lunes, 25 de agosto de 2025

EL RUGIDO QUE SE HEREDA

  


El sábado 23 de agosto de 2025 estuve por la mañana en Los Corrales de Buelna, en la campa de las Guerras Cántabras, en la presentación de un libro: «Los últimos hijos de Bodo», de David Henales. Es una interesante novela que trata de una cofradía guerrera vadiniense en tiempos del asalto de Roma.

         Aproveché para revisar el escenario de la presentación de "Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro",  prevista para el viernes 29 a las 7 de la tarde, sus instalaciones y demás por eso de ser precavido, y pude ver el ambiente que se respiraba.

         Era por la mañana. Se dejaba el coche en una amplio prau habilitado como aparcamiento y yendo entre calles se llegaba a la campa de las Guerras, en el Parque Mazarrasa. La gente con la que te cruzabas eran cántabros que llevaban el periódico y el pan para desayunar, romanos y romanas que salían con sus chicos. Todos iban vestidos de diario, con túnicas de andar por casa. Nos dijeron que luego, para los actos se vestirían adecuadamente, con togas, trajes floridos, grecas, peinados de época, etc. Era como estar en la Suburra del Trastíber, pero con edificios modernos. Y, en efecto, a lo largo de la mañana vi a cántabras deslumbrantes y a romanos equipados con todo su esplendor marcial. Y pude constar la amabilidad de la gente, que excedía todas las previsiones. Si preguntabas algo, te respondían varios, te llevaban a otros que sabían más, te mimaban y regalaban.

         Pero lo que más me sorprendieron fueron los niños.

         Desfilaban con la legión y tocaban tambores¸chicos y chicas con caras serias, solemnes, de importancia. Eran seres que se habían transportado en el tiempo, que habían viajado en alas de su imaginación a lo largo de la historia. Sus ojos, sus ademanes manifestaban sus pensamientos, andaban en una nube de ensueño. Otros, más chicos, jugaban con espadas de madera, vestidos como diablos cántabros y duendes romanos, ya llenos de polvo las ropas por haberse revolcado por el suelo. ¡Qué gozada!, ¡qué envidia!, ¡qué pena no tener entre cinco y doce años!

         Esta estampa fue la más impactante: la participación de niños y jóvenes. Porque también estos se esmeraban. Un centurión romano, de penacho atravesado, daba una charla sobre armamento y mostraba cómo había que utilizar el gladium, el efecto defensivo de las armaduras, las condiciones especiales aerodinámicas del pilum, y hasta hicieron una exhibición de lanzamiento contra una paca de paja apoyada en un árbol. ¡Apártense todos, que es peligroso! ¡No, por favor, no se pongan detrás del árbol, que puede suceder una desgracia! Luego vino el lanzamiento, más derrengado que peligroso, pues ninguno de los tres arrojados lanceros acertó, pero luego sacaron los gladium, se cubrieron con los escudos y avanzaron en formato falange hasta llegar a la paca, a la que dejaron acuchillada y hasta descuartizada de tanto como la hendieron con sus temibles espadas. ¡Buen trabajo!, dijo el centurión de penacho atravesado. Estaban felices. Los niños miraban admirados y envidiosos. Los turistas sonrientes y yo admirado de la fuerza de aquella gente corraliega.

         Luego, tras una larga y prolífica conversación con mi compañero David Henales y con Ana, su esposa, en la que nos sorprendimos por la gran cantidad de coincidencias en nuestros puntos de vista sobre las Guerras Cántabras, ya en casa, revisé el folleto del programa de fiestas que había tomado en el puesto de información y comprendí todo. Esta gente de Los Corrales trabaja hoy para el futuro. Esto sí que es sostenibilidad.

         El título del cuadernillo, resaltado en amarillo era «EL RUGIDO QUE SE HEREDA» y en el interior jóvenes cántabras que peinaban sus cabellos como bandadas de janas en el río, niños cántabro-romanos haciendo carreras de sacos, niños lictores en el Circo Máximo, niñas augures, niñas con cara de pillas y peinados de fantasía, cubiertas por lujosos sagum de ceremonia, niños vestidos de senadores, niñas vestales, pequeños a los que si quieres conocer sus nombres te contestarán: soy Vadón, hijo de Elanio, de Vadinia.

