domingo, 18 de octubre de 2026

Entrega 1 "Rebeldes en el Foro". MAS TEMIBLES QUE ANÍBAL

 




SINOPSIS

 

Tras la batalla de Ticino, (328 a.C), las mujeres de Roma se rebelaron porque no recibían información sobre los fallecidos en combate. Ocuparon el Foro con un improvisado campamento, hostigaron al Senado y disertaron desde las Rostra, lugar reservado para los hombres. Las romanas incrementaron sus protestas antibelicistas batalla tras batalla, hasta que la lucha culminó en la dura represión, con Aníbal a las puertas, en la que más como sacrificio humano que por otra razón, fueron ajusticiadas dos vestales, con lo que el Senado logró frenar las protestas. Esta fase represiva culminó en la publicación de la humillante Lex Oppia contra el lujo, con la que se pretendía poner en su sitio a las revoltosas. Pasados diecisiete años, ya finalizada la segunda guerra púnica, las matronas se lanzaron de nuevo a la calle para exigir la derogación de dicha ley. Se sentían empoderadas porque la muerte en combate de muchos paterfamilias, les había facilitado una amplia libertad al poder manejar sus patrimonios sin tutela masculina. En esta segunda rebelión, las mujeres de Roma organizaron scraches, manifestaciones, concentraciones, e incluso actos de violencia callejera, tumultum, que terminaron con la victoria del movimiento al lograr la derogación de la oprobiosa ley. Sin embargo, el reflujo represivo sería imparable y en extremo sangriento, pues se dictó el Senatusconsultum contra las bacantes, seguidoras del dios Baco, a las que se acusó de pretender apoderarse de la República, y fueron ejecutadas miles de ellas junto con los hombres que las apoyaban, tenidos como afeminados. Muchas murieron a mano de sus propios padres y esposos por delegación del Senado.

Como sucede en todas las revoluciones que nacen a consecuencia de una guerra, los poderosos temían más a las fuerzas transformadoras, el poder femenino en este caso, que al enemigo mismo: eran las rebeldes más peligrosas que Aníbal para los senadores de Roma.

Estas revueltas supusieron el preludio de las guerras sociales que caracterizaron el final de la República, y que provocaron el advenimiento del Principado con Augusto. Aquí se narra la epopeya de aquellas heroicas mujeres, rabiosas hasta el delirio. Tras la revolución de las matronas romanas,  la mitad de la Humanidad, la femenina, vivió en los márgenes de la Historia hasta el advenimiento de las sufragistas inglesas.

 


MÁS TEMIBLES QUE ANÍBAL

 

Javier Tazón

 


Más temibles que Aníbal

©Javier Tazón Ruescas, 2021

jtazonruescas@gmail.com

http://nuevanovelahistoricatazon.blogspot.com/

ISBN 978-84-09-32171

Dep. Leg. DL SA 371-202

Portada y maquetación:

Maiki Niky Design (Rosa Ceballos)

www.maikinikydesign.es

Registro de la Propiedad Intelectual Nº 00/2018/2078


 

 

El 17 de octubre del año 186 a.C., hace dos mil doscientos años, el Senado publicaba el edicto de persecución contra las bacanales. ¿Cómo había llegado Roma a adoptar esa decisión? ¿En qué ambiente social toma cuerpo una determinación tan brutal como para someter a feroz purga una manifestación religiosa?

Pedro Ángel Fernández Vega

Corrupta Roma

(Esfera de los libros, 2015)

El pilar, cimiento y pedagogía de todo poder, por la profundidad histórica que lo torna fundacional y por la actualización constante de su estructura, es el patriarcado.

Rita Segato

La guerra contra las mujeres. (Traficantes de sueños, 2016)

 

Dioniso es tu soberano, no la ciudad de Tebas.

Eurípides.

Las Bacantes.

 

 

 


 

 

 

 

 

 

A las hijas rebeldes de Líber, de Dioniso, de Baco, del dios que viene, el que asoma desde el fondo de sus entrañas, y que traerá la libertad definitiva al género humano.



REBELDES EN EL FORO

 

 

I

 

Un primer proyectil acertó al senador, otro lo siguió y luego otro. Mancillada quedó la toga albina, de pliegues  sonoros. Poco le quedaba al hombre de la soberbia  con que, instantes antes, se dirigiera a las mujeres concentradas en el Foro. Aún resonaban las palabras que acababa de pronunciar: vuestro comportamiento, matronas, es indigno de unas romanas; en lugar de andar preguntando por batallas y resultados, cosa que no os interesa, por vivos o por muertos, deberíais estar en casa, el lugar que corresponde a las hembras honradas, atendiendo a la prole y rezando a los dioses manes para que os devuelvan con bien a vuestros hijos y esposos; ¿cuándo se ha visto que las mujeres ocupen el Foro y se suban a las Rostra?; este acoso al Senado es reprobable; ¿qué queréis, sucias?, ¿acaso estáis en celo?…

El tercer impacto le había acertado en el rostro. El hombre, atónito, se palpaba como para comprobar la naturaleza de la inmundicia que resbalaba hacia la boca: era bosta fresca de caballo. Dos esclavos atendían al agredido orador e intentaban ponerlo a resguardo en el interior del templo de Cástor y Polux donde se reunía el Senado para debatir sobre el desastre de la batalla del Ticino. Varios senadores, soberbios los ademanes, salieron con intención de restaurar el orden. Uno de ellos, rojo de furia, puños en alto, sustituyó al alcanzado por la contundencia de los cagajones, pero sólo pudo pronunciar con poderosa voz la palabra sacrilegio,  antes de recibir en la boca el premio a su arrojo. ¡Toma, perro! Otro proyectil lo alcanzó en la frente. Qué olor, qué sabor, qué resbaladiza la certera puntería de la masa. Los gritos e insultos de las mujeres se agigantaron: ¡sois unos desgraciados! ¡Decidnos de una vez qué ha sido de nuestros esposos y de nuestros hijos! Se entrecruzaron las voces justicieras: ¡No os tenemos miedo! ¿Por qué no habéis ido vosotros a combatir en lugar de ellos, cobardes? ¡No sois padres de la patria, sois sus carniceros!

