lunes, 9 de junio de 2025

EL VIETNAM DE ROMA

                                                           


En el año 2021 el periódico asturiano la Nueva España publicó un divertido e interesante artículo titulado Asturias el Vietnam de Roma, firmado por C.M.Basteiro.

https://www.lne.es/cuencas/2021/02/20/asturias-vietnam-roma-cesar-destino-35198092.html

           No tiene desperdicio, y solo es susceptible de una matización, que Asturias no existía hace 2025 años. Existía eso sí Asturia, en singular que es como se referían al territorio de los astures las fuentes romanas. Y es que en el territorio que hoy se denomina Principado de Asturias no solo habitaban astures, sino también cántabros.

En todo momento mantenemos en “Cantábrica” la unidad de la guerra contra Roma de los dos pueblos, cántabros y astures, porque no olvidemos que fueron ellos, los mismos romanos, quienes pusieron nombre a las tierras. No nos confundamos nosotros, herederos culturales de Roma porque, en realidad, nunca podremos saber si los cántabros y los astures eran la misma etnia o no. Lo único que nos consta es su resistencia conjunta.

Los imperiales, tan amigos de categorizar, bien pudieron dividir al mismo pueblo en dos diferentes porque diferentes eran las administraciones en que los integraron y diferentes los ejércitos que intervinieron.

¿Quiere esto decir que se ponga en cuestión la asturianidad de Panes o la cantabricidad de Potes? De ninguna manera.

Nuestra oposición es completa a quienes pretenden poner puertas a la Historia y decir: Si eres de Unquera, eres cántabro y recántabro y si eres de Bustio, asturiano y requeteasturiano. Es cierto que Unquera pertenece a la actual Comunidad Autónoma de Cantabria, y Bustio al actual Principado de Asturias, divisiones administrativas de hoy día que tiran a ultranuevas en comparación con los hechos que narramos.

Hace 2025 años, quienes habitaban los parajes de Unquera y de Bustio  eran cántabros orgenomescos y, de verdad, lo juraré con la mano sobre el fuego si es preciso, quienes vivieran en aquellos tiempos a ambos lados de la actual muga, quedarian pasmados si escuchasen ridículos debates fronterizos entre asturianistas y cantabristas. ¿Tendremos que gastar un cien mililitro más de saliva para hablar de esto?

La única verdad es que, en efecto, hace dos mil veinticinco años los cántabros y astures opusieron a Roma una resistencia equiparable mutatis mutandis a la que el Vietcón opuso a los Estados Unidos. Hipérboles aparte, sí existe un cierto paralelismo entre los dos hechos históricos.

Octaviano llegó Asturias y a Cantabria justo después de terminarse las guerras civiles, justo después de la batalla de Accio y cuándo acababa de recibir del Senado el título de augusto.

Por una parte, se pensaba que la campaña sería un paseo militar y qué redundaría en beneficio de la imagen del emperador en Roma, pues Augusto nunca hasta entonces obtuvo una victoria sobre pueblos externos, sino sólo contra romanos en la guerra civil que acababa de finalizar.

Por otra parte, la campaña que se había preparado hacía mucho tiempo era una fuerte apuesta por el dominio geoestratégico del Cantabrico, camino obligado para reforzar la hipotética conquista de Germania, según pretendía el primer emperador.

La ferocidad de aquellos pueblos era legendaria y se sabía que conocían a la perfección los métodos de combate romanos. Por eso, los invasores se curaron en salud y utilizaron más de diez legiones para sojuzgar el diminuto territorio del Solar Cántabro y Astur. Cierto es que, en realidad, sobraban muchas tropas después de las guerras civiles, pero ello no quita relevancia a la presencia masiva del ejército romano en nuestros territorios, una potencia de fuego similar quizá en proporción, cómo dice dicho periódico, a la empleada por los estados unidos en Vietnam. Querían acabar con ellos en un abrir y cerrar de ojos, lo que hoy en doctrina militar norteamericana se denomina “Shock and Awe”, es decir, “Conmoción y espanto”. Pero, les salió el tiro por la culata.

Y es que los cántabros y los astures se rebelaron año tras año durante una larga década que puso en evidencia las deficiencias de rendimiento de la máquina militar romana. Y  fue durante la rebelión del 19 antes de Cristo, cuando los cántabros que habían sido vendidos como esclavos mataron a sus dueños y regresaron al Solar para expulsar a los romanos.

Además, pese a ser vencidos finalmente por los imperiales, los dos pueblos siguieron con sus costumbres ancestrales durante setecientos años más, ajenos y marginados de la romanización, lo que nos hace pensar que la victoria de Roma fue, a la postre, relativa, quizá pírrica.

Escuchemos cómo funcionaba la rumorología de Roma cuando oían hablar de los cántabros:

«Dis Pater informará a Coronoego de que Roma no podrá asimilar lo que suceda en Cantabria. ¿No habían sido vencidos los cántabros una y otra vez?, ¿no celebraron triunfos por su derrota generales como Estatilio Tauro y Calvisio Savino antes de que el mismo Augusto clavara su gladium en la cima de aquellos montes?, ¿no la dejó el emperador pacificada cuando regresó a Tarraco con todo bombo y boato, aunque se negara a recibir el debido triunfo?, ¿no resultaba tal actitud sospechosa de que la victoria no era completa? Así quedó demostrado, pues fue Antistio Veto quien hubo de culminar la conquista, pero, ¿no derrotaron definitivamente a las tribus rebeldes tras la batalla de Bérgida?, ¿no fueron exterminados tras Aracilo y el desembarco en la retaguardia?, ¿no murieron de hambre en el Vindio?, ¿no se rebelaron de nuevo frente a Lucio Emilio que hasta les cortó las manos?, ¿no fue arrasada la orgullosa ciudad de Camarica?, ¿no se levantaron de nuevo frente a Carisio en Asturia y frente a Furnio en Cantabria?, ¿no murieron en Lancia los astures forzando las líneas de cerco?, ¿no se dieron muerte a sí mismos los defensores del Medulio?, ¿qué era eso de que se habían rebelado de nuevo?, ¿pero aún quedaban cántabros?, ¿que salieron de donde nunca se sospechara que pudiera escapar una rebelión, de las bocas de las minas de Gallaecia, de las mansiones de Aquitania?, ¿una rebelión de esclavos, como en los tiempos de Espartaco?, ¿y si cundía aquel ejemplo?, ¿y si todo el imperio se veía salpicado por tan incívico comportamiento, por aquella resistencia inusitada propia de bárbaros incapaces de llevar al cuello el dulce yugo de Roma? ¡Es imposible, no puede ser!, se dirá de boca a oreja en los tenderetes del foro romano. ¡Es inaudito, no me lo puedo creer!, se comentará en las calles. ¿Otra vez, pero quienes son esas gentes?, se dirá en las termas. ¡Hay que levantar hasta las piedras y las montañas de Cantabria para machacar a las hormigas!, se gritará en los estrados del Senado de Roma. ¡No podemos permitir una nueva rebelión y, además protagonizada por esclavos!, dirá el mismo Augusto al general Marco Ascanio Agripa, debes de ser tú, mi hombre de confianza quien acuda a someterlos, querido yerno. ¿No será mucho honor para unos bárbaros que el vencedor de Antio acuda a restaurar nuestro orden contra meros esclavos?, preguntará el gran militar. No, Marco, se ríen de nosotros, incluso han robado alguna de nuestras águilas; debes dar un escarmiento ejemplar, empezando por castigar a nuestro propio ejército, ¿es cierto que una legión entera, encima la que lleva mi nombre, la Augusta, ha sido humillada por esos bárbaros?, ¿estoy bien informado?, ¿sí?, pues no lo dudes, Marco, castiga a los cobardes y a los rebeldes, restaura mi paz pero, espera, algo más he de pedirte antes de que partas hacia Hispania: procura convencer a Tito Livio de que no se explaye demasiado en sus escritos sobre esta nueva rebelión cántabra, que apenas haga referencia a ella pues el tesón de los bárbaros nos avergüenza, no sé cómo decirte, no es un hecho que favorezca nuestra imagen, ¿entiendes?, que nadie sepa de los rebeldes, menos de su heroicidad, que la historia se los trague como si no hubieran existido, ¿me explico?, en fin, parte ya hacia Cantabria, Marco, usa las legiones que tienes acantonadas en la Galia, ¡qué vergüenza!, ¡humillados por unos esclavos!, ¡qué vergüenza!» (“Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro”, página 139-141)

En fin, que nada nuevo hay bajo el sol.

Mañana hablaremos, Erudino mediante, del concepto romano de TUMULTUM, de revuelta, al hilo de lo que sucede hoy en Los Ángeles. También hablaremos del emperador Heliogábalo, que según la crónica de Elio Lampridio, usaba peluquín rubiales. ¿Se entiende esta forma indirecta de narrar, propia de quien pretende volar por debajo del alcance de ciertas máquinas? La literatura siempre fue eso: un intento racional de los humanos por burlar a la censura, por extender el ámbito de la libertad de nuestra especie, amenazada siempre por el poder tras el traumático drama neolítico.

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domingo, 8 de junio de 2025

MUNDO TELÚRICO. DRUIDAS, BRUJAS Y REBELDES

 


Hoy día catalogamos, en general, como magia,  lo que son dos niveles diferentes de creencia: lo SAGRADO y lo TELÚRICO.

         LO SAGRADO es lo propiamente religioso, en donde se incluyen las grandes ceremonias de todas las religiones, aunque alguno se eche las manos a la cabeza porque consideremos magia la base de su creencia; sepan, sin embargo, que lo hacemos con  los debidos respetos, sin ánimo de ofender y desde el más estricto sentido materialista del conocimiento, porque cada uno es muy libre de creer lo que le venga en gana.

Ese mundo de los grandes credos para las personas religiosas existe, sin lugar a dudas, pero en una esfera diferente a la cotidiana, en el Más Allá, e informa todo el entramado de la creencia religiosa. Abarca las grandes relaciones con Dios o con los dioses, las autovías de los dogmas, las grandes líneas de circulación sagrada y de comunicación con la divinidad.

         En el mundo celta y celtizado, lo sagrado estaba relacionado con la guerra, con el paraíso, con el Sid, con el mundo del guerrero, con las ceremonias de iniciación, con la mistificación de la muerte, de la bella muerte en combate, con la pugna eterna entre el bien y el mal, es decir, entre la Luz y la Oscuridad y con la reencarnación en cuerpos nuevos en el mundo de las Islas, en la Gran Cabalgada de Lug y en la apoteosis de los héroes guerreros. Era una religión que pivotaba en torno a la guerra y sus circunstancias, una especie de evolución del chamanismo estepario de los yamnaya indoeuropeos hacia una red ritual propia de religiones evolucionadas, como evolucionados eran los druidas, chamanes al fin y al cabo de alta cualificación. Este mundo de lo sagrado estaba controlado, dirigido y patrimonializado por los sacerdotes. ¿Cómo podía ser de otra forma en un mundo heredero de los yamnaya esteparios, en una civilización “inventora” del patriarcado?

         Pero, junto a esa realidad del Más Allá existía una realidad del Más Acá, tan innegable como lo material y cotidiano, sólo que intangible. Era el mundo de lo TELÚRICO.

         Dicho de otra manera: junto a lo que se podía tocar, los árboles, las piedras, los animales, las personas, las armas, la comida, existían otros elementos que estaban ahí, pero que no se veían y que no se podían tocar: los dioses, las ninfas, las anjanas, los trasgos, las fuerzas de la naturaleza, los mil ojos del bosque, las guajonas temibles, los mensajes de los dioses, las enfermedades que no se sabía cómo penetraban en los cuerpos, las influencias de la tierra sobre los seres vivos. Todo este universo invisible pero real era lo que componía el MUNDO TELÚRICO, y en él no intervenían los sacerdotes. No era asunto de druidas, sino de parteras, de mujeres.

         Ellos administraban lo sagrado, muy real, sí, pero ubicado en el Más Allá, relacionado con la muerte y la trascendencia. Ellas administraban lo telúrico, muy real también, aunque ubicado en el Más Acá, intangible pero que no admitía duda, un universo emparentado más con la vida. El trabajo de los druidas computaba para la trascendencia, el de las parteras era imprescindible para vivir lo cotidiano. Ellos, la muerte; ellas, la vida.

