martes, 12 de agosto de 2025

¡SANTANDER, LA MARINERA! ¡OH, SANTANDER, MI SANTANDER! CANCIÓN EN PROSA PARA CHEMA PUENTE


 

Ahí estás, mi tierra, mi patria, mi mesa, mi lecho, y aquí, mi pluma que te dibuja al amanecer, como hice tantas alboradas. Ahora, mientras aguardo a que se desate el viento del nordeste que inflará mis velas y me conducirá al oscuro horizonte del futuro, vuelvo hacia ti mi mirada y espero sobre tu cuerpo de leche, como el amante vaciado de vida. ¿Merece tu belleza tanto esfuerzo?, ¿habré idealizado tus contornos?, ¿es tu rostro el de la madre muerta?, ¿quién eres tú, amada, que me has olvidado, como si no existiera? En fin, escribo sobre ti por si alguien puede aprovechar mi experiencia, ¡oh bella, oh cruel, oh espantada e invadida que abortas a tus hijos! ¡Oh Santander, mi Santander!

         En el prodigioso 2017 me publicaron la novela "Santander, la marinera".

         El título me dio problemas con un paisano muy querido, el que inventó la bella canción de igual nombre, Chema Puente, y con sus amigos de Cueto, que con él se solidarizaron por mero compañerismo mimético.

         Ni él ni ellos leyeron la obra, en la que la alabanza a la canción era constante, en la que ponía letra de prosa y músculo poético al himno oficioso de Santander. Si lo hubieran hecho, habrían concluido que era la literatura de fondo que le iba a la canción, como banda en prosa a sus sones, pues son dos ciudades las que describo, la moderna, sosa, aventada, ficticia, uniforme, cafetera, playera, abotagada de tanta gente, pija y pobre de espíritu frente a otra, la arcaica, la abarrotada de chispa, la dicharachera, la cantarina, la popular, la pescadora, la marinera en fin.

         Desconocían ─no tenían por qué saberlo─ que no es plagio utilizar en una obra literaria el título de una canción, o viceversa. Pero, menos en este caso, cuando el motivo de la utilización del popular título tiene la finalidad de, precisamente, ponderarlo, como se indica con cuidado en el exergo de la obra, en el prólogo, en el epílogo y en no pocos pasajes interiores.

         Él y ellos, por desgracia, pensaron que mi intención era aprovecharme del tirón de su obra para lucrarme. Lo que hace desconocer a las personas. ¿Yo, a mi edad, 64 años entonces, pensando en hacerme rico con el sudor y esfuerzo de la fuerza creativa de Chema? ¡Ridículo! ¿No era del género tonto pensar que un don nadie se enriquecería con una obra literaria por aquel entonces?, ¿es que habíamos nacido anteayer? ¡Cuánta imaginación! ¡Ah, si hubieran leído la novela, habrían palpitado con ella!, ¡que se lo digan los que ya la han disfrutado!

         Hace muchos años, tantos que ni en la memoria de los más viejos entre los viejos se guarda la música, hubo una canción que identificaba a Santander, popular, muy similar a la de Puente en su fuerza y empuje. Se titulaba «Voy cargado de tabaco» y fue compuesta no se sabe por quién, pero se cantaba en el bar La Cátedra, de la calle del Medio de Santander hacia finales del siglo XIX. La música se perdió, pero la letra fue recuperada por Esteban Polidura, el periodista callealtero, en los años veinte. Es decir, la literatura salvó el contenido de una canción. Con el tiempo, en el único y exclusivo arranque musical de mi vida, creé la música ─en plan casero y chapucero, claro─, un familiar saxofonista le dio forma acústica y un coro trasmerano la interpretó cien años después de su nacimiento. Humilde éxito, sí, pero indicativo de que música y  literatura se compenetran.

         «¡Has ofendido a uno de nuestros más ilustres paisanos!», sentenciaron los de Cueto, y aplicaron la pena sin dilación: «por eso no queremos que presentes ningún libro en nuestra asociación».

         Cuando recibí el correo electrónico, se amontonaron en mi boca juramentos de bucanero, blasfemias de picador de mina, improperios de pescatera, todo el raquerismo natural guardado por generaciones genéticas en mi ADN,  pero me contuve y callé, y no contesté por respeto a Chema, al que apreciaba, al que no conocía mucho, pero con el que pasé una jornada inolvidable en el pueblo de Escalante, acunada la tristeza por culines de sidra y sones de rabel.

         Ellos, los acólitos, fueron los que me remontaron con su actitud falsamente solidaria y, sobre todo imprudente e inquisitorial. ¿A quién se le ocurre condenar una obra al fuego sin leerla? Hasta el cura y el barbero del Quijote hojeaban los libros de caballería antes de arrojarlos a la hoguera.

         A mí, como santanderino, la canción «Santander, la marinera» me estremeció siempre de la punta del dedo gordo del pie hasta la coronilla. Y, cuando él se marchó, de repente, quedé más triste que los demás. Y fui el primero en ponerme el pañuelo colorado y marchar a las estatuas de los raqueros, y condené la estupidez pija del Ayuntamiento de Santander al no aprobar la oficialidad de su obra como himno de la ciudad, y saldré de nuevo a defender nuestra canción cuando sea preciso, porque habla de nuestra identidad que a nadie pertenece y pertenece a todos, como mi  misma novela, como su obra eterna, paridas ambas en idéntico molde aunque de diferentes padres... Pero, ¡qué desencuentro!, ¡qué tristeza!

         Se marchó sin leer mi novela en la que lo citaba en cada esquina, en la que el salitre se olía cada vez que se volteaba una página, en la que las motoras de los Diez Hermanos runflaban  en pleno agosto con las descripciones, en las que el agua de los raquerillos salpicaba a cada palabra cuando se daban coles de cabeza.

