VESTA
IRRITADA
I
Carga la caballería púnica.
Retumba la tierra. Los pies de los soldados republicanos perciben el terremoto
y el miedo se les enrosca a las pantorrillas. Marco siente que calza témpanos
de hielo, pero el hábito nacido del entrenamiento se impone y las petrificadas
extremidades obedecen la orden de avanzar. Cantilio nota cómo la escueta coraza
de hierro que sólo le cubre el corazón baila más de la cuenta y le molesta, se
la arrancaría, pero no puede romper la formación para ello. Ha debido de atar
mal las cinchas. Ya no tiene remedio. A Marco, una oreja se le ha quedado
plegada bajo el casco. No los han entrenado para actuar con tanta celeridad. Se
pararían de buen grado a arreglar los pequeños desperfectos de sus atuendos, convertidos
en insoportables molestias, pero Cantilio solo puede atender al baile ya
descarado de la placa de hierro y Marco al casi dolor de la oreja. Tambores,
griterío del enemigo. Nuevo juego de órdenes: cambio de dirección, paso de
carga. Definitivamente los púnicos vienen a caballo, son muchos, infinitos.
Puede que pronto no vuelvan a respirar. Puede que pronto no vuelvan a ver.
Puede que se les quiebre para siempre la memoria. Lo peor será sentirse
aplastados por el peso de los muertos. Las piernas son columnas, las sandalias
plomos, la tierra quiere apropiárselas cada vez que se clavan en ella las
puntas de las suelas. ¿Qué harán su madre y sus hermanas si mueren él y el
padre en combate?, piensa Marco. ¿Serán capaces de llevar el peso de los
negocios? ¿Cómo evitarán que se aprovechen de su ignorancia? Debe sobrevivir,
debe seguir respirando, mirando, palpando, oliendo. ¡Retornaré, Madre! También
Cantilio mira en su interior hacia Roma y contempla el rostro de Tito
requebrando a Secunda, lo ve delante, es el púnico que ataca y el odio se
acumula en la punta de su lanza.
Toque de
alto. Parada en seco. Órdenes tajantes. La primera línea ha debido de lanzar ya
sus jabalinas. Nuevo aviso y es la segunda la que arroja la muerte. La cabeza
de la lanza de Marco toca el suelo, preparada, su mano acaricia el mango.
Cantilio se imagina los pechos enemigos que atravesará la suya. Las líneas de
lanzadores han retrocedido y se colocan tras la última fila. Ellos arrojarán
justo cuando el choque sea inminente. Otra línea, otra. Ya queda poco. Marco
respira hondo y siente la orina que le resbala por los muslos, ya estaban
avisados de que tal cosa sucedería pero ellos se rieron por juzgarlo imposible.
Cantilio y él dan los pasos reglamentarios, preparatorios del lanzamiento,
pronto llegará su turno. Es ya la novena línea que ha cumplido con su cometido.
Ya les toca. Los rebufos de los caballos enemigos que se les echan encima se
truecan en agónicos lamentos. Muchos de ellos habrán caído. Deben mirar para
apuntar, pero no ven nada. El centurión da la orden. Las lanzas de Marco y de
Cantilio han partido paralelas, les duelen los hombros por el esfuerzo del
lanzamiento. La pequeña defensa de hierro del pecho de Cantilio, rotas ya las
cintas, se desprende y cae; casi tropieza con ella. A la señal del centurión,
el manípulo completo da la vuelta y corre hacia la retaguardia. Su hueco será
llenado por otros legionarios. Así se recuperarán del esfuerzo del lanzamiento
antes del choque y estarán frescos para el contraataque.
El enemigo ya llega y es la caballería romana
la que penetra por el hueco que ha dejado la unidad de Marco y de Cantilio.
¡Los besarían! Ahora es su turno. Ahora verán esos púnicos. Tras la caballería los
princeps avanzan a paso de carga
hacia la primera línea. Y allí está Cayo,
en la segunda fila. Padre e hijo entrecruzan las miradas; es un instante eterno.
Marco, Cantilio y los suyos han cumplido con su deber y ahora descansan en
formación. Cuando den la orden se lanzarán ellos también al combate. El miedo
se ha evaporado tras el primer choque. También les avisaron en los
entrenamientos que el pánico se disuelve en cuanto se ve el rostro real al
enemigo. Se han convertido en retaguardia. Ahora esperan ansiosos la orden.
