domingo, 1 de noviembre de 2026

Entrega 5.- ENTREACTO




ENTREACTO

 

I

 

En una tienda de las Tabernae. Despierta la vida en la colmena de comerciantes protegida por Mercurio. Frente al estrecho establecimiento, entre la frutería que extiende el toldo sobre la calzada y el taller del alfarero, una larga cola de mujeres espera a que los extraños comerciantes Pictor y Tito abran su puesto de pignoraciones. El primero es un reconocido contador que llegó a convertirse en auxiliar de  cuestor, notable y prestigioso cargo —también se dice que es un gran escritor—; el segundo no pasa de perito en turbiedades, dagas, prostíbulos y componendas. Los dos son jóvenes; los dos, taimados; los dos, retorcidos como troncos de olivo. Gracias a sobornos e inconfesables influencias han logrado esquivar la leva forzosa para luchar contra Aníbal. Las leyes de la guerra sólo rigen para gente honrada, para los duros combatientes que hostigan al púnico a lo largo y ancho de Italia, para hombres como Marco y Cantilio. Baila la angustia en los rostros de las mujeres que esperan. Ya se los  escucha trastear tras el portón. En breve lo abrirán.

Domus de Postumio al amanecer. Ceremonia de la salutatio[1]. En el atrio, sobre una lujosa silla curul, el senador Postumio, hosco el rostro. A su lado su esposa Atilia, de pie, ademán de estatua. Sentada en un banco su madre Manlia, cara pétrea, que sostiene en los brazos a Espurio, el pequeño de la casa. De rodillas, besando la mano del prócer, quien la entrega con la flojera del distante, una  mujer vestida de negro: Lelia, la viuda de Cayo Floronio, cliente. Tras la madre, Secunda, la bella joven en la que posan la mirada los tres anfitriones; no en vano es la hermana gemela de una vestal.

En una tienda de las Tabernae. ¿Quién de vosotras es la primera?, pregunta Tito tras abrir el portón. Una mujer doblada sobre sí misma, túnica sobre túnica, frío sobre frío, toda de negro, la cabeza cubierta, se adelanta con unos rollos amorosamente sujetos entre las manos. Bien, madre Celia, pasa; veo que has traído los documentos, como te pedí. Tras una mesa repleta de papiros, maneja un ábaco y toma apuntes en una tablilla el contador Pictor. Cuando entra la mujer se levanta ceremonioso, hace que tome asiento y le da el pésame por la muerte de su amado esposo Silvio Ocirrino, centurión. Asegura que lo conoció personalmente, que su muerte fue heroica, una lástima, pero un honor para la República. Afirma también que antes de expirar le pidió que se hiciera cargo de sus asuntos en Roma. Amoroso como un hijo, seca con un níveo trapo las lágrimas en los ojos de la mujer, al tiempo que toma los documentos temblequeantes de sus manos. Los examina. Sólo se escuchan los lamentos de la anciana, el desplegarse de los rollos a medida que Pictor lee, y el ajetreo del amanecer en el exterior. Bien, dice al fin el contador, esto no está mal, dómina, por el gravamen sobre tu casa podremos obtener para ti muy buenos sestercios, el negocio es seguro, y descuida porque la devolución del capital más los intereses será lenta y tranquila, no te apures, pero dime, ¿precisas ahora un adelanto?... Por supuesto que sí, madre, te lo daré con gusto, es para mí un deber ayudar a la familia de mi buen amigo Ocirrino… Claro, claro, anda mujer, toma esta bolsa de monedas y ve a dar de comer a tus hijos, que tanto lo necesitan… Que sí, madre Celia, eso mismo digo yo, entre nosotros debemos ayudarnos, ¡ah, si todos hubieran visto aquella feroz batalla en la que tantos héroes murieron!... Adiós, y que Juno te acompañe. La vieja embadurna con lágrimas y besos las manos de Pictor y de Tito, repletas ya de anillos.

Domus de Postumio al amanecer. Lelia, muerto su esposo Cayo, juzga adquirida la posición de mujer libre y participa ante su patrón, en lugar del esposo, en la ceremonia de la diaria salutatio. Es consciente de su dignidad y la inclinación no es acusada, y su beso sobre el dorso de la mano que se le ofrece, leve. No consta que haya muerto su hijo Marco, el nuevo paterfamilias, pero no son tiempos para que un senador prescinda de sus clientes por meras razones formales, por eso Postumio ha hecho una excepción con la desgraciada Lelia, y ha desoído las fieras razones de su esposa y de su madre en contra de la presencia de la revoltosa, una indigna matrona que se ha atrevido a levantar la voz en el Foro contra el Senado. La imagen del patrón que desampara a su gente no es buena para el prestigio de la domus. ¿Qué necesidades tienes, matrona? Todas, patrón, mi casa está silenciosa, mi despensa vacía, mis camas sin mantas, hasta tengo dificultades para mantener el fuego de los antepasados… Sabrás, Lelia, que tu esposo no hizo los mejores negocios en los últimos años. Algo de eso he oído, pero no quiero acudir con mis propiedades para que las empeñen y luego se las queden esos cazadores de viudas incautas, prefiero acudir al favor de mi señor natural. Eso te honra, mujer, y no serás desatendida. El rostro de Manlia adquiere el color del mármol; Atilia se estira tanto que parece se le vaya a separar de un momento a  otro la cabeza del cuerpo. Por supuesto que te llevarás hoy la sportula, y no de escaso peso; ¿has traído a alguien para que te ayude?… ¡Ah!, ya veo, aquí está tu bella hija Secunda, cada día más hermosa, lástima que el pobre Floronio no pueda contemplar cómo crece su pequeña, pero no llores, mujer, que quizá por esta joven venga la solución, al menos en parte. ¡Quién sabe!, podría entrar al servicio de alguna gran casa. Déjame hacer ciertas gestiones, mujer, y ya te contaré.       

