La presencia del erotismo en
el cine y en la literatura tuvo su importancia en los años setenta del siglo
anterior. Suponía una llamada a la transgresión, a la libertad, una ruptura de
moldes tradicionales, una lucha contra la tradición encorsetada. Fue, en fin,
una manera de expresar la fuerza contestataria de la juventud.
Luego,
los tiempos pasaron. Los jóvenes del Baby
Boom envejecieron. El erotismo se transformó en pornografía y el realismo
sucio en guarrada.
Algo
quedó, sin embargo, de aquella época. Sobrevivieron los epígonos, los
calostros, los residuos radiactivos tras la explosión “libertaria” de los años
setenta. Se instaló en las conciencias una idea: ¡Ninguna película sin su toque erótico!
¡Ninguna novela sin su cochinadita! Los editores decían que el público lo
exigía. Tendrían razón. Ellos sabrían.
Así,
en la NOVELA HISTÓRICA nos encontramos con aberraciones literarias que obligan
a lanzar al fuego, en no pocas ocasiones, el libro que se tiene entre manos.
En
medio de una narración descriptiva del ágora ateniense, o entre descripciones de
la vida cotidiana en Roma, o junto a las reflexiones filosóficas de Adriano, el autor
—o el editor— se ve obligado a insertar una escena erótica que ni siquiera
tiene contenido pornográfico porque, no excita ni al marino que desembarca tras
dar cuatro veces la vuelta al mundo.
Una
escena en la que aparecen términos y expresiones como: y penetró hasta el fondo, y ella sintió no sé
qué, y él bombeó, y ella con sus turgencias de sube y baja, y que si mete, y
que si saca, y que si furia y que si berridos, y durezas por aquí y enormes virilidades
por allá....
Cuando
llego a esta escena obligada en el subgénero, tiro el libro al suelo y lo piso
y lo pateo. Así que nunca termino una novela histórica.
A
algún amigo le he aconsejado que no escriba de esta guisa, que le ponga algo
más de arte, y que no es obligado insertar sexo por decreto. Uno me hizo caso
en una novela que escribió, pero a la siguiente, el editor le ordenó que le echara
más gracia al relato, puesto que así lo quería el vulgo, por lo que era obligado
hablar en burdo para darle gusto. Y el hombre se disolvió en cochinadas necias
y bobas. ¿Qué le vamos a hacer?
En
mi obra siempre me negué a ese tipo de redacciones de sexo en barbecho, y si lo
quiere el público, me he dicho siempre, que lea a otros, pero a mí que me deje
en paz, pues harto estoy de necios, con su pan se lo coman y allá se lo hayan.
Así,
en mi novela “MÁS TEMIBLES QUE ANÍBAL” (de venta en Amazon) hay una escena de
sexo entre Escipión y Tertia Emilia del siguiente tenor, a ver si les gusta:
“Tertia Emilia se dejó alcanzar. Carreras
entre los árboles, árboles entre colinas, colinas de las vastas tierras de los
Escipiones más allá del Tíber, más allá del cerro Vaticano. Desnudeces
parciales, prendas remangadas, prometedoras. Silencio en los alrededores,
trinos de pájaros, descarados observadores de aquella parada nupcial entre
humanos. El joven Escipión, olvidados los fracasos en el lecho de Sulpicia, de
nuevo se sentía fauno de los bosques tras una ninfa. Carcajadas, risas
nerviosas, persecuciones, débiles quejas de Tertia, cierva capturada por los
brazos ansiosos del joven cazador. Espalda de ella en la que notaba el pecho de
él, espalda de ella en la que percibía el latido de la virilidad rebelde;
espalda de ella en cuya nuca se cebaba el hálito del hombre, mordisco leve y
ansioso. Manos que hurgaban entre prendas traslúcidas e indiscretas,
remangadas, replegadas, alzadas, alejadas. Cuerpos que se volvían, cara a cara,
pasmo frente a pasmo, que se arrojaban en la tierra derrotada hasta acoplarse
sobre el verde infinito, césped que los recibía ansioso por sorber sus sustancias
más íntimas. En aquel mismo lugar, eje almohadillado del prado, centro de la
tierra, quizá deslizándose en la caverna de un grillo, resbalarían los jugos
entremezclados de su amor y allí mismo brotaría un árbol mágico que daría
frutos sanadores. Para los amantes no existía espacio ni tiempo, luz u
oscuridad, aire o fuego, agua o roca, sólo sus cuerpos fundidos. Estos crecían
y crecían hasta llenarlo todo. El rumor de la tormenta que agitaba sus pechos
trepó por las copas de los árboles. Los gemidos galoparon juntos por la línea
del horizonte.”
¿No
es preferible esta forma de expresión artística a la descripción del SEXO DEL
LEGIONARIO, típica de la novela histórica actual?...
Bueno,
al que le guste eso de mete y saca, y turgencias e hirsuteces que no lea mi
obra, lo repito, le perjudicará, le entrará el mono de sexo misionero y, claro,
yo entiendo que la salud de uno es siempre lo primero... ¡Vayan todos a cascarla
al Congo y déjenme en paz!

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