martes, 25 de marzo de 2025

LA DIOSA: MATER DEVA/MATER DEUM

 


Dice Marcos Pereda en su libro «Cantabria, tierra de leyendas» lo siguiente:

El nombre de la Diosa, cuentan, solo se puede susurrar. Nunca en voz alta, porque las cosas que necesitan gritos son las menos importantes. El nombre de la Diosa se murmura, el nombre de la Diosa se paladea, así como si quemase, como si pudiese matar.

Pero, ¿quién es la Diosa?, ¿la céltica Deva, cuya presencia se extiende por toda la Cornisa Cantábrica? Un ara votiva que apareció en Monte Cildá decía: «A la Diosa Madre, Deva, Gaio Licinio Ciso dedica este recinto sagrado, por un voto con agrado y justicia».

¿O no decía eso la lápida, porque las letras estaban borrosas y podría leerse como MATRI DV., es decir Madre Deva, pero también como MATRI DU, es decir Madre de los Dioses, lo que la asimilaría con la CIBELES romana? (J.G.Echegaray. Los Cántabros, pg. 100 y apéndice 1, 106).

Joaquín González Echegaray sostenía que era Deva, mientras que Hübner que era Cibeles. Autores hay que se inclinan hacia Deva, diosa autóctona, pues apareció junto a otras aras votivas dedicadas a dioses de indudable factura local, como Cabuniégino o Candamo. Pero, también podría tener razón el tal Hübner, y tratarse de Cibeles.

En realidad, no importa mucho la diferencia, pues Cibeles y Deva son la misma deidad.

Cibeles es una diosa frigia que se integró muy pronto en el panteón romano, hacia la época de las Guerras Púnicas. Siempre fue considerada como una divinidad de dudosa factura, un tanto bárbara y primitiva. Estaba vinculada con la Madre Tierra, generatriz universal. En su calidad de Señora de las Fieras (por eso en Madrid la tenemos al frente de un carro tirado por leones) resulta pareja con Diana, Artemis. El origen de Artemis ha de buscarse en la arcaica diosa minoico-micénica conocida como potnia theron, la Señora de las Fieras.

Es también la tal Cibeles una diosa a la que los latinos conocían como INNOMINADA, pues aunque la llamaban Cibeles, ello se debía a que su culto tenía origen en el monte Cibel, pero se evitaba su nombre o no lo tenía. Era una diosa ancestral, anterior a los cultos masculinos impuestos por los indoeuropeos. Estaba asimilada a lo oscuro, a lo profundo, a lo escondido en las cuevas.

Y su culto resultó muy popular en Roma, aunque tanta fuerza no radicaba en el reconocimiento institucional, sino en el ámbito privado al que se circunscribían los ritos. Su primitivismo tocaba la fibra sensible de muchos y se convirtió en una diosa muy atractiva en el ámbito privado. (Berrnabé Pajares. Himno XIV a la Madre de los Dioses. Biblioteca Clásica Gredos nº8).

La Deva celta es también una diosa de la tierra, ancestral, anterior a los dioses masculinos indoeuropeos, superviviente como Cibeles del trauma neolítico, cuando las gentes de las estepas impusieron su religión. Deva equivale a Briguit, a Dana.

Pues bien, cuando Estrabón, en su Geographia, habla de una diosa Innominada, ¿a quién se estará refiriendo? Empieza la frase del geógrafo griego con la afirmación de que los galaicos son unos ateos salvajes, vamos, un caso perdido, pero que sus vecinos, los pueblos que lindan al norte con los celtíberos, es decir, astures, cántabros, autrigones, vacceos, etc., al menos tienen una deidad INNOMINADA a la que danzan en familia, en la puerta de sus casas, las noches de luna llena. Es decir, que eran bárbaros, pero no del todo, pues tenían una divinidad a la que los romanos también veneraban, aunque con ciertos repeluznos por su carácter salvaje: la Innominada, es decir, Cibeles, la madre de los dioses y de los hombres, equivalente a Deva. No era lo ideal, según el griego, pero al menos era diosa conocida.

Coincidían ambos cultos —el de la Innominada/Deva y el de la Innominada/Cibeles— en que no eran del todo civilizados para los delicados romanos; en que rendían culto a la divinidad en privado, a la puerta de sus viviendas, con su familia; en que en ambos casos la divinidad era llamada por los griegos y romanos Innominada; en que a ambas les gustaba el estruendo, aunque no se nombraba a la diosa, ¿quizá porque su nombre sólo se podía susurrar? En definitiva, con su comentario, Estrabón asimila el culto a Deva al culto a Cibeles.