         «¡Oh Santander, mi Santander!», también podría haberla titulado así. A los pijos les habría gustado, seguro, les habría sonado a Walt Whitman, muy como terrible de la muerte, ¿verdad?

         Pero no, quise hacerte un homenaje, Chema Puente, y no podrá nadie evitar que se me enramen los ojos cada vez que escuche la canción de un amigo que me negó el saludo. ¡Qué tristeza al marcharte, qué tristeza! Cuando suena, quedo siempre como un patán sensiblero, pero es sólo porque lo soy. Cuando hay que llorar, se llora, y este es uno de esos momentos. Se me enraman los ojos mientras escribo. Por fortuna, tengo dedos muy rápidos y no se me corta el hilo narrativo.

         En fin, Chema, espéranos allí ─como dejó escrito en una lápida un poeta de Escalante─, en aquella esquina del espacio y del tiempo en la que se cruzan los vientos. No recuerdo las palabras exactas, pero tú me entiendes. En la oscuridad no hay luz, en el silencio no hay palabras, en el frío no hay calor, pero sin luz, sin palabras y sin calor, seguro que encontraremos un momento para charlar y para echar pelillos de calavera a la mar.

         En fin, iba a escribir de técnica literaria, de cómo compuse «Santander, la Marinera», pero se me fue la pluma por lo sentimental. Qué cosa, setentón como soy y no puedo contener las eyaculaciones de mi propia pluma que, cuando se pone, me coloca a cien.

         Otro día hablaré de los trucos que esconde la novela, que no son pocos.

lunes, 11 de agosto de 2025

LA POESÍA COMO EXPRESIÓN MÁXIMA DEL INTELECTO HUMANO.

 


 

Tomad un soneto de Quevedo y dádselo a leer e interpretar a un matemático. Cuando veáis que no logra entender nada de nada, mostradle todas las implicaciones del mismo, los recovecos retóricos, la lucha dialéctica interna, su tensión narrativa, la denuncia implícita, la sutileza de la ironía. Dirá: caramba, nunca supuse que una ristra de palabras pudiera ocultar tantos matices; es como un teorema de formulación inacabable, como un poliedro de caras infinitas.

                ¿Y la prosa?, ¿es más difícil que la poesía? Sobre esto hay muy diversas opiniones. Ambas son manifestaciones del espíritu libre humano y podrían integrarse en la poiesis, término griego del que proviene la palabra poesía y que significa laborar, trabajar, moldear, es el trabajo propio del artesano, del alfarero, del tejedor, del relojero. Un escritor en prosa puede llamarse a sí mismo poeta en este sentido. En el Siglo de Oro los autores se referían a la prosa con la expresión "escritura desatada". La poesía estaba ajustada a reglas, ritmos y sacralidades que le daban valor. Claro que la prosa también podía ser poética, plagada de contenidos líricos. Hoy día ─en términos de literatura de verdad, no de quiosco─, las estructuras líricas tienden a enriquecer la prosa.

                Pero sí, prosa y poesía son dos caras de una misma moneda. Quizá haya aún una tercera cara en una composición monetaria imposible: la del teatro, pero dejémoslo, sería complicar mucho estos conceptos.

                ¿Qué es más difícil?, tornas a preguntarme. Lo difícil es responder a esta pregunta. Yo, por ejemplo, soy escritor en prosa al que se le cuela la poesía en el texto sin que lo pueda remediar, pero incapaz de componer poemas propiamente dichos. No digo que la poesía épica me cueste demasiado, pero la lírica, la que expresa la sutileza del alma humana, me supera. Por ejemplo, entender, disfrutar y declamar poemas como "Vientos del pueblo" de Hernández, es fácil, e incluso componerlos, pero, ¿puede decirse lo mismo del más débil soneto de "El rayo que no cesa", del mismo autor? Salta a la vista que no, que son categorías diferentes.

                Por eso, en "Cantábrica" he introducido un poemario épico. A eso sí me he atrevido. Además con formatos antiguos: sonetos, seguidillas, cuartetos, romances, terceros encadenados y demás parentela. Pero eso es sencillo, un juego. Componer, sin embargo, poesía lírica ni está al alcance de esta pluma, ni el pudor me permite publicar mis poemas, que los tengo, claro que sí. Sería como pasear desnudo por la calle, de verdad. No sé cómo hay tanto poeta que hable de sí mismo parapetado tras supuestos versos. En fin, cada uno hace de su capa un sayo y escribe lo que le da la real gana y aún menos muchas veces, faltaría más.

                Pienso, desde mi ignorancia que escribir poesía es más difícil que escribir prosa. Componer un poema lleva muchas horas de trabajo.

                Decir esto puede que suene a cuento chino a algunos. ¡Pero qué dice este hombre!, ¡A mí me salen a la primera! ¡Es que hay que nacer poeta! ¡Chico, cuando me pongo en plan poético me viene la inspiración sola!

                No digo que no pueda ser así, no sostengo que haya personas a las que los versos les salgan del alma como churros, que lluevan sobre el papel en blanco, justo delante de su pluma, versos embutidos, eso es más que probable pero, ¿estamos hablando de poesía o de ripios ripietes? ¡A ver, oiga, yo soy poeta y muy poeta, no como otros! ¿Cómo se atreve a decir que no paso de ripiador?

                La verdad, sin ánimo de ofender más con estas palabras, creo que todo ser humano es poeta. Todo nacido de mujer piensa, siente, sufre, ama y registra en su interior los más profundos sentimientos que precisan ser expresados. ¡Todos!, no sólo los poetas, que también. ¿Qué te diferencia a ti del resto del mundo, poeta bueno?, ¿tu capacidad lingüística?

                ¡Anda, no me tomes el pelo! Mira, la poesía es la máxima expresión del entendimiento humano, la más perfecta manifestación de capacidad literaria. ¿Y me dices tú que te sale así, sin más, a borbotones porque eres hijo de tu madre, porque la naturaleza te hizo poeta?

