domingo, 17 de agosto de 2025

LAS GUERRAS CÁNTABRAS INTERMINABLES


Coronoego, el jefe joven ─que no Corocotta, el jefe viejo─, tiene un sueño en el que se le revela que dirigirá la guerra contra los romanos y que las rebeliones de cántabros serán interminables.

Seguiremos hablando de esto en Los Corrales, el día 29 de agosto, viernes, a las 7, en la campa "Tierra Sagrada", donde se presentará «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro».

TOMO 3, pg. 142

«Pero debes saber, joven Coronoego, continúa el dios, que dos años después de tu muerte, una postrera rebelión saldrá a la luz y que, posiblemente pasados doscientos años vendrá otra, y otra transcurridos dos mil más, y otra nueva dos mil doscientos más adelante, porque tú, héroe sin nombre, que, muy probablemente ni siquiera pasarás a la historia salvo como personaje de ficción, tú que eres sin embargo real como las piedras, te enquistarás en el pueblo que pise estas rocas. Ellas gritarán bajo los pies de los caminantes y contarán tu historia. Y, como quienes escuchen sus discursos también llevarán cadenas en manos y pies, conocedores de vuestro glorioso final, las romperán en silencio y, en silencio también, acabarán con las guarniciones que habrán cercenado sus creencias y su historia. Por último, acompañados por la furia del tejo, por la potencia del roble, por el desfilar armónico de los chopos, por formaciones de fresnos, por legiones de tilos y por interminables líneas de bardales, los nuevos cántabros escucharán caer sobre el enemigo la ronca lluvia de amenazas graznada por las grandes rapaces, por las diosas inmortales: por Deva, la que habla con los hombres; por Epona, la que habla con los animales y por Madre Cantabria, la que habla con las piedras, porque, Coronoego, las Guerras contra Augusto aún no habrán terminado milenios después de tu muerte, y trazas hay de que no terminen nunca, aunque no haya ningún Tito Livio, historiador a sueldo, que las recree, pues, según todos los opresores que han sido y serán, la heroicidad del pueblo es un pésimo ejemplo para las generaciones futuras. ¿Hemos sido derrotados?... ¡No importa, mañana venceremos!».

 

miércoles, 13 de agosto de 2025

LOS TRES ELEMENTOS DE LA OBRA LITERARIA



       Respondo aquí a una cuestión que me han hecho en privado: cómo construir una obra literaria. ¡Caramba con la preguntita! La respuesta más directa es: ¡pues no tengo ni pajolera idea! Pero, bueno, voy a decir algo, que no es sino poner una boya en alta mar, a ver si me sale:

         Cada maestrillo tiene su librillo. Los grandes estudiosos ponen nombre a sus lucubraciones. Los catedráticos de literatura usan su vocabulario de jerga. Yo, que no tengo la memoria en el mejor de sus momentos, compongo mi "vocabulario técnico" de andar por casa para entenderme conmigo mismo, que es para quien escribo. Ha de ponerse siempre nombre a las cosas y, en especial, a las ideas.

         Creo que cualquier obra literaria se compone de tres elementos que yo llamo: tema, retórica y peripecia.

         También podrían llamarse: contenido material, contenido formal y diégesis; también: fondo, forma y argumento; también: lo que se cuenta, cómo se cuenta y el guión, o fondo, forma y trama. Lo importante es que se den los tres husos para servir hilo al escritor, y que con él, nacido en los tres carretes narrativos pueda este componer el tejido, bien trenzados los elementos, entremezclados en un todo inseparable.

         Podrán identificarse las piezas, podrá decirse que tal frase, tal párrafo o tal parte de la tela esté relacionada con el tema, tal otra con la retórica y aquella con la peripecia, pero nunca podrán separarse. Compondrán un calabrote, una maroma de tres cuerdas trenzadas, entreveradas, imbricadas, nunca sueltas, siempre relacionadas.

         Vayamos con el TEMA. En este carrete, el escritor ha de incluir el material que desea contar. Quiere, por ejemplo, hablar de la "educación de género dirigida a adolescentes", un tema como otro cualquiera. Se le abren al autor dos sendas: contar lo que sucede en los institutos, en plan muy descriptivo y enumerativo, con lo que aburriría a las piedras, o buscar la polémica, es decir, romper moldes, expresar lo no expresado aún.

         Por ejemplo: puede sostener una idea contraria a los cánones ideológicos habituales, como que los profesores estén especializados en chicos unos, en chicas otras, en una educación sexual diferenciada por sexos, de manera que sean profesoras las que dirijan a las chicas y profesores a los chicos, lo que no es incompatible con encuentros cruzados para fomentar el debate. Esta idea no es nueva, ya fue aplicada con aprovechamiento para la formación de la conciencia de colaboración entre sexos en las poblaciones kurdas del norte de Siria, en la que se ha dado en llamar Revolución de Rojava, pero la traigo aquí a título de mero ejemplo, no para discutir el tema.