Esta voluntad de encajar a los dioses de los pueblos bárbaros en el panteón romano se llama interpretatio y, a veces nuestros antepasados culturales lo hacían a martillazos, como en el caso de Lug, dios celta capital, identificado con Mercurio, dios romano secundario. En el de Deva y Cibeles la correspondencia estaba mucho más clara.

En definitiva, que para los romanos Deva era la Cibeles de los cántabros, por lo que pasa a segundo plano el problema de si el ara de Monte Cildá dice MATER DEV (A) o MATER DEU (M), pues cuando Estrabón habla de la Innominada engloba a ambas.

Como mejor ejemplo de esta coincidencia de diosas, léase el siguiente Canto Homérico a la Madre Tierra, pero pensando en Deva, la señora de las tierras Cantábricas más que en la Cibeles frigia y romana, y se comprobará cómo se ajustan ambas imágenes:

«Cántame Musa de voz clara, a la Madre de todos los dioses y de todos los hombres, a la que agrada el estrépito de los crótalos y tamboriles, así como el rumor de las flautas, el aullido de los lobos y los leones de feroz mirada, los montes fragorosos y los torreones cubiertos de vegetación. Con mi canto te saludo a ti y a las diosas todas».

Nota.- Este contenido no pertenece a «Cantábrica, la gran epopeya del Solar Cántabro», sino que es mera aproximación, síntesis o reseña si se quiere de varias entradas de esa obra, en la que estos temas son tratados con gran amplitud, y con una notable bibliografía de referencia.

Javier Tazón Ruescas, abogado.

 

 


lunes, 24 de marzo de 2025

COSMOGONÍA Y TEOGONÍA CELTAS

 

La Cosmogonía es el relato mítico de la creación del mundo. La teogonía es el relato mítico del nacimiento y vida de los dioses. Toda mitología tiene su cosmogonía y su teogonía. ¿Seguro?, pues no, hay una que no: la celta.

¿Cómo puede ser esto?, ¿no tenían relatos sobre cómo se creó el mundo, o sobre cómo nacieron sus dioses, cómo se relacionaron entre ellos, cómo derivaron los unos de los otros? ¿Es la celta la única mitología del mundo que carece de esa información? Me temo que así es.

¿Y eso, por qué? Pues, amigos, dos son los culpables: los druidas y los monjes cristianos.

Según nos cuenta Julio César en La Guerra de la Galia, los druidas eran muy suyos, no soltaban prenda sobre los conocimientos de la creación del mundo y del nacimiento de los dioses sino a sus discípulos —pasmados quedarían los sacerdotes del roble si pudiesen ver cómo hoy día nos comunicamos sin tasa ni medida en internet, afectados por un narcisismo contagioso que tira a patológico—. Eran saberes, digo, que pasaban de boca de druida a oído de druida. Esa fue la primera razón por la que no nos ha llegado información sobre el concepto de creación celta: el ocultismo de los  druidas.

La segunda, los monjes cristianos que transcribieron infinidad de leyendas celtas (Irlanda, Gales). Estos otros nada dicen de cómo se creó el mundo y menos de cómo surgieron los dioses para los celtas. Al contrario, empiezan las grandes sagas con el relato de la creación cristiana, y las leyendas e invasiones se hacen cuadrar a martillazos con la Biblia en lo tocante a fechas y secuencias. A los dioses, luego, los rebajan a la categoría de meros personajillos de los bosques.

Estos monjes actuaban así por convicción religiosa y, seguramente, porque serían druidas reciclados. Es decir, ocultistas por partida doble.

Por lo tanto, ni sabemos nada sobre cómo concebían los celtas el nacimiento del mundo y de los dioses, ni podremos saberlo nunca.

Sin embargo, si buscamos en la Red por el comando “creación del mundo celta”, encontraremos abundante información y un relato constante, machacón y por completo inventado, relacionado con una yegua blanca que surge del contacto entre la espuma del mar y la tierra, que se alimenta de un roble, de la que nace Cernuno, y yo qué sé cuántas cosas más. Sabed que se trata de una FAKE creada, quizá, por celtistas floridos que no podían soportar la carencia de información sobre el concepto de creación del mundo y sobre el nacimiento de los dioses que, sin duda, tenían los pueblos celtas, pero que no nos ha llegado.

