NUEVO DESCALABRO
I
Solo quince días después de la
batalla del Ticino, los ejércitos de la República intentaron contener al lobo
que se escurriera desde los Alpes en su retaguardia. Nadie creía posible una
segunda derrota de las armas consulares en la ribera del Trebia. Tampoco se
esperaba que los grandes dioses dieran la espalda a la ciudad, pero estos
miraban hacia otra parte, no deseaban contemplar la inevitable derrota de sus
hijos frente a Aníbal, el nuevo titán. Estaban ofendidos por la incompetencia
de los suyos, gracias a la cual las deidades púnicas escalaban el monte sagrado
con la intención de arrojar a los inmortales de su eterna morada. Bien se sabía
en el Olimpo que el sufrimiento de las semanas anteriores era sólo la
vanguardia del auténtico llanto que anegaría la ciudad. Solo un dios despistado
y menor, Aquilón[1], al que
algunos llamaban Orfión —el Viento del Norte que convertido en ofidio fecundó a
Eurínome, hija del Caos primigenio, la cual puso el primer huevo del que todo
saliera, según decían los viejos pelasgos, un dios no reconocido en el Olimpo,
anterior a los tiempos y un tanto falsario—, esta deidad afeminada y
helenizante, decíamos, fue la única que apoyó la causa romana en tan memorable
jornada, pero poco podía hacer por sí sola. Se limitó a trocar el invierno
benévolo hasta entonces en aridez glacial por si ello molestaba a los púnicos y
favorecía a las armas republicanas. Qué otra cosa podía hacer. Jugaba a agitar
las capas rojas de los jefes: los Escipiones, cónsul e hijo, y Sempronio,
segundo cónsul que ostentaba el mando supremo por orden del Senado. Las
zarandeaba para que sus estampas, contempladas desde el llano, en el corazón de
la batalla, más allá del río Trebia, pareciesen las de Aquiles, Protoclo y
Agamenón, las de Ulises, Ayax y Diomedes. Disfrutaba el dios enviando su furia
ciega, su hielo, su azote sobre los combatientes; era lo único a lo que
alcanzaba su poder. ¿Dónde estarían los
demás dioses, los vigorosos?, ¿dónde la tríada capitolina? Júpiter, Minerva y
Juno parecían dormir. Ni siquiera Quirino, el que fundara la ciudad, había
acudido a sostener a los suyos; los colegas mayores del viejo Aquilón miraban en otra dirección. ¿Tanto los
habrían ofendido los romanos? ¡Ah, si él, triste viento del norte, dispusiera
de mayores habilidades! Al menos algo consiguió, como que el otoño de suavidades
se trocara en invierno de rigores, y que viniese en su auxilio la amada hija
Quione, diosa blanca, repartiendo nieve y helando los corazones púnicos. Pero
el astuto Aníbal que conoció sus trucos y rigores mientras cruzaba los Alpes,
obligó a sus hombres a embadurnar los pechos con grasa de elefante para no
sufrir los latigazos del dios, y eran ahora los suyos, los hijos de la Loba,
quienes soportaban peor las caricias de sus alas. ¿Quién habría podido prever
tanta astucia?, pero no era cometido suyo acrecentar la inteligencia de los
romanos en aquel trance, sino de Minerva, quien parecía haberse calado el casco
hasta tapar la mirada, así no tendría que contemplar la nueva derrota de sus
hijos. Eso sí, qué excelentes los caballos de los númidas —siempre fueron los
equinos la gran pasión de este dios alado—, qué apostura, qué paso, nacidos
para la guerra o la acrobacia, carne de centauro. Nunca pudo preñar el viento
del norte fecundador a las yeguas de Cartago cuando le mostraban los cuartos
traseros en África o en Hispania, tan rápidas eran, tan esquivas. Por eso
odiaba, despechado, a las armas púnicas, además de que los hermosos corceles
flanqueaban siempre a unidades de paquidermos, dedos de Hércules que penetraban
en la formación enemiga desgarrándola. Desde la altura se escuchaba su furioso
barritar mientras arrollaban a los geométricos manípulos romanos. Mucho poder,
pero carecían de arte en las acometidas, de tino en los ataques, de estampa en
el desfile, una vulgaridad. Y allí sobre la colina, los dos Escipiones, padre e
hijo, junto con el segundo cónsul, Sempronio, enviados por el Senado para
enmendar el desastre del Ticino. La nube portadora de la derrota se posó en la
ribera del Trebia y asustó a Nike, la Victoria alada, que levantó el vuelo. Poco
podían hacer ya tan grandes generales para invertir el curso de la segunda
batalla, y lo sabían. Aquilón también se sentía impotente: no tenía más armas
que las recibidas de Eolo, los carrillos para soplar frío y a su hija para
arrojar nieve. ¡Ay del pueblo abandonado por sus más potentes divinidades!
