martes, 22 de julio de 2025

UN LÁBARO PARA UN PUEBLO FIRME

 


 

Durante los juegos olímpicos que se celebraron en Río de Janeiro, se produjo cierto incidente diplomático, digamos que molesto, porque en la televisión China, poco antes de la ceremonia de inauguración, un locutor hizo un comentario de dudoso gusto: «Todas las banderas nacionales que serán izadas durante la ceremonia de inauguración están hechas en China». Molestó por su alto nivel de sarcasmo, pero ahí quedó. Pasados nueve años, comprobamos lo certero del aserto, y no sólo las banderas hilo a hilo, también los mástiles, los pomos, los pompones colgantes del pendón, la cuerda para desplegarla y el saco con cremallera en el que se guardará cuando se la arríe están hechos en China, hasta el conserje que la descienda y el ejecutivo que contemple el acto tendrán los ojos rasgados.

         Dicho sea lo anterior como nota de desconfianza del autor hacia todo tipo de bandera, así, en principio y sin ánimo de ofender a nadie, ¡estaría bueno!

         Sin embargo, se reconoce que detrás de todo estandarte hay una historia que puede ser  cierta o falsa. Hay, además una voluntad metafórica, simbólica. Su historia puede ser acertada o no, coherente o descabellada, aproximada o exacta, pero la importancia de cualquier bandera se encuentra en su significado para la población. En otras palabras, se puede aceptar o no la historia de una bandera, incluso su escaso racionalismo, pero no cabe ignorar lo real, lo contante y sonante, el efecto que produce en las masas.

         Por ejemplo, la bandera de España, roja en las franjas superior e inferior y doble el amarillo de la central, tuvo una explicación exenta de sentimentalismos, pues era preciso en tiempos de Carlos III disponer de un emblema naval que distinguiera a los buques españoles, dada la similitud de las banderas de unos y otros reinos. Convocó el monarca un concurso de ideas y lo ganó Antonio Valdés y Fernández de Bazán con el diseño actual, que responde a estrictos valores ópticos. Con el tiempo pasó de la marina a tierra y se convirtió en lo que ahora es. Con el tiempo, también, el rojo pasó a simbolizar la sangre de los caídos por la patria y el amarillo al oro de las Indias y a la conquista del Nuevo Mundo. Y es que en la tierra de los garbanzos la imaginación es tan portentosa como la mala baba.

         Ortra bandera de España, la de la II República, incluyó el morado en la franja inferior por una razón simbólica, esta vez la de incluir el pendón de los comuneros castellanos contra el emperador Carlos V. Pero resulta que el pendón de los comuneros tenía otro color, era rojo oscuro, casi granate, más parecido al actual lábaro cántabro. Estaba claro que esta tonalidad granate no compaginaba, a efectos ópticos con el amarillo y el rojo superior, por lo que se pintó de morado. Ya ven, una deformación de la historia por interés oportunista.

         Pues bien, por una bandera y por la otra murieron muchas personas y fueron ambas, y aún siguen siéndolo símbolos de alto poder emotivo. Otra cosa es que si llega la Tercera República, que llegará, estoy convencido, adopte la bandera que conocemos hoy como republicana o la de sus tradicionales enemigos, anclada ya en el imaginario colectivo. Ya veremos, me temo lo peor.

         Política y banderas es un matrimonio de oportunidad. Ellas son un instrumento de los políticos, una expresión de la voluntad política que, ya sabemos por experiencia, es la administración, la distribución, el reparto y el manejo de la libertad del pueblo.

         Con la bandera de Cantabria, la blanca y roja, ya se empezó mal. Los colores respondían a la zona marítima del Cantábrico. Su distribución, blanco arriba y rojo abajo, a la Provincia Marítima de Santander. También en Bilbao y en Gijón aparecen dichos colores aunque con otra disposición. ¿No era discutible esta asignación arbitraria a toda Cantabria? ¿No era reprobable la elección de esos colores y disposición que ya estaban en la bandera de un país europeo, Polonia? ¿No es cierto que pasar de esta coincidencia y seguir adelante con el proyecto de imposición de la blanquirroja no se le podía ocurrir sino al que tuviera mucho aire en la cabeza?

         Y, sin embargo, antes de que existiera el actual lábaro, en los años setenta, fue un símbolo que a muchos entusiasmó. Es el caso del por todos querido Ángel Herrero, poeta, conocido como Teju, ya fallecido y uno de los fundadores de ADIC ─o mejor de los currantes eternos de su base─, cantabrista por todos sus poros y ejemplo para cuantos lo conocimos, escribió: «La bandera de mi pueblo es como una amapola, con un penacho de espuma de la cresta de las olas».

         Y llegó el llamado lábaro cántabro. ¿Quién lo diseñó hacia la década de los ochenta? Dicen que salió del ámbito de ADIC y de la mano de Luis Montes de Neira. Yo no lo sé, será correcto, pero sí he oído afirmar que el verdadero inspirador de la idea fue Javier González de Riancho, de quien alguien recogió el concepto sin reconocerle el mérito (Ver Proyecto Mauranus).

         Sea como fuere, de forma real o intencionada, asunto que nos deja indiferentes, se produjo una confusión de bulto: Se lo llamó "lábaro", cuando este nombre correspondía a un estandarte romano de la época de Constantino, que representaba al emperador, con el "cristón" estampado, la X y la P enlazadas que hacen alusión al nombre "Christos". ¿No lo sabían los creadores? Estoy seguro de que sí, pero fomentaron la confusión porque, claro, tener un estandarte reivindicativo estaba bien, pero que llevara un nombre propio prestaba más.

         Ese nombre podía haber sido el "Cántabrum", pues así se llamaba, en realidad, el estandarte que las legiones romanas tomaron de la caballería cántabra auxiliar. El problema radicaba en que se sabía de su existencia, pero nadie ha descubierto aún el contenido del lienzo, su diseño. Se disponía de un nombre, sí, pero no de un dibujo. Y, por la razón que fuese, quizá eufónica, se prefirió Lábaro a Cántabrum.

         Basándose en estos errores o malicias diseñadoras, muchos han acusado al lábaro cántabro de falsedad histórica. Bueno, esto es como acusar al agua de humedad o al fuego de abrasador, porque toda bandera, no es que esté hecha en China ─solamente─, sino que se sustenta sobre metáforas de segundo grado, sobre alegorías etéreas, sobre significados sutiles que se quiebran siempre como dulce hecho con hojaldre.

         Ya lo sabemos, hombre, el lábaro se fundamenta en una falsedad, y la rojiblanca, y la bandera de la República, y la roja de la Comuna de París, y la francesa, y no digamos nada de la de Sikkín, en la que seguro que aparece la sombra del abominable hombre de las nieves. Todas las banderas parten de una falsedad, es cierto, ¿Y qué?

         ¿Y qué importa una vez que los estandartes se convierten en símbolos?

         Porque, no se podrá negar que desde que fue inventado, el lábaro ha sido enarbolado por toda una generación de jóvenes, que ya no lo son tanto, y que simboliza profundos sentimientos de la población.  Además, nadie podrá negar que su diseño y colores combinados son en extremo atractivos, sin parangón con otros estandartes regionales, y con una cierta vinculación histórica con las estelas discoideas que representan la esencia de las gentes que habitaron el Solar Cántabro.