En una tienda de las Tabernae. ¡Que pase la siguiente!, dice Tito. Otra viuda deposita sobre la mesa de los ábacos penas y propiedades, lágrimas solidificadas en rollos de papiro. Y tras esta otra y luego otra, y los documentos que acreditan las transmisiones se acumulan, y los negocios se trenzan y perfeccionan. Al final de la mañana, los dos compinches hacen balance de la miseria que administran, del dolor que gestionan, de los bienes que, en potencia, han acumulado durante la jornada. Pronto serán ricos si aciertan a jugar bien las cartas, y es cuestión de tiempo que vuelen hasta su mesa los bienes de la odiada Lelia, imagina Pictor, y hasta la bella esquiva Secunda se arrojará a sus pies, sueña Tito.

Domus de Postumio al amanecer. Secunda carga con las dos sportulas que reciben en casa del patrón, grandes de tamaño, livianas de peso. Postumio recorre con ojos voraces el contorneado busto de Secunda. Esta percibe su deseo, ya está acostumbrada a las turbias miradas de los hombres, pero también capta el odio de Atilia y el desprecio de Manlia. Vamos, hija, debemos llegar al mercado antes de  que se formen grandes filas. Para poco les darán los ases suplementarios que el patrón ha puesto en la mano de su cliente, para un par de longanizas quizá; les sabrán a gloria porque hace tiempo que sólo comen verdura. Despacio. Desean huir de aquel agobiante lugar, pero la dignidad es lo primero. Despacio. ¡Salve, patrón! ¡Salve Lelia!, y con la máxima dignidad que les permite su pobreza, abandonan la soberbia domus.



 

II

 

En una domus rodeada de pinos en las afueras de la ciudad. No se escucha el ajetreo matutino de los esclavos; salvo por la pareja de jóvenes que yacen desnudos en un lecho, la casa está vacía. Silencio, penumbra y olor a aceites. La cabeza de él sobre el hombro de ella. Sollozos poco marciales. La mujer le acaricia el cabello. El cachorro de los Escipiones y la joven dama Sulpicia acaban de soportar una noche de decapitados intentos amorosos. En la pared frontera al lecho, el rostro de un sátiro dibujado en un azulejo. No pueden percibirlo, pero desde esa imagen burlona, testigo del encuentro, se extiende por la estancia la sombra de una maldición que se interpone entre los amantes. En algún lugar cercano, dos hechiceras manejarán sus pócimas, recitarán sus conjuros, reirán tras la derrota de Príapo. La joven Sulpicia desenreda con sus dedos el ensortijado cabello negro del guerrero caído. ¿Cómo ha podido suceder aquello? Los rayos del sol se filtran por el alto ventanal y un gallo canta en la lejanía. El hombre más viril de Roma descansa sobre el pecho de la mujer sin haber podido cumplir como debía, vela apagada, mástil truncado. El derrotado mílite no da crédito a lo sucedido. Tantos días en campaña esperando el momento de verse con Sulpicia y no ha logrado abrazarla como Venus desea. ¿No ha dormido hace poco con Publia Osina, la más exigente ramera de Roma?, ¿no ha hecho saltar de gozo aquella misma tarde a la dama Pomponia?, ¿no es considerado el mejor amante de la ciudad?, ¿por qué se malogra su virilidad sólo en el lecho de Sulpicia? Son tres noches seguidas ya con aquel pesar, ella madura, rebosante, ardiente; él frío, distante, pesaroso. ¿Dónde están los antiguos abrazos en los que la joven se abría como granada y él se apoderaba de su cuerpo como un sátiro indecente del de una ninfa?, ¿qué le sucede?, ¿será víctima de un maleficio?, mejor estaría corriendo delante de Aníbal por toda Italia con el ejército derrotado que descalabrándose en el altar de Cupido. El sol indiscreto acaricia ya el lecho, resbala por la pared y se detiene en el azulejo, desde donde sonríe la imagen del sátiro. Sulpicia no se había fijado antes en la extraña representación del dios Luperco, patas de chivo, rostro lúbrico, mueca socarrona. ¿Estuvo siempre allí? Escipión se despereza, pesaroso, con ojeras, los ojos enramados, el ademán triste; nada hay más femenino que un hombre de armas llorando por su perdida reciedumbre. ¿Viste antes esa imagen, querido?... Desconoce la pareja que, a esa misma hora, radiante ya el sol, dos mujeres recogen huesos, desclavan muñecos de trapo, tapan pócimas, guardan en una caja dos cabellos púbicos de Escipión y de su amante recogidos por esclavos en las termas, y ríen satisfechas por su seguro triunfo. Una es la despechada dama Valeria Fabia, la gran hembra, la esposa del viejo Marco Junio, cónsul y censor, rico entre los ricos, primera dama de Roma, a la que Lucio Cornelio ha desairado por preferir a la joven Sulpicia. La otra es Tiberina, la más afamada experta en maleficio de Roma. Se palpan los amantes por última vez, y de nuevo las agujas invisibles se clavan en sus carnes impidiendo que la alegría de Eros se abra paso en el interior de la despanzurrada hombría del guerrero. Sin duda he sido víctima de algún maleficio, querida Sulpicia, dice el joven Escipión, hemos de mantenernos alerta. Pero, ¿quién puede querer algo tan horrible? ¿Tendrá que ver con ello ese azulejo, el sátiro que nos mira? Cierto, es nuevo, tienes razón, ¿cómo no nos dimos cuenta antes?, dice Publio Cornelio, debe de formar parte del encantamiento. ¡Arranquémoslo, querido, toma tu daga y rómpelo! Y a golpes, el amante vaciado destroza el azulejo. Pero, ¿quién pudo ser?, ¿tú lo sabes? Sí Sulpicia, sí que lo sé, la dama Valeria Fabia, la del viejo Marco Junio. ¿Por qué? No puedo decírtelo, al menos ahora que debes partir al sacrificio ante el altar de Juno, es una larga historia.  