         Ahí estaba la clave del éxito de la fiesta de las Guerras Cántabras en Los Corrales. Es una celebración fabricada por los mayores no para los niños, pero con la mirada puesta en ellos. Es una celebración en la que los niños y jóvenes decían a sus mayores que no dejarán desiertas ni las calles ni los campos. Es una ventana abierta al pasado, a los gloriosos tiempos que deben ser recordados.

         Claro, claro, es un rugido heredado.

         Un rugido en el que se invita a cada participante a heredar una idea: ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

         Y me alegré, porque el grito de la obra que presentaré el 29 de agosto, viernes, a las 7 en Los Corrales, CANTÁBRICA, LA GRAN EPOPEYA DEL SOLAR CÁNTABRO, tiene la misma finalidad, participa del mismo grito, se sostiene en los mismos pilares:

         ¡Recuerda lo que significa ser cántabro!

jueves, 21 de agosto de 2025

LA INTUICIÓN LITERARIA NO ESTÁ AL ALCANCE DE TODOS

 


 

Conversación entre un profesor de técnica literaria y un aspirante a alumno:

            O se tiene, o no se tiene. Mira, querido amigo, puede que en este taller literario no encuentres lo que buscas, siempre que aspires a que te enseñemos a escribir, pues eso dependerá de tus condiciones, de lo que lleves en la mochila no sólo en función de tus conocimientos, sino, sobre todo, en función de tus capacidades... No le entiendo señor. Verás, quiero decir que unos sirven y otros  no, como los pimientos de Padrón. Sigo sin entenderle, si tengo voluntad de aprender, ¿no podré por falta de cualidades? No es cuestión de voluntad, querido alumno, sino de realidad. ¿Si no fueras capaz de distinguir los colores, si no tuvieses medios para captar tonalidades, si las figuraciones espaciales no cupieran en tu mente, ¿podrías ser pintor? Hombre, pues no. De la misma manera, si tu oído es de cartón y no puedes distinguir entre dos voces, o entre el sonido de un violín y una guitarra y apenas diferenciases entre un do y un re, ¿serías capaz de componer una música diferente a "los patitos dicen pío, pío, pío" tras varios años de estudio? Pues, caramba, vaya ejemplo me pone usted, pero, vamos a ver, ¿es que me cree incapaz de escribir? No sé, eso dependerá de la intuición literaria de que disponga... Vamos a ver, señor Maestro Ciruela, ¿por qué cree usted que no tengo eso que dice? ¡Póngame a prueba! Bueno, vamos, y disculpe que  le haya contrariado. Verá, el ejercicio test es muy sencillo... Nada, nada, lo que sea, dispare... Pues verá, aquí tiene un texto básico escrito en tercera persona y pasado, ¿lo ve? Por supuesto, no estoy ciego. Vale, pues se trata de que lo tome y lo lea en voz alta, pero cambiando lo cambiable y, sobre la marcha lo traduzca a primera persona y presente... Pues empiezo, dice así... Oiga, se me está trabando... ¡Hombre, don Ciruela, esto es fácil, pero lleva su tiempo! No, no, mire, está usted dudando, no lo hace de corrido y vacila. Es normal, no estoy acostumbrado a... Pues si no puede leer de corrido y traducir un texto de tercera persona y pasado a primera y presente, con soltura, como si leyese el cuento de Caperucita, no tiene usted intuición literaria y jamás podrá escribir, como aquel que lleva un madero por oído, que jamás podrá componer, ¿lo entiende? Claro que lo entiendo, ¡váyase usted a la mierda! Pero, hombre, no se ponga así, quizá carezca usted de intuición, pero estos conocimientos le vendrán bien en funciones diferentes,. como crítico literario por ejemplo... Pero, qué hace, a dónde va, escuche, no se marche, ¿no comprende que uno que tenga oído de botella puede ser un buen profesor de música? ¡No, no lo entiendo!... Pero si usted puede llegar a catedrático de literatura de instituto... ¡Que deje, que no me agarre mientras me pongo la gabardina!... O, incluso de universidad.... ¿Callará de una vez?... Vale, pero, venga aquí... ¡hablemos!, ¿dónde va usted?... Portazo.

            ¡Mierda, mierda, mierda! ¡Siempre me sucede igual! ¿No podría enjaular de una maldita vez mi sinceridad? ¿es que no aprenderé nunca a ser práctico?