¡Ellos salvarán a Roma! La batalla sangra delante envuelta en polvo que apenas
permite ver. Muchos caballos salen del cerco del combate, sus jinetes han
debido descabalgar. Todos combaten a pie, hombre a hombre. Y llega la señal. Se
levantan los estandartes y ellos, gladium
y escudo, piernas y cabeza, se lanzan contra el enemigo, grito al viento. Ya no
padecen temblor, los pies vuelan calzados con las alas de Mercurio. Ya no sienten
palpitaciones en las sienes. Ya no hay protestas de las tripas ni calor húmedo
entre las piernas. Estaban avisados: el miedo se secaría y se desprendería de
sus ánimos como cae del árbol la fruta madura. Marco y Cantilio avanzan a la
cabeza de la tropa. La décima línea de hastatii,
es la primera ahora. No han llegado ni a la mitad del camino que les separa de
la línea de combate, cuando a sus espaldas estalla el espanto. Salidos de
repente de una nube ceniza, montados sobre caballos de furia, guerreros
oscuros, ojos como teas, gritos dementes, galope que hace repicar al bombo de
la tierra. El manípulo detiene su avance. Se vuelven. Han sido sorprendidos en
la retaguardia por los famosos jinetes númidas, seguro que son ellos. Están
perdidos. Ha llegado el momento. ¡Adiós, Padre, no he sabido protegerte!...
¡Adiós Secunda, nos veremos en el Asfódelos! Marco es golpeado, su última idea
es de pesar por no haber tenido tiempo de protegerse con el escudo. Antes de
caer ve cómo Cantilio es golpeado por un jinete. Luego la oscuridad y el
silencio.
Marco yace
entre cadáveres y estandartes partidos. Percibe el peso de tanto cuerpo roto y
la sensación pastosa de la sangre, ajena o propia. Aquellos miembros fríos que
lo rodean pertenecían, instantes antes, a lo mejor de la juventud romana. No
debe de estar muerto del todo, pues aún puede acordarse de quién es y de dónde
está, de Secunda, de su madre, del sabor del vino, del polvo levantado por el
ejército de Aníbal, de los rebufos de los caballos enemigos, de la mirada de su
padre Cayo, de los regalos de Hércules en las fiestas de Sigilaria cuando era
niño. Transcurre el tiempo. Se hace el silencio. Cae la noche. Alguien lo
zarandea. Lo despiertan. Frente a él, Cantilio. Abrazo. Llantos. ¿Dónde
estamos? Al otro lado del Ticino. ¿Cómo has escapado tú? Haciéndome el muerto.
¿Y mi padre, dónde está? En los Campos Elíseos, Marco, nos saluda desde allí.
Otros tres mil de los nuestros lo acompañan… Pero… Sí, compañero, ahora eres tú
el paterfamilias. El herido cierra los ojos y se deja caer en el sangrante lecho.
Sus sentidos, aún febriles, bosquejan la imagen noble del padre, los ruidos del
hogar, el olor a berzas cocidas, el rostro de su madre llorando la pérdida del
esposo, e invoca la protección de Vesta.
II
Ante los mismos ojos de la diosa
Vesta, muy cerca del templo donde se custodia el fuego sagrado, las
vociferantes se lanzan sin miramientos sobre la comitiva de Pictor, el ayudante
de cuestor, el ambicioso bastardo engendrado por un Fabio en una liberta. Tenía
decidido cruzar el Foro camino del destartalado despacho, en las Tabernae. La
juventud, almacén de todas las bizarrías, lo impulsaba. Aquella mañana habría
de revisar muchas cuentas y calcular sus comisiones. No podía abandonar su
trabajo por temor a unas locas vociferantes. Al final de la jornada trazaría
varios esquemas para escribir algún día su proyectada gran historia de Roma en
cuyas raíces buscaba ensartar los orígenes de su discutida estirpe. El acopio
de la máxima cantidad de riqueza posible era garantía de supervivencia, y los
aires de literato que escribía en griego, le darían fama de culto y exquisito.
Sabía que el baldón de su origen le obligaría a permanecer para siempre en la
entresombra ciudadana y que no podría alcanzar jamás mayor altura en su cursus honorum que la de mero ayudante
mal pagado de cuestor, lo cual era ya todo un sueño para hombre de su condición. Además, ¿qué información podría darles
a aquellas dementes? Estaba seguro de que no lo molestarían. ¿Qué podría saber
él de supervivientes o de batallas?, claro que por la blancura de su toga
podrían pensar que pertenecía al Senado. La confusión, en el fondo, le
agradaba. ¡Él tendrá que respondernos! ¡Eso! ¡Que nos diga qué ha sido de
nuestros esposos! ¡Estos haraganes son los que tenían que haber ido a la
batalla en lugar de nuestros hijos! Los dos ayudantes del empleado intentaron
poner orden, látigo en mano, y abrir camino entre la muchedumbre que los
acosaba. Arreciaron los insultos. La nube humana se hizo más densa. Hortalizas
podridas y bosta de burro se estrellaron contra la inmaculada toga. Varios
rollos de papiro que el contable llevaba bajo el brazo cayeron al suelo y
fueron pisoteados. Los látigos amenazaban sin gran convicción a las agresoras.