La
caballería cede por los flancos, dijo el exaltado cónsul Sempronio, responsable
de aquel ejército por orden del Senado. El joven Escipión apenas podía contener
sus ansias por entrar en combate. Sólo la mirada del padre lo contuvo. Además,
era su deber cuidar de este, pues aún no estaba restablecido de las heridas
sufridas en el Ticino. ¿Era posible que se perdiera también esta batalla? Los
dos cónsules habían discutido el plan de combate hasta altas horas de la
madrugada. Pies calientes y cabeza fría es lo que hay que tener, decía el viejo
Escipión, pues no se combate sólo con la espada, sino con la inteligencia. Pero
Sempronio era un vendaval. Además estaba ansioso por abatir al temible Aníbal y
superar así a su colega en el consulado, derrotado en Ticino. En su impaciencia
no pudo soportar las provocaciones de los jinetes númidas y, en lugar de enviar
en persecución de los revoltosos —que no serían más de trescientos—, sólo a la
caballería, mandó formar a todo el ejército
y cruzar el Trebia. Ahora tenían al enemigo delante y al río detrás. Y,
entre tanto, el joven Escipión, para quien la trampa trazada por Aníbal saltaba
a la vista, debía callar. ¡Ah, si hubiera podido tomar decisiones pese a su
juventud, como Alejandro! Si los cuadros descomponen la formación, estamos
perdidos, dijo el cónsul a su colega Escipión el Viejo.
Y,
tras los generales, Tito, miembro de la guardia personal de Sempronio susurró
al oído de su camarada: si los cuadros descomponen la formación, deberíamos
pensar en escapar los primeros, amigo Píctor. Se habían encontrado por azar,
guiados por la naturalidad con la que tropiezan entre sí los salidos de un
mismo molde, y formaban entre los asistentes personales de Sempronio. Tiempo
atrás Tito había proveído a Pictor de rameras prácticas en extravagantes artes
que el ayudante de cuestor realquilaba a senadores viciosos; una lástima que
negocios tan pujantes hubieran quedado truncados por las palabras pronunciadas
por la diosa Vesta en mitad del Foro. Pictor se las apañó para que Tito, pese a
haber sido sancionado por pendenciero, entrase en tan escogida unidad. El
encuentro de los dos amigos debió de ser facilitado por Apate, el Engaño, hijo
de Nix, la Noche, la más oscura de las diosas. En Tito encontró Pictor al
compañero de fechorías fiel con el que compartiría sus más vergonzosas
aspiraciones, pues poseían ambos la misma tonalidad de pensamientos, idéntica
gama de ideas y similar era la razón que los movía: medrar a costa de quien
fuera preciso.
El ala izquierda romana intentó detener el avance de los
elefantes. Marco y Cantilio no comprendían por qué fueron integrados en esa
unidad, la más avanzada, la compuesta por criminales liberados de la cárcel a
cambio de arrostrar una muerte más que probable en beneficio de la República.
El viento les acariciaba el rostro como para tomar las medidas de su mortaja.