         Son los dos caminos que tiene el escritor: uno el de describir, contar, pintar lo que ya existe, lo que está al alcance de todos en los institutos, las tediosas clases con lenguajes orwelianos de fabricación bien pensante, lo normal; otro camino es el de generar polémica, buscar el debate, sostener una tesis, enfrentarse a ideas preconcebidas en formato dialéctico.

         Lo primero es sencillo, pero aburre. Lo segundo es complejo y arriesgado, pero puede servir para algo y, además, tocará la fibra íntima del lector.  

         En fin, que no basta con elegir un tema: voy a hablar de los vikingos porque me gustan mucho sus cuernos. No, en literatura ha de buscarse algo novedoso. Si no lo tienes, si no dispones de una tesis original que plantear, por mucho que te guste el ambiente, por ejemplo de romanos romanetes, y seas feliz mientras paseas por el foro, no estás haciendo literatura, estás pintando monas.

         La literatura ha de ser de tesis, polémica, rompedora; de lo contrario no aporta nada a lo ya escrito. No es fácil ser original, lo sé... Bueno, pues no lo seas, pero jamás aburras al lector con los temas que te embelesan, porque a la hora de babear todos lo hacemos a nuestra manera.

         El problema radica en que el escritor que ha logrado aislar la tesis que defender frente a todos, puede encontrarse con la censura. Hoy esta no se halla tanto en las prohibiciones expresas como en las tácitas, o incluso en las autocensuras. Como siempre, desde que alguien aprendió a escribir o a cantar poemas, la literatura es censurada y el arte de escribir es el arte de sortear la censura.

         Cervantes tuvo que inventarse una cruzada literaria contra los libros de caballerías para que no lo quemaran, para que su personaje pudiera decir lo que le viniese en gana; eso sí que fue ingenioso. Cuando Flaubert  inventó a Madame Bobary, Quijote femenino de la pequeñoburguesía decimonónica, tuvo que idear un narrador indirecto para que el pensamiento de su heroína fluyera libre, con lo que inventó, nada menos que el estilo libre indirecto y, así y todo, lo procesaron. Torrente Ballester, sacó la Saga Fuga de JB con un estilo tan enrevesado y genial, y tan difícil para un simple, que el censor dijo que no merecía la pena ni analizar tal sandez, y pasó la obra el trámite por silencio administrativo.

         Claro que si, según nuestro ejemplo, te vas a enfrentar con los protocolos de educación de género en la enseñanza media, te van a crucificar antes de dejarte hablar. Pero, este oficio es así. Somos literatos, no pergeñadores de redacciones bonitas.

         La literatura ha de ser de tesis, o no pasará de floripondio. Es un pulso constante para ampliar la libertad humana, siempre acechada por censores y vigilada de cerca por todo poder que se precie.

         Ya tenemos un tema bien polémico: "la educación de género dirigida a adolescentes, que ha de ser separada por sexos para que sea eficaz". Que se prepare tu cuello para tanto lobo como se lanzará a por ti. Tendrás que tomar medidas preventivas.

         ¿Qué RETÓRICA, qué formas literarias se deberán utilizar para vestir al santo y para que parezca bacalao la pescadilla, para que remonte las quebrantas de la censura?

         Aquí es preciso que el escritor sepa algo de TEORÍA LITERARIA. ¿Qué es eso? Pues sencillamente conocer las figuras retóricas, saber de formas poéticas, conocer los instrumentos del oficio. Un pintor que no sepa mezclar colores, mal asunto. Un músico que no sepa leer partituras no puede componer ni "Los pollitos dicen...". No creo que haya que explicar mucho más sobre esto. La literatura es un arte como la pintura y la música.

         En nuestro ejemplo, quizá convenga que el narrador ─el personaje más importante─ utilice un tono desenfadado, popular, más cercano a los chicos objeto de educación de género. También puede propiciar elementos ambientales que denoten tensión y cierta violencia en las aulas, lo que se plasmará en la forma de describir con tintes fríos, con sonidos estridentes. Los personajes pueden seguir un patrón de comportamiento rudo. El supermercado de la retórica está repleto de productos de camuflaje para utilizar en cada caso; hay que conocer el estante donde se encuentran.

         En fin, el escritor colocará en el carrete de la retórica el instrumental que pretende utilizar, que más le vaya al tema elegido, tan conflictivo.