Treparon las injurias unas sobre otras: ¡Este Foro es de Roma, y nosotras somos romanas! ¡Nosotras os hemos parido a todos!, ¡inútiles! ¡Nosotras somos Roma! Se fundieron las voces en un grito común. ¡Vesta es nuestra madre, tú eres el sacrílego! ¡Hemos perdido la vergüenza, claro que sí! Las falanges de proyectiles se alinearon en las manos de aquellas furias, cayeron como hordas galas sobre la nívea toga del valiente y se introdujeron en su boca abierta, desmesurada para pronunciar el anatema. El sonido pegajoso de los impactos, rebotó en los espíritus de los anonadados patricios que desde la puerta del templo observaban, acobardados, el motín. ¡Toma!, ¡toma sacrilegio! El intrépido orador, blanco de las iras de las mujeres, también hubo de retirarse. Su varonil voz se trocó en maullido aterrado. Pasarían del millar y ya ascendían la escalinata presidida por las estatuas de los Dióscuros. Los senadores y sus criados corrieron con la valentía arrugada hacia el interior del templo. ¿Cómo se atrevían esas perdidas a molestar al sacrosanto colegio senatorial justo cuando la pezuña del caballo de Aníbal golpeaba las puertas de Roma? ¡Qué vergüenza! Las enajenadas, seguro que poseídas por el dios Baco, el irracional, el opuesto al viril Apolo, parecían decididas a penetrar en el edificio. Por fortuna, sólo alcanzaron a aporrear los portones cerrados justo a tiempo. Mil aldabas retumbaron al unísono. Silencio estremecido en el interior. Pasmo helado en los rostros de los hombres escondidos. Los gritos de las mujeres se clavaban, como dardos de jinetes medos, en la centenaria puerta del templo más antiguo de Roma.  

Lelia fue la primera en gritar que no se moverían de allí hasta que se presentase ante ellas algún honorable, algún cónsul, algún magistrado menor, un tribuno, un mero cuestor, el que quisieran, para informarles de si sus esposos, padres e hijos, se contaban o no entre los supervivientes. ¿Por qué se empecinaban en no darles razón de ello? ¿Qué significaba aquel silencio? Seguro que todos han perecido, hermanas, se decían, dos legiones destruidas, ¡es horrible! No se explica, si no, por qué nos tratan así. No se atreven a decírnoslo, eso es seguro. Claro, porque nos tienen miedo. ¡Mejor, que nos teman! ¡Cómo no vamos a preocuparnos por los nuestros! ¿Tan difícil será contar la verdad? Es cierto, si nos dijeran lo que queremos, nos iríamos sin más a llorar a nuestras casas. Como zumbido de avispas recorrían estos comentarios, las ya densas filas  de las concentradas. ¡Hermanas! No nos moveremos de aquí, exhortó Lelia a las presentes. Resistiremos su menosprecio como Cocles resistió a los etruscos sobre el puente del Sublicio, ¡aposentémonos en el Foro, que también es nuestro! Todas la aplaudieron. En menos tiempo del que tardaron en encender una hoguera para calentar gachas, montaron el campamento protegido por una empalizada invisible, trenzada de temores suspiros y esperanzas. Se sirvieron de vejerías traídas de sus casas: pequeñas lonas  prestadas por algún comerciante, postes que hacían malos equilibrios clavados entre las rotas losas, cuerdas usadas. Era un tinglado en forma de tela de araña afianzado con maromas sujetas a las estatuas del Foro. Nadie tuvo valor para oponerse a la decisión de las mujeres: ni los senadores, ni la guardia urbana, ni magistrado alguno. La noche fue larga, pero las concentradas se sentían animosas, fundidas en su dolor. Los senadores, aplazada la reunión, salían por grupos del templo de los Gemelos. Avanzadillas de mujeres los acosaban con improperios. Las togas blancas, iluminadas por la luz de la luna llena, se escurrían veloces por las esquinas del Foro, temerosas quizá de una violación. El mundo se había vuelto del revés.

   Compartían las mujeres cánticos y marmitas. Hasta se permitieron la risa, ¿qué mejor medicina en tiempos de adversidad? Me gustaría ver cómo se lo cuentan a sus esposas, decía una. ¿De dónde vienes, Licinio, con esa toga llena de porquería?,  añadía otra con voz afectada. ¿Has estado jugando con tus amiguitos otra vez? Y otra afectando irritación: ¿Cómo que han sido las mujeres?, ¿qué mujeres?, ¿matronas?, ¿qué matronas? Reían imaginándose los celos de las patricias: Yo sí que te voy a dar a ti matrona, Visanio. Esta noche te vas con esas frescas, que yo cerraré las piernas pero que muy bien cerradas…Estallaban las risas. Con cánticos y danzas calentaban la espera, estrechaban lazos, atenuaban miedos, unían corazones. Pero la noche era larga y fueron calmándose los ánimos poco a poco. Cada una se acomodó donde pudo para acariciar sus temores, reconfortadas por la cercanía de las hermanas de sufrimiento, acunadas por el jaleo de las pocas que aún seguían charlando, riendo o llorando. De vez en cuando el duermevela se veía interrumpido por el llanto de algún pequeño que reclamaba su ración de pecho, pues muchas no habían tenido más remedio que llevar a sus bebés al improvisado campamento. Lelia las miraba y reflexionaba sobre las consecuencias de la nunca vista acción que estaban protagonizando. Se había convertido en cabecilla de un grupo de rebeldes, además mujeres, crimen sobre crimen. Pero tenían la razón y su comportamiento era proporcional a la injusticia que sufrían. Las matronas que la acompañaban no eran leprosas. Los pequeños que dormían pegados a los pechos de sus madres y cubiertos con mantas apolilladas no eran crías de animales. ¿Por qué los senadores se sentían con derecho a maltratarlas?

Lelia Paulina—esposa de Cayo Floronio, de la unidad de princeps, y madre de Marco, de la unidad de hastatii—, desconocía si sus dos hombres yacían en el campo de batalla del Ticino. Sólo quería tener noticia de ellos. No ofendían al Senado con sus llantos, ¿por qué no respetaban a su vez aquellos graves patricios el dolor de las matronas? Cuatro hijos parió y sólo uno era varón. Las otras tres estaban condenadas al sufrimiento reservado por los dioses para las mujeres; dos eran gemelas, Floronia y Secunda; la pequeña no pasaba de diez años, Florila. La madre, que al día siguiente sería considerada por toda Roma como una réproba, no se quejaba de su suerte, grabada en la piedra del Destino para todas las romanas, pero no entendía que su justa demanda provocara tanta aversión entre los padres de la patria. ¿Por qué no se les satisfacía con amabilidad? Las mujeres no exigían cariño, ni comprensión, sino sólo la mera cortesía debida entre vecinos. A su lado, la pequeña Florila dormía con la placidez que sólo permite la infancia. Claro que levantarían el campamento y regresarían a sus casas si fuesen debidamente informadas, ¿era eso tanto pedir? ¿Qué harían ella y sus hijas de haber muerto Cayo y Marco en combate? Nadie estaría obligado a mantenerlas.  Las despensas parecían más que terciadas ya, ¿cuánto tiempo resistirían?