Gritos de estas. Imprecaciones de los hombres. Ida y vuelta de empujones y
zarandeos hasta que Pictor —deseoso de demostrar cómo la chusma merecía ser tratada—, tras arrancar
el rebenque de la mano de uno de sus hombres, lo blandió y alcanzó a la mujer
más próxima. Todos se aquietaron. El aire pareció rasgarse. Gran sacrilegio.
Tan grave como si se hubieran roto los fasces sagrados. Un diminuto riachuelo
de sangre se abrió en el rostro de Lelia Cerunia. Unos y otras quedaron
paralizados, armas en alto. Pictor fue el primero en reaccionar. Decidió seguir
adelante con el castigo. Alejandro habría hecho lo mismo, pensó, un momento de
debilidad resultaría fatal para él. Se abalanzó sobre la mujer caída para
concluir el ejemplar castigo. La sujetó de los cabellos y azotó su espalda, al
tiempo que profería los peores insultos contra ella, del que puta era el más
benévolo. Las demás callaron impresionadas por la profanación sufrida por todas
en la persona de su cabecilla. El silencio de la masa era reflujo del oleaje
antes de lanzarse contra las rocas con la plenitud de su furia: sería
descuartizado por las seguidoras de Lelia, el acto final era inevitable. Pero
una voz femenina, ronca, autoritaria, profunda, de oráculo inapelable paralizó
el brazo de Pictor y, sin duda, salvó su vida: ¿Qué haces, desgraciado? La
procesión de las sacerdotisas que cumplían con el sagrado deber de mantener el
fuego de Vesta, había salido como cada mañana hacia el templo de la diosa.
Opimia, la Gran Vestal, alertada por los gritos e imprecaciones, y por el
chillido de su alumna Floronia que había reconocido en la ultrajada a su madre,
se desvió de la comitiva por ver lo que sucedía. ¿Qué haces, miserable?, repitió
Opimia, te he hecho una pregunta, ¿padeces sordera?, ¿acaso te ha ofendido esta
infeliz en tu sacrosanta dignidad? Impedían que acudiera a mi trabajo. ¿Y te
has atrevido a tratar así a la esposa de un ciudadano, de Cayo Floronio,
cliente de Postumio Albino, hija del caballero Paulo Lelio Crux, madre de una
vestal? Yo soy un Fabio, respondió el ayudante de cuestor alzando orgulloso la
cabeza. Te conozco de sobra y, Fabio o no, has de reverenciar a la
representante de la diosa. La sacerdotisa ordenó al soberbio que agachase la
cabeza en señal de respeto. ¡Canalla! gritó sin poder contenerse la joven vestal Floronia. Antes de inclinarse, la
mirada de Pictor, flecha de fuego, se cruzó con las de la Gran Sacerdotisa y su
pupila. En ese instante nació el odio que Destino alimentaría, agigantaría y
trenzaría con deseos lujuriosos y con iras desbocadas, hasta formar un río de
lava que abrasaría con el tiempo a la bella entre las bellas, a Floronia, la
que ya se decantaba como sustituta de Opimia. ¿Desconoces que estas matronas
han podido perder a sus maridos, a sus hijos, a sus nietos, en la batalla del
Ticino?... ¿Balbuceas?.. ¿Tú tampoco sabes nada de eso?, ¿que nada tienes que
decir porque nada has oído?... Pero, al menos, estarás enterado de que estas
mujeres son romanas, que el dolor las embarga, que habrán hecho locuras y que
podrán hacerlas aún mayores en el futuro si nadie les da noticia de sus
familiares, pero que son matronas, no esclavas ni libertas como lo fueron tus
antepasadas, son los vientres que parieron a la Roma que se ha batido
heroicamente contra el púnico… ¿Y tú?, ¿qué haces aquí y no en el campo de
batalla?... ¡Anda, ve con los rollos de documentos, con tu orgullo remendado y
tu ambición al peor rincón del Tártaro si no te alistas de inmediato en el
ejército que ya está formando Sempronio, el segundo cónsul! No tienes nada que
oponer, ninguna disculpa te servirá, y sí, claro que puedes hacer lo que
desees, pero la diosa Vesta usa mi boca y mi lengua. Sólo te resta atender o
desatender su consejo. Eres libre de actuar como te plazca, pero la Diosa no
tiene más que una palabra, y, desde este instante, toda Roma sabe lo que espera
de ti. ¡Vete ya! ¡Vesta, la guardiana del hogar, ha hablado!
III
¡Vesta, la guardiana del hogar,
ha hablado por mi boca!, repitió la Gran Vestal vuelta hacia las mujeres, olvidada del bastardo que se deslizó por la
calle pegado al suelo. La sacerdotisa no vio la mirada torva del joven Pictor.