         La PERIPECIA es el último elemento a considerar. Hay que trazar un plan narrativo: una sucesión de acontecimientos (diégesis) y una organización de los mismos (trama). Es preciso diseñar los personajes: quizá una profesora jovencita que deba hablarles de sexo a chavalonas y chavalones de un barrio marginal. Tendrá que determinar lo que le sucede y cómo le sucede, y cómo se va a contar. También tendrá que decidir cómo lo cuenta, qué va primero en la relación, qué se intercalará. El desarrollo, en fin, de los acontecimientos. Y, como es natural, el autor confeccionará un guión, una escaleta, un esquema para avanzar. Todo esto lo meterá en el carrete que hemos llamado "peripecia".

         Y no tiene que hacer más. Si los tres carretes están bien cargados, bien abastecidos de material narrativo, soltará cada uno su hilo y el escritor, sentado en el telar, tomará uno, lo atará a otro, lo pondrá en el bastidor, lo pasará por la devanadera, lo enlazará, lo resaltará, lo atenuará, lo modulará y con ellos, imbricados unos en otros, bien maridada la forma con el fondo y con el tema, se formará centímetro a centímetro el tejido, párrafo a párrafo la novela.

         Que no se apure el escritor de más. A medida que escriba, a medida que avance la confección de la tela, los mismos elementos narrativos le darán cuenta del relato que, al final, no se parecerá en nada a lo que planeó.

         Eso sí, para hacer este trabajo con solvencia se requieren dos condiciones: una haber vivido mucho, porque la mayor parte de los hilos que utilizamos en este extraño tejido proceden de nuestra experiencia vital, incluso son sombras autobiográficas. ¿Escritores de menos de cincuenta?... Bueno, sí, quizá puedan contarnos algo, no sé, pero a partir de los cincuenta llega la madurez narrativa. De hecho es la edad de las grandes creaciones.

         Hay otra condición. El escritor ha de llevar en sus espaldas muchas lecturas, pero no lecturas amontonadas, a trágala perro, porque yo soy todo un devorador de libros... No, no es esa la idea, ese tipo de lectura aficionada no sirve para el profesional. El escritor ha de leer a los grandes con detenimiento, con el dedo siguiendo la línea si quiere, en voz alta y con paradas para saber cómo este autor, o aquel, cómo los genios han llenado sus carretes: el del tema, el de la retórica, el de la peripecia.

         A este trabajo de investigación y seguimiento se llama CRÍTICA LITERARIA.

martes, 12 de agosto de 2025

¡SANTANDER, LA MARINERA! ¡OH, SANTANDER, MI SANTANDER! CANCIÓN EN PROSA PARA CHEMA PUENTE


 

Ahí estás, mi tierra, mi patria, mi mesa, mi lecho, y aquí, mi pluma que te dibuja al amanecer, como hice tantas alboradas. Ahora, mientras aguardo a que se desate el viento del nordeste que inflará mis velas y me conducirá al oscuro horizonte del futuro, vuelvo hacia ti mi mirada y espero sobre tu cuerpo de leche, como el amante vaciado de vida. ¿Merece tu belleza tanto esfuerzo?, ¿habré idealizado tus contornos?, ¿es tu rostro el de la madre muerta?, ¿quién eres tú, amada, que me has olvidado, como si no existiera? En fin, escribo sobre ti por si alguien puede aprovechar mi experiencia, ¡oh bella, oh cruel, oh espantada e invadida que abortas a tus hijos! ¡Oh Santander, mi Santander!

         En el prodigioso 2017 me publicaron la novela "Santander, la marinera".

         El título me dio problemas con un paisano muy querido, el que inventó la bella canción de igual nombre, Chema Puente, y con sus amigos de Cueto, que con él se solidarizaron por mero compañerismo mimético.

         Ni él ni ellos leyeron la obra, en la que la alabanza a la canción era constante, en la que ponía letra de prosa y músculo poético al himno oficioso de Santander. Si lo hubieran hecho, habrían concluido que era la literatura de fondo que le iba a la canción, como banda en prosa a sus sones, pues son dos ciudades las que describo, la moderna, sosa, aventada, ficticia, uniforme, cafetera, playera, abotagada de tanta gente, pija y pobre de espíritu frente a otra, la arcaica, la abarrotada de chispa, la dicharachera, la cantarina, la popular, la pescadora, la marinera en fin.

         Desconocían ─no tenían por qué saberlo─ que no es plagio utilizar en una obra literaria el título de una canción, o viceversa. Pero, menos en este caso, cuando el motivo de la utilización del popular título tiene la finalidad de, precisamente, ponderarlo, como se indica con cuidado en el exergo de la obra, en el prólogo, en el epílogo y en no pocos pasajes interiores.