Si hacemos un seguimiento de todas esas páginas, de corta y pega masivo, hay siempre al final un documento «Hourly History (2016). Celtic Mythology. A Councise Guide to the Gods and Beliefs», fuente de todas estas imposturas. Es un texto subido a Amazon, un trabajito en inglés, sin referencia a autor alguno, y de extensión de unos diez folios, en el que se narra por primera vez lo de la yegüita, el roble, Cernuno, etc.

En fin, que nadie se engañe, salvo que se prefiera creer tonterías, asunto en el que cada uno es muy libre de entretenerse como le venga en gana.

En «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro», en su apartado «Metamorfosis Cántabras» —tomo III— relato en el que se sigue el estilo de Ovidio Nasón, sí se da una visión completa, prolija y cerrada de la cosmogonía y teogonía cántabras, pero se advierte —hasta la saciedad—, que es un producto nacido de la Fantástica; lógico y coherente, sí, pero no científico. Se parte, lo mejor que se puede, de conceptos religiosos que se relacionan en «Céltica Cántabra» —tomo I—, apartado de presupuestos técnicos en que basamos la obra toda. Justo lo contrario de los amantes de inventar al tuntún, a la que salga, según les sople el viento.

Por cierto, todos estos textos que desde hace tiempo inserto, no pertenecen a la obra «Cantábrica», sino que pueden considerarse meras explicaciones y aproximaciones a la misma, reseñas en formato de salto de caballo y de picoteo en conceptos barajados del texto original. Este es infinitamente más rico, detallado y sistemático.

Claro que si el original desaparece, como le sucedió al pobre Tito Livio con las referencias a Cantabria en su famoso tratado Ab Urbe Condita, estas etéreas declaraciones facebookianas podrían servir para que los historiadores del futuro restauren como puedan la obra, que les quedará como un churro, claro.

Esto último lo digo en plan de coña, oye, que bien sé que el futuro no existe, que en muy poco todos calvos, huesos para estudio de los arqueólogos, y que el narcisismo de los poetas no pasa de flatulencia escurrida de borrica vieja.

Autor: Javier Tazón Ruescas (abogado).


miércoles, 19 de marzo de 2025

BEBÍAN ZYTHOS

 

Eso decía Estrabón, que bebían zythos, pero que cuando tenían vino hacían una gran fiesta. ¿Y qué puede ser el zythos? Si lo miramos desde el punto de vista etimológico, es la cerveza. Esa es la traducción exacta del término griego. Sin embargo, los señores helenos eran un tanto reduccionistas. Ellos, como los romanos, bebían vino, que era lo normal y natural en pueblos civilizados, a su entender. Los bárbaros bebían cerveza, siempre cerveza, o algo que se le pareciera, y como los buenos helenos y mejores romanos no eran partidarios de hacer muchos distingos en las costumbres de los pueblos bárbaros, metían en el mismo saco del zythos cualquier bebida que no fuese vino, especialmente las fermentadas con bases raras como frutas o las diversas variantes de la maceración. Para ellos todo era zythos.

En el Solar Cántabro y en el astur, sin embargo, poca cebada había para sustentar el consumo nacional a base de cerveza, y sabido es que bebían mucho, incluso para lanzarse al combate procuraban una sagrada embriaguez. Por eso, fácil es pensar que la bebida alcohólica que sustentaría su día a día sería elaborada con lo que más a mano tuvieran. ¿La manzana?

Es muy probable, pero no se trataría de una sidra elaborada al estilo actual, con un trujal, barricas y procesos de fermentación más o menos complicados, alcohólica y maloláctica, sino que someterían a la manzana a un proceso de maceración en agua para obtener una bebida alcohólica.

Los indios andino también elaboran sus bebidas con diversas frutas puestas a macerar en agua. En unos países se usa manzana, en otros piña, en otros lo que cuadre. A esa bebida andina se la llama chicha. Y, curiosamente, si dejamos manzana partida, pellejos, pulpa, etc. a macerar en agua durante una o dos semanas, obtendremos una rica bebida alcohólica con una graduación de 5,5, similar a la de la sidra; además, es muy rica. ¿No suena eso del hidromiel?, pues algo similar.

Por lo tanto, esa famosa cerveza de los astures y de los cántabros, así llamada por el griego Estrabón era, sencillamente, una sidra primitiva, elaborada a partir de un proceso de maceración en agua.

