miércoles, 2 de abril de 2025

LA VIJANERA, BANDA MUSICAL DE “CANTÁBRICA”

 


Desde que estoy componiendo «Cantábrica» suelo ir a Silió de incógnito. Digo de incógnito porque voy solo. ¿Dónde está padre? ¡Ay, juca!, hoy es primer domingo del año, ¿no?... ¡No me digas que ha ido otra vez!... Sí, hija, sí, allí está, en la Vijanera, dice que se inspira. Pues no lo entiendo, madre, la verdad, con el follón de gente que hay... Oye, este hombre está cada vez peor, ¿no?... ¡Ya te digo, niña, ya te digo!

Pero sí, la verdad es que me inspira esa magnífica fiesta. Es la banda musical de mi obra. Allí me puedo sumergir en el estruendo vivo de los personajes de «Cantábrica», en el retumbar del pasado remoto, en el salto recio de los zarrramacos que pisan la tierra para despertarla, para recordarle que se espera el resurgir de las flores y el parto de las yeguas. Allí cruzo la mirada con la hierba viviente, con los trapajeros, con el gorila húngaro, con el oso, y me dicen sin palabras que existen, que mis personajes viven en algún lugar todo el año, pero que en la Vijanera bajan del Sid para que yo los vea y sepa que no han muerto. 

Y yo lo creo, porque los dioses de Cantabria no tienen imagen, flotan en sus existencias difusas de deidades supernumerarias, y en la Vijanera se dejan ver entre miles de turistas y fisgones por aquel que tenga los ojos abiertos, los oídos listos y el alma presta. ¡Aquí estamos, Javier!, me dicen, ¿quién ha dicho que hemos muerto hace más de mil años?

Además, siempre me sucede algo divertido. Uno de estos años, por ejemplo, creo que en 2024, cansado de tanto barullo y de tanta gente, me senté en un murio tras el cual había un prado, bien abajo. Llevaba el paraguas colgado a la espalda, no me acordé de él y cayó al verde. ¡Madre, cómo sacarlo! Pasó por allí un tipo que me quiso ayudar con el suyo, por ver si alcanzaba su mango a trincar el del mío, y los dos nos colocamos barrigas sobre el murio a intentar levantarlo, pero nada.

En esa postura le dije que si pasase el hombre toro y nos viera de tal guisa no sabría decir lo que nos haría, porque poco antes observé cómo un minotauro vijanero mochaba hasta las paredes. Nos reímos, pero nos levantamos por si acaso, pues nunca se sabe si unos recios cantabrones de pro podrían resistir un ataque sorpresivo por la retaguardia.

Yo, valiente, bajé a por el paraguas no sé cómo, la verdad, y subí, tampoco recuerdo de qué manera, pero sí que el amigo y su esposa me ayudaron. Cuando alcancé la carretera con mi paraguas recuperado al fin, les dije: ¡gracias, samaritanos!, pero claro, eran mucho más jóvenes que yo y no debían conocer la parábola del buen samaritano, ese que ayudó a un prójimo sin saber quién era y Dios se lo agradeció como si le hubiera ayudado a él mismo; total que me contestaron: bueno, no, no somos de ahí, sino de algo más lejos. ¿Qué entenderían?, ¿que Samaría estaba por Bilbao?

Al rato, me pasó un tipo al lado, el cual llevaba también una máquina de fotos y disparaba contra todo, y me dijo —yo no lo conocía—, que venía detrás nada menos que Cristina García Rodero. ¿Quién sería esa, quién sería el fotógrafo? Yo le dije: ¡pero qué me dices! Él contestó: lo que oyes, en carne y hueso. Yo repliqué: ¡joder, hay gente pató!, pero, la verdad, ese nombre no me decía nada.

Luego me enteré de que era una famosa fotógrafa a nivel nacional, especializada en eventos populares. Seguro que el día menos pensado me la encontraría en la Feria de la Sidra en Escalante, o en la fiesta de la entronización del dios Airón, natural también de la Villa.