         ¿Qué simboliza el lábaro para quienes lo exhiben con orgullo, cada vez más cántabros? Creo que lo autóctono frente a lo foráneo,  lo pequeño frente a lo grande, el producto de la huerta frente al de la gran superficie; lo natural frente a lo degenerado; la villa frente a la ciudad aberrante turistificada; lo ancestral frente al Imperio; lo arcaico rebosante de nobleza, frente a la uniformidad; el folclore frente a las modas impuestas; la toma de decisiones en la base, frente a las decisiones adoptadas por los representantes de los representantes; la democracia directa frente a la delegación de la voluntad del pueblo en la de una casta, todo eso y mucho más.

         Ya lo decía Carlos Marx en el 18 Brumario:

«La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal».

         ¿Que el lábaro es una invención?... Y la blanquirroja, y la rojigualda, y la roja rojota, y la verde que te quiero verde.

         ¿Se insiste en la idea de la falsedad?... Pero, dime, persistente, ¿no sigues tú ninguna bandera?, ¿aunque sea la de tu equipo de fútbol, la de tu cofradía penitente, la de tu gran patria soberana e imperial, yo qué sé, la multicolor, la deslavazada vaticana, la que sea?, ¿Y no te das cuenta de que todas ellas son más falsas que un pirulí de plástico, que sobrenadan el océano del sentimentalismo y de lo irracional?

         ¡Ay, señor, orejón llamó el burro al chon!

lunes, 21 de julio de 2025

LOCALIZANDO EL VINDIO

 



Sobre dónde estaba el Vindio he leído y oído respuestas de lo más curioso. Así, Sojo y Lomba, que era militar, estudió la configuración de la Bahía de Santander, midió la distancia perimetral de la falda de Peña Cabarga y vio factible que allí se hubiera establecido un cerco, oteó desde su cima el hipotético escenario de un pueblo perseguido, refugiado en su pequeño cordal y llegó a la conclusión de que ese monte costero fue el Vindio, y así lo plasmó en Ilustraciones de Trasmiera, incluso llegó a decir que el mismo topónimo "Cava-Arga" hacía referencia a zanja.

         Pero, más extravagante fue lo que escuché en Santoña y lo que decía algún ilustrado de Escalante del siglo pasado. Según esta versión local el desembarco romano, que se produjo como es natural en Santoña, en realidad tuvo lugar en Argoños, en el  barrio marinero llamado Ancillo. Sostenían estos informantes que el nombre del pueblo provenía de Ancio el Joven, Ancillum, que era el almirante de la flota que desembarcó en la retirada cántabra, el hijo de Ancio, Ancio JR, como si dijéramos ─asunto que jamás pude confirmar por mucho que investigué─. Luego, los romanos batieron la costa empezando por las marismas, vencieron a los cántabros, que pertenecían a la tribu de los "arigones", de ahí el topónimo Argoños, y atacaron una posición elevada, ya en el municipio actual de Escalante, un lugar al que llaman "Los Fachos", nombre que, según los lugareños hace referencia a hechos de guerra. Allí se habrían refugiado los cántabros y aquel montículo, más altozano que otra cosa, pues no pasa de los setenta metros de altura, si llega, fue el mítico Vindio. No cabe duda de que estos paisanos eran expertos en atar cabos sueltos de la Historia.

         Lo curioso de la versión escalantina es que, en efecto, en ese paraje de los Fachos pudo haberse dado un encuentro armado en la antigüedad, pero achacable a los moros, según cuentan ciertas crónicas árabes citadas por Claudio Sánchez Albornoz en su Historia de España, respecto a una incursión del general Hakín, en tiempos de Almanzor, que lanzó la caballería por la linde de la marisma aprovechando la marea baja y se enfrentó a los paisanos en esa elevación, en los Fachos. Curioso asunto el del encubrimiento de una derrota con el glorioso envoltorio de la resistencia cántabra en el Monte Vindio, además, una derrota a manos de los moros, nada menos, ¿no decían que por aquí no llegaron jamás las hordas agarenas?   

         Extravagancias aparte, lo que sostienen las fuentes es que, según Floro, «Primeramente se luchó contra los cántabros bajo las murallas de Bérgida. De aquí huyeron inmediatamente al Monte Vindio, muy alto, adonde pensaban que habían de subir las olas del mar antes que las armas de Roma». Y, según Orosio, «Entonces, al fin, los cántabros, habiendo trabado gran combate bajo las murallas de Attica y vencidos, huyeron al Monte Vinnio, muy seguro por naturaleza, en donde perecieron casi todos por el hambre del asedio». En ambos casos según traducción de Eutimio Martino.

         Pero, ¿qué entendían los romanos por Monte Vindio? Según algunos, llamaban así a la cordillera Cantábrica toda. Según otros, a los Picos de Europa y, según se deduce del texto de Floro, también a una elevación natural del terreno de difícil acceso, es decir, a un monte concreto en el que se refugiaron los supervivientes de Bérgida. Y en este sentido, creo, hay que tomar las referencias históricas, pues sólo un monte o una zona geográfica concreta puede ser sujeto de cerco. Los romanos eran buenos militares, pero sitiar todo el perímetro de los Picos, sería posible quizá para la Otan, pero para los romanos, no sé, difícil.

         Lo que sí queda fuera de toda duda es que Vindio significa blanco en lengua céltica.

         Eutimio Martino sostenía que habría que buscar en Liébana, pues el topónimo provendría de Lavinia, la Vindia, interpretación que parece un tanto forzada. Más sensata suena la opinión de Joaquín González Echegaray, quien en «Los Cántabros» sostuvo que en algún lugar de la cordillera cantábrica habría que buscar al Monte Vindio, desde Valdecebollas a Curavacas, pasando por Peña Prieta.

         En este punto del debate, aparecen nuestros arqueólogos, esos que hacen hablar a las piedras. En el año 2004 fue descubierta la estructura defensiva romana del Pico Robadoiro, muy cerca del Puerto de San Glorio. En 2021, José Ángel Hierro Gárate descubrió otras cercanas estructuras defensivas romanas, las del monte Vistrió. Y, para remate, en el 2014, este mismo investigador descubrió la estructura militar de Castro Negro.

         Tres campamentos romanos de alta, de altísima montaña. Y los investigadores se preguntaron, y nosotros nos preguntamos y cualquiera se pregunta ¿qué caramba podían hacer los romanos encaramados a aquellas altas cumbres?, ¿controlar los pasos de montaña?, ¿cercar a algún contingente enemigo?, ¿ambas cosas? Además, queda fuera de toda duda que eran estructuras correspondientes a los tiempos de las Guerras Cántabras.

         Y, no podemos evitar seguir haciéndonos preguntas: si tenemos los campamentos romanos implicados en un cerco de alta montaña, ¿no estaría próximo el lugar donde residían los cercados? Queda claro que sería algún monte, o zona, dentro del macizo de Peña Prieta, pero ¿tan difícil sería de localizar?

         Pues sí, difícil en extremo sin dinero, sin inversión, sin autorización de proyectos. Más que difícil, imposible. Y así están las cosas, todo parado por falta de voluntad política o administrativa, o de ambos niveles, en seguir tirando del hilo de estos descubrimientos.