En una colina de Roma. Todas las mujeres del Palatino y del Celio, del Aventino y del Esquilino, hasta del Viminal y del Quirinal, parecen estar presentes en la ceremonia. No hay sacerdotes. Son las grandes damas las que ofician por orden expresa del Senado, las que han asumido la intermediación entre los hombres y el Olimpo. La dama Valeria, de la casa Fabia, es quien abre el vientre del cordero que se inmola. Junto a ella Atilia y Manlia, de la casa de los Postumio, las tres con las manos ensangrentadas, las tres decididas; algo retirada de las anteriores una cuarta, la joven Sulpicia, de la casa de los Sulpicios del Aventino; detrás, las demás mujeres de Roma. Se echa en falta la presencia de la honorable Tertia, de los Emilios, nobles entre los nobles, hija de Emilio, el padre generoso que la adora y la consiente, una joven siempre disconforme con todo, pero con fama de inquebrantable virtud, heredera de la saga de matronas más honorable de la Urbe; su ausencia es una injuria más para las damas presentes que la envidian más que odian a Aníbal. En torno al altar de Juno la dama Valeria hurga en las entrañas del cordero. Manlia y Atilia también tienen las manos manchadas de sangre. Parecen felices en función tan masculina. Los Arúspices, únicos hombres presentes, las ayudan a extraer las vísceras, a depositarlas en bandejas y, expertos, las enseñan a hurgar entre sus pliegues. Sulpicia siente deseos de vomitar, la mano sobre la boca del estómago. Valeria la mira, sonrisa fría, hiel en los labios. Pasó la noche en vela, eso es evidente, y sentirá los intestinos revueltos por la penitencia del amor no satisfecho más que por la repugnancia ante la sangre de las víctimas inmoladas. El arúspice mayor expone a la concurrencia las entrañas sin mácula del cordero. Las mujeres prorrumpen en gritos de júbilo. El púnico será derrotado, anuncian los dioses. Las romanas se sienten felices por su reconocida importancia. Eso quería el Senado cuando encomendó que, como excepción, las mujeres atendieran el culto a los dioses, que las madres de Roma gritaran y se desahogaran en los templos en lugar de hacerlo en el Foro. Tan notable idea salió de la mente del preclaro joven Marco Porcio Catón, toda una promesa para la República. Pronto la misma ceremonia se celebrará en otro altar, en otra colina, ante otra deidad. Terminados los ritos, Valeria es felicitada por sus compañeras de sacrificio, todas quieren abrazarla, pero la oficiante se zafa y llega hasta la joven Sulpicia. Esta intenta evitarla, pero la Gran Sacerdotisa interina la toma del brazo. ¿Qué te sucede muchacha?, ¿te encuentras mal?, ni que te estuvieran dando arcadas de preñez, pero bien sé yo, querida que no pueden ser tal cosa, ¿verdad?, otra será la causa, ¿no es así? Ella no contesta. En fin, ya te lo dije querida, ese muchacho no te conviene, aunque supongo que asistirás esta tarde a la domus de Tertia Emilia, va a ofrecer una representación teatral y, según dicen, irá algún que otro hombre, entre ellos tu querido Escipión, ¿no lo sabías? Sulpicia no lo puede soportar y sale corriendo del templo, mientras Valeria ríe. ¡Qué muchachas!, ¡Qué muchachas!, exclama la gran dama dirigiéndose a Atilia y a Manlia que acaban de acercársele, las manos aún ensangrentadas. Estas asienten cómplices, miméticas.



