Eso de "hinchar un perro" es una bromita macabra, un chiste malo que era habitual en el Siglo de Oro en España. Consistía en introducir a un chucho un canuto por salva sea la parte y soplar hasta hincharlo. Se referían a una actividad carente de sentido, a una crueldad impracticable, a una tontería fácil de hacer, como todas las tonterías imposibles. Se podría decir: esto es más fácil que hinchar un perro, memez que se consideraba el extremo de lo sencillo y de lo ridículo. Ahora diríamos que tal o cual actividad es tan fácil como coser y cantar.
Viene la frase a cuento de que Miguel de Cervantes, en el
prólogo a la segunda parte del Quijote colgó una pregunta: «¿es fácil hinchar
un perro?, ¿es fácil escribir un libro?» Lo que traducido al español de hogaño
querría decir: ¿está chupado escribir un libro,
una novela?
Eso preguntaba Cervantes, y eso pregunto yo, aunque
reformulando la pregunta: ¿hasta un tonto podría escribir una novela?
Cervantes esperaría que se le dijera que no, que escribir
una novela es asunto grave fuera del alcance de un memo. ¡Inocente el maestro!
Yo pienso, por el contrario, que la respuesta es muy diferente, y sostengo que
hasta un tonto puede escribir una novela. Claro, que depende de lo que se
entienda por novela.
Conocí a un obrero de Renfe iletrado y pesaroso por no haber
tenido oportunidad de estudiar, aunque contaba con ciertas lecturas pues se
jactaba de haber leído Madame Bobary. Lo cierto es que el personaje de mi
ejemplo podría haber sido un pescador, un albañil o un arquitecto, no se
ofendan las lumbreras de vía ancha. Este
hombre de Dios, digno y bueno, escribió una novela cuando se jubiló. Descubrió
que con paciencia podía juntar palabras, con tesón frases, con ánimo rellenar
páginas, con resolución formar capítulos y con voluntad a prueba de bomba
componer un relato y ponerle el "fin" en la última hoja.
Fue feliz. Tal heroicidad no la había logrado nadie en su
familia, ni su padre que fue encofrador, ni su abuelo que era el mejor
plantador de lechugas de Bezana, menos por la otra rama, que eran médicos,
arquitectos y hasta hubo uno que controló la contratación de todos los
limpiabotas de Santander. Era un héroe. Un Supermán. Y tenía toda la razón al
pensar así, si se comparaba con sus antepasados.
Además, por aquellos tiempos no se sabía qué cosa eran los
correctores ortográficos, con los que habría sido feliz. Vino a mí para que le
corrigiera el escrito, ¡madre del amor hermoso!, y me rogó que lo hiciera
rápido porque tenía previsto escribir la vida de su abuelo, que participó en la
Guerra de Cuba, novela que, según él, le daría dinero y lo reconocería como un
nuevo Galdós, aunque con más mérito porque él era un genio salido del barro. Pobre
Migueluco, pues así se llamaba el ilustre.
Como Migueluco hay hoy cientos, miles, más escritores que
lectores. Por la superficie del mar literario, las editoriales mercantiles
publican bazofia que, muchas veces, parece escrita por Miguelucos venidos a más.
Y bajo ella, el mundo de la autoedición es una corriente sin fondo que linda
con las fosas abisales de los océanos.
Lo anterior, sin contar con la inteligencia artificial, tan
a mano del memo para darle ideas, estructurar relatos y hasta para escribírselos.
Ya no necesitará Migueluco llamar a mi puerta y pasar la vergüenza de darme el
escrito para que se lo corrija y ponga haches en los habías y le subraye los
"pienso de que".