Ningún dios se apiadaba ya de unos cadáveres que aún se sostenían por milagro
sobre los pies. Les ordenaron que hostigasen a los elefantes con dardos,
flechas, e incluso que se deslizaran bajo ellos para acuchillarles los
vientres. Se trataba de provocar la mayor confusión posible entre las bestias y
los púnicos, como sucediera con los paquidermos que trajo Pirro para defender
Tarento mucho tiempo atrás. En aquella ocasión memorable triunfaron las armas
de Roma, pues los elefantes, castigados desde muy cerca, se volvieron contra
las falanges de su patrón, el rey de Epiro. Aquilón hizo que silbaran los
dardos romanos, e incluso intentó dirigirlos hacia los blancos enormes con
pieles de cuero curtido y patas como las columnas del templo de Apolo. No podía
hacer más Aquilón, dios subalterno, por las armas republicanas.
II
Admirado, el ululante viento
del norte contempla la heroica escena. Dos legionarios suicidas se deslizan
bajo el vientre del más grande de los elefantes que, herido por los dardos de
las vanguardias romanas, se ha detenido dolorido, agónico. Clavan una y otra
vez los gladiums en la panza de la
bestia. Nadan en su sangre caliente como orina. Al tiempo, el portentoso y
amable viento escucha una conversación tras los generales, en la colina del
alto mando: sí, escapemos, Tito, otros no podrán decir lo mismo. ¿Te refieres a
Marco y a Cantilio? ¿A quiénes si no?, allí abajo están, ¿no los ves?, sí
hombre, entre los elefantes... Pero, Píctor, si allí no queda nadie, están
todos muertos. Por eso digo que no debes apurarte... Buen trabajo, amigo, veo
que tienes influencias, el cónsul Sempronio te hizo caso. No resultó difícil
convencerlo para que lo destinasen a primera línea, ya sabes que cuando era un
simple pretor le hice muchos favores en asuntos de hembras... Sí señor,
colocaste muy bien la mercancía que yo te proporcionaba. Mis clientes nunca
quedaron defraudados, Tito, eran putas de primera, por eso el cónsul estaba
agradecido y simuló creer cuanto le conté sobre esos dos... Eres el mejor,
Pictor, en cuanto te vi alistado supe que recibirían su merecido. Claro, Tito,
entre camaradas tenemos que ayudarnos, además, ya sabes que he jurado venganza
contra la madre y las hermanas de esos dos, las muy rameras, ahí es donde más
les duele, que pierdan de momento a sus hombres... Descuida, Pictor, pronto nos
ocuparemos de ellas, también conmigo tienen alguna causa pendiente, pero ahora
sólo debemos preocuparnos por salvar el pellejo. Tienes razón, camarada,
¡vámonos!
El viento enrabietado, histriónico como un actor de
comedia, nada más puede hacer para favorecer a los suyos. Se agita desde las
espaldas de la formación romana, pero el empuje púnico, en apretada falange, es
como una ola del mar, flexible e imparable. Aquilón sólo se permite remolonear
entre las plumas de algún penacho y su hija Quione no le es de gran ayuda, pues
se limita a proporcionar una pantalla blanca sobre el campo de batalla. Se
siente satisfecha absorbiendo en su doncellez inmaculada el calor de la sangre
joven. La línea de combate se convierte en una longaniza. La caballería romana
es desbordada, los cuadros de la infantería son rebaños de reses que caminan en formación hacia el
matadero. Los oficiales azuzan a los rezagados para que sigan combatiendo, pero
estos avanzan con un pie y retroceden con el otro. En la colina desde la que
los cónsules divisan el combate, cunde el desánimo. Creo que estamos perdiendo,
Escipión, dice Sempronio. Roma perderá batallas, pero nunca las guerras. Los
nuestros tampoco pueden retirarse por el río. No hay otro camino, Sempronio.
¿Ataco con mis fieles, padre?, algo podríamos hacer, sugiere el joven Escipión.