Junto a la hoguera, una que mecía a un niño en los brazos murmuraba incansable sobre las grandes damas. Por fortuna, Floronia, hija de Lelia, la gemela que naciera en primer lugar, fue consagrada desde su infancia al servicio de Vesta, una boca menos, una plegaria permanente por la familia ante el altar más importante de Roma. Fue una consagración tan milagrosa como la belleza misma de las dos gemelas, pues Floronia accedió a la sagrada congregación en ausencia de mejor candidata; se comentaba que los augures habían detectado ciertos signos de inequívoca desgracia para la que fuera elegida y que por esa razón ninguna hija de las grandes familias se presentó como postulante, pero los Floronio no temían, pues en su domus siempre ardía el fuego frente al altar de la madre Vesta, quien no permitiría que le sucediera mal alguno a la muchacha. La gran vestal, Opimia, había informado a la madre de que la pequeña sacerdotisa encomendaba su familia a la diosa cada mañana, tras avivar el fuego sagrado. ¿Y Secunda?, ¿qué haría la gemela de la vestal si hubiera muerto su amado  Cantilio, alistado también en el ejército derrotado del cónsul Escipión? Amado, sí, pues a la madre no se le escapaba la dirección de las miradas cruzadas entre los dos jóvenes y conocía la naturaleza de esa brisa que soplaba en torno al corazón de la hija. ¿Quedaría algún hombre vivo en Roma? ¿Cómo evitaría la amenaza de indeseables como Tito, perro en celo que durante tantos días rondara la casa tiempo atrás? ¡Era tan bella! ¿Quién podría defenderla como Marco y Cantilio cuando pusieron en fuga, a pedradas, al canalla?

Casi todas las voces habían cesado. El crepitar de las llamas era acompañado por algún leve ronquido. Las más pensaban con los ojos cerrados y daban vueltas y revueltas a sus preocupaciones. ¿Las echarían de aquel lugar al día siguiente? ¿Las encerrarían? ¿Más dolor? ¡Qué importaba eso ya!  Lelia apenas podía contener su llanto: ¡oh, Cayo, esposo!, ¿qué te han hecho? ¡Oh, Marco, hijo mío, aún recuerdo tus labios ansiosos de bebé colgados de mi!, ¿qué tierra llenará ahora tu boca? ¿Sabrían las soberbias esposas de los patricios si sus hombres o sus hijos habían muerto en la batalla?  Seguro que a ellas el Senado las habría tratado con delicadeza e informado de inmediato sobre la suerte corrida por los suyos. Las únicas indignas parecían ser las matronas pobres; a ellas se las podía desairar y despreciar sin reparar en agravios. Un tímido resplandor que se extendía ya por el monte Palatino anunciaba al sol que pronto treparía a los tejados de las mansiones y de los templos que lo coronaban. El calendario estaba muy avanzado y  el astro dios, agotado por arrastrar tan larga cola de días, parecía tener dificultades para conducir aquel carro hasta la cima del monte, pero no fallaría a las mujeres que esperaban ansiosas los rayos que calmarían su destemplanza. El invierno del año quinientos treinta y seis desde la fundación de la Urbe se presentaba benévolo. Más de trescientos de República en los que no se lograra aplacar el olor a podrido que invadía el Foro cuando el Tíber venía escaso de agua.

Como para compensar por tanta hediondez, el amanecer regalaba el espectáculo del incendio del tejado de la Concordia con llamas de juguete. En su frontis se acababan de posar dos parejas de cuervos, ¡muy mal augurio!; como tampoco era buen presagio el olor nauseabundo que al amanecer resultaba insoportable, ¿se estarían abriendo las puertas del Hades? Según Lelia, seguro que si Aníbal se enterara preferiría no conquistar Roma, o quizá tuvieran suerte los romanos y el cartaginés terminaría por levantar el suelo y arreglar las alcantarillas de la Cloaca Máxima, casi trescientos años ya oliendo a podrido. ¿Tendría que llegar un nuevo Tarquino, una testa coronada o un general extranjero sólo para ejecutar tan cívica tarea? ¡Qué pensamientos! ¿A qué olería su casa cuando estuvieran vacías las despensas? ¿Sería mucho pedir que  Concordia, la buena diosa del hogar y del matrimonio, se apiadara de ella y de sus hijas Floronia, Secunda y Florila? El arrebol que iluminaba ya el tejado de la casa de las Vestales era una promesa de calor para los huesos de aquellas mujeres, resentidos por partos, resentidos por interminables sesiones de lavado en el Tíber, resentidos de portar capazos sobre las cabezas, resentidos por la vigilancia de las marmitas de hambre, huesos resentidos por la vida y la desesperanza al ver que nada cambiaba, resentidos por la incertidumbre. ¿Qué habría sucedido en el río Ticino?

 



II

 

Pocos días antes, en la ribera del Ticino, los mílites de la República distraían su inquietud haciendo rodar los dados.

¡Voy al seis! ¿Alguien más apuesta? Yo, otros dos ases. ¡Los subo con uno! Marco y Cantilio, inseparables amigos —grande y musculoso el primero, ojos de águila; bajo y curtido el segundo, ojos inexpresivos—, estrenaban armas. Los veteranos aseguraban que el peor momento de cualquier batalla es aquel en el que no se ve el rostro del enemigo, cuando sólo lo puedes imaginar, pero también garantizaban que al tenerlo cara a cara, los resortes aprendidos durante los entrenamientos en el campo de Marte se imponían y el pánico se esfumaba, decían que en ese momento sólo se tenía una idea: vencer para acabar lo antes posible. Los otros seis compañeros del contubernio de hastatii en el que se hallaban integrados eran también novatos, ocho jóvenes desgarbados que compartían tienda, hoguera y miedo. Apenas cenaron, apenas bebían, apenas hablaban. Jugar a los dados era el mejor ejercicio para disimular el terror que sentían. Los arrojaban con brío y hacían ademán de reír. Aparentaban que nada les importaba más que ganar la partida. Tres unos, dos doses. ¡Vuelve a tirar! ¡Un seis, un cuatro, tres cincos, yo gano y Marco se va! ¡Cuatro unos y un dos para Cantilio, otro fuera del juego! ¡Hoy no es vuestra noche, amigos!