            Aquel profesor de escritura creativa era demasiado sincero. Así le fue, que hubo de cerrar la academia y dedicarse a enseñar a los niños modernos, digitalizados, el juego de las canicas. Era casi el mismo oficio y también fracasó.

            Por fortuna, encontró una buena esquina en una iglesia, y  para hacer pis echaba mano de los bares de los alrededores, hasta que le impidieron acceder a ellos porque contrataron a un guarda jurado de complexión goriliana, con lo que hubo de exponerse en una minúscula esquina a la vista de todo el que no desviara la mirada, pero sobrevivió. Para comer la Cocina Económica nunca le falló, y para dormir el Albergue municipal para transeúntes resultaba más que cómodo.

            Eso sí, el Maestro Ciruela tenía una intuición literaria como pocos. Eso lo aseguro yo, que he conocido a muchos, pero que a muchos escritores.

lunes, 18 de agosto de 2025

EL BOSQUE SE QUEMA. LOS DIOSES LUMINOSOS ABANDONAN EL NÉMETON

 


 

Hacia mediados de agosto de 2025, ardió el Solar Cántabro. La Montaña Palentina ardió. Riaño ardió. Liébana ardió. Los territorios colindantes de León, El Bierzo y Extremadura ardieron. Celtiberia ardió. Los pueblos hubieron de ser evacuados. Hubo muertos, miles de damnificados. La solidaridad se desató, como siempre. Y los revestidos de "auctoritas" ─mas no de "dignitas"─ se resignaron, como siempre, repartieron esputos de culpa, y, finalmente, se encogieron de hombros: es que hasta que no pase la ola de calor nada podemos hacer, dijeron.

         Y, entre tanto, los dioses se vieron obligados a abandonar definitivamente los milenarios santuarios de los bosques, pequeños ya, diminutos casi tras tantos decenios de desertización progresiva.

         Y, entre tanto, los humanos guardaron el recuerdo de la frondosidad de los parajes quemados en rincones cada vez más difuminados de sus almas, esa que los antepasados decían que estaba en el cerebro.

         Y, ya no quedó retaguardia en la que refugiarse.

         Humanos y dioses vieron que no podían enfrentarse a un enemigo que atacaba por delante y por la espalda a la vez, que venía de la meseta y que ascendía desde el mar. Comprendieron que serían cogidos en pinza por la nefasta gestión de los supuestos servidores públicos y por la furia desatada de los elementos, consecuencia del deterioro del planeta inconscientemente fomentado por las dinámicas ciegas de poder, que no pueden mirar más allá de sus intereses económicos.

         La Oscuridad avanzaba por dos frentes a la vez. ¿Qué hacer sin el németon sagrado, sin el seguro lugar donde guarecerse de los rayos del sol, de los ojos del enemigo, dónde permanecer agazapados como en un útero materno en presencia de la divinidad, ¿cómo vivir sin bosques? ¿Cómo resistirían? ¿Se repetiría el enfrentamiento en batalla abierta contra los oscuros en tiempos de Antistio Veto?, ¿era ese el camino?

         No, dijeron los dioses, cuando reunieron a los damnificados del Solar Cántabro en la asamblea, en un polideportivo habilitado al efecto. No se puede repetir la locura de Bérgida, también llamada Ática por los historiadores romanos. Seríamos derrotados. Nunca ataquéis de frente, cántabros, nunca ofrezcáis el pecho al enemigo, astures. No repitáis los errores frente a los muros inalcanzables del poder, bajo las murallas de Lancia y de Bérgida. La Oscuridad es muy poderosa, no hay que darle facilidades. Es anárquica y despreocupada, sí, pero grande y eficaz resulta su poderío cuando lo pone en defensa de los expolios guardados en sus almacenes.

         ¿Qué hacer entonces? ¿Cómo combatir en el desierto que viene, nosotros que estamos acostumbrados a guarecernos entre la espesura?

         No hay más remedio, hijos, que prepararnos para una continuada campaña en campo abierto, en tierra de pedregales y arenas, bajo el sol abrasador y el fuego caído del cielo. Quizá os transformaremos en mirmidones, en duras hormigas de los desiertos, quizá hagamos que recuperéis vuestra ancestral condición reptil para mejor camuflaros entre las rocas. Quizá nos disolvamos los dioses en vuestra sangre heroica, único líquido en el que somos solubles.