                Pero, entendámonos, porque quizá estemos hablando de cosas diferentes. Yo sostengo que la poesía es difícil de componer, no así el "pronto poético". Lo que sucede es que te llega   "pronto" y piensas que eso es la poesía.

                No, hijo, la poesía es elaboración corajuda y minuciosa a partir de ese pronto, es un trabajo de relojería que lleva horas de inclinación sobre el verso, sobre la estrofa, sobre la metáfora, sobre la búsqueda de la composición. Poeta es el herrero que maja en verso frío. Poeta es el relojero que  ha desmontado su pronto poético, su arranque inspirador, que lo ha puesto sobre la mesa, que lo ha objetivado, sacado de sus profundos, que lo desmenuza y lo recompone una y otra vez hasta que considera terminado su trabajo porque ha alcanzado la máxima perfección expresiva, es decir, racional.

                El "pronto" puede declamarse con el alma en la mano. Toma, poeta, tu "pronto" y declámalo con sentimiento. Dirás ¡qué bien me ha quedado! y tu abuela te dirá si te escucha: ¡es que vales mucho, nietuco; es que naciste para esto, nietuca! Pero, siento decirte, poeta consumido más que consumado,  que eso no es poesía, puede ser floritura nada más, y que las abuelas han muerto todas, por desgracia.

                Y te diré más para terminar de rematar el mal café que te producen mis palabras ─ porque no hay ego más subido que el de un poeta─ que para hacer poesía hay que saber mucha literatura. Cuando sales de casa has de procurar hacerlo libre de necesidades mayores o menores, ¿verdad?, duchado y peinado, ¿cierto?, pues para pasear por las calles de la poesía has de dejar tu hogar cargado con una buena mochila de conocimientos. Mira, en este aspecto la poesía es mucho más exigente que la prosa. Prosa puedes componer y, quizá llegues a escribir varios párrafos antes de que descubras que eres un porro, pero en poesía se te nota la ignorancia desde el primer verso, desde la primera palabra. Eso sí, se te transparenta la falta de pudor como en un escaparate. Pero no te apures, este defecto es propio de la ignorancia, y tiene remedio, te lo aseguro.

                Dicho lo anterior y sin desdecirme, es conveniente afirmar que hay personas con una especial intuición poética. Son escritores que componen sus poemas y los suben a Facebook, por ejemplo, y en ellos se aprecia una sorprendente capacidad expresiva, pero que se han precipitado en mostrar una obra que requeriría más trabajo. Da pena ver que con un poco más de labor relojera, esa parte de la composición literaria que cuesta, que ha de hacerse sobre el texto en frío, sin apasionamiento, el poema habría sido sublime. Hay gente así, no mucha, pero la hay.

                Yo no estoy entre ellos, eso lo tengo claro. Escribir el poema más chungo me cuesta lo indecible, casi prefiero hacer crucigramas, ejercicio en el que tampoco soy un lince.

                En definitiva, poeta ofendidito: menos ansia de "tontintolín" y autobombo, más trabajo y más conocimiento. Mira, te recomiendo que empieces por los sonetos. Deja de lado esa justificación de la libertad compositiva tras la que te escudas, y traduce tu genialidad, esa que te ha venido como arrojada por las musas, en un soneto. Es un excelente ejercicio. Y perdona si te he ofendido con mis palabras. Mira, vete a la frutería donde se vende mucho ajo, y a la fuente, donde mana agua fresca. No sé si me entiendes, son metáforas. Y lee, chico, chica o lo que seas, pero no como un aficionado, sino como un profesional, como el pintor que escudriña un cuadro de Goya para conocer su estructura; la mirada del poeta sobre otro poeta no ha de buscar sólo una impresión momentánea, sino que debe perseguir una analítica completa, de laboratorio, un leer para aprender, más que para disfrutar. Debes disfrutar mientras aprendes.

                Y, vaya aquí un truco compositivo: cuando encuentres un poema complejo intenta transcribirlo, traducirlo a prosa comprensible, utiliza cuanto papel requieras, no importa, la clave está en la traducción; si lo consigues, es que vale algo, si no puede ser, con toda facilidad, una paja mental. Por el contrario, escribe en prosa lo que quieras, lo que sientas, lo que te apetezca y luego, tradúcelo a versos; si lo logras habrás hecho un buen poema.

                Me falta, por último, contarte algo sobre la industria cultural del verso, sobre la tontería implícita y sobre cuántos viven réditos del narcisismo extremo que impera en el fenómeno poético...

                ¿Callarás?... ¿No es ya demasiado?... ¿Por qué no lo dejas para otro día?, ¿no ves que me asustas al poeta, sensible donde los haya, y que con estas reflexiones no hay quien componga?

                Vale, me callo.

¿UNA DE ROMANOS, PERO SIN CÁNTABROS?



La imagen que estaba en mi mente, y la que plasmo el editor en la novela: dura, enérgica, voluntariosa frente a suave, femenina y meliflua

En el año dos mil diecisiete una editorial de ámbito nacional me publicó la novela «Cornelia de Gades». fue una apuesta por la calidad literaria por parte del editor y mía, pero terminó como el Rosario de la Aurora.  Sirvan estas reflexiones sobre tal obra como una pequeña clase de literatura práctica. Creo que tras veintitantas obras regaladas, puedo permitirme cierta digresión que, para un novato podría parecer presuntuosa.

         Aunque, ¿qué es un novato en este oficio? ¿Acaso es experto el que hizo una novela y repitió el esquema cien veces en otras tantas novelas-churro? ¿Agatha Christie era una experta?, ¿el novelista histórico que repite hasta la saciedad un esquema para lo que sólo cambia la época y los personajes, es un experto por haber repetido su propio kitsch una y otra vez? Sin duda será experto, pero de su paridita. No es el caso, porque he procurado innovar en cada novela; otro asunto es que lo haya conseguido. Ninguna es igual a la anterior, aunque ¿quién soy yo para decir tal cosa?        

