jueves, 31 de julio de 2025

LA CUEVA DE LA DONCELLA


 

La presencia de una mujer salvaje que habita una cueva, al margen del mundo civilizado, es un viejo mitema indoeuropeo que tiene su reflejo en la mitología celta, en la germánica y en la grecorromana.

         Lo llevé al papel en una novela que escribí en 2015 por encargo del Ayuntamiento de Escalante, «SCALA. La leyenda de un pueblo», en colaboración con el escalantino Pedro Sarabia Pellón.

         En ella me enfrenté a un arduo problema técnico: ¿cómo insertar en una novela ochocientos años de historia? ¿sería posible compaginar tan dilatado tiempo narrado con una trama mínimamente coherente? Pues lo fue, gracias a la utilización de personajes intemporales insertados en secuencias históricas. Así, un cura, una bruja y dos caminantes que todo lo observaban y todo lo comentaban ─al estilo de los dos caminantes narigudos de Forges─ aparecen a lo largo de los tiempos como una constante que da coherencia al relato. Ni explico de dónde vienen ni quiénes son estos intemporales, pura fantasía realista inyectada en una narración histórica. El resultado fue satisfactorio y la novela resultó. Una gran experiencia literaria.

         Por desgracia, pasó por entre los pies de los destinatarios como la bola conejo, esa que corre entre los bolos pinados sin tocarlos. Bonito lanzamiento. Hermosa postura del jugador, muy tradicional, muy depurada, pero fue un lanzamiento conejo, no cayó ni un bolo, no se apuntó ni un tanto. En fin, quiero decir que todos llevaron el libro a sus casas, pues era regalado, mas nadie lo leyó.

         Eso sí, el Ayuntamiento puso una placa con un texto de la obra en el paraje donde antaño se levantara el convento de Santa Gadea, muy cerca de mi casa, donde tiene lugar una memorable escena de la obra.

         Allí continúa desde hace años. Es un lugar apartado con el que ni siquiera han dado los vándalos especializados en paneles explicativos. Allí aún pueden apreciarse y tocar las ruinas del convento, a las que se han unido las de mi novela olvidada.

         Pero, a lo que vamos, a la Cueva de la Doncella, que es uno de los relatos del libro. Se trata de la "transcripción" en romance de una leyenda contada por la tradición oral, y recibida de Damián Cubillas de la Sota.

         Cuando sólo contaba catorce años, mi hija Aura Tazón Cubillas, digamos que "tradujo" a romance la bella historia heredada de su güelu y, pasados los años, me la cedió para mi novela. Sólo por este hecho ─pues no quiero ser cansino con las hipotéticas virtudes de la obra, sólo vistas por este cura que nunca ha dicho misa─, «SCALA, la leyenda de un pueblo» habría merecido otro destino menos anónimo, al menos en el pueblo en el que nació, donde sigue siendo una desconocida al día de hoy.

         Desde entonces, desconocidos e hipotéticos lectores, sólo escribo para mí. Si se publica, bien. Si no, también.

         Como decía el poeta: escribo para pasar la vida mientras espero a que llegue la diligencia que me conducirá hacia la nada; junto a mí hay otros que aguardan, como yo, su turno; si mis escritos les aprovechan, será estupendo; y si prefieren jugar al billar o a las cartas, o manejar su móvil sube que sube pantalla, baja que baja dedo, también será estupendo.

         Dice así el poema:

«¿Quién de mi niñuca linda hay que pueda decir algo? Una mañana de enero ladrones se la llevaron.

Tenía ya tres añucos y el cabello colorado, con pequitas en la cara y ojos acaramelados,

con manucas de princesa y una mancha en el costado. Una mañana de enero ladrones se la llevaron.

Recorrimos La Montaña preguntando en todos lados y no había quien pudiera de mi niña decir algo.

A gritos yo la llamaba por los bosques y los prados, por los riscos, las camberas, las marismas y los lagos.

Pero nadie contestaba, nadie se acercó a aliviarnos, nadie hubo que pudiera de mi niña decir algo.

Rezamos todas las noches de todos los largos años que siguieron a ese enero en que se nos la llevaron, rogando al Señor del Cielo que ocurriera algún milagro.

Una buena madrugada mi hombre estaba cazando no muy lejos del convento de la falda de Montehano,

y allí vio que una doncella, sin pudores ni reparos, sin nada que la tapara, feliz se estaba bañando.

El cazador dio un respingo y la joven, como el rayo, escapó rápidamente, perdiéndose entre los charcos.

Mi hombre regresó a casa con el corazón parado. «He visto a la niña», dijo, «la vi por allí, nadando».

Al alba del día siguiente estábamos apostados en el sitio donde dijo que la había divisado. Allí estaba, como dijo, allí se estaba bañando.

Quise acercarme hasta ella y lo hice con cuidado y logré hacerme su amiga y examinar su costado

y comprobar que tenía una mancha en aquél lado. «¡Eres mi niña!», le dije, «¡La que nos habían robado!»

No entendía mis palabras, mas le conmovió mi llanto e invitome a ir con ella hacia el monte, Montehano.

En la boca de una cueva una vieja había esperando. Mi niñuca le dio un beso y le acarició la mano.

Pero entonces, la viejuca me vio llegar a su lado y reconoció a la madre de la que había robado

y chilló muerta de miedo y se refugió, llorando, entre los rojos cabellos de mi niña de veinte años.

Mi hombre llegó de pronto y la arrancó de sus brazos. Mi niñuca, enloquecida, con piedras quiso matarlo, sin saber que era su padre al que estaba apedreando.

Por fin logramos rendirla y al pueblo nos la llevamos. Le pusimos un vestido, la lavamos, la peinamos,

le dimos ricos manjares que nos costaron muy caros, y muchas cosas hicimos para poder festejarlo: que después de tanto tiempo la habíamos encontrado.

Pero mi niña no hablaba y estaba siempre llorando. Ni golosinas, ni dulces, ni música, ni payasos servían para animarla, para hacerla reír un rato.

Mi niñuca no comía más que yerbas y mastranchos y miraba con nostalgia la falda de Montehano.

No pude aguantar más tiempo, y una mañana temprano me la llevé de paseo antes de cantar el gallo.

Y llegamos a la charca aquella en que la encontramos y comencé a desvestirla, fuera encajes, fuera raso, arrancando los botones con el rostro herido en llanto.

La luz regresó a su cara y la color a sus papos y me besó en las mejillas por primera vez en años.

«¡Espíritu libre, corre! ¡Corre de nuevo a su lado, que esa vieja es ya tu madre y yo soy solo un candado!».

Por cierto, el nombre de Escalante procede de «SCALA ANTE PORTUM» "Scala" significa parada, posta, mesón, hospital. Se podría traducir por "Posta, antes de llegar a Puerto (Santoña)": Escalante.

 

Nota. Se recuerda a hipotéticos plagiarios que estas líneas están protegidas por los derechos de autor de la legislación europea, que somos abogados, que no nos cuesta pleitear y que, periódicamente cribamos la red con IA a fin de detectar utilizaciones indebidas de nuestras obras.

miércoles, 30 de julio de 2025

UN VIAJE EN EL TIEMPO A LAS GUERRAS CÁNTABRAS, CON BILLETE DE IDA Y DE VUELTA


 

Cuando el 29 de agosto presente «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro» en Los Corrales de Buelna, a eso de las siete de la tarde en pleno foro, quizás regale a los briosos cántabros que adquieran los tres volúmenes mi ya vieja novela CANTABROMAQUIA. No sé, lo estoy pensando. Ya veré. Depende de muchas cosas. Quizá no. Seguramente no. Eso me gustaría, pero, no sé, no sé.

