domingo, 25 de octubre de 2026

Entrega 3.-VESTA IRRITADA

 



VESTA IRRITADA

 

I

 

Carga la caballería púnica. Retumba la tierra. Los pies de los soldados republicanos perciben el terremoto y el miedo se les enrosca a las pantorrillas. Marco siente que calza témpanos de hielo, pero el hábito nacido del entrenamiento se impone y las petrificadas extremidades obedecen la orden de avanzar. Cantilio nota cómo la escueta coraza de hierro que sólo le cubre el corazón baila más de la cuenta y le molesta, se la arrancaría, pero no puede romper la formación para ello. Ha debido de atar mal las cinchas. Ya no tiene remedio. A Marco, una oreja se le ha quedado plegada bajo el casco. No los han entrenado para actuar con tanta celeridad. Se pararían de buen grado a arreglar los pequeños desperfectos de sus atuendos, convertidos en insoportables molestias, pero Cantilio solo puede atender al baile ya descarado de la placa de hierro y Marco al casi dolor de la oreja. Tambores, griterío del enemigo. Nuevo juego de órdenes: cambio de dirección, paso de carga. Definitivamente los púnicos vienen a caballo, son muchos, infinitos. Puede que pronto no vuelvan a respirar. Puede que pronto no vuelvan a ver. Puede que se les quiebre para siempre la memoria. Lo peor será sentirse aplastados por el peso de los muertos. Las piernas son columnas, las sandalias plomos, la tierra quiere apropiárselas cada vez que se clavan en ella las puntas de las suelas. ¿Qué harán su madre y sus hermanas si mueren él y el padre en combate?, piensa Marco. ¿Serán capaces de llevar el peso de los negocios? ¿Cómo evitarán que se aprovechen de su ignorancia? Debe sobrevivir, debe seguir respirando, mirando, palpando, oliendo. ¡Retornaré, Madre! También Cantilio mira en su interior hacia Roma y contempla el rostro de Tito requebrando a Secunda, lo ve delante, es el púnico que ataca y el odio se acumula en la punta de su lanza.

Toque de alto. Parada en seco. Órdenes tajantes. La primera línea ha debido de lanzar ya sus jabalinas. Nuevo aviso y es la segunda la que arroja la muerte. La cabeza de la lanza de Marco toca el suelo, preparada, su mano acaricia el mango. Cantilio se imagina los pechos enemigos que atravesará la suya. Las líneas de lanzadores han retrocedido y se colocan tras la última fila. Ellos arrojarán justo cuando el choque sea inminente. Otra línea, otra. Ya queda poco. Marco respira hondo y siente la orina que le resbala por los muslos, ya estaban avisados de que tal cosa sucedería pero ellos se rieron por juzgarlo imposible. Cantilio y él dan los pasos reglamentarios, preparatorios del lanzamiento, pronto llegará su turno. Es ya la novena línea que ha cumplido con su cometido. Ya les toca. Los rebufos de los caballos enemigos que se les echan encima se truecan en agónicos lamentos. Muchos de ellos habrán caído. Deben mirar para apuntar, pero no ven nada. El centurión da la orden. Las lanzas de Marco y de Cantilio han partido paralelas, les duelen los hombros por el esfuerzo del lanzamiento. La pequeña defensa de hierro del pecho de Cantilio, rotas ya las cintas, se desprende y cae; casi tropieza con ella. A la señal del centurión, el manípulo completo da la vuelta y corre hacia la retaguardia. Su hueco será llenado por otros legionarios. Así se recuperarán del esfuerzo del lanzamiento antes del choque y estarán frescos para el contraataque.