         Si los druidas eran los señores del gran caldero en el que se generaban las pócimas que llevaban al furor guerrero y a una buena muerte, las parteras controlaban las fuerzas del Más Acá, se intentaban poner a bien con ellas y las conjuraban en beneficio de la comunidad. Así, curaban enfermedades invisibles, ayudaban a bien parir sin que las fairies o guajonas, las malas hadas, se apropiasen de las criaturas, conjuraban a las fuerzas invisibles para que acudieran en ayuda de los humanos y, en general, buscaban  que lo intangible se pusiera al servicio de la vida humana.

         Preferimos llamarlas parteras, más que druidas femeninas o druidesas —horrible palabra—. Porque, en realidad, las mujeres eran las dueñas de estos remedios imprescindibles para la buena marcha de la vida comunitaria, igual que los druidas tenían la llave de la relación entre humanos y dioses.

¿Había druidas mujeres? Sería bonito, muchos dicen que sí, que por supuesto, en fin, cada uno puede soñar lo que desee, pero los druidas eran machos y las parteras hembras. ¿No parece mucho más lógica esta distribución del trabajo en una sociedad patriarcal a ultranza como la celta, heredera directa de los indoeuropeos?

Ellos trabajaban competencias tocantes a la Gran Religión; ellas respondían de la Pequeña Religión; el gran caldero y el pequeño caldero. En fin, lo SAGRADO frente a lo TELÚRICO.

         ¿Qué sucedió cuando se cristianizaron las comunidades celtas o celtizadas? Pues que los señores druidas fueron reciclados, convertidos en monjes o en sacerdotes cristianos y siguieron siendo los amos de la relación con Dios, los patrocinadores de las grandes ceremonias, los administradores de los sacramentos.

         ¿Y las mujeres? Siguieron como dueñas de la magia privada, de los remedios domésticos, de la relación con las fuerzas reales de la vida cotidiana, de lo telúrico. Al menos esto fue así en el cristianismo universal canónico, vencedor y superviviente a las mil guerras contra los herejes, pues algunos de estos, como los priscilianistas o, tiempo después los cátaros, permitían una mayor mezcolanza de sexos y de funciones religiosas dentro de la comunidad. Pero los “católicos”, es decir los auténticos, los universales, vencieron y se acabó la discusión.

         ¿Fueron atacadas las parteras por la Iglesia emergente? No, porque eran necesarias en la esfera privada, como lo fueron siempre desde el neolítico, porque se seguía pariendo, porque  seguían las personas alimentandose y enfermando. La Iglesia, por su parte, debía consolidarse y, durante un tiempo, ellas permanecieron libres y tranquilas.

         Pero la estructura eclesiástica aumentó, su poder se multiplicó, conquistaron reinos enteros y se esquiló —como decimos en Cantabria para la palabra trepar—, se esquiló a los estandartes en los que antiguamente ondeaban los motivos solares, que fueron sustituidos por cruces de todos los tamaños y formas.

Aumentó el poder de los sacerdotes —recordemos, druidas reciclados—, y se percataron de que las mujeres vivían en un mundo aparte, con su esfera de poder intocable, lo que era una amenaza —o así lo sentían— para su omnisciencia, para su preeminencia; en otras palabras, que ellas podían discutirles la autoridad con notable solvencia.

         Porque, además, las mujeres, las parteras, las expertas en las relaciones con el mundo invisible pero real y cotidiano, tenían una estructura organizativa que podía competir con la eclesiástica: las fraternidades femeninas, las sororidades.

A la hora de la verdad, las mujeres tendían a estar unidas, a comunicarse con complicidades que no estaban al alcance de los hombres, cuya fraternidad no pasaba de la mística conmilitona —hoy de peñas taberneras—  y esto hacía que los poderes establecidos, ya consolidados, vieran a las mujeres como enemigos a abatir. Pero más que a las mujeres en general, a las de baja extracción, a las que provenían del campo, del pagos, a las madres del paganismo, residuos de la vieja religión.

         Y sucedió lo impensable: que la labor milenaria de las mujeres expertas, de las parteras, fue perseguida en toda la Cristiandad con inaudito furor... Y se inventó la brujería, y nacieron las BRUJAS, y contra ellas se conjuntaron todos los poderes, y se desataron consignas, y se lavaron los cerebros, de manera que las más débiles, las campesinas, fueron perseguidas por la poderosa máquina represiva combinada de la Iglesia y del estado. Eran el último bastión del paganismo, pero insisto, las pobres, que las ricas vivían en la felicidad armoniosa de  una religión hecha a su imagen y altura, igualito que sus hombres.

         ¿A que nunca te habían contado el oscuro pasaje de la persecución de las brujas con tanta claridad?

Pero, no te entristezcas. Las tataranietas, las trastataranietas de aquellas brujas, de aquellas parteras, siguen vivas, siguen ocupando las calles, alzando su voz y mostrando una virulencia transformadora —revolucionaria— poco común en la Historia de la Humanidad.

¿Que no? Dime, ¿cuántas ultrarreligiosas de hoy usan velo en la Iglesia?, ¿cuántas se permiten pantalones al ir a confesar?, ¿cuántas miran con desprecio desde sus despachos de juristas, de médicos, de economistas, de funcionarias a las manifestaciones feministas que cruzan bajo sus cristaleras?, ¿sin velos, con pantalones, con despachos acristalados tantas antifeministas, tantas ultraconservadoras?... Ellas sabrán lo que les diferencia de sus abuelas. Yo, desde mi ignorancia me pregunto: ¿no surgiría todo con el movimiento de las sufragistas?, ¿no serían estas las herederas directas de las parteras medievales a que nos hemos referido?... Aunque, claro, puede ser una pregunta tonta, total, sólo soy poeta y, encima, viejo.