        Lo cierto es que no es fácil ya de encontrar. Fue editada en 2014 por Kattigara ─quizá allí se encuentre aún algún ejemplar─ y tuvo un recorrido corto, como toda mi obra porque, en el fondo, escribo sólo para mí.

        Íñigo Ansola ─que captó a la perfección la idea y la plasmó con acierto en sus dibujos, pues es una obra de colaboración─ y yo la presentamos en su día en Los Corrales de Buelna con cierto temor, pues en ella describíamos cómo serían los actos de las Guerras Cántabras allá por el año del Señor de 2099, muy diferente a la celebración actual, claro, y no sabíamos lo que pensarían los paisanos. Lo cierto fue que la idea cayó bastante bien, quizá por las tochadas que dijimos Íñigo y yo, serios como patatas y, en el fondo, cómicos.

        Que nuestras palabras cayeron bien quedó claro porque nos invitaron a comer un suculento cocido montañés en la carpa de una tribu, no sé si de los concanos o de los plentuisios, pero sí que en la mesa estaban la entonces alcaldesa, Josefina González, su agradable esposo y su bella hija, que no pasaría de quince años y ya fue designada como la Diosa Cantabria aquel año; no recuerdo cómo se llamaba. Fue una agradable sobremesa, toda una inmersión corraliega. Nosotros contribuimos contando historias, pues todos saben cómo soy yo, e Íñigo gasta una vis cómica laredana de alto volumen, pese a su aparente seriedad.

        Cantabromaquia, como su título indica, es una historia de guerras entre cántabros, todo un cisco en el que, en el marco de las Guerras Cántabras de Los Corrales, intervienen romanos y cántabros de verdad llegados a través de un túnel temporal, mafias rusas, acróbatas cretenses, colaboradores, legados, poetas desterrados, se desatan amoríos intertemporales y, lo que es más notable, se descubre el origen de los pasiegos.

        Comienza con el lanzamiento de una nave del tiempo desde Barreda, donde décadas atrás estuvo la fábrica de Solvay, el Cabo Cañaveral cántabro, en la que viajan dos científicos, Luisa Campos, jefa de la operación, hembra de escultural cuerpo y de espantoso rostro, aunque buena persona y sobre todo sabia, y Miliuco Cobo, ingeniero pasiego, todo un manitas, que termina enamorado de una antepasada.

        ¡Santo susto se llevaron los cántabros antiguos al ver aquella nave, cuyos airbags de aterrizaje rebotaron varias veces antes de caer justo sobre las pallozas del castro! ¡La que se armó!

        Pero, no es sólo un viaje al pasado. Es también un viaje al presente desde el pasado, pues un jefe cántabro colaborador de Roma, Ambatus, y un centurión romano de origen germano, Ancanus, terminan viajando al presente y descendiendo del transportador intertemporal en la Rampa de Puertochico. ¿Se imaginan el cisco?

        Pues de eso trata Cantabromaquia, una novela en la que no se deja hueso sano a los bienpensantes, aunque tampoco los malpensantes se van de rositas.

        Crítica histórico-política, risa, cachondeo y mala, muy mala baba.

        Vayan como muestra el primero y el último párrafos de esta novela  titulada CANTABROMAQUIA... ¿Cantabro qué?... "Maquia", como "Batracomiomaquia", de "machia" en griego, que significa "lucha", "batalla":

Primero.- «Los pasillos de la Consejería de Fomento y Actividades Creativas parecen canales de un hormiguero que se haya quedado sin techo: los empleados suben y bajan, agitan brazos llamándose a gritos o transmitiendo órdenes, cruzan en grupos de paso decidido de un despacho a otro, corren; se tronchan los tacones femeninos no fabricados para semejante presión; con las prisas, a los conserjes se les abren los cartapacios de documentos mal cerrados que llevan al servicio de reprografía. En la Sala Central de Control, aún no abierta a los notables, los pitifláuticos soniquetes de los teléfonos móviles se dan de tortas con los campanazos de los modelos góndola que funcionan a las mil maravillas, pese a haber sido subidos del almacén y rehabilitados con prisas. Técnicos de bata blanca inspeccionan los complejos dispositivos de retransmisión, que no pueden fallar en día tan señalado».

Último.- «Por eso, amable lector, debes desechar las bastardas teorías en las que se hace provenir a la raza pasiega de los moros sirios abandonados en la cordillera, castigados por Almanzor a vivir en los confines del mundo; o esa otra de que en aquellos montes se escondió la perdida tribu de Israel. No, todo eso no son más que paparruchas. Nuestra explicación es mucho más sencilla: que sus padres fundadores, nacieron en el hogaño o se pasearon por allí por mor de su curiosidad, y que luego, retornaron al antaño o llegaron a él de primeras, para pasar en las anfractuosidades de la cordillera cantábrica el resto de sus vidas. No sabemos si esto se entiende, pero seguro que intuirán la causa por la que nunca se puede saber con completa certeza si un pasiego está entrando o está saliendo, si va o viene porque… ¿Cuántos recovecos tendrán el tiempo y la vida?... Hombre, pues depende…»

jueves, 24 de julio de 2025

NOS VEREMOS EN LAS PRESENTACIONES Y EN LAS LIBRERÍAS. GRACIAS POR LA COMPAÑÍA

 


 

Hasta aquí hemos llegado, amigos, en esta «Glosa a Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro», el cuarto tomo que con su ayuda he tenido ocasión de redactar.

         Esto no se había hecho nunca, que yo sepa: elaborar un tomo crítico sobre una obra literaria aún no publicada y, además, con la ayuda del público en una red social... Bueno, sí, hubo un precedente, aunque literario, «La novela de Pepe Ansúrez», de Gonzalo Torrente Ballester, que trata de cómo un escritor anuncia que escribe una novela, desvela su contenido y llueven críticas y circulan comentarios sobre la misma, para, al final no ser publicada. Muy recomendable su lectura, repleta de guasa e ironía.

         Para bien o para mal, «Cantábrica» es un trabajo diferente a todo lo conocido. Ya se dice en su prólogo:

«Esto no es una novela ni un sesudo ensayo, sino un puzle, un rompecabezas, algo por completo intrascendente, es decir, literatura en estado puro».

         Durante casi seis meses, de febrero a julio, he publicado en este lugar más de cien artículos con sus correspondientes imágenes, con el tema del Solar Cántabro de fondo visual y me atrevería a decir también que acústico y odorífico. Me gustaría haber llegado a la sensibilidad cántabra de los lectores, independientemente del color de su piel, su sexo y su religión. Eso es lo que pretendo, también, con «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro».

         Por cierto, la obra está ya subida al corcel que la llevará a los estantes de las librerías. Ya rebufa briosa la caballería, con ansia por recorrer el Solar Cántabro para presentar la obra que lleva a cuestas. Casi mejor, ya barrita el elefante literario que les ofrezco, o mejor todavía, los tres elefantes que penetrarán en sus conceptos mitológicos como en una cacharrería y aseguro al amable lector que, tras su paso, deberá recolocar los estantes donde guardaba sus ideas sobre el Solar Cántabro, la tierra de sus mayores.

