Es
posible, no se sabe, se considera, se sospecha, se discute.
Al día
de hoy, el consenso científico no está nada consolidado. Algunos estudiosos,
como Jakob Jakobsen, de la escuela danesa aseguran que sí, que los esteparios,
los yamna, mataron a los hombres y se apropiaron de las mujeres allá en los más
remotos tiempos antes de Cristo. Otros lo niegan.
¿Y
qué tiene que ver esto con los astures, con los cántabros, con los vacceos y con
toda la parentela del norte y centro de Hispania? Pues mucho, porque estos eran
pueblos descendientes de los yamnaya. Al menos eso dice su huella genética, la
cual aún perdura en nosotros.
La
magia de los genetistas consiste en manejar el ADN en que consta la ascendencia
materna (mitocondrial), y el ADN contenido en los cromosomas sexuales del
núcleo, donde se registra la ascendencia paterna. A partir de estas genealogías
trazan movimientos de poblaciones masculinas y femeninas y son capaces de
seguir pistas de movimientos humanos masivos a través de los milenios y
proporcionar un material que, combinado con la arqueología, ofrezca una visión
caleidoscópica de la historia.
En
el año 2003, el Proyecto Genoma Humano supuso un gran logro, pues se conoció el
genoma de un individuo tras diez años de estudio. En 2019 ya se podía obtener
en un día el de 300. Y esta tecnología está aún en mantillas.
¿De
dónde procedían las gentes que poblaron la Cordillera Cantábrica hacia el 2500
ó 3000 antes de Cristo? Pues de la estepa. Se los denomina yamnaya.
¿Y
de dónde procedían estos? Eran una mezcla de los cazadores recolectores del
Cáucaso, de cazadores recolectores del norte siberiano, bien arriba, hacia el
lago Baikal y de cazadores recolectores de las estepas rusas. Tenían ojos
azules y tez clara, eran muy altos, fornidos y bien alimentados. Mucha proteína
animal.
Se
asentaron en lo que hoy es Ucrania, justo al lado de una cultura agrícola
europea muy evolucionada ubicada en el Danubio, Vinca, Karanovo y Cucuteni.
Eran
entre comerciantes (pues adquirían abundante cobre proveniente del sur),
guerreros (pues buscaban imponerse por la reputación del poder y la amenaza de la
violencia) y salteadores. Más o menos como ciertas empresas actuales dedicadas
a la distribución de energía.
Por
supuesto, su cultura era patriarcal a ultranza y el poder recaía en grandes
jefes guerreros y en las SODALIDADES, sociedades de hombres, cofradías combatientes
sometidas a una potente jerarquía.
Llegó
un momento en el que el frío se hizo insoportable en la árida estepa —ya se
sabe, siempre el cambio climático detrás de las mutaciones históricas— y los
yamna intentaron asaltar las culturas de Vinca, Karanovo y Cucutemi, en la
cuenca del Danubio. El hambre es lo que tiene. No lo lograron porque a causa de
alguna incursión anterior los campesinos protegieron sus ciudades con altas
murallas.
Por
desgracia para los pacíficos danubianos, el colapso de su cultura se produjo no
sólo por el empuje de los esteparios como causa determinante, sino que
coincidió también con hambrunas y enfermedades, como la peste. Los esteparios,
en fin, arrasaron los asentamientos danubianos, auténticas ciudades de elevada
cultura donde se acariciaba, casi, la expresión escrita.
Tras
conseguir pasar la barrera de las culturas agrícolas, en sólo trescientos años,
los yamnaya cruzaron toda Europa, posiblemente a sangre y fuego, y llegaron a
Iberia y a las Islas Británicas. En estos lugares, de forma abrupta, cambió la
composición genética de las poblaciones. Desapareció el ADN masculino anterior
que fue sustituido por el ADN masculino de la estepa. En las Islas Británicas
en un 90%.