         Aquí podría acabar este artículo, pero no nos resistimos a referir los comentarios que hace el mismo José Ángel Hierro Gárate en relación con la cita de un paraje, el Monte Vindoey, en el Libro de la Montería, de Alfonso XI, que se correspondería con el actual Bostruey, prácticamente colindante al campamento de Vistrió, y equidistante de los de Robadoiro y Castro Negro. ¡Vindio y Vindoey, qué similitud fónica!

         Quizá por esta zona habría que empezar a buscar cuando en alguna ocasión afluyan fondos públicos para localizar la ubicación del mítico Vindio. ¿Cuándo sucederá tal cosa?, ¿a quién le interesa este asunto?... Pero, a ver, ¿me dices que por esos montes anduvieron los romanos?, ¿Sí?, pues mira, miarma, sevillanas bailamos en Santander los cristianos, ¡arsa, tocotó!

         Por cierto, escuché decir a Ángel Ocejo, en una conferencia a la que asistí en Los Corrales  ─el cual se hallaba entre el público─ que hay en ese macizo de Peña Prieta un monte algo sospechoso de ser el Vindio. Se llama Espigüete, y es blanco por su piedra, no por la nieve. Me quedé con la copla y aquí se la canto.

domingo, 20 de julio de 2025

¿DÓNDE UBICARÍAMOS IULIÓBRIGA?

 



Se dice en el prólogo de "Castros y Castra" de Acanto, 2010, pg. 26, que la "tradición historiográfica" ubica la antigua y documentada ciudad romana de Iulióbriga, en Retortillo, cerca de Reinosa.

         Ahora bien, ¿dónde se inició esa "tradición historiográfica"?, ¿cuál fue el impulso, el hecho histórico que promovió a Retortillo como sede de la Iulióbriga Cantábrica, asunto indiscutible académicamente hoy día?      Más que impulso podríamos hablar de autoridad, de cábalas y quizá de inercia académica.

         La autoridad corresponde al Padre Flórez, quien en 1768 publicó una memorable obra titulada "La Cantábria Vindicada, o Discurso Crítico sobre la antigua Cantabria", que terminó con la interpretación interesada del "vascocantabrismo", y situó el escenario de las Guerras Cántabras y de la antigua región citada por los clásicos en lo que hoy es el Solar Cántabro.

         En el tiempo de aquella publicación, el mismo Flórez había dado con las ruinas de Retortillo y, quizá ese descubrimiento fue determinante para la concepción de la reubicación geográfica de Cantabria que propuso, la cual con el tiempo se ha convertido en la interpretación canónica, admitida por todas las autoridades historiográficas de España.

         Había, pues, una teoría para la ubicación de Cantabria. Se contaba con una referencia en las fuentes a una ciudad histórica llamada Julióbriga, en las Fuentes del Ebro, y teníamos unas notables ruinas muy cerca de aquel lugar. ¿Qué concluir de todo ello? Pues que tales restos, los únicos que existían en el Solar Cántabro por aquel entonces, correspondían a Julióbriga.

         Así, durante 258 años, la autoridad del Padre Flórez ha propiciado la inversión de abundantes fondos, tiempo y esfuerzo para el estudio de la indiscutida Julióbriga de Retortillo.

         Sin embargo, no se estaba ante una prueba categórica de la ubicación de la notable localidad romana, sino ante una mera "evidencia científica", muy endeble por cierto desde el punto de vista argumental, una mera yuxtaposición de ideas en los tiempos en los que se estrenaba el concepto de Solar Cántabro.

         Y, como las evidencias no son certezas, especialmente en ciencias humanas, en las que no se suelen prodigar las demostraciones categóricas, una nueva hipótesis podría desbancar a la anterior, y buscar otro emplazamiento más lógico para la vieja Julióbriga.

         Las investigaciones científicas, arqueológicas, han avanzado mucho en los últimos siglos, especialmente entre finales del veinte y comienzos del veintiuno, a partir de los grandes descubrimientos de la llamada "arqueología de guerra". Así, un grupo de investigadores, vinculados de alguna manera con esa corriente científica, planteó una nueva y sugerente hipótesis para la ubicación de Julióbriga, bastante más lógica que la mera yuxtaposición de ideas heredadas de los tiempos del Padre Flórez, e inamovibles por parte de la historiografía oficial. Hoy en día, se cuenta con otra teoría que rompe con la anterior, y  habrá que ver lo que sucede en el futuro y si la nueva versión termina por  ser aceptada en la comunidad científica hasta que se cuente con otra mejor.

         Y esta nueva teoría es la de que Julióbriga podría haberse ubicado en Camesa Rebolledo, más que en Retortillo.

         Desde hace tiempo, hacia 2012, el equipo de investigadores formado por Pedro Ángel Fernández Vega, Lino Mantecón Callejo y Rafael Bolado del Castillo trabajaron sobre el "oppidum" de Ornedo-Santa Marina (Valdeolea, Cantabria).

         Parece ser que la diferenciación entre el territorio de Julióbriga y el de otra población romana documentada en Cantabria, el de la Legión Cuarta era de gran importancia fiscal para los romanos, pues los predios ubicados en este último territorio, el de la Legio IIII, estaban exentos de impuestos, al tratarse de una zona militarizada y, en consecuencia, de servicio público. No era el caso de Julióbriga, municipio civil y, por lo tanto, sujeto a impuestos.

         Para delimitar las tierras pertenecientes a una u otra ciudad, y su régimen impositivo, se plantaron mojones de piedra en torno a Julióbriga y su campo, a los que llamaron "términos augustales". Pues bien, si se traza una línea en torno al "oppidum" de Ornedo-Santa Marina, tendríamos una delimitación perfecta del territorio juliobriguense, cosa que no sucedería si se considerara como eje de referencia la localidad de Retortillo, donde aparecieron ruinas en lejanos tiempos. Si esto fuera así, la capital del campus iuliobriguensis serían las ruinas de Camesa Rebolledo, justo bajo el "oppidum" de Ornedo Santa Marina, y el correspondiente a la Legión Cuarta, pasaría a ser la zona de Huerta Varona, en Aguilar de Campoo. ¿Qué serían, pues, las ruinas de Retortillo? Quizá una "mansio", un gran cortijo de romanos acomodados.