 

III

 

Termas, a la caída de la tarde. Las emanaciones salutíferas llenan la estancia. Varios hombres charlan en silencio entre vapores. Se distinguen en la turbiedad del ambiente la panza prominente del cónsul Flaminio, la enjuta figura del viejo Escipión, la triste faz del derrotado Sempronio y la adusta de Máximo. Más al fondo, los cuerpos musculosos de los jóvenes Marco Porcio Catón y  Publio Cornelio Escipión, las grandes promesas de la República. Todos callan y piensan. Comentan naderías y calculan. En sus mentes la amenaza púnica. ¿Quién podría imaginar que entre aquellas paredes húmedas, entre la nubosidad del aire caliente, acuoso, la espuma del Senado traza las grandes líneas del futuro? Envueltos en los vahos que emanan de la piscina, los nobles senadores, raspador en mano, se auxilian, silenciosos, en la limpieza de sus pieles. Sempronio pasa el raspador por la espalda desnuda del que fuera su colega de consulado, el viejo Escipión. Flaminio, actual cónsul, limpia a su vez la de Máximo, futuro cónsul. Al fondo, los dos jóvenes, Catón y Escipión, permanecen en silencio contemplando cómo mana el sudor de sus cuerpos en goterones cada vez más pesados que resbalan hasta las baldosas del suelo; son muchas las jornadas pasadas juntos entre juegos, entrenamientos y devaneos amorosos; algunos los consideran inseparables, como hermanos. El joven Catón, tiene extraviada su mirada en las aguas de la piscina, y calcula complejos movimientos; su mente conspiradora nunca se detiene. Aún no se ha interpuesto entre ellos más que una diminuta sombra de celos: Catón envidia a Escipión porque este ha entrado dos veces en combate y él aún ninguna. Escipión el Joven, embebido en su silencio, piensa en el lecho derrotado, y su mente vuela lejos, hasta los hombres que siguen conteniendo a Aníbal como pueden por bosques y montañas, unos héroes, como aquellos dos embadurnados de sangre de pies a cabeza capaces de matar ellos solos a un elefante y que llegaron los últimos frente a las murallas de Plasentia. ¿Qué derecho tiene él a revolcarse entre almohadones y placeres mientras ellos luchan? No permitió el padre que se quedara con sus soldados y quizá por eso ha sido castigado por los dioses en el lecho de Sulpicia… ¡Sulpicia!, quizá luego podrá verla en la domus de Tertia Emilia, donde dicen que se representará una obra de teatro. ¿Realmente desea verla?, ¿no buscará sólo el desquite para su honor? Rumores de conversaciones atenuadas por los ecos y el chapoteo de algunos bañistas en la piscina de la estancia de al lado son los únicos sonidos. ¿En qué piensas, Publio Cornelio?, pregunta Catón. ¿En qué va a ser?, en guerras y en mujeres, responde aquel con forzada sonrisa que pretende ocultar su desazón, pero termina contándole al amigo su problema. Este asegura que todos conocen en Roma lo que le ha sucedido en el lecho, que la tal Valeria Fabia ha tenido algo que ver y que no se entiende cómo Marco Junio sigue tan ciego con los devaneos de su esposa. Me vengaré, Marco Porcio, te juro que me vengaré de esa ramera antes de que su esposo le clave la daga, dice el corrido amante y confiesa al amigo que tras asearse acudirá a la domus de Tertia Emilia, que allí encontrará a Sulpicia y que intentará concertar una nueva cita. Yo que tú, amigo, me olvidaría de la bruja de Valeria y, te digo más, dejaría a esa Sulpicia, he oído decir que es una muchacha taciturna, callada cuando le conviene pero demasiado habladora en el fondo, como todas y, además, muy calculadora, te haría la vida imposible, créeme. No sé, quizá tengas razón. Un esclavo se acerca a los dos hombres para cambiar las toallas con que se secan el sudor. Pero, atento, Publio Cornelio, tengo que decirte otra cosa, verás, si acudes a la domus de los Emilios ten cuidado, pues hay allí unos ojos que sólo con mirar una vez devoran a los hombres, unos ojos que pueden tentarte. No entiendo, amigo. Quiero decir que la anfitriona, Tertia Emilia, es una sirena que a todos encanta, quizá por lo inaccesible que siempre fueron las mujeres de su familia. No me interesa, Marco Porcio, que me imagino por dónde vas. Me agrada oírte decir eso, y sí, tienes razón llevo tiempo preparando las escalas para trepar a esa muralla. Ven entonces conmigo a su casa, parece que van a representar una obra de teatro. Sí, Lisístrata, una vergüenza griega, una desfachatez impropia de tan pura matrona, por eso no acudiré. No hay flor sin espinas, querido Catón, pero tranquilo camarada, no tocaré tu huerto. Gracias, amigo mío,  me fío más de tu palabra que de un testamento, el honor es la única virtud que puede detener ese ariete que llevas colgando, dice Marco Porcio y golpea, amigable, los genitales del amigo. Este da un respingo y lo insulta. Espero que no se te escape ese animal y haga de las suyas delante de mi amada, y tranquilo hombre, todas las romanas lo tienen por invencible. Hay un amago de fraternal pelea entre los dos jóvenes, pero pronto se calman, están demasiado preocupados para juegos. En serio, Publio Cornelio, no me levantes la pieza. Tranquilo, Marco Porcio, ya  he dicho que no me interesa. Es que, amigo mío, no encuentro mujer que mejor cuadre con el viejo modelo de matrona romana que necesito como compañera; Tertia es ideal. Está claro que te conviene, Marco, tú también eres un puro, un Rómulo reencarnado, ¿verdad?, ¿es cierto que piensas ir descalzo y con el torso desnudo toda tu vida como era uso entre nuestros antepasados? No deberías usar ese tono tan guasón conmigo, ya me conoces y estate seguro de que lo haré, caminaré descalzo, pero no estoy chiflado como alguno supone, ¡qué hacer!, por eso mismo la necesito, es una mujer  fantástica, la esposa ideal, aunque ese gusto que tiene por lo helénico, no sé... ¡Vaya, hombre, Marco!, ¿haciendo ascos de un dulce porque lleva un toque de canela oriental? Los dos muchachos ríen y se abrazan. Pronto el Destino armará sus manos y se lanzarán uno contra el otro, así consta en los libros sibilinos, pero aún no ha hablado el dios de lo inevitable.

