Apareció la referencia a Ataecina en un ara votiva encontrada muy cerca de la Cueva del Silencio, en Rasines, también conocida como Cueva del Valle. En ella sólo constaba una letra, la “A”, y el estudioso Joaquín González Echegaray aseguró, en su famosa obra “Los Cántabros”, que era una evidente referencia a la diosa celtíbera y especialmente lusitana, Ataecina.
Eran
curiosas estas dedicatorias hechas por los indígenas en latín, tras la
conquista, pues simplificaban el texto, esquematizaban y creían que si ponían
una “A”, como ellos entendían su significado,
siempre se comprendería.
Era Ataecina una diosa de la Oscuridad. No en vano fue
encontrada la lápida que a ella se refería en una cueva de Cantabria, y ya se
sabe que las cavernas son la entrada al ultramundo. Es una diosa ctónica, de la
tierra, de esas que fueron relegadas por los dioses luminosos cuando los indoeuropeos llegaron con su
carro, su patriarcado y sus guerras, aún no superadas. Tenía como compañera
siempre a una cabra y su símbolo era el laurel.
Equivaldría
a la diosa Perséfone de la mitología griega, a la Proserpina de la romana, y era
esposa de Hades o de Plutón. En Cantábrica, el papel de Hades —o el de Belor
irlandés— es cubierto por Airón, otro dios de la Oscuridad, constatable en la
toponimia menor de Cantabria, pues en Escalante se cuenta con un pozo, un río y
una cascada con esa denominación, un dios de las simas.
Como
Perséfone, Ataecina sufrió con su consorte. A la griega la raptaron y se la
llevaron a lo profundo, al reino de Hades. A la cántabra tampoco le dieron un
buen trato, una buena vida. El tal Airón era tirando a bruto y no entendía de
delicadezas amorosas. Ella concibió mucho monstruo, a los Gentiles que andando
el tiempo constituirían el ejército de la Oscuridad, y fue así porque no
quedaba encinta con gusto precisamente, sino violentada.
El
señor de la Oscuridad era insaciable y debía de tener una ardiente espada en el
lugar que ya se imaginan. Ella no quería, pero él tenía el espadón marcado en
la frente y la perseguía por los escondidos recovecos de grutas y pasadizos
subterráneos, hasta que un día, encomendándose Ataecina a Deva, quedó
convertida en laurel en la entrada misma de la Cueva del Silencio, en Rasines,
para desesperación del Oscuro que no pudo satisfacer su satiriasis sino con la
corteza del árbol. El gran dios, escocido por las raspaduras del loreal tronco
en sus partes blandiduras se percató de la jugarreta potenciada por Deva,
que encima era su madre, vio que contra
la autoridad de la diosa creadora poco podía hacer, decidió olvidar a la esquiva
Ataecina y se divirtió con otras diosas y mortales. Como consecuencia de este
hecho, Ataecina se pasó al bando de la Luz y fue una fiera combatiente contra
la Oscuridad.
Además,
alumbró a varios dioses de la Luz, que nacieron en el interior de la cueva.
Esos dioses fueron los tres trillizos: Candamo, Cosus y Erudino. Y lo hizo sin
intervención de varón, pues su esposo ya la había abandonado, pero sí con su
simiente. ¿Cómo pudo ser eso?
Recordemos
que estaba convertida en laurel y los árboles tienen raíces, y por entre las
raíces viven las hormigas y en el humus fresco suele conservarse de todo,
¿cierto?
Pues
Airón, que vivía en una efervescencia sexual completa sin tener, en ocasiones, carne
fresca para darle a su sable, hizo lo que terminó siendo pecado, pero mortal del
todo y, con ayuda de su propia mano, derramó algo en el suelo, no sabría decir
qué, que se mezcló con la tierra. Como todos saben, las hormiguitas son
glotonas y llevaron esa sustancia blanquigelatinosa hasta el útero de madera de
Ataecina, donde fueron gestados los dioses trillizos.
¿No
se perciben en este relato metamitológico residuos de otros muchos?, ¿no
recuerda a la creación del hombre por Prometeo?, ¿o a la persecución de Dafne
por Apolo?, ¿no hay algo que parece tomado de la leyenda de los Dióscuros? Sin
duda, no es escasa la relación porque “Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar
Cántabro” es un mosaico cantabrizado de mitemas indoeuropeos hermanados desde
la noche de los tiempos.
¿Y
quién dedicó el ara votiva a la diosa Ataecina?, ¿qué está escrito en la
lápida?
Según
Joaquín González Echegaray, en la inscripción (107 A de su apéndice 1, de “Los
Cántabros”, 1997, pg. 225) consta: “Aulo Floro se preocupó de poner este altar
a Ataecina”.
Este
Aulo Floro, cántabro romanizado, es, en “Cantábrica”, el redactor de las
“Metamorfosis Cántabras” por encargo de su mandante Galba —como Ovidio, que
escribió bajo la mirada de Augusto— antes de que fuera nombrado emperador, como
reconocimiento al Panteón Cántabro por el hallazgo de las doce hachas en un
lago del territorio cántabro, presagio indudable de que el anciano Galba
alcanzaría la púrpura imperial y sucedería a Nerón.
Sólo
que, adelanto, terminó mal los dos, Galba y Aulo, porque a los druidas no les
gustaba demasiado que se pusieran por escrito los mitos y las leyendas.
Preferían ser ellos los administradores de la doctrina, muy propio de consumados
sacerdotes y curas. En fin, siento no poder decir más.

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