 El enemigo ya llega y es la caballería romana la que penetra por el hueco que ha dejado la unidad de Marco y de Cantilio. ¡Los besarían! Ahora es su turno. Ahora verán esos púnicos. Tras la caballería los princeps avanzan a paso de carga hacia la primera línea. Y allí está Cayo, en la segunda fila. Padre e hijo entrecruzan las miradas; es un instante eterno. Marco, Cantilio y los suyos han cumplido con su deber y ahora descansan en formación. Cuando den la orden se lanzarán ellos también al combate. El miedo se ha evaporado tras el primer choque. También les avisaron en los entrenamientos que el pánico se disuelve en cuanto se ve el rostro real al enemigo. Se han convertido en retaguardia. Ahora esperan ansiosos la orden. ¡Ellos salvarán a Roma! La batalla sangra delante envuelta en polvo que apenas permite ver. Muchos caballos salen del cerco del combate, sus jinetes han debido descabalgar. Todos combaten a pie, hombre a hombre. Y llega la señal. Se levantan los estandartes y ellos, gladium y escudo, piernas y cabeza, se lanzan contra el enemigo, grito al viento. Ya no padecen temblor, los pies vuelan calzados con las alas de Mercurio. Ya no sienten palpitaciones en las sienes. Ya no hay protestas de las tripas ni calor húmedo entre las piernas. Estaban avisados: el miedo se secaría y se desprendería de sus ánimos como cae del árbol la fruta madura. Marco y Cantilio avanzan a la cabeza de la tropa. La décima línea de hastatii, es la primera ahora. No han llegado ni a la mitad del camino que les separa de la línea de combate, cuando a sus espaldas estalla el espanto. Salidos de repente de una nube ceniza, montados sobre caballos de furia, guerreros oscuros, ojos como teas, gritos dementes, galope que hace repicar al bombo de la tierra. El manípulo detiene su avance. Se vuelven. Han sido sorprendidos en la retaguardia por los famosos jinetes númidas, seguro que son ellos. Están perdidos. Ha llegado el momento. ¡Adiós, Padre, no he sabido protegerte!... ¡Adiós Secunda, nos veremos en el Asfódelos! Marco es golpeado, su última idea es de pesar por no haber tenido tiempo de protegerse con el escudo. Antes de caer ve cómo Cantilio es golpeado por un jinete. Luego la oscuridad y el silencio.

Marco yace entre cadáveres y estandartes partidos. Percibe el peso de tanto cuerpo roto y la sensación pastosa de la sangre, ajena o propia. Aquellos miembros fríos que lo rodean pertenecían, instantes antes, a lo mejor de la juventud romana. No debe de estar muerto del todo, pues aún puede acordarse de quién es y de dónde está, de Secunda, de su madre, del sabor del vino, del polvo levantado por el ejército de Aníbal, de los rebufos de los caballos enemigos, de la mirada de su padre Cayo, de los regalos de Hércules en las fiestas de Sigilaria cuando era niño. Transcurre el tiempo. Se hace el silencio. Cae la noche. Alguien lo zarandea. Lo despiertan. Frente a él, Cantilio. Abrazo. Llantos. ¿Dónde estamos? Al otro lado del Ticino. ¿Cómo has escapado tú? Haciéndome el muerto. ¿Y mi padre, dónde está? En los Campos Elíseos, Marco, nos saluda desde allí. Otros tres mil de los nuestros lo acompañan… Pero… Sí, compañero, ahora eres tú el paterfamilias. El herido cierra los ojos y se deja caer en el sangrante lecho. Sus sentidos, aún febriles, bosquejan la imagen noble del padre, los ruidos del hogar, el olor a berzas cocidas, el rostro de su madre llorando la pérdida del esposo, e invoca la protección de Vesta.



II

 