         Él y ellos, por desgracia, pensaron que mi intención era aprovecharme del tirón de su obra para lucrarme. Lo que hace desconocer a las personas. ¿Yo, a mi edad, 64 años entonces, pensando en hacerme rico con el sudor y esfuerzo de la fuerza creativa de Chema? ¡Ridículo! ¿No era del género tonto pensar que un don nadie se enriquecería con una obra literaria por aquel entonces?, ¿es que habíamos nacido anteayer? ¡Cuánta imaginación! ¡Ah, si hubieran leído la novela, habrían palpitado con ella!, ¡que se lo digan los que ya la han disfrutado!

         Hace muchos años, tantos que ni en la memoria de los más viejos entre los viejos se guarda la música, hubo una canción que identificaba a Santander, popular, muy similar a la de Puente en su fuerza y empuje. Se titulaba «Voy cargado de tabaco» y fue compuesta no se sabe por quién, pero se cantaba en el bar La Cátedra, de la calle del Medio de Santander hacia finales del siglo XIX. La música se perdió, pero la letra fue recuperada por Esteban Polidura, el periodista callealtero, en los años veinte. Es decir, la literatura salvó el contenido de una canción. Con el tiempo, en el único y exclusivo arranque musical de mi vida, creé la música ─en plan casero y chapucero, claro─, un familiar saxofonista le dio forma acústica y un coro trasmerano la interpretó cien años después de su nacimiento. Humilde éxito, sí, pero indicativo de que música y  literatura se compenetran.

         «¡Has ofendido a uno de nuestros más ilustres paisanos!», sentenciaron los de Cueto, y aplicaron la pena sin dilación: «por eso no queremos que presentes ningún libro en nuestra asociación».

         Cuando recibí el correo electrónico, se amontonaron en mi boca juramentos de bucanero, blasfemias de picador de mina, improperios de pescatera, todo el raquerismo natural guardado por generaciones genéticas en mi ADN,  pero me contuve y callé, y no contesté por respeto a Chema, al que apreciaba, al que no conocía mucho, pero con el que pasé una jornada inolvidable en el pueblo de Escalante, acunada la tristeza por culines de sidra y sones de rabel.

         Ellos, los acólitos, fueron los que me remontaron con su actitud falsamente solidaria y, sobre todo imprudente e inquisitorial. ¿A quién se le ocurre condenar una obra al fuego sin leerla? Hasta el cura y el barbero del Quijote hojeaban los libros de caballería antes de arrojarlos a la hoguera.

         A mí, como santanderino, la canción «Santander, la marinera» me estremeció siempre de la punta del dedo gordo del pie hasta la coronilla. Y, cuando él se marchó, de repente, quedé más triste que los demás. Y fui el primero en ponerme el pañuelo colorado y marchar a las estatuas de los raqueros, y condené la estupidez pija del Ayuntamiento de Santander al no aprobar la oficialidad de su obra como himno de la ciudad, y saldré de nuevo a defender nuestra canción cuando sea preciso, porque habla de nuestra identidad que a nadie pertenece y pertenece a todos, como mi  misma novela, como su obra eterna, paridas ambas en idéntico molde aunque de diferentes padres... Pero, ¡qué desencuentro!, ¡qué tristeza!

         Se marchó sin leer mi novela en la que lo citaba en cada esquina, en la que el salitre se olía cada vez que se volteaba una página, en la que las motoras de los Diez Hermanos runflaban  en pleno agosto con las descripciones, en las que el agua de los raquerillos salpicaba a cada palabra cuando se daban coles de cabeza.

         «¡Oh Santander, mi Santander!», también podría haberla titulado así. A los pijos les habría gustado, seguro, les habría sonado a Walt Whitman, muy como terrible de la muerte, ¿verdad?

         Pero no, quise hacerte un homenaje, Chema Puente, y no podrá nadie evitar que se me enramen los ojos cada vez que escuche la canción de un amigo que me negó el saludo. ¡Qué tristeza al marcharte, qué tristeza! Cuando suena, quedo siempre como un patán sensiblero, pero es sólo porque lo soy. Cuando hay que llorar, se llora, y este es uno de esos momentos. Se me enraman los ojos mientras escribo. Por fortuna, tengo dedos muy rápidos y no se me corta el hilo narrativo.

         En fin, Chema, espéranos allí ─como dejó escrito en una lápida un poeta de Escalante─, en aquella esquina del espacio y del tiempo en la que se cruzan los vientos. No recuerdo las palabras exactas, pero tú me entiendes. En la oscuridad no hay luz, en el silencio no hay palabras, en el frío no hay calor, pero sin luz, sin palabras y sin calor, seguro que encontraremos un momento para charlar y para echar pelillos de calavera a la mar.

         En fin, iba a escribir de técnica literaria, de cómo compuse «Santander, la Marinera», pero se me fue la pluma por lo sentimental. Qué cosa, setentón como soy y no puedo contener las eyaculaciones de mi propia pluma que, cuando se pone, me coloca a cien.