No, Publio Cornelio, esta guerra será larga, y necesitaremos vivos a todos los
que, como tú, puedan llegar a dirigir las legiones. La impotencia consume al
legado Escipión el Joven. Aquel enemigo resulta formidable. ¿Cuáles son sus
virtudes? La rapidez, sin duda, y la capacidad para asumir riesgos. ¿Y cuáles
sus defectos? Aún no los conoce, pero quizá el que se extienda demasiado en su
avance es una torpeza, pues se halla muy alejado de las bases, claro que esto
les obliga a combatir con más bravura pues carecen de retaguardia en la que
refugiarse. ¿Será capaz el joven Escipión de vencer algún día a Aníbal? ¿Estará
su triunfo entre los planes de Destino? Un escalofrío recorre el cuerpo del
legado. Allá abajo los suyos aún resisten, caen, se levantan y mueren. Las
lágrimas se le agolpan en los ojos al contemplar la nueva derrota de las armas
romanas, como si fuera mujer, como lloró Sulpicia cuando le dijo que se
incorporaba al ejército. ¿A qué se dedicará en aquel momento la muchacha?
Seguro que habrá ofrecido algún sacrificio a los dioses por él. Tendrá que
pensar lo que debe hacer con ella cuando regrese a Roma, quizá desposarla…
Pero, ¿regresará algún día? Preferiría permanecer en el frente siguiendo la
suerte de sus soldados.
En la primera línea dos legionarios acuchillan sin pausa
el vientre del elefante asaeteado que ya se tambalea. Los púnicos no se atreven
a acercarse a ellos. Apenas se los ve, situados en el mismo centro de aquel
abdomen prominente y sangrante. Serán aplastados, es inevitable. Aquilón sólo
puede soplar con fuerza para refrescar los rostros de los valientes. ¿Dónde se
habrá escondido Marte, dónde Juno, dónde Júpiter? Astarté y Baal, dioses de
Cartago, son los únicos dueños del campo. Marco y Cantilio no piensan ni en la
vida ni en la muerte, son máquinas, autómatas que no cesarán en su trabajo de
carniceros titánicos hasta que les falte el aire, o los agotados corazones se
detengan. La bestia debe morir. ¿Por qué? No se hacen preguntas ya. Chapotean
en su sangre y perciben que los cuartos traseros del animal quieren ceder. Lo
han logrado. Recuperan la cordura, se miran, recuerdan sus nombres. Vuelven a
ser Cantilio y Marco. Deciden huir, arrojan las espadas, corren, resbalan, las
patas de la bestia ceden, arrodilla las traseras, ellos no pueden levantarse y,
con estruendo de losa, el elefante se desploma sobre los infelices. Se miran.
Es el fin. Se hace el silencio. Pero, tras la oscuridad siguen respirando y
hasta pueden hablar, y del exterior, por una especie de rendija, penetra una
bocanada de aire fresco. Aquilón quiere anunciarles con este beso que no han
muerto, que las Parcas no pretendían aún cortar sus hilos, que han caído en una
hendidura del terreno y que el enemigo no los ha aplastado sino tapado. Ellos
ríen alocados y lloran a la vez, hasta se sienten cómodos en la ensangrentada
charca, mientras en el exterior renacen los gritos, los golpes, las carreras.
Ríen dementes y Aquilón ríe con ellos. Pero este ha de partir, debe soplar aún
contra los púnicos en un intento imposible por que venzan las armas de Roma.
¿Dónde estarán los poderosos dioses que han de proteger a la República?
Los
legionarios resisten como pueden a las hordas de cartagineses, hispanos, galos
y baleares que integran la avalancha púnica, pero la Derrota, diosa innominada,
se hace inevitable. Hemos perdido Sempronio, dice Escipión, el cónsul sin
mando, a su colega, el general en jefe, debes ordenar que toquen a retirada.
Morirán todos en el río. Alguno se salvará. Esperemos algo más, quizá aún, no
sé, quizá nuestra torcida Fortuna… Pero el enemigo no da tregua. Desde la
arboleda más próxima a la retaguardia romana, una partida de jinetes númidas
ataca vociferante. Los cónsules ven salir de aquel escondrijo un enjambre de
caballos resoplantes. El viejo Escipión recuerda a las abejas que se posaran en
el árbol del pretorio allá en Ticino; hasta parece como si de la horda de
jinetes se desprendiera un zumbido: ¡Majón!, ¡Majón!, ¡Majón! Es el hermano de
Aníbal, dice Escipión a Sempronio, son astutos estos perros, ¡toda una noche
escondidos tras la arboleda!, ¡admirable!, ahora sí que es el fin para nuestras
armas, amigos, ¿cómo es posible que hayamos caído dos veces seguidas en la
misma trampa, Sempronio? Lamento haberos fallado a todos. No solloces más,
general, la culpa no es sólo tuya, y ordena que toquen a retirada. Lo siento,
Escipión y sí, tienes razón, salgamos de aquí lo antes posible. Por fortuna el
puesto de mando no ha atravesado el río, al menos en esto me hiciste caso. ¡Lo
siento! ¡Lo siento! Que los legados no te vean llorar, Sempronio, recuerda que
eres romano. El viejo Escipión toma al caballo de su colega por las riendas.