         Quiero decir que ya ha entrado la obra en imprenta.

         Ha sido un camino muy complicado el que he recorrido junto con mis editores, que debutarán con «Cantábrica», para lo que han puesto a punto el universo burocrático de su actividad empresarial. Pronto les hablaré de ellos más en extenso. Baste decir que tienen voluntad de convertirse en especialistas, como cualquier editor, en separar el grano de la paja pero, a diferencia de la mayoría, ellos no pretenden publicar la paja, sino el grano.

         No dejaré, sin embargo, Facebook, no. Sólo que los artículos largos como el Transiberiano se acabaron. Creo que han sido suficientes como para dar una idea de lo que es «Cantábrica». A partir de ahora haré inserciones breves relacionadas con el tema, daré cuenta de la llegada de la obra en papel, reseñaré presentaciones y compartiré materiales de otros.

         Pido disculpas a quienes retiré sus inserciones de mi muro. Ahora se darán cuenta de lo que pretendía: estaba escribiendo “on line” una obra, la «Glosa a Cantábrica». A partir de ahora, queda abierto a todos, ¡faltaría más!

         En fin, sólo me resta advertir que pretendo completar toda una peregrinación con los tres tomazos de la obra por todo el Solar Cántabro, repartido por la Comunidad de Cantabria, el Principado de Asturias y Castilla y León.

         «Cantábrica» puede ser buena o mala, yo no soy quién para valorarla, pero no me cabe duda de que es dura como las piedras, será singular, y que, precisamente esa singularidad es más importante que su autor, razón por la que merecerá la pena promocionarla.

         Aunque siempre habrá quien diga: pero, a dónde va este con tres tomos, en unos tiempos en los que no se leen ni los prospectos de las medicinas, además, quiere presentar los tres a la vez, es un iluso, ¿no le vendría mejor haber escrito una novelita con cántabros y romanos persiguiéndose por los montes?, ¡qué tío! Además, después de seis meses dando la barrila con una obra que no termina de publicarse, ¿quién se ha creído que es?, ¡está pirado!, comentario benigno al que contestaré por boca de un tal Quevedo Villegas, que era de por aquí:

         «Mas, vulgo, pues sé quién eres, a la larga o a la corta, diga yo lo que me importa y di tú lo que quisieres».

Nos veremos por los pueblos del Solar Cántabro.

Un abrazo a todos y gracias.

miércoles, 23 de julio de 2025

EL CONCEJO, LA DEMOCRACIA DIRECTA

 


 

Cuando se vive al filo del presente, rebozados en la camisa de fuerza de la actualidad imperiosa e interesada, apabullados por cientos de informaciones simultáneas, excitada la sensibilidad por mil reclamos, poco interés despierta en nosotros el pasado, nuestro origen individual o colectivo, la historia de los antepasados, el folclore.

         Nos quieren así: individualistas, aislados, sin capacidad para reflexionar, moldeables, desorganizados, lentos, incultos, desmemoriados, atentos al mero presente, pues futuro no tenemos, despersonalizados, atados al móvil, los dedos prestos a subir o bajar, la atención dispersa pero abierta, esponja para cualquier sugerencia, despersonalizados. Esa es la idea. Eso se ha conseguido ya. No es cuestión de futuro. Este ya llegó. Por delante sólo queda un océano de oscuridad y niebla, una nueva Edad Media, un nuevo feudalismo tecnológico, como dice Varufakis.

         La sociedad de náufragos, cada uno aislado en su isla con palmera, es un hecho. Los administradores de nuestra libertad son cada vez más agresivos, las caretas no son ya necesarias, la violencia se ha desatado, los genocidios saltan de los informativos con total naturalidad, a la orden del día, para mordernos el alma, ¿quién se va a resistir?, sólo pueden oponerse ladridos de perros desde las redes sociales, desde cada isla, coros aulladores que hacen sonreír al poder de la Oscuridad. Ingenuos quienes creen que hacen algo mientras "luchan" entre los pliegues de las redes sociales, entrañables corderitos bobalicones.

         Se nos ofrece, sin embargo, un amplio mosaico de ideologías, que no se entienden como actitudes propias de la manera en que nos ganamos la vida, nacidas en las fábricas del estómago, sino como  paquetes integrados de argumentarios y de discursos, todo bien prefabricado, con los que poder enfrentarnos los unos a los otros, garrote en mano. Las ideologías son las diversas opciones que nos dan para desgarrarnos. Los ricos no tienen más ideología que el dinero.

         Se nos informa de lo que quieren y como quieren y, además,  nos han convencido de que somos los responsables de todo lo que nos ocurre. Ideologías, culpa y engaño son los artefactos que los plutócratas arrojan a cada instante contra la masa inerme. En algún lugar es fuego caído del cielo, en otros los infelices que acuden a las filas del hambre sirven de diversión para las mirillas periscópicas de sus custodios. No puede ser peor el espanto. La psicopatía ha sido elevada a la categoría de virtud y ejemplo a imitar.  

       Ya no hay caretas. Nuestros rostros están bien registrados en los algoritmos. Los de quienes más tienen son un gran misterio para la masa empobrecida. En ocasiones creemos verlos, distinguirlos, pero poco sabemos sobre quiénes son, sólo vemos el garrote, la suela de la bota sobre el hormiguero, el aire envenenado que alguien ha soltado por un agujero de la topera.

         Frente a esta Oscuridad omnipresente, ¿qué hacer? Muy sencilla la respuesta, muy difícil su ejecución: Volar por debajo del alcance de los radares. Para ello, es preciso mirar hacia atrás y contemplar el camino.

         ¿Se nos quiere sin pasado?, estudiémoslo, sintámoslo, vivamos el bosque a medida que lo pisamos, notemos el frescor de la tierra que soportó el peso de los antepasados.

         ¿Se nos quiere doblados al albur del engaño, de la ideología de plástico, del sentimiento de culpa?, pues imitemos la actitud de quienes nos precedieron, su capacidad de resistencia pese a todos los imperios.

         ¿Se nos quiere desunidos?... Esto es lo más importante: reunámonos sin perder ocasión, desde una huelga y una manifestación hasta tomar el café juntos para hablar de lo que nos sucede, que las redes sociales sirvan sólo para convocarnos a fin de que nuestras manos se toquen, para que nuestros cuerpos se unan. Sin contacto físico no hay esperanza. La solidaridad sólo surge cuando nos tocamos.

         Reunámonos como hicieron ellos, en concejos abiertos.

         Y no me refiero sólo a una estructura política arcaica de democracia directa, que también, me refiero, sobre todo a una actitud de ir hacia, de abandonar la isla, de promover siempre el contacto, de hablar las cosas de tú a tú, móviles aparte, fuera de las redes. Por fortuna, en nuestra cultura celtíbera tenemos los bares, el concejo básico, tan difícil de erradicar.

         Es preciso, como dijo aquel viejo luchador, crear mil, diez mil, un millón de Vietnams, participar en todo lo participable, desde la lucha contra los molinos de cien brazos, hasta la reivindicación en la fábrica, desde la reclamación de la igualdad sexual en una manifestación, hasta la lucha por el mismo salario entre catequistas de parroquia. Toda acción vale para lograr lo básico: entrar en contacto, abandonar la isla.