Domus Emilia. El paterfamilias se ha ausentado para que la hija, Tertia, pueda hacer su voluntad sin cortapisas. Las mujeres se agolpan en la amplia estancia donde se representará la obra de teatro Lisístrata, de Eurípides. Muchas damas asisten, otras son mujeres del pueblo. Entre las primeras la joven Sulpicia; entre las segundas Lelia y su bella Secunda; también asiste, regocijada, su hija menor, la sacerdotisa Floronia, acompañada por la gran vestal Opimia. Risas y alegría. La anfitriona, por todas reconocida como personificación de la virtud femenina en la Urbe pese a su juventud, ha resuelto acoger en su casa la función que el Senado había prohibido representar en el teatro desmontable del Foro. No son pocos los manteos negros de viudas y los ojos llorosos. Tertia Emilia sufre por aquellas mujeres; comparte su dolor sólo con mirarlas; se representa los sufrimientos del parto que aún desconoce, los lamentos por la muerte del hijo amado que aún ignora, los desgarros por la ausencia que aún no la han quebrado, y mira a las dolientes con amor de hija. Quizá por esa mirada suya cálida y profunda todas la respeten, todas la admiren, todas la ponderen, pese a su juventud, nacida de una larga saga de matronas intachables que se pierde en la memoria de Tiberio, el dios del río Tíber, auténticas vestales profanas que personifican a Roma. Tras la cortina que hace las veces de telón, se escucha el movimiento acelerado de los cómicos. Tanto necesitan reír las mujeres de Roma como respirar.

Termas. Todos callan. Todos piensan. Hemos hecho bien enviando a las mujeres para que cumplimenten a los dioses, dice por fin Flaminio, al menos vendrán contentas a casa esta noche. O todo lo contrario, añade el viejo Escipión, las veréis rebosantes de orgullo divino, y tendréis que acudir al lecho de alguna esclava. Mi hermana Valeria Fabia será la más feliz de todas, dice Máximo, parece que ha ejercido de suma sacerdotisa. Todo un regalo para el pobre Marco Junio, dice Flaminio. Es cierto, amigos, responde Máximo, esta noche descansará sin los agobios fogosos de su esposa. Los Fabio, querido Máximo, sois gente de sangre caliente, añade Escipión el Viejo. Bueno, nuestra madre parió fuego y hielo, y a mí me tocó de lo segundo, qué le vamos a hacer, pero sí, tenéis razón, mirad al pobre Marco Junio en la piscina caliente, ¿no os parece que su cara rebosa felicidad? Es natural, dice Escipión, a su edad dormir bien es un regalo de Apolo. Ríen discretos aquellos graves senadores, no exentos, a lo que se ve del vicio tan femenino de la murmuración. Al fondo, el joven Escipión le comenta a Catón que pronto se olvidarán todos de que la idea de implicar a las mujeres en los cultos salió del segundo y que los mayores  hicieron suya tal iniciativa. La memoria de la República es frágil, querido amigo, responde Catón resignado. Pero las derrotas están ahí, y esas no se olvidan fácilmente. Cierto, Escipión, tu padre fracasó, Sempronio fracasó también. Ahora le toca a Flaminio salvar a Roma pero, ¿no crees que la Victoria sea deidad que se entiende más con jóvenes que con viejos? Seguro, pero hemos de aguardar nuestro turno. Alejandro no esperó. Alejandro no era romano, amigo Escipión, responde Catón, nosotros no somos griegos. Y entre los veteranos: Debemos detener a Aníbal cueste lo que cueste, llega a gritar Flaminio a sus reposados amigos. Yo no estoy tan seguro de que sea aconsejable una batalla frontal, responde también enérgico Máximo. Es la discusión de siempre, dice Escipión al fondo a su joven amigo Catón. Y entre los mayores: el pueblo lo pide, un enfrentamiento definitivo es lo que se necesita porque, ¿desde cuándo los romanos esperamos y mareamos al enemigo como propone Máximo? De grandes convicciones rabiosas como la tuya, Flaminio, están talladas las columnas del Tártaro, replica el aludido. Y en el rincón de los jóvenes: tienes razón Escipión, comenta Catón, es la discusión de siempre… Y en el rincón de los veteranos: Pues yo estoy dispuesto a derrotarlo si el Senado me da el mando. Lo tienes, Flaminio, eres el cónsul... Noto ironía en tu tono, Máximo, ¿es que tú no atacarías? La victoria no es sólo cuestión de decisión y voluntad… Pues, ¿qué más hace falta según tú? Inteligencia, responde seco el interpelado. Y prudencia, añade Escipión el Viejo. Y entre los jóvenes: siempre están igual, dice el cachorro de la familia de los Escipiones. Pronto nos tocará a nosotros tomar las riendas, amigo, seguro que lo haremos mejor. ¡Que Minerva te oiga! Escipión el joven se despide de su amigo y de los graves senadores, el teatro lo espera. ¡Ah, la juventud y las citas amorosas!, comenta Flaminio al verlo retirarse. ¡Quién pudiera!, se queja Máximo.