El humillado ayudante de cuestor que nunca le perdonaría su sentencia y la
inapelable manifestación de la voluntad de la Diosa de que se alistase sin
remedio en el ejército que partiría en breve para vengar, en la ribera del
Trebia, a las águilas caídas en la del Ticino. ¡Matronas de Roma!, dijo Opimia,
yo os entiendo, la diosa Vesta también os comprende, y también los demás dioses
que lloran en el Olimpo. Marte está preparando las armas para el próximo
encuentro. Belona sangra su odio contra el púnico. Minerva estudia la manera de
derrotarlo, de hacerlo desaparecer de la tierra como si nunca hubiese existido.
Y todos ellos están con vosotras, hermanas, con vuestro dolor de madres, con
vuestra angustia de esposas, con vuestras lágrimas de hijas, por eso, os
aseguro que pronto podréis regresar a casa porque antes de que acabe el día un
senador leerá desde las Rostra la relación de los caídos y desaparecidos en
combate. Os lo prometo porque sois mis hermanas, y yo soy la voz de la diosa
Vesta, vuestra madre. La Gran Sacerdotisa abrazó con ternura a la maltratada Lelia,
y permitió que su hija Floronia la auxiliara. Luego, les rogó a la madre y a las dos muchachas, Secunda y
Florila, que las siguieran hasta la Casa de las Vestales.
Os diré,
queridas mías, que todos los senadores tienen conocimiento de quiénes fueron
los caídos, pues disponen de una relación de supervivientes. Sostienen los
grandes hombres que el pueblo debe permanecer ignorante de aquellos hechos,
pues muy pronto tendrá lugar otra
batalla, en la que haremos pagar su crimen a los africanos, y juzgan
conveniente evitar toda información que pueda provocar el desánimo, pero después
de lo que acaba de suceder y de que sepan cuáles son los deseos de la diosa, estoy
segura de que muy pronto informarán a las matronas sobre cuántos y quiénes son
los caídos. Lelia mira a Opimia con ansiedad. Parece que doy rodeos, ¿verdad Lelia?,
en realidad es muy triste lo que tengo que decirte, amiga. El rostro de la
matrona se contrajo. Tu esposo, Cayo Floronio ha muerto por defender a Roma. Lelia
abrió la boca con desmesura como para tragar el aire que le faltaba, como para
expeler el que le sobraba, pulmones inmóviles, fauces abiertas, bocanada de
muerte en la vida. No podía llorar, ni hablar, ni respirar. La Gran Vestal
golpeó su espalda para que retornase a su ser. Por fin, la matrona recuperó el
hálito, cargó los pulmones de aire envenenado y gritó con todas sus fuerzas.
Escapó el alarido por la ventana, sobrevoló el templo de Vesta y llegó al Foro,
donde fue recogido como propio por las mujeres del campamento. Respondió un
coro lúgubre, solidario, premonitorio. Los lamentos pronto atronarían desde todas
las esquinas de Roma; estaba escrito en los Libros. Aquel grito era la
vanguardia del sufrimiento. Pero Marco vive, añadió la Gran Vestal. El rostro
de Lelia se transfiguró y cambió las arrugas del llanto por las de la risa,
como mujer a la que, nada más parir, le entregan el fruto de su dolor. Y rió
sin pausa ni medida, y lloró sin descanso ni proporción. ¿Y Cantilio?, preguntó
Secunda. Vive también. Secunda se abrazó a la madre y participó por simpatía de
sus lágrimas y de su risa. También se abrazó a ella la pequeña Florila que no
entendía bien cuanto allí acontecía.
Antes de
la hora sexta, un joven senador, altivo, enjuto de carnes, huesudo el rostro,
enérgica la mirada y sobria la voz, de nombre Marco Porcio Catón, leía desde
las Rostra la relación de muertos y desaparecidos en la batalla de Ticino. Tras
un ventanal del Palacio de las Vestales, Opimia contemplaba la escena. Sabía
que estaba escrito que aquel joven anguloso llegaría a ser, rodado el tiempo,
el enemigo natural del joven Publio Cornelio Escipión, el llamado a salvar a
Roma del púnico y que a la República le esperaban tiempos de vendavales y
miserias, entre los que naufragaría la inicial buena amistad de los dos
muchachos, y se cuajarían los nubarrones negros que azotarían a la urbe durante
varios siglos: helenistas frente a tradicionalistas; populares frente a aristócratas;
el pueblo frente a los poderosos; el sueño del cambio frente a la pesadilla del
orden establecido; todos los matices posibles entre los dos polos, todas las
combinaciones y peripecias sangrantes, un parir con dolor, una Roma de vientre
resentido por las patadas de sus gemelos que pugnan por ver quién de ellos
contempla primero la luz, siempre Rómulo
frente a Remo, hermano contra hermano. Tras Catón, el rostro del que sería su
eterno rival, Publio Cornelio Escipión, el Joven, héroe del Ticino tras haber
salvado la vida de su padre en la retirada; y Opimia, triste por conocer el
futuro, expuesto sólo para ella en los libros sibilinos, sabía que Catón ya
miraba con recelo y envidia a su amigo de infancia, y que pronto dejarían de
soplar entre los alevines de políticos los suaves vientos de levante que hacen
volar las hojas de los robles en el otoño.
