viernes, 2 de mayo de 2025

¿HUBO UNA MASACRE MASCULINA EN EL NEOLÍTICO?

 


Es posible, no se sabe, se considera, se sospecha, se discute.

Al día de hoy, el consenso científico no está nada consolidado. Algunos estudiosos, como Jakob Jakobsen, de la escuela danesa aseguran que sí, que los esteparios, los yamna, mataron a los hombres y se apropiaron de las mujeres allá en los más remotos tiempos antes de Cristo. Otros lo niegan.

¿Y qué tiene que ver esto con los astures, con los cántabros, con los vacceos y con toda la parentela del norte y centro de Hispania? Pues mucho, porque estos eran pueblos descendientes de los yamnaya. Al menos eso dice su huella genética, la cual aún perdura en nosotros.

La magia de los genetistas consiste en manejar el ADN en que consta la ascendencia materna (mitocondrial), y el ADN contenido en los cromosomas sexuales del núcleo, donde se registra la ascendencia paterna. A partir de estas genealogías trazan movimientos de poblaciones masculinas y femeninas y son capaces de seguir pistas de movimientos humanos masivos a través de los milenios y proporcionar un material que, combinado con la arqueología, ofrezca una visión caleidoscópica de la historia.

En el año 2003, el Proyecto Genoma Humano supuso un gran logro, pues se conoció el genoma de un individuo tras diez años de estudio. En 2019 ya se podía obtener en un día el de 300. Y esta tecnología está aún en mantillas.

¿De dónde procedían las gentes que poblaron la Cordillera Cantábrica hacia el 2500 ó 3000 antes de Cristo? Pues de la estepa. Se los denomina yamnaya.

¿Y de dónde procedían estos? Eran una mezcla de los cazadores recolectores del Cáucaso, de cazadores recolectores del norte siberiano, bien arriba, hacia el lago Baikal y de cazadores recolectores de las estepas rusas. Tenían ojos azules y tez clara, eran muy altos, fornidos y bien alimentados. Mucha proteína animal.

Se asentaron en lo que hoy es Ucrania, justo al lado de una cultura agrícola europea muy evolucionada ubicada en el Danubio, Vinca, Karanovo y Cucuteni.

Eran entre comerciantes (pues adquirían abundante cobre proveniente del sur), guerreros (pues buscaban imponerse por la reputación del poder y la amenaza de la violencia) y salteadores. Más o menos como ciertas empresas actuales dedicadas a la distribución de energía.

Por supuesto, su cultura era patriarcal a ultranza y el poder recaía en grandes jefes guerreros y en las SODALIDADES, sociedades de hombres, cofradías combatientes sometidas a una potente jerarquía. 

Llegó un momento en el que el frío se hizo insoportable en la árida estepa —ya se sabe, siempre el cambio climático detrás de las mutaciones históricas— y los yamna intentaron asaltar las culturas de Vinca, Karanovo y Cucutemi, en la cuenca del Danubio. El hambre es lo que tiene. No lo lograron porque a causa de alguna incursión anterior los campesinos protegieron sus ciudades con altas murallas.

Por desgracia para los pacíficos danubianos, el colapso de su cultura se produjo no sólo por el empuje de los esteparios como causa determinante, sino que coincidió también con hambrunas y enfermedades, como la peste. Los esteparios, en fin, arrasaron los asentamientos danubianos, auténticas ciudades de elevada cultura donde se acariciaba, casi, la expresión escrita.

Tras conseguir pasar la barrera de las culturas agrícolas, en sólo trescientos años, los yamnaya cruzaron toda Europa, posiblemente a sangre y fuego, y llegaron a Iberia y a las Islas Británicas. En estos lugares, de forma abrupta, cambió la composición genética de las poblaciones. Desapareció el ADN masculino anterior que fue sustituido por el ADN masculino de la estepa. En las Islas Británicas en un 90%.