Bueno, esto es todo, que ando muy liado corrigiendo pruebas y más pruebas de maquetación, todo un viacrucis. ¿Cómo he podido escribir tanto, preguntas?... Porque padezco de grafomanía, amigo, una enfermedad mental no catalogada o, al menos, un síntoma rarito que tira a sospechoso de algún desarreglo hombros arriba.


lunes, 31 de marzo de 2025

LOS NIETOS DE VINDIO

 


He encontrado en un rincón de mi biblioteca los dos tomos del Vindio, de Isidro Cicero. Son muy viejos y están bien manoseados, sobre todo el primero, que pide a gritos pasar por el taller de encuadernación. Los he mirado, los he ojeado y me he pasmado porque, en su interior, hallé seis fichas escolares de uno de mis hijos.

La cartulina amarilleaba, las letras eran de diseño caligráfico, de mente infantil no tocada por las pantallas, salvo por la Bola de Cristal. Había en el texto referencia a las costumbres antiguas, se insertaban mapas con la distribución de los populii, un placer leer esa redacción primeriza. Las fichas estaban fechadas en 1987, es decir que tendría once años.

Con ellas en la mano, encendí el paquete neuronal donde habita el pasado, y mis recuerdos se amontonaron en la pantalla de la conciencia, regurgitados, reeditados, revividos, reencontrados, resignados al paso del tiempo.

Compré el Vindio en 1979, nada más ser publicado. Mi criatura tenía sólo tres añucos y todas las noches me lo pedía. Léeme el Vindio, papá. Y yo me enfrascaba en su lectura algo compleja para tan temprana edad, y me paraba cada dos por tres para explicar alguna palabra. ¡Qué libro!, su subtítulo era “La historia de Cantabria contada a los niños”, claro que a los niños de entonces, pues la densidad del texto era enorme, insoportable para los de hoy seguramente.

Pero ellos no se limitaban a atender las palabras de los padres que se lo leíamos, las bebían, las devoraban, las integraban entre sus juguetes, entre sus sencillas representaciones del mundo, entre los cimientos de su mente en agraz. Y nosotros también aprendíamos, pues nunca habíamos oído hablar de anjanas, ni de ojáncanos, ni de mitología cántabra, y casi tampoco de la historia de nuestro pueblo. En los ratos libres, los padres nos entreteníamos con la obra de Eutimio Martino para profundizar en estos temas “Roma contra cántabros y astures”, de Sal Terrae, no había más. Tanto niños como padres, aprendimos por aquellos tiempos qué cosa era Cantabria.

Sobre el texto del Vindio se construyeron las mentes infantiles, cuajaron sentimientos de amor por la tierra, se sellaron identidades, se promovieron formas de pensar emanadas del surco, de la patria, considerada esta como ese lugar chiquito chiquito en que nacieron sus padres, de la matria, donde nacieron sus madres, donde estaban enterrados sus mayores.

Todas las noches se identificaban con la pelambrera negra de Vindio, ya su amigo, con los enanucos que hacían mover la piedra disco que contaba la historia, con el carro volador tirado por una anjana que surcaba Cantabria por encima de las nubes, con los dos guerreros cántabros que se enfrentaban en los sueños del protagonista, con Corocotta que asomaba la jeta por la tienda de Augusto para cobrar su propia recompensa, con las cruces que adornaban los montes donde, pasado el tiempo, camparían a todo vuelo los monstruos de las eólicas.

Toda una generación de niños cántabros viajaba por entre aquellas nubes de colores e intentaba descifrar un texto, denso para ellos pero apasionante que imaginaban cargado de misterios, se zambullían en las imágenes, desataban la imaginación, formaban su conciencia de cántabros y deletreaban la palabra Cantabria.

Pasado el tiempo, mucho tiempo, en 2008, algunos que nunca vieron con buenos ojos el resurgir de lo cántabro, falangistas enquistados en sueños de glorias patrias, recelosos de lo autóctono y amantes del baile de sevillanas, confeccionaron un sesudo libro con todos los parabienes oficiales: “Los cántabros en la antigüedad. Historia y Mito”. Era una encuadernación a todo lujo, hoja de gran calibre, brillante y, en fin, pagada con buenos doblones de la pólvora del rey, donde en un marco de cientificismo rebosante de citas y de retórica, se envolvía el concepto de “mito” en muy pocas páginas (59 a 61). ¿Qué entendían por el “mito cántabro” estos herederos ideológicos de los Guinea y de la ACECA (Asociación de Cantabria en Castilla), muerta pero con el cadáver sin enterrar? Vamos a transcribir un párrafo del sesudo estudio:

«Se podría decir que esta ha llegado a ser la tesis oficial sobre Corocotta, convertido en un icono cántabro (como dato anecdótico baste con indicar a este respecto que una marca cántabra de orujos y licores lleva el nombre de Corocotta). Por ejemplo, en una obra sobre la historia de Cantabria escrita para niños (publicada por cierto por ediciones Corocotta), Corocotta es descrito como “jefe guerrero, elegido por cada clan, por cada tribu, admitido por cada poblado, era el caudillo valeroso de los cántabros. Legendario, hábil, fuerte, nadie sino él habría podido unificar a todas las tribus. Él encarnaba la voluntad de resistencia y en el combate todos los cántabros le obedecían a ciegas”. Una mirada a internet confirma la impresión de que la imagen de Corocotta está consolidada...»

Y se hacían cruces los sesudos autores de que un personaje ficticio, o casi, cogido por los pelos por Shulten, se hubiese convertido en eje de la identidad cántabra. Es una obra que no oculta su desprecio hacia el libro al que se refiere, pues ni se digna citar su título.

Otros tampoco estamos de acuerdo con el personalismo que se le ha dado a Corocotta, pues un pueblo heroico como el cántabro no precisa de líderes magistrales y su figura es muy forzada históricamente, pero lo cortés no quita lo valiente.

¿Qué puede ofender el hecho de que un personaje histórico o ficticio, que para el caso es lo mismo, haya calado en la población hasta el punto de que marcas de orujo lleven su nombre, o rótulos de gimnasios de kárate? O, mejor, ¿a quién puede ofender tal hecho?

La respuesta salta a la vista: a los que oponen identidad cántabra a identidad española. A los que se representan lo español como un mundo de olé y pandereta, de capuchón y saetas, de manoletillas y diestros, de chistes picantes y de piropos postineros, en fin, a los falangistas en su fuero interno, esos a los que tan poco les gusta que se les llame así: falangistas.

Por desgracia para ellos, el espíritu de Vindio caló muy hondo y hoy se remonta a las cumbres amenazadas por los molinos para desmontarlos, se desliza por los valles como un culebre contra las plantas de metano para devorarlas, vuela sobre los proyectos de carretera en alta montaña para bombardearlas con la lógica de que la naturaleza es el valor comunitario más importante.

¿Quiénes son esos muchachos y muchachas que en filas interminables  invaden las camberas de Cantabria, lábaro en mano? ¿Son los hijos de Vindio?

No, son ya sus nietos, los hijos de quienes balbuceaban la palabra Cantabria con el libro de Isidro Cicero sobre las rodillas. Y esta nueva generación no dejará desiertas ni las calles ni los campos. Pueden ser derrotados, eso es cierto, pero ellos gritarán: ¡No importa, mañana venceremos!... Y tras esta generación vendrá otra, y luego otra, olas interminables que siempre besarán  la Tierra.

Las Guerras Cántabras aún no han terminado, y visos llevan de no concluir nunca, como la lucha céltica de la Luz contra la Oscuridad, o quizá sí, quizá finalice todo cuando el cielo se desplome sobre nuestras cabezas. A eso le tenemos algo de miedo, la verdad.

AVISO... También se quiere hacer constar que este texto está protegido por DERECHOS DE AUTOR, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE. (Tazón. Abogados)


domingo, 30 de marzo de 2025

REENCARNACIÓN DE LAS ALMAS CÁNTABRAS

 


Los habitantes del Solar Cántabro, allá por los tiempos en que llegaron los señores romanos, creían en la reencarnación. Pero el concepto que tenían difería mucho del pitagórico o del hindú. Los cántabros no entendían eso de que en el otro mundo las gentes serían retribuidas por sus actos, y que según estos fueran, en la reencarnación el nuevo cuerpo sería inferior o superior al que tuvieron en vida. Eso de la retribución en el más allá de los actos de la vida no iba con los celtas.