         Con Cornelia de Gades pretendía escribir una novela de la que fuera protagonista un personaje con tres características: ser mujer, ser anciana y estar loca. Sería romana, del estamento nobiliario y de temperamento fuerte, una "mulier fortis".        

         El personaje histórico existió. Era gaditana e hija de Lucio Cornelio Balbo también conocido como Balbo Minor. Era sobrina de otro prohombre gaditano llamado Lucio Cornelio Balbo Mayor, ambos banqueros, Mayor como proveedor de crédito a Julio César, y Minor a Augusto.

         Aparte de querer plasmar la degeneración mental de un personaje, encima femenino, ya que me hallaba a caballo entre César y Augusto, el corazón de la Historia de Roma, quise pasar a estas dos figuras por la quilla de la crítica pues han sido, según mi opinión, en exceso valorados en todos los tiempos.       

         Ambos temas, exaltación de la decadencia de la protagonista y crítica a lo más granado de la púrpura romana, estaban en oposición dialéctica a conceptos tan manidos en la narrativa histórica, cómo los personajes romos y sin matices, y a la alabanza hasta el delirio de Augusto y de César, los fundadores del Imperio.

         Esos eran los elementos lógicos de la novela.
Para llevarlos a cabo precisaba de un relato con tono intimista, y en torno al tono se posaron los demás elementos narrativos y retóricos. Una vez que disponía de una lógica y una forma, debía organizar la diégesis, el relato propiamente dicho.

         Por último, con estos tres elementos: el lógico, el formal y el argumental trenzaría un calabrote, una cuerda indisoluble de tres cabos. Mejor dicho, la cuerda se trenza sola en el momento en que, tomadas las anteriores decisiones, nos aplicamos a componer el relato. La narración es un tejido fabricado con el hilo de tres usos: el lógico, el retórico y el argumental, que son servidos por una mano invisible al tejedor y se entrelazan en una unidad indisoluble a medida que se pergeña la obra. Son elementos distinguibles, pero inseparables.         


         El problema radicaba en que escribía para una editorial mercantil qué hasta el momento solo había publicado relatos de la historia más cercana a la aventura que a otra cosa. En otras palabras, que eran más amigos de batallitas qué de sutilezas, de peripecia más que de forma.      


         Por otra parte era necesario insertar en la trama del relato la compleja vida de los Balbo, el tío y el sobrino, Mayor y Minor. La historia de estos dos personajes coincidía justo con el reinado de Julio César el primero y de Augusto el segundo, casi nada, la arteria aorta de cualquier libro de historia de Roma. Y, de nuevo se me planteaba el problema: ¿cómo embutir tanta documentación disponible en una novela?   


         Busqué la siguiente solución: la historia propiamente dicha abarcaría dos terceras partes de la obra y partiría de un relato narrado por uno de los Balbo, Mayor, qué abarcaría su vida y la vida de su sobrino, la historia de César y la de Augusto.        


         Esta primera parte doble tendría la finalidad de satisfacer los deseos editoriales qué consistían en que escribiera una obra de romanos romanos y a ser posible con batallitas. Además, dejaría preparado el camino, el marco narrativo general, para la tercera parte que era la que realmente me interesaba, la historia de Cornelia, la mujer aristócrata, vieja, autoritaria y finalmente demente. Deseaba plasmar la evolución de un pensamiento enfermo, su paulatino deterioro, insignificante en ocasiones, locura que apenas se notaría en las primeras etapas de su evolución, pero que generaría decisiones que condicionarían la vida de la protagonista y la trama de la novela.   


         Como gran aficionado al Quijote tenía una idea muy cervantina sobre lo que es una obra de calidad, que según el egregio escritor consistía en que una novela, para ser buena, debía tener un poco de todo y mi obra cumplía con ese requisito. Además también me hice eco de la opinión del cura del Quijote frente al canónigo en el final de la primera parte cuando dice que una obra bien ordenada despertaría las mejores reacciones entre el público, por rústico y torpe que fuese, y que si no se hacía era por desidia e inmovilismo de los editores. 

         Pero, claro, el Siglo de Oro y el presente son épocas muy alejadas la una de la otra. Entonces, los que sabían leer leían cuanto podían y los que no, escuchaban con delectación lo que se les leyera. Además, existía un arraigado hábito de disfrutar de la poesía. Saber leer y escribir presuponía capacidad para componer versos o para escribirlos al dictado del genio natural que desconocía la escritura. Era frecuente que los poemas volantes circularan de mano en mano y se leyeran en las cocinas y salas de los palacios, manuscritos y luego perdidos, impresos en alguna ocasión. Existía notable afición por el arte llamado literatura, y la llegada de la imprenta potenció esa tendencia natural de la población.  Era todo un mar el compuesto por los analfabetos, es cierto, pero no había televisión ni internet con sus imágenes que a todos entretienen, con sus inteligencias artificiales que a todos igualan: al cultivado y al lerdo. La escritura hecha imprenta era la "nueva tecnología" de la época.

         Ya lo he dicho en otra parte: hoy ya no se lee, y ojo no me refiero sólo a los jóvenes, a los niños, a su deficiente formación, no. Me refiero a toda la población. Pongamos la mano sobre el móvil y juremos que leemos tanto como antes. Estoy seguro de que hasta los más consolidados lectores han disminuido su ritmo, su capacidad de comprensión y de atención.  


         Pero sí, escribí una novela de romanos sin cántabros cosa que  parece milagrosa. Una obra que no prosperó porque no estaba escrita al estilo del vulgo, al que hay que dar gusto.