Ante los mismos ojos de la diosa Vesta, muy cerca del templo donde se custodia el fuego sagrado, las vociferantes se lanzan sin miramientos sobre la comitiva de Pictor, el ayudante de cuestor, el ambicioso bastardo engendrado por un Fabio en una liberta. Tenía decidido cruzar el Foro camino del destartalado despacho, en las Tabernae. La juventud, almacén de todas las bizarrías, lo impulsaba. Aquella mañana habría de revisar muchas cuentas y calcular sus comisiones. No podía abandonar su trabajo por temor a unas locas vociferantes. Al final de la jornada trazaría varios esquemas para escribir algún día su proyectada gran historia de Roma en cuyas raíces buscaba ensartar los orígenes de su discutida estirpe. El acopio de la máxima cantidad de riqueza posible era garantía de supervivencia, y los aires de literato que escribía en griego, le darían fama de culto y exquisito. Sabía que el baldón de su origen le obligaría a permanecer para siempre en la entresombra ciudadana y que no podría alcanzar jamás mayor altura en su cursus honorum que la de mero ayudante mal pagado de cuestor, lo cual era ya todo un sueño para hombre de su condición. Además, ¿qué información podría darles a aquellas dementes? Estaba seguro de que no lo molestarían. ¿Qué podría saber él de supervivientes o de batallas?, claro que por la blancura de su toga podrían pensar que pertenecía al Senado. La confusión, en el fondo, le agradaba. ¡Él tendrá que respondernos! ¡Eso! ¡Que nos diga qué ha sido de nuestros esposos! ¡Estos haraganes son los que tenían que haber ido a la batalla en lugar de nuestros hijos! Los dos ayudantes del empleado intentaron poner orden, látigo en mano, y abrir camino entre la muchedumbre que los acosaba. Arreciaron los insultos. La nube humana se hizo más densa. Hortalizas podridas y bosta de burro se estrellaron contra la inmaculada toga. Varios rollos de papiro que el contable llevaba bajo el brazo cayeron al suelo y fueron pisoteados. Los látigos amenazaban sin gran convicción a las agresoras. Gritos de estas. Imprecaciones de los hombres. Ida y vuelta de empujones y zarandeos hasta que Pictor —deseoso de demostrar cómo  la chusma merecía ser tratada—, tras arrancar el rebenque de la mano de uno de sus hombres, lo blandió y alcanzó a la mujer más próxima. Todos se aquietaron. El aire pareció rasgarse. Gran sacrilegio. Tan grave como si se hubieran roto los fasces sagrados. Un diminuto riachuelo de sangre se abrió en el rostro de Lelia Cerunia. Unos y otras quedaron paralizados, armas en alto. Pictor fue el primero en reaccionar. Decidió seguir adelante con el castigo. Alejandro habría hecho lo mismo, pensó, un momento de debilidad resultaría fatal para él. Se abalanzó sobre la mujer caída para concluir el ejemplar castigo. La sujetó de los cabellos y azotó su espalda, al tiempo que profería los peores insultos contra ella, del que puta era el más benévolo. Las demás callaron impresionadas por la profanación sufrida por todas en la persona de su cabecilla. El silencio de la masa era reflujo del oleaje antes de lanzarse contra las rocas con la plenitud de su furia: sería descuartizado por las seguidoras de Lelia, el acto final era inevitable. Pero una voz femenina, ronca, autoritaria, profunda, de oráculo inapelable paralizó el brazo de Pictor y, sin duda, salvó su vida: ¿Qué haces, desgraciado? La procesión de las sacerdotisas que cumplían con el sagrado deber de mantener el fuego de Vesta, había salido como cada mañana hacia el templo de la diosa. Opimia, la Gran Vestal, alertada por los gritos e imprecaciones, y por el chillido de su alumna Floronia que había reconocido en la ultrajada a su madre, se desvió de la comitiva por ver lo que sucedía. ¿Qué haces, miserable?, repitió Opimia, te he hecho una pregunta, ¿padeces sordera?, ¿acaso te ha ofendido esta infeliz en tu sacrosanta dignidad? Impedían que acudiera a mi trabajo. ¿Y te has atrevido a tratar así a la esposa de un ciudadano, de Cayo Floronio, cliente de Postumio Albino, hija del caballero Paulo Lelio Crux, madre de una vestal? Yo soy un Fabio, respondió el ayudante de cuestor alzando orgulloso la cabeza. Te conozco de sobra y, Fabio o no, has de reverenciar a la representante de la diosa. La sacerdotisa ordenó al soberbio que agachase la cabeza en señal de respeto. ¡Canalla! gritó sin poder contenerse la joven  vestal Floronia. Antes de inclinarse, la mirada de Pictor, flecha de fuego, se cruzó con las de la Gran Sacerdotisa y su pupila. En ese instante nació el odio que Destino alimentaría, agigantaría y trenzaría con deseos lujuriosos y con iras desbocadas, hasta formar un río de lava que abrasaría con el tiempo a la bella entre las bellas, a Floronia, la que ya se decantaba como sustituta de Opimia. ¿Desconoces que estas matronas han podido perder a sus maridos, a sus hijos, a sus nietos, en la batalla del Ticino?... ¿Balbuceas?.. ¿Tú tampoco sabes nada de eso?, ¿que nada tienes que decir porque nada has oído?... Pero, al menos, estarás enterado de que estas mujeres son romanas, que el dolor las embarga, que habrán hecho locuras y que podrán hacerlas aún mayores en el futuro si nadie les da noticia de sus familiares, pero que son matronas, no esclavas ni libertas como lo fueron tus antepasadas, son los vientres que parieron a la Roma que se ha batido heroicamente contra el púnico… ¿Y tú?, ¿qué haces aquí y no en el campo de batalla?... ¡Anda, ve con los rollos de documentos, con tu orgullo remendado y tu ambición al peor rincón del Tártaro si no te alistas de inmediato en el ejército que ya está formando Sempronio, el segundo cónsul! No tienes nada que oponer, ninguna disculpa te servirá, y sí, claro que puedes hacer lo que desees, pero la diosa Vesta usa mi boca y mi lengua. Sólo te resta atender o desatender su consejo. Eres libre de actuar como te plazca, pero la Diosa no tiene más que una palabra, y, desde este instante, toda Roma sabe lo que espera de ti. ¡Vete ya! ¡Vesta, la guardiana del hogar, ha hablado!