Y ahora, el problema técnico-literario. ¿Qué nombre dar en la ficción a esa bebida? Es el problema que tenemos todos los escritores cuando tratamos el pasado: los nombres de las personas, de los lugares y de las cosas. El criterio general es el de buscar la máxima coherencia del escrito y, en lo posible, no confundir al lector. Debemos darle un nombre a esa bebida. Llamarla sidra sería absurdo, por lo que la utilización de la palabra griega zythos que significa cerveza, pero dándole el significado de chicha o sidra de fermentación alcohólica en agua, parece lo adecuado.

En Asturias, la patria de la sidra, de la que Cantabria es un mero apéndice sidrero —y de eso entiendo mucho porque todos saben que amamanté a mis pechos la recuperación de la sidra cántabra— lo tienen muy claro: bebían zythos, es decir, una sidra bastante peculiar; incluso hay alguna marca de sidra asturiana que lleva tal nombre, y no desagradable, por cierto.

Una obra como «Cantábrica», en la que los personajes beben mucho, mucho, ha de dar una solución al nombre y al contenido de la famosa bebida de los cántabros, y toma prestado el zythos estraboniano y le confiere naturaleza de sidra primitiva. Estos juegos de manos del mundo de la Fantástica serían impensables en la ciencia histórica, pero las adaptaciones cinematográficas son así, pueden acertar o no, pero resultan inevitables.

Sobre estos asuntos sidrero-históricos, se pueden consultar mis obras: «El Trujal, mitos y leyendas sobre la historia de la sidra en Cantabria» y «Confieso que he bebido...Sidra».


martes, 18 de marzo de 2025

LAS FRATRÍAS GUERRERAS, FUNDADORAS DE EUROPA

 



Lo único que queda hoy día de las viejas fratrías guerreras son las peñas de amigotes que toman blancos juntos o se reúnen para ver partidos de futbol. Autores hay que creen ver en esta presencia masiva del machote tabernero y futbolero en la Hispania actual, la pervivencia de viejos usos y la preeminencia del sustrato prerromano. Otros, más serios, aseguran que las fratrías guerreras de los preceltas se perpetúan, sí, pero en las agrupaciones de zamarrones, ya en el ámbito folclórico.

Cuando alguna deidad caprichosa diseñaba los tiempos más remotos, los grupos de guerreros jóvenes que se lanzaban a la aventura de conquistar nuevas tierras y de independizarse de su clan fueron quienes extendieron por toda Europa una cultura nacida en las estepas del este.

El mecanismo de su extensión resultaba sencillo: los excedentes de población eran expulsados de sus castros, ritos sagrados por el medio. Por ejemplo se echaba a los senderos a todos los varones nacidos en un mismo año. Bajo la protección del dios de la guerra partían a la aventura sin mujeres ni alimentos, de todo lo cual debían proveerse sobre el terreno, pues sólo portaban las armas, los caballos y, todo lo más, unos bocadillos en los zurrones para la primera jornada, y eso porque sus madres llorosas insistirían.

Nunca volvían a su castro, se alimentaban de lo que depredaban, sometían a los pueblos con que se topaban sin miramiento alguno, se quedaban con sus mujeres y se instalaban lejos del hogar. Así actuaron los yamnaya esteparios. Por supuesto, su religión era guerrera, dominada por los dioses varones, seguían a jefes indiscutidos elegidos por su valor, compartían terrenos comunales, practicaban el gran sacrificio que consistía en darse muerte en caso de que el líder falleciera en combate, y sus almas eran transportadas al Sid, al paraíso, en el pico de los buitres, encargados de descarnar los cadáveres de los muertos. La historiografía dio en llamarlos preceltas y los habitantes de la Cornisa Cantábrica y de la Hispania mesetaria pertenecían a etnias de tal origen.

Luego, otros pueblos nacidos de la misma raíz, como los celtas, llegaron a la Península, los romanos los llamaron celtíberos, y encontraron a esas gentes con las que tenían mucho en común pues eran parientes lejanos. Dada la cultura superior de los celtíberos, los preceltas fueron definitivamente celtizados y surgieron los diversos pueblos del norte: galaicos, astures, cántabros, autrigones, caristios, várdulos, vacceos, etc, esos que junto a los celtíberos de los que no se diferenciaban, dieron tanto trabajo a Roma.

Esta teoría del origen estepario de la mayor parte de los pueblos de Europa, nacida a mediados del siglo pasado de la mano de Marija Gimbutas no tuvo mucho éxito en un primer momento, pero en la actualidad, a partir de autores como Daniel Anthony y Daniel Reich, aparte de los estudios sobre el ADN de los actuales europeos, ha alcanzado el estatuto académico de teoría dominante.