         Otro día hablaré de los trucos que esconde la novela, que no son pocos.

lunes, 11 de agosto de 2025

LA POESÍA COMO EXPRESIÓN MÁXIMA DEL INTELECTO HUMANO.

 


 

Tomad un soneto de Quevedo y dádselo a leer e interpretar a un matemático. Cuando veáis que no logra entender nada de nada, mostradle todas las implicaciones del mismo, los recovecos retóricos, la lucha dialéctica interna, su tensión narrativa, la denuncia implícita, la sutileza de la ironía. Dirá: caramba, nunca supuse que una ristra de palabras pudiera ocultar tantos matices; es como un teorema de formulación inacabable, como un poliedro de caras infinitas.

                ¿Y la prosa?, ¿es más difícil que la poesía? Sobre esto hay muy diversas opiniones. Ambas son manifestaciones del espíritu libre humano y podrían integrarse en la poiesis, término griego del que proviene la palabra poesía y que significa laborar, trabajar, moldear, es el trabajo propio del artesano, del alfarero, del tejedor, del relojero. Un escritor en prosa puede llamarse a sí mismo poeta en este sentido. En el Siglo de Oro los autores se referían a la prosa con la expresión "escritura desatada". La poesía estaba ajustada a reglas, ritmos y sacralidades que le daban valor. Claro que la prosa también podía ser poética, plagada de contenidos líricos. Hoy día ─en términos de literatura de verdad, no de quiosco─, las estructuras líricas tienden a enriquecer la prosa.

                Pero sí, prosa y poesía son dos caras de una misma moneda. Quizá haya aún una tercera cara en una composición monetaria imposible: la del teatro, pero dejémoslo, sería complicar mucho estos conceptos.

                ¿Qué es más difícil?, tornas a preguntarme. Lo difícil es responder a esta pregunta. Yo, por ejemplo, soy escritor en prosa al que se le cuela la poesía en el texto sin que lo pueda remediar, pero incapaz de componer poemas propiamente dichos. No digo que la poesía épica me cueste demasiado, pero la lírica, la que expresa la sutileza del alma humana, me supera. Por ejemplo, entender, disfrutar y declamar poemas como "Vientos del pueblo" de Hernández, es fácil, e incluso componerlos, pero, ¿puede decirse lo mismo del más débil soneto de "El rayo que no cesa", del mismo autor? Salta a la vista que no, que son categorías diferentes.

                Por eso, en "Cantábrica" he introducido un poemario épico. A eso sí me he atrevido. Además con formatos antiguos: sonetos, seguidillas, cuartetos, romances, terceros encadenados y demás parentela. Pero eso es sencillo, un juego. Componer, sin embargo, poesía lírica ni está al alcance de esta pluma, ni el pudor me permite publicar mis poemas, que los tengo, claro que sí. Sería como pasear desnudo por la calle, de verdad. No sé cómo hay tanto poeta que hable de sí mismo parapetado tras supuestos versos. En fin, cada uno hace de su capa un sayo y escribe lo que le da la real gana y aún menos muchas veces, faltaría más.

                Pienso, desde mi ignorancia que escribir poesía es más difícil que escribir prosa. Componer un poema lleva muchas horas de trabajo.

                Decir esto puede que suene a cuento chino a algunos. ¡Pero qué dice este hombre!, ¡A mí me salen a la primera! ¡Es que hay que nacer poeta! ¡Chico, cuando me pongo en plan poético me viene la inspiración sola!

                No digo que no pueda ser así, no sostengo que haya personas a las que los versos les salgan del alma como churros, que lluevan sobre el papel en blanco, justo delante de su pluma, versos embutidos, eso es más que probable pero, ¿estamos hablando de poesía o de ripios ripietes? ¡A ver, oiga, yo soy poeta y muy poeta, no como otros! ¿Cómo se atreve a decir que no paso de ripiador?

                La verdad, sin ánimo de ofender más con estas palabras, creo que todo ser humano es poeta. Todo nacido de mujer piensa, siente, sufre, ama y registra en su interior los más profundos sentimientos que precisan ser expresados. ¡Todos!, no sólo los poetas, que también. ¿Qué te diferencia a ti del resto del mundo, poeta bueno?, ¿tu capacidad lingüística?

                ¡Anda, no me tomes el pelo! Mira, la poesía es la máxima expresión del entendimiento humano, la más perfecta manifestación de capacidad literaria. ¿Y me dices tú que te sale así, sin más, a borbotones porque eres hijo de tu madre, porque la naturaleza te hizo poeta?