III

 

¡Vesta, la guardiana del hogar, ha hablado por mi boca!, repitió la Gran Vestal vuelta hacia las mujeres,  olvidada del bastardo que se deslizó por la calle pegado al suelo. La sacerdotisa no vio la mirada torva del joven Pictor. El humillado ayudante de cuestor que nunca le perdonaría su sentencia y la inapelable manifestación de la voluntad de la Diosa de que se alistase sin remedio en el ejército que partiría en breve para vengar, en la ribera del Trebia, a las águilas caídas en la del Ticino. ¡Matronas de Roma!, dijo Opimia, yo os entiendo, la diosa Vesta también os comprende, y también los demás dioses que lloran en el Olimpo. Marte está preparando las armas para el próximo encuentro. Belona sangra su odio contra el púnico. Minerva estudia la manera de derrotarlo, de hacerlo desaparecer de la tierra como si nunca hubiese existido. Y todos ellos están con vosotras, hermanas, con vuestro dolor de madres, con vuestra angustia de esposas, con vuestras lágrimas de hijas, por eso, os aseguro que pronto podréis regresar a casa porque antes de que acabe el día un senador leerá desde las Rostra la relación de los caídos y desaparecidos en combate. Os lo prometo porque sois mis hermanas, y yo soy la voz de la diosa Vesta, vuestra madre. La Gran Sacerdotisa abrazó con ternura a la maltratada Lelia, y permitió que su hija Floronia la auxiliara. Luego, les rogó a  la madre y a las dos muchachas, Secunda y Florila, que las siguieran hasta la Casa de las Vestales.

Os diré, queridas mías, que todos los senadores tienen conocimiento de quiénes fueron los caídos, pues disponen de una relación de supervivientes. Sostienen los grandes hombres que el pueblo debe permanecer ignorante de aquellos hechos, pues muy pronto  tendrá lugar otra batalla, en la que haremos pagar su crimen a los africanos, y juzgan conveniente evitar toda información que pueda provocar el desánimo, pero después de lo que acaba de suceder y de que sepan cuáles son los deseos de la diosa, estoy segura de que muy pronto informarán a las matronas sobre cuántos y quiénes son los caídos. Lelia mira a Opimia con ansiedad. Parece que doy rodeos, ¿verdad Lelia?, en realidad es muy triste lo que tengo que decirte, amiga. El rostro de la matrona se contrajo. Tu esposo, Cayo Floronio ha muerto por defender a Roma. Lelia abrió la boca con desmesura como para tragar el aire que le faltaba, como para expeler el que le sobraba, pulmones inmóviles, fauces abiertas, bocanada de muerte en la vida. No podía llorar, ni hablar, ni respirar. La Gran Vestal golpeó su espalda para que retornase a su ser. Por fin, la matrona recuperó el hálito, cargó los pulmones de aire envenenado y gritó con todas sus fuerzas. Escapó el alarido por la ventana, sobrevoló el templo de Vesta y llegó al Foro, donde fue recogido como propio por las mujeres del campamento. Respondió un coro lúgubre, solidario, premonitorio. Los lamentos pronto atronarían desde todas las esquinas de Roma; estaba escrito en los Libros. Aquel grito era la vanguardia del sufrimiento. Pero Marco vive, añadió la Gran Vestal. El rostro de Lelia se transfiguró y cambió las arrugas del llanto por las de la risa, como mujer a la que, nada más parir, le entregan el fruto de su dolor. Y rió sin pausa ni medida, y lloró sin descanso ni proporción. ¿Y Cantilio?, preguntó Secunda. Vive también. Secunda se abrazó a la madre y participó por simpatía de sus lágrimas y de su risa. También se abrazó a ella la pequeña Florila que no entendía bien cuanto allí acontecía.

Antes de la hora sexta, un joven senador, altivo, enjuto de carnes, huesudo el rostro, enérgica la mirada y sobria la voz, de nombre Marco Porcio Catón, leía desde las Rostra la relación de muertos y desaparecidos en la batalla de Ticino. Tras un ventanal del Palacio de las Vestales, Opimia contemplaba la escena. Sabía que estaba escrito que aquel joven anguloso llegaría a ser, rodado el tiempo, el enemigo natural del joven Publio Cornelio Escipión, el llamado a salvar a Roma del púnico y que a la República le esperaban tiempos de vendavales y miserias, entre los que naufragaría la inicial buena amistad de los dos muchachos, y se cuajarían los nubarrones negros que azotarían a la urbe durante varios siglos: helenistas frente a tradicionalistas; populares frente a aristócratas; el pueblo frente a los poderosos; el sueño del cambio frente a la pesadilla del orden establecido; todos los matices posibles entre los dos polos, todas las combinaciones y peripecias sangrantes, un parir con dolor, una Roma de vientre resentido por las patadas de sus gemelos que pugnan por ver quién de ellos contempla  primero la luz, siempre Rómulo frente a Remo, hermano contra hermano. Tras Catón, el rostro del que sería su eterno rival, Publio Cornelio Escipión, el Joven, héroe del Ticino tras haber salvado la vida de su padre en la retirada; y Opimia, triste por conocer el futuro, expuesto sólo para ella en los libros sibilinos, sabía que Catón ya miraba con recelo y envidia a su amigo de infancia, y que pronto dejarían de soplar entre los alevines de políticos los suaves vientos de levante que hacen volar las hojas de los robles en el otoño.