Sin embargo, por lo que se pasa muy por encima, como si quemara, es la existencia de las cofradías guerreras. Roma, sin ir más lejos, fue fundada por una pandilla de esos jóvenes desesperados, violentos,  descendientes como los celtas de los esteparios, y ya se sabe lo que pasó con las sabinas, que las raptaron porque chicas no tenían. Hasta hay quien dice que en tiempos de la máxima extensión esteparia, hace así como cinco mil años, los señores yamnaya o equivalentes mataron a los varones de media Europa, especialmente en las Islas del Norte y en la Península Ibérica y se quedaron con las mujeres. Algo de ello pudo haber. Así de brutos eran los antepasados de todos los europeos.

Mucho se dice a favor y en contra de esta teoría del exterminio de los varones, asunto en el que no podemos entrar porque de él no saldríamos, pero lo cierto es que el aspecto violento de los fundadores de Europa, hombres que se identificaban con el lobo, con el oso, con la furia ciega e imparable, no es bien admitido por el mundo ortopensante actual. Se prefieren unos celtas y unos preceltas amantes de la naturaleza, pasmados ante la belleza de los robles, flauteros, tirando a hippies y, por supuesto matriarcales y protofeministas.

Sin embargo, me pregunto si  no será preferible aceptar los hechos como fueron, no como queremos que hubieran sido. ¿Se nos tachará de contrarios a los movimientos feministas y verdes actuales por reconocer que los antepasados de los cántabros eran patriarcales en extremo, hasta el punto de que un padre tenía el poder de ordenar la muerte de toda la familia a un niño y este cumplir su voluntad sin pestañear?, ¿que estaban regidos por una religión de dioses lobos y que eran capaces de cargarse a todos los hombres enemigos para quedarse con sus mujeres?... ¿Que no, que eran matriarcales?..., ¿pese a tales antecedentes?... En fin, ¿quién soy yo para discutir?

Luego pasa lo que pasa, que llegan los novelistas, las gentes ingenuas que trabajan la ficción y que se basan —con la mejor intención del mundo— en los estudios científicos y, siguiendo a determinados sabios, pretenden mezclar en sus tramas el fuego con el agua, la violencia extrema con la ecología y las flores, la Wikka con el Haloween, y sus obras terminan siendo ilegibles por incoherentes.

Por eso, en «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro» se llama a las cosas por su nombre: a la torta de bellota pan y al zhytos sidra —sobre esto último pronto hablaremos—,  a los celtas, celtíberos y cántabros se los tiene por patriarcales, y a sus mujeres se las presenta como las más fieles guardianas de la mentalidad patriarcal de su época. No podemos hacer otra cosa, se enfade quien se enfade, salvo pedir disculpas a las almas sensibles. 


lunes, 17 de marzo de 2025

NEMÉTONA Y ADRIANO GARCÍA LOMAS

 



No deja de ser curiosa la inserción del maestro de Iguña, en su famosa obra «Mitología y Supersticiones de Cantabria», de un EPÍLOGO en el que se introduce la figura de una hembra bravía “hermana de NEMÉTONA, la diosa celta de los bosques”, afirma alegórico quizá por no atreverse a dar nombre a su criatura. Crea el maestro un mito en torno al Pico Jano, personificación y representante para el autor de todos los montes singulares de Cantabria, y en él hace vivir y morir a su diosa, ejemplo de mujer guerrera y de divinidad protectora de la naturaleza. No le da nombre, aunque el de Nemétona, la diana cazadora celta, sobreflota todo el relato.

Sale al paso esta creación, dice el autor, al hecho de la importancia dada a Corocotta y a Laro “citados por los historiadores de las guerras cántabras como leyenda de oro”, y a que de las aventuras de una reina salvaje, “exaltación de las cualidades de su sexo” nada se ha dicho. Por eso, para contraponer las virtudes guerreras femeninas a las virtudes guerreras de los mitos de que tanto se ha hablado, surge en la mente de don Adriano esta idea de la mujer poderosa, “que él, por lo que vale prohija”, dice, introducida en el epílogo de «Mitología y Supersticiones de Cantabria», donde es creada de principio a fin.

Es decir, que por una razón o por otra —no somos nadie para juzgar a nuestro respetado Adriano—, el compilador vio preciso cerrar un libro en extremo positivista, concreto, descriptivo y metódico, seguidor de todos los cánones de la ciencia etnológica, y lo hizo mediante una ficción literaria, es decir que creó mitología a partir de la literatura. A esto se llama mitopoyesis, importante subgénero literario del que Tolkien es el máximo representante actual. (En la antigüedad fueron numerosos los autores griegos y romanos que tal hicieron, Silio Itálico con la Púnica entre ellos).