                Pero, entendámonos, porque quizá estemos hablando de cosas diferentes. Yo sostengo que la poesía es difícil de componer, no así el "pronto poético". Lo que sucede es que te llega   "pronto" y piensas que eso es la poesía.

                No, hijo, la poesía es elaboración corajuda y minuciosa a partir de ese pronto, es un trabajo de relojería que lleva horas de inclinación sobre el verso, sobre la estrofa, sobre la metáfora, sobre la búsqueda de la composición. Poeta es el herrero que maja en verso frío. Poeta es el relojero que  ha desmontado su pronto poético, su arranque inspirador, que lo ha puesto sobre la mesa, que lo ha objetivado, sacado de sus profundos, que lo desmenuza y lo recompone una y otra vez hasta que considera terminado su trabajo porque ha alcanzado la máxima perfección expresiva, es decir, racional.

                El "pronto" puede declamarse con el alma en la mano. Toma, poeta, tu "pronto" y declámalo con sentimiento. Dirás ¡qué bien me ha quedado! y tu abuela te dirá si te escucha: ¡es que vales mucho, nietuco; es que naciste para esto, nietuca! Pero, siento decirte, poeta consumido más que consumado,  que eso no es poesía, puede ser floritura nada más, y que las abuelas han muerto todas, por desgracia.

                Y te diré más para terminar de rematar el mal café que te producen mis palabras ─ porque no hay ego más subido que el de un poeta─ que para hacer poesía hay que saber mucha literatura. Cuando sales de casa has de procurar hacerlo libre de necesidades mayores o menores, ¿verdad?, duchado y peinado, ¿cierto?, pues para pasear por las calles de la poesía has de dejar tu hogar cargado con una buena mochila de conocimientos. Mira, en este aspecto la poesía es mucho más exigente que la prosa. Prosa puedes componer y, quizá llegues a escribir varios párrafos antes de que descubras que eres un porro, pero en poesía se te nota la ignorancia desde el primer verso, desde la primera palabra. Eso sí, se te transparenta la falta de pudor como en un escaparate. Pero no te apures, este defecto es propio de la ignorancia, y tiene remedio, te lo aseguro.

                Dicho lo anterior y sin desdecirme, es conveniente afirmar que hay personas con una especial intuición poética. Son escritores que componen sus poemas y los suben a Facebook, por ejemplo, y en ellos se aprecia una sorprendente capacidad expresiva, pero que se han precipitado en mostrar una obra que requeriría más trabajo. Da pena ver que con un poco más de labor relojera, esa parte de la composición literaria que cuesta, que ha de hacerse sobre el texto en frío, sin apasionamiento, el poema habría sido sublime. Hay gente así, no mucha, pero la hay.

                Yo no estoy entre ellos, eso lo tengo claro. Escribir el poema más chungo me cuesta lo indecible, casi prefiero hacer crucigramas, ejercicio en el que tampoco soy un lince.

                En definitiva, poeta ofendidito: menos ansia de "tontintolín" y autobombo, más trabajo y más conocimiento. Mira, te recomiendo que empieces por los sonetos. Deja de lado esa justificación de la libertad compositiva tras la que te escudas, y traduce tu genialidad, esa que te ha venido como arrojada por las musas, en un soneto. Es un excelente ejercicio. Y perdona si te he ofendido con mis palabras. Mira, vete a la frutería donde se vende mucho ajo, y a la fuente, donde mana agua fresca. No sé si me entiendes, son metáforas. Y lee, chico, chica o lo que seas, pero no como un aficionado, sino como un profesional, como el pintor que escudriña un cuadro de Goya para conocer su estructura; la mirada del poeta sobre otro poeta no ha de buscar sólo una impresión momentánea, sino que debe perseguir una analítica completa, de laboratorio, un leer para aprender, más que para disfrutar. Debes disfrutar mientras aprendes.

                Y, vaya aquí un truco compositivo: cuando encuentres un poema complejo intenta transcribirlo, traducirlo a prosa comprensible, utiliza cuanto papel requieras, no importa, la clave está en la traducción; si lo consigues, es que vale algo, si no puede ser, con toda facilidad, una paja mental. Por el contrario, escribe en prosa lo que quieras, lo que sientas, lo que te apetezca y luego, tradúcelo a versos; si lo logras habrás hecho un buen poema.

                Me falta, por último, contarte algo sobre la industria cultural del verso, sobre la tontería implícita y sobre cuántos viven réditos del narcisismo extremo que impera en el fenómeno poético...

                ¿Callarás?... ¿No es ya demasiado?... ¿Por qué no lo dejas para otro día?, ¿no ves que me asustas al poeta, sensible donde los haya, y que con estas reflexiones no hay quien componga?

                Vale, me callo.

¿UNA DE ROMANOS, PERO SIN CÁNTABROS?