Marco y Cantilio se retiraron del juego y se acercaron a la hoguera para calentarse. Esporádicas canciones aquí y allá rompían el monótono crepitar de las llamas. En la lejanía aullaban los lobos. El invierno estaba encima, pero aún no se notaba su rigor. En cuclillas frente al fuego, los dos amigos contemplaban la espléndida fiesta de un contubernio cercano integrado por veteranos. A diferencia del contubernio de novatos, en aquel otro corría el vino, se entonaban canciones, brincaban baladronadas, danzaban cicatrices, salían a relucir sempiternas historias entre falsas y verídicas, se hablaba de las mujeres que desventrarían al día siguiente: galas o púnicas, blancas o negras, hermosas u horribles, putas o vírgenes, daba igual, eran siempre la más sabrosa parte del botín. ¿Cuántas acompañarían a los cartagineses?, ¿habría para todos? Uno de los legionarios gritaba más que el resto, bebía más que todos y agitaba los brazos, de pie, mirando de continuo hacia la hoguera en que Marco y Cantilio se calentaban. ¿Has visto a aquel? Es difícil no fijarse en él, Marco. Mucho mira hacia nosotros, ¿será capaz de venir a provocarnos? No me extrañaría, amigo. ¡Valiente cabrón!, ¿has visto el armamento que lleva, Cantilio?, el correspondiente a la mejor unidad, la de los princeps. Pastorear putas da para mucho, compañero; vamos a tener problemas con él. Ya nos dijo mi padre que le había visto, pero que él procuraba rehuirlo. Sí, pero esta noche está muy bebido. O se hace el borracho. Yo tengo la daga a mano, Marco. Sujétala fuerte porque aquí viene, ¿no te decía? ¡Estemos alerta!

        Tito, espigado como una lanza, huesudo como un cadáver, huérfano de pelo y con una sandía por cabeza, se acercaba a trompicones a la hoguera de los dos amigos. Estos se preparaban para recibirlo. Una vez más el enfrentamiento con aquel pendenciero sería inevitable. Los dos sabían cómo se las gastaba su adversario y que una de sus estratagemas era la de fingir estar borracho para, con tal disculpa, soltar la lengua y provocar, aparte de que con sus aparentemente torpes movimientos los contrarios se confiaban más de lo conveniente. Recordaban cómo, dos meses atrás, los provocara con las mismas artimañas en las termas y cómo los tres fueron expulsados del establecimiento por pendencieros. ¿Qué nos cuentan nuestros novatos?, dijo Tito en cuanto estuvo frente a ellos. Los amigos permanecían en cuclillas, silenciosos y tensos. ¿No oléis un poquito a mierda?, dijo el recién llegado dándoles la espalda y dirigiéndose a los que jugaban a los dados. Pero no, claro, no va por vosotros, sino por esos dos. ¿Sabéis que yo me he llevado al catre a la hermana de ese?, y señaló a Marco. ¡Qué hembra! ¡No os lo podéis imaginar! Era toda una furia y tenía la cara de vestal, sí, de vestal pura y virgen, sólo apariencia, claro, pues la moza es puta y reputa, y volviéndose a Cantilio: ¿verdad que es cierto?, ¿tú también la has probado? El aludido permanecía inmóvil, víbora amenazada. Tito echó un trago de la jarra que llevaba en la mano; se tambaleó. Marco y Cantilio no terminaban de responder a su provocación, sólo lo miraban con resuelta frialdad. Tito, con voz cada vez más pastosa y torpe, lanzó otra andanada de injurias: dicen que vas a casarte con ella, amigo Cantilio, pues ya puedes estar preparado, porque es una gran ramera y hasta hace algún trabajito para mí, ¿no lo sabías? Otro trago. De nuevo inestabilidad. A punto estuvo de caer sobre el fuego. Uno de los que jugaban a los dados se incorporó, lo sujetó e hizo señas a Cantilio para que tuviera en cuenta que estaba muy borracho. El provocador rechazó los brazos conciliadores. Pero no te apures, continuó, porque yo pagaré siempre bien, que entre colegas ya se sabe, la puta de mi compadre es mi puta... ¡Venga! ¡Echa un trago, Cantilio! ¡No me lo desprecies! ¡Por  el coño de Secunda, tu futura esposa! Los compañeros de contubernio se apartaron. El borracho había llegado demasiado lejos con su bravata. El enfrentamiento era inevitable. Cantilio se levantó con el puñal en la mano. Tito arrojó la crátera de vino y sacó el suyo. Marco también se incorporó. Cantilio le rogó que se apartase, que le dejara a él acabar con el enemigo común. El fanfarrón rió y afianzó los pies, súbitamente sobrio. Las dagas cortaron el aire con sus fintas  hasta que los dos hombres se sujetaron las manos, forcejearon y Cantilio terminó cayendo zancadilleado por Tito, experto en peleas de esquina. Este logró acaballarse sobre el novato. Secunda es una puta, ¿escuchas?, una puta de las peores dijo el agresor justo cuando el brazo del muchacho terminó por ceder y el filo del arma se apoyaba ya en su cuello. Marco se disponía a arrojarse contra Tito, pero no fue necesario. De las sombras surgió un gigante que había presenciado la escena, alguien que propinó una contundente patada a Tito.  Este rodó por el suelo y, sin tiempo para reaccionar, sintió el gladium del recién llegado sobre la garganta. El centurión del manípulo vigilaba desde hacía días el comportamiento de aquel legionario camorrista que se las daba de veterano. Ordenó su arresto y reclusión en el carromato disciplinario y sentenció, sin posibilidad de apelación, que Tito no participaría ni en el combate del día siguiente, ni en el reparto del botín. Y vosotros dos, dijo dirigiéndose a Cantilio y a Marco, preparaos para descargar vuestra furia mañana en el combate, ¿entendido? ¡Que no vuelva a veros enzarzados en otra pelea!... ¡Venga, se ha terminado la representación! ¡Todos a vuestras tiendas y a descansar, que mañana nos las veremos con animales peores que este hijo de mala madre!, y  dirigiéndose a sus auxiliares:  ¡lleváoslo de una vez!, ¡no quiero volver a verlo!, y ponedle grilletes; así recordará mejor que en la legión la furia debe guardarse siempre para el enemigo.