         Es muy interesante la conferencia impartida por Pedro Ángel Fernández Vega en el marco de las Guerras Cántabras de Los Corrales de Buelna:

https://www.youtube.com/watch?v=iUTT3Wgfjtk&t=2603s

         En cualquier caso, leamos las palabras de los mismos investigadores, pues a continuación se transcriben las conclusiones de una publicación firmada por ellos en 2022, en la revista Munibe Antropología-Arkeologia, de Aranzadi. Dice así:

«En las inmediaciones de Camesa Rebolledo este gran oppidum sin duda pudiera asimilarse con lo que, en términos célticos, se conocía como –briga, por lo que, como ya hemos señalado en otros trabajos, permite proponer una sugerente hipótesis: en las inmediaciones del enclave se han hallado dos decenas de términos augustales que dividían los prata de la Legión IV y el territorio de Julióbriga. Al menos tres procedían de la cima del yacimiento, donde quedaron integrados en los muros de la ermita de Santa Marina. Sin duda, esto obligaría a cuestionarse si alguna de ambas identidades, Legio IIII o Iuliobriga puede reconocerse sobre el lugar mismo de Monte Ornedo. Las estructuras campamentales romanas localizadas en el lugar permiten aposentar un destacamento, pero no una legión. En cambio, la secuencia de dataciones y la envergadura urbanística del enclave prerromano -con un sólido y largo perímetro amurallado, con un edificio público y equipamiento balneario, y con un recinto cercado, quizá ritual o sagrado, a modo de acrópolis- permiten reconocer lo que en el área céltica peninsular se ha estudiado durante décadas como topónimos en -briga. La continuidad del poblamiento en la época romana es algo acostumbrado en estas brigae, que, en la mayoría de los casos en que se han identificado, corresponden a castros romanizados, células imperiales asentadas sobre un ineludible sustrato prerromano. En Monte Ornedo, la ocupación romana del lugar se extendió luego a los pies de la montaña, en el yacimiento que se conoce como Camesa-Rebolledo. Allí, hemos trabajado en un amplio sector de excavaciones en La Cueva, y desarrollamos también trabajos en Rebolledo y en la zona conocida como Los Trigales, donde iniciamos en 2012-2013 la excavación de un área termal provista de mosaicos y pinturas murales. Esta construcción forma parte de un sector urbano central, de apariencia forense, en el que la lamentable alteración del sustrato arqueológico a causa de los trabajos agrícolas y del saqueo de material constructivo romano, han dificultado reiteradamente los avances intentados en diversos sondeos. Dada la completa y contrastada secuencia de dataciones prerromanas y romanas que recoge este artículo, dadas las circunstancias -la presencia de un gran castro fortificado en altura, con acrópolis, y con asalto militar romano-, y dados los hallazgos epigráficos -los términos augustales que delimitan el territorio de una ciudad concreta-, se podría proponer que en el oppidum de Monte Ornedo y su entorno se hubiera ubicado la ciudad de Iuliobriga».

jueves, 17 de julio de 2025

ARACILLUM, ¿DÓNDE ESTABA?


 

¿Dónde estaba el castro del que hablan las fuentes, esa ciudad a la que se refieren los escritores latinos?

         Según Floro, "En tercer lugar (tras Bérgida y Vindio), el castro de Aracelium resiste con gran empuje; no obstante fue tomado". Y, según Orosio, "Después, el castro de Racilium, aunque resistió con gran fuerza y durante largo tiempo, al fin, fue tomado y arrasado".

         Según Joaquín González Echegaray, "Racilium" y "Aracilum" son el mismo castro. Orosio escribió en el siglo V, y ya para entonces el término Aracilum se corrompió en Racilium.

         El primero que identificó Aracillum con Aradillos fue el Padre Flórez, en 1768. Este historiador ha sido siempre un referente para el estudio del fenómeno cántabro, pues fue el primero que torció la tradicional interpretación de que los cántabros eran los vascos, el vascocantabrismo. A partir de sus aportaciones, tal teoría fue descartada en la historiografía, aunque aún hoy día se pueden ver en las redes gentes que la sostienen cogida de los pelos. Afirmó también que Iulióbriga estaba en Retortillo, pues eran las únicas ruinas romanas de la zona en su tiempo, y pasados los años, y los siglos, su interpretación, hecha a bulto, sigue siendo palabra de dios para la historiografía oficial, pero de la ubicación de Iulióbriga ya hablaremos en otro momento.

         ¿Por qué Aradillos era Aracillum para este notable autor? Por su parecido fónico. No aportó otro razonamiento.

         Más adelante, en 1878, Aureliano Fernández Guerra reafirmó tal identificación, y en 1940, nada menos que el mítico alemán Adolf Schulten, ratificó la idea, y su opinión pesaba mucho en la historiografía. Incluso Eutimio Martino, en 1982, seguía esa línea, y hasta Joaquín González Echegaray la consideró inapelable (Los Cántabros, página 70).

         Esta fue la tesis oficial durante mucho tiempo, basada en las fuentes y en la similitud fónica entre Aracillum y Aradillos, y sigue siéndolo, pese a las evidencias de contrario.

         El contrapaso científico se encuentra en los trabajos que Eduardo Peralta realizó en la Espina del Gállego. En más de una ocasión he sostenido que gracias al trabajo de este investigador se ha producido el hecho insólito de que la arqueología es más dicharachera sobre el pasado que las fuentes literarias. Y, el caso de la Espina del Gállego es el paradigma de esta afirmación.

         En el interior de Cantabria, descendiendo ya hacia la costa, entre San Vicente de Toranzo y Arenas de Iguña, en la cola del Cordal del Escudo, en el paraje llamado La Espina del Gállego, halló este investigador ─especialista en fotografía aérea y en arqueología de guerra─ las ruinas de un castro cántabro, en las que había indicios de destrucción violenta y, de una gran batalla, habida cuenta de la alta densidad de restos militares hallados, en especial puntas de flecha, tantas que la colección de este yacimiento podría compararse a la conseguida en Francia, en las ruinas de Alesia.

         Las fuentes hablan de una gran batalla, de una gran resistencia, de un largo asedio, pero Aradillos, por los mínimos residuos arqueológicos hallados en su territorio no da la talla. De hecho, el mismo Peralta afirmó que no eran arqueológicos. Espina del Gállego, sin embargo, sostuvo un gran asedio, largo y constante, esto nadie se ha atrevido a discutirlo.

         Por otra parte, según Ramírez Sádaba, el topónimo Aradillos estaba más relacionado con el participio del verbo "arar", que con una raíz prerromana.

         En consecuencia, la gran batalla de Aracillum de que hablan las fuentes, o es la localizada en la Espina del Gállego, o esta nos muestra el escenario de un enfrentamiento más, y grande, del que no hablan las fuentes.

         ¿Qué pensar al respecto? Parece evidente la respuesta: aplicar el concepto de la "navaja de Occam", teoría según la cual, la solución más sencilla es la más probable. De esta manera, la gran batalla de Aracillum, que se produciría tras la de Bérgida y el exterminio en el monte Vindio, tuvo lugar en el paraje de la Espina del Gállego, único escenario de una gran batalla en el interior de Cantabria.

         Pero es que, además, cuadran otros elementos, como el volumen de las fuerzas romanas implicadas y la dirección de avance de las mismas. Claro, que estos datos sólo pueden obtenerse si se conocen los conceptos básicos militares por los que se regían los romanos. Sin embargo, cuando Peralta lanzó su revolucionaria teoría, los togados entre los togados eran algo ignorantes al respecto, y hay quien sostiene que siguen siéndolo, yo no lo sé, la verdad, pero entiendo que desde un lado del río la otra orilla se mire con gran desconfianza.

         Lo cierto es que los romanos eran unos maniáticos del ordenancismo. Ahí radicaba su fuerza, en la disciplina y en el método de trabajo. Levantaban campamentos tras cada jornada de avance, los disponían de una manera concreta e invariable, con tantas y cuántas tiendas en cada calle, con zonas apartadas para las tropas auxiliares, con barracones para los caballos y para los bastimentos, todo medido, todo meticuloso, todo escrito, todo organizado.