Sí pudiera suceder que tardasen más o menos en llegar al Sid, es decir, al Paraíso. Si se habían portado mal no encontrarían deidad que los acompañara, pues ya se sabe que los dioses eran guías de las almas y les mostraban el camino que les llevaría a la bienaventuranza; se trataba de la función “psicopompa” de la divinidad, conductora de los difuntos. Era comprensible que si el fallecido había violentado la ley divina, la hospitalidad por ejemplo, o había cometido algún asesinato, los dioses no quisieran saber nada de su alma tras la muerte, y esta vagaría por tierras, montes y bosques antes de hallar el Sid, se convertirían en almas resentidas, lo que los romanos llamaban “larvae” y que en la obra se denominan “trasgos errantes”, espíritus resentidos y con muy mala baba que se dedicaban a hacer todo tipo de maldades por rabia. Pero  al final todos alcanzaban el Sid.

Y, en cuanto llegaban allí, se reencarnaban. ¿En qué? Pues en otros cuerpos similares a los que tenían en vida, aunque eso sí, en la plenitud de su juventud. Si eran viejos, en cuerpos treintañeros; si niños prematuros, en jóvenes adultos y lozanos. Es decir, la llegada al Sid era una gozada para los celtas, para los cántabros. La muerte era el principio de una vida nueva. Además, todos conservaban su rango social, el jefe seguía siendo jefe y el siervo, siervo, pero sin rencillas porque su vida de bienaventurados no daba lugar a ellas.

¿En qué consistía, pues, esa vida de tanto gozo en el Sid de los reencarnados? ¿A qué se dedicaban? ¿A qué sino a comer, a beber, a divertirse? El paraíso era para los celtas una gran comilona permanente, una sobremesa interminable, juerga y cánticos, chistes y risas sin principio ni fin. Un chollo. Por eso no bajaban al mundo de los vivos terrenales salvo en tiempos en que las fronteras de ambos mundos se difuminaban, en el Samonios por ejemplo. ¿Cómo iban a salir de ese lugar maravilloso? Preferían vivir en la dimensión paralela del mundo de los muertos. Eso de las lucecitas en las calabazas que los llamaba en el Año Nuevo celta, debía de ser una lata para ellos, pues tendrían que dejar los buenos manteles para ver lo que hacían los desgraciadillos que aún no habían muerto, a los que tanto quisieron en vida.

Los guerreros fallecidos en combate tenían, sin embargo, un trato especial. Además de esas juergas monumentales y eternas, se les encomendaba una misión guerrera, pues entraban a formar parte de la Gran Cabalgada de Lug, de Lucobos para los cántabros, y es que también en el Sid se luchaba contra las fuerzas de la Oscuridad, amenaza permanente y ubicua. Por lo tanto, los caídos en combate también pasaban la eternidad comiendo y bebiendo y, además, guerreando. ¿Se podía pedir más? Con tales creencias, cómo se iba a temer a la muerte, cómo no iban a desear morir en combate. Si no lo lograban y llegaban a viejos, tomaban el tejo que era una especie de convalidación de la muerte en batalla, y si moría el jefe, los soldurios se suicidaban también para seguir cabalgando con él bajo las órdenes de Lucobos en el Sid.

¿Y las mujeres? ¿Lo pasaban tan bien como los hombres? Por supuesto. En las crónicas irlandesas Mider corteja a Etaín por medio de un canto que es el mismo que el dios encargado de conducir al alma de las mujeres al Sid les canta a estas tras la muerte. Así le decía el dios a la difunta al oído:

“Oh bella mujer, vendrás conmigo a la maravillosa tierra donde se oye una hermosa música, donde se lleva sobre los cabellos la corona de primavera, donde el cuerpo es de color de nieve de la cabeza a los pies, donde nadie está triste ni silencioso, donde los dientes son blancos y negras las cejas... La cerveza de Irlanda embriaga, pero la de la Gran Tierra es mucho más embriagadora... Allí no se envejece, ¡qué maravilloso país! Lo recorren arroyos de un cálido líquido que unas veces es hidromiel y otras vino, pero que siempre es excelente... Los hombres son encantadores, perfectos, y el amor no está prohibido... ¡Oh, bella mujer! ¿Vendrás conmigo?” (Arbois de Jubainville. “El ciclo mitológico irlandés”, pg. 209).