Y decimos que no deja de ser curiosa la extravagante inserción, cuando el mismo autor introdujo la duda sobre algunas de las creaciones de Manuel Llano por estar inspiradas, precisamente, en una visión poética del mundo rural.

En apoyo de Llano y de sus criaturas —otra gran creación mitopoyética—, han salido al paso, en muchas ocasiones, los relatos de Jesús García Preciado, compilador y divulgador de la mitología Cántabra, según me ha indicado con acierto un amigo que ha visto en YouTube una reseña sobre el prólogo de “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, y que detectó la ausencia en él de una referencia a Preciado.

Isidro Cicero, Gustavo Cotera y el mencionado Jesús García Preciado pusieron los cimientos para la asunción de la mitología cántabra en el imaginario colectivo. Fue una segunda generación de artistas divulgadores de la papilla mítica con la que se alimentó la imaginación de nuestros hijos... Y la nuestra —confesémoslo— noche tras noche leyéndoles el Vindio, atractivos relatos sacados de la tierra e imágenes mitológicas, ante las que se quedaban, nos quedábamos, extasiados.

Tenemos así, una primera generación de escritores FUNDACIONALES, forjadores de mitología, compuesta por Llano y García Lomas; y una segunda, de escritores y artistas DIVULGADORES, integrada por Cicero, Cotera y García Preciado.

Todos ellos crearon, en cierto modo, mitología a partir de su literatura y su arte, pero fue Adriano García Lomas, con su epílogo sobre Nemétona —permítasenos ponerle este nombre a su “invento”— en su memorable obra «Mitos y Supersticiones de Cantabria», quien de manera por completo metapoyética, tolkeniana, puso el primer pilar de una Mitología Global de Cantabria.

El tiempo, que nunca se detiene, ha hecho sonar una campana de alarma: los años que vienen, los tres tercios de siglo que quedan por delante, piden, exigen superar el marco infantil de la mitología cántabra —tan provechoso hasta ahora—. Llegado es el momento de que los dioses viejos, de nombres retorcidos y en desuso, pugnen por salir al trabajoso, atrafagado y estéril escenario de la Cantabria actual. ¿Podrán ellos colaborar en levantar la moral de nuestro pueblo, independientemente del origen de sus componentes, de su sexo, de su raza, de su condición, sean o no descendientes directos o indirectos de los viejísimos cántabros indómitos, asunto  que no parece realmente operativo, salvo que se logre levantar los faldones a los ángeles para conocer su sexo y así catalogarlos?, ¿será provechoso para la moral de las gentes del Solar Cántabro este nuevo enfoque de la mitología?... El tiempo lo dirá.

jueves, 13 de marzo de 2025

LOS SOLDADOS DE LA OSCURIDAD

 

En la mitología celta irlandesa, los FOMORÉ o FOMORIANOS son los seres contrahechos que formaban parte de las fuerzas del mal, de la Oscuridad, anteriores a la llegada de todos los invasores (Partolón, Firbolg,  Tuatas, Milesios...). Estas personificaciones del miedo tienen que estar presentes, necesariamente, en una reconstrucción mitopoyética de la mitología cántabra, por eso son importantes personajes en «Cantábrica», sólo que les daré el nombre de FOMOUROS, jugando con el elemento irlandés y con el concepto difuso de MOURO, propio de Cantabria, Asturias y Galicia. La literatura tiene una gran ventaja sobre la historia y la ciencia: la posible y obligada adaptación de conceptos y términos.

Estos seres de la Oscuridad, junto con otros de mayor cuantía pero también ctónicos, me han dado mucha guerra en la composición de la Epopeya. Además, hay que tener en cuenta que la asignación de nombres a los personajes divinos es uno de los más difíciles problemas de la metamitología, la reconstrucción literaria cerrada a partir de escasos elementos preexistentes.