APRENDIENDO DE ROMA. LECCIONES DE GENOCIDIO

 



Nuestros antepasados culturales, los romanos, no entenderían la palabra “genocidio”, pero aplicaban más que bien el significado actual del término. Su derecho de guerra estaba programado para reaccionar como una máquina jurídica de destrucción total sobre poblaciones y sobre culturas. Un derecho de guerra al que se retorna al día de hoy a velocidad ultrasónica.

         Y es que sospecho —dado mi natural desconfiado— que un genocidio que está a la vista de todos en las sobremesas diarias, cuyo nombre no puedo citar por eso de la censura electrónica, es un experimento encaminado a la recuperación de viejas costumbres. Tras él, si resulta exitoso —que lo será si un milagro movilizador no lo remedia—, se generalizará la política de tierra quemada en cualquier lugar del mundo. Hoy son ellos. Mañana puede ser el vecino, pasado cualquier población en cualquier región del mundo, incluidos nosotros, sí, nosotros.

         Porque hay quien pretende retornar al viejo sistema romano de castigo del rebelde. En el mundo de nuestros antepasados culturales, quien se resistía a la ocupación sabía la que le esperaba: la destrucción, y también a quien rompía los pactos o a quien “atacaba” al poderío de la Urbe. Pero no una destrucción simbólica, sino la total, el olvido de su existencia, la DAMNATIO MEMORIAE.

         ¿Entonces, los cántabros fueron exterminados?, me preguntarás buen lector. Pues no, te responderé, porque, probablemente, algunos de ellos, o no pocos, terminaron colaborando con los romanos —lo sentimos por aquellos a quienes estas palabras escandalicen—. De ahí las oleadas de rebelión año tras año desde el 26 antes de Cristo, primero unas tribus, luego otras, unas pactaron, otras no, unas se unieron a las vecinas, otras a Roma. Sí se sabe que los últimos resistentes, fueron, posiblemente, exterminados en los barrancos del Dulla y crucificados allá en sus alturas en castigo por ser esclavos asesinos de sus dueños. Pero muchos cántabros sobrevivieron —más o menos maltrechas sus poblaciones—, hecho histórico indiscutible porque durante siglos mantuvieron una cultura autóctona, sólo parcialmente romanizada —letras que trazaban como palotes y poco más, pues cometían faltas de ortografía sin recato en las inscripciones de las lápidas—. Sabido es que las aras funerarias y las grandes estelas discoideas eran de tiempos posteriores a la ocupación romana, y hasta el famoso dios Erudino del Dobra está datado hacia el siglo quinto después de Cristo. Es decir, que romanizados más bien poco, y que sobrevivieron. No, no fueron exterminados como alguno quiere hacer creer para cortar la hipotética línea sucesoria con los habitantes actuales de las montañas.

         Pero sí desaparecieron del mapa de la vida muchos pueblos galos por  el buen hacer de Julio César, adelantado asesino al que la Historia ha considerado genial militar y noble entre los nobles. Pero sí lo fue Cartago, hasta la última piedra. Pero sí lo fue Numancia. La lista de los genocidios romanos, en los que mataron hasta a los animales domésticos de las poblaciones y anegaron los campos con sal, sería interminable.

Cuando más generosos se sentían, se limitaban a castigos benignos, como traslados forzosos de poblaciones enteras y menudencias de ese tipo. Es el caso de los lugones astures que terminaron todos como mano de obra gratuita en las minas de Las Médulas, allá en la Gallaecia. ¿Suena todo esto a contemporáneo?  ¿Sí?... ¡Buena vista!

         A eso vamos, y hay autores que han llamado a este nuevo-viejo estado de cosas BARBARIE.

         Para llegar a tan prometedor puerto, la primera medida consiste en acabar con la democracia, pues no la capucha es necesaria al verdugo, pero no al carnicero. Lo segundo provocar la desunión entre las víctimas. Lo tercero buscar la reducción del contingente humano, somos muchos para este planeta sin esquinas, y la maldición de Bentham está ahí, sobre nuestras cabezas —recursos que aumentan en progresión aritmética y población que lo hace en progresión geométrica—.

         El objetivo —que no creo sea planificado por una mano negra, sino por la inercia de los hechos y la lógica de las cosas— es llegar a una nueva sociedad poscapitalista de corte feudal, como diría Varufakis, de feudalismo tecnológico, o de corte depredador, como era la romana. No se olvide que la base genética del feudalismo estaba inserta en el genoma romano con la institución del clientelismo.

         Los plutócratas de la vieja Roma no usaban caretas. No se escondieron en ademanes democráticos durante la monarquía, menos durante la república y mucho menos durante el imperio. No tenían piedad con el hambriento que les robase al despiste un chorizo de la barbacoa en sus insultantes mansiones.

         El pueblo, al que llamaban MULTITUDO o VULGUS estaba compuesto por una masa informe de gentes malvivientes, y muchas veces ociosas, que dependían de la generosidad del estado plasmada en las ANNONAS, los repartos periódicos de trigo, y del CIRCO para distraer la ociosidad y canalizar los descontentos, ¿redes sociales de la época? Los pobres carecían de conciencia de clase. Hoy llamamos a esa masa informe PRECARIADO.

         Igualmente, en nuestros tiempos no existe ya clase trabajadora propiamente dicha con un mínimo de capacidad movilizadora. ¿Quién trabajará cuando se consume el diseño de la nueva sociedad feudal, o depredadora tecnológica, última evolución del capitalismo? Está claro, no serán esclavos, sino robots, la ya doméstica y habitual  INTELIGENCIA ARTIFICIAL.

         La masa del pueblo, la que logre sobrevivir, será un ingente y deforme ejército de camareros y sirvientes, de domésticos, de libertos en el mejor de los casos, al servicio de la plutocracia y de los señores feudales intermedios que serán legión. El precariado no tendrá conciencia de clase y trabajará gratis para los plutócratas, los nuevos patricios y pondrá a su disposición sus posaderas respingonas, todo ello a cambio de repartos muy calculados de alimentos adulterados y medios tecnológicos de consumo, pues alguien tendrá que comprar lo que se produzca, para la buena marcha, subsistencia y relax de las familias patricias, únicas con derecho a la supervivencia, claro.