Vamos, Plasentia no está lejos y tiene buena muralla.
Antes de que Aquilón transmita el primer compás del primer
toque de la primera tuba llamando a retirada, dos hombres ya vuelven grupas:
Pictor y Tito. Deben llegar los primeros a Plasentia para encontrar el acomodo
más barato. Subirán los precios cuando entre en la ciudad el grueso del
ejército en desbandada. También deberán apañárselas para volver a Roma lo antes
posible, no les será difícil, tienen contactos en todas las esquinas del poder,
son muchos los funcionarios, ediles, potentados, e incluso senadores deseosos
de procurarse alguna comisión complementaria por ocultar de las levas a Tito y
a Pictor. Los dos socios tienen mucho que hacer en la Urbe; que correteen los
héroes delante de Aníbal. Aquel mar de
muertos es un criadero de viudas, un bancal de patrimonios sin administrar, un
océano de oro para ellos. Lo tienen todo calculado, el negocio resultará
redondo pues quien gestiona bienes ajenos sin la presencia del amo, debe
disponer de buenas espaldas para portar todo el beneficio que, sin duda, obtendrá.
Esquivarán el reclutamiento forzoso, pues podrían recorrer a ciegas los
escondrijos administrativos de la República, los atajos, los callejones sin
salida, y su bolsa estará presta para alimentar codicias, ¡bendita y corrupta
Roma!
Aquilón, el viento del norte, ve huir a los mandos, y
empantanarse a los legionarios en el río Trebia, repletas sus aguas de vidas
agostadas. Ve a los cadáveres amontonarse, amigos y enemigos, cuerpos que poco
antes habían recibido el soplo del viento en sus pieles bruñidas, jóvenes y
plenas. Ve cómo, pasadas las largas horas de matanza, de persecución y de
gritos, noche sin luna ya, dos bultos salen de debajo de un paquidermo muerto.
Es testigo el buen viento de cómo Marco y Cantilio se encaminan al Trebia donde
ya ni los enemigos buscan romanos para exterminar, hartos de clavar lanzas en
meros cadáveres, y ve cómo lo vadean apartando cuerpos que flotan, haciendo pie
sobre otros que se amontonan en el fondo. Los dos amigos se han salvado. Quione
protege su huida hasta Plasentia con una tupida nevada; el blanco cuerpo de la
diosa se enrojece tras sus pasos. Es ya la hora prima y el sol aparece tímido
en el horizonte. Entrarán en la ciudad y serán aclamados por sus camaradas como
los grandes héroes de la triste jornada. Su valor, poderosa atadura, les
soldará con el ejército. Todos los oficiales desearán tenerlos en sus unidades
para seguir resistiendo al invasor por los campos ensangrentados. Tito y Pictor
lamentarán su fracaso, pero reirán por el destino de aquellos valientes que
juegan a esconderse de la muerte; será cuestión de tiempo que les llegue su
turno. Ellos dos sí que retornarán a Roma de inmediato con el derrotado y
triste Sempronio, pues Tike, la Ocasión, diosa que aparece pocas veces en la vida
humana, pasa a su lado y les provoca con su largo cabello, ese que deberán
sujetar con fuerza.
III
Tertia Emilia no tiene
fuerza ni para irritarse porque se le haya acabado el agua de la crátera, o
porque no funcionen las poleas del ingenio ideado por Florila y por Cornelia.