         Cualquier reivindicación por pequeña que sea que nos dé oportunidad de tomarnos de las manos será positiva.

         Como positiva será la auto organización de las gentes de abajo, sin delegar jamás el poder en políticos o representantes, que siempre se pueda revocar un encargo, que siempre el concejo, la asamblea, la base organizativa popular tenga capacidad de decisión, que la democracia directa sea un hecho contante y sonante y que se trencen concejos sobre concejos hasta formar una tupida red de decisiones nacidas de las entrañas de la tierra, no desde arriba. No deleguemos nunca el poder, pues la traición ronda siempre el corazón de los apoderados.

         Que el concejo sea organismo político de base, como lo fueron en el pasado remoto y que, de manera genérica, funcione en cada lucha sectorial, con la idea clara de que cualquier líder es innecesario y corruptible, con la seguridad de que sólo los miembros del concejo son insustituibles, con la certeza de que no deben confiar en nadie más que en sí mismos.

         Funcionar de esta manera, abierta la asamblea, abierta la organización, con formato de democracia directa en los más recónditos rincones de la vida pública, desde una huelga de aguerridos obreros a una recogida de firmas por la participación femenina en el magisterio de cualquier iglesia, es el camino; no hay lucha pequeña. Ello requiere superar las ideologías, entendidas como discursos cerrados y atender a la única ideología posible: la que nace en los pliegues del estómago, en la manera de ganarse la vida. Esa actitud nos llevará a volar por debajo de los radares de detección del poder, por muy sofisticados que sean.

         Y esta labor de zapa, de viejo topo, es facilitada por una actividad tan sencilla como el baile tradicional, por los vestidos recuperados de nuestros antepasados, por el canto del rabelista que pone música a lo cotidiano, por el folclore que nos invita a tomarnos de las manos.

         Y, junto al folclore está la historia, el conocimiento de lo que fue, de cómo ellos se unieron.

         Y, junto a la historia está el mito, entendido como relato interminable, como fuente inagotable de ejemplos, como sustrato narrativo capaz de neutralizar los programados argumentarios de las ideologías, los elaborados discursos que nos enfrentan.

         Y, junto al mito, la historia misma de los dioses, quienes, pese a no existir, nos miran desde el bosque, desde el németon sagrado mientras componen sus cabellos con un peine de oro.

Esta es la finalidad de «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro»: servir como balsa que facilite un viaje colectivo al pasado, a lo profundo del bosque del Solar de los mayores. Pretende ser un canto a la reflexión cuando las gentes, cansadas de la jornada, se unan, se toquen, se miren a los ojos, sin pantallas por el medio, y lean, junto al fuego, las historias de sus antepasados y de los dioses, para nutrir con ellas el espíritu de los que forman el concejo abierto, la asamblea democrática en sentido directo y puro, mínimo.

         El concejo es la unidad de acción. El pasado, la Epopeya, gasolina incendiaria para las venas abiertas del pueblo.

         Esto es volar en bandada por debajo de los sistemas de detección del poder.

         Y, sépase que los tiempos de Oscuridad y Niebla se extenderán por toda una era histórica, que hay que tomarlo todo con la calma precisa que requiere la acción urgente, y que tendrán tiempo para leer despacio el bidón de gasolina moral que es «Cantábrica, la Gran Epopeya del Solar Cántabro».


 


martes, 22 de julio de 2025

UN LÁBARO PARA UN PUEBLO FIRME

 


 

Durante los juegos olímpicos que se celebraron en Río de Janeiro, se produjo cierto incidente diplomático, digamos que molesto, porque en la televisión China, poco antes de la ceremonia de inauguración, un locutor hizo un comentario de dudoso gusto: «Todas las banderas nacionales que serán izadas durante la ceremonia de inauguración están hechas en China». Molestó por su alto nivel de sarcasmo, pero ahí quedó. Pasados nueve años, comprobamos lo certero del aserto, y no sólo las banderas hilo a hilo, también los mástiles, los pomos, los pompones colgantes del pendón, la cuerda para desplegarla y el saco con cremallera en el que se guardará cuando se la arríe están hechos en China, hasta el conserje que la descienda y el ejecutivo que contemple el acto tendrán los ojos rasgados.

         Dicho sea lo anterior como nota de desconfianza del autor hacia todo tipo de bandera, así, en principio y sin ánimo de ofender a nadie, ¡estaría bueno!

         Sin embargo, se reconoce que detrás de todo estandarte hay una historia que puede ser  cierta o falsa. Hay, además una voluntad metafórica, simbólica. Su historia puede ser acertada o no, coherente o descabellada, aproximada o exacta, pero la importancia de cualquier bandera se encuentra en su significado para la población. En otras palabras, se puede aceptar o no la historia de una bandera, incluso su escaso racionalismo, pero no cabe ignorar lo real, lo contante y sonante, el efecto que produce en las masas.

         Por ejemplo, la bandera de España, roja en las franjas superior e inferior y doble el amarillo de la central, tuvo una explicación exenta de sentimentalismos, pues era preciso en tiempos de Carlos III disponer de un emblema naval que distinguiera a los buques españoles, dada la similitud de las banderas de unos y otros reinos. Convocó el monarca un concurso de ideas y lo ganó Antonio Valdés y Fernández de Bazán con el diseño actual, que responde a estrictos valores ópticos. Con el tiempo pasó de la marina a tierra y se convirtió en lo que ahora es. Con el tiempo, también, el rojo pasó a simbolizar la sangre de los caídos por la patria y el amarillo al oro de las Indias y a la conquista del Nuevo Mundo. Y es que en la tierra de los garbanzos la imaginación es tan portentosa como la mala baba.

         Ortra bandera de España, la de la II República, incluyó el morado en la franja inferior por una razón simbólica, esta vez la de incluir el pendón de los comuneros castellanos contra el emperador Carlos V. Pero resulta que el pendón de los comuneros tenía otro color, era rojo oscuro, casi granate, más parecido al actual lábaro cántabro. Estaba claro que esta tonalidad granate no compaginaba, a efectos ópticos con el amarillo y el rojo superior, por lo que se pintó de morado. Ya ven, una deformación de la historia por interés oportunista.

         Pues bien, por una bandera y por la otra murieron muchas personas y fueron ambas, y aún siguen siéndolo símbolos de alto poder emotivo. Otra cosa es que si llega la Tercera República, que llegará, estoy convencido, adopte la bandera que conocemos hoy como republicana o la de sus tradicionales enemigos, anclada ya en el imaginario colectivo. Ya veremos, me temo lo peor.

         Política y banderas es un matrimonio de oportunidad. Ellas son un instrumento de los políticos, una expresión de la voluntad política que, ya sabemos por experiencia, es la administración, la distribución, el reparto y el manejo de la libertad del pueblo.

         Con la bandera de Cantabria, la blanca y roja, ya se empezó mal. Los colores respondían a la zona marítima del Cantábrico. Su distribución, blanco arriba y rojo abajo, a la Provincia Marítima de Santander. También en Bilbao y en Gijón aparecen dichos colores aunque con otra disposición. ¿No era discutible esta asignación arbitraria a toda Cantabria? ¿No era reprobable la elección de esos colores y disposición que ya estaban en la bandera de un país europeo, Polonia? ¿No es cierto que pasar de esta coincidencia y seguir adelante con el proyecto de imposición de la blanquirroja no se le podía ocurrir sino al que tuviera mucho aire en la cabeza?