         ¿Es o no evidente que tenemos mucho que aprender de la vieja Roma en cuestión de genocidio, movimiento forzado de poblaciones, destrucción completa del enemigo, reducción a la condición de esclavos de hecho a poblaciones enteras? ¿No somos aventajados alumnos de los romanos, nuestros antepasados culturales? Hoy día, como entonces, ni siquiera la careta de la democracia es necesaria.

         Son los tiempos de la Oscuridad.


 


miércoles, 4 de junio de 2025

ATAECINA, DIOSA DE LA OSCURIDAD

 

 




Apareció la referencia a Ataecina en un ara votiva encontrada muy cerca de la Cueva del Silencio, en Rasines, también conocida como Cueva del Valle. En ella sólo constaba una letra, la “A”, y el estudioso Joaquín González Echegaray aseguró, en su famosa obra “Los Cántabros”, que era una evidente referencia a la diosa celtíbera y especialmente lusitana, Ataecina.

Eran curiosas estas dedicatorias hechas por los indígenas en latín, tras la conquista, pues simplificaban el texto, esquematizaban y creían que si ponían una “A”, como ellos entendían su significado,  siempre se comprendería.

         Era Ataecina una diosa de la Oscuridad. No en vano fue encontrada la lápida que a ella se refería en una cueva de Cantabria, y ya se sabe que las cavernas son la entrada al ultramundo. Es una diosa ctónica, de la tierra, de esas que fueron relegadas por los dioses luminosos  cuando los indoeuropeos llegaron con su carro, su patriarcado y sus guerras, aún no superadas. Tenía como compañera siempre a una cabra y su símbolo era el laurel.

Equivaldría a la diosa Perséfone de la mitología griega, a la Proserpina de la romana, y era esposa de Hades o de Plutón. En Cantábrica, el papel de Hades —o el de Belor irlandés— es cubierto por Airón, otro dios de la Oscuridad, constatable en la toponimia menor de Cantabria, pues en Escalante se cuenta con un pozo, un río y una cascada con esa denominación, un dios de las simas.

Como Perséfone, Ataecina sufrió con su consorte. A la griega la raptaron y se la llevaron a lo profundo, al reino de Hades. A la cántabra tampoco le dieron un buen trato, una buena vida. El tal Airón era tirando a bruto y no entendía de delicadezas amorosas. Ella concibió mucho monstruo, a los Gentiles que andando el tiempo constituirían el ejército de la Oscuridad, y fue así porque no quedaba encinta con gusto precisamente, sino violentada.

El señor de la Oscuridad era insaciable y debía de tener una ardiente espada en el lugar que ya se imaginan. Ella no quería, pero él tenía el espadón marcado en la frente y la perseguía por los escondidos recovecos de grutas y pasadizos subterráneos, hasta que un día, encomendándose Ataecina a Deva, quedó convertida en laurel en la entrada misma de la Cueva del Silencio, en Rasines, para desesperación del Oscuro que no pudo satisfacer su satiriasis sino con la corteza del árbol. El gran dios, escocido por las raspaduras del loreal tronco en sus partes blandiduras se percató de la jugarreta potenciada por Deva, que  encima era su madre, vio que contra la autoridad de la diosa creadora poco podía hacer, decidió olvidar a la esquiva Ataecina y se divirtió con otras diosas y mortales. Como consecuencia de este hecho, Ataecina se pasó al bando de la Luz y fue una fiera combatiente contra la Oscuridad.

Además, alumbró a varios dioses de la Luz, que nacieron en el interior de la cueva. Esos dioses fueron los tres trillizos: Candamo, Cosus y Erudino. Y lo hizo sin intervención de varón, pues su esposo ya la había abandonado, pero sí con su simiente. ¿Cómo pudo ser eso?

Recordemos que estaba convertida en laurel y los árboles tienen raíces, y por entre las raíces viven las hormigas y en el humus fresco suele conservarse de todo, ¿cierto?

Pues Airón, que vivía en una efervescencia sexual completa sin tener, en ocasiones, carne fresca para darle a su sable, hizo lo que terminó siendo pecado, pero mortal del todo y, con ayuda de su propia mano, derramó algo en el suelo, no sabría decir qué, que se mezcló con la tierra. Como todos saben, las hormiguitas son glotonas y llevaron esa sustancia blanquigelatinosa hasta el útero de madera de Ataecina, donde fueron gestados los dioses trillizos.

¿No se perciben en este relato metamitológico residuos de otros muchos?, ¿no recuerda a la creación del hombre por Prometeo?, ¿o a la persecución de Dafne por Apolo?, ¿no hay algo que parece tomado de la leyenda de los Dióscuros? Sin duda, no es escasa la relación porque “Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro” es un mosaico cantabrizado de mitemas indoeuropeos hermanados desde la noche de los tiempos.

¿Y quién dedicó el ara votiva a la diosa Ataecina?, ¿qué está escrito en la lápida?

Según Joaquín González Echegaray, en la inscripción (107 A de su apéndice 1, de “Los Cántabros”, 1997, pg. 225) consta: “Aulo Floro se preocupó de poner este altar a Ataecina”.

Este Aulo Floro, cántabro romanizado, es, en “Cantábrica”, el redactor de las “Metamorfosis Cántabras” por encargo de su mandante Galba —como Ovidio, que escribió bajo la mirada de Augusto— antes de que fuera nombrado emperador, como reconocimiento al Panteón Cántabro por el hallazgo de las doce hachas en un lago del territorio cántabro, presagio indudable de que el anciano Galba alcanzaría la púrpura imperial y sucedería a Nerón.

Sólo que, adelanto, terminó mal los dos, Galba y Aulo, porque a los druidas no les gustaba demasiado que se pusieran por escrito los mitos y las leyendas. Preferían ser ellos los administradores de la doctrina, muy propio de consumados sacerdotes y curas. En fin, siento no poder decir más.


ACOSO LITERARIO

 

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ACOSO LITERARIO

¿Qué hacéis, escritores míos? ¿Por qué creéis que vuestra obra merece que una persona dedique parte de la vida a su lectura? ¿Sois geniales? Ya sé que sí. ¿Incomprendidos? Me consta. ¿Ninguneados? Claro, claro.
Pero, ¿no os dais cuenta de que vuestras criaturas tienen dos cabezas, que son algo así como monstruos ?... Pero son vuestros niños y niñas, lo entiendo.