         Los restos de una guerra en la que hubiera participado el ejército romano darían pistas a los historiadores sobre infinidad de datos como contingente, composición de las tropas, estructura de las mismas, etc., que, si no se tiene cabal noticia de la organización militar romana, pasarían inadvertidas. Y Peralta estudió la ubicación de abundantes campamentos romanos de los llamados "castra aestiva", provisionales, repartidos a lo largo del cordal del Escudo.

         Este estudio le dio al investigador una clara idea de por dónde avanzaron las legiones. Demostró que, en efecto, como sostienen las fuentes, una columna viajó de sur a norte por el Cordal del Escudo, y que otra subió desde, presumiblemente, la bahía de Santander en dirección al Dobra y tras esta sierra, hacia Espina del Gállego. Sólo era cuestión de seguir los rastros dejados por los campamentos romanos para saber quiénes, cuántos, desde dónde y hacia donde caminaban.

         De Santander a la Espina, los campamentos eran únicos, capaces de agrupar a una legión, pero desde la Espina hacia la meseta, los campamentos estaban duplicados, lo que daba a entender que si una legión subía hacia el sur, la otra bajaba hacia el norte, que se encontraron en la Espina del Gállego, que acabaron con la dura resistencia cántabra de que hablan las fuentes, en una acción combinada y que, luego, en amor y compaña, se encaminaron hacia la meseta, rumbo al sur, probablemente hacia Segisama, en tierra de turmogos.

         Por eso, desde la Espina, es decir desde Aracillum, hacia los altos del Sur, los campamentos están duplicados, para contener uno a la legión que descendiera en su momento hacia el norte (la de Antistio Veto), y otro a la legión que subía y marchaba de retirada hacia los comunes cuarteles de invierno, tras haber vencido a los cántabros en la batalla final de Aracillum, la desembarcada en lo que luego se llamó Portus Victoriae, Santander.

         Las legiones romanas eran muy suyas. No se mezclaban. No se hacinaban. Cada una tenía su campamento con sus calles, con sus tiendas, con sus empalizadas, con su pretorium y sus estandartes. Eso sí, adosados los campamentos de quienes subían a los campamentos de quienes bajaban. Por eso, es desde la Espina, la batalla final, cuando las posiblemente dos legiones, ascendieron juntitas hacia el Sur y, claro, dejaron su rastro al duplicar los campamentos. Los ejércitos romanos parecían compuestos por caracoles, siempre dejaban rastro de su paso.

         Esta tesis parte de una "evidencia científica": se trata de datos arqueológicos, que refutan una anterior evidencia y pueden ser contradichos por otra que la mejore. Evidencia científica no quiere decir certeza. La certeza en ciencia sólo puede lograrse con la prueba definitiva, y en ciencias humanas es difícil la constatación final, pero lo que sorprende es que esta emergente "evidencia científica", no es ni admitida ni contemplada por el mundo académico oficial, ni comentada, pareciera no existir.

         En ocasiones me pregunto si estarán esperando la desaparición física de los científicos que han propugnado esta teoría para luego, tras hábiles juegos de manos de publicaciones científicas ─papers por aquí, papers por allá y abracadabras─, elevar la teoría al rango de evidencia, después de, quizá, ¿quién sabe? apropiársela de alguna manera.

         Esto se produciría tras elevar a los altares al padre de la criatura, pero ello siempre que no fuera posible enviarlo en derechura al ostracismo y propiciar su "damnatio memoriae", asunto más que deseable, aunque peliagudo, pues tiene muchos amigos a los que él conoce, y otros de los que no tiene noticia ─ni tiene por qué tenerla─, pero que conocen su obra.

         Lo anterior no es más que una lucubración, una fantasía basada en meras sospechas de cántabro apasiegado y de raquero mal encarado. Lucubraciones justificadas porque nadie que atienda al "cocinu" llega a pensar tanto, pues su razonamiento quedará siempre restringido al bocado de hoy, a las vacaciones que vienen, a la nónina, más bien que mal nutrida, y al "cursus honorum" para el que tanto habrán crecido las esquinas de las lenguas a fuerza de usarlas, dicho sea en sentido figurado y como mera hipótesis.

         Pero si no la inteligencia, sí la inercia oscura es capaz de propugnar esa salida. Espero no ser profeta ─en cualquier caso, yo no lo veré─ pero ya lo dice el refranero: si muere el perro, se acabará la rabia, sólo resta esperar. Se verá. 

miércoles, 16 de julio de 2025

¿SOBREVIVIERON LOS CÁNTABROS A LAS GUERRAS CÁNTABRAS?

                                    

Hay quienes responden a la pregunta con un no categórico: los cántabros no sobrevivieron al enfrentamiento con Roma. Estos mismos  sostienen que la única resistencia que se opuso a las legiones estuvo en la vertiente sur de la cordillera, que en los valles del norte apenas hubo combates. También suelen considerar que los habitantes de la cordillera hacia el mar eran unos cántabros raritos, más tirando a vascos, especialmente en la zona oriental, del Besaya hacia naciente, con un régimen social matriarcal, opuesto al patriarcal propio de los indoeuropeos ─es decir, celtas─ que habitaban los valles occidentales, del Besaya hacia Asturias. Por último, estos teóricos consideran que las Guerras Cántabras fueron más ficticias que reales, una pantomima de la propaganda imperial de Augusto.

         Con estas teorías ─suelen presentarse como paquete integrado─ se desautorizan aquellas voces que proclaman el celtismo de los antiguos cántabros, pues habría una Cantabria celta, patriarcal, de corte indoeuropeo, la lindante con la actual Asturias, otra matriarcal, vascoide, la del oriente y una tercera evolucionada y auténtica, también de corte celta, la del sur, la que hoy pertenece a tierras castellanas, la auténtica resistente. Es decir, que lo celta quedaría más bien difuminado en el conjunto de esta Cantabria dividida.

         Con la idea de que los únicos que hicieron frente a Roma fueron los del sur, queda deslegitimada la resistencia global de los cántabros, y al rebajar la importancia militar del avatar histórico, justificado como mera acción de propaganda augustea, se atempera la consideración tradicional del enfrentamiento como un hito histórico de los montaraces pueblos de la Cornisa.

         Por último, al sostenerse que los cántabros fueron todos exterminados por la imparable maquinaria militar romana, se rompe la hipotética continuidad de este pueblo a lo largo de la Historia.

         Si eran pocos y, encima, estaban divididos; si las guerras no fueron tan importantes; si en la cordillera hacia el mar no hubo resistencia; si los cántabros eran más vascos matriarcales que otra cosa y si fueron todos exterminados, ¿qué justificación tiene hablar hoy de Cantabria, llenar la boca con este nombre de tanta evocación, reivindicarse continuadores, herederos, descendientes de los antiguos combatientes?

         Tras retener las anteriores ideas, situémonos en los años setenta del siglo XX. Comienza el régimen postfranquista de las autonomías. Se dan dos opciones políticas: Cantabria autónoma y Cantabria integrada en Castilla. Esta segunda opción quedaba como más española, más continuista, menos peligrosa.

         La primera alternativa era impulsada por ADIC, Asociación para la Defensa de los Intereses de Cantabria. La segunda respondía a los planteamientos de ACECA, la Asociación de Cantabria en Castilla.