         Y, sin embargo, antes de que existiera el actual lábaro, en los años setenta, fue un símbolo que a muchos entusiasmó. Es el caso del por todos querido Ángel Herrero, poeta, conocido como Teju, ya fallecido y uno de los fundadores de ADIC ─o mejor de los currantes eternos de su base─, cantabrista por todos sus poros y ejemplo para cuantos lo conocimos, escribió: «La bandera de mi pueblo es como una amapola, con un penacho de espuma de la cresta de las olas».

         Y llegó el llamado lábaro cántabro. ¿Quién lo diseñó hacia la década de los ochenta? Dicen que salió del ámbito de ADIC y de la mano de Luis Montes de Neira. Yo no lo sé, será correcto, pero sí he oído afirmar que el verdadero inspirador de la idea fue Javier González de Riancho, de quien alguien recogió el concepto sin reconocerle el mérito (Ver Proyecto Mauranus).

         Sea como fuere, de forma real o intencionada, asunto que nos deja indiferentes, se produjo una confusión de bulto: Se lo llamó "lábaro", cuando este nombre correspondía a un estandarte romano de la época de Constantino, que representaba al emperador, con el "cristón" estampado, la X y la P enlazadas que hacen alusión al nombre "Christos". ¿No lo sabían los creadores? Estoy seguro de que sí, pero fomentaron la confusión porque, claro, tener un estandarte reivindicativo estaba bien, pero que llevara un nombre propio prestaba más.

         Ese nombre podía haber sido el "Cántabrum", pues así se llamaba, en realidad, el estandarte que las legiones romanas tomaron de la caballería cántabra auxiliar. El problema radicaba en que se sabía de su existencia, pero nadie ha descubierto aún el contenido del lienzo, su diseño. Se disponía de un nombre, sí, pero no de un dibujo. Y, por la razón que fuese, quizá eufónica, se prefirió Lábaro a Cántabrum.

         Basándose en estos errores o malicias diseñadoras, muchos han acusado al lábaro cántabro de falsedad histórica. Bueno, esto es como acusar al agua de humedad o al fuego de abrasador, porque toda bandera, no es que esté hecha en China ─solamente─, sino que se sustenta sobre metáforas de segundo grado, sobre alegorías etéreas, sobre significados sutiles que se quiebran siempre como dulce hecho con hojaldre.

         Ya lo sabemos, hombre, el lábaro se fundamenta en una falsedad, y la rojiblanca, y la bandera de la República, y la roja de la Comuna de París, y la francesa, y no digamos nada de la de Sikkín, en la que seguro que aparece la sombra del abominable hombre de las nieves. Todas las banderas parten de una falsedad, es cierto, ¿Y qué?

         ¿Y qué importa una vez que los estandartes se convierten en símbolos?

         Porque, no se podrá negar que desde que fue inventado, el lábaro ha sido enarbolado por toda una generación de jóvenes, que ya no lo son tanto, y que simboliza profundos sentimientos de la población.  Además, nadie podrá negar que su diseño y colores combinados son en extremo atractivos, sin parangón con otros estandartes regionales, y con una cierta vinculación histórica con las estelas discoideas que representan la esencia de las gentes que habitaron el Solar Cántabro.

         ¿Qué simboliza el lábaro para quienes lo exhiben con orgullo, cada vez más cántabros? Creo que lo autóctono frente a lo foráneo,  lo pequeño frente a lo grande, el producto de la huerta frente al de la gran superficie; lo natural frente a lo degenerado; la villa frente a la ciudad aberrante turistificada; lo ancestral frente al Imperio; lo arcaico rebosante de nobleza, frente a la uniformidad; el folclore frente a las modas impuestas; la toma de decisiones en la base, frente a las decisiones adoptadas por los representantes de los representantes; la democracia directa frente a la delegación de la voluntad del pueblo en la de una casta, todo eso y mucho más.

         Ya lo decía Carlos Marx en el 18 Brumario:

«La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal».

         ¿Que el lábaro es una invención?... Y la blanquirroja, y la rojigualda, y la roja rojota, y la verde que te quiero verde.

         ¿Se insiste en la idea de la falsedad?... Pero, dime, persistente, ¿no sigues tú ninguna bandera?, ¿aunque sea la de tu equipo de fútbol, la de tu cofradía penitente, la de tu gran patria soberana e imperial, yo qué sé, la multicolor, la deslavazada vaticana, la que sea?, ¿Y no te das cuenta de que todas ellas son más falsas que un pirulí de plástico, que sobrenadan el océano del sentimentalismo y de lo irracional?

         ¡Ay, señor, orejón llamó el burro al chon!

lunes, 21 de julio de 2025

LOCALIZANDO EL VINDIO

 



Sobre dónde estaba el Vindio he leído y oído respuestas de lo más curioso. Así, Sojo y Lomba, que era militar, estudió la configuración de la Bahía de Santander, midió la distancia perimetral de la falda de Peña Cabarga y vio factible que allí se hubiera establecido un cerco, oteó desde su cima el hipotético escenario de un pueblo perseguido, refugiado en su pequeño cordal y llegó a la conclusión de que ese monte costero fue el Vindio, y así lo plasmó en Ilustraciones de Trasmiera, incluso llegó a decir que el mismo topónimo "Cava-Arga" hacía referencia a zanja.

         Pero, más extravagante fue lo que escuché en Santoña y lo que decía algún ilustrado de Escalante del siglo pasado. Según esta versión local el desembarco romano, que se produjo como es natural en Santoña, en realidad tuvo lugar en Argoños, en el  barrio marinero llamado Ancillo. Sostenían estos informantes que el nombre del pueblo provenía de Ancio el Joven, Ancillum, que era el almirante de la flota que desembarcó en la retirada cántabra, el hijo de Ancio, Ancio JR, como si dijéramos ─asunto que jamás pude confirmar por mucho que investigué─. Luego, los romanos batieron la costa empezando por las marismas, vencieron a los cántabros, que pertenecían a la tribu de los "arigones", de ahí el topónimo Argoños, y atacaron una posición elevada, ya en el municipio actual de Escalante, un lugar al que llaman "Los Fachos", nombre que, según los lugareños hace referencia a hechos de guerra. Allí se habrían refugiado los cántabros y aquel montículo, más altozano que otra cosa, pues no pasa de los setenta metros de altura, si llega, fue el mítico Vindio. No cabe duda de que estos paisanos eran expertos en atar cabos sueltos de la Historia.

         Lo curioso de la versión escalantina es que, en efecto, en ese paraje de los Fachos pudo haberse dado un encuentro armado en la antigüedad, pero achacable a los moros, según cuentan ciertas crónicas árabes citadas por Claudio Sánchez Albornoz en su Historia de España, respecto a una incursión del general Hakín, en tiempos de Almanzor, que lanzó la caballería por la linde de la marisma aprovechando la marea baja y se enfrentó a los paisanos en esa elevación, en los Fachos. Curioso asunto el del encubrimiento de una derrota con el glorioso envoltorio de la resistencia cántabra en el Monte Vindio, además, una derrota a manos de los moros, nada menos, ¿no decían que por aquí no llegaron jamás las hordas agarenas?   