Mirad, ni siquiera Cervantes tiene derecho a exigir tal cosa. ¡Unas horas de la vida de una persona! ¡Casi nada! ¿Por qué no os dedicáis a escribir para vosotros mismos? En el fondo, eso es lo que hacéis sin daros cuenta. ¡No mendigar! Esa es la consigna que os podría dar Cervantes.

Sois narcisistas. Bueno, bien, no pasa nada, ¿quién es perfecto?... Pero eso no os autoriza a ser pesados, caramba. Os doy un consejo: escribid para la perfección, como el relojero arruinado que sabe que por la maravillosa composición del reloj suizo que le ha encargado un mendigo no tendrá ni para comprar un huevo que cocer por la noche. 

¡Qué más le da ya, si está desahuciado, si tiene contadas hasta las ventosidades que le harán compañía durante las noches frías de invierno bajo la cálida frezada! Pero, de verdad, no os hagáis los ofendidos, ¿a que me entendéis? ¿No es para todos un suspiro lo que queda por vivir, como dijo el colega Juan Ramón? Pues a vuestros lectores les sucede igual... ¡Venga, tontos míos! ¡Sed sensatos, y superad el complejo de "Miramami"! (Mira-mami-qué-bonito- dibujo- he hecho-en-el-cole!)Todas las reacciones:
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martes, 3 de junio de 2025

EL MITO DEL CÁNTABRO SALVAJE Y SU MODO DE COMBATIR

 

 

Para responder a la pregunta de si los cántabros y los astures eran unos salvajes, conviene tener presente que en nuestro bagaje cultural cuenta mucho el hecho de que seamos los herederos directos de los romanos. Y estos tenían una idea muy clara de cómo eran los pueblos a los que querían conquistar y que se oponían a la insuperable, a la superior cultura romana: unos bárbaros que no entendían que se les estaba ofreciendo una bicoca a cambio de dejar las pieles: vestirse con túnicas y togas; por eso era preciso someterlos, por necios.

         Sin embargo, sabido es que los celtas, o las gentes de la costa cantábrica, celtizados, tenían un nivel cultural nada despreciable: conocían el lujo en sus vestimentas, su armamento no era inferior al romano, eran ganaderos solventes y muy evolucionados y conocían en profundidad la agricultura, tenían toda una cultura religiosa muy compleja, y practicaban el comercio a escala nada despreciable, incluso algunos de ellos eran auténticos sibaritas, como los del castro palentino de La Loma, que hasta tortuga llegada de la costa comían, según descubrió el profesor Peralta. Eran tan civilizados que incluso amaban, quizá en exceso, el vino que no tenían, según Estrabón, y utilizaban el alfabeto ibérico para expresarse por escrito en los pactos de hospitalidad. Es decir, que de bárbaros nada de nada.

         Pero, sí que debieron sorprender a los romanos por su elaborada técnica de combate, por su extraordinaria profesionalidad en eso de en meter miedo.

         Vamos por partes. Como sabemos, los astures, los cántabros, los celtíberos, los germanos, los celtas, los latinos y los griegos, entre otros, eran descendientes de los yamnaya esteparios, gentes de muy malas pulgas que llegaron al neolítico europeo marcando músculo, con caballos domesticados y preparados para la guerra, con el carro, la rueda y buenas armas de hierro. Fueron los que trajeron el divertido invento de la guerra y las estructuras patriarcales.

         Entre ellos se practicaba la cultura del honor, con la violencia y el prestigio guerrero como armas de combate. Se imponían al enemigo por su aspecto fiero: se cubrían con pieles de animales, aullaban como lobos, atacaban borrachos, gritaban y paralizaban, solían usar las noches para sus incursiones, pintados los rostros de blanco para parecer fantasmas y hasta golpeaban los escudos con las armas y los dientes para hacer ruido y, en general, para aterrar.

         Esto lo hacían los celtas y los germanos por una parte, y también los latinos y los diversos pueblos griegos: los aqueos, los dorios.

         Pero, en el ámbito del Mediterráneo dominado por griegos y latinos, estas técnicas evolucionaron y terminaron por ser desechadas, mitificadas y relegadas al olvido en beneficio de otras más eficaces.

         Así, las ciudades generaron un tipo de combatientes diferentes: los ciudadanos-soldados. Y dejaron de lado las formaciones anárquicas, basadas en el pánico infundido al enemigo, por unidades de combate estructuradas: la falange, la legión.

         Los héroes y guerreros feroces pasaron a ser personajes literarios (Hércules, los mirmidones, Aquiles, los centauros, incluso Héctor...) Terminaron siendo cosas del pasado y hasta hay quien piensa que los sátiros son una reminiscencia de esos guerreros y que el mismo dios Dioniso-Baco, fue el prototipo de combatiente borracho, y que conquistó la India con un ejército de dementes suicidas.

         Sin embargo, en las culturas centroeuropeas y occidentales, el modelo yamnaya siguió vigente hasta mucho después de la creación del imperio romano, incluso esas concepciones militares llegaron a la Edad Media. Es significativo el caso del guerrero vikingo loco, alucinado y borracho al que llamaban Berserker.

         Por eso, si por una parte es cierto que las culturas celtas no estaban menos evolucionadas que las mediterráneas —aparte del arte y la literatura, pues era incomparablemente superior la grecorromana—, sí es cierto que los romanos debieron quedar muy sorprendidos cuando vieron frente a sus murallas a las hordas del pueblo sennón, dirigidos por Breno, celtas que la arrasaron en el 387 antes de Cristo. Se habían olvidado de que sus antepasados tenían el mismo “modus operandi”.

         Aquella experiencia debió de ser todo un trauma difícil de superar para el pueblo romano, pero de ella sacaron la fuerza para organizar un método de combate que fuera capaz de vencer el pánico al enemigo: la disciplina y la maniobrabilidad de las legiones.