Se
dice que no hubo masacre porque habría dejado un gran rastro y sólo constan
genocidios aislados, aunque no pocos. Se argumenta que reutilizaron los
elementos funerarios existentes (túmulos, dólmenes) para justificar la posesión
de la tierra, y esto sólo se hace cuando hay poblaciones a las que convencer o
atemorizar —algo débil parece el argumento— y porque, en general, no les hizo
falta exterminar a los varones, les bastaba con que los autóctonos no tuvieran
suficiente éxito reproductivo, no sé si se refieren a hermosura o a debilidad
para tener hijos porque, quizá, estuvieran peor alimentados que los esteparios.
La
teoría de la masacre, del genocidio, no parece bien aceptado por la comunidad
científica. Es atractiva, sin embargo, para la prensa y para escritores de
novela histórica, se dice.
¿Estos
argumentos contrarios a admitir el genocidio son serios? La verdad, no lo sé,
pero me pregunto si existirá un tabú que impida aceptar la violencia, la máxima
violencia, el genocidio como base de la construcción de Europa y de la civilización
toda.
Como
si la crueldad extrema no fuera posible en nuestra especie, como si resultase
incompatible con el desarrollo cultural y técnico alcanzado, como si el
comportamiento asesino fuera improbable y esporádico. ¿No son los siglos XX y
XXI testigos de lo contrario? ¿No son prueba los dos últimos años de que la
vena del asesinato masivo sigue más gruesa que nunca entre los mal llamados
civilizados?
Confieso
que me cuesta entender esta negación de lo obvio cuando veo la televisión,
escucho las noticias, miro la prensa o me sumerjo en internet en los tiempos
que corren. Pero no seré yo el que diga algo, ¡qué hacer! No sea que luego
vengan los científicos y me acusen de meterme en su terreno. ¡No, hijo, no! Yo
me limito sólo a repetir lo que leo aquí y allá sobre el tema.
Lo
cierto fue que estos señores de la estepa se impusieron, dominaron e
implantaron sus costumbres guerreras: hecatombes de animales y prisioneros,
exposición de cadáveres muertos en combate para que los llevaran al más allá
los buitres, la fidelidad suicida al jefe, los prados comunales, las grandes
juergas sagradas en formato de comilonas y borracheras épicas, los
enterramientos distinguidos de los jefes, el furor guerrero, la trashumancia y,
en general, su cultura del honor patriarcal de cabo a rabo. ¿No suena esto a
algo cercano?
¡No
ha de sonar! Estos señores eran lo que luego se dio en llamar preceltas.
Y,
pasado el tiempo, los esteparios de Europa Central, que habían evolucionado, ya
convertidos en celtas, cortos o largos, que se habían instalado y desarrollado
en el centro de Europa, llegaron a Iberia con su cultura más evolucionada. Se
instalaron entre Aragón y la Meseta castellana y deslumbraron a todos los
pueblerinos locales.
Los
romanos los llamaron celtíberos, pero no eran mezcla de celtas e iberos como
nos decían en la escuela, sino celtas como los galos, los celtas de Iberia.
Se
encontraron gentes con las que coincidían en mucho, pues los antepasados de los
celtíberos por una parte y de los astures, cántabros, autrigones, vacceos, etc.,
por otra, eran los mismos, los lejanos parientes esteparios. Se gustaron, y los
preceltas quedaron celtizados en un quítame ahí esas pajas.
¿Hubo
masacre en los tiempos remotos? ¿Se quedaron los esteparios con las mujeres
tras matar a los hombres hace cuatro o cinco mil años? No lo sabemos, pero
puede llegar a saberse pronto, al ritmo en que evoluciona la arqueogenética.
Sospechas
hay de que sí, de que hubo genocidio, que mataron a los hombres y se apropiaron
de las mujeres, las cuales pasaron a la condición de objetos más o menos
decorativos. ¿Nació en ese momento el patriarcado? ¿Estará en este hecho
escondida la maldición neolítica de la guerra? ¿Se hallará en tan extrema
violencia la feroz y asesina que aún arrastramos
y que amenaza con hacernos caer al barranco de la nada?
¡Vaya
usted a saber! Yo, cada vez entiendo menos.
AVISO... El anterior texto
no pertenece a “Cantábrica. La Gran
Epopeya del Solar Cántabro”, sino que refunde, comenta y explica en formato
divulgativo algunos de sus contenidos.
También se quiere hacer
constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que
periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar
plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen
en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a
terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el
expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)

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