         Extravagancias aparte, lo que sostienen las fuentes es que, según Floro, «Primeramente se luchó contra los cántabros bajo las murallas de Bérgida. De aquí huyeron inmediatamente al Monte Vindio, muy alto, adonde pensaban que habían de subir las olas del mar antes que las armas de Roma». Y, según Orosio, «Entonces, al fin, los cántabros, habiendo trabado gran combate bajo las murallas de Attica y vencidos, huyeron al Monte Vinnio, muy seguro por naturaleza, en donde perecieron casi todos por el hambre del asedio». En ambos casos según traducción de Eutimio Martino.

         Pero, ¿qué entendían los romanos por Monte Vindio? Según algunos, llamaban así a la cordillera Cantábrica toda. Según otros, a los Picos de Europa y, según se deduce del texto de Floro, también a una elevación natural del terreno de difícil acceso, es decir, a un monte concreto en el que se refugiaron los supervivientes de Bérgida. Y en este sentido, creo, hay que tomar las referencias históricas, pues sólo un monte o una zona geográfica concreta puede ser sujeto de cerco. Los romanos eran buenos militares, pero sitiar todo el perímetro de los Picos, sería posible quizá para la Otan, pero para los romanos, no sé, difícil.

         Lo que sí queda fuera de toda duda es que Vindio significa blanco en lengua céltica.

         Eutimio Martino sostenía que habría que buscar en Liébana, pues el topónimo provendría de Lavinia, la Vindia, interpretación que parece un tanto forzada. Más sensata suena la opinión de Joaquín González Echegaray, quien en «Los Cántabros» sostuvo que en algún lugar de la cordillera cantábrica habría que buscar al Monte Vindio, desde Valdecebollas a Curavacas, pasando por Peña Prieta.

         En este punto del debate, aparecen nuestros arqueólogos, esos que hacen hablar a las piedras. En el año 2004 fue descubierta la estructura defensiva romana del Pico Robadoiro, muy cerca del Puerto de San Glorio. En 2021, José Ángel Hierro Gárate descubrió otras cercanas estructuras defensivas romanas, las del monte Vistrió. Y, para remate, en el 2014, este mismo investigador descubrió la estructura militar de Castro Negro.

         Tres campamentos romanos de alta, de altísima montaña. Y los investigadores se preguntaron, y nosotros nos preguntamos y cualquiera se pregunta ¿qué caramba podían hacer los romanos encaramados a aquellas altas cumbres?, ¿controlar los pasos de montaña?, ¿cercar a algún contingente enemigo?, ¿ambas cosas? Además, queda fuera de toda duda que eran estructuras correspondientes a los tiempos de las Guerras Cántabras.

         Y, no podemos evitar seguir haciéndonos preguntas: si tenemos los campamentos romanos implicados en un cerco de alta montaña, ¿no estaría próximo el lugar donde residían los cercados? Queda claro que sería algún monte, o zona, dentro del macizo de Peña Prieta, pero ¿tan difícil sería de localizar?

         Pues sí, difícil en extremo sin dinero, sin inversión, sin autorización de proyectos. Más que difícil, imposible. Y así están las cosas, todo parado por falta de voluntad política o administrativa, o de ambos niveles, en seguir tirando del hilo de estos descubrimientos.

         Aquí podría acabar este artículo, pero no nos resistimos a referir los comentarios que hace el mismo José Ángel Hierro Gárate en relación con la cita de un paraje, el Monte Vindoey, en el Libro de la Montería, de Alfonso XI, que se correspondería con el actual Bostruey, prácticamente colindante al campamento de Vistrió, y equidistante de los de Robadoiro y Castro Negro. ¡Vindio y Vindoey, qué similitud fónica!

         Quizá por esta zona habría que empezar a buscar cuando en alguna ocasión afluyan fondos públicos para localizar la ubicación del mítico Vindio. ¿Cuándo sucederá tal cosa?, ¿a quién le interesa este asunto?... Pero, a ver, ¿me dices que por esos montes anduvieron los romanos?, ¿Sí?, pues mira, miarma, sevillanas bailamos en Santander los cristianos, ¡arsa, tocotó!

         Por cierto, escuché decir a Ángel Ocejo, en una conferencia a la que asistí en Los Corrales  ─el cual se hallaba entre el público─ que hay en ese macizo de Peña Prieta un monte algo sospechoso de ser el Vindio. Se llama Espigüete, y es blanco por su piedra, no por la nieve. Me quedé con la copla y aquí se la canto.

domingo, 20 de julio de 2025

¿DÓNDE UBICARÍAMOS IULIÓBRIGA?

 



Se dice en el prólogo de "Castros y Castra" de Acanto, 2010, pg. 26, que la "tradición historiográfica" ubica la antigua y documentada ciudad romana de Iulióbriga, en Retortillo, cerca de Reinosa.

         Ahora bien, ¿dónde se inició esa "tradición historiográfica"?, ¿cuál fue el impulso, el hecho histórico que promovió a Retortillo como sede de la Iulióbriga Cantábrica, asunto indiscutible académicamente hoy día?      Más que impulso podríamos hablar de autoridad, de cábalas y quizá de inercia académica.

         La autoridad corresponde al Padre Flórez, quien en 1768 publicó una memorable obra titulada "La Cantábria Vindicada, o Discurso Crítico sobre la antigua Cantabria", que terminó con la interpretación interesada del "vascocantabrismo", y situó el escenario de las Guerras Cántabras y de la antigua región citada por los clásicos en lo que hoy es el Solar Cántabro.

         En el tiempo de aquella publicación, el mismo Flórez había dado con las ruinas de Retortillo y, quizá ese descubrimiento fue determinante para la concepción de la reubicación geográfica de Cantabria que propuso, la cual con el tiempo se ha convertido en la interpretación canónica, admitida por todas las autoridades historiográficas de España.

         Había, pues, una teoría para la ubicación de Cantabria. Se contaba con una referencia en las fuentes a una ciudad histórica llamada Julióbriga, en las Fuentes del Ebro, y teníamos unas notables ruinas muy cerca de aquel lugar. ¿Qué concluir de todo ello? Pues que tales restos, los únicos que existían en el Solar Cántabro por aquel entonces, correspondían a Julióbriga.

         Así, durante 258 años, la autoridad del Padre Flórez ha propiciado la inversión de abundantes fondos, tiempo y esfuerzo para el estudio de la indiscutida Julióbriga de Retortillo.

         Sin embargo, no se estaba ante una prueba categórica de la ubicación de la notable localidad romana, sino ante una mera "evidencia científica", muy endeble por cierto desde el punto de vista argumental, una mera yuxtaposición de ideas en los tiempos en los que se estrenaba el concepto de Solar Cántabro.

         Y, como las evidencias no son certezas, especialmente en ciencias humanas, en las que no se suelen prodigar las demostraciones categóricas, una nueva hipótesis podría desbancar a la anterior, y buscar otro emplazamiento más lógico para la vieja Julióbriga.

         Las investigaciones científicas, arqueológicas, han avanzado mucho en los últimos siglos, especialmente entre finales del veinte y comienzos del veintiuno, a partir de los grandes descubrimientos de la llamada "arqueología de guerra". Así, un grupo de investigadores, vinculados de alguna manera con esa corriente científica, planteó una nueva y sugerente hipótesis para la ubicación de Julióbriga, bastante más lógica que la mera yuxtaposición de ideas heredadas de los tiempos del Padre Flórez, e inamovibles por parte de la historiografía oficial. Hoy en día, se cuenta con otra teoría que rompe con la anterior, y  habrá que ver lo que sucede en el futuro y si la nueva versión termina por  ser aceptada en la comunidad científica hasta que se cuente con otra mejor.