         Por eso, no es descabellado pensar que sí, que en efecto, los romanos consideraban bárbaros y salvajes a los cántabros y a los astures, y que estos utilizarían técnicas capaces de aterrar al más pintado, tales como atacar borrachos, enfurecidos, lanzando aullidos, auxiliándose por sonoros cárnix, a pecho descubierto, por sorpresa, con los rostros cubiertos por máscaras lobunas o de osos. Especialmente ese debía de ser el aspecto de las unidades de choque compuestas por soldurios, guerreros de élite que acompañaban al coro, al jefe. Y no es que los romanos fueran pardillos en este tipo de enfrentamiento, pues poco antes César había conquistado la Galia, pero sí que la pureza de aquellas técnicas de combate exhibidas por astures y cántabros debían de ser de las más puras, como nacidas de la noche de los tiempos, como sacadas de la estepa, de su vieja sangre yamnaya, lo que dejó traspuestos a los militares romanos.

         Es decir, ¿eran salvajes y bárbaros? No en el sentido  general, pues poco tenían que envidiar a los romanos en lo tocante a su cultura material, pero sí que se hacían los salvajes cuando atacaban como se ha dicho. Esto me recuerda a los indios salvajes del Oeste, a sus cargas de caballería a las caravanas según el cine, tan similares a las del círculo cantábrico —luego imitada por los romanos—, a sus gritos y a su clara voluntad de aterrar al enemigo.

         Al final, se impuso la técnica de combate vencedora de los descendientes mediterráneos de los yamnaya feroces. Ya no eran los guerreros germanos o celtas individuales que atacaban con furia incontenible e inmisericorde con el vencido, los que metían el pánico en las venas del enemigo, sino la legión romana cuando maniobraba.

         Pasados los siglos, se ha llegado al presente, en el que se está reviviendo la técnica de provocar pánico y pavor en el enemigo, aunque ahora tiene otros nombres.

         Hoy se habla de intervenciones rápidas, eficaces, violentas, trepidantes, capaces de infundir tal pavor que desarmen al contrario, sólo que se les da nombres mucho más técnicos que el de “furor cantábrico”. Se dice por ejemplo: “Archieving Rapid Dominance” (ARD), se habla de “Shock and Awe” (Conmoción y asombro) S.A, técnicas casi matemáticas de alcanzar la victoria con grandes matanzas, eliminación de poblaciones, tiempos record, guerras ultra-relámpagos y monerías por el estilo. Es el regreso al gran guerrero BERSERKER, el que carecía de piedad. Ejemplos cotidianos tenemos en cada telediario, pues eso de eliminar poblaciones está cobrando carta de naturaleza universal, mensaje de mensajes.

         Y, la primera conmoción y asombro se produjo, en tiempos modernos, ya se sabe dónde: en Hiroshima y Nagasaki.

         Y es que, amigos, no hemos superado aún el trauma neolítico: la invención de la guerra y el patriarcado por los señores yamnaya, los respetables antepasados de nuestros antepasados, de los que casi todos llevamos sangre computable en consolidadas pruebas genéticas.

         ¡Que Madre Cantabria nos proteja!

domingo, 1 de junio de 2025

MUNDO TELÚRICO: DRUIDAS, BRUJAS Y REBELDES

 



         Hoy día catalogamos, en general, como magia,  lo que son dos niveles diferentes de creencia: lo SAGRADO y lo TELÚRICO.

         LO SAGRADO es lo propiamente religioso, en donde se incluyen las grandes ceremonias de todas las religiones, aunque alguno se eche las manos a la cabeza porque consideremos magia la base de su creencia; sepan, sin embargo, que lo hacemos con  los debidos respetos, sin ánimo de ofender y desde el más estricto sentido materialista del conocimiento, porque cada uno es muy libre de creer lo que le venga en gana.

Ese mundo de los grandes credos para las personas religiosas existe, sin lugar a dudas, pero en una esfera diferente a la cotidiana, en el Más Allá, e informa todo el entramado de la creencia religiosa. Abarca las grandes relaciones con Dios o con los dioses, las autovías de los dogmas, las grandes líneas de circulación sagrada y de comunicación con la divinidad.

         En el mundo celta y celtizado, lo sagrado estaba relacionado con la guerra, con el paraíso, con el Sid, con el mundo del guerrero, con las ceremonias de iniciación, con la mistificación de la muerte, de la bella muerte en combate, con la pugna eterna entre el bien y el mal, es decir, entre la Luz y la Oscuridad y con la reencarnación en cuerpos nuevos en el mundo de las Islas, en la Gran Cabalgada de Lug y en la apoteosis de los héroes guerreros. Era una religión que pivotaba en torno a la guerra y sus circunstancias, una especie de evolución del chamanismo estepario de los yamnaya indoeuropeos hacia una red ritual propia de religiones evolucionadas, como evolucionados eran los druidas, chamanes al fin y al cabo de alta cualificación. Este mundo de lo sagrado estaba controlado, dirigido y patrimonializado por los sacerdotes. ¿Cómo podía ser de otra forma en un mundo heredero de los yamnaya esteparios, en una civilización “inventora” del patriarcado?

         Pero, junto a esa realidad del Más Allá existía una realidad del Más Acá, tan innegable como lo material y cotidiano, sólo que intangible. Era el mundo de lo TELÚRICO.

         Dicho de otra manera: junto a lo que se podía tocar, los árboles, las piedras, los animales, las personas, las armas, la comida, existían otros elementos que estaban ahí, pero que no se veían y que no se podían tocar: los dioses, las ninfas, las anjanas, los trasgos, las fuerzas de la naturaleza, los mil ojos del bosque, las guajonas temibles, los mensajes de los dioses, las enfermedades que no se sabía cómo penetraban en los cuerpos, las influencias de la tierra sobre los seres vivos. Todo este universo invisible pero real era lo que componía el MUNDO TELÚRICO, y en él no intervenían los sacerdotes. No era asunto de druidas, sino de parteras, de mujeres.

         Ellos administraban lo sagrado, muy real, sí, pero ubicado en el Más Allá, relacionado con la muerte y la trascendencia. Ellas administraban lo telúrico, muy real también, aunque ubicado en el Más Acá, intangible pero que no admitía duda, un universo emparentado más con la vida. El trabajo de los druidas computaba para la trascendencia, el de las parteras era imprescindible para vivir lo cotidiano. Ellos, la muerte; ellas, la vida.