                Bueno, supongo que si todos en el Sid seguían con el mismo estatus que tuvieron en vida, y los señores permanecían como señores y los siervos como siervos, las mujeres seguirían siendo mujeres y, claro, en tal condición, ¿servirían la mesa del Sid durante toda la eternidad?... No, claro, eso no sería vida bienaventurada y entraría en contradicción con lo dicho en el párrafo anterior... No, ¡qué hacer!, no hay que ser mal pensados, las comidas llegarían solas a la mesa y se recogerían también solas, como en los dibujos animados de Merlín, platos que van y vienen por el aire volando a ritmo de gaita y tambor. Porque, ¿quién puede pensar que el paraíso celta, el Sid, estuviera pensado sólo para chicos, tan tragaldabas ellos?... ¡Qué hacer! ¡Qué pensamiento tan tonto!

                El mito celta de Mider y Etaín al que arriba se ha hecho referencia  es reproducido, aunque con notables modificaciones adaptadas al Solar Cántabro, en el segundo tomo de la epopeya “Cantábrica”, en el capítulo 29, donde se habla de “Calaeta, la disputada”, escena desarrollada en el castro de Peñarrubia, por Pámanes, que en la ficción se llama castro de Rud, perteneciente al pueblo de los blendios y es uno de los pocos casos en los que la reencarnación celta se produce en el mundo del más acá.

                En definitiva, que la llegada al Sid para hombres y para mujeres, para buenos y para malos, era toda una gozada. ¿Cómo no iban a morir cantando los señores cántabros si sabían que al caer el sol participarían junto a Lucobus en su Gran Cabalgada, tras una fiera borrachera ceremonial y con un cuerpo joven y poderoso? Vamos, yo cantaría por lo alto, por lo bajo y por lo ligeró, aunque estuviera clavado en una cruz.

Nota.- Este contenido no pertenece a «Cantábrica, la gran epopeya del Solar Cántabro», sino que es mera aproximación, síntesis o reseña si se quiere de varias entradas de esa obra, en la que estos temas son tratados con gran amplitud, y con una notable bibliografía de referencia.

También se quiere hacer constar que este texto está protegido por derechos de autor, y que periódicamente, gracias a la IA, hacemos barridos en la Red para detectar plagios. Según la normativa de Facebook, la inserción de un texto o una imagen en esa red social no implica la pérdida de los derechos de autor frente a terceros usuarios. En este caso, la propiedad intelectual está reconocida en el expediente 2024/5095 del RPI-España-UE.

Javier Tazón Ruescas, abogado.


sábado, 29 de marzo de 2025

CARLOS MARX HABLÓ DE CANTABRIA

 


¿Cómo es eso?, ¿cuándo?, ¿dónde? Pues sí, aunque no directamente, claro; fue cuando quiso hacer referencia a la Comuna; en su escrito del 18 Brumario. Pero,  ¡díganme si no se puede leer pensando en nuestras gentes sólo con superponer el escrito a quienes habitan hoy nuestro Solar Cántabro! Esto decía el polémico enanito de Blanca Nieves:

"La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionarias es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal."

"

viernes, 28 de marzo de 2025

HOMENAJE POÉTICO A LAS RUINAS DE CANTABRIA, O A LA RUINA DE CANTABRIA

 

Poema insertado en la Coda Poética del tercer tomo de «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro» para compensar el ámago que puede producir la lectura de los poemas cojitrancos y mal puestos que pueblan esa sección, firmados por un colectivo de poetas tullidos de Cantabria. La imagen es del Palacio del Condestable, en Colindres de Arriba (Foto Tazón).

Funeral a los huesos de una fortaleza que gritan mudos desengaños (Francisco de Quevedo)

"Son las torres de Joray calavera de unos muros en el esqueleto informe de un ya castillo difunto.

Hoy las esconden guijarros, y ayer coronaron nublos. Si dieron temor armadas, precipitadas dan susto.

Las dentelladas del año, grande comedor de mundos, almorzaron sus almenas y cenaron sus trabucos.

Donde admiró su homenaje, hoy amenaza su bulto: fue fábrica y es cadáver; tuvo alcaides,  tiene búhos.

Certificome un cimiento, que está enfadando unos surcos, que al que hoy desprecia un arado era del fuerte un reducto.

Sobre un alcázar en pena, un balüarte desnudo mortaja pide a las yerbas, al cerro pide sepulcro.

Como herederos monteses, pájaros le hacen nocturnos las exequias, y los grajos le endechan los contrapuntos.

Quedaron por albaceas un chaparro y un saúco, fantasmas que a primavera espantan flores y fruto.

Guadalén, que los juanetes del pie del escollo duro sabe los puntos que calzan, dobla por él, importuno.