         Nosotros, que hemos atravesado la cortina de fuego y que no hemos tenido más remedio que dejar atrás nuestro milenario hogar, el németon sagrado, seguimos portando los dardos y los escudos, los cascos y las falcatas. Vosotros haréis lo mismo, y si no hay floresta alrededor, excavad en la tierra. Allí también nos encontraréis. Y cuando caiga el fuego del cielo sobre las arenas del desierto, profundizad más, dirigiros hacia el corazón de la Madre, cavad en lo más profundo vuestras estancias, circulad por su interior, vietnamitas de cuerpos menudos y escurridizos, hormigas, viejos topos eternos.  Deva os acogerá.

         Incluso cuando residáis en una simple franja de tierra, estrecha y codiciada por la Oscuridad sobre la que llueva fuego, resistid, porque el que aguanta, vence. Nunca dudéis de la victoria. Pero insistimos en que no debéis confiar en nadie, porque seríais inevitablemente traicionados; los brazos de la Oscuridad son más largos que los del dios Lucobos. Vosotros sois vuestros únicos líderes, vuestros propios jefes, vuestros mejores defensores! No os apuréis, el pueblo genera sus líderes naturales en los momentos de peligro.

         Y, tras la victoria, replantad la tierra de robles y de encinas, de laureles y de sanguinos, de serbales, de chopos, de madroños y de aladiernos; permitid que crezcan libres los bardales, que los altos fresnos y las hayas de hoja plana filtren la luz del sol, y que los rayos penetren tímidos desde la altura y hagan danzar al polvo del camino en sus columnas luminosas que se despeñarán por los claros del bosque para iluminar las aras que nos habréis erigido a los dioses. Aún hay esperanza. Quizá alguna próxima generación pueda contemplar el németon sagrado en todo su esplendor y quizá los eternos, por desgracia tan mortales como vosotros, podamos regresar del exilio.

         La Oscuridad es ciega, actúa por inercia, destruye el planeta por mero interés mercantil. Vosotros sois portadores de la Luz, de la razón y, por muy estrecha que sea la franja de tierra en la que se os obligue a vivir, estad seguros de la victoria.

domingo, 17 de agosto de 2025

LAS GUERRAS CÁNTABRAS INTERMINABLES


Coronoego, el jefe joven ─que no Corocotta, el jefe viejo─, tiene un sueño en el que se le revela que dirigirá la guerra contra los romanos y que las rebeliones de cántabros serán interminables.

Seguiremos hablando de esto en Los Corrales, el día 29 de agosto, viernes, a las 7, en la campa "Tierra Sagrada", donde se presentará «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro».

TOMO 3, pg. 142

«Pero debes saber, joven Coronoego, continúa el dios, que dos años después de tu muerte, una postrera rebelión saldrá a la luz y que, posiblemente pasados doscientos años vendrá otra, y otra transcurridos dos mil más, y otra nueva dos mil doscientos más adelante, porque tú, héroe sin nombre, que, muy probablemente ni siquiera pasarás a la historia salvo como personaje de ficción, tú que eres sin embargo real como las piedras, te enquistarás en el pueblo que pise estas rocas. Ellas gritarán bajo los pies de los caminantes y contarán tu historia. Y, como quienes escuchen sus discursos también llevarán cadenas en manos y pies, conocedores de vuestro glorioso final, las romperán en silencio y, en silencio también, acabarán con las guarniciones que habrán cercenado sus creencias y su historia. Por último, acompañados por la furia del tejo, por la potencia del roble, por el desfilar armónico de los chopos, por formaciones de fresnos, por legiones de tilos y por interminables líneas de bardales, los nuevos cántabros escucharán caer sobre el enemigo la ronca lluvia de amenazas graznada por las grandes rapaces, por las diosas inmortales: por Deva, la que habla con los hombres; por Epona, la que habla con los animales y por Madre Cantabria, la que habla con las piedras, porque, Coronoego, las Guerras contra Augusto aún no habrán terminado milenios después de tu muerte, y trazas hay de que no terminen nunca, aunque no haya ningún Tito Livio, historiador a sueldo, que las recree, pues, según todos los opresores que han sido y serán, la heroicidad del pueblo es un pésimo ejemplo para las generaciones futuras. ¿Hemos sido derrotados?... ¡No importa, mañana venceremos!».