IV
Las manos de las esclavas
volaban plantando rizos, aplicando mascaras de arcilla y embadurnando con
tintes. Difuminaban los defectos de las dóminas mediante pinzas, repelones y
estiramientos, tortura que pocos guerreros escitas podrían soportar. Sólo las
lenguas quedaban libres de andamios, y eran usadas con ganas por las clientas.
A cambio de tanto sacrificio, los arañazos del tiempo en rostros y cuerpos
terminarían por convertirse en virtudes de un día. Ante la magia cosmética se
inclinaban los más expertos taumaturgos. Un esclavo nubio se encargaba de
rellenar con refresco o con vino aguado las copas de doble asa; otro,
macedonio, de ofrecer dulces y fruta a las torturadas matronas y un tercero,
corintio, de tocar un arpa que apenas se escuchaba, pues había de competir con
la cháchara incesante de las locuaces damas.
La
verdad, queridas, cuánto nos arrepentimos por
haber recomendado a la muchacha de los Floronio para vestal, dijo
Atilia. Y Sulpicia: pero es la más bella de Roma. Y Atilia: pues mira, mucho
menos que tú. La joven se sonrojó; sabía que la anfitriona exageraba. Pues sí,
fue mi esposo el que se empeñó en que participara en la selección la mayor de
las dos gemelas, y Floronia fue elegida para servir a la Diosa… Sí, claro, la
chica es guapa, pero no como para ser seleccionada, lo que pasaba era que aquel
año no había candidatas de la nobleza y a mi marido le dio pena de una niña que
tendría mucho que rodar por la vida si alguien no lo evitaba. Lástima que su
hermana, la tal Secunda, no ingresara también en el Colegio de Vestales… Y Faustina:
Tienes razón, mejor le habría ido, la verdad, porque anda volviendo locos a los
hombres… Y Manlia: como a esos dos pobres muchachos: Cantilio y Tito… Y Faustina:
Es cierto, los dos desgraciados que se han intentado acuchillar en pleno campo
de batalla según cuentan, ¿verdad?, ¡qué horror! Y Atilia: el tal Cantilio parece ser su
amante oficial y el otro el escondido, o, al menos eso es lo que se dice por
ahí. Y Manlia: claro, la hija es como la madre, una fresca que calienta a los
hombres hasta hacerles perder la cabeza, y con eso de que es hermana de una
vestal, se peina con las trenzas rituales, como las matronas y las
sacerdotisas, toda una vergüenza, queridas. Y Sulpicia: ¡pobres chicos, han
muerto tres mil!.... Mira por dónde sale esta ahora. Deja a la muchacha, quizá
tenga algún pretendiente entre los legados… ¡Vaya!, ¡se sonroja!, a lo mejor es
el guapo hijo de Escipión… ¡Tienes razón, Valeria, se ha puesto como un
cangrejo, la pobre! Por cierto, corta Faustina, ahora que nombráis a ese
muchacho, os tengo que contar algo muy interesante… ¡Cuenta, cuenta!... Pues
que el joven Escipión salvó la vida de su padre. Dicen que un jinete púnico le
lanzó un tajo al cónsul y que lo hirió, pero que cuando se disponía a
rematarlo, el muchacho se abalanzó sobre el enemigo y acabó con él de un sólo
golpe de gladium; no me digáis que no
es todo un valiente… La verdad que sí… Mira Sulpicia, ese sería un buen partido
para ti, dijo Valeria Fabia.
La chica
intentó disimular su azoramiento con un comentario para desviar la mirada de
las demás hacia el secreto que la infeliz creía tan bien guardado: ¿Pero, han
vuelto ya de la batalla? Sólo lo justo para dar cuenta al Senado, ¿o acaso no
sabes que leyeron la relación de muertos desde las Rostra, niña?, pero han
vuelto a marchar, pues se rumorea que en poco más de una semana los nuestros
entrarán de nuevo en batalla al mando del segundo cónsul, Sempronio, y dicen
que han instalado el campamento junto al río Trebia… ¡Que Marte los asista!....
¡Y Belona!.... ¡Y Minerva! Bueno, ¿pero cómo me encontráis con esta peluca
rubia, dijo Atilia? Y Valeria: la verdad, se te ve estupenda, muy rejuvenecida
y, mirad queridas, ¿sabéis lo que os digo?, que quizá tengáis razón, ¿por qué
no vamos a ponernos guapas? Y Atilia: porque algunas tienen maridos muy
austeros, ¿no es el tuyo así, Valeria? Mira, de eso nada, Junio es un hombre
íntegro, pero no tacaño si es por donde creo que va tu comentario... Mujer, no
quería decir eso... Y, te digo más, Atilia, Junio no es disoluto como otros,
como los Escipiones por ejemplo, que no
piensan más que en mujeres, y dirigiéndose a la joven Sulpicia: la verdad, hija,
no sé si he hecho bien recomendándote ese partido; serías infeliz, pequeña mía.