Este cimenterio verde, este monumento bruto me señalaron por cárcel: yo lo tomé por estudio.

Aquí, en cátedra de muertos, atento le oí discursos del bachiller Desengaño contra sofísticos gustos.

...

Tú que te das a entender la eternidad que imaginas, aprende de estas rüinas, si no a vivir, a caer.

El mandar y enriquecer dos encantadores son que te turban la razón, sagrado de que presumo.

...

Este mundo engañabobos, engaitador de sentidos, en muy corderos validos anda disfrazando lobos.

Sus patrimonios son robos, su caudal insultos fieros; y en trampas de lisonjeros cae después su imperio sumo.

Las glorias de este mundo llaman con luz para pagar con humo."


jueves, 27 de marzo de 2025

LOBOS, LICANTROPÍA Y RITOS ANCESTRALES


Imagen de "La Nueva España". 


En el actual “ESTADO DE DESINFORMACIÓN CALCULADA” yo no sé si la autorización de la caza del lobo —lo llaman regulación— será una medida de interés público o no. Puedo leer sobre el tema, o incluso estudiar, pero nadie me proporcionará los datos precisos para que me forme un criterio... ¿Que soy un exagerado te escucho cuchichear?

Mira, dices que matan a muchas reses. Será, aunque me gustaría ver esos cadáveres, ¡hay tanto truco subvencionable! Dices que cada vez están más cerca. Será, aunque no sé de quién en unos tiempos en que el lobo más despistado sería fotografiado al instante y subido a las redes. Dices que son un peligro y que puede haber una desgracia. No lo niego, aunque sospecho que algunos bordan capuchas de Caperucita para vender a los senderistas. La verdad, puede que tengas razón, ¿quién soy yo para negarlo?

Sólo dispongo para orientar mi criterio de las sencillas reglas de Occam, cortar el pastel por la parte más débil y, preguntarme: ¿quién se beneficia?, ¿serán subvencionadas las cabezas que se cobren?, ¿quiénes disfrutarán con la operación?, ¿qué bolsas de votantes se apropiarán los que promueven la regulación, caza y, en su caso hipotética extinción del lobo cantábrico? No se piense que voy a acusar a nadie, ¡que Véllico, el dios lobo, me libre de tal tentación!... Pero las respuestas a todas esas preguntas convergen en colectivos concretos, en partidos concretos, en personas concretas, sólo hay que echar cuentas.

Aseguras que todo está pensado, que se trata de una mera regulación de la población lobuna, que hay estudios... ¿Estudios? ¡Hombre, no me tomes el pelo! Me gustaría verlos, pero eso es casi como pedir que se le aparezca a uno la Virgen sin ser pastorcillo. ¿Estudios, dices? Seguro, como los de impacto ambiental en los briareos eólicos con que se está sembrando Cantabria de golpe y porrazo, estudios con miles de páginas de corta y pega a fin de encubrir lo que para cualquier lógica de cualquier buen padre o buena madre de familia —como se decía antes en derecho— es algo obvio: que habrá un antes y un después en las poblaciones de aves de Cantabria. ¿A esos estudios te refieres, hijo?... Y perdona, te digo “hijo” sin ánimo de ofender pues supongo que seas hombre, machote y amante de la caza... ¿Que muchas mujeres te apoyan? Vale, vale, me lo creo, no he dicho nada...

¿Que no se trata de una extinción programada de una especie? Pues bien, lo creo también, soy así de lerdo, pero dime tú, defensor del rifle y de la ganadería falsaria, abogado de los buscadores de subvenciones, de los verdes campos pavimentados, del turismo pisoteador de la esperanza en un futuro viable para nuestros hijos, dime tú, cazador exultante de gozo, ¿sabes quién es el lobo?...