         Ser zafio es una opción mercantil. Afinar la pluma y escribir para un público que ya ha muerto, el de los años ochenta, que sería el único capaz de leer mi Cornelia de Gades, es  una estupidez, ¿o quizá una muestra de rebeldía?

         Apañado vas, escritor, si trazas una escena erótica sin turgencias, bombeos, succiones, metesacas y porno de pésima calidad como requiere la literatura basura, tan habitual en la narrativa histórica. Y, no te digo nada si no comienzas el relato con una batallita en la que unos malos malotones asaltan el castro del protagonista y matan a todos todos, violan a todas todas y sólo se escapa el niño que ve con ojos pasmados aquel horror, tras los que se agazaparán los deseos de venganza... ¡Tachán!.... ¿Una novela histórica sin violencia, sin leña leñera en la primera página? ¡Muy mal asunto!

         En fin, me subo al carro de Francisco de Quevedo y Vega, que era de por aquí, y digo eso de: «Mas vulgo, pues sé quién eres, a la larga o a la corta, diga yo lo que me importa y di tú lo que quisieres».

sábado, 9 de agosto de 2025

DISCURSO QUE PREPARAMOS


 EL TIEMPO DE LOS CORRALES

Nos inspirarán los dioses
un discurso entretenido
en Los Corrales de Buelna,
que aguzará los sentidos
de los buenos corraliegos,
que son allí muy entendidos, 
pues se visten de colores,
de armas y cascos bruñidos,
para festejar la historia,
de ancestral bruma paridos.

Son trajes de antrepasados,
voces propias del olvido
lo que ellos reproducen, 
para enfrentar los sonidos
de un mal tiempo que se viene, 
con tiempos casi perdidos,
que hoy, mecidos por la Historia,
a la vida dan sentido.

jueves, 7 de agosto de 2025

LLEGARON LOS LIBROS

 Ya tenemos en la mano los tres tomos de "Cantábrica, la Gran Enciclopedia del Solar Cántabro"

La próxima cita en Los Corrales de Buelna, dentro del marco de las Guerras Cántabras.

              29 de agosto viernes

                   7 de la tarde.

        Campa de la Tierra Sagrada.

Será la primera etapa del recorrido de "Cantábrica" por el Solar Cántabro, a cuyos últimos rincones pretende llegar con su mensaje renovador de la mitología cántabra.

También allí se estrenara la EDITORIAL EPONA, nuevo referente en el mundo de la edición sobre temas cántabros.


La siguiente en Santander, donde Isidro Cicero apadrinará la obra.

¿QUÉ ES MÁS FÁCIL, ESCRIBIR UNA NOVELA O HINCHAR UN PERRO?


 

Eso de "hinchar un perro" es una bromita macabra, un chiste malo que era habitual en el Siglo de Oro en España. Consistía en introducir a un chucho un canuto por salva sea la parte y soplar hasta hincharlo. Se referían a una actividad carente de sentido, a una crueldad impracticable, a una tontería fácil de hacer, como todas las tonterías imposibles. Se podría decir: esto es más fácil que hinchar un perro, memez que se consideraba  el extremo de lo sencillo y de lo ridículo. Ahora diríamos que tal o cual actividad es tan fácil como coser y cantar.

         Viene la frase a cuento de que Miguel de Cervantes, en el prólogo a la segunda parte del Quijote colgó una pregunta: «¿es fácil hinchar un perro?, ¿es fácil escribir un libro?» Lo que traducido al español de hogaño querría decir: ¿está chupado escribir un libro,  una novela?

         Eso preguntaba Cervantes, y eso pregunto yo, aunque reformulando la pregunta: ¿hasta un tonto podría escribir una novela?

         Cervantes esperaría que se le dijera que no, que escribir una novela es asunto grave fuera del alcance de un memo. ¡Inocente el maestro! Yo pienso, por el contrario, que la respuesta es muy diferente, y sostengo que hasta un tonto puede escribir una novela. Claro, que depende de lo que se entienda por novela.

         Conocí a un obrero de Renfe iletrado y pesaroso por no haber tenido oportunidad de estudiar, aunque contaba con ciertas lecturas pues se jactaba de haber leído Madame Bobary. Lo cierto es que el personaje de mi ejemplo podría haber sido un pescador, un albañil o un arquitecto, no se ofendan las lumbreras de vía ancha.  Este hombre de Dios, digno y bueno, escribió una novela cuando se jubiló. Descubrió que con paciencia podía juntar palabras, con tesón frases, con ánimo rellenar páginas, con resolución formar capítulos y con voluntad a prueba de bomba componer un relato y ponerle el "fin" en la última hoja.

         Fue feliz. Tal heroicidad no la había logrado nadie en su familia, ni su padre que fue encofrador, ni su abuelo que era el mejor plantador de lechugas de Bezana, menos por la otra rama, que eran médicos, arquitectos y hasta hubo uno que controló la contratación de todos los limpiabotas de Santander. Era un héroe. Un Supermán. Y tenía toda la razón al pensar así, si se comparaba con sus antepasados.

         Además, por aquellos tiempos no se sabía qué cosa eran los correctores ortográficos, con los que habría sido feliz. Vino a mí para que le corrigiera el escrito, ¡madre del amor hermoso!, y me rogó que lo hiciera rápido porque tenía previsto escribir la vida de su abuelo, que participó en la Guerra de Cuba, novela que, según él, le daría dinero y lo reconocería como un nuevo Galdós, aunque con más mérito porque él era un genio salido del barro. Pobre Migueluco, pues así se llamaba el ilustre.

         Como Migueluco hay hoy cientos, miles, más escritores que lectores. Por la superficie del mar literario, las editoriales mercantiles publican bazofia que, muchas veces, parece escrita por Miguelucos venidos a más. Y bajo ella, el mundo de la autoedición es una corriente sin fondo que linda con las fosas abisales de los océanos.