Sólo uno de los espectadores no se retiró, un componente de la unidad de los princeps. Se acercó a Cantilio y lo abrazó. Era Cayo Floronio, padre de Secunda y de Marco. Colocó sus dos manos en los hombros del joven y lo miró de frente. A partir de hoy te considero mi hijo, Cantilio. Gracias, Cayo. ¿Cuento con vosotros dos para darle su merecido a ese mal nacido cuando todo esto acabe? Los  jóvenes asintieron. Supe por mi esposa, Cantilio, que ayudaste a mi hijo a ahuyentar a ese canalla hace varios meses, cuando intentó asaltar a Secunda en la fuente. Era mi deber, Cayo. Además, nuestros dioses lares hacen su labor, añadió Marco, no abandonan a la familia. Eso es cierto, hijos, pero Secunda es demasiado bella y ya sabéis que la hermosura resulta peligrosa, los lobos la huelen a distancia. Es bellísima, afirmó Cantilio iluminado el rostro por el recuerdo. Mi hija precisa a su lado un hombre fuerte como tú, Cantilio, aparte de su hermano que siempre la ha defendido... También yo permaneceré siempre a su lado. Los dos hombres entrechocaron sus brazos. Acababan de firmar un trato; el futuro de Secunda estaba asegurado. En fin, hijos, olvidad este incidente y descansad, que mañana será un gran día. No te dejaremos mal, padre. Me bastará con que consigáis que la unidad de los princeps no tenga que entrar en combate. Ya sabéis que somos unos vejestorios. Los tres se abrazaron y se despidieron. Los del contubernio continuaron con su partida de dados.

Marco y Cantilio, aún conmovidos por cuanto sucediera, se tumbaron uno al lado del otro, los ojos perdidos en el firmamento estrellado. Los demás compañeros les pasaron un pellejo de vino que ellos estrujaron por turnos cuanto pudieron. ¿Lograrían dormir antes del alba? ¿Conciliaría algún legionario el sueño aquella noche? Todos fueron testigos de cómo un lobo se había introducido hacía días en el campamento, de cómo fue perseguido, de cómo hirió a varios que lo acorralaron y, de cómo, finalmente, logró escapar. Todos se enteraron, aunque los mandos pretendieron ocultarlo, del veredicto dado por los augures: que aquel lobo era Aníbal, y que el campamento representaba a Roma misma. ¿Quién no sabía que, un enjambre de abejas se posó frente a la tienda del pretorio, y que construyó allí su colmena? También trataron de ocultar el dictamen de los sacerdotes, pero se extendió entre la tropa la certeza de que la colmena representaba a los cartagineses y que el pretorio era también Roma. ¿Perderían la batalla?, ¿Roma humillada por unos bárbaros? Muy rápidos fueron los sacerdotes cuando aseguraron que las entrañas del toro sacrificado esa misma mañana estaban limpias de mácula; algún veterano, sin embargo, sostenía que el hígado y el estómago eran negros, y que los expertos oficiantes ocultaron los despojos para que no se enterasen los soldados. Pero la noche avanzaba, y era preciso ahuyentar tan oscuros pensamientos. ¿De qué servía preocuparse más? El Destino diría su última palabra al día siguiente. Marco, te aseguro que  estoy decidido a regresar con vida… Así me gusta, Cantilio, y yo volveré contigo pero, ¡brindemos ahora por Secunda, tu futura esposa!, dijo el amigo y dio un fuerte apretón al pellejo. Cambió este de mano… ¡Por Secunda, tu bella hermana! Y corrió la sangre de Baco por sus gargantas, y se aquietaron los pensamientos, y algo pudieron dormir antes de que los clarines de Marte atronasen en el aire levantado por Aurora, la diosa Eos, la que precede a la luz de la mañana.



III

 

La mañana era fría en el Foro de Roma. Febo parecía reacio a calentar las espaldas de las mujeres. Muchas manos se extendían hacia la fogata comunitaria, entre ellas las de Secunda, la hermosa hija de Lelia, que había corrido junto a la madre en cuanto se enteró del cerco al Senado. Todos sus hijos se parecían a ella cuando era joven, en especial las gemelas Floronia y Secunda, aunque la nariz era de los Floronio, un pegote que a los pobres les descendía recto desde la frente como una lanza puntiaguda y que, pasados los años terminaría en porra boca abajo, como la aldaba de su padre, aunque a la madre le gustaba. ¡Menos mal!, solía decir el pobre Cayo cuando alguien se lo hacía notar, si no llega a ser por ese detalle no sé qué hubieran pensado los vecinos, y reía con ganas. ¡Ay querido!, ¿dónde estarás ahora? Eran felices a su modo hasta que padre e hijo se integraron en la fuerza del viejo Escipión. Decían que Cayo acumulaba muchas deudas y que por eso se las apañó para ser admitido en el ejército antes de que fuera llamado a él. Lelia no estaba segura de que tal fuera la causa, al menos nada le dijo el esposo antes de partir, ¿no querría preocuparla?, ¿o era porque pensaba que no lo iba a comprender?, ¿que era tonta por ser mujer?, ¿acaso no hay mujeres listas como linces? Qué bien hizo en no aceptar el dinero que le ofrecía en préstamo esa furcia de Faustina, la pompeyana; los hombres no deben enterarse de los pactos entre nosotras, decía, e insistía en que tomara su dinero, pero la matrona huía cada vez que la veía acercarse, la horrorizaban las monedas mal sudadas; de haberlo tomado, sin duda ahora estaría ya llamando a su puerta para reclamar capital e intereses, ¡qué lista Faustina, la muy puta!, ¿era ella tonta?, menos mal que no tanto como Cayo creía, aunque sí, boba por necesitarle hasta la demencia, no podía evitarlo. ¿Qué haría si sus dos hombres hubiesen partido ya hacia el Hades?, ¿cómo sobrevivir? Además, sus espíritus vagarían sin poder cruzar la Laguna al no haber sido honrados los cuerpos como está prescrito. Lelia rezó entre dientes a Cástor y a Polux: ¡protegedlos, nobles gemelos, vosotros que ayudasteis a Roma en la batalla de Ancio! Pero, ¿quién era Lelia para implorar remedios sólo para la miseria de su familia? No, decididamente no podía quejarse. Tenía una hija vestal. Era toda una aristócrata del sufrimiento.