         ¿De cuál de las dos organizaciones serían propias las ideas que minimizaban lo cántabro: cántabro-vascos, despoblamiento, resistencia sólo en las tierras castellanas, división, escasa importancia militar del conflicto y exterminio de los resistentes? Salta a la vista, de la ACECA, la Asociación de Cantabria en Castilla. Ese era su paquete ideológico integrado.

         Lo curioso es que su discurso ha permanecido latente en un sector de la población que desconfía de lo celta, que añora otros tiempos menos cantabrizados, que prefiere los bailes por sevillanas a las jotas montañesas, pues les dan más seguridad, los faralaes les parecen más españoles, más patrióticos. Las jotas, los pericotes, los pitos y las gaitas son eso: toda una gaita peligrosa.

         Una de las obras más documentadas sobre este tema es la de Manuel Alegría "Historia de ADIC", en la que se investigan estas posturas políticas en los turbulentos años setenta del siglo pasado, pero que es de recomendable lectura hoy día, tras este largo desfile de años y décadas.

         Lo cierto es que, en relación con el tema que hoy nos ocupa, la respuesta a si los cántabros sobrevivieron al empuje de las legiones romanas, hemos de decir que sí. De lo contrario, no se explicarían ciertos fenómenos históricos indiscutibles.

         La religión arcaica se mantuvo durante setecientos años tras las Guerras Cántabras, hasta la llegada de los inmigrantes cristianos de la meseta tras la invasión musulmana.

         ¿Quiénes adoraban, si no, a Erudino en la cima del Dobra, cuyo ara data del siglo tercero, creo recordar, después de Cristo? ¿Quiénes dejaron en las lápidas y aras sus nombres prerromanos, todas datadas en los siglos posteriores a las Guerras Cántabras? ¿No fueron exterminados? ¿Quiénes erigieron las grandes estelas discoideas, que si no fueron posteriores a las Guerras, sí se tallaron al filo de las mismas o en los años que siguieron?

         En cierto modo, es muy difícil exterminar a todo un pueblo. Lo fue en la antigüedad y lo es en el presente. Además, estas comunidades indígenas eran  valiosas para el mantenimiento de la tierra, por eso fueron bajados a los valles por Augusto, y como mano de obra en las minas. Eliminarlos físicamente habría sido antieconómico.

         Pero es que, además, del mismo relato histórico, de la secuencia de las Guerras, con intervención alternativa de los pueblos cántabros en el enfrentamiento con Roma se deduce: primero, que el nivel de unidad y de organización del bando cántabro no fue desdeñable, habida cuenta del tiempo que mantuvieron en jaque al poderoso ejército romano que, según está documentado, intervino en el enfrentamiento, pues con una población y una superficie cien veces inferior a la de la Galia, resistieron  diez años, mientras que a César le costó sólo dos dominar la Galia toda. No estaban, pues, tan desunidos como alguno pretende hacer creer.

         Segundo, la unidad de los populii cántabros no fue completa, como lo demuestran las crónicas latinas, en las que se hace referencia a que en las diversas rebeliones cántabras, de aquel Vietnam para Roma que fueron las Guerras, intervinieron unos pueblos en unas, otros en otras. Es decir, que la resistencia cántabra, aun siendo fuerte y con cierto nivel de unidad, no fue absoluta.

         En otras palabras, y aquí va un jarro de agua para los montaraces, hubo colaboracionistas entre los cántabros, si tal nombre pudiera aplicarse a unos paisanos del Segundo Hierro, y los amigos de Roma no suelen ser exterminados. ¿Cómo se explica, si no, la presencia de cántabros con el cargo propio de la administración romana, el de Princeps Cantabrorum, algún siglo después?

         No nos quepa duda, igual que entre los astures, los brigaetinos trabajaron con eficacia a favor de Roma en Lancia, entre los cántabros hubo también colaboracionistas, aunque desconocemos los nombres de sus pueblos. Ya hablamos hace tiempo de ello cuando dibujamos la controvertida y dudosa figura de Corocotta. Pensar lo contrario sería ir contra la naturaleza misma de las cosas. Y, claro, los colaboracionistas, por lo menos, no fueron exterminados.

         ¿Acaso no participaron después de las Guerras los cántabros en las legiones romanas? ¿Qué cántabros si fueron exterminados? ¿No se habla del estandarte Cantabrum como signo de la caballería romana? Esta incontrovertible realidad histórica es poco compatible con el exterminio.

         Y es que, repetimos la idea, la aniquilación de todo un pueblo es factible, sí, ejemplos hay en la Historia, cierto, incluso César, el magnánimo Julio, las armó pardas en la Galia, pero, claro, pasar por el filo a muchos es trabajoso, cansado, requiere gran preparación y notable logística macabra.

         Muestras tenemos en la historia y, sobre todo en el presente inmediato y televisivo, que avalan esta idea.



martes, 15 de julio de 2025

RAZÓN ÚLTIMA DE LA CELTOFOBIA

 

La celtofobia es una actitud irracional frente a lo celta, mantenida por un sector de la población ideologizado. Su contrario es la celtofilia, tan irracional como el anterior.

         No hablaremos de amebismo en ambos casos porque tras una y otra postura, barricadas casi, no sólo se apostan gentes del común, sino gloriosos académicos, y sería una actitud prepotente por nuestra parte la descalificación de todos ellos.

         Sí hay que hablar de ideologización. Las ideologías son paquetes cerrados de interpretaciones. Se está con los colores del equipo propio aunque pierda. Sostendré las posturas del partido al que voto, o en el que milito, por muy irracionales que parezcan, pues son mis chicos. Los colores ideológicos no son compatibles con los daltónicos, el que disienta en lo más mínimo será excluido de la ideología en cuestión. Se trata de proporcionar al adepto argumentarios completos y cerrados, parlamentos prefabricados,  discursos acrisolados por el uso partidista que no admiten discusión. Son programas de comportamiento cerrado e indiscutibles. Una ideología resuelve todas las dudas de sus programados desde un punto de vista angular: el suyo excluyente.

         En este sentido, la celtofilia es el fleco irracional de una ideología concreta, y la celtofobia de su contraria.

         La celtofilia es más fácil de analizar. Cuando se echa mano de sus argumentos es para acentuar el milenarismo. Se busca en los celtas el paraíso perdido, la raza anterior a los tiempos de la que reivindicarse, una presencia atemporal que, en el fondo, permanece inmutable. No hace falta decir quiénes piensan así.

         En la celtofobia, actitud contraria, sostenida con virulencia por los otros, sí conviene detenerse porque la construcción de su andamiaje es, en cierto modo, paradójica. Salvo en el mundo del galleguismo, movimiento nacionalista centrífugo al que se opone el nacionalismo contrapuesto, centrípeto, no existe mucho peligro de que los celtas constituyan un ente separatista, mínimamente coherente. Sin embargo, lo celta pone los pelos de punta a los celtófobos. ¿Por qué razón?        

         Para mí que ello se debe a que lo celta cuestiona, por su propia existencia, la trabajosa construcción de la nación española.