Domus Emilia. ¿Por qué no acudiste a los sacrificios a Juno esta mañana, Tertia?, pregunta la vestal mayor Opimia a la joven Emilia mientras las espectadoras se acomodan donde pueden para contemplar aquella ansiada representación en la que las hembras, que no los varones, son protagonistas de una gesta sin precedentes en la vieja Atenas, unidas contra el necio furor guerrero de sus hombres. No lo puedo remediar, querida Opimia, yo estoy más cerca del pueblo que de esas empingorotadas matronas que contaminan el ara de los dioses con sus lenguas de víbora, y no comprendo, vestal, cómo el Senado ha permitido que pongan sus manos sobre sagrado, dice la anfitriona y señala a la Gran Sacerdotisa el rostro doliente de Lelia, la viuda de Cayo, la madre del soldado Marco que aún sigue con las unidades que hostigan a Aníbal por Italia, la mujer que ha de ajustar su vida a la magra sportula que le entrega cada mañana su patrón Postumio, la que ha sido capaz de agitar a las angustiadas matronas de Roma y hacer que se planten con sus quejas en el Foro, la madre de Floronia, alumna de la Gran Vestal. Esas mujeres son Roma, Opimia, y no aquellas blasfemas. Tienes razón, Tertia Emilia, por tu juventud habla la sabiduría que has heredado de tu madre y de tu abuela, tienes toda la razón... Y no, muchacha, no digas que exagero, alabarte sin sentido sería indigno de mi cargo... ¡Ay, vestal!, estas pobres mujeres precisan más de fiestas que de rezos y sacrificios. Cierto, joven amiga, bastante ofrenda hacen a diario con su sufrimiento. La vestal se acomoda los pliegues de la lujosa túnica y toma entre las suyas una mano de la joven. Bendito por Talía sea tu honorable padre que permite estas distracciones... ¡Míralas!, madre, mira qué caras de felicidad tienen las pobres; en este instante sus penas las han abandonado. Sí, hija, esperan reír. Pero dime, Opimia, ¿crees que el Senado ha hecho mal prohibiendo la representación en el Foro? Creo que sí, querida, lo han hecho por miedo, pero la verdad es que no sé a qué temen, y también creo que tú has actuado con discreción, pese a tu juventud, al traer la función a esta casa con el permiso del paterfamilias, claro, qué tesoro es disfrutar de un padre tan complaciente. La joven anfitriona mueve una mano como para quitar importancia a tan halagadoras palabras. Cuentas con todo mi apoyo y el de mi institución, muchacha, y te doy gracias en nombre de todas las romanas,  eres gran alivio para sus desgracias, ¿sabes?, nos une el ser mujeres, hija mía, hijas preferidas de Vesta… Sí, pero te diré, querida sacerdotisa que hay algunas romanas que son más bien machudas, habría que ver si tienen pelos en ese sitio... ¿En ese sitio?... Sí, en las tetas... ¡Por Apolo, criatura!, ¡qué lenguaje! En algo tengo que mostrar mi edad, ¿no crees?, y no te asustes vestal porque, ¿qué quieres que te diga?, esos viejos reptiles deben de tener arrugada el alma, y mucho más arrugado lo que yo te cuente, ya me entiendes… Las dos grandes damas, muestrario de juventud y madurez, ríen y contagian a las mujeres que tienen alrededor. También algún hombre ha acudido al improvisado teatro, le hace ver la anfitriona a Opimia. Sí, claro, por allí veo al joven Escipión, y ya me he dado cuenta de que no le quitas el ojo de encima... ¡Por Apolo Délfico, vestal, qué cosas tienes! Yo sé lo que me digo. No creo que sepas, madre, por qué ha dejado las termas a hora tan temprana para mezclarse con tanta mujer... Tú me dirás la razón, Tertia. Pero, Opimia, ¿no te has enterado?, pues verás, sucede que ha defraudado a Valeria, la esposa de  Marco Junio... ¿Defraudado?, ¿qué quieres decir?, esa dama es un dechado de virtud… ¡Ay, vestal, vestal!, que la joven soy yo, ¡quita esa venda de tus ojos!, Valeria es más ramera que la ornatriz Faustina... ¡Pero qué dices, criatura!... Anda, madre, no pongas esa cara, el muchacho la ha despreciado porque prefiere a la joven Sulpicia, mira, allí está sentada, al fondo, lo cual es muy natural, ¿no crees?, por eso ha venido a nuestro teatrillo, por ver si ella aún le hace caso, y dicen que la gran Valeria Fabia le ha lanzado un maleficio. La joven se regocija en los apuros de la seria sacerdotisa, tan alejada del mundo pese a vivir en el centro de Roma, además, ha logrado desviar la sagacidad de la veterana vestal sobre la atracción que siente por el joven militar, ¿será tan transparente su sentimiento? Veo que estás muy sorprendida, Opimia, pues te diré más, Valeria ha usado de artes maléficas para separar a los amantes, con la ayuda de esa nefasta Tiberina, ya ves, la noticia circula por toda Roma, aunque comprendo que muchas informaciones no lleguen a la casa de las Vestales… Eso es lo que pasa, por ello siempre he dicho que deberíamos vernos con mayor frecuencia tú y yo, querida, y no me ofende que piensen que aprendo de ti, de una joven que podría ser mi hermana menor o incluso mi hija… Te comprendo, Opimia, y creo que cuchichear en el buen sentido siempre será instructivo para una sacerdotisa... Eso mismo digo yo, niña... En el Foro las mujeres aprendemos este arte desde muy jóvenes. Lo que no se puede permitir, queridita, es que gentes tan encumbradas se dediquen al rastrero crimen del maleficium, creo que debo comunicárselo al Pontifex Maximus... No te molestes, vestal, seguro que ya está enterado, además, tan mala práctica es inevitable hoy día, con Roma invadida por tanto refugiado de Italia. Quizá tengas razón Tertia, pero, ¡mira!, ¡mira!, Escipión también se ha levantado y parece que se retira, y ella ni lo ha mirado; ¿te has dado cuenta? Desde luego, Opimia, te fijas en todo... Y también noto que te has sonrojado de nuevo, hija... ¡Qué cosas tienes, madre!... ¡Ay, pequeña!, la agudeza de tus palabras no puede ocultar por completo tu juventud, y te diré que sabré poco del mundo pues vivo alejada de él, pero mi mente es tan vieja como los libros sibilinos que consulto a diario... Dime, hija, ¿he acertado un poquito? ¿Por qué negarlo madre?, responde la muchacha con la mejor de sus sonrisas y bajando la mirada, tu dardo ha dado en el blanco. Te agradezco la sinceridad, niña. Las dos mujeres se besan. Las espectadoras aplauden rítmicamente para que empiece por fin la función.