Muy cerca se veía emerger la casa de las vestales entre árboles frondosos y, junto a esta, el templo de la diosa en el que pronto la pequeña Floronia avivaría con sus manos el fuego sagrado. Era un edificio pequeño, redondo, casi vacío. Lelia lo sabía porque una vez lo vio por dentro cuando era niña. Solo lo habitaba una viejísima estatua de Minerva, la diosa invitada de Vesta, era de madera y tenía el rostro ajado. Según decían la trajeron a Roma desde la vieja Troya; era una hermosa talla cuyas facciones olvidara, pero que recordó al  contemplar las caritas de sus dos gemelas, Floronia y Secunda, arrugadas tras el parto. Nada más había en el templo salvo el pebetero del fuego sagrado que ardía en el centro y despedía temblorosas llamas azules y anaranjadas que parecían hablar; Vesta no tenía rostro, era sólo fuego, como el amor que ella sentía por sus hijos. Quizá luego, cuando al medio día saliese la procesión para avivar la sacrosanta llama, podría ver a la niña… ¿Qué le contarían sobre el comportamiento de su madre en el Foro? Opimia, la Gran Vestal, parecía una mujer comprensiva y estaba dando a su hija una educación esmerada, ¡qué gran privilegio! Debía de estarle agradecida a  Postumio por su gestión para que la chica ingresara en el colegio de las vestales! Era su patrón hombre que parecía apreciarlos, aunque algo vio siempre Lelia en él que no le gustaba, quizá una sombra de indecencia en el fondo de sus ojos, y así se lo dijo en muchas ocasiones a su esposo, pero este se reía de tanta desconfianza. Descendía Postumio del famoso general al que ayudaron los divinos gemelos en la guerra contra los etruscos. Él fue quien aconsejó a Cayo que propusiera a la pequeña Floronia como candidata a sacerdotisa; eso daría gran prestigio a las dos familias, le dijo, a la tuya y a la mía. Aseguraba que era un año propicio, que sabía de buena fuente que no habría candidata de familias patricias, por lo que sería ocasión para alguna joven plebeya. Tu hija es bella e inteligente, dijo, además, yo la apoyaré, no lo dudes querido Cayo. No, definitivamente, a Lelia no le gustaba la mirada de su patrón. ¿Qué pensaría ahora el gran Postumio? ¿También él habría llegado a su casa con la toga sucia?, ¿la recibiría como cliente en la salutatio diaria para darle la sportula, tan raquítica, tan tacaña? No le importaría a Lelia ser cliente de alguna casa en cuyos miembros pudiera confiar. Es cierto que el cicatero Postumio hizo mucho por ellos en otros tiempos, aunque también le movía el prestigio de ser patrón de una vestal, quizá Gran Vestal en un futuro, pero al día de hoy las ignora, no las trata nada bien y, a partir de mañana peor, cuando toda Roma sepa que ella ha instigado a las mujeres a rebelarse, incluso puede que ni se digne recibirla. ¡Cuánto mejor estaría su familia como cliente de los Emilios! La joven Tertia siempre la saludó con amabilidad, y ha oído contar maravillas de esa muchacha, tan joven y ya considerada como una gran matrona, ejemplo de mesura y de pudor, envidiada por todas. ¡Qué bella cuando atraviesa el foro con su séquito! De su rostro no se desprende soberbia, al contrario, parece acariciar con la mirada. De un ser así no puede provenir nada malo. Todo estará por ver, pues en cuanto amanezca Lelia será considerada una réproba, ¡atreverse a insultar a los padres de la patria! ¡Sacrilegio! Eso decía aquel desgraciado senador. Sacrilegio es lo que ellos cometen con las madres de Roma; ellas son el genius de la ciudad, imágenes vivas de su neuma intangible.

A Floronia se la tenía por la niña más hermosa de Roma, eso era cierto, pero igual a ella era su hermana gemela, Secunda. ¡Ah,  hermosos Cástor y Polux!, rezó en silencio Lelia, ¡proteged a mis pequeñas, idénticas entre sí, como idénticos sois vosotros! ¡Vosotros que ostentáis la corona alternativa de príncipes del Olimpo y príncipes del Hades! Bien sabéis que sólo me quedan las muchachas, y la mirada de la madre recayó sobre la hija que acababa de iniciar un himno a Vesta. El resto de las mujeres se unió al canto. La contemplaban con reverencia, espejo de la hermana sacerdotisa, y pensaban que algo de sagrado tenía la belleza de la joven, quince años ya. Dormidita bajo una manta, junto a la hermana, la más pequeña, Florila, de diez, qué linda, con los gatitos recién nacidos siempre a su lado. Juno sólo había concedido a su tercera hija el don de la bondad que adornaba la vejez de la madre con racimos de abrazos y besos, abundantes como flores en primavera, pero quizá fuera mejor así, pues la escasa belleza no atraería a lobos como Tito. ¿Qué podrían hacer contra esa alimaña tres mujeres solas? ¿Cómo se protegerían? ¡Ay, si faltasen del hogar su esposo y su hijo!

Los ojos de Lelia, sangrantes de incertidumbre, se deslizaron entre las mujeres que le hacían coro a Secunda. Los rayos del sol iluminaban ya, al fondo del Foro, la tarima de las Rostra, y el frontis del gran templo de la Concordia se iluminaba poco a poco. Las canturías de las mujeres se entrelazaban con los tímidos golpes de los vendedores que desperezaban sus negocios en el cercano mercado de las Tabernae. El traqueteo en las losas de un carro devolvía al mundo a las últimas matronas dormidas. Decidieron iniciar el día con plegarias a Vesta: ¡Oh, hija de Saturno, haz que nuestros hombres regresen al fuego del hogar!... ¡Oh, diosa sin cuerpo, llama eterna, que nuestros maridos calienten los lechos que les pertenecen! El sol terminó por desperezarse, y la sombra de la casa de las vestales se irguió sobre el campamento de las matronas. La voz de Secunda destacada sobre las demás, sobrevoló junto a los graznidos de los milanos, los tejados de los templos: ¡Oh Vesta, te prometemos venir en el mes de junio, descalzas, ante tu templo si nos los devuelves sanos y salvos! ¡Qué bella es también!, pensó Lelia, ¿de qué parte de sus entrañas han podido sacar las dos hijas tanta belleza?, quizá fuera excesiva, en especial para Secunda y esto la preocupaba, ¿cómo no darse cuenta de las miradas de Postumio, su patrón, por ejemplo? Era una razón más para pensar en dejar su clientela y acercarse a la casa de la joven Tertia Emilia, la hija del noble Paulo Emilio, gran matrona pese a su juventud. 