Se dice que no hubo masacre porque habría dejado un gran rastro y sólo constan genocidios aislados, aunque no pocos. Se argumenta que reutilizaron los elementos funerarios existentes (túmulos, dólmenes) para justificar la posesión de la tierra, y esto sólo se hace cuando hay poblaciones a las que convencer o atemorizar —algo débil parece el argumento— y porque, en general, no les hizo falta exterminar a los varones, les bastaba con que los autóctonos no tuvieran suficiente éxito reproductivo, no sé si se refieren a hermosura o a debilidad para tener hijos porque, quizá, estuvieran peor alimentados que los esteparios.

La teoría de la masacre, del genocidio, no parece bien aceptado por la comunidad científica. Es atractiva, sin embargo, para la prensa y para escritores de novela histórica, se dice.

¿Estos argumentos contrarios a admitir el genocidio son serios? La verdad, no lo sé, pero me pregunto si existirá un tabú que impida aceptar la violencia, la máxima violencia, el genocidio como base de la construcción de Europa y de la civilización toda.

Como si la crueldad extrema no fuera posible en nuestra especie, como si resultase incompatible con el desarrollo cultural y técnico alcanzado, como si el comportamiento asesino fuera improbable y esporádico. ¿No son los siglos XX y XXI testigos de lo contrario? ¿No son prueba los dos últimos años de que la vena del asesinato masivo sigue más gruesa que nunca entre los mal llamados civilizados?

Confieso que me cuesta entender esta negación de lo obvio cuando veo la televisión, escucho las noticias, miro la prensa o me sumerjo en internet en los tiempos que corren. Pero no seré yo el que diga algo, ¡qué hacer! No sea que luego vengan los científicos y me acusen de meterme en su terreno. ¡No, hijo, no! Yo me limito sólo a repetir lo que leo aquí y allá sobre el tema.

Lo cierto fue que estos señores de la estepa se impusieron, dominaron e implantaron sus costumbres guerreras: hecatombes de animales y prisioneros, exposición de cadáveres muertos en combate para que los llevaran al más allá los buitres, la fidelidad suicida al jefe, los prados comunales, las grandes juergas sagradas en formato de comilonas y borracheras épicas, los enterramientos distinguidos de los jefes, el furor guerrero, la trashumancia y, en general, su cultura del honor patriarcal de cabo a rabo. ¿No suena esto a algo cercano?

¡No ha de sonar! Estos señores eran lo que luego se dio en llamar preceltas.

Y, pasado el tiempo, los esteparios de Europa Central, que habían evolucionado, ya convertidos en celtas, cortos o largos, que se habían instalado y desarrollado en el centro de Europa, llegaron a Iberia con su cultura más evolucionada. Se instalaron entre Aragón y la Meseta castellana y deslumbraron a todos los pueblerinos locales.

Los romanos los llamaron celtíberos, pero no eran mezcla de celtas e iberos como nos decían en la escuela, sino celtas como los galos, los celtas de Iberia.

Se encontraron gentes con las que coincidían en mucho, pues los antepasados de los celtíberos por una parte y de los astures, cántabros, autrigones, vacceos, etc., por otra, eran los mismos, los lejanos parientes esteparios. Se gustaron, y los preceltas quedaron celtizados en un quítame ahí esas pajas.

¿Hubo masacre en los tiempos remotos? ¿Se quedaron los esteparios con las mujeres tras matar a los hombres hace cuatro o cinco mil años? No lo sabemos, pero puede llegar a saberse pronto, al ritmo en que evoluciona la arqueogenética.

Sospechas hay de que sí, de que hubo genocidio, que mataron a los hombres y se apropiaron de las mujeres, las cuales pasaron a la condición de objetos más o menos decorativos. ¿Nació en ese momento el patriarcado? ¿Estará en este hecho escondida la maldición neolítica de la guerra? ¿Se hallará en tan extrema violencia la feroz y  asesina que aún arrastramos y que amenaza con hacernos caer al barranco de la nada?

¡Vaya usted a saber! Yo, cada vez entiendo menos.



AVISO... El anterior texto no pertenece a “Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato divulgativo algunos de sus contenidos.

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