Si encontrar nombre adecuado para estos soldados de número de los ejércitos del mal, los FOMOUROS, era difícil, el concepto también se las traía. Por fortuna, contaba con Manuel Llano y con su obra «Retablo Infantil», capítulo “Miedo” (Obras completas, edición de 1967, pg. 84), donde se ilustra el componente terrorífico en la memoria colectiva que el poeta plasma a la perfección. Este terror difuso y contrahecho subyace en la mente de los niños, paleolítico de toda mitología, rebosante de miedos casi instintivos. Así describe el maestro a estas pesadillas del mal:

«Mitos de humo, de neblina oscura, como sombras de hombres gordos en las paredes de la cocina. Unos tenían los dientes azules, la frente de color de ladrillo, el pecho lleno de púas cárdenas, las manos en forma de rastrillo con pinos de hierro relumbrantes en las puntas. Otro, todo negro como hocico de vaca, tenía la cabeza de lobo y el cuerpo de persona.  Otro enseñaba sus colmillos verdes, sus grandes orejas cenicientas, su cuello encarnado y ancho... Unos tenían los ojos muy grandes, del color de oliva negra, unas melenas rojas, unas manos redondas, sin dedos, del color de las piedras del camino. Otros usaban unas barbas como de yerbas secas, en las que se guarecían unos pájaros blancos cuyos picotazos traían la desgracia, el dolor, la mala suerte de toda la vida. Mitos rechonchos, de cara colorada, con la nariz grande y corva, los pies de cabra, los ojos de águila, vestidos de yedra, de rozo, de juncos secos... Mitos altos y flacos, con ojos de gato montés, cara de chivo, desnudos, amarillos, negros».

Como se suele decir, el gran poeta carmoniego me quitó la descripción de la pluma — casi mejor porque yo nunca habría alcanzado su calidad—. Esos son, en fin, los FOMOUROS de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», seres malos de toda maldad, deformes, auténticos Frankenstein de imposible arquitectura, habitantes de las profundidades. Desempeñan la función de conectores con el terror atávico a lo contrahecho que amenaza en la sombra, el gran pavor indefinido. Precisamente para combatirlo se inventó la literatura, pues esta cumple una labor apotropaica, de vacuna preventiva contra el miedo, como si dijéramos.

Y, ya que hablamos de invenciones literarias —yo prefiero decir trasposiciones literarias—, Adriano García Lomas fue el primer escritor cántabro que aportó una reconstrucción mitopoyética de la diana cántabra, Nemétona, al final de Mitos y Supersticiones de Cantabria, trabajo que ha pasado inadvertido para los amantes de la mitología cántabra, pero  sobre esto ya insertaré algo el lunes.

 

 


miércoles, 12 de marzo de 2025

UN MATRIARCALISMO DESQUICIADO

 

Encontré hace muchos años —en la prehistoria de la elaboración de mi «Cantábrica»— un documento técnico escrito por una más que importante autoridad académica de Cantabria, fechado hacia 1977, que versaba sobre estructura social, poblamiento y etnogenia de Cantabria. Lo estudié y desmenucé y me convenció. ¡Qué le iba a hacer!, no tenía forjado mi criterio ni poco ni mucho.

En síntesis, decía lo siguiente: A la llegada de los romanos a Cantabria, esta se encontraba dividida en tres niveles de indoeuropeización: uno claramente celta y patriarcal, evolucionado, la Cantabria Cismontana donde se ubicaban los grandes oppida y que fueron los auténticos resistentes de que hablan las fuentes; otro, la Transmontana, que se subdividía en dos partes: una zona también céltica y patriarcal, del Besaya hacia poniente, más indoeuropeizada, y una zona matriarcal y autóctona, vascoide, en el oriente de Cantabria. ¿En qué se fundamentaba esta teoría?, pues en la toponimia, que según el autor —gran experto— guardaba residuos supuestamente vascos en el este de la zona costera, y no en el oeste. 

Lo anterior quizá sea una mera simplificación del contenido del artículo, pero es suficiente para lo que me interesa. No es mi cometido discutir con los científicos, sino sólo estudiar la repercusión de sus teorías en el proceso de elaboración de la Fantástica.

Sin duda, tal planteamiento era muy útil para una creación literaria: tres grupos bien definidos en la Cantabria de la Segunda Edad del Hierro, que podían estar enfrentados entre sí, con una notable presencia vasca o vascoide en el oriente, lo que daba pie a utilizar aerotransportada la elaborada mitología vasca, considerada como preindoeuropea y ultramatriarcal, una mitología que ha alcanzado niveles de auténtica teología en los ámbitos académicos de la Universidad del País Vasco, un matriarcado que daría mucho juego en tramas y componendas, e incluso en presentismos relacionados con el feminismo, movimiento revolucionario al que este autor nunca hizo ascos. Sin duda, toda esa bambolla de tres niveles culturales, sociales e idiomáticos en el Solar Cántabro daba mucho juego literario.