Las mujeres observaron cómo, proveniente de las calles que lindan con el templo de Saturno, cruzaba el Foro uno que por su vestimenta, apostura y por ir acompañado de dos recios esclavos, parecía un magistrado. ¡Es Pictor! ¿El cuestor? Bueno, no sé si será cuestor. Con toga camina. Sí, pero no pertenece al Senado, sólo escribe historias y hace cuentas. ¡Es Pictor y parece que pasa deprisa! Sí, es como si también nos esquivara. De nada le servirá. Irá a su despacho, tras las Tabernae. ¡Pictor, detente! ¡Tienes que contarnos! ¡No aceleres, desgraciado, espera! Habrá pensado que porque es tan poca cosa, el último de los empleados de la Curia, nadie le pedirá explicaciones. ¡Pues apañado va! No hay otro. Además, menuda importancia se da con esos legajos bajo el brazo y la barbilla bien levantada. Tiene andares de gallo. ¡Pues ese gallito tendrá que respondernos! ¡Adelante, mujeres! ¡Rodeémoslo! ¡Que no escape!     Los tres hombres se detuvieron ante una muralla de imprecaciones e insultos. Una urraca pasó graznando por encima de sus cabezas. Aunque el orgulloso Pictor no sintiera temor alguno, era un pésimo augurio.

 


 

IV

 

