En aquellos tiempos, ya tan lejanos, de los años setenta,
dentro del marco del estado de las autonomías, surgieron en Cantabria dos
alternativas por completo enfrentadas: la de lograr una región uniprovincial
para Cantabria y la de la integración de Cantabria en Castilla.
La primera era postulada por la Asociación para la Defensa
de los Intereses de Cantabria, ADIC. La segunda por la Asociación de Cantabria
en Castilla, ACECA.
A los que propugnaban la autonomía independiente, como
Cantabria, se los llamó "Cantabristas", y "Castellanistas"
a quienes defendían la idea de Cantabria en Castilla. Había una tercera vía,
por completo minoritaria que consideraba la fantástica alternativa de construir
una comunidad multiprovincial junto con Asturias, los asturianistas, a la que
yo me adscribía: cuatro monos.
De alguna manera, el advenimiento del estado de las
autonomías nos cogió a los cántabros con el paso cambiado. Era preciso tomar
una decisión y se polarizaron los ánimos. El cantabrismo trascendió a ADIC y colonizó
a la izquierda, mientras que el castellanismo brilló durante un tiempo entre
las buenas gentes de derechas que veían lo castellano como, digamos que
"más español".
Pero la lucha duró poco. Desde alguna instancia superior a
las derechas y a las izquierdas, desde ese lugar selecto en el que no rige
ideología alguna que no sea la del dinero, desde el Parnaso del poder económico
donde habitan los dioses inmortales de lo contingente, se optó por el
cantabrismo.
Por una parte, se creó una autonomía aislada de dos polos de
difícil asimilación para el poder económico: Asturias y el País Vasco, al
tiempo que se cortaba de raíz un movimiento secesionista hipotético y futuro de
Cantabria con respecto a Castilla. Era forzado eso de que la región
perteneciera a Castilla y León, fuente de posibles conflictos que convenía
evitar.
La revuelta, el inconformismo y hasta la secesión eran
enemigos que se habían de mantener alejados, "ad cautelam", del
corral donde comían su ambrosía con tenedores de oro los dioses inalcanzables.
No sé si se me entiende con tanta metáfora, espero que sí.
Cantabria se diseñó como la comunidad que actualmente es por
el interés de unas fuerzas económicas por completo predecibles: serviría de cortafuegos
en el Cantábrico frente a posibles incendios sociales.
Sólo así se entiende el escaso recorrido que tuvo la ACECA,
organismo claramente de derechas, en una región en la que esta ideología fue
siempre preponderante.
Y la derecha, tras ciertos ajustes políticos, optó también
por el cantabrismo, entendido siempre como aquel movimiento que propugnaba la
construcción de una autonomía uniprovincial.
Cuando advino, por fin, la autonomía para Cantabria, el término
"cantabrismo" quedó recluido al ámbito minoritario y pasó a significar
"movimiento que fomenta la identidad de las gentes de Cantabria como
cántabros". Quedó circunscrito al ámbito de ADIC y de una corriente
política entonces minoritaria, el PRC, que surgió en el seno de ADIC, pero que
era por completo diferente a esta asociación.
Todos habían aceptado la autonomía de Cantabria en formato
uniprovincial por conveniencia, o quizá por imposición latente, sugerente,
insinuada, pero no por eso menos imperativa. Sólo ADIC mantuvo su esencia.
Una de sus grandes creaciones fue "El Día Infantil de
Cantabria" que resultó clave en esa construcción de la identidad cántabra.
Todos los primeros domingos de junio, la organización bajaba al Palacio de la
Magdalena a los personajes de Manuel Llano y de Adriano García Lomas. También
acudían los jóvenes padres con su prole que si no era numerosa, sí considerable:
dos o incluso tres hijos por pareja.
Es decir, acudieron los integrantes del "babyboom"
junto con sus cachorros, los que terminaron siendo "milenials", y dos
generaciones disfrutaron con un nuevo mundo mitológico, y aprendieron a amar al
terruño de manera diferente. Y, si, de alguna manera se sentían montañeses, de
la Tierruca, trascendieron este concepto y se elevaron a la condición de
cántabros. Si hasta entonces los montañeses eran hijos de hidalgos, como
cántabros, llegaron a ser herederos de un legado inmortal, el de la Cantabria
resistente.
Enmarcaron su existencia como pueblo en un pasado heroico y
mitológico, y a las tonadas montañesas de toda la vida añadieron el amor por
los mitos y por el marco de heroica defensa de su independencia mantenida por los
antepasados remotos. Así, proliferaron los libros de divulgación mitológica e
histórica en los que se basaba "lo cántabro", recuperación del ropaje
de los antepasados, evolución natural de "lo montañés".
Pasados los años, los mismos hijos de los fundadores de la
ACECA, las gentes más adictas al extinto régimen franquista, sin cuestionar la
autonomía de Cantabria, al menos sobre el papel, buscaron fomentar un
enfrentamiento de lo "tradicional español" frente a quienes
propugnaban la idea de Cantabria.
Así, defendieron estos nuevos adalides de la ACECA rediviva,
contra viento y marea, el viejo nombre de LA MONTAÑA, pues lo vieron menos identitario,
más español, menos diferenciado, y reivindicaron el concepto de montañés frente
al concepto de cántabro.
Era la eterna táctica del divide y vencerás, del robo de
banderas, porque jamás hubo división entre lo montañés y lo cántabro. Siempre
fueron dos caras de una misma moneda. Y, ruego a los dioses de Cantabria y a
los antepasados hidalgos de la Montaña, esos que velan por nosotros desde el
Sid o desde el Cielo, como quieran, que no permitan tal división, y que los
cantabristas actuales, aquellas gentes de buena voluntad que buscan subrayar la
identidad de su pueblo, no caigan en la trampa de rechazar lo montañés, pues
este concepto tiene la misma fuerza identitaria que lo cántabro y es patrimonio
de toda la comunidad.
Se quiera o no, somos cántabros y montañeses, le pese a
quien le pese. Y, sobre esas dos identidades perfectamente compatibles, somos
españoles, y podemos pertenecer a una cofradía también, y sentirnos
santanderinos o torrelaveguenses, y socios del Racing o de la Gimnástica.
Todas esas identidades acumuladas no son sólo compatibles,
sino que, además, son lo natural. Las identidades compartidas fundamentan la
convivencia. Ser cántabros, montañeses, santanderinos, españoles no son términos incompatibles, sino
complementarios.
No podemos regalar el término "montañés" y
"La Montaña" a los hijos de los viejos mandarines de la extinta,
difunta y enterrada ACECA.
Por esa razón presentamos "Cantábrica, la Gran Epopeya
del Solar Cántabro" en Adic, para dar el pistoletazo de salida a un proyecto
proteico que pretende fomentar lo cántabro, sin detrimento de cualquier otra
identidad compatible y no excluyente, porque el ser humano es un puzle de
identidades.
Además, cuantas más mejor, de manera que centrados en todas
esas nuestras diversas caras, logremos frenar el disgregante individualismo
fomentado por tierra, mar y aire, por los móviles, por las grandes superficies
de las que ya dependemos para subsistir, por los viajes turísticos a
hormigueros degradados, por la globalización, en fin, que quiere convertir a
los ciudadanos en meros consumidores individuales y aislados.
"Cantábrica" pretende ser un antídoto literario
contra todo esto.

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