         Lo anterior, sin contar con la inteligencia artificial, tan a mano del memo para darle ideas, estructurar relatos y hasta para escribírselos. Ya no necesitará Migueluco llamar a mi puerta y pasar la vergüenza de darme el escrito para que se lo corrija y ponga haches en los habías y le subraye los "pienso de que".

         Conocí a otro que tras seguir los pasos de Migueluco publicó un único libro que fue exitoso en Ámazon ─aunque no sobre su abuelo─ al que tituló: "Técnica Literaria para escritores novatos". Arrasó porque el hombre era un excelente postulador de "likes" y daba la tabarra a todo Cristo para posicionarse. Con tal bagaje literario, terminó por montar un taller de escritura. No pasaba de los veinticinco años, y lo cierto fue que vivió de ello. No sé ahora, pues le he perdido la pista. La última vez que supe de él fue porque el Ayuntamiento de Santander  lo contrató para dar un curso sobre el arte de escribir en una actividad alternativa dedicada a la juventud, aunque su fichaje se debió, según escuché, a su condición de joven que habla a jóvenes, más que por su valía literaria que, como es lógico y natural, a la Administración le importaba un bledo.

         Y es que, en el fondo, muchos piensan que la literatura es para divertir, un mero entretenimiento, un arte al alcance de cualquier lelo, en fin, no más difícil que hinchar un perro y que coser y cantar al tiempo.

         Pero no. La literatura es otra cosa. Es un arte y, de paso, la actividad más racional del ser humano. Leer y escribir son caras de la misma moneda. A la literatura se ha de llegar leído y estudiado, pues en ella nada se aprende. Y, para remate, leer es difícil pero para escribir se requiere, además, una condición especial: la intuición literaria, que se tiene o no se tiene.

         La literatura es un arte, no un divertimento. Los cuadros de Goya, del Museo del Prado gustan ─en mi juventud pasaba las horas muertas contemplándolos─ o aterran, generan sensaciones, pero un pintor que los mire pondrá el ojo en lugares muy distintos del aficionado. De la misma manera, el escritor ha de leer, sí, pero buscando el detalle, el cómo pudo hacerse aquello, en descubrir la técnica en definitiva. ¡Hombre, así no se disfruta!, dirán. Bueno, cada uno puede disfrutar con lo que quiera, con la contemplación de un lapicero si se desea, pero si se es pintor deberá captar el trazo, el color, la intensidad, el detalle.

         Mira, Migueluco, olvídate de disfrutar, que para eso está el buen sexo, o la tele. En Madame Bobary deberás fijarte en el cómo Flaubert trabajaba el estilo libre indirecto, el enfoque, la estructura, el tema de fondo y en mil detalles narrativos, ¿lo entiendes?

         Y es que, si se quiere pasear uno por la literatura, ha de salir de casa desayunado y con las necesidades hechas. Es decir, ha de llegar estudiado y aprendido a sus calles. Porque, repito, la literatura no enseña nada. ¡Pero qué dice este hombre!

         Pues no, amable dama de club de lectura, nada de nada. Eso sí, si lo que se pretende es pasar un buen rato con las amigas como las antiguas señoras postulantes de la Cruz Roja, un club de lectura es excelente lugar, y hablo de señoras porque ellas son las que, gracias a los dioses, siguen leyendo y poblando tales antros, más que los varones, a los que si se les pregunta suelen decir con cara de circunstancia: bueno, yo sí que leía ficciones de crío, pero ahora soy más serio, vivo más preocupado por lo real, ¿verdad?, ahora sólo leo libros técnicos. ¿Qué quieres decir, macho, que la ficción es como una masturbación, que prefieres el sexo como Dios manda, que eso es lo único que te satisface? Te falta afirmar que leer novelitas es cosa de mujeres.

         El arte de la literatura es complejo. Escribir, un duro oficio que ha de aprenderse. El escritor ha de conocer, ha de estudiar y mucho. Un manual de retórica debe acostarse con él todos los días, guardado bajo la almohada. ¿Sería concebible un pintor que no supiera nada de la mezcla de colores?, ¿se puede concebir un escritor que no diferencie entre metáforas de primer y segundo grado?, ¿es fácil hinchar un perro?

         No quiero decir que ha de saberse tanto como un catedrático de literatura comparada de la universidad de Vigo, por ejemplo, y sin ánimo de ofender, pero sí saber cuanto más mejor. No hace falta ser catedrático para escribir, pero sí conocer el oficio.

         Eso sí, antes de echar mano al teclado del ordenador, donde las letras corren como galgos, ha de saber el aprendiz que sus conocimientos no lo son todo, aunque sean imprescindibles, que se precisa intuición literaria, como para interpretar bien la música es necesaria intuición musical. Catedráticos hay que escriben ficción de pena y que ninguno se dé por aludido.

         La capacidad de ver la imagen dentro de la columna de mármol no está al alcance de todos. ¿Verdad que si le dicen a uno esto en un taller de técnica el primer día lo normal es salir corriendo? Pues eso hacía algún "profesor literarioso" de técnica que conozco, que no formaba grupo nunca y tuvo que darse de baja del Colegio Profesional por falta de clientes. Esto de los talleres es un mundo del que ya hablaremos.

         Y, para concluir esta tontería que empezó en un dicho del siglo XVI, terminemos con una reflexión sobre los referentes.

         ¿Cuánto vale mi obra? ¿Soy bueno o malo? ¿Dónde se situaría mi trabajo en comparación con las gentes que publican y son leídos por todos, que tienen éxito?

         Flaubert estaba obsesionado con estas preguntas y se las planteaba con frecuencia a su novia parisina, la también escritora Colette ─su correspondencia con Gustave no tiene desperdicio, muy recomendable─ porque las dudas que lo asaltaban sobre su calidad literaria eran insuperables. Preocupación vana. Yo le habría dado la solución y, ¡qué caramba!, la voy a decir ahora, aunque al pobre Gustave ya no le aproveche.