Lo que no se terminará mientras aliente
es el recuerdo de aquellos viejos y presentes tiempos, un pasado que se
entremezcla con el presente y con su respiración. Es ya noche cerrada y la domus permanece en la más absoluta
quietud. Está sola, mecida por el canto monótono de las cigarras. En la lejanía
se escucha el aullido de perro, o de lobo, tan conocido, y por la frente de la
enferma un suave aleteo agita el aire reseco, la mariposa que no duerme,
¿realmente se encuentra sola?, ¿son los presagios dulce compañía?, no, pero la
certeza de la muerte, lejos de entristecer a la matrona, la relaja. En la
balaustrada del balcón una figura oscura, inmóvil, se ha acomodado para pasar
la noche. Es el gato negro. Ya están todos juntos. Quienes le faltan son las
fuerzas. Tertia Emilia siente su cuerpo como una piedra cada vez más pesada, no
podría mover el dedo de un pie. Tampoco tenía fuerzas la República para
enfrentarse a Aníbal. Una batalla tras otra perdieron sus aguerridos mílites:
primero Ticino, la sorpresa; después Trebia, la imprudencia; pero luego
vinieron Trasimeno, la ineptitud y, finalmente Cannas, el peor de los oprobios.
Después, la indecisión del enemigo y el tiempo de espera, y Lucio Cornelio
venciendo en Hispania, y su matrimonio. Estaba bellísima, toda Roma salió para
admirarla, la domus de los Emilios desde donde partiera el cortejo relucía de
flores y colorido, la vía hasta llegar al palacio de los Escipiones estaba
alfombrada por el pueblo de Roma que no quería dejar de verla a ella, a la
matrona; la tenían como a una diosa viva pese a su juventud, como también
ponderaron en extremo a su madre y a su abuela; consideraban a las mujeres de
la familia Emilia encarnaciones de la virtud que debe esperarse de una noble
romana; era una curiosa tradición impuesta por la costumbre. Tiempo después se
desató la victoria, y asomó por muchas domus de Roma el pánico con la temible
enfermedad que trajeron las legiones de África, un mal innominado que parecía
sembrado entre los hijos de la Loba a propósito por las derrotadas deidades
púnicas, una venganza final. Fueron miles los afectados; muchos fallecieron.
Menos la sed, que es lo que ahora la aterra, los soldados sufrían de todo:
vómitos, tos, fiebre y después pestilencia y una larga modorra de ánimo,
larguísima desesperanza. Tras la victoria en Zama, el pobre Marco permaneció
con su familia en la domus de los Emilios mientras se restablecía. Luego de que
este partiera con los suyos a su domicilio del Trastíber, su hermana Florila se
quedó a su lado. La amable compañea que ahora duerme dedicó su vida a ella. A
la matrona le gustaría que la amiga estuviera siempre velando su lecho y, la
verdad, bien pocas son las horas que la deja sola, pobrecita. Pero por aquellos
lejanos tiempos, era Tertia Emilia la que debía cuidar sin descanso a su héroe,
a Lucio Cornelio, porque Escipión el Joven también estaba afectado por el mal
aunque en menor medida que la mayoría de sus hombres. ¿Cómo se transmitía
aquella maldición de los dioses púnicos? Nadie lo sabía, y menos nuestro médico
de entonces, el brutal Arcagato, pero sostenía que la muerte de los guerreros
sería inminente si no se tomaban contundentes medidas, y que incluso el mal
podría afectar a otros de la domus. Afirmaba que un éter invisible salía de las
fauces de los enfermos cuando se los tocaba, y que penetraba sin que nadie lo
viera en los cuerpos de los demás, por lo que recomendaba, mejor imponía, que
nadie en nuestra casa se tocase, prohibió los abrazos y los besos. Fueron dos
años los que permanecieron todos en aquel hogar sin besarse, sin tocarse
siquiera, incluso después de que su esposo sanase por orden de Destino, pues la
deidad alada lo consideraba insustituible en la República. Tertia Emilia está
convencida de que esa fue la razón que le separó de sus hijos mayores cuyas