...¡No saques tu ignorancia a relucir!, ¡no me digas que lo sabes mejor que yo porque naciste en el monte! No, juco, eso no cuela, dime de verdad: ¿sabes quién es el lobo? ¿Tendré que escribir su nombre histórico con mayúsculas? ¿Sabes lo que significó para nuestros antepasados, para la Historia?... ¡Ya, que tú no piensas en historias!... Te creo, Lin, te creo. Así y todo, te lo explicaré:

                Verás, los viejos habitantes del SOLAR CÁNTABRO tenían al lobo como a un hermano, se sentían hombres y lobos, miembros de la misma camada. A fin de lograr esa identidad, sometían al guerrero a ritos de madurez, pues no bastaba la mera mentalización, el mero adoctrinamiento. Los guerreros, para alcanzar el furor sagrado propio de los pueblos de la Cordillera, debían sentir al lobo, al oso, debían convertirse en ellos mismos, en fieras... ¡Ya, te entiendo!, que eso te importa un bledo, dices... Pues mira, tienes suerte, me callo, a los locos y a los ignorantes hay que darles la razón. ¿introducir un grano de arroz de duda entre la granítica mole de tu conformismo y aplauso? Vana pretensión... Prefiero que sea James George Frazer en “La Rama dorada” quien te lo explique, aunque sin  esperanza alguna... Dice así:

«Estos ritos consisten, en esencia, en extraer el alma del joven a fin de transferirla a su totem, pues la extracción del alma supone, necesariamente, matar al joven o, por lo menos, sumergirlo en un trance similar a la muerte. Su restablecimiento sería achacado a la infusión de una vida nueva que recibe de su totem. Así, la esencia de los ritos de iniciación, en lo que tienen de simulacro de muerte y resurrección, consistirían en un intercambio de vidas o almas entre el hombre y su totem. El mancebo muere como hombre y resucita como animal; el alma animal está ahora en él. Con perfecto derecho se llama a sí mismo lobo u oso, y trata a los lobos u osos como a hermanos (Frazer. La rama dorada 1984, pg. 776).»

... ¡Pero qué totem ni qué totem!, te escucho decir, ¡no sabes nada de nuestro sufrimiento con los lobos!... Sí, hombre, si te entiendo, entiendo que pienses que el monte es tuyo, y tuyos sus recursos, y que los ecologistas y conservacionistas, los arqueólogos o historiadores vendan de lo suyo, no de lo de los demás, y menos de lo tuyo... Vale, no te irrites, no quiero discutir, ya me callo, no sea que me untes o me eches al mastín... ¡Tranquilo, ho...!

Pero, has de saber que aunque  seas regionalista o pepero, ultra desbocado o sociata acomodaticio, te tengo presente en mis oraciones. Sabe, hermano, que cada día oro cuando se pone el sol —como decía Manuel Llano— para que lleve mis oraciones al Sid a horas de por la tarde, y reconforten a los antepasados por las barbaridades que hacen sus descendientes.

También rezo para que los dioses tengan piedad de vosotros y no abran la veda del canto rodado, aunque ya os advierto que los viejos dioses de Cantabria y Asturia no son proclives a la clemencia.

Pese a ello, les imploro para que se calmen y no se venguen, que sois como sois les digo con cara de pena, y es que, en el fondo, tonto mío, tonta mía, os quiero bien, aunque reconozco que la superpoblación chupóptera es tan numerosa como las arenas de la mar o las estrellas del cielo, y no hacen falta estudios técnicos que confirmen tal realidad porque lo obvio, lo cotidiano, no requiere demostración. Amén.

 


miércoles, 26 de marzo de 2025

EL POZO AIRÓN DE ESCALANTE

 


EL POZO AIRÓN DE ESCALANTE

Fue muy agradable descubrir hace unos días que la investigadora Marina Gurruchaga había tratado recientemente el tema del Pozo Airón en un interesante artículo publicado en la revista FolKlore, de la Fundación Joaquín Díaz, bajo el título: «Tremeo, un pozo airón en la Marina de Cantabria» https://www.funjdiaz.net/folklore/07ficha.php?ID=5164&NUM=516.

En él sostiene que el mundo mágico que rodea el sorprendente paraje del Pozo Tremeo, en Polanco, se corresponde con el ambiente mítico propio de los diversos pozos, ríos y cascadas que con el nombre de Airón se reparten por toda España.

Airón sería un dios celta que se habría adorado en tierras de Celtiberia y la Galia, según los estudios de los profesores Lorrio Alvarado, de la Universidad de Alicante, y Salas Parrilla. Por eso, se podría decir que ese Pozo Tremeo es, de alguna manera, el equivalente en Cantabria de los pozos sagrados y míticos. En definitiva, que reúne el paraje todos los elementos para ser considerado un pozo Airón, salvo, claro está, en el nombre, aunque también Tremeo tiene, según esta autora muy interesantes significaciones.