 

miércoles, 13 de agosto de 2025

LOS TRES ELEMENTOS DE LA OBRA LITERARIA



       Respondo aquí a una cuestión que me han hecho en privado: cómo construir una obra literaria. ¡Caramba con la preguntita! La respuesta más directa es: ¡pues no tengo ni pajolera idea! Pero, bueno, voy a decir algo, que no es sino poner una boya en alta mar, a ver si me sale:

         Cada maestrillo tiene su librillo. Los grandes estudiosos ponen nombre a sus lucubraciones. Los catedráticos de literatura usan su vocabulario de jerga. Yo, que no tengo la memoria en el mejor de sus momentos, compongo mi "vocabulario técnico" de andar por casa para entenderme conmigo mismo, que es para quien escribo. Ha de ponerse siempre nombre a las cosas y, en especial, a las ideas.

         Creo que cualquier obra literaria se compone de tres elementos que yo llamo: tema, retórica y peripecia.

         También podrían llamarse: contenido material, contenido formal y diégesis; también: fondo, forma y argumento; también: lo que se cuenta, cómo se cuenta y el guión, o fondo, forma y trama. Lo importante es que se den los tres husos para servir hilo al escritor, y que con él, nacido en los tres carretes narrativos pueda este componer el tejido, bien trenzados los elementos, entremezclados en un todo inseparable.

         Podrán identificarse las piezas, podrá decirse que tal frase, tal párrafo o tal parte de la tela esté relacionada con el tema, tal otra con la retórica y aquella con la peripecia, pero nunca podrán separarse. Compondrán un calabrote, una maroma de tres cuerdas trenzadas, entreveradas, imbricadas, nunca sueltas, siempre relacionadas.

         Vayamos con el TEMA. En este carrete, el escritor ha de incluir el material que desea contar. Quiere, por ejemplo, hablar de la "educación de género dirigida a adolescentes", un tema como otro cualquiera. Se le abren al autor dos sendas: contar lo que sucede en los institutos, en plan muy descriptivo y enumerativo, con lo que aburriría a las piedras, o buscar la polémica, es decir, romper moldes, expresar lo no expresado aún.

         Por ejemplo: puede sostener una idea contraria a los cánones ideológicos habituales, como que los profesores estén especializados en chicos unos, en chicas otras, en una educación sexual diferenciada por sexos, de manera que sean profesoras las que dirijan a las chicas y profesores a los chicos, lo que no es incompatible con encuentros cruzados para fomentar el debate. Esta idea no es nueva, ya fue aplicada con aprovechamiento para la formación de la conciencia de colaboración entre sexos en las poblaciones kurdas del norte de Siria, en la que se ha dado en llamar Revolución de Rojava, pero la traigo aquí a título de mero ejemplo, no para discutir el tema.

         Son los dos caminos que tiene el escritor: uno el de describir, contar, pintar lo que ya existe, lo que está al alcance de todos en los institutos, las tediosas clases con lenguajes orwelianos de fabricación bien pensante, lo normal; otro camino es el de generar polémica, buscar el debate, sostener una tesis, enfrentarse a ideas preconcebidas en formato dialéctico.

         Lo primero es sencillo, pero aburre. Lo segundo es complejo y arriesgado, pero puede servir para algo y, además, tocará la fibra íntima del lector.  

         En fin, que no basta con elegir un tema: voy a hablar de los vikingos porque me gustan mucho sus cuernos. No, en literatura ha de buscarse algo novedoso. Si no lo tienes, si no dispones de una tesis original que plantear, por mucho que te guste el ambiente, por ejemplo de romanos romanetes, y seas feliz mientras paseas por el foro, no estás haciendo literatura, estás pintando monas.

         La literatura ha de ser de tesis, polémica, rompedora; de lo contrario no aporta nada a lo ya escrito. No es fácil ser original, lo sé... Bueno, pues no lo seas, pero jamás aburras al lector con los temas que te embelesan, porque a la hora de babear todos lo hacemos a nuestra manera.