caritas no tornó a palpar. Por fortuna, logró convencer a Publio Cornelio para
sustituir a aquel médico que parecía recrearse en el sufrimiento. El bendito
Silófanes fue nombrado físico de la familia, el que permite ahora a la enferma
beber cuanto quiera, el que no proscribe el cariño, el seguidor de Hipócrates
que considera a la muerte como el acontecimiento más natural de la vida, y se
limita a ayudar a que el neuma escape del cuerpo con dignidad. Sin embargo, el
mal estaba ya hecho. Tras tanto tiempo sin tocar los cuerpecitos de sus
pequeños, quiso besarlos, pero ellos se endurecieron; la madre palpó el frío
mármol de unas estatuas. Sólo Cornelia la Menor reaccionó, sólo ella se lanzó
despreocupada al cuello de la madre como si el tiempo no hubiera transcurrido,
sólo ella fue la receptora de su cariño. A los otros los perdió, ¡maldito
Arcagato!, ¡malditas medidas higiénicas e inoperantes! Por eso la abuela ha
desgastado a besos a los nietos, niños de miel, por eso los necesita tanto
ahora, por eso ellos serán diferentes, sensibles a los cambios, unos romanos
íntegros y completos. Pero ahora no están a su lado, dormirán arropados por las
ninfas, por las nereidas, por las fatas
de los bosques. Los tendría a todas horas junto a sí, dormiría con ellos y
hasta podría conciliar el sueño oliendo el aroma a vainilla que escapa de sus
cuerpecitos. ¿Dormir?, un lujo, Tertia Emilia ya no duerme, ya no sueña, sólo
permite que su mente se enturbie con recuerdos, como ahora que se imagina, que
ve en la vigilia adormilada la llegada de Tifón el de la enorme figura, una
sombra con cabeza de Gorgona, patas de
elefante, un elefante al que alguien destroza el vientre, ella es el elefante,
ella siente las cuchilladas, ella es quien acuchilla, ella la que se derrumbará
sobre los suyos y los aplastará, sobre sus pequeños Tiberio y Cayo, pero no
puede consentirlo, no, y el gato viene en su auxilio, es negro, seguro que es
negro, seguro que es ella misma, o Atropos disfrazada, la que corta los hilos.
Sí, es la de la tijera quien le roza su mano colgante con su lomo velludo, ella
quien la despierta, era una maldita ensoñación, un boceto de pesadilla, no
sueño auténtico, pero sí es cierto que siente el vientre acuchillado, ¡Ay,
Florila, por qué me dejas sola!, pobre amiga, también tiene derecho a dormir,
como ella que parece sumergirse de nuevo entre la bruma enviada por Hipnos, el
dios que va y viene, el que no se cansa de infundir en los humanos desbaratados
pensamientos que encubren mensajes de los inmortales. ¿Dónde se encuentra
ahora?, en lo alto de una muralla, es la ciudad de Plasentia, y por la nieve,
manchándola con regueros rojos como calzadas, llegan los derrotados del Trebia
y, entre ellos, aquellos dos acuchilladores, Marco y Cantilio, con los rostros
de Tiberio y de Cayo, sus pequeños, y en sus semblantes el dolor por la
incompetencia de su general más que por el de las heridas, por la pérdida de
tantos compañeros, y ella soporta la visión de tanto cadáver caminando bajo la
lluvia blanca de Quione, hija de Aquilón, ¿está soñando?, ¿está despierta y ve
el pasado?, ¿será acaso el futuro?, ¡qué más dará!, puede volar y, volando
retorna para ahuyentar tales pensamientos al seno de los ritos que tanto la
confortaron en aquellos viejos tiempos; participaba en ellos como la más
humilde de las romanas. Nadie la conocía en las bacanales. Era la única mujer
de la nobleza. Ahora, pasados los años son muchas las grandes damas que se
esconden tras el altar de Dioniso y tras el de la madre Cibeles, pero ya nada
es igual. ¿Dónde ha escapado el olor a ajo, a sobaco rústico, a hembra
poderosa? En aquella cueva, seno materno, nadie preguntaba. Se sentía feliz
entre mujeres infelices, en medio de sus danzas, al compartir los misterios.