 

IV

 

Por fin, hacia el amanecer, el sueño penetra en la mente de la vieja Tertia Emilia quien, montada sobre el alado Hipnos, viaja al pasado. Entre algodones oníricos, la visita el rostro grande, tierno y mofletudo de la desventurada vestal Opimia, y logra que se relaje su espíritu torturado por la vigilia. Qué inocente era la gran mujer, pobre infeliz. La contempla en su mejor momento, durante la memorable representación de Lisístrata en su domus, ella joven y engreída, la sacerdotisa madura e inexperta en los recovecos más groseros de la vida. Cómo relaja a la anciana la sonrisa de aquella buena mujer, pero poco dura la refrescante imagen, pues esa serpiente que la devora por dentro ha tenido a bien morderle las entrañas para saludar al nuevo día, y el rostro armónico de la gran vestal se trueca en horrible mueca ensangrentada. Tertia, acompasado su recuerdo con el dolor, contempla cómo el sagrado cuerpo sin vida de la madre de Roma yace en las escalinatas del templo de la Diosa, trágico fue su destino. Los ojos de Tertia están abiertos, espantados por la horrible visión, cuando entra en la habitación la fiel Florila acompañada de las esclavas que la asearán, y con las que la traen la medicina y el magro desayuno, un simple queso fresco de cabra. Su amiga la besa en la frente y percibe su temperatura elevada, la calentura ya no se le bajará ni con paños ni con caldos de ortigas. Pronto llegará el médico. Cuando los ritos del amanecer se han completado, Florila se aplica en su cegata labor cotidiana. La pequeña esclava coloca las agujas en las manos de la eterna compañera de Tertia y vigila para que no se le escapen los puntos. Te diré,  dómina, que poco antes de que despertases tuvimos visita. ¿Algún encargado, algún mensajero? No, que va, alguien que vino a visitarte. ¿A mí?, ¿quién puede interesarse por una vieja moribunda? Ay, querida Tertia, todos en Roma te aprecian. Ya será menos. Desde bien joven eras considerada como el genius de la ciudad, como la presencia viva de la piedad de nuestras mujeres. ¡Ay, Florila!, ¿no te has enterado aún de que era título heredado de mi madre y de mi abuela?, ¿que yo nada hice para merecerlo? Lo que quieras, pero todos te amaban, nunca nadie dudó de ti. Ya sé, mujer, pero ¿me dirás de una vez quién ha venido a visitar a la gran matrona que ya no puede ni controlar su vientre? Era Catón. Nada responde Tertia. Cierra los ojos y recuerda aquella mañana en el Foro. Ella iba en un palanquín, acompañada de su séquito, como de costumbre; Marco Porcio Catón caminaba descalzo y con el torso desnudo, también como de costumbre, aunque en su juventud tenía el hombre de qué enorgullecerse, pues sus músculos eran perfectos, su torso digno de Hermes, su apostura pretendía evocar la imagen que todos tenían de Rómulo. Sabía que era atractivo, qué duda cabe, pero ella nunca le hizo caso pues ya para entonces Publio Cornelio Escipión era el inevitable héroe con el que se desposaría, con el que deseaba engendrar la sangre nueva que salvaría a la República, el destino escrito por los dioses resultaba insoslayable. Tuvo que optar entre Aquiles y Agamenón, y optó por el primero, el mirmidón que humillaría el atrevimiento de los púnicos. El orador dio el alto a su comitiva como edil curul que controlara un cargamento de harina. Se dirigió a ella con ademán serio y con la palabra certera, ejemplar, pilum arrojado por el centurión del manípulo. Durante meses había estado rondando el momento oportuno para abordarla, pero Tertia siempre lo evitó, de manera que, obsesionado con la idea de conseguirla, se atrevió a dirigirle la palabra en mitad del Foro. Estaba claro que aunque se adornara con la musculatura de Heracles y con la lengua de Demóstenes, era un rematado imbécil. Habló de Roma, de la pudicitia, de la nobilitas, de la dignitas, de la auctóritas, del mos maiorum, y dijo que todas estas virtudes estaban en ella, pero también en él, que por separado eran dignas en ambos casos, pero