IV

 

Las manos de las esclavas volaban plantando rizos, aplicando mascaras de arcilla y embadurnando con tintes. Difuminaban los defectos de las dóminas mediante pinzas, repelones y estiramientos, tortura que pocos guerreros escitas podrían soportar. Sólo las lenguas quedaban libres de andamios, y eran usadas con ganas por las clientas. A cambio de tanto sacrificio, los arañazos del tiempo en rostros y cuerpos terminarían por convertirse en virtudes de un día. Ante la magia cosmética se inclinaban los más expertos taumaturgos. Un esclavo nubio se encargaba de rellenar con refresco o con vino aguado las copas de doble asa; otro, macedonio, de ofrecer dulces y fruta a las torturadas matronas y un tercero, corintio, de tocar un arpa que apenas se escuchaba, pues había de competir con la cháchara incesante de las locuaces damas.

La verdad, queridas, cuánto nos arrepentimos por  haber recomendado a la muchacha de los Floronio para vestal, dijo Atilia. Y Sulpicia: pero es la más bella de Roma. Y Atilia: pues mira, mucho menos que tú. La joven se sonrojó; sabía que la anfitriona exageraba. Pues sí, fue mi esposo el que se empeñó en que participara en la selección la mayor de las dos gemelas, y Floronia fue elegida para servir a la Diosa… Sí, claro, la chica es guapa, pero no como para ser seleccionada, lo que pasaba era que aquel año no había candidatas de la nobleza y a mi marido le dio pena de una niña que tendría mucho que rodar por la vida si alguien no lo evitaba. Lástima que su hermana, la tal Secunda, no ingresara también en el Colegio de Vestales… Y Faustina: Tienes razón, mejor le habría ido, la verdad, porque anda volviendo locos a los hombres… Y Manlia: como a esos dos pobres muchachos: Cantilio y Tito… Y Faustina: Es cierto, los dos desgraciados que se han intentado acuchillar en pleno campo de batalla según cuentan, ¿verdad?, ¡qué horror!  Y Atilia: el tal Cantilio parece ser su amante oficial y el otro el escondido, o, al menos eso es lo que se dice por ahí. Y Manlia: claro, la hija es como la madre, una fresca que calienta a los hombres hasta hacerles perder la cabeza, y con eso de que es hermana de una vestal, se peina con las trenzas rituales, como las matronas y las sacerdotisas, toda una vergüenza, queridas. Y Sulpicia: ¡pobres chicos, han muerto tres mil!.... Mira por dónde sale esta ahora. Deja a la muchacha, quizá tenga algún pretendiente entre los legados… ¡Vaya!, ¡se sonroja!, a lo mejor es el guapo hijo de Escipión… ¡Tienes razón, Valeria, se ha puesto como un cangrejo, la pobre! Por cierto, corta Faustina, ahora que nombráis a ese muchacho, os tengo que contar algo muy interesante… ¡Cuenta, cuenta!... Pues que el joven Escipión salvó la vida de su padre. Dicen que un jinete púnico le lanzó un tajo al cónsul y que lo hirió, pero que cuando se disponía a rematarlo, el muchacho se abalanzó sobre el enemigo y acabó con él de un sólo golpe de gladium; no me digáis que no es todo un valiente… La verdad que sí… Mira Sulpicia, ese sería un buen partido para ti, dijo Valeria Fabia.