         Y esta nueva teoría es la de que Julióbriga podría haberse ubicado en Camesa Rebolledo, más que en Retortillo.

         Desde hace tiempo, hacia 2012, el equipo de investigadores formado por Pedro Ángel Fernández Vega, Lino Mantecón Callejo y Rafael Bolado del Castillo trabajaron sobre el "oppidum" de Ornedo-Santa Marina (Valdeolea, Cantabria).

         Parece ser que la diferenciación entre el territorio de Julióbriga y el de otra población romana documentada en Cantabria, el de la Legión Cuarta era de gran importancia fiscal para los romanos, pues los predios ubicados en este último territorio, el de la Legio IIII, estaban exentos de impuestos, al tratarse de una zona militarizada y, en consecuencia, de servicio público. No era el caso de Julióbriga, municipio civil y, por lo tanto, sujeto a impuestos.

         Para delimitar las tierras pertenecientes a una u otra ciudad, y su régimen impositivo, se plantaron mojones de piedra en torno a Julióbriga y su campo, a los que llamaron "términos augustales". Pues bien, si se traza una línea en torno al "oppidum" de Ornedo-Santa Marina, tendríamos una delimitación perfecta del territorio juliobriguense, cosa que no sucedería si se considerara como eje de referencia la localidad de Retortillo, donde aparecieron ruinas en lejanos tiempos. Si esto fuera así, la capital del campus iuliobriguensis serían las ruinas de Camesa Rebolledo, justo bajo el "oppidum" de Ornedo Santa Marina, y el correspondiente a la Legión Cuarta, pasaría a ser la zona de Huerta Varona, en Aguilar de Campoo. ¿Qué serían, pues, las ruinas de Retortillo? Quizá una "mansio", un gran cortijo de romanos acomodados.

         Es muy interesante la conferencia impartida por Pedro Ángel Fernández Vega en el marco de las Guerras Cántabras de Los Corrales de Buelna:

https://www.youtube.com/watch?v=iUTT3Wgfjtk&t=2603s

         En cualquier caso, leamos las palabras de los mismos investigadores, pues a continuación se transcriben las conclusiones de una publicación firmada por ellos en 2022, en la revista Munibe Antropología-Arkeologia, de Aranzadi. Dice así:

«En las inmediaciones de Camesa Rebolledo este gran oppidum sin duda pudiera asimilarse con lo que, en términos célticos, se conocía como –briga, por lo que, como ya hemos señalado en otros trabajos, permite proponer una sugerente hipótesis: en las inmediaciones del enclave se han hallado dos decenas de términos augustales que dividían los prata de la Legión IV y el territorio de Julióbriga. Al menos tres procedían de la cima del yacimiento, donde quedaron integrados en los muros de la ermita de Santa Marina. Sin duda, esto obligaría a cuestionarse si alguna de ambas identidades, Legio IIII o Iuliobriga puede reconocerse sobre el lugar mismo de Monte Ornedo. Las estructuras campamentales romanas localizadas en el lugar permiten aposentar un destacamento, pero no una legión. En cambio, la secuencia de dataciones y la envergadura urbanística del enclave prerromano -con un sólido y largo perímetro amurallado, con un edificio público y equipamiento balneario, y con un recinto cercado, quizá ritual o sagrado, a modo de acrópolis- permiten reconocer lo que en el área céltica peninsular se ha estudiado durante décadas como topónimos en -briga. La continuidad del poblamiento en la época romana es algo acostumbrado en estas brigae, que, en la mayoría de los casos en que se han identificado, corresponden a castros romanizados, células imperiales asentadas sobre un ineludible sustrato prerromano. En Monte Ornedo, la ocupación romana del lugar se extendió luego a los pies de la montaña, en el yacimiento que se conoce como Camesa-Rebolledo. Allí, hemos trabajado en un amplio sector de excavaciones en La Cueva, y desarrollamos también trabajos en Rebolledo y en la zona conocida como Los Trigales, donde iniciamos en 2012-2013 la excavación de un área termal provista de mosaicos y pinturas murales. Esta construcción forma parte de un sector urbano central, de apariencia forense, en el que la lamentable alteración del sustrato arqueológico a causa de los trabajos agrícolas y del saqueo de material constructivo romano, han dificultado reiteradamente los avances intentados en diversos sondeos. Dada la completa y contrastada secuencia de dataciones prerromanas y romanas que recoge este artículo, dadas las circunstancias -la presencia de un gran castro fortificado en altura, con acrópolis, y con asalto militar romano-, y dados los hallazgos epigráficos -los términos augustales que delimitan el territorio de una ciudad concreta-, se podría proponer que en el oppidum de Monte Ornedo y su entorno se hubiera ubicado la ciudad de Iuliobriga».

jueves, 17 de julio de 2025

ARACILLUM, ¿DÓNDE ESTABA?


 

¿Dónde estaba el castro del que hablan las fuentes, esa ciudad a la que se refieren los escritores latinos?

         Según Floro, "En tercer lugar (tras Bérgida y Vindio), el castro de Aracelium resiste con gran empuje; no obstante fue tomado". Y, según Orosio, "Después, el castro de Racilium, aunque resistió con gran fuerza y durante largo tiempo, al fin, fue tomado y arrasado".

         Según Joaquín González Echegaray, "Racilium" y "Aracilum" son el mismo castro. Orosio escribió en el siglo V, y ya para entonces el término Aracilum se corrompió en Racilium.

         El primero que identificó Aracillum con Aradillos fue el Padre Flórez, en 1768. Este historiador ha sido siempre un referente para el estudio del fenómeno cántabro, pues fue el primero que torció la tradicional interpretación de que los cántabros eran los vascos, el vascocantabrismo. A partir de sus aportaciones, tal teoría fue descartada en la historiografía, aunque aún hoy día se pueden ver en las redes gentes que la sostienen cogida de los pelos. Afirmó también que Iulióbriga estaba en Retortillo, pues eran las únicas ruinas romanas de la zona en su tiempo, y pasados los años, y los siglos, su interpretación, hecha a bulto, sigue siendo palabra de dios para la historiografía oficial, pero de la ubicación de Iulióbriga ya hablaremos en otro momento.

         ¿Por qué Aradillos era Aracillum para este notable autor? Por su parecido fónico. No aportó otro razonamiento.

         Más adelante, en 1878, Aureliano Fernández Guerra reafirmó tal identificación, y en 1940, nada menos que el mítico alemán Adolf Schulten, ratificó la idea, y su opinión pesaba mucho en la historiografía. Incluso Eutimio Martino, en 1982, seguía esa línea, y hasta Joaquín González Echegaray la consideró inapelable (Los Cántabros, página 70).

         Esta fue la tesis oficial durante mucho tiempo, basada en las fuentes y en la similitud fónica entre Aracillum y Aradillos, y sigue siéndolo, pese a las evidencias de contrario.