         El problema radica en que el escritor que ha logrado aislar la tesis que defender frente a todos, puede encontrarse con la censura. Hoy esta no se halla tanto en las prohibiciones expresas como en las tácitas, o incluso en las autocensuras. Como siempre, desde que alguien aprendió a escribir o a cantar poemas, la literatura es censurada y el arte de escribir es el arte de sortear la censura.

         Cervantes tuvo que inventarse una cruzada literaria contra los libros de caballerías para que no lo quemaran, para que su personaje pudiera decir lo que le viniese en gana; eso sí que fue ingenioso. Cuando Flaubert  inventó a Madame Bobary, Quijote femenino de la pequeñoburguesía decimonónica, tuvo que idear un narrador indirecto para que el pensamiento de su heroína fluyera libre, con lo que inventó, nada menos que el estilo libre indirecto y, así y todo, lo procesaron. Torrente Ballester, sacó la Saga Fuga de JB con un estilo tan enrevesado y genial, y tan difícil para un simple, que el censor dijo que no merecía la pena ni analizar tal sandez, y pasó la obra el trámite por silencio administrativo.

         Claro que si, según nuestro ejemplo, te vas a enfrentar con los protocolos de educación de género en la enseñanza media, te van a crucificar antes de dejarte hablar. Pero, este oficio es así. Somos literatos, no pergeñadores de redacciones bonitas.

         La literatura ha de ser de tesis, o no pasará de floripondio. Es un pulso constante para ampliar la libertad humana, siempre acechada por censores y vigilada de cerca por todo poder que se precie.

         Ya tenemos un tema bien polémico: "la educación de género dirigida a adolescentes, que ha de ser separada por sexos para que sea eficaz". Que se prepare tu cuello para tanto lobo como se lanzará a por ti. Tendrás que tomar medidas preventivas.

         ¿Qué RETÓRICA, qué formas literarias se deberán utilizar para vestir al santo y para que parezca bacalao la pescadilla, para que remonte las quebrantas de la censura?

         Aquí es preciso que el escritor sepa algo de TEORÍA LITERARIA. ¿Qué es eso? Pues sencillamente conocer las figuras retóricas, saber de formas poéticas, conocer los instrumentos del oficio. Un pintor que no sepa mezclar colores, mal asunto. Un músico que no sepa leer partituras no puede componer ni "Los pollitos dicen...". No creo que haya que explicar mucho más sobre esto. La literatura es un arte como la pintura y la música.

         En nuestro ejemplo, quizá convenga que el narrador ─el personaje más importante─ utilice un tono desenfadado, popular, más cercano a los chicos objeto de educación de género. También puede propiciar elementos ambientales que denoten tensión y cierta violencia en las aulas, lo que se plasmará en la forma de describir con tintes fríos, con sonidos estridentes. Los personajes pueden seguir un patrón de comportamiento rudo. El supermercado de la retórica está repleto de productos de camuflaje para utilizar en cada caso; hay que conocer el estante donde se encuentran.

         En fin, el escritor colocará en el carrete de la retórica el instrumental que pretende utilizar, que más le vaya al tema elegido, tan conflictivo.

         La PERIPECIA es el último elemento a considerar. Hay que trazar un plan narrativo: una sucesión de acontecimientos (diégesis) y una organización de los mismos (trama). Es preciso diseñar los personajes: quizá una profesora jovencita que deba hablarles de sexo a chavalonas y chavalones de un barrio marginal. Tendrá que determinar lo que le sucede y cómo le sucede, y cómo se va a contar. También tendrá que decidir cómo lo cuenta, qué va primero en la relación, qué se intercalará. El desarrollo, en fin, de los acontecimientos. Y, como es natural, el autor confeccionará un guión, una escaleta, un esquema para avanzar. Todo esto lo meterá en el carrete que hemos llamado "peripecia".

         Y no tiene que hacer más. Si los tres carretes están bien cargados, bien abastecidos de material narrativo, soltará cada uno su hilo y el escritor, sentado en el telar, tomará uno, lo atará a otro, lo pondrá en el bastidor, lo pasará por la devanadera, lo enlazará, lo resaltará, lo atenuará, lo modulará y con ellos, imbricados unos en otros, bien maridada la forma con el fondo y con el tema, se formará centímetro a centímetro el tejido, párrafo a párrafo la novela.