         España no existió desde siempre, sino que fue creada por liberales y conservadores  del siglo XIX, en un trabajo conjunto, contrapuesto pero enriquecedor, equiparable a los procesos de formación de los estados modernos de toda Europa tras las guerras napoleónicas. En estas murieron los estados patrimoniales y nacieron las naciones tal y como las conocemos hoy, entes ficticios, titulares de derechos, incluso el de la vida de sus hijos, que puede ser exigida. Antes se moría por el rey, hoy por la patria, que puede reclamarnos nuestra única posesión: la existencia. Esto conviene recordarlo cuando los descerebrados intelectuales y corifeos, los sofistas mediáticos y los políticos uncidos al cocinu, hablan alegres de la guerra, de Europa y de sacrificios.

         La posmodernidad y el capitalismo depredador y agreste, el liberalismo de los tiempos modernos tienden a la disolución de los estados en el mercado, pero eso es otro asunto. Lo que nos interesa retener es que todas las patrias se fraguaron en el siglo XIX, y la española también. Igual que hoy día todas las banderas han sido fabricadas en China.

         Lo celta es, en definitiva, un garbanzo negro en la construcción de esa España tan trabajosamente diseñada, una piedra que impide cerrar bien la puerta, una china en el zapato, un concepto del que hay que desembarazarse por sistema, por coherencia, por precaución.

         En la celtofobia, en el fondo, se halla, por ejemplo, la razón última, inconsciente e irracional por la que muchos municipios potencian y subvencionan expresiones culturales foráneas ─como las ferias de abril en medios tan alejados como el Cantábrico─ en lugar de invertir en lo propio. Es instintivo. Un baile por bulerías les suena más español que una jota a lo ligero o a lo pesado.

         La historia nos cuenta que los primeros resistentes contra los romanos fueron los pueblos de Iberia. Viriato fue un pastor lusitano. Los saguntinos, unos iberos rebeldes. Los numantinos, la quintaesencia de la resistencia de los pueblos prerromanos contra el imperio.           En mis tiempos de estudiante, los celtíberos eran la mezcla de los celtas y de los íberos, según la escuela, bien ilustrado el proceso de mezcolanza en la enciclopedia Álvarez. Tuve que llegar a la edad adulta para enterarme de que celtíberos era la manera que tenían los romanos de denominar a los celtas de iberia. Las guerras cántabras, por ejemplo, fueron unas completas desconocidas en todos los planes de estudios anteriores a la construcción del llamado estado de las autonomías.

         Y es que, en la construcción de España se distinguía muy bien entre romanos malos y romanos buenos, entre paganos y cristianos. Los iberos y también los celtas ─a los que no se podía barrer y esconder bajo la alfombra histórica─ fueron los auténticos patriotas de los primeros tiempos, los auténticos españoles que se lo pusieron difícil a los romanos. Pero, claro, no a los romanos cristianos de los que descendemos, sino a  los malos, a los paganos.

         Luego se cristianizaron, pero no los celtas, sino los celtíberos ─mezcla sempiterna, hispánica, de celtas e iberos, aquellos disueltos en estos─, porque, para la construcción de España todos los ladrillos han de recubrirse con el revestimiento imprescindible de la cristianización.

         Y aquí viene a pelo una anécdota acaecida en Escalante tras la guerra civil. Montehano era aún una isla que estaba separada del continente por una estrecha carretera y por un puente llamado romano, en el paraje de Rodiles. Cuando se destruyó el antiquísimo puente para aprovechar sus piedras en la construcción, una paisana que pasaba por allí increpó a los obreros: pero, hijos, cómo tiráis eso, ¿no veis que lo construyeron los romanos? Pues señora, le contestaron ellos, lo que construyeron los romanos, lo tiramos los cristianos.

         Es decir, que según la educación transmisora de lo español, asimilada hasta por unos obreros de la construcción, los romanos y los cristianos eran dos cosas diferentes. Los romanos, los malos de la película, se encontraron con la resistencia de los protoespañoles, los prerromanos, los iberos, y también los celtas, aunque estos en su condición más de celtíberos que de otra cosa, que viene a significar “celta”, aunque el término queda suficientemente diluido, a entender de los diseñadores de la patria española.

         Los visigodos, germanos rubios y con ojos azules, eran también superespañoles, pues se convirtieron al cristianismo. Y, por supuesto, el caudillo que se rebeló contra los moros era un noble visigodo que llegó a Cantabria y a Asturia y levantó a los montañeses contra el infiel. Cantabria y Asturia, entes de dudosa cristianización, fueron sustituidas en tiempos muy tempranos por la cristianísima Asturias, que englobaba a ambas.

         Sacar ahora a relucir lo celta, sostener que los lusitanos y los gallegos fueron celtas ─o preceltas, que aún es peor─, y que también pertenecían a esas gentes los numantinos, los cántabros, los astures, los vacceos, los turmogos, los arévacos y demás pueblos que se opusieron a Roma, distorsiona el relato tan trabajosamente levantado sobre la construcción de España en el siglo XIX. Incluso cuando se dice que los descendientes más puros de los celtas son los aragoneses, pues en su territorio se asentaron los inmigrantes galos a los que llamaron celtíberos ochocientos años antes que los romanos, a los puristas se les ponen los pelos de punta.

         No es que un hipotético nacionalismo celta preocupe en demasía a los nacionalistas españoles, más allá del caso de Galicia, pero, por sí o por no, siempre conviene desconfiar de todos cuantos sostienen la reivindicación de un pasado celta.         

         ¡Ha costado tanto construir la patria española!              

         Y, en este edificio levantado ladrillo a ladrillo, discurso a discurso, pintura patriótica tras pintura patriótica, educaciones primaria, secundaria y universitaria bien hilvanadas a lo largo del tiempo, melodías de lo hispánico, himnos y Covadongas, en este andamiaje tan complejo, decimos, que se encuentre agazapada entre los muros una burbuja de aire como lo celta, un pegote de cemento incendiario infiltrado entre el ladrillaje, puede ser peligroso. ¡Que no nos toquen el punto flaco estos celtistas! ¡Hay que acabar con ellos!, aunque sea "ad cautelam".

         Para profundizar en este tema, recomiendo la obra de Tomás Pérez Vejo «España imaginada». Trata sobre la construcción del concepto colectivo de lo español a partir de la pintura patriótica del siglo XIX.

         Es curioso este autor, un completo desconocido en Cantabria, pese a que en Méjico es toda una autoridad. Y digo curioso, porque es lebaniego, de reconocido prestigio e hijo de la legendaria panderetera lebaniega Lines Vejo. En fin, no todos los cántabros son reconocidos en su tierra. Aunque, en realidad, e este académico mejicano le debe de importar un bledo que se lo pondere o no en nuestra tierruca chiquita, en nuestro mundo diminuto como una lenteja, aunque eso sí, repleta de hierro, como  pedúnculo de mazajón. Pero no nos engañemos, no pasamos de grano en las arenas de la Historia. 

lunes, 14 de julio de 2025

¡NO IMPORTA! ¡MAÑANA VENCEREMOS!

 


 

Esta entrada no va de romanos, pero casi. Va de cántabros romanizados del presente, esos que miran el calendario y ven la fecha de hoy, quince de julio de 2025 y tienen los pies en el Solar Cántabro, gentes del aquí y el ahora, esos que miran por la ventana y ven las calles llenas de invasores: el miedo, la culpa y el engaño, las tres columnas que penetran por nuestros valles y que nos sorprenderán por la retaguardia a poco que nos despistemos.