Conocí a otro que tras seguir los pasos de Migueluco publicó
un único libro que fue exitoso en Ámazon ─aunque no sobre su abuelo─ al que
tituló: "Técnica Literaria para escritores novatos". Arrasó porque el
hombre era un excelente postulador de "likes" y daba la tabarra a
todo Cristo para posicionarse. Con tal bagaje literario, terminó por montar un
taller de escritura. No pasaba de los veinticinco años, y lo cierto fue que vivió
de ello. No sé ahora, pues le he perdido la pista. La última vez que supe de él
fue porque el Ayuntamiento de Santander
lo contrató para dar un curso sobre el arte de escribir en una actividad
alternativa dedicada a la juventud, aunque
su fichaje se debió, según escuché, a su condición de joven que habla a
jóvenes, más que por su valía literaria que, como es lógico y natural, a la
Administración le importaba un bledo.
Y es que, en el fondo, muchos piensan que la literatura es
para divertir, un mero entretenimiento, un arte al alcance de cualquier lelo,
en fin, no más difícil que hinchar un perro y que coser y cantar al tiempo.
Pero no. La literatura es otra cosa. Es un arte y, de paso,
la actividad más racional del ser humano. Leer y escribir son caras de la misma
moneda. A la literatura se ha de llegar leído y estudiado, pues en ella nada se
aprende. Y, para remate, leer es difícil pero para escribir se requiere,
además, una condición especial: la intuición literaria, que se tiene o no se
tiene.
La literatura es un arte, no un divertimento. Los cuadros de
Goya, del Museo del Prado gustan ─en mi juventud pasaba las horas muertas
contemplándolos─ o aterran, generan sensaciones, pero un pintor que los mire
pondrá el ojo en lugares muy distintos del aficionado. De la misma manera, el
escritor ha de leer, sí, pero buscando el detalle, el cómo pudo hacerse
aquello, en descubrir la técnica en definitiva. ¡Hombre, así no se disfruta!,
dirán. Bueno, cada uno puede disfrutar con lo que quiera, con la contemplación
de un lapicero si se desea, pero si se es pintor deberá captar el trazo, el
color, la intensidad, el detalle.
Mira, Migueluco, olvídate de disfrutar, que para eso está el
buen sexo, o la tele. En Madame Bobary deberás fijarte en el cómo Flaubert
trabajaba el estilo libre indirecto, el enfoque, la estructura, el tema de
fondo y en mil detalles narrativos, ¿lo entiendes?
Y es que, si se quiere pasear uno por la literatura, ha de
salir de casa desayunado y con las necesidades hechas. Es decir, ha de llegar
estudiado y aprendido a sus calles. Porque, repito, la literatura no enseña
nada. ¡Pero qué dice este hombre!
Pues no, amable dama de club de lectura, nada de nada. Eso
sí, si lo que se pretende es pasar un buen rato con las amigas como las
antiguas señoras postulantes de la Cruz Roja, un club de lectura es excelente
lugar, y hablo de señoras porque ellas son las que, gracias a los dioses,
siguen leyendo y poblando tales antros, más que los varones, a los que si se
les pregunta suelen decir con cara de circunstancia: bueno, yo sí que leía
ficciones de crío, pero ahora soy más serio, vivo más preocupado por lo real,
¿verdad?, ahora sólo leo libros técnicos. ¿Qué quieres decir, macho, que la
ficción es como una masturbación, que prefieres el sexo como Dios manda, que
eso es lo único que te satisface? Te falta afirmar que leer novelitas es cosa
de mujeres.
El arte de la literatura es complejo. Escribir, un duro
oficio que ha de aprenderse. El escritor ha de conocer, ha de estudiar y mucho.
Un manual de retórica debe acostarse con él todos los días, guardado bajo la
almohada. ¿Sería concebible un pintor que no supiera nada de la mezcla de
colores?, ¿se puede concebir un escritor que no diferencie entre metáforas de
primer y segundo grado?, ¿es fácil hinchar un perro?