Y me dediqué a la tarea de recomponer la mitología de la Vieja Cantabria con tales mimbres, a profundizar en los diversos niveles constructivos, a estructurar tramas, evoluciones, personajes y panteones divinos. Apliqué cientos de horas al trabajo y, cuando ya llevaba casi setenta y cinco mil palabras escritas, tuve que desechar el marco propuesto por ese sesudo estudio nacido en el seno de la Universidad de Cantabria, por incoherente.

No llegué a esta conclusión por razones técnicas y científicas, pues no es ese mi campo, sino por imposibilidad de aplicar esta visión de lo cántabro a la composición que tenía entre manos. Las leyes de la Fantástica, tan diferentes a las de la Lógica —ni más ni menos ciertas y ni más ni menos falsas— se resintieron.

En efecto, no me cuadraban los argumentos, no respondía la construcción teórica del experto en toponimia a las fuentes literarias, la mitología vasca aplicable a la cántabra como sustrato no era ni seria ni verosímil en el marco de la creación literaria y, en cuanto al enfrentamiento entre patriarcado y  matriarcado de los cántabros todo era confuso, los personajes estaban forzados, las tramas resultaban incongruentes porque obligaban a un retorcimiento exagerado y artificial de la diégesis, y el texto literario naufragaba en un sinsentido de conceptos contradictorios... Vamos, que no acertaba ni con el tono, ni con la forma, ni con la estructura del relato. Luego comprobé, tras abundantes horas dedicadas al estudio de la literatura científica, que esa supuesta etnogenia cántabra era un dislate y que por eso no cuadraba con mis planteamientos literarios.

Es decir, que me salía como un churro la reconstrucción mitopoyética de la mitología cántabra y me vi obligado a aplazar la obra durante años para empezar, de nuevo, desde cero, mucho tiempo después. Eso sí, en el segundo intento contaría con un respaldo científico serio.

Nótese, sin embargo, que nada critico de la teoría científica de ese notable autor universitario cántabro, ¡libren de tal idea los dioses a este humilde zurupeto!, sólo digo que desde el punto de vista de su aprovechamiento literario, esa Cantabria tripartita que, aparentemente daba abundante juego, era inviable. Tras mucho tiempo dedicado al estudio de un campo que no era el mío, dispuse de notables instrumentos que mostraban la falacia de ese trabajo de 1977 en el que se oponía matriarcado cántabro-vasco a patriarcado celta.

La creación de la mitología a partir de la literatura, mitopoyesis —de la que Tolkien es el máximo exponente— debe basarse en la coherencia textual y, entre otras muchas cuestiones que no proceden ahora, no cuadraba con la “lógica de la Fantástica” el marco matriarcal que el estudio de 1977 imponía a una parte del territorio cántabro.

En la «Cantábrica» que al final resultó se comienza por afrontar este problema del supuesto matriarcado, pues del “sexo” de los dioses —dado que el “género” nunca fue constructo de libre disposición para la divinidad—, depende la coherencia de toda la reconstrucción mitopoyética.

Y hemos de confesarlo, en «Cantábrica» se parte de una negación sistemática del matriarcado en el Solar Cántabro.

¿Eso quiere decir que las mujeres de los pueblos cantábricos no tuvieron privilegios por encima de las mujeres mediterráneas de la misma época? No, por cierto, sino todo lo contrario, eran unas afortunadas porque la estructura económica de la sociedad celta favorecía ciertos privilegios femeninos que Estrabón incluyó en su confuso término de ginecocracia que a tantos ha despistado.

¿Matriarcales los cántabros?... Ni por pienso, pues las decisiones básicas e imperativas correspondían siempre a los patriarcas, a los jefes. ¿Con ciertos privilegios para la sororidad femenina?... Eso sí, pero a partir de conceptos tan materialistas como la manera que tenían los celtas, los celtíberos, los cántabros, de ganarse el sustento: la guerra, la violencia y la rapiña institucionalizadas.

Además, en esa estructura patriarcal, las mujeres constituían un cerrado colegio de guardianas. En una sociedad de religión guerrera y dominadora, las sororidades femeninas eran entregadas transmisoras de la violencia institucional, aunque esto suene muy fuerte y pueda herir sensibilidades bien pensantes actuales.

Cuando apliqué estos nuevos criterios, las piezas del rompecabezas literario, metapoyético, nacido de la lógica diferente por la que se rige la Fantástica, cuadró a la perfección: los dioses se hicieron coherentes. ¿Más polémicos, quizá?... Puede ser, pero eso me importa tirando a un comino, sea dicho con los debidos respetos y sin ánimo de ofender.


SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...