que juntas, que unidas en un compromiso de vida, se multiplicarían en lugar de sumarse y que, en fin, le estaba proponiendo matrimonio como solían hacer los antiguos, decía, hablando con la rudeza del latín primigenio, sin adornos, sin flores ni artificios orientales. Ella calló, admirada por la impertinencia, ¿acaso había dado pie para tales expectativas? No era escasa la intrepidez del más puro de Roma. Ante el silencio admirado de Tertia, el orador añadió que la integridad del hombre se cohonesta con la pureza de la mujer. La joven, sin responder palabra, dio orden a los esclavos de seguir su camino. Vio entonces cómo se derrumbaron las montañas musculares del héroe aqueo, cómo se desinflaron los brazos poderosos, cómo se ahuecaron las facciones áticas y se mostró el trasfondo de calavera que siempre lo acompañó en su madurez. ¿Qué esperaría de ella?, ¿que se derritiera ante sus palabras de fuego? Ni adiós le dijo. ¿Desconocería aquel senador, el hombre más enterado de Roma, que Publio Cornelio se le había adelantado?, ¿sería aquella una acción desesperada para recuperar lo que creía suyo?, ¿una reacción ante la supuesta traición del amigo de infancia? A Tertia Emilia poco le importaban las razones de  comportamiento tan desmedido, y lo dejó con la hermosa palabra en la boca, con los grandilocuentes adjetivos alicaídos, con el honor del gladiador derrotado en la arena, con el sorprendido rostro del esclavo emasculado por el amo cruel. No tornó a mostrarse ante ella hasta pasados los años, cuando Publio Cornelio lo invitó a su casa con motivo de una celebración oficial. Está convencida de que en aquel encuentro, allá por sus tempranas juventudes, antes de que se casara con Escipión, se halla el origen de la enemistad eterna entre su esposo y el senador más íntegro de Roma, el censor, el que tanto mal hiciera a su familia. ¿Por qué crees que quiere verme, Florila? Aseguran que está enfermo, dómina, que sufre graves jaquecas. ¿Soy  yo médico acaso? Quizá el mal lo tenga en la conciencia. Bueno, en tal caso, él es muy puro y podrá sacrificar buenos corderos a Esculapio para que lo sane... No seas tan cruel, Tertia, ¿qué te cuesta recibirlo? Pero, ¿sigue ahí? Desde antes del amanecer. Pues que se vaya por donde ha venido, que lance a los cuatro vientos esa frase suya de que Cartago debe de ser destruida, a ver si Quirino se apiada de él, pero dime, ¿crees que tendrá los dolores a causa de su mala conciencia? No sé si la conciencia puede doler, dómina, pero sí su cabeza, aseguran que sufre mucho, y que en varias ocasiones se ha desplomado a causa del mal en plena sesión del Senado. Pues mira, se lo merece, lo estará castigando Dioniso por todo cuanto hizo contra sus mujeres, ¿acaso no te acuerdas de cómo se portó el senador descalzo con tu familia, Florila? Ya casi no, si te digo la verdad, soy tan vieja, querida amiga, que el amor y el odio se han ido por el desagüe de los años. Eres muy sabia, Florila, pero yo no puedo perdonar tan fácilmente, dile que se vaya y no vuelva, que mi hijo Lucio, el paterfamilias, no está en casa y que es indecorosa su presencia en ella. Se hará lo que ordenas, dómina. Ya se levanta Florila para cumplir la orden, cuando la enferma añade: al menos de momento, porque quizá Dioniso le conceda una última oportunidad para arrepentirse de sus crímenes, pero esto no se lo digas. ¿Por qué crees tal cosa, dómina? Porque los demás culpables fueron castigados mucho antes, mientras que a él, Eleuterio, amo del vino y de la venganza, le ha permitido una larga vida, ¿quién puede adivinar lo que prepara el Dios que siempre sorprende? Si tú lo dices... Eso, al menos, aprendimos tú y yo en sus Misterios, ¿lo has olvidado, Florila?

 



[1] Todos los días, el patrón recibía a sus clientes, tomaba nota de sus peticiones y les entregaba un regalo en especie, la sportula. La clientela fue el antecedente romano de la dependencia feudal medieval.



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