¿De qué puede ser augurio el aullido del perro en la lejanía, tan nítido? Tertia Emilia siente un escalofrío. Aquella rebelión de las mujeres queda muy atrás en el tiempo, pero presente aún en su memoria, ¿habrá sucedido ayer? Durante más de cincuenta y cinco años, la diosa Proserpina retornó una tras otra primavera a la tierra desde el inframundo para regenerarla. Otras tantas veces, el dios Apolo se retiró cada invierno a las brumas de los Hiperbóreos. Las veletas giraron alocadas. El sol hizo resbalar a la oscuridad mil veces por los relojes. El agua en las clepsidras subió y bajó en oleajes diminutos e incesantes. La sombra de la estatua de Junio Bruto dibujó su círculo en el Foro día tras día, y estos se sucedieron rápidos como pestañeos de enamorados, acelerados como los latidos del corazón en una mosca. Cincuenta y cinco años o más. Qué poca cosa es la vida humana, una mota de polvo en el desierto. Muy atrás queda la batalla de Ticino, más de medio siglo, y las que la siguieron, y la humillación de las mujeres, pero también, en cierto modo, su victoria. El sol y la luna se turnaron innumerables veces desde que asomara el lobo púnico en el campamento romano. Lluvias y vientos, granizos y brisas, canículas y bonanzas se sucedieron sobre la domus de Tertia Emilia en el Palatino desde los gloriosos días en que Lelia plantó su campamento rebelde frente al Senado. Qué vieja se siente ya, qué cansada Tertia Emilia, la matrona de Roma, la esposa de Escipión, la madre de Cornelia la menor, la abuela de los diminutos Graco. Durante todo ese tiempo, las Parcas acabaron con todos menos con dos que parecen eternos: Tertia Emilia, con setenta y cuatro años de arrugas en el rostro y el peso de tanto augurio en el alma es la última, pero también es último otro romano noble, nacido como ella en el año en que fueron cónsules Tito Manlio Torcuato y Cayo Atilio Bulbo, el año en que fueran sometidos los sardos, el año en que se cerraron las puertas del templo de Juno, pues se alcanzó la paz, ausente de Roma desde los tiempos de Numa; ese otro noble romano, nacido entre tan memorables señales, es Marco Porcio Catón, el Viejo, el que aún ejerce como censor, el que aún camina por el foro con el pecho descubierto, al estilo de los antiguos, y descalzo, rebosante de vitalidad pese a su edad, cómo se nota que no ha parido, que ha volado sin serias preocupaciones durante toda su vida, como jugando, mariposa volátil, ¿qué diría si leyera su pensamiento y se enterase de tal comparación?... La mariposa, ¿qué significará para los dioses el hecho de que esa mariposa negra haya regresado?, ¿no podrían ser más claros? Ahí está, rondando el lecho, hasta intenta posarse sobre su cabeza. Por fortuna, Florila, que siempre vigila, es rápida en apartarla, sería el peor de los presagios, indicaría que Helios no tendría tiempo de recorrer una vez más el firmamento antes de que llegase el fin de la matrona, ni Selene a mostrar sus cuernos en el horizonte de la noche, aunque Tertia está ya preparada, percibe cercano el final. Florila, la pobre, también sobrevive, es casi una niña en comparación con ella, siempre lo fue, en las últimas calendas cumplió sesenta y cuatro, nueve años menos, casi nada. Allí está como siempre, a su lado, luchando con el sopor que terminará por adormilarla. Hace nueve años Tertia Emilia aún controlaba los pagos y los cobros de su domus, las contratas y la dirección de obras y proyectos. Ahora se le ha inflado el vientre que engorda y engorda, y las piernas inmensas, de elefante, que le impiden andar, y la sed, esa maldita sed abrasadora. Florila ha ideado un dispositivo de poleas con cuerdas, y una crátera cuelga siempre del techo, a la altura de su cabeza, la enferma no tiene más que sujetarla, inclinarla y verter su contenido en la boca. Cuando se acaba el líquido, su amiga lo repone, aunque no con la celeridad que la enferma desearía. El médico Silófanes es un bendito de Esculapio, asegura que la sed no se le pasará nunca, y le permite beber cuanto desee, aunque eso es peor augurio que el del cuervo que se posa cada mañana en la balaustrada de la habitación, que le anuncia la llegada de Morte, de Atropos, la que corta los hilos, la arrugada parca ejecutora de los  designios de Destino. En ocasiones la voz de los dioses es tan clara como la del niño que pide pan a su madre. Florila y ella son las únicas que quedan de esa época, y Catón, claro, el incombustible, el envidiado. A todos los demás se los perdió de vista en las puertas del Hades. Murió Lelia, la auténtica madre de Roma. Tertia Emilia no se siente madre de nadie, salvo de su pequeña Cornelia la menor que pronto llegará a visitarla con sus pequeños Tiberio y Cayo; sus otros hijos apenas la ven, apenas los ve, e incluso le cuesta recordar cómo son sus rostros, o lo que es peor, cómo se preocupó por ellos, cómo los sintió, como los amó. Pero Lelia hizo que a Roma le doliera el útero eterno, raspó las cicatrices de mil, de millones de partos, fue una protegida de los dioses, la voz tronante de Venus, de Minerva, de Gea, de Vesta, de todas al tiempo unidas en el grito justiciero que salía de su garganta, pero murió. Como murió Cayo Floronio, su esposo, defendiendo a la República en el Ticino. Como murió muchos años después Marco, el guerrero, tan lejos de la Urbe, absorbido por la floresta de tierras bárbaras. Como murió Floronia, la vestal acusada de cometer incesto, pobre infeliz. Como murió Secunda, su hermana gemela, víctima del sacrilegio de Tito y de Pictor, pero estos también murieron, alcanzados por la venganza del dios que Viene, de Baco, de Dioniso, de Líber. Como murió Cantilio, bajo el garrote de la vil calumnia. Como murió Opimia, la Gran Sacerdotisa, que burló con valor el enterramiento en vida cortándose las venas. Como murió Escipión el Viejo, el cónsul derrotado en Ticino, padre de mi Publio Cornelio, su Africano. Como murió este, su esposo, con el que tantas noches recorriera los cielos, arrasado por la pena de una vida fracasada en lo más alto de la gloria. Como murió Aníbal, casi al tiempo de su vencedor, ¿se habrían puesto de acuerdo?, ¿coincidirían en que el mundo no merecía sus presencias? Sólo quedan ella y Florila, compañera de los viejos tiempos. Florila, la buena asistenta, la amiga que le dedicó su vida, la pequeña feúcha de diez años que acompañaba a su madre Lelia durante el plante de las mujeres en el Foro. Allí está, velándola adormilada, la cabeza se le cae a esta hora del medio día, no lo puede remediar, ¡Ay mi Florila!, ¿qué hará esta amiga tuya si retorna la mariposa? Sobre su regazo, la labor, y la cabecita rizosa de la esclava de siete años que tiene la misión de evitar que a la cegata matrona se le escape la costura, se le tuerzan los hilos, se le quiebre el pulso; también dormidita, la infeliz, como su dueña. Procurará no hacer ruido al beber, pues las poleas del dispositivo chirrían, es más, no beberá para no despertarlas. La medicina recetada es fuerte y aún continúa su efecto, aunque piensa que por dentro la está matando. Dicen que la traen de Trapisonda y que su componente básico se llama opio. Qué mala su enfermedad, el conocido como mal de Prometeo, pero qué buena la decisión de despedir al anterior médico, el famoso Arcagato, sangrador, sajador, hurgador, garrafal artesano, pese a todo lo que su esposo lo apoyó por ser el primer maestro griego en instalarse en Roma. Por mucho que le insistíamos, nunca cedió en su gusto por la sangre. Silófanes, sin embargo, responde a la bondad medicinal de Hipócrates, y para él cuando la que corta los hilos viene, nada pueden hacer los médicos salvo paliar el dolor, y la medicina que le proporciona es fuerte, aunque ya empieza todo de nuevo, el hígado ha despertado y saluda a la matrona, pronto se le extenderá el pellizco por el cuerpo hasta retorcerlo como trapo de lavandera, y la sed horrible, le gustaría zambullirse en el Tíber y no tornar a salir, reventar pero con el estómago lleno de agua, con la garganta a remojo, con la lengua bailando en su frescor. Un gato negro aparece de repente en un rincón de la habitación, dobla una esquina y se esconde de nuevo, sigiloso, de qué será augurio esta vez, ¡ay, los dioses! La niña se ha movido. Florila se despierta agitada, le puede doler el cuello por la mala postura. ¿Qué decías dómina?, me he debido de quedar dormida. Me preguntaba, querida amiga qué puede augurar un gato negro que aparece y desaparece. No sé, dómina, dice mientras rellena la crátera y da varias palmadas para que acudan los esclavos con la medicina. No lo sé, pero cuando era una niña y mi madre me llevó al Foro, allá por los tiempos del Ticino, tenía conmigo toda una camada de gatitos negros que hacían mis delicias, serían más de diez, es decir, que a mí no pueden asustarme, y Secunda, la pobre, también jugaba con ellos... Pues no tuvieron mucha suerte aquellas buenas matronas, la verdad. Cierto, dómina, y de mis hermanas, ¿qué te voy a contar?, pero, ¿sabes?, los más chicos olían a leche y yo me los llevaba a las narices de dos en dos, me cabía cada uno en un puño, olían como a queso fresco, y lo hacía para contrarrestar el horrible hedor de la Cloaca Máxima. Llegan los esclavos con la medicina y tras ellos risas y alboroto, son los diminutos Tiberio y Cayo, a los que en Roma llaman los pequeños Graco, y la voz cantarina de su hija que los riñe, ¡Ay, su Cornelia!, sólo pide a Hécate que estén los tres presentes cuando muera. Cuánto te envidio, dómina, dice Florila, qué nietos tan bellos. Pero, mujer, también yo te envidio a ti que nunca pariste, y no parir es desconocer la complicación de los hombres y de la familia... Sí, pero, sin embargo... Nada, nada, no me envidies porque los pequeños te quieren también como si fueses otra abuela. Llegan, saltan sobre el lecho, Cornelia impone silencio, ¿no veis que estáis en la habitación de una enferma? Déjalos, mujer, son adorables, cuando ellos están presentes no preciso beber, son mi agua cristalina, la que saboreé en la fuente Castalia, allá en Delfos... Tocaste Grecia, dómina, ¿ves?, por eso también te envidio. No la toqué, Florila, la tragué, bebí la Hélade toda.

 


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Entrega 1 "Rebeldes en el Foro". MAS TEMIBLES QUE ANÍBAL

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