La joven sentía que su amor era macerado como pulpo en mostrador de pescadería.
Las demás matronas, conocedoras de la promiscuidad en las alcobas de la Roma
oscura, sabedoras de que algo había entre la gran Valeria Fabia y el joven
Escipión, contemplaban entre risas el azoramiento de la inocente muchacha al
levantarse del triclinio. Había tropezado con una jarra de refresco que se
estrelló contra el suelo. No te apures, mujer, a cualquiera le podría suceder, dijo
Atilia, la anfitriona... ¿No ves, guapa, que te acaban de avisar los dioses con
tu torpeza?, dijo altanera Valeria y su lengua bífida asestó la estocada
mortal: si terminas casándote con Escipión, se te derramará la vida, muchacha,
como el vino de esa crátera y, mira, olvida lo que antes te dije porque el
augurio es muy claro, lo mejor para ti es que dejes de pensar en ese joven. No
hagas caso, chiquita, dijo la vieja Manlia compadecida de la muchacha, lo
primero es el amor. Antes tiene que sobrevivir el legado a la nueva batalla, concluyó
la ornatriz Faustina, luego Venus lo
llevará al lecho que apetezca a la gran diosa, al de nuestra amiga Sulpicia o
al que corresponda, ya me entendéis todas, o quizá decida pasarse un rato por
la casa de mis chicas, porque tienen unas manos, bueno, ya estáis viendo lo
ágiles que son con vuestro pelo, imaginaos si tuvieran otras cositas entre los
dedos.
Todas
rieron con ganas y miraron, atragantadas por la risa, a la muchacha que estaba
a punto de llorar. Valeria se sentía orgullosa del estrago que sus palabras
provocaran en los tiernos mofletes de aquel alma rival. Sulpicia, en su
inocencia, no podía ni imaginar que su amado estuviera enredado con una vieja,
pues como tal veía a Valeria, ni que los comentarios astutos de esta tuvieran
la finalidad de enredarla para que delatara sus sentimientos hacia el joven
tribuno. Si fuera mi esposo y no supiera si ha muerto, también yo estaría
acampada en el Foro, dijo la muchacha entre dientes. Ninguna de las matronas,
ahogadas como estaban en un mar de carcajadasrisas, alcanzó a oír sus palabras.
En ese momento Sulpicia habría querido predicar su amor a voz en grito para
callar a las envidiosas, pero no se atrevía; era muy joven y ellas unas
ancianas.
V
Las dos ancianas despiden al
carro de Febo que se esconde por poniente. Ha sido un día cargado de recuerdos,
rebosante de añoranzas. Están solas. No aúlla ningún perro en la lejanía, ni ha
aparecido la mariposa negra para revolotear en torno a la noble cabeza de
Tertia Emilia, ni se posó en todo el día el cuervo en la balaustrada y, ni
siquiera el gato negro hace acto de presencia; la dómina y Florila, libres de
augurios, disfrutan de los tumbados rayos rojizos del atardecer. ¿Y si nos
dedicásemos también nosotras a murmurar?, pregunta Florila. No sabríamos
hacerlo, querida. Bueno, es todo cuestión de empezar, por ejemplo, yo te hago
una pregunta sobre alguien, y tú arrojas por tu boca cuanto te apetezca. Qué
graciosa eres a veces, Florila. Ya sé que no soy muy habladora, pero, mira, hoy
me apetece cotorrear como hacen muchas, a ver, dime, dómina, ¿quién crees que
era más malvado Tito o Pictor? Eran diferentes tipos de maldad y diferentes
tipos de hombre, si tal apelativo pudiera dárseles. ¿Qué quieres decir, Tertia?
Que Tito era malo por naturaleza, hubiera nacido en la abundancia y maltrataría
a los esclavos y a sus mujeres, hubiera nacido cerdo y habría atacado a los
demás de la piara, hubiera nacido galo y habría intentado caer sobre Roma. ¿Y
Pictor? Este era diferente, pues se hizo malo por su pasión desmedida,
¿recuerdas su nombre completo, Florila? Cómo no, Quinto Fabio Pictor. Eso es,
quinto de una camada de siervos de los Fabio, nacido del vientre de una esclava
del imbatible pueblo picto, de los hiperbóreos, hijo bastardo de un Fabio,
hermano bastardo del gran Fabio Máximo, el Verrucoso, y de la gran Valeria
Fabia, la boca torcida que tan mal nos quiso, ¿sabes lo que significó todo esto
para Pictor, querida amiga?, pues que al infeliz se le gastó la vida intentando
demostrar con su comportamiento que era merecedor del cognomen de los Fabio.