La chica intentó disimular su azoramiento con un comentario para desviar la mirada de las demás hacia el secreto que la infeliz creía tan bien guardado: ¿Pero, han vuelto ya de la batalla? Sólo lo justo para dar cuenta al Senado, ¿o acaso no sabes que leyeron la relación de muertos desde las Rostra, niña?, pero han vuelto a marchar, pues se rumorea que en poco más de una semana los nuestros entrarán de nuevo en batalla al mando del segundo cónsul, Sempronio, y dicen que han instalado el campamento junto al río Trebia… ¡Que Marte los asista!.... ¡Y Belona!.... ¡Y Minerva! Bueno, ¿pero cómo me encontráis con esta peluca rubia, dijo Atilia? Y Valeria: la verdad, se te ve estupenda, muy rejuvenecida y, mirad queridas, ¿sabéis lo que os digo?, que quizá tengáis razón, ¿por qué no vamos a ponernos guapas? Y Atilia: porque algunas tienen maridos muy austeros, ¿no es el tuyo así, Valeria? Mira, de eso nada, Junio es un hombre íntegro, pero no tacaño si es por donde creo que va tu comentario... Mujer, no quería decir eso... Y, te digo más, Atilia, Junio no es disoluto como otros, como  los Escipiones por ejemplo, que no piensan más que en mujeres, y dirigiéndose a la joven Sulpicia: la verdad, hija, no sé si he hecho bien recomendándote ese partido; serías infeliz, pequeña mía. La joven sentía que su amor era macerado como pulpo en mostrador de pescadería. Las demás matronas, conocedoras de la promiscuidad en las alcobas de la Roma oscura, sabedoras de que algo había entre la gran Valeria Fabia y el joven Escipión, contemplaban entre risas el azoramiento de la inocente muchacha al levantarse del triclinio. Había tropezado con una jarra de refresco que se estrelló contra el suelo. No te apures, mujer, a cualquiera le podría suceder, dijo Atilia, la anfitriona... ¿No ves, guapa, que te acaban de avisar los dioses con tu torpeza?, dijo altanera Valeria y su lengua bífida asestó la estocada mortal: si terminas casándote con Escipión, se te derramará la vida, muchacha, como el vino de esa crátera y, mira, olvida lo que antes te dije porque el augurio es muy claro, lo mejor para ti es que dejes de pensar en ese joven. No hagas caso, chiquita, dijo la vieja Manlia compadecida de la muchacha, lo primero es el amor. Antes tiene que sobrevivir el legado a la nueva batalla, concluyó la ornatriz Faustina, luego Venus lo llevará al lecho que apetezca a la gran diosa, al de nuestra amiga Sulpicia o al que corresponda, ya me entendéis todas, o quizá decida pasarse un rato por la casa de mis chicas, porque tienen unas manos, bueno, ya estáis viendo lo ágiles que son con vuestro pelo, imaginaos si tuvieran otras cositas entre los dedos.

Todas rieron con ganas y miraron, atragantadas por la risa, a la muchacha que estaba a punto de llorar. Valeria se sentía orgullosa del estrago que sus palabras provocaran en los tiernos mofletes de aquel alma rival. Sulpicia, en su inocencia, no podía ni imaginar que su amado estuviera enredado con una vieja, pues como tal veía a Valeria, ni que los comentarios astutos de esta tuvieran la finalidad de enredarla para que delatara sus sentimientos hacia el joven tribuno. Si fuera mi esposo y no supiera si ha muerto, también yo estaría acampada en el Foro, dijo la muchacha entre dientes. Ninguna de las matronas, ahogadas como estaban en un mar de carcajadasrisas, alcanzó a oír sus palabras. En ese momento Sulpicia habría querido predicar su amor a voz en grito para callar a las envidiosas, pero no se atrevía; era muy joven y ellas unas ancianas.



 

V

 