No quiero decir que ha de saberse tanto como un catedrático
de literatura comparada de la universidad de Vigo, por ejemplo, y sin ánimo de
ofender, pero sí saber cuanto más mejor. No hace falta ser catedrático para
escribir, pero sí conocer el oficio.
Eso sí, antes de echar mano al teclado del ordenador, donde
las letras corren como galgos, ha de saber el aprendiz que sus conocimientos no
lo son todo, aunque sean imprescindibles, que se precisa intuición literaria,
como para interpretar bien la música es necesaria intuición musical. Catedráticos
hay que escriben ficción de pena y que ninguno se dé por aludido.
La capacidad de ver la imagen dentro de la columna de mármol
no está al alcance de todos. ¿Verdad que si le dicen a uno esto en un taller de
técnica el primer día lo normal es salir corriendo? Pues eso hacía algún
"profesor literarioso" de técnica que conozco, que no formaba grupo
nunca y tuvo que darse de baja del Colegio Profesional por falta de clientes.
Esto de los talleres es un mundo del que ya hablaremos.
Y, para concluir esta tontería que empezó en un dicho del
siglo XVI, terminemos con una reflexión sobre los referentes.
¿Cuánto vale mi obra? ¿Soy bueno o malo? ¿Dónde se situaría
mi trabajo en comparación con las gentes que publican y son leídos por todos,
que tienen éxito?
Flaubert estaba obsesionado con estas preguntas y se las
planteaba con frecuencia a su novia parisina, la también escritora Colette ─su
correspondencia con Gustave no tiene desperdicio, muy recomendable─ porque las
dudas que lo asaltaban sobre su calidad literaria eran insuperables.
Preocupación vana. Yo le habría dado la solución y, ¡qué caramba!, la voy a
decir ahora, aunque al pobre Gustave ya no le aproveche.
Los contemporáneos ─salvo que alguno despunte notablemente─
no deben existir. Los escritores que publican y tienen éxito en la industria
cultural no cuentan, ni siquiera hay que aprender sus nombres, menos leer sus
obras, no es literatura lo que escriben, es un subproducto para contentar al
vulgo. ¿Quiere esto decir que no han de buscarse puntos de referencia?
Todo lo contrario. Es imprescindible contar con modelos a
alcanzar con los que compararse, pero estos han de ser genios. Si te comparas
con Cervantes conocerás tu lugar en el mundo de la literatura. Un genio es el
que innova, el que aporta algo al caudal literario, en lo tocante a la forma y
al contenido de sus textos.
Pero, ¡es tan difícil crear algo nuevo! La verdad, desde el
Quijote, donde se guardan todas las estrellas del cielo y todas las arenas del
mar, la genialidad es una rara ave.
¿Quiere esto decir que no hay que escribir, total para qué,
si nunca alcanzarás a Cervantes? Hombre, lo de Cervantes es una forma de hablar,
¿todo habrá que decirlo?
Busca tus referentes. Los míos, por ejemplo, son... pero no,
quizá esto me lo guardo... Eso es, busca los tuyos y procura, dentro de tus
posibilidades, aportar algo al estilo que ellos, tus "estudiados"
autores, crearon y que tanto te ha influido, aunque tu aportación sea humilde,
el trazado del rabo de las aes, por ejemplo.
Hay que contar con autores de referencia en plantilla. Hay
que estudiar mucho. Hay que procurar dar un salto hacia la originalidad desde
las plataformas técnicas a que lo escrito por tus maestros te elevaron. A los
exitosos escritores de hoy día, algunos hasta académicos, ni caso. Eso sí, no
te comerás un rosco, económicamente hablando quiero decir; y de renombre,
chico, nada de nada. Deberás elegir tu camino, escritor jovenzuelo o vejete
recién jubilado.
Por cierto, ¿has leído ya el Quijote? ¿No? ¿Y te atreves a
escribir sobre las aventuras de tu bisabuelo que participó en la guerra de
Cuba? Me parece, Migueluco, que no tienes remedio.

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