Pues si fue como dices, domina, malas compañías se granjeó el hombre, porque el
tal Tito, en fin... Sí, pero, mira amiga, ese monstruo era lo que Pictor
precisaba, pues sabía ganar dinero, parecía que fabricara las monedas de oro
cada noche, y con tal socio, el supuesto Fabio pudo costearse grandes lujos y
llamar la atención, y te diré, Florila que ese pecado de soberbia, hibris como dicen los griegos, es el
causante del gran mal que derrama a su alrededor quien lo sufre, ¿recuerdas
cómo el Senado le encomendó el viaje a Delfos para consultar al oráculo de
Apolo? Sí, pero eso fue mucho después de que
coincidieran los dos malvados en la batalla del Trebia... Claro, y después
incluso de la de Cannas, cuando el miedo a Aníbal nos atenazaba a todos,
Florila, cuando mataron a las infelices vestales... Pobrecitas, dómina... Sí,
una desgracia para las mujeres de Roma, pues fue justo tras el asesinato de las
sacerdotisas cuando Pictor fue enviado a Delfos en nombre del Senado, ¿no te
acuerdas?, el tipo se infló por tan tremendo honor. Relata Tertia Emilia la
conocida historia de cómo el bastardo de los Fabio no quiso permitir que el
Senado pagase su viaje y el de su séquito, de cómo se lo costeó él mismo; de
cómo, al llegar a Delfos, fue recibido por Sexto Rufo, el próxeno que atendía los derechos de los romanos en la ciudad y de
cómo el pródigo Pictor, repitiendo a cada ocasión su cognomen Fabio, invitó al
funcionario y a doscientos nobles romanos residentes en la ciudad a un
lectisternio con Apolo entronado en un triclinio, que también él costeó y cómo,
para colmo, compró a dos delegaciones de atenienses y de tebanos su derecho a
la premanteia, con lo que la enviada
por Roma pudo entrar al templo antes que las locales, y siempre recalcando su
Fabio ante nobles, sacerdotes, caballeros y esclavos. Es una historia bien
conocida, y Florila asiente como si se la escuchase por primera vez. Fabio se
enfrentó sólo a la Pitonisa, según era costumbre de los nobles entre los nobles
y, claro, tras todo esto, terminó arruinado, pues gastó en pompa el mal ganado
oro junto a su compinche Tito, aunque no sucumbió de repente, sino que el
infeliz fue decayendo hasta la inanición, y se vio obligado a hacer trabajos
sucios para el Senado, como la redacción falsa de la respuesta dada por los
libros sibilinos cuando se los consultó por los terribles hechos de Frosinone,
¿no te acuerdas, Florila? Esta asiente, y la dómina continúa: había nacido en
esa ciudad una criatura enorme y, además, hermafrodita, sería el año en que
Asdrúbal cruzó también los Alpes, después de Cannas, un enorme y nuevo peligro
que amenazaba a la ciudad, era la repetición de la historia, los púnicos a las
puertas otra vez, ¿cómo es posible que no te acuerdes? Florila sonríe. Se
consultaron los libros, continúa Tertia Emilia, y fue leído el veredicto en el
Senado, pero, ¿no te acuerdas de nada de esto?, qué memoria tan mala, mujer,
pues sí querida, ordenaron que se encerrara viva a la extraña criatura en una
caja y que se la echase al mar, era el precio por salvar a la República de la
nueva amenaza, ¿ahora sí?, ¿vas recordando?, pues parece que el texto leído era
falso, que no constaba tal cosa en los libros. Cuenta Tertia que lo redactó
Pictor pagado por el Senado, posiblemente a instancias de Catón, porque Marco
Porcio Catón hacía lo que quería con aquel escritor de un sólo libro, ya sabes,
pues Pictor componía desde su temprana juventud una historia de Roma con la que
pretendía demostrar su noble ascendencia, tratado que él pensaba perdurable por
siglos y que haría justicia a su memoria; la verdad era que el gran censor
despreciaba al advenedizo, además este escribía en griego, baldón de los
baldones para el romano de torso desnudo y latinidad pura, pero era un tonto
útil en manos de Marco Porcio y así, testificó contra las vestales y, años
después, contra las bacantes junto con su amigo Tito, e hizo todo lo que se le
ordenó antes de arruinarse del todo y terminar procesado y vendido por deudas.