Sin embargo, en la Marina de Cantabria SÍ QUE EXISTE un paraje denominado POZO AIRÓN.  Se encuentra en Rincón de Baranda, en Escalante. El riachuelo comienza en una cascada de gran belleza cuando lleva agua a la que en el lugar se llama EL SALTO DEL AGUA. A poco de nacer se sumerge, ya a la altura del camino vecinal, para volver a aparecer en un paraje que se llama POZO AIRÓN, donde el Ayuntamiento dispone de dispositivos de bombeo, pues de sus aguas se nutren los barrios circundantes. Se trata de unas instalaciones muy antiguas.  No es como el Tremeo, aunque quizá lo fuera en su tiempo, pero ha quedado en pie su denominación y su funcionalidad.

A partir de ahí, este arroyo se extiende por toda la llanada de Escalante hasta desembocar en la mar, en plena marisma. Es un río local que, según los tramos, tiene diversas denominaciones. En el primero, hasta la iglesia, se llama RÍO AIRÓN, en la iglesia toma el de Río Concejo y en su desembocadura Río Molino, aunque en los archivos municipales figura el conjunto como RÍO AIRÓN. 

No existe en su contorno cúmulo de leyendas luctuosas y oscuras, como en el caso del Pozo Tremeo, pues nadie se ha ahogado en sus inmediaciones. El único hecho reseñable en torno a él es que cerca de su nacimiento fue escondida la Virgen de la Cama cuando la villa fue invadida por las mesnadas corsarias del Arzobispo de Burdeos en el siglo XVII. En el folclore hay también una tonada popular, compuesta por Nobel Sámano, Salutación a Escalante, en donde aparece, al estribillo, este río. En cualquier caso, desde tiempo inmemorial se conocen estos parajes como AIRÓN (pozo o río), y está documentado como tal en los archivos administrativos del Ayuntamiento de Escalante y de la Confederación Hidrográfica. Los nuevos topógrafos, los de Google Maps, han dado en llamar al lugar Pozeirún, pero como Pozo Airón figura en todos los archivos y en la memoria del pueblo.

Recientemente, el Ayuntamiento de Escalante —regido por Francisco Sarabia, historiador local— ha realizado un informe técnico-histórico sobre este paraje tan nítido de la topografía menor de Cantabria y se lo ha remitido al Profesor Lorrio Alvarado de la Universidad de Alicante para que lo tenga en cuenta a la hora de reeditar su obra, de manera que figure Escalante en la cartografía de distribución geográfica de los diversos pozos, ríos y lagunas que llevan el nombre de Airón a lo largo de España, Portugal y Francia, en caso de que sean reeditados sus trabajos.  También ha enviado esos informes a la Universidad de Cantabria y a diversas instituciones regionales vinculadas con el folclore y la historia de la región, como ADIC y la Asociación Guerras Cántabras (Asesoría histórica, Lino Mantecón).

Airón es, pues, un dios céltico o precéltico, pues entre otros restos, se ha hallado un ara votiva a este deo Aironis en Uclés, en un paraje denominado Pozo Airón, según los profesores Lorrio Alvarado y Salas Parrilla. En Francia se han encontrado, incluso, restos de sacrificios humanos en cuevas del mismo nombre. Hasta una localidad gala recibe el nombre de Airón.

Estamos, pues, como he dicho en otro lugar, ante el decimotercer dios de la primitiva Cantabria, Airón, que, además, reúne todos los requisitos para deducir que su función en el panteón cántabro, fue la de señor de las tinieblas, de la Oscuridad.

Como es lógico, en «Cantábrica. La Gran Epopeya del Solar Cántabro», de próxima aparición en tres tomos —composición literaria y épica—, este dios Airón, señor de las grutas y de lo escondido, ocupará un lugar privilegiado al frente de las fuerzas oscuras, opuestas a las luminosas en la mitología dualista celta, de la que sin duda participarían los cántabros del Segundo Hierro.

Por supuesto, nos hemos ofrecido a la profesora Marina Gurruchaga para proporcionarle toda la información de que disponemos sobre el tema, pues es la persona adecuada para el estudio de este presunto dios Airón cántabro, como lo demuestra el documentado y exhaustivo artículo sobre el “Tremeo, un pozo airón en la Marina de Cantabria”.

 

 


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