         Que no se apure el escritor de más. A medida que escriba, a medida que avance la confección de la tela, los mismos elementos narrativos le darán cuenta del relato que, al final, no se parecerá en nada a lo que planeó.

         Eso sí, para hacer este trabajo con solvencia se requieren dos condiciones: una haber vivido mucho, porque la mayor parte de los hilos que utilizamos en este extraño tejido proceden de nuestra experiencia vital, incluso son sombras autobiográficas. ¿Escritores de menos de cincuenta?... Bueno, sí, quizá puedan contarnos algo, no sé, pero a partir de los cincuenta llega la madurez narrativa. De hecho es la edad de las grandes creaciones.

         Hay otra condición. El escritor ha de llevar en sus espaldas muchas lecturas, pero no lecturas amontonadas, a trágala perro, porque yo soy todo un devorador de libros... No, no es esa la idea, ese tipo de lectura aficionada no sirve para el profesional. El escritor ha de leer a los grandes con detenimiento, con el dedo siguiendo la línea si quiere, en voz alta y con paradas para saber cómo este autor, o aquel, cómo los genios han llenado sus carretes: el del tema, el de la retórica, el de la peripecia.

         A este trabajo de investigación y seguimiento se llama CRÍTICA LITERARIA.

martes, 12 de agosto de 2025

¡SANTANDER, LA MARINERA! ¡OH, SANTANDER, MI SANTANDER! CANCIÓN EN PROSA PARA CHEMA PUENTE


 

Ahí estás, mi tierra, mi patria, mi mesa, mi lecho, y aquí, mi pluma que te dibuja al amanecer, como hice tantas alboradas. Ahora, mientras aguardo a que se desate el viento del nordeste que inflará mis velas y me conducirá al oscuro horizonte del futuro, vuelvo hacia ti mi mirada y espero sobre tu cuerpo de leche, como el amante vaciado de vida. ¿Merece tu belleza tanto esfuerzo?, ¿habré idealizado tus contornos?, ¿es tu rostro el de la madre muerta?, ¿quién eres tú, amada, que me has olvidado, como si no existiera? En fin, escribo sobre ti por si alguien puede aprovechar mi experiencia, ¡oh bella, oh cruel, oh espantada e invadida que abortas a tus hijos! ¡Oh Santander, mi Santander!

         En el prodigioso 2017 me publicaron la novela "Santander, la marinera".

         El título me dio problemas con un paisano muy querido, el que inventó la bella canción de igual nombre, Chema Puente, y con sus amigos de Cueto, que con él se solidarizaron por mero compañerismo mimético.

         Ni él ni ellos leyeron la obra, en la que la alabanza a la canción era constante, en la que ponía letra de prosa y músculo poético al himno oficioso de Santander. Si lo hubieran hecho, habrían concluido que era la literatura de fondo que le iba a la canción, como banda en prosa a sus sones, pues son dos ciudades las que describo, la moderna, sosa, aventada, ficticia, uniforme, cafetera, playera, abotagada de tanta gente, pija y pobre de espíritu frente a otra, la arcaica, la abarrotada de chispa, la dicharachera, la cantarina, la popular, la pescadora, la marinera en fin.

         Desconocían ─no tenían por qué saberlo─ que no es plagio utilizar en una obra literaria el título de una canción, o viceversa. Pero, menos en este caso, cuando el motivo de la utilización del popular título tiene la finalidad de, precisamente, ponderarlo, como se indica con cuidado en el exergo de la obra, en el prólogo, en el epílogo y en no pocos pasajes interiores.

         Él y ellos, por desgracia, pensaron que mi intención era aprovecharme del tirón de su obra para lucrarme. Lo que hace desconocer a las personas. ¿Yo, a mi edad, 64 años entonces, pensando en hacerme rico con el sudor y esfuerzo de la fuerza creativa de Chema? ¡Ridículo! ¿No era del género tonto pensar que un don nadie se enriquecería con una obra literaria por aquel entonces?, ¿es que habíamos nacido anteayer? ¡Cuánta imaginación! ¡Ah, si hubieran leído la novela, habrían palpitado con ella!, ¡que se lo digan los que ya la han disfrutado!