         Los contemporáneos ─salvo que alguno despunte notablemente─ no deben existir. Los escritores que publican y tienen éxito en la industria cultural no cuentan, ni siquiera hay que aprender sus nombres, menos leer sus obras, no es literatura lo que escriben, es un subproducto para contentar al vulgo. ¿Quiere esto decir que no han de buscarse puntos de referencia?

         Todo lo contrario. Es imprescindible contar con modelos a alcanzar con los que compararse, pero estos han de ser genios. Si te comparas con Cervantes conocerás tu lugar en el mundo de la literatura. Un genio es el que innova, el que aporta algo al caudal literario, en lo tocante a la forma y al contenido de sus textos.

         Pero, ¡es tan difícil crear algo nuevo! La verdad, desde el Quijote, donde se guardan todas las estrellas del cielo y todas las arenas del mar, la genialidad es una rara ave.

         ¿Quiere esto decir que no hay que escribir, total para qué, si nunca alcanzarás a Cervantes? Hombre, lo de Cervantes es una forma de hablar, ¿todo habrá que decirlo?

         Busca tus referentes. Los míos, por ejemplo, son... pero no, quizá esto me lo guardo... Eso es, busca los tuyos y procura, dentro de tus posibilidades, aportar algo al estilo que ellos, tus "estudiados" autores, crearon y que tanto te ha influido, aunque tu aportación sea humilde, el trazado del rabo de las aes, por ejemplo.

         Hay que contar con autores de referencia en plantilla. Hay que estudiar mucho. Hay que procurar dar un salto hacia la originalidad desde las plataformas técnicas a que lo escrito por tus maestros te elevaron. A los exitosos escritores de hoy día, algunos hasta académicos, ni caso. Eso sí, no te comerás un rosco, económicamente hablando quiero decir; y de renombre, chico, nada de nada. Deberás elegir tu camino, escritor jovenzuelo o vejete recién jubilado.

         Por cierto, ¿has leído ya el Quijote? ¿No? ¿Y te atreves a escribir sobre las aventuras de tu bisabuelo que participó en la guerra de Cuba? Me parece, Migueluco, que no tienes remedio.

miércoles, 6 de agosto de 2025

TODO COMENZÓ CON EL CARTÓGRAFO DE LA REINA

 


 

En un principio sólo era curiosidad, soledad y lectura. Y de la lectura nació la escritura, y creé, y vi que era bueno, y descansé. Comprobé lo gratificante que resultaba ser dios creador de la propia obra y me maravillé ante el espectáculo del submundo nacido de la nada. Era mi hija y me importaba un bledo que la gente me dijera que era una monstruosidad. ¿Pero no ve, alma de cántaro, que tiene dos cabezas y un sólo ojo en la frente? Lo que usted quiera, pero es mi hija. En fin, esto le pasa a cualquier autor, ¿no es cierto?

         La historia comenzó como un reto personal. ¿Sería capaz de escribir una novela? Me decidí a ello. Total, con una frase se hace un párrafo, y con varios párrafos una página, y con varias páginas un capítulo y, andando, andando, capítulo a capítulo, una novela. No es difícil, me dije, sólo hay que ser constante. Además, he de confesarlo, también pensé que con ella, quizá, pudiera ganar tanto dinero como fama y tanta fama como dineros. ¿Esto le suena a alguien? La verdad, por el simple hecho de escribir novelas se muestra cierto desequilibrio mental. Los sanos nunca escriben.

         Así las cosas, llegó la segunda pregunta: ¿sobre qué escribir? Acababa de leer la obra de Antonio Ballesteros Bareta, el historiador que con más detalle trataba la vida de Juan de la Cosa. En ella se sostenía que este cartógrafo había sido hombre de confianza de la reina Isabel en la armada colombina y, en cierto modo, su espía. Tenía fresca también la obra de Patric Heers, Colón, en la que se narraba la extraordinaria influencia de genoveses y florentinos en la España isabelina. Por último, me basé en ciertas obras de la Universidad de Cádiz, en las que se sostenía que el derrotero de la flota, en el primer viaje, era muy diferente al que han sostenido las fuentes, por el paralelo de Canarias; al contrario, hubieron de arriesgarse en aguas portuguesas y bajar hasta las islas de Cabo Verde para tomar allí los vientos que los llevarían al Caribe, justo como lo hace actualmente la Regata Juan de la Cosa que parte todos los años de San Lucar.

         Con estos mimbres y chupando en todo momento rueda de la Historia, me lancé a la aventura de componer «El Cartógrafo de la Reina». Y lo logré en un tiempo prudencial, un año y medio. Dividí el material que tenía en dos partes: uno de infancia, «Las Rutas del Norte», y otro de madurez, «El Cartógrafo», propiamente dicho. Quedé muy a gusto tras redactarla, pero, claro, pasados los años, fui consciente de que en mis dos primeras novelas había muchos fallos, todo un catálogo de ellos. Eran propios de un novato, por supuesto. Sin embargo, la obra resultó competitiva dentro del mundo de la novela histórica, donde los fallos de mi Cartógrafo eran virtud y la mediocridad el modelo a seguir.

         El primero fue el intento de embutir la enorme cantidad de conocimientos que tenía sobre la materia que trabajaba en una trama, lo que resultaba tan absurdo como querer aprisionar al Quijote en un dedal.

         El segundo vicio, al que llamé "capitantruenismo", consistía en generar una trepidancia en la acción que la hacía, de por sí inverosímil literariamente hablando porque, en la realidad, la vida del Cartógrafo fue propia de una novela de aventuras. Pero, ¡ay, amigo!, no sabía entonces que la realidad nunca es verosímil del todo. Hace gracia cuando te dicen: oye, tú que eres escritor, te voy a contar una historia alucinante, que es para una novela. Uno se sonríe, ¿cómo explicar al noble bruto que dice tal memez, que cuanto más lunática sea la realidad, menos digerible es literariamente hablando?