La verdad, Tertia, fue triste su historia, por eso digo que los malos
sobrevenidos tienen menos suerte que los perversos nacidos de la naturaleza sin
artificios ni injertos, como los ajos, más duros que las rocas... Pero, dime
Tertia, corta su amiga, ¿quién te contó lo que hizo Pictor en Delfos? Ay,
Florila, cómo te gusta tirarme de la lengua, bien sabes que de todo lo que te
he contado me enteré en la misma fuente, en Delfos, durante el viaje que
realicé con mi esposo para consultar al Oráculo, la mayor aventura de mi
vida... ¿Cuándo lo hiciste? ¿Tampoco de eso te acuerdas?, ¡Ay, Florila mía, qué
lista eres, y qué bien me haces hablar!, pues verás, al año siguiente de que a
Publio Cornelio lo nombraran censor, pero déjame tomar algo, estoy sedienta. Y
tras beber casi una crátera entera de agua, Tertia Emilia desgrana sus
recuerdos, el tacto del omphalos, la
piedra ombligo del mundo entregada por Rea a Urano para que la devorara en
lugar de su hijo Zeus; la sensación que nunca la abandonó de beber en las
cristalinas aguas de la fuente Castalia, bajo cuyo chorro desearía hoy morir;
el templo de Atenea con sus seis columnas de colores, rebosante de luz en su
interior; el Tholos redondo con los bellos relieves de la centauromaquia; el teatro con los montes del fondo como escenario;
y luego en el santuario, el tesoro de los sifnios,
con las cariátides más famosas del mundo; y, al final de su recorrido, el
Templo de Apolo con la letra Epsylon
grabada en la puerta, la primera de la palabra Ei, el si condicional con que ha de comenzarse cada pregunta
dirigida al Dios... Si seré feliz, si triunfará Roma, si venceremos a los
macedónicos. Dime, Florila, ¿cómo íbamos en Roma a superar tanta belleza?,
¿cómo comparar nuestros dioses achaparrados con los estilizados de los
griegos?, ¿cómo podía haber en nuestra ciudad gentes que se opusieran al
progreso, a la cultura, al poder de lo helénico?, de verdad, te aseguro que en
aquel viaje me sentí griega. Mi esposo Lucio Cornelio se reía al ver mi rostro
maravillado de continuo, y luego en la isla de Delos contemplé el colmo de la
belleza: la impresionante Vía Sacra, rodeada de estatuas, el lago, el Oikos, el
Artemisón, el Templo de los Atenienses y otro más chico dedicado a Dioniso en
el que, por primera vez contemplé la ceremonia de las bacantes en su estado
natural y originario, y pasé varios días siendo instruida en los misterios de
Orfeo, pero esto te lo he contado muchas veces, anda, Florila, echa más agua a
la crátera... Sí, dómina, pero me gusta escucharte, como yo no sé hablar...
Pues mira, querida, viendo a las mujeres griegas cumplimentar a Apolo y
participar en los misterios que asimilaban el cuerpo etéreo del dios solar con
el terrestre de Dioniso, la inteligencia con la pasión, comprendí que ese culto
tiene la virtud de armonizar lo público con lo privado, la fuerza de la nobleza
y la pasión de lo popular, y viendo todo aquello, creo que cometió un grave
error el Senado de Roma al perseguirlo y denostarlo; la sociedad sería más
armónica y más justa si las mujeres pudiéramos mostrarnos como somos,
desfogarnos de los pesares de la existencia de vez en cuando, y organizar
nuestra vida en torno a una religión equilibrada que a nadie amenaza. Es bello
lo que dices, dómina. Entonces lo comprendí, Florila; desde aquellos días he
procurado apoyar a las infelices bacantes, pobres, qué mal fin tuvieron; por
eso también tú conoces los misterios y no me negarás razón, querida amiga. Sí dómina,
yo también fui feliz acompañándote, pero respóndeme si quieres a una
pregunta... Tú dirás... Hace tiempo que deseaba hacértela... Si no terminas,
Florila, mira que eres lenta... Dime, ¿lo comprendió tu esposo? ¿El qué? Las
virtudes de los ritos de Dioniso. Bueno, eso ya es otra cosa, pero Escipión no
le hacía ascos a cualquier novedad que reforzara su figura pública frente a sus
numerosos enemigos... ¿Frente al Senado, quieres decir? Bueno, sólo te diré que
las bacantes que según Catón tanto perjudicaban a la República, adoraban a
Publio Cornelio, al más popular de los generales de Roma, príncipe del Senado,
por eso se las apañaron para quitarnos de en medio antes del brutal ataque
contra nuestras amigas. ¿Temerían que con su apoyo se quisiera Escipión
convertir en rey, dómina? Bueno, algún demente quizá sí, pero, en fin, Florila,
este es tema para cotorrear otro día, ¿no crees? De nuevo esta rellena la
crátera vacía. Da sed tanta charla, querida. No me extraña, dómina, pero
¡mira!, ¡mira quién ha llegado! ¿Quién? ¿No la ves?, la mariposa negra. Un
recordatorio, Florila, un triste recordatorio, ¡qué fugaz es el tiempo!

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