         Hace muchos años, tantos que ni en la memoria de los más viejos entre los viejos se guarda la música, hubo una canción que identificaba a Santander, popular, muy similar a la de Puente en su fuerza y empuje. Se titulaba «Voy cargado de tabaco» y fue compuesta no se sabe por quién, pero se cantaba en el bar La Cátedra, de la calle del Medio de Santander hacia finales del siglo XIX. La música se perdió, pero la letra fue recuperada por Esteban Polidura, el periodista callealtero, en los años veinte. Es decir, la literatura salvó el contenido de una canción. Con el tiempo, en el único y exclusivo arranque musical de mi vida, creé la música ─en plan casero y chapucero, claro─, un familiar saxofonista le dio forma acústica y un coro trasmerano la interpretó cien años después de su nacimiento. Humilde éxito, sí, pero indicativo de que música y  literatura se compenetran.

         «¡Has ofendido a uno de nuestros más ilustres paisanos!», sentenciaron los de Cueto, y aplicaron la pena sin dilación: «por eso no queremos que presentes ningún libro en nuestra asociación».

         Cuando recibí el correo electrónico, se amontonaron en mi boca juramentos de bucanero, blasfemias de picador de mina, improperios de pescatera, todo el raquerismo natural guardado por generaciones genéticas en mi ADN,  pero me contuve y callé, y no contesté por respeto a Chema, al que apreciaba, al que no conocía mucho, pero con el que pasé una jornada inolvidable en el pueblo de Escalante, acunada la tristeza por culines de sidra y sones de rabel.

         Ellos, los acólitos, fueron los que me remontaron con su actitud falsamente solidaria y, sobre todo imprudente e inquisitorial. ¿A quién se le ocurre condenar una obra al fuego sin leerla? Hasta el cura y el barbero del Quijote hojeaban los libros de caballería antes de arrojarlos a la hoguera.

         A mí, como santanderino, la canción «Santander, la marinera» me estremeció siempre de la punta del dedo gordo del pie hasta la coronilla. Y, cuando él se marchó, de repente, quedé más triste que los demás. Y fui el primero en ponerme el pañuelo colorado y marchar a las estatuas de los raqueros, y condené la estupidez pija del Ayuntamiento de Santander al no aprobar la oficialidad de su obra como himno de la ciudad, y saldré de nuevo a defender nuestra canción cuando sea preciso, porque habla de nuestra identidad que a nadie pertenece y pertenece a todos, como mi  misma novela, como su obra eterna, paridas ambas en idéntico molde aunque de diferentes padres... Pero, ¡qué desencuentro!, ¡qué tristeza!

         Se marchó sin leer mi novela en la que lo citaba en cada esquina, en la que el salitre se olía cada vez que se volteaba una página, en la que las motoras de los Diez Hermanos runflaban  en pleno agosto con las descripciones, en las que el agua de los raquerillos salpicaba a cada palabra cuando se daban coles de cabeza.

         «¡Oh Santander, mi Santander!», también podría haberla titulado así. A los pijos les habría gustado, seguro, les habría sonado a Walt Whitman, muy como terrible de la muerte, ¿verdad?

         Pero no, quise hacerte un homenaje, Chema Puente, y no podrá nadie evitar que se me enramen los ojos cada vez que escuche la canción de un amigo que me negó el saludo. ¡Qué tristeza al marcharte, qué tristeza! Cuando suena, quedo siempre como un patán sensiblero, pero es sólo porque lo soy. Cuando hay que llorar, se llora, y este es uno de esos momentos. Se me enraman los ojos mientras escribo. Por fortuna, tengo dedos muy rápidos y no se me corta el hilo narrativo.

         En fin, Chema, espéranos allí ─como dejó escrito en una lápida un poeta de Escalante─, en aquella esquina del espacio y del tiempo en la que se cruzan los vientos. No recuerdo las palabras exactas, pero tú me entiendes. En la oscuridad no hay luz, en el silencio no hay palabras, en el frío no hay calor, pero sin luz, sin palabras y sin calor, seguro que encontraremos un momento para charlar y para echar pelillos de calavera a la mar.

         En fin, iba a escribir de técnica literaria, de cómo compuse «Santander, la Marinera», pero se me fue la pluma por lo sentimental. Qué cosa, setentón como soy y no puedo contener las eyaculaciones de mi propia pluma que, cuando se pone, me coloca a cien.

         Otro día hablaré de los trucos que esconde la novela, que no son pocos.

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...