         El contrapaso científico se encuentra en los trabajos que Eduardo Peralta realizó en la Espina del Gállego. En más de una ocasión he sostenido que gracias al trabajo de este investigador se ha producido el hecho insólito de que la arqueología es más dicharachera sobre el pasado que las fuentes literarias. Y, el caso de la Espina del Gállego es el paradigma de esta afirmación.

         En el interior de Cantabria, descendiendo ya hacia la costa, entre San Vicente de Toranzo y Arenas de Iguña, en la cola del Cordal del Escudo, en el paraje llamado La Espina del Gállego, halló este investigador ─especialista en fotografía aérea y en arqueología de guerra─ las ruinas de un castro cántabro, en las que había indicios de destrucción violenta y, de una gran batalla, habida cuenta de la alta densidad de restos militares hallados, en especial puntas de flecha, tantas que la colección de este yacimiento podría compararse a la conseguida en Francia, en las ruinas de Alesia.

         Las fuentes hablan de una gran batalla, de una gran resistencia, de un largo asedio, pero Aradillos, por los mínimos residuos arqueológicos hallados en su territorio no da la talla. De hecho, el mismo Peralta afirmó que no eran arqueológicos. Espina del Gállego, sin embargo, sostuvo un gran asedio, largo y constante, esto nadie se ha atrevido a discutirlo.

         Por otra parte, según Ramírez Sádaba, el topónimo Aradillos estaba más relacionado con el participio del verbo "arar", que con una raíz prerromana.

         En consecuencia, la gran batalla de Aracillum de que hablan las fuentes, o es la localizada en la Espina del Gállego, o esta nos muestra el escenario de un enfrentamiento más, y grande, del que no hablan las fuentes.

         ¿Qué pensar al respecto? Parece evidente la respuesta: aplicar el concepto de la "navaja de Occam", teoría según la cual, la solución más sencilla es la más probable. De esta manera, la gran batalla de Aracillum, que se produciría tras la de Bérgida y el exterminio en el monte Vindio, tuvo lugar en el paraje de la Espina del Gállego, único escenario de una gran batalla en el interior de Cantabria.

         Pero es que, además, cuadran otros elementos, como el volumen de las fuerzas romanas implicadas y la dirección de avance de las mismas. Claro, que estos datos sólo pueden obtenerse si se conocen los conceptos básicos militares por los que se regían los romanos. Sin embargo, cuando Peralta lanzó su revolucionaria teoría, los togados entre los togados eran algo ignorantes al respecto, y hay quien sostiene que siguen siéndolo, yo no lo sé, la verdad, pero entiendo que desde un lado del río la otra orilla se mire con gran desconfianza.

         Lo cierto es que los romanos eran unos maniáticos del ordenancismo. Ahí radicaba su fuerza, en la disciplina y en el método de trabajo. Levantaban campamentos tras cada jornada de avance, los disponían de una manera concreta e invariable, con tantas y cuántas tiendas en cada calle, con zonas apartadas para las tropas auxiliares, con barracones para los caballos y para los bastimentos, todo medido, todo meticuloso, todo escrito, todo organizado.

         Los restos de una guerra en la que hubiera participado el ejército romano darían pistas a los historiadores sobre infinidad de datos como contingente, composición de las tropas, estructura de las mismas, etc., que, si no se tiene cabal noticia de la organización militar romana, pasarían inadvertidas. Y Peralta estudió la ubicación de abundantes campamentos romanos de los llamados "castra aestiva", provisionales, repartidos a lo largo del cordal del Escudo.

         Este estudio le dio al investigador una clara idea de por dónde avanzaron las legiones. Demostró que, en efecto, como sostienen las fuentes, una columna viajó de sur a norte por el Cordal del Escudo, y que otra subió desde, presumiblemente, la bahía de Santander en dirección al Dobra y tras esta sierra, hacia Espina del Gállego. Sólo era cuestión de seguir los rastros dejados por los campamentos romanos para saber quiénes, cuántos, desde dónde y hacia donde caminaban.

         De Santander a la Espina, los campamentos eran únicos, capaces de agrupar a una legión, pero desde la Espina hacia la meseta, los campamentos estaban duplicados, lo que daba a entender que si una legión subía hacia el sur, la otra bajaba hacia el norte, que se encontraron en la Espina del Gállego, que acabaron con la dura resistencia cántabra de que hablan las fuentes, en una acción combinada y que, luego, en amor y compaña, se encaminaron hacia la meseta, rumbo al sur, probablemente hacia Segisama, en tierra de turmogos.

         Por eso, desde la Espina, es decir desde Aracillum, hacia los altos del Sur, los campamentos están duplicados, para contener uno a la legión que descendiera en su momento hacia el norte (la de Antistio Veto), y otro a la legión que subía y marchaba de retirada hacia los comunes cuarteles de invierno, tras haber vencido a los cántabros en la batalla final de Aracillum, la desembarcada en lo que luego se llamó Portus Victoriae, Santander.

         Las legiones romanas eran muy suyas. No se mezclaban. No se hacinaban. Cada una tenía su campamento con sus calles, con sus tiendas, con sus empalizadas, con su pretorium y sus estandartes. Eso sí, adosados los campamentos de quienes subían a los campamentos de quienes bajaban. Por eso, es desde la Espina, la batalla final, cuando las posiblemente dos legiones, ascendieron juntitas hacia el Sur y, claro, dejaron su rastro al duplicar los campamentos. Los ejércitos romanos parecían compuestos por caracoles, siempre dejaban rastro de su paso.

         Esta tesis parte de una "evidencia científica": se trata de datos arqueológicos, que refutan una anterior evidencia y pueden ser contradichos por otra que la mejore. Evidencia científica no quiere decir certeza. La certeza en ciencia sólo puede lograrse con la prueba definitiva, y en ciencias humanas es difícil la constatación final, pero lo que sorprende es que esta emergente "evidencia científica", no es ni admitida ni contemplada por el mundo académico oficial, ni comentada, pareciera no existir.

         En ocasiones me pregunto si estarán esperando la desaparición física de los científicos que han propugnado esta teoría para luego, tras hábiles juegos de manos de publicaciones científicas ─papers por aquí, papers por allá y abracadabras─, elevar la teoría al rango de evidencia, después de, quizá, ¿quién sabe? apropiársela de alguna manera.

         Esto se produciría tras elevar a los altares al padre de la criatura, pero ello siempre que no fuera posible enviarlo en derechura al ostracismo y propiciar su "damnatio memoriae", asunto más que deseable, aunque peliagudo, pues tiene muchos amigos a los que él conoce, y otros de los que no tiene noticia ─ni tiene por qué tenerla─, pero que conocen su obra.

         Lo anterior no es más que una lucubración, una fantasía basada en meras sospechas de cántabro apasiegado y de raquero mal encarado. Lucubraciones justificadas porque nadie que atienda al "cocinu" llega a pensar tanto, pues su razonamiento quedará siempre restringido al bocado de hoy, a las vacaciones que vienen, a la nónina, más bien que mal nutrida, y al "cursus honorum" para el que tanto habrán crecido las esquinas de las lenguas a fuerza de usarlas, dicho sea en sentido figurado y como mera hipótesis.

         Pero si no la inteligencia, sí la inercia oscura es capaz de propugnar esa salida. Espero no ser profeta ─en cualquier caso, yo no lo veré─ pero ya lo dice el refranero: si muere el perro, se acabará la rabia, sólo resta esperar. Se verá. 

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