Las dos ancianas despiden al carro de Febo que se esconde por poniente. Ha sido un día cargado de recuerdos, rebosante de añoranzas. Están solas. No aúlla ningún perro en la lejanía, ni ha aparecido la mariposa negra para revolotear en torno a la noble cabeza de Tertia Emilia, ni se posó en todo el día el cuervo en la balaustrada y, ni siquiera el gato negro hace acto de presencia; la dómina y Florila, libres de augurios, disfrutan de los tumbados rayos rojizos del atardecer. ¿Y si nos dedicásemos también nosotras a murmurar?, pregunta Florila. No sabríamos hacerlo, querida. Bueno, es todo cuestión de empezar, por ejemplo, yo te hago una pregunta sobre alguien, y tú arrojas por tu boca cuanto te apetezca. Qué graciosa eres a veces, Florila. Ya sé que no soy muy habladora, pero, mira, hoy me apetece cotorrear como hacen muchas, a ver, dime, dómina, ¿quién crees que era más malvado Tito o Pictor? Eran diferentes tipos de maldad y diferentes tipos de hombre, si tal apelativo pudiera dárseles. ¿Qué quieres decir, Tertia? Que Tito era malo por naturaleza, hubiera nacido en la abundancia y maltrataría a los esclavos y a sus mujeres, hubiera nacido cerdo y habría atacado a los demás de la piara, hubiera nacido galo y habría intentado caer sobre Roma. ¿Y Pictor? Este era diferente, pues se hizo malo por su pasión desmedida, ¿recuerdas su nombre completo, Florila? Cómo no, Quinto Fabio Pictor. Eso es, quinto de una camada de siervos de los Fabio, nacido del vientre de una esclava del imbatible pueblo picto, de los hiperbóreos, hijo bastardo de un Fabio, hermano bastardo del gran Fabio Máximo, el Verrucoso, y de la gran Valeria Fabia, la boca torcida que tan mal nos quiso, ¿sabes lo que significó todo esto para Pictor, querida amiga?, pues que al infeliz se le gastó la vida intentando demostrar con su comportamiento que era merecedor del cognomen de los Fabio. Pues si fue como dices, domina, malas compañías se granjeó el hombre, porque el tal Tito, en fin... Sí, pero, mira amiga, ese monstruo era lo que Pictor precisaba, pues sabía ganar dinero, parecía que fabricara las monedas de oro cada noche, y con tal socio, el supuesto Fabio pudo costearse grandes lujos y llamar la atención, y te diré, Florila que ese pecado de soberbia, hibris como dicen los griegos, es el causante del gran mal que derrama a su alrededor quien lo sufre, ¿recuerdas cómo el Senado le encomendó el viaje a Delfos para consultar al oráculo de Apolo? Sí, pero eso fue mucho después de que  coincidieran los dos malvados en la batalla del Trebia... Claro, y después incluso de la de Cannas, cuando el miedo a Aníbal nos atenazaba a todos, Florila, cuando mataron a las infelices vestales... Pobrecitas, dómina... Sí, una desgracia para las mujeres de Roma, pues fue justo tras el asesinato de las sacerdotisas cuando Pictor fue enviado a Delfos en nombre del Senado, ¿no te acuerdas?, el tipo se infló por tan tremendo honor. Relata Tertia Emilia la conocida historia de cómo el bastardo de los Fabio no quiso permitir que el Senado pagase su viaje y el de su séquito, de cómo se lo costeó él mismo; de cómo, al llegar a Delfos, fue recibido por Sexto Rufo, el próxeno que atendía los derechos de los romanos en la ciudad y de cómo el pródigo Pictor, repitiendo a cada ocasión su cognomen Fabio, invitó al funcionario y a doscientos nobles romanos residentes en la ciudad a un lectisternio con Apolo entronado en un triclinio, que también él costeó y cómo, para colmo, compró a dos delegaciones de atenienses y de tebanos su derecho a la premanteia, con lo que la enviada por Roma pudo entrar al templo antes que las locales, y siempre recalcando su Fabio ante nobles, sacerdotes, caballeros y esclavos. Es una historia bien conocida, y Florila asiente como si se la escuchase por primera vez. Fabio se enfrentó sólo a la Pitonisa, según era costumbre de los nobles entre los nobles y, claro, tras todo esto, terminó arruinado, pues gastó en pompa el mal ganado oro junto a su compinche Tito, aunque no sucumbió de repente, sino que el infeliz fue decayendo hasta la inanición, y se vio obligado a hacer trabajos sucios para el Senado, como la redacción falsa de la respuesta dada por los libros sibilinos cuando se los consultó por los terribles hechos de Frosinone, ¿no te acuerdas, Florila? Esta asiente, y la dómina continúa: había nacido en esa ciudad una criatura enorme y, además, hermafrodita, sería el año en que Asdrúbal cruzó también los Alpes, después de Cannas, un enorme y nuevo peligro que amenazaba a la ciudad, era la repetición de la historia, los púnicos a las puertas otra vez, ¿cómo es posible que no te acuerdes? Florila sonríe. Se consultaron los libros, continúa Tertia Emilia, y fue leído el veredicto en el Senado, pero, ¿no te acuerdas de nada de esto?, qué memoria tan mala, mujer, pues sí querida, ordenaron que se encerrara viva a la extraña criatura en una caja y que se la echase al mar, era el precio por salvar a la República de la nueva amenaza, ¿ahora sí?, ¿vas recordando?, pues parece que el texto leído era falso, que no constaba tal cosa en los libros. Cuenta Tertia que lo redactó Pictor pagado por el Senado, posiblemente a instancias de Catón, porque Marco Porcio Catón hacía lo que quería con aquel escritor de un sólo libro, ya sabes, pues Pictor