Era la compañía de las mujeres de su clase la que la incomodaba. Sólo cuando
regresó de Delos, de compartir ritos con las griegas seguidoras del Dios, supo
que la Historia exigía la plena introducción de aquellos cultos helénicos en
Roma; además, no sabía cómo, pero estaba convencida de que tales ritos
beneficiarían a la política de su esposo. El tiempo le dio, trágicamente, la razón.
Tras la carnicería del Trebia, Roma conoció una meseta de regocijo en mitad de
la guerra, ¿o fue más bien Tertia Emilia quien resultó afortunada, golpeada por
Eros, asaeteada por Amor, el hijo de Venus? Dos flechas de oro atravesaron dos
corazones: el suyo y el de Publio Cornelio. Fresco está aún el recuerdo de
aquellos encuentros casi clandestinos bajo los robles, hasta los grillos
disfrutaban saboreando los jugos y el sudor de los amantes que se desparramaba
entre las hierbas. Todo queda muy atrás, pero es tan vivo el recuerdo como los
mordiscos del águila Etón en su hígado. El desgraciado permite que la víscera
crezca durante el día para devorarla por la noche. Ella es Prometeo, ella trajo
a Roma el culto del fuego, lo hizo en silencio y quizá por eso alguna deidad
celosa la esté castigando. Su torturador no es el señor Apolo Délfico, al que
conoció en su maravilloso templo; no es tampoco su opuesto, Dioniso, el igual
que viene, su inseparable Líber, alter ego de Apolo; es la condición humana
quien lacera sus carnes, pues en ella se mezclan dos naturalezas: la de los
titanes y la divina, apolínea y dionisíaca a la vez. Ha de morir en cualquier
momento, quizá aún no, quizá cuando las hojas de los robles sagrados caigan
sobre la tierra. Pronto partirá hacia el Aqueronte, que habrá de purificar la
componente titánica de su psique en el Asfódelos, y retornará a la tierra convertida, en mariposa negra quizá, en gato negro, en
cuervo negro, o en perro que aúlle por la noche en la lejanía o, ¿por qué no?,
en loba que se cuele en el campamento enemigo,
¡es tan imprevisible la exigencia del Dios!, Dioniso y Apolo en una sola
deidad que acaricia sus sentidos con la música excelsa del hijo de la musa
Calíope. Quizá se reencarne en gusano de la isla de Lesbos, destinado a
penetrar por las cuencas de la cabeza musical de Orfeo, la voz de las dos
divinidades; o también podría llegar a la noble condición de una mosca verde
que se pose en un jugoso solomillo en una tienda de las Tabernae, ¿quién sabe?
Lo cierto fue que, tras las batallas del Ticino y del Trebia, la República
experimentó un tiempo de calma tensa que duró seis meses, de diciembre a junio,
antes de la tercera derrota, la del lago Trasimeno; un entreacto en el que se
forjaron amores, se trabaron enemistades, se afilaron espadas y se gestaron
turbios negocios. Tertia se acuerda de todo ello como si hubiera sucedido ayer.
[1] El narrador de esta
historia, cántabro romanizado, descendiente de
ciudadanos aristócratas, progresistas y por completo helenizados
—seguidores de Publio Cornelio, de Tertia Emilia, de Cornelia Menor, de los Graco, de César, de Augusto y de otras
grandes figuras de la Historia—, suele usar los esbeltos nombres griegos de los
dioses, en lugar de los latinos romos y chaparretes, justo como los notables de
aquellos tiempos hacían, los cuales alimentaban sus almas de cultura griega y
evitaban referirse a los dioses con sus nombres tradicionales, aunque en
ocasiones se dejaban llevar por la ancestral costumbre latina y mezclaban la
arcaica denominación con la de moda, y se referían a los mismos dioses usando
indistintamente su apelativo latino o el griego. Era un signo de distinción
el mostrarse lo más helenizado posible, comportamiento que, queda dicho,
el narrador hace propio. Gracias a esta corriente sincrética, personificada en
la novela por Escipión y Tertia, nuestra cultura base no es hoy meramente latina
y harta de ajos, sino esbelta y recia al tiempo, helena y romana al fin. Nadie
se escandalice, pues, por esta mezcolanza de denominaciones.

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