         Si los druidas eran los señores del gran caldero en el que se generaban las pócimas que llevaban al furor guerrero y a una buena muerte, las parteras controlaban las fuerzas del Más Acá, se intentaban poner a bien con ellas y las conjuraban en beneficio de la comunidad. Así, curaban enfermedades invisibles, ayudaban a bien parir sin que las fairies o guajonas, las malas hadas, se apropiasen de las criaturas, conjuraban a las fuerzas invisibles para que acudieran en ayuda de los humanos y, en general, buscaban  que lo intangible se pusiera al servicio de la vida humana.

         Preferimos llamarlas parteras, más que druidas femeninas o druidesas —horrible palabra—. Porque, en realidad, las mujeres eran las dueñas de estos remedios imprescindibles para la buena marcha de la vida comunitaria, igual que los druidas tenían la llave de la relación entre humanos y dioses.

¿Había druidas mujeres? Sería bonito, muchos dicen que sí, que por supuesto, en fin, cada uno puede soñar lo que desee, pero los druidas eran machos y las parteras hembras. ¿No parece mucho más lógica esta distribución del trabajo en una sociedad patriarcal a ultranza como la celta, heredera directa de los indoeuropeos?

Ellos trabajaban competencias tocantes a la Gran Religión; ellas respondían de la Pequeña Religión; el gran caldero y el pequeño caldero. En fin, lo SAGRADO frente a lo TELÚRICO.

         ¿Qué sucedió cuando se cristianizaron las comunidades celtas o celtizadas? Pues que los señores druidas fueron reciclados, convertidos en monjes o en sacerdotes cristianos y siguieron siendo los amos de la relación con Dios, los patrocinadores de las grandes ceremonias, los administradores de los sacramentos.

         ¿Y las mujeres? Siguieron como dueñas de la magia privada, de los remedios domésticos, de la relación con las fuerzas reales de la vida cotidiana, de lo telúrico. Al menos esto fue así en el cristianismo universal canónico, vencedor y superviviente a las mil guerras contra los herejes, pues algunos de estos, como los priscilianistas o, tiempo después los cátaros, permitían una mayor mezcolanza de sexos y de funciones religiosas dentro de la comunidad. Pero los “católicos”, es decir los auténticos, los universales, vencieron y se acabó la discusión.

         ¿Fueron atacadas las parteras por la Iglesia emergente? No, porque eran necesarias en la esfera privada, como lo fueron siempre desde el neolítico, porque se seguía pariendo, porque  seguían las personas alimentandose y enfermando. La Iglesia, por su parte, debía consolidarse y, durante un tiempo, ellas permanecieron libres y tranquilas.

         Pero la estructura eclesiástica aumentó, su poder se multiplicó, conquistaron reinos enteros y se esquiló —como decimos en Cantabria para la palabra trepar—, se esquiló a los estandartes en los que antiguamente ondeaban los motivos solares, que fueron sustituidos por cruces de todos los tamaños y formas.

Aumentó el poder de los sacerdotes —recordemos, druidas reciclados—, y se percataron de que las mujeres vivían en un mundo aparte, con su esfera de poder intocable, lo que era una amenaza —o así lo sentían— para su omnisciencia, para su preeminencia; en otras palabras, que ellas podían discutirles la autoridad con notable solvencia.

         Porque, además, las mujeres, las parteras, las expertas en las relaciones con el mundo invisible pero real y cotidiano, tenían una estructura organizativa que podía competir con la eclesiástica: las fraternidades femeninas, las sororidades.

A la hora de la verdad, las mujeres tendían a estar unidas, a comunicarse con complicidades que no estaban al alcance de los hombres, cuya fraternidad no pasaba de la mística conmilitona —hoy de peñas taberneras—  y esto hacía que los poderes establecidos, ya consolidados, vieran a las mujeres como enemigos a abatir. Pero más que a las mujeres en general, a las de baja extracción, a las que provenían del campo, del pagos, a las madres del paganismo, residuos de la vieja religión.

         Y sucedió lo impensable: que la labor milenaria de las mujeres expertas, de las parteras, fue perseguida en toda la Cristiandad con inaudito furor... Y se inventó la brujería, y nacieron las BRUJAS, y contra ellas se conjuntaron todos los poderes, y se desataron consignas, y se lavaron los cerebros, de manera que las más débiles, las campesinas, fueron perseguidas por la poderosa máquina represiva combinada de la Iglesia y del estado. Eran el último bastión del paganismo, pero insisto, las pobres, que las ricas vivían en la felicidad armoniosa de  una religión hecha a su imagen y altura, igualito que sus hombres.

         ¿A que nunca te habían contado el oscuro pasaje de la persecución de las brujas con tanta claridad?

Pero, no te entristezcas. Las tataranietas, las trastataranietas de aquellas brujas, de aquellas parteras, siguen vivas, siguen ocupando las calles, alzando su voz y mostrando una virulencia transformadora —revolucionaria— poco común en la Historia de la Humanidad.

¿Que no? Dime, ¿cuántas ultrarreligiosas de hoy usan velo en la Iglesia?, ¿cuántas se permiten pantalones al ir a confesar?, ¿cuántas miran con desprecio desde sus despachos de juristas, de médicos, de economistas, de funcionarias a las manifestaciones feministas que cruzan bajo sus cristaleras?, ¿sin velos, con pantalones, con despachos acristalados tantas antifeministas, tantas ultraconservadoras?... Ellas sabrán lo que les diferencia de sus abuelas. Yo, desde mi ignorancia me pregunto: ¿no surgiría todo con el movimiento de las sufragistas?, ¿no serían estas las herederas directas de las parteras medievales a que nos hemos referido?... Aunque, claro, puede ser una pregunta tonta, total, sólo soy poeta y, encima, viejo.

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Para no cansar, se dan por reproducidas las prevenciones antiplagio de anteriores inserciones.

Entrega 6.- PARIDORAS DE CADÁVERES

  PARIDORAS DE CADÁVERES                                                I   Tertia Emilia ordenó que se subiera el telón y arrecia...