    «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» Es esta una frase habitual de un personaje histórico que ya estuvo presente en mi obra, en mi malhadada novela  «La Estirpe de Velarde». Así decía en el apéndice de la misma donde relacionaba a los personajes, en la dramatis personae:

Menéndez de Luarca y Queipo de llano, Rafael Tomás.- Obispo de Santander, presidente de la Junta de Defensa, Regente de Cantabria. Tenía la costumbre de pasearse por la ciudad, e incluso de decir misa armado con dos grandes pistolones. Organizó el Armamento Cántabro, al que proveyó de meras municiones místicas y terminó en desastrosa aventura por la que Santander pudo haber sido castigada con el saqueo. Cuando regresó del exilio acusó a don Bonifacio Rodríguez de la Guerra, alcalde que salvó a la ciudad del desastre, de afrancesamiento.

         Este peculiar personaje vivía en Maliaño, hasta donde por aquellos tiempos llegaba la mar, y solía ir a Santander en barca. Era fácil verlo llegar como un profeta bíblico, en la proa de la misma, cara al viento y con los pistolones en la cintura. Lo cierto fue que, para bien o para mal, organizó una unidad militar a la que dio el arcaico nombre de Armamento Cántabro y, por primera vez en la Historia, desde tiempo de los visigodos, Cantabria fue una unidad política con total independencia, donde incluso se llegó a emitir moneda.

         Pasado el tiempo, el hombre huyó como Dios manda, pues era preciso ponerse a salvo, ¡faltaría más! Pasado más tiempo, regresó a recoger el fruto de su postureo antifrancés y echó en cara al alcalde de Santander no se sabe qué comportamiento antipatriótico, pese a que era de dominio público que salvó a la ciudad tres veces de ser arrasada de entendimiento con los también descerebrados franceses. Curioso este alcalde olvidado que no tiene ni una calle en la capital, don Bonifacio Rodríguez, quien, encima, era de Torrelavega, ¡le manda! Pudo, sin embargo, demostrar que había sido fiel.

         El Pistolones demostró que se había dejado llevar por su pasión histórica. Se vio a sí mismo como un Pelayo redivivo y quiso en Lantueno enfrentarse al ejército francés, el más potente y adiestrado de Europa, con voluntarios cántabros que salieron a escape del campo de batalla al primer cañonazo. Luego, llegaron los gabachos a Santander y ordenaron la destrucción de la ciudad, algo que Bonifacio logró evitar a costa de su patrimonio personal, pues los generales franceses, todos jovencísimos y dispuestos, como los antiguos legados romanos a enriquecerse, eran capaces de vender sus banderas por una buena bolsa de pelucones contantes y sonantes.

         Lo cierto fue que este Rafael Menéndez de Luarca, convencido de que era la reencarnación moderna del resistente montañés don Pelayo, rey cántabro de Cangas, no lo tuvo fácil y, siguiendo la tónica de los tiempos, recibía en el exilio la noticia de esta o aquella derrota de las armas españolas, que se producían cada dos por tres y que se remontaba una sobre las espaldas de la anterior, hasta que, finalmente advino la victoria. Siempre que le llegaban con una mala nueva comentaba eso de «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» Y lo cierto fue que se venció, se expulsó al francés tras una sangrienta guerra civil que estirada, alargada e interminable, llegó hasta nuestros días y aún colea.

         Esa frase, «¡No importa!, ¡mañana venceremos!» sin embargo, con independencia del fervor o la repulsión que pueda arrancar de cada uno de nosotros la figura del esperpéntico personaje que la inventó, es una sentencia acertada y, si me permiten, genial.

         Podía haber sido pronunciada por los resistentes del Solar Cántabro contra los invasores romanos. Y, en cualquier caso, resumiría la contumaz capacidad de rebeldía del pueblo cántabro.

         Quizá, pienso ─procurando no ofender a nadie─ haya llegado el momento de sacarla del cajón de la Historia y elevarla a la categoría de consigna, en unos tiempos en los que la población está envejecida, en unos tiempos en los que el miedo al futuro es el rey y las falacias se columpian entre las ondas invisibles del aire, en unos tiempos en los que las derrotas de los de siempre se suceden una tras otra, en unos tiempos marcados por el marchamo del sentimiento de culpa, podría servir para algo la esperanza, quizá irracional, lo admitimos, en la victoria final. Dicen que la esperanza es el  único mal que no escapó del ánfora de Pandora cuando esta la abrió por curiosidad. ¡Vaya usted a saber!

         Pero, sí, quizá sea el momento de exhibirla de nuevo, porque la esperanza en la victoria, sea o no viable, es un laxante contra el pavor al futuro que agarrota nuestras entrañas, una garantía de equilibrio mental contra las tres legiones que penetran en cuña por los montes de Cantabria en el presente, como hace dos mil veinticinco años, sus águilas al viento: el miedo, el engaño y la culpa,

         La voluntad de resistencia de los pueblos que ocupan hoy el Solar Cántabro, bien podría resumirse en esa frase lapidaria y pertinaz: «¡No importa!, ¡mañana venceremos!». Quizá las Guerras Cántabras aún no hayan terminado.

         Y, para ir haciendo boca, vaya un poema a los inevitables resistentes de la Cordillera, a quienes protagonizarán pronto una nueva rebelión de esclavos sin Espartacos que los dirijan, un poema fabricado en cuartetos encadenados terminados en serventesio doble por la insigne poeta conocida como La Tocha de Sierrapando, incluido en la «Coda Poética» de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», tomo tercero, página 364.

 

QUE REVIENTEN DE MIEDO

 

Esos que nada poseen,

nadas que mal se amontonan,

son quienes más hoy padecen

pánicos que los devoran

 

Sólo mal humo retienen.

No esperan ninguna gloria,

ni estandartes ni placeres,

y hasta a los dioses ignoran

 

Son los que pierden, que pierden.

Son los que lloran, que lloran.

Son los que sueñan que sienten

mal hambre en maldita hora.

 

Y desunidos se mueven,

y hasta compasión imploran.

¡Que juntos todos revienten!

Grita el dueño de la Historia.

 

Pero en la tarde se siente

la energía poderosa

de una luz menguada, tenue,

que en pregunta se transforma:

 

¿Cómo encarrilar las penas

hacia flagrantes victorias?

Sólo un camino hallaremos:

Recitar todas las coplas,

 

celebrar cien mil concejos

con quienes sufren y lloran,

recuperar los anhelos

que cayeron por la borda.

 

Vamos a unir los cabellos

y a trenzar nuestras neuronas

con cintas de anudar versos

nacidos entre amapolas

 

Diseñemos los cimientos

de una patria acogedora.

En cada mano los dedos

alas son de aves cantoras,

pluma y coraza los pechos,

picos de águila las bocas.

La Tocha de Sierrapando

 

         Porque, a fin de cuentas, la verdad es que, pese a quien pese, con paciencia de viejos topos que habitan en el subsuelo, siempre diremos cuando nos venga la noticia de alguna derrota de nuestro estandarte, el Cántabrum: «¡No importa!, ¡mañana venceremos!».

 

Notas a los plagiarios: Somos abogados, seguimos nuestros escritos en las redes esquina a esquina gracias a la IA, y pleitear no nos cuesta dinero. ¿Hay que decir más?

 

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...