La imagen que estaba en mi mente, y la que plasmo el editor en la novela: dura, enérgica, voluntariosa frente a suave, femenina y meliflua

En el año dos mil diecisiete una editorial de ámbito nacional me publicó la novela «Cornelia de Gades». fue una apuesta por la calidad literaria por parte del editor y mía, pero terminó como el Rosario de la Aurora.  Sirvan estas reflexiones sobre tal obra como una pequeña clase de literatura práctica. Creo que tras veintitantas obras regaladas, puedo permitirme cierta digresión que, para un novato podría parecer presuntuosa.

         Aunque, ¿qué es un novato en este oficio? ¿Acaso es experto el que hizo una novela y repitió el esquema cien veces en otras tantas novelas-churro? ¿Agatha Christie era una experta?, ¿el novelista histórico que repite hasta la saciedad un esquema para lo que sólo cambia la época y los personajes, es un experto por haber repetido su propio kitsch una y otra vez? Sin duda será experto, pero de su paridita. No es el caso, porque he procurado innovar en cada novela; otro asunto es que lo haya conseguido. Ninguna es igual a la anterior, aunque ¿quién soy yo para decir tal cosa?        

         Con Cornelia de Gades pretendía escribir una novela de la que fuera protagonista un personaje con tres características: ser mujer, ser anciana y estar loca. Sería romana, del estamento nobiliario y de temperamento fuerte, una "mulier fortis".        

         El personaje histórico existió. Era gaditana e hija de Lucio Cornelio Balbo también conocido como Balbo Minor. Era sobrina de otro prohombre gaditano llamado Lucio Cornelio Balbo Mayor, ambos banqueros, Mayor como proveedor de crédito a Julio César, y Minor a Augusto.

         Aparte de querer plasmar la degeneración mental de un personaje, encima femenino, ya que me hallaba a caballo entre César y Augusto, el corazón de la Historia de Roma, quise pasar a estas dos figuras por la quilla de la crítica pues han sido, según mi opinión, en exceso valorados en todos los tiempos.       

         Ambos temas, exaltación de la decadencia de la protagonista y crítica a lo más granado de la púrpura romana, estaban en oposición dialéctica a conceptos tan manidos en la narrativa histórica, cómo los personajes romos y sin matices, y a la alabanza hasta el delirio de Augusto y de César, los fundadores del Imperio.

         Esos eran los elementos lógicos de la novela.
Para llevarlos a cabo precisaba de un relato con tono intimista, y en torno al tono se posaron los demás elementos narrativos y retóricos. Una vez que disponía de una lógica y una forma, debía organizar la diégesis, el relato propiamente dicho.

         Por último, con estos tres elementos: el lógico, el formal y el argumental trenzaría un calabrote, una cuerda indisoluble de tres cabos. Mejor dicho, la cuerda se trenza sola en el momento en que, tomadas las anteriores decisiones, nos aplicamos a componer el relato. La narración es un tejido fabricado con el hilo de tres usos: el lógico, el retórico y el argumental, que son servidos por una mano invisible al tejedor y se entrelazan en una unidad indisoluble a medida que se pergeña la obra. Son elementos distinguibles, pero inseparables.         


         El problema radicaba en que escribía para una editorial mercantil qué hasta el momento solo había publicado relatos de la historia más cercana a la aventura que a otra cosa. En otras palabras, que eran más amigos de batallitas qué de sutilezas, de peripecia más que de forma.      


         Por otra parte era necesario insertar en la trama del relato la compleja vida de los Balbo, el tío y el sobrino, Mayor y Minor. La historia de estos dos personajes coincidía justo con el reinado de Julio César el primero y de Augusto el segundo, casi nada, la arteria aorta de cualquier libro de historia de Roma. Y, de nuevo se me planteaba el problema: ¿cómo embutir tanta documentación disponible en una novela?   


         Busqué la siguiente solución: la historia propiamente dicha abarcaría dos terceras partes de la obra y partiría de un relato narrado por uno de los Balbo, Mayor, qué abarcaría su vida y la vida de su sobrino, la historia de César y la de Augusto.        


         Esta primera parte doble tendría la finalidad de satisfacer los deseos editoriales qué consistían en que escribiera una obra de romanos romanos y a ser posible con batallitas. Además, dejaría preparado el camino, el marco narrativo general, para la tercera parte que era la que realmente me interesaba, la historia de Cornelia, la mujer aristócrata, vieja, autoritaria y finalmente demente. Deseaba plasmar la evolución de un pensamiento enfermo, su paulatino deterioro, insignificante en ocasiones, locura que apenas se notaría en las primeras etapas de su evolución, pero que generaría decisiones que condicionarían la vida de la protagonista y la trama de la novela.   