componía desde su temprana juventud una historia de Roma con la que pretendía demostrar su noble ascendencia, tratado que él pensaba perdurable por siglos y que haría justicia a su memoria; la verdad era que el gran censor despreciaba al advenedizo, además este escribía en griego, baldón de los baldones para el romano de torso desnudo y latinidad pura, pero era un tonto útil en manos de Marco Porcio y así, testificó contra las vestales y, años después, contra las bacantes junto con su amigo Tito, e hizo todo lo que se le ordenó antes de arruinarse del todo y terminar procesado y vendido por deudas. La verdad, Tertia, fue triste su historia, por eso digo que los malos sobrevenidos tienen menos suerte que los perversos nacidos de la naturaleza sin artificios ni injertos, como los ajos, más duros que las rocas... Pero, dime Tertia, corta su amiga, ¿quién te contó lo que hizo Pictor en Delfos? Ay, Florila, cómo te gusta tirarme de la lengua, bien sabes que de todo lo que te he contado me enteré en la misma fuente, en Delfos, durante el viaje que realicé con mi esposo para consultar al Oráculo, la mayor aventura de mi vida... ¿Cuándo lo hiciste? ¿Tampoco de eso te acuerdas?, ¡Ay, Florila mía, qué lista eres, y qué bien me haces hablar!, pues verás, al año siguiente de que a Publio Cornelio lo nombraran censor, pero déjame tomar algo, estoy sedienta. Y tras beber casi una crátera entera de agua, Tertia Emilia desgrana sus recuerdos, el tacto del omphalos, la piedra ombligo del mundo entregada por Rea a Urano para que la devorara en lugar de su hijo Zeus; la sensación que nunca la abandonó de beber en las cristalinas aguas de la fuente Castalia, bajo cuyo chorro desearía hoy morir; el templo de Atenea con sus seis columnas de colores, rebosante de luz en su interior; el Tholos redondo con los bellos relieves de la centauromaquia; el teatro con los montes del fondo como escenario; y luego en el santuario, el tesoro de los sifnios, con las cariátides más famosas del mundo; y, al final de su recorrido, el Templo de Apolo con la letra Epsylon grabada en la puerta, la primera de la palabra Ei, el si condicional con que ha de comenzarse cada pregunta dirigida al Dios... Si seré feliz, si triunfará Roma, si venceremos a los macedónicos. Dime, Florila, ¿cómo íbamos en Roma a superar tanta belleza?, ¿cómo comparar nuestros dioses achaparrados con los estilizados de los griegos?, ¿cómo podía haber en nuestra ciudad gentes que se opusieran al progreso, a la cultura, al poder de lo helénico?, de verdad, te aseguro que en aquel viaje me sentí griega. Mi esposo Lucio Cornelio se reía al ver mi rostro maravillado de continuo, y luego en la isla de Delos contemplé el colmo de la belleza: la impresionante Vía Sacra, rodeada de estatuas, el lago, el Oikos, el Artemisón, el Templo de los Atenienses y otro más chico dedicado a Dioniso en el que, por primera vez contemplé la ceremonia de las bacantes en su estado natural y originario, y pasé varios días siendo instruida en los misterios de Orfeo, pero esto te lo he contado muchas veces, anda, Florila, echa más agua a la crátera... Sí, dómina, pero me gusta escucharte, como yo no sé hablar... Pues mira, querida, viendo a las mujeres griegas cumplimentar a Apolo y participar en los misterios que asimilaban el cuerpo etéreo del dios solar con el terrestre de Dioniso, la inteligencia con la pasión, comprendí que ese culto tiene la virtud de armonizar lo público con lo privado, la fuerza de la nobleza y la pasión de lo popular, y viendo todo aquello, creo que cometió un grave error el Senado de Roma al perseguirlo y denostarlo; la sociedad sería más armónica y más justa si las mujeres pudiéramos mostrarnos como somos, desfogarnos de los pesares de la existencia de vez en cuando, y organizar nuestra vida en torno a una religión equilibrada que a nadie amenaza. Es bello lo que dices, dómina. Entonces lo comprendí, Florila; desde aquellos días he procurado apoyar a las infelices bacantes, pobres, qué mal fin tuvieron; por eso también tú conoces los misterios y no me negarás razón, querida amiga. Sí dómina, yo también fui feliz acompañándote, pero respóndeme si quieres a una pregunta... Tú dirás... Hace tiempo que deseaba hacértela... Si no terminas, Florila, mira que eres lenta... Dime, ¿lo comprendió tu esposo? ¿El qué? Las virtudes de los ritos de Dioniso. Bueno, eso ya es otra cosa, pero Escipión no le hacía ascos a cualquier novedad que reforzara su figura pública frente a sus numerosos enemigos... ¿Frente al Senado, quieres decir? Bueno, sólo te diré que las bacantes que según Catón tanto perjudicaban a la República, adoraban a Publio Cornelio, al más popular de los generales de Roma, príncipe del Senado, por eso se las apañaron para quitarnos de en medio antes del brutal ataque contra nuestras amigas. ¿Temerían que con su apoyo se quisiera Escipión convertir en rey, dómina? Bueno, algún demente quizá sí, pero, en fin, Florila, este es tema para cotorrear otro día, ¿no crees? De nuevo esta rellena la crátera vacía. Da sed tanta charla, querida. No me extraña, dómina, pero ¡mira!, ¡mira quién ha llegado! ¿Quién? ¿No la ves?, la mariposa negra. Un recordatorio, Florila, un triste recordatorio, ¡qué fugaz es el tiempo!

 


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