonio
como solían hacer los antiguos, decía, hablando con la rudeza del latín
primigenio, sin adornos, sin flores ni artificios orientales. Ella calló,
admirada por la impertinencia, ¿acaso había dado pie para tales expectativas?
No era escasa la intrepidez del más puro de Roma. Ante el silencio admirado de
Tertia, el orador añadió que la integridad del hombre se cohonesta con la
pureza de la mujer. La joven, sin responder palabra, dio orden a los esclavos
de seguir su camino. Vio entonces cómo se derrumbaron las montañas musculares
del héroe aqueo, cómo se desinflaron los brazos poderosos, cómo se ahuecaron
las facciones áticas y se mostró el trasfondo de calavera que siempre lo
acompañó en su madurez. ¿Qué esperaría de ella?, ¿que se derritiera ante sus
palabras de fuego? Ni adiós le dijo. ¿Desconocería aquel senador, el hombre más
enterado de Roma, que Publio Cornelio se le había adelantado?, ¿sería aquella
una acción desesperada para recuperar lo que creía suyo?, ¿una reacción ante la
supuesta traición del amigo de infancia? A Tertia Emilia poco le importaban las
razones de comportamiento tan desmedido,
y lo dejó con la hermosa palabra en la boca, con los grandilocuentes adjetivos
alicaídos, con el honor del gladiador derrotado en la arena, con el sorprendido
rostro del esclavo emasculado por el amo cruel. No tornó a mostrarse ante ella
hasta pasados los años, cuando Publio Cornelio lo invitó a su casa con motivo
de una celebración oficial. Está convencida de que en aquel encuentro, allá por
sus tempranas juventudes, antes de que se casara con Escipión, se halla el
origen de la enemistad eterna entre su esposo y el senador más íntegro de Roma,
el censor, el que tanto mal hiciera a su familia. ¿Por qué crees que quiere
verme, Florila? Aseguran que está enfermo, dómina, que sufre graves jaquecas.
¿Soy yo médico acaso? Quizá el mal lo
tenga en la conciencia. Bueno, en tal caso, él es muy puro y podrá sacrificar
buenos corderos a Esculapio para que lo sane... No seas tan cruel, Tertia, ¿qué
te cuesta recibirlo? Pero, ¿sigue ahí? Desde antes del amanecer. Pues que se
vaya por donde ha venido, que lance a los cuatro vientos esa frase suya de que
Cartago debe de ser destruida, a ver si Quirino se apiada de él, pero dime,
¿crees que tendrá los dolores a causa de su mala conciencia? No sé si la
conciencia puede doler, dómina, pero sí su cabeza, aseguran que sufre mucho, y
que en varias ocasiones se ha desplomado a causa del mal en plena sesión del
Senado. Pues mira, se lo merece, lo estará castigando Dioniso por todo cuanto
hizo contra sus mujeres, ¿acaso no te acuerdas de cómo se portó el senador
descalzo con tu familia, Florila? Ya casi no, si te digo la verdad, soy tan
vieja, querida amiga, que el amor y el odio se han ido por el desagüe de los
años. Eres muy sabia, Florila, pero yo no puedo perdonar tan fácilmente, dile
que se vaya y no vuelva, que mi hijo Lucio, el paterfamilias, no está en casa y
que es indecorosa su presencia en ella. Se hará lo que ordenas, dómina. Ya se
levanta Florila para cumplir la orden, cuando la enferma añade: al menos de
momento, porque quizá Dioniso le conceda una última oportunidad para
arrepentirse de sus crímenes, pero esto no se lo digas. ¿Por qué crees tal
cosa, dómina? Porque los demás culpables fueron castigados mucho antes, mientras
que a él, Eleuterio, amo del vino y de la venganza, le ha permitido una larga
vida, ¿quién puede adivinar lo que prepara el Dios que siempre sorprende? Si tú
lo dices... Eso, al menos, aprendimos tú y yo en sus Misterios, ¿lo has
olvidado, Florila?
[1] Todos los días, el patrón
recibía a sus clientes, tomaba nota de sus peticiones y les entregaba un regalo
en especie, la sportula. La clientela
fue el antecedente romano de la dependencia feudal medieval.

No hay comentarios:
Publicar un comentario