         Como gran aficionado al Quijote tenía una idea muy cervantina sobre lo que es una obra de calidad, que según el egregio escritor consistía en que una novela, para ser buena, debía tener un poco de todo y mi obra cumplía con ese requisito. Además también me hice eco de la opinión del cura del Quijote frente al canónigo en el final de la primera parte cuando dice que una obra bien ordenada despertaría las mejores reacciones entre el público, por rústico y torpe que fuese, y que si no se hacía era por desidia e inmovilismo de los editores. 

         Pero, claro, el Siglo de Oro y el presente son épocas muy alejadas la una de la otra. Entonces, los que sabían leer leían cuanto podían y los que no, escuchaban con delectación lo que se les leyera. Además, existía un arraigado hábito de disfrutar de la poesía. Saber leer y escribir presuponía capacidad para componer versos o para escribirlos al dictado del genio natural que desconocía la escritura. Era frecuente que los poemas volantes circularan de mano en mano y se leyeran en las cocinas y salas de los palacios, manuscritos y luego perdidos, impresos en alguna ocasión. Existía notable afición por el arte llamado literatura, y la llegada de la imprenta potenció esa tendencia natural de la población.  Era todo un mar el compuesto por los analfabetos, es cierto, pero no había televisión ni internet con sus imágenes que a todos entretienen, con sus inteligencias artificiales que a todos igualan: al cultivado y al lerdo. La escritura hecha imprenta era la "nueva tecnología" de la época.

         Ya lo he dicho en otra parte: hoy ya no se lee, y ojo no me refiero sólo a los jóvenes, a los niños, a su deficiente formación, no. Me refiero a toda la población. Pongamos la mano sobre el móvil y juremos que leemos tanto como antes. Estoy seguro de que hasta los más consolidados lectores han disminuido su ritmo, su capacidad de comprensión y de atención.  


         Pero sí, escribí una novela de romanos sin cántabros cosa que  parece milagrosa. Una obra que no prosperó porque no estaba escrita al estilo del vulgo, al que hay que dar gusto.

         Ser zafio es una opción mercantil. Afinar la pluma y escribir para un público que ya ha muerto, el de los años ochenta, que sería el único capaz de leer mi Cornelia de Gades, es  una estupidez, ¿o quizá una muestra de rebeldía?

         Apañado vas, escritor, si trazas una escena erótica sin turgencias, bombeos, succiones, metesacas y porno de pésima calidad como requiere la literatura basura, tan habitual en la narrativa histórica. Y, no te digo nada si no comienzas el relato con una batallita en la que unos malos malotones asaltan el castro del protagonista y matan a todos todos, violan a todas todas y sólo se escapa el niño que ve con ojos pasmados aquel horror, tras los que se agazaparán los deseos de venganza... ¡Tachán!.... ¿Una novela histórica sin violencia, sin leña leñera en la primera página? ¡Muy mal asunto!

         En fin, me subo al carro de Francisco de Quevedo y Vega, que era de por aquí, y digo eso de: «Mas vulgo, pues sé quién eres, a la larga o a la corta, diga yo lo que me importa y di tú lo que quisieres».

sábado, 9 de agosto de 2025

DISCURSO QUE PREPARAMOS


 EL TIEMPO DE LOS CORRALES

Nos inspirarán los dioses
un discurso entretenido
en Los Corrales de Buelna,
que aguzará los sentidos
de los buenos corraliegos,
que son allí muy entendidos, 
pues se visten de colores,
de armas y cascos bruñidos,
para festejar la historia,
de ancestral bruma paridos.

Son trajes de antrepasados,
voces propias del olvido
lo que ellos reproducen, 
para enfrentar los sonidos
de un mal tiempo que se viene, 
con tiempos casi perdidos,
que hoy, mecidos por la Historia,
a la vida dan sentido.

jueves, 7 de agosto de 2025

LLEGARON LOS LIBROS

 Ya tenemos en la mano los tres tomos de "Cantábrica, la Gran Enciclopedia del Solar Cántabro"

La próxima cita en Los Corrales de Buelna, dentro del marco de las Guerras Cántabras.

              29 de agosto viernes

                   7 de la tarde.

        Campa de la Tierra Sagrada.

Será la primera etapa del recorrido de "Cantábrica" por el Solar Cántabro, a cuyos últimos rincones pretende llegar con su mensaje renovador de la mitología cántabra.

También allí se estrenara la EDITORIAL EPONA, nuevo referente en el mundo de la edición sobre temas cántabros.


La siguiente en Santander, donde Isidro Cicero apadrinará la obra.

SUEÑOS SIBILINOS

T ambién en la historia de Roma existió un texto adivinatorio. Se trataba de los nueve libros compuestos por la Sibila de Cumas y ofrecidos...