         El tercer fallo estaba en intentar seguir una cronología lineal, con diferentes escenarios, y muy dilatada en el tiempo, salpicada de acciones variopintas, rápidas e interminables, como hacen los niños de ocho años cuando juegan: ¿y ahora va y el chico hace esto, y luego viene la chica y lo mata, y luego lo persiguen, y salta, y corre, y se muere, y vuelta a empezar! Una locura, un infantilismo narrativo digno de figurar en el catón de la retórica.

         Con tanto dato, tanta trepidancia y una línea del tiempo más larga que el transiberiano, quedó una novela mediocre, aunque ha sido la más leída por un público muy friky de los viajes de descubrimiento. Además, fue publicada al socaire del Quincentenario.

         Encima, puse a la reina Isabel muy bien, como toda una heroína, con ideas claras sobre las oportunidades que brindaban las Indias. Me salió así a consecuencia de la trama rocambolesca que tracé, que me impuso personajes raros y situaciones demenciadas. En realidad, la señora me caía muy mal.

         Todo esto lo solucioné en la tercera entrega: «El Mapa Perdido», pero no por casualidad, sino porque me había empapado de la Nueva Novela Histórica Hispano Americana, en especial de Fernando del Paso y su obra «Noticias del Imperio», con todo lo cual quedé trastornado y, vuelto el juicio, volteé también la cadencia de mi narrativa.

         Descubrí que si escribía varias novelas con diferentes tiempos, espacios y personajes que trataran sobre el igual tema, podría ofrecer una visión caleidoscopia del mismo, superar la lacra del capitantruenismo y no caer en secuencias de acontecimientos amorcilladas de tan intensas. La contrapartida era el mucho trabajo que eso suponía, pero solía acostarme como las gallinas, madrugaba al alba del alba y, tras poner las calles y tomarme un café, dedicaba cinco horas a escribir de seguido. ¿Mucho trabajo?, ¡ahí me las den todas!, y, la verdad es que cundió el tiempo.

         Además, me regalaron mis lectores dos reparos: ¡oye, cómo es posible que tú, un gastrónomo, no hayas tratado el tema en la obra!, y otra: ¿No has puesto muy bien a la reina Isabel? La verdad, dijeron, parece un hada madrina. Tenían razón y enmendé los dos aspectos: introduje escenas proteicas y le puse a la reina como chupa de dómine, con lo que logré dibujar un personaje único: la mala de la película.

         A partir del «Mapa Perdido», mi narrativa cambió, introduje la técnica de la fragmentación que me acompañó durante todas mis creaciones y que culminó en «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro». Si una técnica define mi obra es, precisamente, la de la fragmentación, gracias a la cual escribí muy relajado y tuve tiempo y ocasión para usar todas las técnicas narrativas posibles y de salpimentar con trazos líricos mi prosa.

         Una de las partes de «El Mapa Perdido», era «El dado de marfil», donde presenté a un personaje, Pedro de Jado ─curioso nombre, igual al del alcalde de mi pueblo, aunque fue histórico─ que se suicidó mediante un procedimiento extraño: murió comiendo, de hartura, reventado. ¿No recuerda Le Grand Bouffet?

         Otra de las piezas «La Galera de Zamba» fue una oportunidad para sostener la tesis de que la contradicción entre leyenda negra y leyenda rosa era una pantomima argumental, que el factor determinante de aquella historia era la fiebre del oro, que llevó a cometer a los españoles las peores fechorías y las máximas heroicidades, dos caras de una misma moneda. A ver si resulta que porque los ingleses lo hicieran igual o peor, nuestros antepasados tenían que ser, necesariamente, monjitas de la caridad, o prevalecer el derecho público ─sobre el papel─ de la Escuela de Salamanca. ¡Venga ya!

         En cualquier caso, mantuve en todas mis novelas, una idea muy clara: la literatura ha de desarrollarse en un marco de enfrentamiento dialéctico de ideas. Por eso, siempre escribí novelas de tesis, que planteé, en contraposición a ciertas corrientes tenidas por oficiales.

         Resultó un placer casi erótico sabotear la Historia. Y lo hice cuanto pude sin ruborizarme, y consideré como medio literatos a los autores que sólo se dedican a describir una época histórica, como para babear con ella. Suele ser gente a la que le gusta mucho el cine histórico, y verse paseando por las calles del pasado. De verdad, recomiendo a los lectores de esas novelas que nada aportan, repeticiones de repeticiones, descripciones históricas sobre las hechas por otros, que se dediquen a ver cine, mucho más económico en tiempo y esfuerzo. La auténtica novela histórica ha de ser de tesis, y de tesis contraria a la oficial. Debe aportar algo nuevo. En este sentido, hasta «El Cartógrafo de la Reina» y su precuela «Las Rutas del Norte», fueron, pese a sus defectos, novelas de tesis. En una se discute la grandeza de colón y la ruta seguida en derechura desde Canarias, y en la segunda se juega con la posibilidad de que los vizcaínos, la gente del norte, alcanzara América por Terranova tiempo antes, mientras perseguían a las ballenas.

         Luego vino todo lo demás, como en la lujuria, que tras el primer beso llega el resto. ¡Cuidado, hija, mucho cuidado con dejar que te bese un muchacho, pues después de eso llega todo! ¿Qué todo? ¿Quedaré preñada por un besito, mamá? La madre, por supuesto, se hizo la tonta. Pero sí, yo quedé preñado de la literatura y, desde entonces mi facundia no ha dejado de parir. Es lo que tiene madrugar mucho.

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...